y avanza con decisión hacia la otra orilla de sus días, donde la espera el silencio inmortal.
LUIS LANDERO, Lluvia fina Tengo miedo a perder la maravilla de tus ojos de estatua y el acento que de noche me pone en la mejilla la solitaria rosa de aliento... ... no me dejes perder lo que he ganado y decora las aguas de tu río con hojas de mi otoño enajenado. F. GARCÍA LORCA (del "Soneto de la dulce queja")
Más allá de la isla de Pascua, en mitad del Pacífico y cerca de Tahití, he podido encontrar el país más diminuto, el menos poblado del mundo, una tierra con olor a paraíso, en la que se entra como si fuera el pasadizo de un sueño: el que conduce a la única verdad. Pitcairn ha significado para mí en los últimos meses una colección de caricias, con ese halo místico de intensos placeres sin los que la vida no tendría sentido, una especie de licor que sin dejar resaca define la permanencia. Un puñado de islotes en el que el más habitado no llega a sesenta habitantes ni a cinco kilómetros cuadrados de superficie en plena Polinesia de Oceanía, han decorado definitivamente el encuentro más esperado. En Adamstown, la capital, perviven las señales de su pertenencia a territorio británico y por tanto, lo que define a este país (no soberano) como la única colonia que Gran Bretaña conserva en el Océano Pacífico, unas aguas que hacen magnífico honor a su nombre. Pitcairn constituye una extensión geológica del archipiélago Tuamoto de la Polinesia francesa, y ahora ya no es tan complicado visitar esta zona como cuando fue descubierta, porque numerosas embarcaciones, si el tiempo lo permite, acercan a algún curioso a la isla, impaciente por descubrir en esta parte remota del mundo lo que podría estar cercano a su desaparición (no en vano algunas especies endémicas de su original flora y fauna están en vías de extinción), a la vez que contribuyen al desarrollo económico de un lugar increíblemente romántico, tanto como su origen.
A principios del siglo XVIII todavía se desconocía gran parte del océano Pacífico, y franceses e ingleses rivalizaron en su descubrimiento. El inglés James Cook comienza en 1765 a navegar por la zona austral y a anexionar nuevas tierras para su país. Pero fue con Jorge III, en 1789, cuando el famoso barco Bounty -de tantas referencias literarias y cinematográficas que ya conocemos-, bajo el mando de William Bligh, fue enviado a las islas pacíficas para traer a Europa el árbol del pan. ¿Cómo definir el sabor, el olor, el color y la textura del "frutipán" o árbol de mazapán? ¿A qué asemejar su pulpa? ¿Cerezas, miel...? Sólo puedo ratificar la expresión con la que los nativos lo describen, un auténtico pan de Dios. Y en ese recorrido hacia lo ignoto y maravilloso, ocurrió algo frecuente en la época: algunos miembros de la tripulación, encabezada por el segundo de a bordo, Fletcher Christian, se amotinaron. Cerca de las islas Tonga, Bligh y sus seguidores fueron abandonados en una pequeña lancha, mientras que Bounty tomaba rumbo a Tahití, donde permaneció algún tiempo. Las relaciones entre los tahitianos y los amotinados se deterioraron rápidamente, por lo que decidieron ir en busca de una isla deshabitada y aislada del mundo conocido, llevándose consigo a varias mujeres tahitianas. Recorrieron las islas Cook, Tonga y Fiji para refugiarse, hasta que llegaron en 1790 a una isla desierta, Pitcairn, bautizada con ese nombre por ser el del marinero (un joven de 15 años) el que la vio por primera vez.
Los amotinados creyeron que eran los primeros en habitar la isla, pero existen restos arqueológicos de una antigua civilización polinésica. Tahitianas y amotinados tuvieron una gran descendencia, origen de la actual población, gente como su pan, dulce. En Bounty habían transportado todo lo necesario y más útil para la supervivencia, como animales, herramientas o plantas y terminaron por quemar la embarcación para cortar todo contacto con el mundo exterior. Christian fue respetado y considerado como el jefe y en 1800 sólo vivía uno de los amotinados, John Adams, con ocho mujeres tahitianas y un numeroso grupo de niños. En realidad, él puede ser considerado como el verdadero fundador de la comunidad isleña. Ocho años más tarde, un ballenero norteamericano, el "Topaz", descubrió la isla y en 1814 llegó el primer buque británico, pero la primera visita oficial, la que traía el perdón real para Adams, la realizó el capitán Beechey en 1825. La comunidad empezó a tener contacto con el exterior y la población creció rápidamente. Desde entonces, los habitantes de Pitcairn se consideraron miembros del Imperio británico, aunque los ingleses sólo proclamaron sus derechos sobre la isla en 1887. A partir de 1968, la población fue disminuyendo, pues muchos jóvenes comenzaron a emigrar a Nueva Zelanda y la vida se hizo cada vez más precaria, casi de subsistencia, a pesar de contar con la ayuda inglesa.
La intrahistoria de Pitcairn tiene mucho interés y suele ser desconocida. Y ocurre que, a pesar de su lógica endogamia, las mujeres consiguieron su derecho al voto en época muy temprana, en 1938, siendo uno de los primeros territorios en conceder ese privilegio como la democracia más pequeña del mundo. Pero a veces los espacios mágicos también poseen rincones oscuros: en 2004, varios hombres fueron acusados de abusos sexuales a menores, entre ellos el alcalde-gobernador. Me cuentan que durante muchos años se toleró la promiscuidad (¿qué puede ocurrir en un lugar aislado, casi perdido en medio de aguas sin fin y con tan pocos habitantes y un reducido ámbito educativo y cultural?), algo aceptado de alguna manera por todos los adultos que la entendían como costumbre, pero seis de los siete acusados fueron condenados a penas de prisión de hasta seis años, para lo que hubo que construir una cárcel que no existía. La sentencia suscitó una gran polémica entre los habitantes de la isla, especialmente entre las mujeres. Debemos tener en cuenta que allí son todos parientes en mayor o menor grado, así que el ambiente se tensionó enormemente...¡en cinco kilómetros a la redonda! La prisión se convirtió en hotel.
Cuando se busca el espíritu de un lugar, no sólo se puede hallar el regalo de la felicidad o la pura razón de amor, probablemente se encuentre también la fascinación de una novelesca historia, el privilegio de una geografía con un cielo tachonado de estrellas fugaces, la certidumbre de un tierno incendio, una bucólica situación o una intimidad de olas que abona el mimo, pero también, sobre todo, el mayor valor: la banda sonora de una vida. Pitcairn, soy, sin resistencia, tu cautiva.
(Para ese hombre suave, que tanto sabe de amor, de Aragón y de escribir)
Necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco
Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación -al menos la sensación- de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada... o todo.
ÁNGELES CASO
Agustín García Calvo Café solo Sé perfectamente que el día en que me muera no echaré de menos los grandes acontecimientos que pude haber vivido, sino el perfume del café con tostadas y algunas pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las madrugadas de primavera cuando cantaba el mirlo en el jardín. Si me da un poco de pereza morir es porque ya no podré ir por las mañanas a comprar el periódico ni contemplar de camino en la parada del autobús los rostros frescos de las adolescentes que tienen aún todo el amor por delante. Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas. También es muy placentero llamar por teléfono a algún amigo a media mañana para que te cuente los últimos rumores. Por un lado está la Crítica de la razón pura, de Kant, y por otro están los chismes. Supongo que los chismes de las tertulias será lo último que uno recuerde con una marca más indeleble que cualquier filosofía, y junto a ello estará la suavidad de un paseo vespertino, algunas puestas de sol, las lecturas de noche en la cama con la amorosa luz de la mesilla. Quisiera saber qué hace llorar a los moribundos más sabios. Sin duda, sus lágrimas no se deben a los triunfos que consiguieron ni a las grandes tragedias que soportaron sino a los sencillos placeres que experimentaron, a la gente buena que conocieron, a los alimentos que degustaron con parsimonia entre amigos. ¿Qué es la muerte? Tal vez la muerte consiste en no tomar ya más un cruasán crujiente con el café por las mañanas junto al ventanal ni enterarse ya nunca jamás de los resultados del Campeonato de Liga cada domingo. Al final de todas las religiones y filosofías, en medio de tantos dioses, héroes y sueños, resulta que la vida no es sino un conjunto de chismes y un nudo de aromas, una pequeña costumbre cuyos pilares tan sólidos son de humo y salen de ciertas tazas frente a las cuales uno ha sido feliz.
El Papa Sixto IV confirmó y concedió nuevos privilegios a la Orden religiosa católica de los Mendicantes mediante un manuscrito en pergamino escrito en latín, que se conserva en la BibliotecaUniversitaria de la Universidad de Zaragoza, catalogado en ficha muy antigua apenas legible y con escasos datos, algunos de los cuales no coinciden con mi análisis tras un minucioso y detallado estudio de sus aspectos descriptivos físicos y materiales, que llevé a cabo en mi investigación codicológica del manuscrito: a esas prerrogativas y prebendas aluden las Litterae Apostolicae Sixti IV Papae pro Ordine mendicatium, título que aparece en la cubierta que lo protege, ya borroso, escrito en castellano, y en las hojas de guarda iniciales. En la que va pegada a la cubierta se lee Diversas Bulas y Privilegios, Bula y en el recto de la hoja de guarda volante Diversas Bulas y Privilegios, esenciones, e inmunidades concedidas a ntra. Religión por la Santidad de N SSº Pº Sisto Quarto.
El pontificado de Sixto IV (Francisco della Rovere) tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XV. A pesar de ser acusado de nepotismo por conferir los más elevados cargos de la Iglesia a sus sobrinos, y de tener conocimiento de la conspiración urdida por uno de ellos contra los Médicis, como Papa tomó acertadas medidas contra los abusos de la Inquisición y anuló los decretos del Concilio de Constanza. Hizo construir la famosa y maravillosa capilla que por su nombre se llamó Sixtina, siendo uno de los principales artífices del Renacimiento. Sin duda, un papado lleno de luces y sombras. Importante mecenas de las artes y las letras, se dejó llevar en ocasiones por su excesiva ambición participando en todo tipo de intrigas palaciegas, políticas, económicas y de poder. Su relación con el rey Fernando de Aragón fue muy estrecha y cercana, a veces con entendimiento y otras, de clara oposición. Bajo la presión de Fernando, que le amenazó con retirar el apoyo militar al reino de Sicilia, Sixto IV emitió la bula que establecería un inquisidor en Sevilla y más tarde, en Aragón. Pero también otra que confirmaba el enlace entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, un matrimonio nulo, ya que el arzobispo Carrillo falsificó la bula que les dispensaba del impedimento de parentesco. El cardenal Rodrigo de Borgia, amigo de Fernando, sugirió al Papa que pasara por alto esa circunstancia, lo que se hizo por medio de la bula resolviendo el problema de la dispensa en 1471. También les concede la indulgencia plenaria a pesar de no acudir a Roma el primer Año Santo de 1475 siendo como eran los "Reyes Católicos", enfrascados en plena guerra civil.
Las Letras apostólicas eran disposiciones que emanaban de los Sumos Pontífices, por medio de documentos escritos, pues el Derecho Eclesiástico -que se basa en el Romano-, manifiesta que cualquier gracia concedida debe probarse por quien lo alegue y el escrito facilita esta prueba por directa concesión de la autoridad competente. Entre estas "letras apostólicas" se encuentran las Bulas y los Privilegios, prerrogativas que liberan de cargas o conceden exenciones de que no gozan otros. Son gracias espirituales o indulgencias. En este manuscrito, Sixto IV las concede a los Mendicantes (en principio, religiosos que mendigaban el propio sustento). Algunas de estas órdenes, a pesar de no profesar una vida pobre, gozaban de los privilegios concedidos por los Papas en atención a sus méritos. Proporcionaban una independencia especial a sus clérigos con respecto a los ordinarios locales encaminada a facilitar su trabajo de propaganda católica, algo que provocó luchas tan pertinaces como lo puedan ser ahora las de los partidos políticos. La reforma propiciada por el Concilio de Trento disminuyó estos privilegios, especialmente en orden a la censura de los libros y a la administración del sacramento de la confesión.
El manuscrito de Sixto IV está encuadernado con cubiertas mudéjares rígidas de cuero. Se observan tres nervios en el lomo de las tapas, el inferior oculto por el tejuelo de la Biblioteca. Sirven de cierre dos correas de cuero deterioradas y cortadas, de tal forma que no se pueden atar. Los bordes del lomo están estropeados, sobre todo la cabecera, rota. Los folios aparecen cosidos con cordón de cáñamo y las cubiertas, gruesas y duras, reflejan una ornamentación de dibujos mudéjares sobre el cuero que mantiene su color natural aunque oscurecido. Mejor conservada la posterior, las dos se ven peladas y picadas. Los dibujos recrean un juego de rectángulos concéntricos con cenefas geométricas y motivos vegetales en el interior. Sobre la cubierta anterior el título apenas se percibe. Aunque algunos trozos de cuero presentan una porosidad blanca, como carcomidos, se puede hablar de buen estado de conservación así como de las hojas de guarda adheridas o volantes. No tienen bullones ni cantoneras. Según Elisa Ruiz (en su Manual de Codicología), la historia de la encuadernación española consta de una etapa ausente en el resto de Europa: es el período de transición entre el gótico y el renacimiento, el estilo mudéjar, que mezcla las técnicas occidentales y las islámicas. Los motivos ornamentales recuerdan las techumbres mudéjares, como así ocurre en el caso que nos ocupa, aunque no que el material sea "marroquín rojo", que es el preferido en este tipo de encuadernaciones.
El arte hispanomusulmán del cuero adquirió gran desarrollo perdurando hasta mediados del siglo XVII, para olvidarse casi por completo posteriormente. Las formas decorativas islámicas se conservaron en las encuadernaciones y repujado de arcas y cajas. La aplicación más conocida del cuero, por haberse conservado gran número de ejemplares, es la de las encuadernaciones, en las que ese material recubre tapas de madera o cartón. Las mudéjares (tenemos ejemplos en la Colección Lafora de Madrid, en el Museo de Vich, en la colección del Duque de Alba, etc.), dominaron de tal modo la España medieval y aún la de los primeros tiempos del Renacimiento, que casi pueden considerarse como exclusivas. Artífices musulmanes debieron de trabajar al principio en ellas, lo mismo en las destinadas a las bibliotecas de reyes y grandes señores que en las de cabildos, catedrales y monasterios. Los ejemplares conservados son de idéntico estilo y técnica, derivados de los anteriores hispanomusulmanes, pero presentan al mismo tiempo una gran variedad de adornos. La decoración es en seco, es decir, sin oro, cuyo uso empezó a fines del siglo XVI. Este tipo de encuadernación pasó a Nápoles desde España a fin del siglo XV y de Italia a Francia y otros países europeos. Precisamente, los encuadernadores judíos contribuyeron a su expansión y desarrollo. En España hubo dos grandes centros de encuadernación: Toledo y Barcelona, además de Valencia y Salamanca. En Aragón, Zaragoza y Tarazona gozaron también de gran prestigio. Ni en Egipto, ni en Marruecos, ni en Italia, logró crearse un estilo tan peculiar como el mudéjar español, en el que se funden elementos románicos y góticos con la tradición islámica. También concurrió en la formación de este estilo el conocimiento de la encuadernación de los restantes países europeos, en la que predominan con cierta monotonía en filas o rectángulos los herrajes de contorno cuadrado, circular u ovalado, con figuras o temas florales o heráldicos (el interesado puede recabar más información en Ars Hispaniae, Madrid, Plus Ultra, volúmenes IV y XVIII).
Encuadernación mudéjar
Por lo que se refiere a la ornamentación interna, el manuscrito no presenta "drôleries". La letra más ornamentada y con más decoración es la inicial absoluta del texto, una R que se extiende desde el borde de la hoja hasta la línea 7, algo recortada en el extremo superior. El resto de la palabra ocupa tres líneas. La siguiente R también se destaca en tres líneas. Las demás palabras resaltadas tienen trazo más grueso y se adornan ligeramente algunas iniciales. Aunque no hay "ex-libris", en el recto de la hoja 12 se observa un dibujo o viñeta, junto al colofón del copista, exento, situado en el margen izquierdo. Es muy sencillo: se trata de una base de tres escalones sobre los que se asienta una columna dividida en dos partes, a la que sigue una estrella de cuatro puntas, rematada al final por una cruz sin adornos ni colorido. Por último, la V inicial de "Vultum" ocupa 13 líneas del rayado. Como es preceptivo, se encuentra el sello oficial de laUniversidad de Zaragoza, sello con impronta en tinta azul, de forma oval, rodeado por la leyenda "UNIVERSIDAD Y PROVª DE ZARAGOZA" y en el centro, "BIBLIOTECA", estampado en el recto de las hojas 1, 6 y 13 (no numerada), en los dos primeros casos en el margen inferior, y en el último, en la parte central de la hoja.
El soporte en pergamino es muy fino en las hojas destinadas al texto manuscrito (seguramente, de oveja), y mucho más grueso en las hojas de guarda (parecen de carnero). En los dos casos, se sigue el principio de Gregory: las caras de carne y de pelo se corresponden entre sí quedando enfrentadas. Naturalmente, las hojas de guarda finales aparecen en disposición contraria a las iniciales. El color del pergamino (que comienza al modo latino) es muy blanquecino, excepto en las hojas de guarda, en un color amarillo muy destacado. En las caras de pelo, se advierten pequeños poros en negro. No existen elementos de control (signaturas y reclamos), quizá por el orillado del ms. La numeración, en números arábigos, se halla colocada en el margen superior derecho del recto. En todas las hojas, en su margen inferior izquierdo del recto o inferior derecho del verso, podemos observar perforaciones con un amplio orificio que no tienen las hojas de guarda, como si anteriormente los folios hubiesen estado unidos por ahí. Sólo en la hoja 2 falta un trozo de pergamino en el extremo inferior, que parece como quemado. En todas hay una mancha, oleaginosa, en la parte central. En las hojas 10, 11 y 12 se atisban manchitas de tinta negra en el margen inferior. Y en la 13, una mancha de tinta roja. El verso está bastante más deteriorado que el resto del manuscrito y con más rugosidad. A partir de la hoja 4, unas arrugas se marcan en la parte central derecha, más acentuadas desde la 8. El folio central (7 y 7bis) es el más estropeado, aunque en general no es un manuscrito muy dañado por el paso del tiempo o el uso. ¿Será el pergamino de vitela, por su finura, color y conservación? Resultaría extraño, dada la escasez de este tipo de soporte.
Bula de Sixto IV (Real Academia de la Historia)
La catalogación actual como manuscrito 215 parece ser la última realizada, ya que aparecen otras supuestamente anteriores. En el ángulo superior izquierdo de la hoja de guarda inicial pegada a la tapa se lee "N. 143"; después debió tener la signatura 151 (entre paréntesis en la ficha), y en la misma hoja de guarda un tejuelo de biblioteca indica las tres. Además, en el centro del margen inferior del recto del folio 1, en castellano: Citan todas en el tomo 2 del Bullario nº 21.606, mientras que el comienzo del manuscrito se refiere a Reverendissimis ac Reverendis | in patribus et dominis. Y en el recto del folio 12 aparece con distinto tipo de letra el colofón: In fidem et testimonium omnium. En cuanto a la "fórmula de colación", por lo que se refiere a las dimensiones, en ficha consta 260 x 190 mm. pero en medición personal, observo una ligera diferencia: 250 x 185 mm. El manuscrito está formado por un cuadernillo de 7 folios con numeración actual, además de las hojas de guarda iniciales y finales, un folio en cada caso. En dos ocasiones (f. 2 y f. 6), una hoja se superpone a la otra mediante el talón. Sólo aparece numeración hasta el f. 12, falta el 13, y el 7, central, aparece con numeración 7 y 7bis, dado que, lógicamente, es el mismo. En una numeración correlativa y completa la última hoja debería ir numerada con 14. La hoja 2 se corresponde con la 13 y la 6 con la 9, en ambos casos superpuestas. Se trataría, pues, de un septenión con la composición II + [14] f.
Es fácilmente visible el pautado (rayado en seco), en unas hojas mejor que en otras. Por ejemplo, en el verso de la 12, y [13 r. y v.] están las líneas muy claras pues no hay texto sino sólo palabras sueltas o letras mayúsculas. La tinta, negra, no se ha traspasado de una cara de la hoja a la otra. Hay una media de 35 líneas en cada pautado (rectrices), sin disposición en columnas ni espacios en blanco. A veces sí se deja la línea superior del pautado en blanco a manera de marginal horizontal. En el margen derecho no está unificado el final de la escritura en las líneas. Los márgenes son similares en los rectos y versos, pero no coincidentes siempre en sus dimensiones. La caja de escritura aparece en ficha con una medición de 175 x 145 mm., pero advierto que sólo se da en el caso de que se tengan en cuenta los alargamientos ornamentales de algunas letras en los márgenes, en el resto de los casos, según mi medición, las cifras disminuyen a 169 x 138 mm. No existen tachaduras y las letras, en los márgenes, alargan su trazo de tal forma que en alguna ocasión llega hasta el final de la hoja en la parte inferior. Los apuntes marginales suelen ser ilegibles por borrosos o muy breves, a veces una sola palabra ("nota"). Es un texto sin lagunas ni entrecortado ni dividido en capítulos. Sólo se resalta la primera palabra Reverendissimis y los nombres propios, sobre todo Sixtus. En trazo más grueso algunas expresiones indican el inicio de nuevo enunciado, Ceterum. Las mayúsculas iniciales se adornan con dos rayas que rellenan el hueco de la letra.
Los márgenes tienen 20 y 30 mm (izquierdo y derecho) y 29, 53 mm. (superior e inferior), pero no siempre son iguales ni en todas las hojas ni en los rectos y vueltos. El signo general de abreviatura es una tilde suprarrayada (^), salvo con las letras de astil ascendente en las cuales la tilde se atraviesa a dicho trazo del que sobresale como una vírgula (´) conectada al mismo. Las abreviaturas por contracción son abundantes: epo = episcopo; nra = nostra; q =que (con la tilde correspondiente en las consonantes)..., etc. Las pruebas de pluma o tinta, probatione calami, aparecen sobre todo en las hojas de guarda. En el verso de la inicial se ve repetida la R y la palabra Reverendissimisque ha traspasado la tinta al recto de la 1. En las finales, están escritas varias palabras sueltas, algunas con mayúsculas adornadas, que, aparentemente, no guardan relación entre sí ( Vallespín, Zulema, Gitanillas, Vultum, Infante de Lanuza), sin que me haya sido posible resolver clara y definitivamente la posible conexión entre ellas y la incidencia en la hipotética propiedad del manuscrito o demandante. Por último, en el recto de la hoja no numerada 13, hay escritas unas frases en latín, ajenas al texto, que parecen de alabanza y contenido religioso (Deus, Deus meus, ad te de luce vigilo | Sintivit in te anima mea...).
En conclusión, este manuscrito es una copia en letra gótica cursiva del siglo XV de una sola mano, a renglón seguido y con escritura sobre el renglón. Los rasgos descritos convergen en esta datación. De la cronología referida a los datos internos del manuscrito deduzco que el Papa Sixto IV tendría 63 años cuando dispuso estos Privilegios (murió en el año 1484), que la letra, de legibilidad muy complicada, es de la época y que las cubiertas mudéjares podrían pertenecer al mismo siglo. Evidentemente, se trata de una muestra muy valiosa en todos los aspectos que requeriría un análisis de expertos muy riguroso que pudiera despejar las múltiples incógnitas que presenta. ¿Qué vicisitudes atravesó el manuscrito hasta el momento presente? ¿Cómo llegó a Zaragoza? ¿Tuvo que ver en ello la relación de Sixto IV con la Corona de Aragón?El estado general de conservación del ejemplar, a pesar de observarse ciertas huellas de humedad, no presenta un deterioro importante, en mi opinión, por la calidad del material empleado. Guardado en una vitrina de la Dirección del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, el acceso a semejante joya para su estudio no me resultó sencillo, pero ya sabemos que el misterio de origen desconocido no tiene precio...
A Julen "El don más hermoso es la verdad, pero en tiempos de Franco, no se podía decir". "No merece ningún respeto un régimen que trata a los escritores como carreteros". Así hablaba el escritor vasco, fallecido en 1982 y nacido en Portugalete con el siglo, Juan Antonio de Zunzunegui, un autor todavía hoy no reconocido lo suficiente porque la crítica lo valoró atendiendo a su obra inicial, costumbrista e ideológicamente reaccionaria, sin reparar en la evolución que experimentó tras la guerra civil, tal como muestran sus palabras, y menos todavía en su importancia literaria, con altibajos ciertamente, como a veces ocurre con los novelistas prolíficos. Zunzunegui es el único escritor que ha recibido todos los premios literarios relevantes de este país, incluyendo por dos veces el Premio Nacional de Literatura (en 1948, por La úlcera y en 1960 por El premio). Desde 1957 ocupó en la RAE la vacante dejada por Pío Baroja. El prestigio de Zunzunegui decayó tal vez porque no hemos sabido leerlo bien.
Machacado por la censura del momento, testimonió la hipocresía y la inmoralidad de la vulgar y mediocre sociedad de la posguerra, a la vez que mostraba sus miserias y penalidades fruto de la injusticia y frustración de la vida española de la época describiendo sus escándalos y retratando su decadencia, así que habrá que superar la etiqueta de autor tradicionalista de su juventud y considerar que en la mayor parte de su vida y producción literaria fue un novelista incómodo para el régimen, aunque se limitara a expresarlo a través de su obra y no se convirtiera en un disidente activo como algunos coétaneos, o su crítica y recursos formales novedosos no alcanzaran esa otra fórmula aplicada a la nueva generación, la de J. Fernández Santos, Juan Goytisolo o Luis Martin-Santos, los del realismo crítico, ni se le contemple como miembro de la generación del 27 o perteneciente a alguna otra clasificación con que nos obsequia la historiografía literaria en su afán esclarecedor (exceptuando la del realismo tradicional decimonónico de sus comienzos). ¿Moralista? Su denuncia y la defensa de la necesidad de una novela social le acarrearon problemas continuos con el aparato de la dictadura. En el referéndum sobre la ley orgánica de 1966 pidió públicamente la abstención con el fin de que el proyecto de Franco no perpetuara su gobierno. Perfecto conocedor del mundo del capital, las finanzas y el comercio, supo emanciparse de una familia relativamente acomodada intuyendo en la vida bilbaína lo que había de dramático y lo literario de ese paisaje. Luego vinieron el conocimiento profundo de otras lenguas, otros lugares, las amistades salmantinas y Madrid. Se le reprocha que retratara la decadencia de una burguesía tradicional en la que se mantuvo de alguna manera, que no modernizó al país dejando esa responsabilidad a arribistas corruptos que propició el régimen franquista, así que las clases medias emergentes ya no entendieron su sátira.
Ahora mismo no recuerdo otra película que me haya mostrado mejor la vida de un país, de una ciudad, de un barrio de la España de los sesenta, decía Jonás Trueba en 2010 a propósito de El mundo sigue, película de Fernando Fernán Gómez, basada en la novela homónima de Zunzunegui, escrita en 1960, y adaptada en 1963. Era la novela que más le gustaba a su autor, aunque Fernán Gómez, cineasta poco proclive a ciertas veleidades ideológicas, habría querido rodar La vida como es, una obra muy compleja dada la presencia de múltiples personajes y la apología del hampa de barrio que no habría tolerado la censura, lo que le obligó a desistir en el empeño, pero que presentaba un trasfondo social parecido a la que llevó finalmente a la pantalla. Aunque se estrenó clandestinamente en 1965, después de ser censurada correspondientemente, no fue hasta 2015 cuando, restaurada, se dio a conocer al gran público con gran éxito. Hoy es considerada una película de culto indispensable en la historia de de la cinematografía española. Fernán Gómez invirtió todo lo que tenía y había conseguido aceptando algunos trabajos menores sólo porque lo había deslumbrado esta novela. En ese año, la crítica especializada reconocía que la película reflejaba uno de los cuadros morales más aterradores e inmisericordes jamás realizados por el cine español de la España del Franquismo. Este drama en clave neorrealista es valorada como "la" película de Fernán Gómez. Para él, Zunzunegui llevó a sus obras la realidad de la posguerra, la vida como era, frente a un régimen que vetaba la libertad de expresión. Ambientada en el barrio madrileño de "Maravillas" (hoy Malasaña y Chueca), dos hermanas se odiaban movidas por la ambición, el lujo y la envidia hasta llegar a un desenlace trágico. Las interpretaron Lina Canalejas y Gemma Cuervo, acompañadas de otros grandes actores como Agustín González o Pilar Bardem.
(Fotograma de elpais.com)
José Manuel Caballero Bonald, arriba, segundo por la izquierda
Se habla de la "película maldita" de Fernán Gómez por las vicisitudes que debió pasar continuamente. El ministro G. Arias Salgado la rechazó; en un segundo intento, y añadiendo que el autor era miembro de la RAE tampoco se consiguió su admisión, hasta que con Fraga se permitió rebajando el tono malsonante de los diálogos y con una calificación artística inferior, la C, lo que impedía su distribución en circuitos importantes. Se salvó con el objetivo de poder importar películas extranjeras, pero a veces, los milagros suceden y en 2015, el milagro sucedió. La temática refleja la injusticia reinante en un mundo sin piedad, la pobreza y la miseria españolas que impiden medrar de forma honrada, la miseria moral de los personajes y aspectos tan actuales como la violencia machista, la ludopatía, el aborto, la prostitución, el maltrato a la mujer, el suicidio y, en definitiva, el poder del dinero. La protagonista es ama de casa, sumisa y obediente a las órdenes de su marido, guardia municipal, muy autoritario, que se gana el temor de toda la familia. El profesor aragonés experto en cine, Luis Alegre, comenta que se trata de un melodrama al más puro estilo del Neorrealismo italiano con esa obsesión por el honor, el histerismo de los momentos trágicos y las familias destrozadas. Gemma Cuervo se quejaba de que no hubiese podido ser vista en su momento, de que ella nunca volvió a repetir un papel así y de lo que significaba ser mujer en aquellos años: objetos, pero que la película siguió manteniendo su grandeza y actualidad. Si reparamos en el título, advertiremos su modernidad y universalidad; efectivamente, el mundo sigue, preso de un eterno retorno en el que casi nada cambia. Hay que ver esta película de imágenes impresionantes y potentísimas, pero también leer la novela de Zunzunegui, de escenas narrativas no menos valiosas y certeras.
(Fotograma de elconfidencial.com)
Luis Goytisolo
En 1954 se publica La vida como es, declarada mejor novela del año, en la que aparecen unos seres marginales a los que las estructuras del poder hunden en la pobreza. No es que Zunzunegui juzgue, sólo presenta un mundo picaresco madrileño de personajes desarraigados caracterizados por una concepción materialista de la vida: aprovechados y degenerados. Profundo conocedor de la psicología de este tipo de personajes, prefiere aportarles un toque de humor y ternura que mitiga el pesimismo, ofreciendo cierta esperanza en la humanidad. Aunque la miseria moral de la sociedad es la misma que en El mundo sigue, tal vez el autor no quisiera mostrar grandes denuncias, ante unas clases medias que se imponían sobre la burguesía tradicional, lo que garantiza la imparcialidad sobre la realidad de su época, así que más bien se trata de una visión nihilista del hombre y la sociedad con una alusión final muy clara al 14 de abril de la República. Rozando el esperpento exhibe vidas difíciles, desgarradas, llenas de desengaños y dolor, destinos frágiles, a la manera de una docuficción o falso documental: son múltiples vidas dialogadas que rozan la línea lírico-absurda de Mihura o Jardiel, una "colmena " de la delincuencia (que coincide, precisamente, en el tiempo con la de Cela). Es "la" novela de Madrid, una teoría de la ciudad, que es una nada.
En los recursos lingüísticos, Zunzunegui brilla como nunca en esta novela. No faltan greguerías, argot del lumpen, coloquialismos y vulgarismos en desuso (que explica en los mismos diálogos), estilizaciones de corte valleinclanesco, lirismo de aire lorquiano, y expresiones escuetas barojianas. Si de lo que se trata es de mostrar la dureza de la vida, la ausencia de solidaridad, el aislamiento y la falta de libertad, la desigualdad y la intolerancia, la búsqueda del interés personal y el egoísmo, el sometimiento, la plasmación de un único mundo posible: el del dictador, el del ordeno y mando, el de quien abusa del poder, el de quien se siente ganador, el del maltrato y la humillación, el del dominio y el trato despectivo, el de la intimidación y el engaño, es decir, el del autoritarismo y la pérdida del respeto, la agresividad y el afán de superioridad, el de la manipulación, acoso y opresión, el de la exigencia de obediencia ante el miedo a la violencia o de la ira, el del antidemócrata y la negación del diálogo, el del que exige "a mi manera" y "sin condiciones", o sea, el de quien quiere ejercer el control fruto de la debilidad y el despotismo, el de quien no sabe vivir sin mandar ni sabe lo que es la empatía..., si Zunzunegui deseaba transmitir, entre otros, estos aspectos de la vida como es (a veces), qué mejor que la utilización del imperativo para desvalorizar la existencia. El lenguaje expresivo de la picaresca le surtía de abundantes fórmulas coercitivas, en las que la lengua española es pródiga: interrogaciones (¿vas a hacer lo que yo te diga?), elipsis y presente de indicativo (a las tardes, de cinco a ocho, adelante... y ya sabes dónde vivo), infinitivo (no hacer nada, ¿me oís?), presente de subjuntivo (que no vuelva a ocurrir), gerundio (andando, pollo), futuro y perífrasis (pues tendrá usted que pagar o cerrar, no debía usted haber abierto, tú no me hagas caso a mí y verás), expresiones coloquiales (¡largo de aquí!, ojo, ¡eh?, bueno, pues a ello, ¿vale o no vale?, qué, ya vale, ¿no?) o bien otras especificaciones contextuales y factores extralingüísticos. Zunzunegui vierte su mirada de alguna forma, a pesar de todo, compasiva, con el oprimido. Muestra la represión, sí, pero la vida es como es, y hasta el mandato adquiere en alguna ocasión tonalidades apreciativas con ciertas modulaciones subjetivas mitigadoras del horror.
A medias. Tú no quieres igualdad (La niña del Cabo)
PARA JAVIER
(A los tobedanos, especialmente para los dos que hoy me mantienen unida a Tobed, y para el que se nos fue sin desearlo)
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero, mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero. (A. Machado, "Retrato")
Mi infancia son recuerdos de un patio de Codos... Todos los veranos se repetía lo que yo esperaba siempre con tanta ilusión: la "Fora" me dejaba justo a seis kilómetros de Tobed. Por el puerto pedregoso, con el embriagador olor del vino que desprendían las pipas, mientras uno de los tíos me contaba el cuento de "la fuente Culebrera", y el otro nos anunciaba con musicales bocinazos en todas las curvas, yo pensaba en el pueblo de mi padre. Pero para una cría aún con coletas, seis kilómetros eran demasiados para andarlos.
Pasaron muchos años antes de poderlos recorrer. Mi ansiedad por conocer Tobed era enorme: ¿qué tendrá el pueblo de mi padre que no tenga el de mi madre? -me preguntaba. Porque en mi casa sólo se hablaba de Tobed... ¡Cuántas veces, a lo largo de mi ya extenso recorrido profesional por media España, la gente me ha interrogado con la mirada ante algunas expresiones mías! -Es que mi padre es de Tobed -me justificaba.
Algo muy importante debía de tener, cuando a mi padre le brotaba esa palabra constantemente. Mi curiosidad aumentaba cada vez más. Y ¡por fin! un día veraniego, apareció ante mi vista una noguera impresionante que me daba la bienvenida. A lo lejos, una tierra rojiza dibujaba, junto a la ermita de San Valentín, unas figuras que no veía, pero que adquirían forma en mi imaginación al recordar las palabras de mi padre.
¿Cómo sería el pueblo? ¿Tendría escaleras para subir a la iglesia como las de Codos? ¿Habría también vacas furas?... No, no había escaleras, pero ¡qué iglesia! Aquí sí que mi padre se había quedado corto. No vi vacas, pero sí pinos, fuentes, huertos...
Aquel día Tobed era una fiesta: todo eran risas y bailes. Animada por el vino de esta tierra, me dejé arrastrar por un torbellino de gentes, músicos y familiares. ¡Prácticamente todos los habitantes del pueblo eran familia mía!
Ahora empezaba a contestarme qué tenía el pueblo de mi padre...
Cuando pasó la fiesta, me acerqué a los pinos: el aire era purísimo, me parecía imposible respirar tanta tranquilidad. Y la noche... Nunca, en ninguna parte, he visto un cielo tan bellamente estrellado como el de cualquier noche de verano en Tobed.
Subiendo o bajando cuestas, por algún camino o recorriendo una calle, alguien siempre me regalaba una rosa, un melocotón, una botella de vino, una torta hecha en casa.
¿Quién eres tú? -me preguntaban. ¿Cuál es el mote de tu padre? -me repetían. Ya no recuerdo quién me lo descubrió, pero seguramente se lo agradecí invitándole a bailar un pasodoble. Un mote de tantos años, del bisabuelo... ¡A mi padre se le había olvidado enseñármelo!
Descubrí las bodegas, unas más grandes, otras más pequeñas, pero siempre abiertas en una invitación permanente. ¡El bisabuelo merendó todos los días de su vida -que fueron muchos-, a la puerta de la bodega, viendo el sol caer en el atardecer!
A medida que iba conociendo más y más al pueblo, podía ir recomponiendo la historia de mis antepasados, unos antepasados que también han dejado su huella en mi sangre, unos antepasados a los que fui queriendo más gracias a Antonio, al que nunca olvidaré.
Con los años, Tobed fue para mí aún más, algo más que el pueblo de mi padre. Hoy ya tengo mis preguntas contestadas. Y para quien piense que exagero, que se eche un sueño una madrugada, al raso, con olor a pino, y abra los ojos poco a poco a la salida del sol, viendo desde lo alto cómo se refleja en los cristales del pueblo.
Ahora ya puedo responder: ¿Qué tiene el pueblo de mi padre que no tiene el de mi madre? Tobed os tiene a vosotros.
Iglesia de la Virgen o de Santa María. Tobed
Tobed, en la provincia deZaragoza, perteneciente a Aragón(España), posee una de las iglesias-fortaleza más impresionantes y bellas de cuantas existen. De estilo gótico-mudéjar (aragonés), se construyó en el s.XIV con un concepto arquitectónico único en la España de la época, y es considerada Patrimonio de la Humanidad desde 2001. Fue promovida por la Orden del Santo Sepulcro de Calatayud con carácter defensivo por su cercanía a la frontera de Castilla ante la guerra entre Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso y Pedro I de Castilla, el Cruel. Como he comentado en alguna ocasión, el pintor Jaume Serra realizó el retablo que actualmente se encuentra conservado en el Museo del Prado. Se la conoce como iglesia de la Virgen o de Santa María. Para algunos, la tradición de la Virgen de Tobed se remonta a tiempos de los godos y se tiene constancia de que la iglesia fue consagrada en 1066. La localidad fue encomienda de la Orden del Santo Sepulcro de Calatayud desde 1141 en que se llega a un acuerdo con Ramón Berenguer IV para compensarle por su renuncia al legado testamentario de Alfonso I el Batallador que dejaba el reino de Aragón a las órdenes militares de Tierra Santa. Esta cesión territorial comprendía un solar para levantar casa e iglesia en Calatayud, donde se establecería una comunidad de canónigos regulares con dotación de rentas de Tobed y Codos, entre otras poblaciones.
En el siglo XIV la Orden apoya a Pedro IV en la guerra de la que he hablado y es entonces cuando se inician las obras de la iglesia, no sin conflictos entre diferentes cargos eclesiásticos, ya que el obispo de Tarazona entendía que debía de haber otorgado su consentimiento a la vez que solicitaba las rentas correspondientes por pertenecer Tobed a su diócesis, pero se falló a favor de la Orden. En 1360, fray Martín de Alpartir contrata con Mahoma Granada, relojero moro de Pedrola, la fabricación de cincuenta mil ladrillos para la iglesia. Enrique II de Castilla, aliado del rey aragonés, donó las tres tablas de la Virgen de la Leche, San Juan Bautista y la Magdalena para presidir los altares de las tres capillas. Además, se incluye el escudo heráldico del papa Benedicto XIII en la clave de la bóveda del último tramo de la nave, en el alfarje del presbiterio y en la línea de impostas que corre por las capillas y nave a la altura del arranque de las bóvedas. Parece que la iglesia se concibió desde el principio de tres tramos y hoy la vemos con una sola torre, aunque mi querido experto Agustín Sanmiguel siempre la soñó con dos. Sorprenden su exquisita decoración interior y exterior, las pinturas y yeserías con motivos geométricos islámicos, las celosías con motivos vegetales, la techumbre o alfarje de madera pintada y la capilla de la Virgen con azulejos de Muel de colores. En el altar mayor se encuentra un icono de la Virgen obsequiado por el rey aragonés Martín el Humano, que a su vez le regaló Luis VI de Francia, representando a la Virgen con el niño en brazos pintados en lienzo sobre tabla. Se guarda en una hornacina de plata plateresca, labrada en Calatayud en el siglo XVI. La capilla se cierra con una verja del mismo siglo, similar a la de la iglesia de San Pablo de Zaragoza.
Sierra de Algairén. Los abuelos. Tobed
La villa de Tobed se encuentra en el paradisíaco valle del río Grío, rodeado por la sierra de Vicor o Vicort (la Vicora) y por otras estribaciones montañosas como la sierra de Algairén y la del Espigar. Dependió del priorato de Calatayud hasta la desamortización de los bienes del clero del siglo XIX. No sólo es admirable la monumental iglesia de la Virgen, sino que también la dedicada a San Pedro Apóstol, de época más tardía (renacentista del s.XVI), es uno de los edificios más representativos, junto a otros, como el Palacio de los Comendadores y Canónigos, y el Castillo (BIC), conocido popularmente como El Palomar, fortificación medieval de origen musulmán, dentro de cuyo recinto se halla la Ermita de San Valentín, patrón de Tobed (los vecinos cuentan que su reliquia permanece en la iglesia desde hace casi 400 años, y un bonito día, el 14 de febrero, se celebra la fiesta dedicada a él, como único lugar de Aragón que posee el patronazgo del santo de los enamorados). Aquí nacieron Vicente Naharro, excelente pedagogo, el baloncestista Fernando Muscat, el actual Presidente de la DPZ, Juan Antonio Sánchez Quero, un alcalde amigo, Ángel Rodrigo Jimeno, y sobre todo, la prima de mi padre, la excelente tiradora con arco, pionera española y europea en esta especialidad, Paquita Millán Serrano, mejor deportista aragonesa de 1968, a la que el Ayuntamiento de Zaragoza le dedicó una calle (con la categoría de Avenida) en 2009, tan merecida, para lo que se decidió cambiar el nombre de otra calle ya existente, en el barrio de Valdefierro, donde residía. Compartió ese mismo año el honor de recibir la denominación de una calle zaragozana con un deportista muy querido en la ciudad, en este caso futbolista, Nayim, cuyo inverosímil gol en la Recopa de París que le dio el triunfo al Real Zaragoza, será recordado eternamente. Paquita Millán Serrano descubrió este deporte, tan minoritario entonces y más aún practicado por una mujer, al observar a unos arqueros ejerciéndolo en Grisén y desde entonces lo convirtió en su vocación. En los años 60 del siglo XX participó en diferentes competiciones nacionales e internacionales alcanzando grandes éxitos, y era habitual encontrar su nombre en los periódicos deportivos de la época. Yo la recuerdo con su Seat 600 viajando sola (hay que pensar en el contexto social de aquel momento) por diferentes países, siempre acompañada de su arco y sus flechas. Fue campeona de España en cuatro ocasiones y una de Europa, entre otros títulos, batiendo en 1967 la marca nacional en la especialidad de arco recurvo al Aire libre en la categoría Senior. Continuó enseñando este deporte a nuevos arqueros, y, siguiendo una de las milenarias tradiciones alfareras de Tobed, se convirtió en una experta ceramista.
Paquita tuvo un triste final. En 1991 el acelerador de electrones del hospital Clínico de Zaragoza fallaba en demasiadas ocasiones y en una de ellas, mi prima sufrió uno de esos fallos, el mayor fallo nuclear del campo de la medicina del mundo en todos los tiempos...
La Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, congregación monástico-militar, tuvo un origen francés, concretamente en Godofredo de Bouillon, líder de la Primera Cruzada que permitió a los cristianos tomar la ciudad santa de Jerusalén en 1099. Es la orden de caballería más antigua del mundo, nacida bajo el amparo del Santo Sepulcro, la tumba de Jesucristo, protagonizando numerosas batallas en la Reconquista contra los musulmanes. Su poder llegó a ser comparable al de las órdenes del Temple y el Hospital. El conde Ramón Berenguer IV de Barcelona otorgó tierras y encomiendas en el reino de Aragón, sobre todo en Calatayud, entre ellas Tobed y el Principado de Cataluña. Se sabe que Tobed ya existía en el siglo XII. Se identifica su nombre con la villa celtíberorromana Tovenissa, de reminiscencias literarias en los Epigramas de Marcial, pero sin que hayan aparecido restos arqueológicos que apoyen los escritos y por tanto, certifiquen científicamente esa relación, aunque en el mundo celtíbérico se habla incluso de la monedasekaisa en Tobed. En 1144 quedó bajo la jurisdicción de los fueros de Calatayud, junto a Codos, Santa Cruz de Grío, Inogés y Aldehuela (encantadora población hoy deshabitada a la que se puede acceder andando por un pintoresco camino). Tras su incorporación a la Orden del Santo Sepulcro, el pueblo de mi padre conoció una etapa de gran desarrollo económico y social que duró siete siglos por su posición estratégica en las rutas comerciales y el cultivo de los olivos, que todavía hoy circundan su perímetro, de los que se originó una excelente producción de aceite para el que se construyó el "Molino del aceite", en la parte alta del pueblo.
Los Abuelos (formación geológica). Tobed
Por la zona circula el GR 90 Tierras del Moncayo y Sistema Ibérico zaragozano, a través del que podemos conocer atractivos lugares de la comarca y alrededores, sobre todo, para los amantes del senderismo. La sierra de Vicor ofrece maravillosos parajes desde los que se contemplan singulares panorámicas, que llegan hasta las conocidas Hoces del Jalón. Desde el barrio antiguo de los Alfareros de Tobed puede comenzarse un paseo hacia lo alto para apreciar unas espectaculares vistas impagables, el de un entorno marcado por la belleza de una naturaleza de encinar y retama, así como divisar en el horizonte los restos del Castillo, ese pequeño conjunto de aire defensivo protegido por pendientes inaccesibles y un barranco que etimológicamente recibe el nombre correspondiente, Trascastillo, pero que popularmente se conoce como "Los Abuelos", peligroso lugar para el hombre pero idóneo para el refugio de los animales de carácter autóctono, algunos volando sobre el silencio. El impresionante escenario no tiene nada que envidiar a los que nos recuerdan ecos lejanos... La superficie de la plataforma del Castillo da idea de lo que debió de conformar la extensión original del conjunto fortificado. Se conoce poco de su origen y desarrollo histórico a excepción de su posición estratégica respecto a Tobed ante el avance de las tropas cristianas en la Reconquista, que se sitúa en los años inmediatamente posteriores a la toma de Zaragoza. Siempre está abierto. Este vigilante eficaz de la apacible existencia actual de Tobed, desde su ubicación en lo alto del cerro dominando el cauce del río Grío, nos regala un trocito de historia aragonesa, de patrimonio cultural, tradiciones y naturaleza... Para quienes la literatura es la vida, entre los que me cuento, Tobed siempre será Tovenissa, el pueblo donde el patrón es el amor, y por tanto, un lugar de futuro.
El 13 de febrero de 2019, víspera de San Valentín, Heraldo de Aragónpublicaba en su sección de "Aragón, pueblo a pueblo" un amplio reportaje sobre Tobed, en el que se da amplia cuenta de los pilares en que se asienta su proyección en el momento actual. Así, por ejemplo, la Asociación Territorio Mudéjar desarrolla el objetivo de un mayor conocimiento y difusión del mudéjar empleando los recursos naturales que aporta este estilo artístico para generar riqueza y un mejor aprendizaje sobre todo en los más pequeños. De esta forma, el mudéjar les sirve para conocer desde otro punto de vista disciplinas como la geometría, plástica, física o matemáticas. En 2006 se inició el primer plan de musealización del mudéjar abierto al de todo Aragón, habilitando parte del Ayuntamiento y la lonja, creando el museo parroquial dentro de la iglesia y organizando congresos y jornadas internacionales, así como visitas teatralizadas. En junio de 2018 se inauguró un espacio en el palacio de los Canónigos con piezas de la ceramista de Tobed, Conchita Gimeno. En el barrio de los Obradores -de ladrillo, teja o tapial, que funcionaron hasta el siglo XX-, se han recuperado la zona de los balseros y uno de los obradores de alfarería con su horno, únicos en España junto a otros de Almería. Ahora se rehabilita una antigua alcoholera para convertirla en museo.
El herrero, Manuel Cartagena -quinta generación en el oficio con taller desde 1842- continúa trabajando la soldadura a la calda en determinados trabajos como truedes, descansa-criadas, barrote cruzado aragonés, vertederas, aperos de labranza antiguos... pero también piezas modernas. La tradición apicultora se mantiene con los panales y la comercialización de la miel a través de la denominación El Colmenar del Grío, aprovechando las ricas plantas de la zona desde Codos a Miedes, que generará un centro de interpretación acerca del dulce producto. Distintas asociaciones fomentan, asímismo, la rica naturaleza que envuelve un ámbito montañoso y aumentan sin descanso incontables programas de actividades diversas: campamentos, conocimiento de oficios del campo y de animales, restauración de edificios para usos varios, edificación de otros nuevos...