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miércoles, 2 de agosto de 2017

"AUTOCRÓNICA LITERARIA"

   



                                                                   serán ceniza, mas tendrán sentido:
                                                                   polvo serán, mas polvo enamorado.

                                                                                               ( F. de Quevedo)
                                      



                 
                           
                                           Durante los próximos meses, "Heraldo de Aragón" publicará una serie de artículos (la localidad turolense de Calamocha, de inevitable espacio en mi memoria, la comenzó ayer), dedicados a los municipios de Aragón, que recogen su riqueza patrimonial y artística y buscan la mejor esencia aragonesa en tradiciones, costumbres, huellas de antiguos moradores y, sobre todo, en las historias personales y humanas de sus actuales habitantes. Este loable proyecto viene respaldado por la D.G.A  y se propone trascender el mero análisis sociocultural centrándose en la realidad más viva de este territorio, en un recorrido muy ambicioso de gran atractivo y un futuro que promete frutos imprevisibles y sorprendentes experiencias para los interesados en el desarrollo moderno de la Comunidad. Como referencia imprescindible para este nuevo Aragón, pueblo a pueblo, la figura de Alfonso Zapater resulta fundamental. Los 18 tomos de la obra enciclopédica que editó en 1986 (prologada por Camilo José Cela) son de obligado conocimiento y punto de partida de la renovada crónica aragonesa. Alfonso Zapater comenzó a escribir en "Heraldo de Aragón" una página diaria mezcla de reportaje, entrevista, comentario y opinión, "Zaragoza al día", que resultaba algo distinto en el periodismo de la época, y "Aragón, pueblo a pueblo" se convirtió en un asombroso fresco del panorama regional en el que todos los municipios estaban presentes en plásticas semblanzas compendio de la experiencia del autor a lo largo de muchos años de visitas por todos y cada uno de los pueblos de la geografía aragonesa (731 oficiales y 1350 lugares aragoneses reseñados por él). La renovada serie se nos antoja, así, un merecido regalo para el recuerdo del escritor en el décimo aniversario de su muerte, y de su nacimiento, un día de julio muy cercano al de hoy, en Albalate del Arzobispo, población de Teruel, que seguramente lo habrá evocado de forma especial este año. Alfonso Zapater sentía por las zonas rurales que marcaron su infancia en libertad un intenso afecto. Por eso confesaría que Teruel le "dolía" cuando observaba la falta de progreso producto quizá, en su opinión, no sólo de su aislamiento sino de una falta de espíritu de colectividad o tal vez del excesivo complejo de victimismo de sus gentes, que no supieron en su momento explotar las posibilidades de una rica provincia, a pesar de las grandes individualidades que Teruel ha aportado a lo largo de la historia. Me sorprende conocer que la Diputación Provincial de Teruel no colabore en la actualización de este "Aragón, pueblo a pueblo" redivivo.







                                                     
                                   

               
                        Juan Villalba Sebastián ha elaborado una biobibliografía profunda y amplia sobre Alfonso Zapater que recoge la revista "Turia" en su número 95, que a mí me parece la más completa realizada hasta el momento, teniendo en cuenta, lógicamente, que apenas alude a su obra inédita, bastante extensa, por lo que yo conozco, y más si contemplamos que comenzó a ejercer su vocación a los nueve años versionando antiguas obras teatrales y escribiendo incluso un auto sacramental. Sí menciona su primera novela, Camelia, nunca publicada, con la que iniciaría su labor narrativa, género en el que más a gusto se sentía, porque le daba "la oportunidad de fundir la realidad con la ficción, sin olvidar que todo tipo de narración va acompañada también de poesía y teatro", según declaraba en sus "Memorias". A Alfonso Zapater las novelas que más le interesaban de su producción inicial eran Siembra (Premio "San Jorge" de Novela) y El pueblo que se vendió (Premio Ciudad de Barbastro, 1978, que estuvo a punto de ser llevada al cine si hubiera obtenido las subvenciones adecuadas y fue protagonista de varios programas de televisión), que reflejan perfectamente la realidad social de los pueblos de Aragón. La última recuerda claramente la narrativa de la memoria propia de algunos grandes escritores actuales de ámbito leonés como José María Merino o Luis Mateo Díez, en la manera de describir universos decadentes próximos a su desaparición, con el eco evidente de Juan Rulfo y su Pedro Páramo, o la plasmación de la misma problemática en la forma poética que ya conocemos, en La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Alfonso recibió el Premio Ciudad de Jaca con la novela editada por Planeta, Viajando con Alirio, en la que reconocemos el modelo clásico de la picaresca por esa sucesión de peripecias del protagonista, que ahora podríamos explorar en alguno de los personajes de la galería narrativa landeriana, como el dibujado en Retrato de un hombre inmaduro, por ejemplo, insólitas resonancias que convierten al autor aragonés en pionero de éxitos recientes. Probablemente, el logro novelístico de mayor trascendencia fue El accidente, finalista del premio Nadal, editada por Destino. En la entrevista que "La Vanguardia" le realizó a propósito del reconocimiento de la calidad de esta novela, que llegó a considerarse superior a la ganadora, Alfonso manifiesta su satisfacción por esa final conseguida a falta de ganar el premio, porque también a veces es necesario algún otro factor como la suerte y constata cómo "el arte, para ser tal, necesita perpetuarse". Con Los sublevados volvería a presentarse al mismo premio (segundo finalista), obteniendo de nuevo la aprobación generalizada de crítica y público, en esta ocasión con la recreación casi cinematográfica de la singular epopeya de la sublevación republicana de los capitanes Fermín Galán y Ángel García, en un proceso de reconstrucción novelada de los acontecimientos que tuvieron lugar en Jaca, a través de la visión de una serie de testigos que evocan años después lo sucedido con todo el rigor histórico que los hechos requerían.




         






                                Desde hace unos días, en Zaragoza ha surgido una iniciativa lanzada en una web de la librería "Los portadores de sueños" (www.rutasliterariaszaragoza.com), que permiten conocer los escenarios zaragozanos en que transcurren señaladas obras de reconocidos autores, que trazan distintas rutas literarias a través de las cuales conocer la ciudad con otra mirada y rescatar del olvido lugares ya desaparecidos o transformados. Así, Labordeta, Martínez de Pisón, Ana Alcolea, Sergio del Molino, Félix Romeo, Rodolfo Notivol, Sanz Barajas..., son algunos de los escritores que conforman "Zaragozas" literarias, sin que nos olvidemos, aunque aún no tienen su ruta, de Galdós, Sender o José Martí. Me permito añadir La ciudad infinita de Alfonso Zapater, una novela de crítica social, comprometida pero desdramatizada por el humor, en que la ciudad se convierte en la gran protagonista: calles, bares, ríos, puentes, locales de alterne..., se describen con realismo al que hay que añadir otro nivel de lectura simbólico en el afán de denuncia de la discriminación en la sociedad urbana actual (esta obra quedó entre las tres primeras finalistas para obtener el Premio Nadal). Citaré, por último, otra de las novelas más significativas en la tan amplia trayectoria narrativa de Alfonso, por su valor documental: Tuerto Catachán, una suerte de autobiografía novelada en la que homenajea a su abuelo materno, con el trasfondo de la guerra civil y en la que rememora los terribles recuerdos de aquel momento, bajo el prisma de un niño que vivió odios, venganzas y fusilamientos, que alterna con su visión de adulto en que él mismo es enviado a la cárcel de Carabanchel por injurias al Jefe del Estado, experiencia que le hizo descubrir que la paz de la posguerra era un espejismo, pues todavía existía una guerra soterrada entre vencedores y vencidos que le llevó a conocer de primera mano las cloacas del régimen franquista y que yo creo que le hizo relativizar posteriormente algunos aspectos de la vida que él siempre quiso ver con escepticismo o con un cierto desdén descreído que tal vez proviniera ya del sufrimiento que le produjo vivir el exilio de su padre, gran artista de la jota, como sabemos, en Francia y su encarcelamiento a causa de sus ideas políticas. (Para el resto de la narrativa y de la obra general de Alfonso Zapater puede consultarse a Juan Villalba, mientras que de alguna de sus novelas inéditas hablaré al final).





                          En una de las múltiples conferencias en las que Alfonso Zapater reflexionó sobre sus ideas literarias, su trayectoria creativa y la génesis de algunas de sus obras, "Autocrónica literaria", explica que escribe para que lo lean pero que no le gusta hablar de sí mismo, a no ser para dar testimonio de un quehacer literario en un contexto aragonés en que "la literatura tiene muy poco peso específico en el concierto nacional porque nosotros somos los primeros en volverle la espalda, en lugar de auparla". Siempre se mostró muy crítico en este aspecto, rebelándose contra esa falta de autoestima aragonesa que no entendía y contra la falsedad que observaba en los pseudoescritores, los "elaboradores" con ínfulas de superioridad: "hoy mismo, se nos sirve como novela lo que no lo es. Tenemos novelas cuyos autores no fabulan sino que elucubran, elaboran sobre un tema determinado y dan por bueno su trabajo. Excepcionalmente, rememoran hechos históricos, supliendo así su incapacidad fabuladora, su fantasía de creadores natos". De él afirma que descubrió sus dotes para la fabulación cuando observó que le "bastaba con partir de una simple anécdota para escribir una novela. Por eso arranco siempre de la realidad, en muchos casos, de una simple noticia aparecida en los periódicos". Es lo que ocurrió con El accidente, en que ficción y realidad llegan a confundirse, pero siempre prefiere la creación literaria, fabular, antes que narrar algo que ya ha sucedido. Así lo relata: "El accidente se produjo realmente, en el término de Villanúa (Huesca), cuando cuatro jóvenes regresaban por la noche de una despedida de soltero en Canfranc. El automóvil en el que viajaban cayó al río Aragón y murieron sus cuatro ocupantes. Pero nadie vio el accidente y transcurrieron catorce horas o más cuando descubrieron el automóvil siniestrado. Imaginé lo que pudo ser el drama de aquellos hombres, en el supuesto, más que probable, de que hubieran quedado malheridos, con tantas horas de soledad, sin que nadie acudiera a prestarles auxilio, desangrándose lentamente. No investigué lo más mínimo sobre el caso. Me puse a fabular sin más, y tardé quince días en escribir la novela que estuvo a punto de ganar el premio literario más importante de España de la época, en cuanto a prestigio".




       





                          "Al principio, cuando se emprende la difícil andadura literaria, es lógico sentirse espoleado por la impaciencia de publicar. Ello me llevó al periodismo, donde la inmediatez de ver publicado lo escrito está asegurada a diario, y también al teatro". "Lo que más me cuesta es cazar el argumento y su concepción. Una vez que tengo la novela pensada, el tiempo material de escribirla es lo de menos... Cuando me pongo a escribir, yo mismo me sumerjo en la propia fábula, en el ambiente de la narración y no vivo ni sosiego hasta que veo la obra terminada. Los personajes se me aparecen por la noche, sueño con ellos, no me dejan en paz hasta que cumplen, del principio al fin, la misión que tenían encomendada. Gozo y sufro con ellos y mi única liberación a tan feliz tormento -porque lo considero una felicidad- consiste en terminar la obra cuanto antes". Alfonso opinaba que se leía poco y de ahí las cortas tiradas, excepto para los best sellers o los premios literarios importantes, que consideraba a veces concertados de antemano. Y es que hoy domina el mercado. "Cabe buscar una base firme, sólida, que arranque de la realidad misma y urdir sobre esa base el entramado novelístico como una nueva realidad surgida de la fantasía del autor. Lo extraño, después, será ir descubriendo que la realidad inventada concuerda con acontecimientos que han sucedido así, como uno los ha imaginado. A mí me sucedió con El hombre y el toro, en que el drama de mi novela era el mismo que se había desarrollado en la realidad sin yo saberlo. Y volvió a sucederme con El accidente, hasta el punto de que los familiares de las víctimas acudieron a mí para que les diera la información que no habían podido obtener en el Juzgado "porque yo estaba en el secreto de todo". Una vez más, el poder fabulador me llevó a interpretar la realidad ignorada". En esta Autocrónica denuncia lo que se publica en Aragón, la labor de los críticos locales, la opinión de intelectuales que caen en localismos trasnochados y la existencia de camarillas de ignorantes, "papanatas", dice. No obstante, reconoce que él no mantiene guerras con nadie, aunque se manifiesta dolido con los que piensan en él como periodista antes que como escritor. Aunque no quiere pecar de falsa modestia, expone que su obra literaria figura en libros de texto de literatura para estudiantes, como representante de la novela social junto a Rafael Sánchez Ferlosio o Camilo José Cela, así como que el departamento de folclore de la Universidad de Chicago utiliza su Historia de la jota o que el catálogo internacional estadounidense Ling´s de escritores españoles menciona tres de sus novelas. En cuanto a los recursos formales, la técnica le preocupa tanto o más que el estilo, "la propia temática impone, por lo general, el enfoque que conviene dar a la narración. Cada novela plantea un problema técnico que es preciso resolver antes de ponerse a escribir". También le importan los personajes: "deseo que sean de carne y hueso, no de cartón piedra, personajes capaces de transmitir emociones a los lectores, porque el lector debe convertirse en protagonista también de la obra que lee". En "Autocrónica literaria" recorre igualmente su producción teatral, desde la fundación de compañías en Madrid primero y luego en Aragón, su labor como director, autor y actor y el entusiasmo por la renovación en la dramaturgia del momento que supuso el auge de un género no siempre valorado como se merece. El teatro le daba la oportunidad de hacer llegar al público lo que había escrito de una forma más inmediata, directa y sin interferencias (Alfonso recibió el Premio Nacional de Teatro "Miguel Hernández"). Como es su norma, cita un título significativo, Noche de pesadilla, del que "no sé dónde guardo el original". Los que lo conocimos en profundidad recordaremos cómo relataba sus estrechas relaciones con actores y actrices de cine, cantantes, artistas..., y yo intuyo que Alfonso valía más por lo que callaba que por lo que contaba... Finaliza la Autocrónica no renunciando a las raíces aragonesas intentando ser uno mismo para conseguir la originalidad.




                    Mi condición aragonesa no ha de servir, sin embargo, para encerrarme en los límites de nuestra tierra. La literatura, como todas las formas de cultura, carece de fronteras y hay que aspirar a crear una obra universalista, que pueda ser comprendida y sentida, por las gentes de cualquier país. No estoy en contra de la literatura costumbrista, pero la considero como simple entretenimirnto para andar por casa. La ambición de un escritor vocacional vuela más alto, se remonta a los espacios infinitos en busca de la libertad total.


                
                                En "Escritores periodistas y periodistas escritores" insiste en aspectos tratados en la Autocrónica con especial hincapié en la interrelación entre la narrativa y el periodismo, resaltando la gran diferencia entre el tratamiento de un tema con objetividad e imparcialidad y la creación de mundos producto de la imaginación o de la recreación de hechos reales a los que se añade la fabulación, sin que deba confundirse al erudito o "trabajador de la cultura" con el creador. De los primeros sobran y los segundos escasean. "Sé que hay escritores periodistas y periodistas escritores, y resulta harto difícil establecer el orden en que se produjo esa simbiosis. De igual manera, hay periodistas que no son escritores y al revés, por más que los primeros redacten correctamente o los escritores conozcan el mundo de la información. Yo sostengo que escribir es una vocación, aunque para su desarrollo exija, después, alcanzar unas cotas de formación muy elevadas. Se nace y se hace. No faltará quien argumente que el periodista también es escritor, puesto que vive del oficio de escribir. Naturalmente, su herramienta diaria es la palabra, pero el periodista puede formarse en la Universidad, su finalidad es profesional, algo que nunca podrá suceder con el escritor y menos aún con el poeta. En todas las épocas, el periodismo fue escuela de grandes escritores: Blasco Ibáñez, Baroja, Azorín, Delibes, Cela, Umbral, Hemingway y sus compañeros de la "generación perdida"... El periodismo enseña, proporciona una gimnasia mental tan importante como necesaria, que permite encarar con mayor facilidad cualquier empeño de mayor envergadura de cara a la creación literaria. Yo nunca agradeceré bastante al periodismo la deuda contraída con él, y si mi vocación primera fue la de escritor, tampoco renuncio ahora a la de periodista, pues gracias a esta actividad he podido saber más profundamente de mi tierra y de mi gente y llegar al análisis de muchos acontecimientos que por haberse quedado grabados en la hondura del alma, me han servido para dar vida a un libro".




           
                           Como en la "Autocrónica literaria", arremete contra la crítica especializada en literatura por su arbitrariedad y falta de coherencia, entre otras razones, aunque no sea así siempre en todos los casos, de tal forma que en lugar de orientar al lector convenientemente, hacen pasar por geniales muchas obras mediocres, sin fomentar la afición por la lectura, así como contra la existencia de determinados premios que no son concedidos con criterios de calidad ni deben constituir la meta de un escritor, aunque Alfonso Zapater no pretendía generalizar mostrándose él mismo como integrante de jurados que otorgaban premios importantes en múltiples ocasiones y reconocía que, a veces, su obtención era la única forma de conseguir la publicación de una obra. En este mismo texto sobre periodismo, el escritor también reflexionaba sobre los géneros que había abordado a lo largo del tiempo, algunos propuestos como un reto en su labor creativa (la historia, el ensayo, el teatro, la miscelánea enciclopédica, los libros de viajes, la biografía, la poesía, siempre...), pero esencialmente, ese en el que se encontraba más a gusto, la novela. El periodismo le sirvió de punto de arranque para hacer posibles esos empeños literarios: Cuando se está en contacto diario con la realidad, cerca siempre de la condición humana, los temas surgen solos y es más fácil encararlos y desarrollarlos, pues basta con reposar el ejercicio diario de la profesión y dejar que la palabra remonte más altos vuelos. Yo siempre he mantenido que un buen reportaje equivale al capítulo de una novela; la diferencia estriba en que la novela debe tener más vida interior. Pero también insistía en el tremendo poder de la fabulación y las enormes posibilidades de la imaginación creadora, capaz de crear mundos y personajes tan reales o más que los de la vida (eso que comprobó con alguna de sus novelas). Una noticia o una anécdota son capaces de levantar el complejo edificio de una novela, pero no le interesaba la biografía como material de primera mano para novelar: "¿Cuántos van diciendo por ahí que su vida es una novela?" (o lo que es lo mismo "confieso que he vivido", como si la vida de cualquiera no mereciera ser contada), porque era un recurso que revela escasa imaginación creadora, aunque el trabajo fuera lícito como recreación literaria. Periodista y escritor: no se contradicen ambos conceptos sino que se complementan. El estilo periodístico es directo y tiende a simplificar, práctica ventajosa para el escritor que sabrá escribir las historias con el mejor lenguaje, con la estructura y la técnica que exija el tema de cada novela para evitar que sean todas iguales. Para ello, el escritor cuenta con el tiempo que desee para cuidar el lenguaje, a diferencia del periodista que se debe muchas veces a la urgencia de la noticia, a un trabajo informativo diario, sin poder madurar las ideas y adornar los conceptos, teniendo que escribir no de lo que quiere o le gusta sino de lo que imponen las circunstancias de cada momento, generalmente, aunque de lo que se trate es de escribir lo mejor posible, pero Alfonso tampoco creía que la inspiración fuera lo fundamental en la creación literaria, sino que en sus tres cuartas partes eran el trabajo, poseer ideas y dominar la lengua la base de la esencia narrativa de calidad.










                                                     





                            Desperdigada por diferentes lugares, la obra inédita de Alfonso Zapater merecería una adecuada recopilación y su análisis y estudio detenido. Yo destacaría tres novelas de épocas diferentes de las que ignoro los motivos por los que no fueron publicadas, aunque, dada la magnitud del conjunto de títulos, tal vez la razón solo se debiera a la ausencia de tiempo material para hacerlo, teniendo en cuenta la monumentalidad de lo publicado así como la amplia cantidad de originales que han quedado por salir a la luz y su dispersión. O quizá fueran otras las causas... En cualquier caso, él mismo determinó que los planteamientos de su obra no publicada eran los mismos que los que ya se conocían. Presentó la novela La mecha al concurso "Blasco Ibáñez" de Valencia, en el que quedó finalista. Aparece fechada en 1984, año de la finalización de su escritura. Curiosamente, fue comenzada nueve años antes, algo extraño en él cuando la elaboración de una novela no solía abarcar más allá de algunos pocos meses o incluso días en alguna ocasión. Ambientada en tierras venezolanas, finaliza con un "Vocabulario sobre los americanismos y venezolanismos contenidos en La mecha que pueden ser de difícil interpretación". Recordemos que Alfonso Zapater había escrito en 1971, Venezuela, paso a paso, un libro de crónicas viajeras tras su estancia en el país. Y que su amigo Camilo José Cela había publicado en 1955, La catira, por encargo del gobierno venezolano a mayor gloria del coronel Marcos Pérez Jiménez, y que formaba parte de un ambicioso proyecto de varias novelas sobre el país. Como no gustó esta primera novela -aunque en España recibió el Premio de la Crítica-, sobre todo por la no conveniencia del lenguaje autóctono utilizado según los expertos venezolanos, el proyecto terminó con esta primera novela. También se recoge en ella al final un glosario de términos venezolanos, que es de suponer sirviera de ejemplo para la obra de Alfonso Zapater. La mecha -subtitulada "Muerte para un dictador"-, como gran parte de sus obras, contiene la denuncia de las condiciones de vida del mundo rural y sus miserias, supersticiones e ignorancias, y la lucha por la supervivencia, la conquista de la libertad y de los derechos humanos democráticos, por medio de la subversión del pueblo frente a la dictadura del poder. Es una de las novelas más complejas del escritor, con numerosos personajes del mundo indígena que representan a una sociedad primitiva y oprimida. Alfonso Zapater realiza una crítica valiente describiendo el deseo de los más desfavorecidos por liberarse de un caciquismo injusto. Con un estilo y lenguaje innovadores, La mecha es una novela muy diferente a las publicadas por el autor, una novela, por cierto, de gran actualidad, aunque se sitúe en otra época también vergonzante y triste para Venezuela.






                 


             
                         No es posible datar la novela Derecho a huelga con exactitud, pues el autor no consignó la fecha al final de la obra, como lo hacía habitualmente. Por lo que conozco, barajó otros títulos similares para quedarse con el definitivo, eran: "La huelga" y "La huelga de Emilio, el Cojo" que alude a uno de los protagonistas. Presenta una galería de personajes de baja extracción social, muy del gusto del novelista, que podemos también observar en La ciudad infinita, por ejemplo, que reflejan el conflictivo e insolidario mundo laboral de los obreros desamparados ante la ausencia del pago de sus salarios por parte de la empresa a la que pertenecen. Son seres angustiados, sometidos, tiranizados y de alguna manera utilizados por un sistema económico en crisis. El ambiente, en esta ocasión, es urbano, aunque la abstracción espacio-temporal no permita más que elucubrar que tal vez esos personajes denominados por unos degradantes apodos ("el Caraguardia", el Roña", "el Miraclaro"...), trabajen en una fábrica del extrarradio de Zaragoza (hay que cruzar un puente sobre el río para llegar al polígono industrial), hombres desheredados y cautivos de "las castas", según leemos, para los que el escritor pide dignidad. No es difícil adivinar el contexto histórico puesto que el salario de los obreros se fija en pesetas y la fábrica es de metalúrgica. Alfonso Zapater reclama, como tantas veces, justicia social y critica una legislación anacrónica que castiga las manifestaciones y huelgas del trabajador y reivindica en su nombre la necesidad de convenios adecuados y la mejora en las condiciones de vida de los que dependen de un salario mínimo que a veces ni se cobra. A pesar del clima asfixiante que envuelve este universo abusivo, improcedente y despótico, en que la muerte es el último eslabón de la cadena, el constante diálogo fluido, el dinamismo que otorgan las expresiones breves y la rapidez del ritmo secuencial consiguen compensar el desarrollo opresivo del tema y la intencionalidad del desenlace. Como en el caso de la novela a la que antes me referí, Derecho a huelga responde al interés de universalización por parte del autor de un asunto que trasciende espacios e ideologías y traspasa la historia...
                    




                       La novela Otoño rosa, escrita el 1991, se conserva en un documento manuscrito de letra no muy legible, de trazo suelto, y con abundantes correcciones. El título, metafórico, responde a un estado anímico del escritor especialmente esperanzado tanto por lo que se refiere a sus experiencias vitales como a lo que se narra en la obra, y así lo manifiesta desde la cita inicial: "Hay jóvenes que nacen viejos, y viejos que mueren jóvenes". Alfonso Zapater cuenta los acontecimientos que suceden en un pequeño pueblo habitado por 27 personas ya en edad otoñal, en trance de desaparición. Pero, además, traza un mosaico de historias de vidas llenas de recuerdos, soledades, sueños, renuncias e ilusiones frustradas. El pueblo es un lugar idílico y placentero, pero la emigración lo ha alejado del progreso y es necesario revitalizarlo de alguna manera para salvarlo y que pueda llegar a ser lo que fue, para lo que intentan recuperar las tradiciones y costumbres festivas, y convertirlo así en un reclamo turístico en una especie de "alabanza de aldea" con un punto de nostalgia. Una serie de hechos truculentos que alteran la cotidianeidad, no impedirán, sin embargo, que al final se produzca un episodio inesperado que logra conseguir el objetivo no sólo de sacar al pueblo de su ostracismo sino de aportarle nueva vida: el nacimiento de un niño, que asegura el futuro de lo que nunca debería perderse, uno de los temas ante los que el escritor era más sensible y al que dedicó gran parte de su obra. En la novela tienen cabida pensamientos, reflexiones y evocaciones del pasado, en una mezcla equilibrada con el relato de la interconexión de las vidas de los 27 personajes, lo que consigue con una técnica depurada y variada que va acentúando gradualmente la tensión narrativa y que se sirve de la alternancia en los puntos de vista utilizados, los saltos en el tiempo, o la utilización de recursos estilísticos de géneros narrativos clásicos, como el folletinesco o el de la novela policíaca,  así como  de la imagen cinematográfica. Una novela moderna.      




                       Afirma Juan Villalba, muy acertadamente, que Alfonso Zapater era un escritor de raza, de esos "eficaces en su trabajo y caóticos en sus biografías, capaces de escribir sobre cualquier cosa en cualquier momento y de cultivar todos los géneros sin distinción, acostumbrados a la ácida magia de volver a casa, como diría otro maestro de la profesión, José Luis Alvite, "con las llaves de otra puerta y pillar dormido al reloj despertador". Alfonso Zapater, al que escuché definirse como un hombre temperamental y apasionado, sentimental y lunático, a veces supersticioso, pero al que le gustaba ir de frente y por derecho, continuaba siendo ese mágico aprendiz de todo, que se recuperaba de su vejez infantil en el otoño de su vida. Ya no existe ese escritor de raza. No existe él pero tampoco ningún otro. Su crónica literaria y vital tiene nombre: elegancia. La elegancia en el decir. Porque él lo era.

                                 

             
             * Fotografía de Alfonso Zapater, cortesía de "El País"




                                                                                      Something stupid

                               

                           
                           


                               
                                               


                                               

martes, 30 de mayo de 2017

ALFONSO ZAPATER








                              Comentaba hace unos días con nuestra simpar Corita Viamonte cómo se pasa la vida, qué rápidamente han transcurrido estos diez años sin el aragonés contemporáneo más querido por los amantes de esta tierra, y que tal vez eso haya ocurrido porque la memoria no olvida, ni la colectiva ni la individual... La biografía de Alfonso Zapater -ese hombre de blanca melena al cierzo y manos que el Greco habría querido pintar, unas manos que hablaban por sí solas aún sin escribir-, ha sido glosada convenientemente por sus colegas de "Heraldo de Aragón" para homenajear su figura profesional y personal. Camilo José Cela, que compartió con él tardes de tertulias literarias en el madrileño café "Varela", lo calificó para siempre como el amigo más auténtico, el "genuino". Ese inagotable narrador de la vida, el sempiterno fabulador de fantasías sin fin, el defensor de las causas justas y el brillante estandarte de nuestras mejores señas de identidad aragonesas, nos dejó un poco desprotegidos hace hoy diez años. Sólo un poco desprotegidos, porque como ocurre con los perfiles grandiosos que no desaparecen nunca, nos queda su voz y su palabra, esa potente prosa, el verso delicado y encantado de sus comienzos, el solemne de la madurez o los que todavía siguen sin conocerse completamente de su obra inédita ("En mi obra inédita insisto en los mismos planteamientos que están presentes siempre", afirmaba en su "Autocrónica literaria").

         


                 
                                     




                              Por razones diversas, Alfonso Zapater no publicó varias novelas, pero sus poemas desconocidos son innumerables: "No he dejado la poesía. Recurro a ella casi a diario, es un desahogo muy conveniente para el espíritu. Como todos -o casi todos-, yo empecé por la poesía y confieso que durante muchos años sólo soñé con ser poeta. Publiqué en Madrid mis primeros cuatro libros de poemas, entre los años 1952-1955; la impaciencia por publicar es muy grande a los veinte años de edad, un quehacer y sarampión literario que me asaltó con las armas propias del caso: la poesía, y llega a convertirse en una enfermedad crónica asentada en una vocación firme, lo que sucede en raras ocasiones, pues en la mayoría de los casos desaparece sin dejar más rastro que unos malos versos como testimonio de la adolescencia y quién sabe si coincidiendo, también, con el despertar al primer amor". Probablemente pertenezca a esa época un opúsculo titulado Buscando el cante, originalísimo, que recoge letras para diferentes "palos" de flamenco, algunos de los cuales son tan antiguos que me ha resultado prácticamente imposible encontrar y reconocer en las manifestaciones folclóricas andaluzas actuales, y sólo los expertos en el flamenco antiguo son capaces de evocar. Así, junto a los tientos, saetas, verdiales, alegrías, tarantas, bulerías, martinetes, seguiriyas, fandangos, soleares, malagueñas y zambras, se entremezclan los polos, las cañas, la media granaína, las milongas y tangos andaluces, el tanguillo... Eran tiempos de torería y gusto por composiciones poéticas diferentes, más cercanas a su vocación taurina y admiración por los toreros cultos con los que se identificaba. Elegiré algunos poemas breves y que el lector ponga guitarra y palmas:



                     
                                                  Malagueñas


                                        Siento y no sé lo que siento
                                      por sentir lo que no debo
                                     siento y no sé lo que siento.
                                     Es un sentimiento nuevo
                                     que me hace sentir por dentro
                                     lo que por dentro no llevo.
                                                                                 ...


                                                 Fandangos

                                                                                ...

                                        El vino no lo remedia
                                      este dolor que me mata
                                      el vino no lo remedia.
                                      Es dolor de noche clara
                                      y de mujer traicionera.
                                      pero no puedo olvidarla.



                                           Media Granaína


                                     Seis cuerdas de mi guitarra,
                                   seis coplas yo necesito,
                                   seis flechas firmes que vayan
                                   en busca de seis suspiros.

                                                                               ...
                   
                     
                                                Alegrías


                                        Si estaría el marino 
                                      ciego de rabia,
                                      que se fue a las marismas
                                      y no vio el agua.

                                        Y yo presumo
                                      que el amor de un marino
                                      es como el humo.
                                                              ...
                                        No me lo digas,
                                       que no hace falta:
                                       aquel marino
                                       se ahogó de rabia.



                                              Tientos


                                  Corazón partido en dos.
                                No me preguntes por dónde
                                cuándo ni quién lo partió.
                                No me preguntes por dónde
                                vamos perdidos tú y yo.

                                  Busqué una luz y al mirarla
                                quedé ciego para siempre;
                                nunca pensé que una luz
                                pudiera causar la muerte.

                                  La noche es mi compañera,
                                mira si es negro mi sino.
                                Mas si mil años viviera
                                mil volvería al camino
                                cegando porque te viera.

                                                                         ...




                    




                            En 1991 escribió: "Mi último libro serio, de poemas, fue Hombre de tierra, que ganó el Premio "San Jorge" de Poesía. Posteriormente escribí otro poemario en sintonía con el pueblo aragonés, que fue escenificado por el grupo de teatro independiente "La Taguara". Eran momentos en los que convenía hablar claro y devolverle la poesía al propio pueblo del que procede, porque los poetas se olvidan -o nos olvidamos- con frecuencia de él y escribimos tan sólo para los demás poetas. Aquel poemario puesto en pie sobre los escenarios alcanzó centenares de representaciones. Se tituló Aragón para todos. Con ese título fue publicado y se vendieron más de diez mil ejemplares, algo insólito tratándose de poesía. Sin embargo, ¿quién lo recuerda ya? Aquí somos muy olvidadizos. Yo vivo preocupado por los diarios aconteceres, por el mundo que me rodea, por el ser humano fundamentalmente, porque pienso que es totalmente injusto nacer para morir y que uno está obligado por eso mismo, a dejar profunda huella de su paso por la tierra. Ignoro si mis obras entran o no dentro de eso que denominan la novela social, o la poesía, que también recibe ese bautismo". Más tarde aparecería Afirmación del ser, con el trasfondo del pensamiento de Joaquín Costa, su mentor ideológico y mejor ejemplo de hombre comprometido, al que dedicó varias obras. Alfonso Zapater consideraba que tanto el escritor como el periodista se deben a su tiempo, con el que están obligados, y a ellos les corresponde, por una parte, cumplir un servicio a la sociedad y por otra, realizar la labor creadora que es, en cierto modo, la razón de su vida. "Su ser y su esencia".











                                                        Juan Domínguez Lasierra, Clara Sánchez, Julio Llamazares





                             Recordaba Alfonso Zapater al magnífico escritor y periodista César González Ruano y cómo quiso escribir en vida su epitafio, que para Alfonso encerraba una gran verdad pero que no deseaba para él: "Vino, venció, fue vencido/ en lo que quiso vencer,/ y se dejó en el tintero/ todo lo que quiso hacer/ por hacer lo que quisieron/.Y se fue". Más bien prefería dejar constancia de su fidelidad a la tierra y su testimonio de libertad en el más amplio sentido de la palabra. En un poema que él mismo definió como "inédito, como tantos" -que aparece como colofón a su conferencia "Escritores periodistas y periodistas escritores"-, y que reproduzo parcialmente, afirma:




                                    Nací cuando la espiga sólo es oro
                                   y se abate quebrada sobre el campo;
                                   con mi pan y mis sueños bajo el brazo
                                   irrumpí en el camino de este mundo.

                                    Me equivoqué de rumbo muchas veces,
                                   y en el hoy me equivoco como antaño;
                                   pero sigo adelante por los campos
                                   persiguiendo la luz del horizonte.

                                     A pie firme soporto vendavales
                                    -estoy hecho de sol, de lluvia y viento-
                                    y me siento cual roble del camino
                                    con profundas raíces andadoras.

                                     He sufrido amistades desleales,
                                    zancadillas con trampa de palabras,
                                    y yo doy mi amistad de todas formas
                                    indiferente a la traición que pasa.
                                                                                              ...
                           
                                     La injusticia me encrespa y me subleva,
                                    maniatado me siento, una mordaza
                                    con frecuencia me ahoga los sonidos:
                                    libre en la idea y preso en la palabra.
                                                                                            ...




                           La huella de Alfonso Zapater sigue viva, no sólo a través de su obra colosal sino en la representación exacta y verdadera de la naturaleza de lo aragonés, él, que vivía cada día como si fuera el primero anhelando lo inalcanzable, el eterno artista con alma de poeta...



 

jueves, 24 de noviembre de 2016

TRADICIONES NAVIDEÑAS ARAGONESAS


                         


                                        ... y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad cada año suelen hacerse.


                                                                             Miguel de Cervantes (El Quijote, II, X)



                                                                                          Palomica, palomica,
                                                                                          no levantes tanto el vuelo,
                                                                                          porque te saldrás de España
                                                                                          y no sabrás volver luego.

                      
                                                                     José Iranzo "El Pastor de Andorra" (In memoriam)



                                 
                                       Aunque el paso de los años haya puesto en desuso muchas de las tradiciones navideñas de Aragón, llenas de alegría, emoción y sentimiento, algunas quedan en el recuerdo para dar testimonio de esta tierra y sus gentes y otras se van rescatando para acercar el pasado al tiempo actual, sobre todo en el ámbito rural, espacio que se reivindica en estos momentos como lugar de recreo, descanso o incluso como posible campo de expansión laboral. Mientras, estas tradiciones coexisten con otras modas y modos importados del exterior, de influencia francesa, sajona y nórdica, que, aunque del gusto moderno, se viven en ocasiones como una auténtica invasión. Curiosamente, los niños holandeses, por ejemplo, siguen creyendo que San Nicolás llegará cada año, con sus regalos, procedente de España. La editorial Prames ha publicado un disco-libro que recopila y rescata documentos no sólo sonoros -con la magnífica Orquestina de Fabirol recorriendo las piezas musicales autóctonas más populares (como la versión regional del Arre, borriquillo), o completamente desconocidas o bien casi olvidadas-, sino también otros elementos festivos con el asesoramiento del antropólogo Ricardo Mur, el musicólogo Blas Coscollar y el experto en gastronomía, José María Pisa, como la singular tradición de as calandras, un sistema que basaba la predicción meteorológica para todo el año siguiente en el tiempo de los últimos doce días antes de Navidad.





                     En cualquier celebración, uno de los elementos que siempre sirve de fondo imprescindible es la música. En Aragón, eran ya populares los villancicos y tonadas de Navidad en el siglo XVII. Yo creo que no es casualidad que la primera partitura de jota que se conoce, antes de que esta fuera conocida con ese nombre, figure en el villancico "De esplendor se doran los aires", compuesto en 1666 por Josep Ruiz de Samaniego, maestro de capilla del Pilar. Las letras, en todos los casos, solían ser ingenuas y sencillas, como la de un manuscrito encontrado en Daroca:

                                     Tienes, prenda del alma,
                                     unos ojitos
                                     que a todos los que miras
                                     les dan hechizos.
                                     Pues eres de los cielos
                                     chiquirritito,
                                    ¿Cómo vienes al mundo
                                     tan pobrecito?
                                     Aunque estés entre pajas,
                                     mi zagalito,
                                     se conoce que eres
                                     Dios infinito.

               En Borja se cantaba este villancico considerado de carácter local:

                                     Las zagalas y pastores
                                     rendidos van en tropel,
                                     llegan a Belén cantando,
                                     fatigados de correr;
                                     pero al ver tanta belleza
                                     en un humilde portal,
                                     se conmueven de terneza
                                     y no se atreven a entrar.

               Y en Tarazona:

                                    La zambomba tiene un diente
                                    y la muerte tiene dos,
                                    y el chiquillo que la toca
                                    tiene ganas de turrón.


                   Pero no sólo eran habituales los villancicos sino las canciones de muy variado signo, como las auroras o los romances. Los cancioneros aragoneses abundan en ejemplos, como la "Aurora de Navidad" de Pallaruelo de Monegros (Huesca): "Entre el buey y la mula/ Dios ha nacido,/ cuando pajas de avena/ lo han recogido./ Venid, devotos,/ venid ahora/ a rezar el Rosario/ a nuestra Señora/". O este romance popularizado en Robres: "Madre, en la puerta hay un niño/ más hermoso que el sol bello;/ tiritando está de frío/ porque el pobre viene en cueros...". Y en Chalamera: "La Virgen y San José/ juntos pasaron el río,/ y en una cuna de flores/ llevan al Niño metido./ Ya se llevan/ al recién nacido,/ mantillas, pañales,/ faja y corsetín,/ porque vienen los fríos de enero/ y el rey de los cielos/ está por venir/".

           El villancico significa, según su etimología, "canción del villano", de carácter campestre y rústico; en su mayoría son anónimos tanto en música como en letra, por eso suelen ser pegadizos pero llenos de poesía. Podemos verlo en el siguiente recogido en Castejón del Puente (Huesca):

                                    Todos le llevan al Niño,
                                    yo no tengo que llevarle;
                                    las penas del corazón,
                                    que le sirvan de pañales.
                                    Queridito Niño,
                                    diviértete un poco,
                                    que el amor es puro
                                    y el tiempo es muy corto,
                                    y con tus sonrisas,
                                    y con tus amores,
                                    llenarás de gracia
                                    nuestros corazones.
                                    Yo haré una camisica
                                    que será de lienzo fino,
                                    guardando como Dios manda
                                    los diez preceptos divinos.
                                    Yo le haré una cunita
                                    que será de nogal,
                                    guardando como Dios manda
                                    la pureza virginal.

            En Calatayud se encontró un manuscrito anónimo fechado en 1792 dedicado al nacimiento de Jesús, pero en realidad, el villancico apareció ya en el siglo XVI, formando parte de las festividades eclesiásticas de Navidad, fruto del sentimiento religioso popular, y se interpretaban en nuestros pueblos con los músicos y cantores vestidos de pastores, y los niños de ángeles. En los dos siglos siguientes, esta manifestación músico-coral experimentó su verdadero auge. El villancico sacro comienza y termina, generalmente, con una parte coral, el estribillo; la central está constituida por uno o varios pasajes para voz sola, las coplas, y el acompañamiento es a base de los instrumentos clásicos de cuerda, con la percusión de panderetas y zambombas. Consta documentalmente que la adoración de los pastores al Niño, acompañada del canto de villancicos, se celebró por vez primera en en la catedral de Huesca en 1642, y que en el siglo XVII, también en Huesca, se interpretaban villancicos satíricos contra el alcalde mayor. Ana Abarca de Bolea, abadesa de las bernardas de Casbas, escribió al modo popular el "Romance al nacimiento de Christo Nuestro Señor" y la "Albada del Nacimiento, en aragonés, que documentan esta especie de cantos en el Alto Aragón y la persistencia de una lengua aragonesa como la comprobada en tiempo de Pedro IV, haciendo referencia a "lo tizón de Nadal,/ que ye nombrado tizón". En el "Baile pastoril" del Nacimiento introduce diálogos de "Bato y Borrego" (pieza representada en el teatro Salesiano de Huesca). Como ya sabemos, el nombre Bato da pie al apelativo baturro, zafio, rústico, en tanto que Borrego se refiere al pastor, "aunque ambos actúen como pastores a los que tienta y persigue el demonio para que no vayan a adorar al Niño, de forma análoga a como ocurre con las pastoradas de la Ribagorza y en los dances en los que el diablo o los moros-turcos, en su nombre y con su apoyo, intentan estorbar la celebración de las fiestas", como refiere el investigador Antonio Beltrán. Perduran villancicos con letra aragonesa, más bien derivada del catalán, como este que se canta en Noales, del municipio de Montanúy (Huesca):

                                 Pastorets de ixes montanyes,
                                 ascoltéo lo que os diré,
                                 arrepleguen les ovelles
                                 i anem tots cap a Belén.
                                 Correu, veniu y veureu,
                                 correu, veniu y veureu,
                                 la miracle des miracles,
                                 un Noiet Fill de Déu.

              A propósito de la lengua aragonesa, no estará de más en este punto recordar que, según la Unesco, el aragonés es una de las lenguas que más peligro de extinción presenta en Europa, a pesar de los esfuerzos del Consello d´a Fabla Aragonesa en los últimos años para defender la investigación y la divulgación en el ámbito educativo, así como en el legislativo, aunque quede mucho por hacer sobre todo desde las administraciones públicas. No se ha llegado a desarrollar la ley de lenguas y sigue sin estar reconocida en el Estatuto de Autonomía, así que el objetivo continúa siendo conseguir un reconocimiento jurídico, la normativización y normalización social de la lengua para no perder esa transmisión intergeneracional que el Consello ha pretendido desde su creación: los aragoneses tenemos que implicarnos en la dignificación y conocimiento de otra de nuestras señas de identidad...






                     La luz permite que la fiesta brille más, como alumbraba la estrella, se dice, que guió a los Reyes Magos siguiendo el esplendor de su estela luminosa, por eso en muchos lugares principalmente del Alto Aragón se encendían hogueras en la plaza mayor en la vigilia de Navidad, en la de Año Nuevo y en la de la Epifanía, obedeciendo a ritos ancestrales que tanto atraen con esa sugestión de lo purificador. Para ello, después de haber asistido el pueblo a la solemne función de vísperas en la iglesia parroquial, los mozos del gasto -que por ese nombre se conocen-, se proveían de astrales (o destrales) y, empuñándolos, subían al monte o bosque más próximo para talar la leña con destino a la gran fogata para regresar al poco con pesados troncos, de grandes proporciones y varios quintales de peso, que servirían para mantener la hoguera encendida durante toda la fiesta. Todavía hoy, el momento de prenderle fuego se produce cuando todos los habitantes del pueblo han cenado y deambulan por las calles alegres y animados. Las llamas se reflejan en las fachadas de los edificios de la plaza y es entonces cuando los vecinos acuden a formar corro en torno, bailan la rueda, saltan sobre las propias llamas y cantan ritmos a coro. Al final, cansados de tanto danzar, se sientan a asar patatas en la brasada, castañas, chorizo o longaniza. A las doce de la noche, las gentes se retiran a descansar. Poco después, los mozos del gasto, presididos por el gaitero y acompañados por el alguacil o algún funcionario municipal, forman un grupo que va a cantar albadas por todas las calles y se detienen en algunas casas, empezando por la del cura y luego la del alcalde. Entre esas tonadas, destaca esta de Naval:  "A Belén han llegado/ los Santos Reyes/ y rendidos adoran/ en el pesebre./ !Qué maravilla,/ tan linda y bella,/ que a los tres Santos Reyes/ guía una estrella!". Existen albadas de muy diferentes letras. La de Villanúa tiene más carácter amatorio y una de sus estrofas se refiere también a Naval: "Gracias a Dios que he llegado/ a cantar a este portal,/ que me han dicho que aquí estaba/ toda la sal de Naval".

               Otro rito propio de la Corona de Aragón, conocido desde el Pirineo al Ebro, y que en los últimos tiempos ha sido reivindicado por distintos colectivos, era el de la tronca o el tizón de Navidad, estrechamente emparentado con la anterior tradición del fuego, la hoguera. En San Juan de Plan, en el Pallars o en la Ribagorza, al encender el tronco de Navidad, el padre de familia trazaba una cruz con vino sobre él y recitaba esta fórmula:

                                          Buen tizón,
                                          buen tizón,
                                          buena brasa,
                                          que vivan los dueños de esta casa.

         En Bonansa y pueblos comarcanos, la tradición se aprovecha también para obsequiar a la chiquillería: los padres, de común acuerdo, preparan el tronco de Navidad en el fogaril y debajo ponen los regalos y los dulces para sus hijos. Estos, mientras, tienen que ir a remojar unos palos en la balsa o la fuente más próxima y al volver golpean el tronco con los palos, cantando:

                                         Caga, caga,
                                         tronco de Nadal,
                                         caga turrons
                                         i pixa ví blanc.

           Ya en los Monegros zaragozanos, en La Almolda, se ponía a arder en el hogar un tronco durante la Nochebuena y al día siguiente se apagaba, se guardaba en la bodega y sólo se sacaba de allí cuando amenazaba tormenta, ya que bastaba con ponerlo a la puerta de la casa para conjurar el pedrisco. Ahora es más difícil continuar con la tradición de la tronca porque en casi todas las casas en las que no se ha reconstruido o recuperado, ha desaparecido el hogar clásico, pero sí se rinde culto todavía en estas fechas, además de las que ya conocemos de otras épocas del año, a las hogueras, acontecimiento que se observa en aumento con el paso de los años.



       

                     A pesar de la eterna discusión acerca de la fecha del Nacimiento y de la Navidad, se da por buena el 25 de diciembre, día que señaló Dionisio el Exiguo en el siglo VI, pese a la discordancia cronológica existente en el censo de Quirino, así como en relación al desplazamiento de José y María desde Nazareth a Belén (el interesado puede encontrar información abundante en multitud de webs sobre el tema). Aragón se adelantó en la celebración de la festividad por medio de Pedro IV en 1850, mientras que el comienzo de año el 1 de enero lo estableció en España Felipe II siguiendo la pauta marcada por Maximiliano de Alemania y Carlos IX de Francia. La tradición manda en este artículo y no importa mucho si esta concuerda o no con la realidad que fue, o con el desarrollo de los hechos: son debates ya superados. El nacimiento -el belén-, muy arraigado en Aragón, cobró auge en el siglo XVIII, se dice que importado por Carlos III, procedente del presepio napolitano, pero aquí ya existía el popular pesebre catalán, cuyas figuras seguramente se extenderían por nuestros territorios para dar vida a los nuevos nacimientos. Tal vez por el clima no se han prodigado los belenes vivientes y es ahora cuando puntualmente se observan en lugares cerrados pero también en las calles de las ciudades. Sin embargo, siempre existió la adoración de los pastores, al igual que fue común la representación de entremeses en la catedral de La Seo de Zaragoza existentes desde el siglo XV, pues queda constancia de que en 1419 asistió el rey y la corte, y en siglos posteriores, el Consejo en corporación iba a felicitar las Pascuas de Navidad al Virrey al término de la ceremonia de vísperas en la iglesia de Santa Engracia, también en Zaragoza, desplazándose la comitiva a caballo, ya que así era preceptivo, con gramallas y precedida de mazas. En la actualidad, la proliferacón de belenes de distintos tipos es tal que se organizan rutas de belenes, a veces por varios pueblos, como en Huesca, abiertos al público visitante en algunos casos hasta abril. Cada uno tiene su singularidad: en Peralta, se puede ver una colección de más de un centenar de belenes de cuatro continentes; en Sena, incluye la teatralización de escenas navideñas; el de Tamarite se hace con alfombras del Corpus y el de Fraga se dedica este año al monasterio de Sijena.

               La Misa del Gallo es una tradición generalizada, aunque la asistencia va variando según la época y la edad, ya que en estos momentos a veces se suelen preferir otros espacios o verla por la televisión, según las inclemencias del tiempo, o las creencias religiosas. En realidad, hasta hace poco, sólo se salía de casa el 24 de diciembre para este acto. Antes, en las montañas, dos pastores, en el fondo del coro, solían crear el ambiente musical para la misa con sus voces y silbidos, imitando a las ovejas. Los chicos llevaban zambombas hechas con vejigas de cerdo infladas para acompañar la copla de todos conocida Dale, dale, dale... En lugares del Bajo Aragón turolense, se hacían reventar las vejigas de cerdo en el momento en que sonaba la campanilla de la consagración, provocando un gran estruendo y temblor jubiloso y alegre. Dentro del ciclo navideño, se ha celebrado el día de los Inocentes, el 28 de diciembre, con bromas que han ido desapareciendo casi por completo, debido al mal gusto, por el exceso de algunas que se gastaban. Ahora nos informan de alguna noticia sorprendente e incierta o exagerada, pero en eso suelen quedarse las inocentadas. Sin embargo, la incidencia de esta festividad en según qué comarcas aragonesas fue significativa. Es el caso de la provincia de Teruel, donde ese día un botarda (como nos informa Alfonso Zapater), disfrazado con trapos de colorines, entraba por las casas, alborotando, pidiendo obsequios y tomándose licencias que, en más de una ocasión, se pasaban de la raya. En Mirambel, las mozas elegían un falso alcalde para ese día, y en Camarena se subastaba el derecho a bailar con una moza determinada, y si ella se negaba...!tenía que pagar el importe de la puja!... Gea de Albarracín solía ser escenario también de estos acontecimientos. En esos pueblos, al ir a la misa del Gallo se dejaba la puerta de las casas abierta y el fuego encendido en el hogar, con la casa dispuesta para las visitas, "por si la Sagrada Familia pasaba por allí y decidiera entrar en busca de posada, no ocurriera lo que en Belén". Cuentan que en Tierrantona se recogían malvas la noche de San Juan para adornar la mesa de Nochebuena y al día siguiente aparecían abiertas y blancas. En Benasque se celebraba la "esquellada", en la que los chicos recorrían el pueblo la semana anterior a Navidad, haciendo sonar un cuerno, agitando cencerros y golpeando latas, para ahuyentar a las fuerzas del mal.






                     Para San Silvestre, se despedía el año. Los vecinos de Baraguás jugaban a sacar almas y vírgenes, escogiendo cada uno de los presentes un santo, escribiendo su nombre en un papel y depositándolo en una orza, olla o puchero, incluyendo, claro, a San Silvestre. En otro recipiente se ponían los difuntos de la familia, o sea, las almas. Dejadas todas las papeletas, se sacaban alternativamente, emparejando santos o vírgenes con muertos y uno de ellos era, como cabe suponer, San Silvestre. Cuando se producía esa coincidencia, el "afortunado" tenía que pagar el vino para todos. Además, el descendiente del muerto tenía que rezar una parte del rosario dedicada al santo y otra a las almas del Purgatorio. Se bebía y se celebraba el principio del nuevo año con una colación abundante que nunca podía empezar antes de las doce. La visita de los Reyes Magos cierra el periodo navideño, pero primero tenía lugar el cabo de año, en que los niños visitaban las casas de familiares y conocidos para empezar bien el nuevo ciclo, o sea, estrenar el nuevo año con alegría y prosperidad. En la Corona de Aragón se aseguraba que Sus Majestades de Oriente aparecían por estos pagos en fechas anteriores a la de su festividad para inspeccionar las obras de los niños durante el año transcurrido, y cuentan que para la Purísima se veía cruzar el cielo a su cabalgata, rauda y cubierta de misterio. Los Magos tenían un criado llamado Gregorio, al que los niños temían. Estaba dotado de formidables mostachos pero sus orejas eran todavía más largas, capaces de oír todo lo que se hablara en cualquier lengua, y poseía unos ojos que veían a siete leguas de distancia. El odiado Gregorio era el que se encargaba de contar a los Reyes las hazañas y secretos de cada niño, sin ahorrarse detalles ni picardías. Se dejaban los zapatos en el balcón o bajo la chimenea, la comida para los camellos y la carta de petición de regalos. Como los Reyes tenían el don de la ubicuidad, entraban por cualquier parte... Coincidiendo también con el cabo de año, se creía en el "hombre que tenía tantas narices como días el año nuevo" y los chicos se iban por los cerros a ver si lo veían. También se especulaba con la existencia de un animal monstruoso en la plaza, con igual número de patas, orejas o rabos como el hombre de las narices. Los niños sólo podían ir a esperar la cabalgata de madrugada, con la camisa mojada y una caña verde en la mano... ¡con lo secas que están las cañas en esa época!... En Alquézar y en el llano de Jaca se jugaba en la noche de Reyes a sacar "damas y caballeros", por el mismo sistema de las "almas y las vírgenes", con la diferencia de que se ponían nombres de mozos y mozas en los respectivos pucheros, lo que servía para decidir el nombre del marido o de la esposa que le tocaba a cada cual: casamientos fingidos que en algún caso llegaron a materializarse...






                        La gastronomía prácticamente continúa de forma parecida a tiempos pasados, aunque algunos de los platos se conserven casi en exclusiva en la memoria pero puedan elaborarse si así se desea. Los manjares varían según las zonas y los mercados siendo típico el cardo "a la aragonesa" y ya no tanto la sopa roya o la sopa cana (con pan, chicharrones fritos, leche y azúcar, entre otras cosas) por su alto valor calórico. Ha desaparecido el ayuno del 24 de diciembre (o día del bacalao) y la recogida de fruta que realizaban los niños el 1 de enero por las casas como si se tratara de una antigua (pero más saludable) fiesta de Halloween. El pollo y el cordero han quedado desbancados por el pavo y el besugo. Los dulces se elaboran para todo el ciclo navideño. Antonio Beltrán habla de los empanadicos y empanadones (cuchiflitos) de su tierra monegrina (Sariñena, La Almolda), aunque yo los he probado parecidos y con otros nombres en las tres provincias aragonesas. Ana María Val proporciona la receta más conocida, en la que van rellenos de cabello de ángel, que no es otra cosa que calabaza confitada, dulce ya popular entre los moriscos, que se han conservado ritualmente también en Semana Santa. Los empanadicos se ofrecían a las familias afectadas durante el año por la muerte de algún familiar y el luto les impedía amasar y cocer pastas. Los empanadones, de mayor tamaño, se rellenaban de espinacas, calabaza amarilla y pasas, composición parecida  a los espinais de la provincia de Huesca. Incluso yo los conozco elaborados con hojas de borraja, en el Bajo Aragón. No podemos olvidarnos de las castañas asadas, aunque Aragón no es productora de ellas, del Roscón de Reyes, relleno de nata, a diferencia de otras regiones de España, o del mazapán, al que se dedica un romance en la ribera baja del Cinca, que, en la relación un tanto satírica que muestra la rivalidad entre localidades vecinas, se cita a "Santa Lecina y Estiche/ son dos ciudades muy grandes, las paredes son de azúcar,/ de mazapán los pilares". Y naturalmente, el turrón, en sus múltiples variedades, destacando entre todas el genuino aragonés, el guirlache, que se compone básicamente de almendras más caramelo solidificado, un galicismo (grillage, manjar tostado), cuya procedencia latina final (craticula, pequeña rejilla para asar) ya se encuentra en Catón, el gastrónomo Apicio y en el escritor bilbilitano Marcial del s. I d.C., y que pudo pasar al castellano a través del vasco. Este turrón, que se degusta durante todo el año en Aragón tiene un origen árabe y medieval y fue popularizado en nuestra tierra a partir del siglo XIX por los franceses.





                    Diciembre es un mes que impone sus condicionamientos en relación con la inactividad que se atribuye a la tierra en este tiempo, cuando la savia está dormida. La fertilidad permanece prisionera en las entrañas de la propia tierra por lo que no admite ningún trabajo hasta su despertar en febrero, como antesala de la primavera. Sólo los podadores de viñas y los femateros de olivares han venido realizando su labor en ese mes, por eso labradores, pastores y gentes de las zonas rurales en general, acogen con gozoso descanso un periodo para vivir de otra forma, para disfrutar de otras experiencias, quizá para soñar con lo que podría ocurrir cuando pasen las celebraciones navideñas. Porque los expertos saben que esa pasividad de la tierra no es absoluta: es en la luna de enero, por ejemplo, cuando se suelen cortar las cañas y los troncos para que no pierdan sus virtudes y cualidades... Mientras, se canta, se enciende el calor, se disfrutan sabores diferentes, se recuerda a un Niño que nació más o menos por este tiempo, se ofrecen presentes a propios y ajenos, se desea que la luz de la tronca, honda y plena, mantenga su lumbre lo más posible, y por eso en Ansó, se dejaba arder veinticuatro horas para calentar al recién nacido, en Gistaín se procuraba que no se consumiera durante todo el año, y lo mismo en Escalona, o en Baraguás, donde el tizón se prendía en la misa del Gallo y se mantenía hasta Reyes o la Candelaria, cubriéndolo con ceniza para que cada mañana el hogar pudiera encenderse con su calibo... Las tradiciones -ahora reinventadas- han venido trazando unos signos exteriores culturales y de identidad patrimonial de esta tierra, y tal vez de sus analogías con otros lugares, para que el artificio estético actual no se quede en simple gozo aparente y superficial, sino que, manteniéndose vivas, regalen estrellas profundas y transformadoras, de plenitud y de esperanza, y si no...


                                                        Pa San Silvestre, coje a capa y bete



                                                          "Amazing Grace" (letra de Newton). Bocelli y el Papa