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miércoles, 21 de diciembre de 2016

El arte por arte de magia: LUIS LANDERO




                              ... pues no había sido otro mi deseo de poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.

                                                                Miguel de Cervantes (Don Quijote)


                                                                                                    y déjame muriendo
                                                                                                    un no sé qué que quedan balbuciendo.

                                                                                                         San Juan de la Cruz


                               Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incensantemente arrastrados hacia el pasado.

                                                                   F. S. Fitzgerald  (El Gran Gastby)



   
               
                                      En los próximos días saldrá a la luz una nueva novela de Luis Landero, tras la publicación de El balcón en invierno, en 2014. ¿Qué sorpresa nos deparará en esta ocasión? "Quién sabe lo que surgirá. Ha habido una época de mi vida en que me he esforzado y he escrito cosas que hoy no hubiera escrito. Mi padre se me colaba por todos lados en los libros. Creo que, al desenmascarar la ficción, o enmascararla de otra manera, lo he conjurado", declaraba a propósito del repentino cambio narrativo producido en esa novela en la que, después de una trayectoria caracterizada por una narratividad reflexiva, contando historias de otros -personajes reales o no, trasuntos velados del autor casi siempre-, el escritor, esta vez protagonista, nos daba cumplida noticia del comienzo de su vida recordando lo que la memoria le ofrecía en el mismo momento de la escritura, cual Lázaro moderno. Pero tal vez, el anónimo "por extenso" se prolongue ahora en la siguiente entrega, teniendo en cuenta que la última edad exacta y precisa que cita Landero en El balcón... es la de veintiún años, por lo que quedarían evidentemente momentos esenciales, fundacionales, iniciáticos, de su vida, pendientes del recuerdo y de ser escritos, aunque muchos aparezcan entreverados en otros libros o de forma más nítida, como en El guitarrista y en Retrato de un hombre inmaduro, -en este caso, reflejando trazos caracterológicos identificadores de su personalidad.


                  Pero aun suponiendo que sean otros los disfraces, las aventuras, las dudas y los miedos, las paradojas, los afanes y los conflictos, los sueños o los mitos..., ¿con qué encantamiento malabar nos asombrará?, ¿cuál será la música de la sintaxis, el tono de su voz?... Con El balcón en invierno las palabras se convierten en cantarinas, naturales, como si en lugar de leerlas las estuviéramos escuchando, como si la autenticidad y verdad del íntimo y cálido impresionismo invisibilizara cualquier clase de técnica o estilo (ese "no sé qué"), o más bien, como si lo peculiar consistiera en que esa genuina sencillez y finura conseguidas a ritmo y compás, con jeito y sin apuro, transparentara la melodía de la oralidad milenaria de la tierra extremeña en que nació y se crió. Con la manera clásica del "escribir como se habla", Landero acierta así en convertir sus circunstancias biográficas -la infancia como patria personal y paraíso perdido- en motivo literario para conseguir la perdurabilidad que persigue dando testimonio cultural de su familia, de lo rural, de lo que tal vez se pierda sin remedio en un entorno en el que parece que importan poco los valores morales humanos. Al fin y al cabo, la narración compartida es, para él, el único medio de acceso a una relativa plenitud existencial, una estética de la salvación y del ejemplo. El balcón en invierno sintetiza el universo literario proyectado en Juegos de la edad tardía, germen, a su vez, de las siguientes ramificaciones narrativas que han configurado un sistema literario propio (fantasía más ensoñación más realidad).






                  Así, por ejemplo, los momentos transformadores de la vida de un personaje se articulan no sólo a través de la contingencia sino también del detalle, de la observación detenida con paciencia de algo concreto, de la funcionalidad de las primeras veces, reales o no, en unas novelas de aprendizaje y educación del que huye permanentemente en búsquedas sometidas a la sorpresa maravillosa. Son experiencias mínimas, simples en la superficie, hechos cotidianos de poco relieve en apariencia pero que arraigan en el alma, que cobran densidad en el fondo, momentos mágicos en los que los personajes toman conciencia de sí mismos o de su realidad y excusas insignificantes que ponen en marcha la maquinaria narrativa (la epifanía joyceana o el McGuffin de Hitchcock). El texto que sigue pertenece a Retrato de un hombre inmaduro. Aunque no existen protagonistas femeninas en las novelas de Luis Landero (yo espero anhelante todavía una Madame Bovary landeriana), la galería de secundarias es abundante y sobre todo, significativa, puesto que aparecen continuamente rodeando al personaje principal, a veces, como mujer fatal, otras, como protectora o burladora, o bien, mostrándose como inalcanzables..., papeles muy apropiados para completar la caracterización del personaje inseguro emocionalmente. No obstante, el protagonista podría cambiar el nombre por el de una mujer y sería indiferente, o tal vez no, tal vez el hombre de las novelas de Landero sea incapaz de relacionarse con mujeres que no cumplan con los rasgos de estas secundarias (aunque, a veces, sean secundarias de lujo por la magia de las palabras):


            Y, por cierto. Al relacionar el amor y el comercio se me ha venido a la memoria algo que me ocurrió la mañana del 2 de enero de 2002. Fue mi primera transacción en euros. Para la cajera del supermercado era también su primera experiencia. Había un nerviosismo placentero por parte de los dos. Aquella mujer -de mediana edad, vestida malamente con una bata azul, siempre fea y antipática- aquel día sonreía como una niña y al sonreír el rostro se le iluminaba de tal modo que transparentaba una capa hasta entonces oculta de encanto, de belleza, de erotismo, yo diría que hasta de lascivia. Tenía desplegadas ante sí las piezas del nuevo puzle monetario. Yo le di un billete de veinte. Ella emitió un gritito. Dijo: "Quizá sea un billete demasiado grande para alguien inexperta como yo". Yo le dije:"Tranquila, serénate, no tengas prisa, ya verás como nos sale bien". "Es que estoy muy nerviosa", dijo ella. "Es la primera vez". "También yo", le dije. Al recibir el cambio, retuve sus manos y la miré intensamente a los ojos. "Cómo te llamas?". "Charo". "¿A qué hora sales de trabajar?" Apenas tenía aire para hablar: "A las ocho".
          Y esa tarde, a las ocho en punto, allí estaba yo esperándola, con unas flores en metálico para negociar la nueva transacción que el azar, y el lenguaje, nos habían concedido. 





                    En la vuelta al pasado recordando con nostalgia y melancolía pero con un tono contenido a su padre, en El balcón en invierno, Landero marca el cambio del signo de los tiempos contraponiendo el campo a la ciudad y la forma de vivir de una época condenada al olvido que debemos tener presente para seguir disfrutando de lo natural pero sin repetir sus momentos trágicos. La evocación se produce rememorando, entre otros detalles, el primer viaje de su padre. Un viaje a la guerra y sus escenarios. Por lo general, las novelas de Landero se han desarrollado en una abstracción espacio-temporal del mundo mítico representado por su universalización, excepto cuando el lugar concreto de la historia se ha referido a Madrid, Extremadura, Castilla o La Rioja. El recuerdo de sus héroes le permite al autor preservar un diálogo con los familiares y amigos fallecidos y así mantenerlos vivos en su memoria, y para siempre, en los libros. La relación con su padre fue muy dura y, quizá, habiendo sido la musa primera de su obra, si lo ha conjurado como uno de sus fantasmas o demonios interiores, es para finalmente ser dueño de sí mismo y de su libertad, comprendiendo en este momento por el poder extraordinario de la palabra, (... a mi me gusta abrir al azar queriendo oír en la escritura la voz vibrante de mi padre leyéndoles a los segadores...), la razón de su actitud con él:


             Mi padre, por ejemplo, como muchos otros, viajó por primera vez por el servicio militar, y más le hubiera valido quizá, dicho sea de paso, no haber salido nunca del lugar olvidado del mundo en que nació. Le tocó en Seu d´Urgell, y estando allí estalló la guerra, y entonces comenzó para él una experiencia esencial, que forjaría su carácter y lo marcaría para los restos.(...) Cuando por fin llegó una carta suya, ya estaba en el bando nacional en Zaragoza, sano y salvo, pero ahora los otros lo habían condenado a muerte, y en cualquier momento podía cumplirse la sentencia. Entonces mi abuelo Luis, el pionero, partió de urgencia a Zaragoza con cartas de acreditación y llegó con el tiempo justo de salvarle la vida.(...) En Zaragoza va a los toros y se queja ante su padre de la poca casta del ganado y de la mala actitud de los toreros de hoy, que solo vienen a llevarse el sueldo. Cuando escribe en plena batalla de Teruel, cuenta que son las dos de la mañana, que han hecho una gran fogarata para calentarse, que están bebiendo un café riquísimo y que quizá mañana, si hace buen tiempo y no hay que combatir, salga con la escopeta a dar una vuelta por la retaguardia. Había visto muchos horrores, y en sus cartas dice que ya los contará a la vuelta, si es que hay palabras para contarlos, así dice, pero añade que ya se ha acostumbrado al horror (...) Su itinerario fue: Barcelona, Zaragoza, Teruel, Lérida, Castellón, Tarragona, Barcelona otra vez (donde vio por última vez el mar) y Madrid, por no mencionar poblaciones menores como Cariñena, Manresa o Alcalá de Henares.
         (...) El viaje a Zaragoza fue el único de importancia que hizo mi abuelo Luis en toda su vida. Asombra pensar en cómo ha cambiado el mundo en tan poco tiempo y en cómo los viajes, incluso a lugares exóticos y remotos, se han convertido ya en una rutina y un capricho.






                   Desde pequeño, Luis Landero quiso ser escritor, o mejor, narrador, contador de historias. A ello se fue aplicando con la lectura de los libros que podía adquirir, pero sus primeras veces fueron poéticas, componiendo poesías para sus amores infantiles, reales o imaginarios -porque se confiesa enamoradizo-, y escribió poemas según transcurrían sus desengaños amorosos. Para él, la poesía es el género central de todo lo demás: ella nos permite franquear la puerta del misterio de la vida. Sin embargo, sólo lo cultiva para consumo propio. A través de ella, se enamoró inicialmente de la connotación de las palabras y luego le importaron más su funcionalidad y significación, alcanzar el equilibrio con la belleza. De la mágica y misteriosa materia evanescente está hecho lo esencial del arte, lo inefable. La poesía le ha ayudado a cultivar el imposible, a depurar las secretas vivencias, a jugar con los trucos del lenguaje y saber lo que no se debe escribir, a seleccionar lo memorable, a aspirar a mejorar y perfeccionar su obra para llegar a ser el artista que quiso ser y obtener el merecido nombre de escritor. Dice en El balcón...: La poesía me hizo fuerte y me asignó un lugar en el mundo... aquella Amada de ficción resultó ser la verdadera, la perdurable, el único amor auténtico que he llegado a conocer en la vida. Por tanto, no ha publicado poemarios y sólo encontramos alguna leve muestra poética dispersa inserta de forma funcional en sus narraciones. Pero así como de tapadillo, tímidamente, como simples travesuras poéticas, para ver si no nos damos cuenta o las encontramos jugando, aparecen dos poemas que, dada la trascendencia del autor reproduciré, como únicos ejemplos publicados del poeta Luis Landero:


            Por la oscura cañada
            el zorro de la fábula se acerca,
            baja a beber el agua tan callada
            que desborda la alberca,
            donde la higuera acuna
            el sueño general de los lirones
            y la culebra teje un laberinto
            que confunde a la luna,
            y en oro de limones
            traza la oscura trama de su instinto.


            Bajamos a la huerta.
            Recuerdo bien que mi madre vestía,
            como al desgaire, una rebeca abierta,
            y era tan claro el día
            que sólo la ternura nos pesaba,
            mas el jazmín dolía con su fragancia
            y la edad era un duelo.
            "¿La belleza va a crédito?", pensaba,
            "derrochemos la efímera abundancia,
            ahora que es nuestro el cielo". 

             
                        Cuando se ha asentado el vértigo ante la condición humana, de pronto, brota la creación, la invención, la sustancia moral y la belleza verdadera. A veces, ante el fracaso de vivir para morir, se descubre la paradoja y el sabor agridulce de la suerte, el humor, o la ilusión que se crea ante una página en blanco o un vacío tapete donde se tiran dados o se echan naipes a ver qué pasa... Entonces, sólo la palabra tiene el poder: sólo el hechizo vertebra la esperanza.



                   





                                                                   Carlos Cano   ("Habaneras de Cádiz")    


                 

         

         

martes, 8 de marzo de 2016

Los senderos lúdicos de LUIS LANDERO



                                          ¿Al dinero y al interés mira el autor?, maravilla será que acierte..., las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfección que requieren.


                                                               Miguel de Cervantes (El Quijote)


                                                  
                                                               Entre los pies de un gigante
                                                               un cabezudo cantó
                                                               y le enredó los volantes.
                                                              Nunca más se levantó.

                                                          José Ignacio Cardona Herrero

        
                                          La literatura es como la experiencia del amor o de un dolor de muelas. Hay que sentirla para saber en qué consiste.

                                                                         Luis Landero





                                 Conmemoramos el IV Centenario de Miguel de Cervantes -que nunca será honrado lo suficiente por más eventos que se celebren este año- para el que el mejor recuerdo es la lectura ambiciosa de su obra completa y no sólo del Quijote, aunque bien es cierto que nadie debería privarse del absoluto disfrute de la mejor novela de la historia. Cuando salió a la luz Juegos de la edad tardía, la primera publicación de Luis Landero, fue calificada como el "Quijote moderno" y provocó tal impacto que el escritor fue merecedor del Premio Nacional de Narrativa (o de Literatura), así como el Premio de la Crítica. La trayectoria posterior de Luis Landero ha demostrado la procedencia de semejantes honores por la calidad significativa del conjunto de sus escritos que lo han convertido en uno de los autores contemporáneos más relevantes. En el periódico "Heraldo de Aragón" analicé pormenorizadamente en un artículo esta novela, convirtiéndose en el germen de mis investigaciones posteriores para el inicio de una tesis sobre los aspectos fundamentales de la obra de Luis Landero. Lo reproduzco en esta ocasión acompañado de la primera entrevista que me concedió para el mismo diario porque mantiene su vigencia, aprovechando la celebración centenaria y en homenaje al quijotesco personaje cervantino y landeriano, con la intención de ir ampliando esporádicamente en este espacio algunas de las consideraciones más apasionantes que han suscitado mi estudio y reflexión acerca de un escritor fantásticamente diferente que sigue contemplando la vida para contarla desde su balcón en invierno...





                 
                            "Una serie de galardones ha acompañado a la primera novela publicada de Luis Landero, Juegos de la edad tardía, entre los que destaca el Premio Nacional de Literatura. Descifrar estructuras, estilo, lenguaje, fabulación y otros elementos narrativos es oficio de sesudos críticos literarios o material para las a veces tediosas clases de literatura en las que se bombardea las mentes saturadas de los bachilleres con tantas teorías, sin haberse aventurado previamente por lo elemental: la lectura de la obra. Además, las obras de arte son también una cuestión de fe y si se examinan excesivamente, puede diluirse su magia.

                       JET es un extenso cuento con el lógico final feliz, una parábola sobre el significado de la existencia; es la historia de un hombre -solitario, tímido, y en el fondo, poeta- que, cual Minotauro asfixiado en un laberinto de vida obligada y sin riesgos, espera algo extraordinario que lo transforme: la búsqueda de la tierra prometida -un lugar ameno-, la recuperación del tiempo perdido, el hallazgo de sus señas de identidad. Náufrago en un mundo hostil, decide crearse otro en el que inventa tantas mentiras, tantos juegos, que lo hacen caer en su propia trampa, hasta el punto de verse envuelto en un delito que no ha cometido y por el que es perseguido. Finalmente es salvado por el amigo fiel como un Caronte que lo conduce al nuevo mundo deseado, al futuro, en una explosión catártica final en la que obtiene el premio, la recompensa del éxito nacido de su fracaso continuado.








                         En una historia que podría llegar a ser interminable, Gregorio recoge su nostalgia juvenil de escritor y se disfraza, se calza la máscara (o se la quita) y comienza a escribir: versos, cartas, prólogos y hasta un libro. Pero sobre todo, ávido de palabras mágicas, crea nombres para que todo exista, para alimentar su atrevida quimera -como un Quijote cualquiera-, para mantener la amistad y admiración de ese ser noble, Gil -un Sancho más-, que sólo busca la verdad y que, paradójicamente, se ha creído los engaños de Faroni, un poeta surgido de las ambiciones y miserias de dos seres ilusos. Así, Faroni es "la brisa mágica de un ideal de oro"; la amada , una "violeta selvática" o una "alondra marina", y una lámpara de tantas, una "marchita matrona suspendida en enaguas".



                     El transcurso de los acontecimientos obliga a Gregorio a ayudarse de nuevos trucos, payaso al fin, de nuevos malabarismos: necesita de otras personalidades que, como un mago encantador, va dejando escapar de los secretos de su imaginación, de los misterios de su fantasía. Pero la senda de ser sabio, de mantener un heroico ideal, es extremadamente dura. A punto de ser descubierto, víctima de sus embustes, elige otro camino, el de viajero vagabundo, peregrino al azar, el de la aventura y la sorpresa. Porque como le había dicho Antón Requejo (personaje esperpéntico que, abandonado por su mujer, quiere fundar una compañía de cornudos bajo el lema aproximado de "coronados del mundo, uníos"), vivir es "estar de camino". Y aunque otro vagabundo le anima a esperar la crecida de un río -el río de la vida- para obtener una buena fortuna entre los objetos arrastrados, un negocio completamente legal ¡porque son bienes francos!, comprende que esa vida no es para él que sólo posee palabras, palabras inventadas. En medio de tanta sutil y fina ironía, Gregorio vislumbra su fracaso final. Su amigo es el verdadero héroe por asumir su vida mientras está anhelando la inventada por Gregorio (el arte, la ciencia, el progreso). Él, por el contrario, envidia la vida retirada de Gil.





                       Será don Isaías, maestro adivino, quien le ayudará a desbrozar la senda, a buscar su destino, a no sucumbir a los espejismos de la felicidad y a comprender que vivir es errar, que "en la continua derrota del que da mil veces en la misma piedra está la gloria", el acto de fe que supone buscar la felicidad. Cuando Gregorio se reprocha haber mentido a su amigo, don Isaías le hace ver que para ser feliz unas cuantas mentiras es precio barato. A lo largo de su recorrido por los senderos lúdicos, Gregorio ha perdido todo, hasta la maleta; así, ligero de equipaje, quiere cerrar el círculo y volver a la infancia, al recuerdo. Más tarde, desea la eternidad del presente, pero nada de ello le sirve. Es en ese momento climático cuando ocurre la maravilla: el encuentro con su amigo en un lugar cualquiera, apartado de toda veleidad, para así, embriagado por su bondad y generosidad, aceptar la invitación de quedarse para siempre en su compañía. El poeta queda conmovido profundamente al saber que lo único memorable para Gil es querer a Faroni (o lo que es lo mismo, a Gregorio), su vida y su arte. Ambos -engañados y desengañados, derrotados y triunfantes, quijotes y sanchos ambos-, seres complementarios que se necesitan, deciden emprender una nueva vida -la de pastores, en principio-, y para la que hay que cambiarse, claro está, el nombre. Gil se inventa uno que debe ser único en el mundo: Lino Uruñuela. Y, efectivamente lo es, por ser real, por existir. Es la sorpresa final, el último guiño lúdico del autor al lector: su gran amigo. JET es, en fin, la historia de no poder vivir el uno sin el otro ("de tu noble amistad vivo cautivo", dedica en un verso el poeta a su admirador), la historia de una gran amistad. En ese camino de la utopía, comprendemos que Gregorio se ha convertido en dueño de su destino con el descanso al término del trayecto, que en su alegría última ha encontrado la salida del laberinto.

                     La identidad definitiva del personaje en ese "ser dos en uno" se consigue a través del equilibrio que concilia verdad y apariencia, ficción y realidad, aventura y fe en sabia mezcla que es literatura, que es vida. Ecos clásicos, míticos y sobre todo cervantinos con sus juegos de espejos, resuenan desperdigados por toda la novela. Desde rituales de iniciación como la entrada nupcial en el futuro o el bautizo que permite comenzar una nueva vida; desde la encrucijada de caminos que supone vivir, pasando por distintos toques bíblicos, borgianos, alguna pensión galdosiana o cualquier elemento folclórico y tradicional (los consejos del abuelo, los nombres simbólicos, ser héroe y mártir, el fracaso como victoria, merecer las maravillas, la literatura dentro de la literatura...), desde las dudas nivolescas ("¡Y dale con la mentira!, ¿tú qué sabes si yo soy o no soy?"), hasta llegar a Cervantes, siempre Cervantes, en JET se relativizan la fantasía y la realidad. Todo se entrelaza en una mutua dependencia que Vladimir Propp analizaría como las claves imprescindibles de la historia... o de la vida. Por eso de que la realidad es un revoltijo, una materia imprecisa y caótica que hay que ordenar, que no todos perciben igual y que es posible construir a la medida de las propias apetencias, o sea, como una novela. Y a cuento nos viene esa frase de Ortega y Gasset cuyo final se desconoce corrientemente y que dice: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo".





                     Que nos cuenten historias es siempre un regalo, que las cuente Luis Landero es un regalo del cielo, a pesar de que JET desprenda un cierto olor a tristeza. Luis Landero -solitario, tímido y en el fondo poeta- se siente abrumado por el éxito inesperado de su novela. No se ha dado cuenta todavía de que se ha intrincado por el sendero de la gloria. Pero sus amigos sí lo sabemos. Y también muchos lectores sabrán que Gregorio no es un Quijote de segunda división, como se ha dicho, sino un gran campeón estremecedoramente envidiable.


              "El contundente éxito obtenido en España por Juegos de la edad tardía se ha repetido ahora, con la correspondiente versión francesa Les jeux tardifs de l´âge mûr, editada por Gallimard, con un reconocimiento de crítica y público de nuevo excelentes. Por otro lado, su artículo "¡A aprender, al asilo!" ha recibido el premio Mariano José de Larra de la Asociación de Profesores de Español por su defensa de la lengua y la literatura. Actualmente Luis Landero compagina la enseñanza de la literatura con la publicación de artículos periodísticos y la elaboración de una nueva novela. Confiesa que no le gusta hablar de sí mismo como escritor, que el éxito de JET le produjo cansancio, un estar sin estar en mí, aunque también ganas de vivir y la ocasión de sacudirse durante algún tiempo la carga de la literatura. Su futuro profesional se centra en avanzar en su próxima novela, en "congraciarme con ella", a pesar de que su presente vital no tiene un argumento concreto, y por eso se parece tanto a una novela experimental. Sin embargo, su actual libro de cabecera es El sentido de la vista de John Berger, "además de otros que son mis ángeles de la guarda literarios" como La Cartuja de Parma de Sthendal. Cree que en los últimos años ha ganado algo en sabiduría, ha perdido oficialmente la juventud, ha trabajado mucho con la pluma (y por tanto, mucho placer y algún tormento), y cuando ahora mira atrás comprende un poco mejor a Jorge Manrique. No tiene ninguna esperanza en la humanidad (hay mucha miseria alrededor, muy poco progreso moral), pero alberga algunas en el hombre.





        - ¿Cuál es tu método de trabajo?

        - Flaubertiano.Un plan riguroso pero con muchos márgenes para la invención espontánea. Prefiero lo extenso con momentos intensos en literatura. Yo, si algo soy, es narrador (sólo cultivo la poesía para consumo propio). Me interesa hacer buenas novelas: significativas, bellas, perdurables.

       - ¿Qué opinas de la literatura del momento en España, los nuevos autores formáis una "generación"?

       - El verdadero protagonista de la literatura en España es el público, los lectores. En 1975 los españoles nos miramos en el espejo y nos encontramos guapos. Y entonces ocurrió algo extraordinario: decidimos leernos entre nosotros mismos. Así que la generación anterior (Ferlosio, Martín Gaite, Marsé incluso, Matute, Espinosa) quedó olvidada y sepultada por el boom hispanoamericano. En 1975 empezó un largo domingo en España. El 92 es quizá el fin. Mañana será lunes y nuestra literatura será también de día de diario. A lo mejor mañana no nos gustamos a nosotros mismos. Pero, entretanto, ahí están los lectores.

     
            A Luis Landero, especialista en temas cervantinos, no le ha gustado demasiado el Quijote televisivo, a pesar de la buena ambientación. "¿Cómo es posible que aparezcan unos cabreros que no hablan, y un don Quijote y un Sancho cabalgando en silencio? Afortunadamente, esto demuestra que una palabra vale tanto o más -y casi siempre mucho más- que una imagen". Tampoco le interesa el 92: "En España nos gusta tener muy limpia la fachada, pero ¿y la trastienda? El estado de un país no se mide por olimpiadas ni centenarios, sino por la humilde trama de una escuela pública. Aquí nos gusta mucho la grandeza efímera. Por mi parte, prefiero los proyectos a largo plazo, aunque sean más modestos".




        - Has dicho alguna vez que a lo largo de la historia de la literatura siempre se ha contado el mismo argumento, que sólo cambian las situaciones.


       - Sí, siempre pasa lo mismo: alguien lleva una vida normal y "de pronto" le ocurre algo, se rompe la monotonía. Simbad, Penélope, Don Quijote, Emma, Raskolnikov, etc. Ese algo es más o menos espectacular, pero siempre hay algo que rompe la monotonía. Es decir, la realidad florece; el asombro, el azar o el sueño (o la locura) germinan repentinamente en la realidad. No hay más que escuchar los chistes o las anécdotas del prójimo: "Iba Juan a su casa tranquilamente, como siempre, cuando de pronto..." Esa historia ya la contó Homero, ¿no?


      - ¿Cómo se consigue la originalidad en el arte entonces?


     - Ser original consiste en tener una voz propia y, sobre todo, una visión propia del mundo. El arte no es progresivo, en el sentido usual que le damos a "progreso". Hita no es mejor ni peor que Ramón Gómez de la Serna. Ocurre que uno reelabora lo que vive y uno vive también la literatura. En ese sentido sí se puede hablar de literatización como recurso estilístico en mi novela anterior: la lámpara, "una madura matrona sorprendida en enaguas", es un eco de la "lámpara con enagüillas" valleinclanesca, como tú señalas. Pero si se coteja a Valle con Rubén, ¿qué no saldría?


      - Michael Werner ha manifestado que la política cultural que se hace en España es ridícula, que la cultura no es el mercado, que el arte español actual es mediocre y que no hay libros. La literatura y el arte en el mundo actual, ¿son buenos compañeros del negocio, del Estado?


     - Todo eso son tópicos que dicen muy poco. El asunto es más complejo, un lamento no es necesariamente una opinión. De todas formas, la literatura va muy mal acompañada. La literatura debe renovar el fuego de su vieja rebeldía e independencia, es su única salvación. Hoy, el dinero y el poder se han lavado la cara con las aguas de la democracia. El capitalismo se ha hecho inevitable y razonable y esa es la burra que se nos vende a diario. Pero la literatura no debe andar entre malas compañías, por muy aseadas que vayan.


                Luis Landero nunca escribirá sus memorias, porque cuando se pone a escribir algo objetivo y real en seguida desemboca en la ficción. Está satisfecho de mantener una buena relación con los amigos del oficio, "gente maja", dice: Rosa Montero, Llamazares, Luis Mateo Díez, José María Merino, Muñoz Molina, Rafael Conte, Almudena Grandes, Lourdes Ortiz, Manuel Vicent, Carme Riera, Quim Monzó... Le pido los nombres de un libro, una canción, un país, una mujer, un hombre. Contesta rápido: "Las mil y una noches", cualquier habanera, este país, Emma Bovary, Ellacuría.


         - ¿Ha cambiado tu vida después de "Juegos de la edad tardía"?


        - Ha cambiado psicológicamente, respecto a mi relación con la escritura. Ahora tengo más prejuicios, más inseguridad y mucha autocensura. Yo no soy un escritor profesional. Me gustaría poder decir públicamente: señores, no esperen nada de mí porque ya no pienso escribir nunca... y luego volver a escribir en secreto, a ser posible, llevando una vida retirada en un pueblo. La nostalgia de la infancia y de la naturaleza está muy presente en mi vida, así como la de mi padre, la gran y devoradora nostalgia.

       - Como al principio me has rogado que no te preguntara por la novela que estás escribiendo, lo hago al final, aunque sé que no has desvelado nada de ella.


       - La editará de nuevo Tusquets -yo soy leal-. Será más bien larga, pero no demasiado. También en esta, como en la anterior, la vida les pasa factura a los personajes, así pasa siempre, ¿no?, aunque no juegan, en el sentido de mudar de identidad. Trata de un hombre que, desde su infancia, se asusta de vivir, contrae terrores (el mundo es violento, irracional, amenazante) y se refugia en los libros. Hace un plan de vida: quiere ser un hombre ejemplar, un sabio, un solitario, como los estoicos que fueron sus héroes juveniles. Estudia historia, se hace profesor de instituto. Se muestra razonable, cortés, estudioso, tolerante. Le sale al encuentro el amor. Surge el idilio pero tiene dudas. Renuncia al amor y prosigue su camino de perfección. A los sesenta años, ya te puedes imaginar: la realidad que se le echa encima, las pasiones que lo dominan, etc. Pero la historia es mucho más compleja. Esa es sólo una línea dramática y hay por lo menos otras cuatro.


                Tengo la impresión de que la nueva novela de Luis Landero -virtuoso guitarrista y amante del flamenco- va a tener bastante, como la anterior, de soterrada autobiografía. Tal vez sus memorias, esas que no piensa escribir aunque darían para otras mil y una noches se tornen -como en un juego de la edad tardía- en novelas por espaciadísimas entregas, escritas casi en secreto.



       






                                                                Dibujos animados para don Quijote y Sancho



sábado, 16 de enero de 2016

MUJER Y TOROS

                           



                                                  Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia.

                                                                                 SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL




                            Bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre los dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde.

                                                                  Miguel de Cervantes (El Quijote)



                                "Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad. !Cuando las cosas llegan a los centros, ya no hay quien las arranque!"

                                                                 Bodas de sangre, F. García Lorca


                                "Mi memoria taurina es mi padre. Él me hizo aficionada a los toros y aprendí que un buen aficionado siempre ve algo, un detalle, un momento, aunque la corrida sea aburrida..
."

                                                                                  Almudena Grandes

                         




                                         Suele desconocerse el impacto económico de las actividades relacionadas con la tauromaquia en el PIB español. A pesar de que el Estado reconoce en los toros "un Patrimonio digno de protección en el territorio nacional", son escasas, por no decir, inapreciables, las ayudas concedidas, mientras que, por el contrario, el beneficio producido es tal que supera con creces a los ingresos que generan otros campos vinculados a la cultura, si exceptuamos el deporte. Los últimos estudios realizados tanto por la ANOET, la Universidad de Extremadura, o el propio lobby antitaurino como es el caso de ERC, así lo confirman. El Producto Interior Bravo o taurino duplica el valor de la producción de la industria española del tabaco y triplica el de la fabricación de ordenadores y equipos periféricos. La Administración grava al sector taurino a través de impuestos, tasas y cotizaciones sociales, lo que no hace con otras industrias culturales, mientras que obtiene tres veces más de recaudación que con el conjunto de las artes escénicas, por ejemplo, como consecuencia de la creación en el ámbito taurino de miles de puestos de trabajo directos e indirectos en amplios sectores de la economía española.


                     En tal complejo escenario y en el contexto tradicionalmente masculino - y demasiadas veces, machista- del universo del toro, la mujer ha formado y forma parte desde hace cientos de años de la realización de múltiples funciones en el marco taurino -con más protagonismo del que se le reconoce-, en ocasiones superando todo tipo de obstáculos en el camino, sobre todo cuando ha desempeñado la labor de torera (la RAE define el término como "persona que por profesión ejerce el arte del toreo"). Pero ahí están también las mujeres empresarias, ganaderas, periodistas, fotógrafas, veterinarias, modistas o sastras, profesoras de escuelas taurinas, historiadoras, poetas y novelistas (por citar algunos de los campos en los que contribuyen a hacer historia de la tauromaquia). Se pueden recordar importantes escritoras como Elena Quiroga, María José Barrera, Noelia Jiménez, Lea Kauffman y Fanny Rubio, que han reflejado este mundo junto a José Luis Sampedro, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Javier Aguirre, Ricardo Vázquez-Prada, Carlos Reyles, Fernando Quiñones, Guillermo Pilía o Henri de Montherland, que novelaron las peripecias taurinas en relatos de amplia extensión (pues los cuentos escasean, aunque sí se han escrito también romances en verso). En 2011 se llevó a cabo una exposición en Madrid "Una mirada femenina en el toreo", que homenajeó a las mujeres de vocación taurina que expresaron su sentimiento en distintas facetas. La escritora Muriel Feiner hizo lo propio en su obra La mujer en el mundo del toro, recibiendo la Medalla al Mérito Taurino de la Real Federación Taurina de España. Actualmente, distintas profesoras universitarias han realizado sus tesis doctorales y publicado libros de análisis e investigación sobre un tema que les apasiona, como Cristina Padín, Marilén Barceló y Olga Pérez.


                      En cuanto al toreo, desde siempre la mujer ha adquirido un papel relevante como espectadora y aficionada, pero como lidiadora tuvo que librar batallas con gobiernos y regímenes de distintos colores que atribuían al sexo masculino la exclusividad del toreo. Existía - y existe- además, el prejuicio de que la fuerza física del hombre era el elemento principal e imprescindible para la lidia de un toro, sin reconocer como fundamentales otros aspectos como los conocimientos técnicos, habilidad, destreza, dominio, decisión, valor e inteligencia, cualidades que han caracterizado a casi todas las mujeres entregadas a su afición y sensibilidad por el arte en una de sus manifestaciones estéticas esenciales y más emocionantes. Así, Ramón Pérez de Ayala ya escribía: "Un torero puede ser muy valiente y muy habilidoso y, sin embargo, no gustar, divertir ni emocionar, porque le falta algo: sabor, gracia, qué sé yo, un "quid divinum" que hace que las corridas de toros, además de ser tan repugnantes, bárbaras y estúpidas, sean tan bellas".


             Los antiguos ritos religiosos mediterráneos fueron trasplantados a la Península Ibérica (denominada más tarde metonímicamente la "Piel de toro"), dando lugar en su desarrollo histórico a las actuales corridas de toros. Se sabe que durante la Reconquista constituían el entretenimiento de la realeza, por lo que se calcula que los toros ya estaban incorporados a nuestras costumbres hacia los siglos IX y X. Quizás el documento más antiguo que así lo atestigua sea un cronicón de don Pelayo, obispo de Oviedo en el siglo XI, recogido en la Historia de Ávila del Padre Araiz, que dice:

                     
             E lo tal fecho, el señor Conde y la señora infanta, e Urraca Flores con Sancho Destrada e demás viajaron a la morada de Sancho Destrada, onde yacía el talamo e las tablas para yantar; detollidas las tablas, montaron en sus rozinos e viajaron al coso onde se había de festejar con lidias e torneos e lidiar toros... E Gometiza Sancha, fija de Martín Muñoz, iba e zaga, bien arreada y acompañada de la mujer de Fortún Blázquez e de Sancho Destrada, e montaron en un tablado, e los hombres montaron en otro, e se lidiaron ocho toros.


          Como se verá, ya entonces las mujeres eran espectadoras de excepción en festejos taurinos de origen caballeresco. La lidia a pie llegaría varios siglos después. Más que torear, se alanceaban toros. Lo recuerda Nicolás F. de Moratín: "Es opinión común a nuestra historia que el famoso Cid Campeador fue el primero que alanceó toros a caballo". El caballeresco ejercicio fue despertando tanta afición que el rey Alfonso de Castilla y León mandó escribir a Gonzalo de Argote y Molina la curiosa obra Discurso sobre el libro de la montería, en la que se dedica un capítulo a las "monterías de toros en el coso", uniendo así lo taurino a lo cinegético: "el correr y montear toros en coso es costumbre en España de tiempo antiquísimo, y hay algunas instituciones anuales, por voto de ciudades, de fiestas ofrecidas por victorias habidas contra infieles en días señalados. Es la más apacible fiesta que en España se usa". El citado Moratín recordaba que "durante el reinado de Felipe II se sabe que una señora de casa de Guzmán casó con un caballero de Jerez, llamado por excelencia "El Toreador". Don Francisco de Pizarro, conquistador de Perú, fue un rejoneador valiente. Felipe III  renovó y perfeccionó la plaza de Madrid en 1619, y también el rey Felipe IV fue muy inclinado a estas bizarrías". El aludido coso madrileño no es otro que la plaza Mayor, en la que cabían sesenta mil personas. Las crónicas de la época resaltan la presencia de mujeres en los espectáculos taurinos que en tantas ocasiones suponían un estímulo y acicate para los caballeros rejoneadores, dispuestos a desafiar el riesgo para ganarse la admiración de sus damas. Tal fue su expansión que hubo necesidad de una reglamentación a través de una "Reglas de torear" adecuadas para ese "ejercicio". La costumbre de alancear toros pasó de España a Italia y cuentan que hasta el mismo César Borgia la cultivó. Estos espectáculos inician su decadencia con el advenimiento de los Borbones, por lo que, en los albores del siglo XVIII, quedaron en manos del pueblo liso y llano. No obstante, Fernando VII funda el Real Colegio de Tauromaquia en Sevilla, posible antecedente de las Escuelas Taurinas actuales, en una decisión polémica, puesto que, por motivos políticos, se habían suspendido las actividades docentes en la Universidad.

             En la Cartilla de torear de Nicolás Rodrigo Novelli, publicada en 1726, ya se describen algunas suertes del toreo de a pie, y por los datos aportados, podemos deducir que este había nacido en Aragón en el siglo XIV: Carlos II de Navarra contrató a dos toreros de Zaragoza, uno cristiano y otro moro, para lidiar en Pamplona en 1387, mientras que, posteriormente, Carlos III llevó a Olite a tres lidiadores aragoneses. Más adelante, en las fiestas de Reus, se lidiaron quince toros a cargo de dos cuadrillas, una de seis toreros de Aragón y otra, de tres valencianos. Fue una mujer, María Martín, la que recogió aquel singular acontecimiento en el libro Relación de los sagrados alborozos en que prorrumpió la siempre insigne villa de Reus los días 25, 26 y 27 de septiembre de 1733, que demuestra cómo estaba calando en el pueblo el toreo, y es de resaltar el hecho de que, ya en aquella época, fuera una mujer la que se decidiera a escribir de unos espectáculos taurinos calificándolos nada menos que de "sagrados alborozos".

             El toreo fue evolucionando con sucesivas innovaciones en todos los aspectos, incluída la indumentaria. El vestido de luces nació inspirado en los trajes de la plebe, majos y chisperos, de fines del siglo XVIII, trocando la pasamanería y el azabache del vestido popular por bordados en oro y plata y profusión de pedrería. Y es que los toreros de a pie llevaban calzón y justillo de ante, correón ceñido y mangas atacadas de tercipelo negro para resistir las cornadas. Hasta que el diestro Cándido consideró que era un traje "poco galán" -refiere Estébanez Calderón-, introduciendo el vestido de seda y el boato de los caireles y argentería. Permaneció la coleta, eso sí, mechón de pelos que los toreros se dejaban crecer para tejerlo en los días de fiesta y añadirle una moña, hasta que llegó Juan Belmonte y acabó con esa tradición, cortándose la coleta y transigiendo únicamente con el añadido. La mujer tardó en vestirse de esta forma, porque inicialmente toreó con falda y alguna hubo que hasta se disfrazó para que le permitieran lidiar. ¿Hasta qué punto influirían las tradicionales sastras taurinas en las renovaciones progresivas de los vestidos de torear?, pues el caso es que siempre hubo más sastras de toreros que sastres, y tal vez influyeran sus gustos por los cambios en las modas y su reflejo en casi siempre modelos masculinos...


                 Por lo general, las mujeres que reinaron a lo largo de la historia de España fueron aficionadas y defensoras de los toros, si excluímos a Isabel la Católica que, desde Aragón, escribió a su confesor fray Hernando de Talavera: "allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, y no digo prohibirlos, porque esto no es para mí a solas". Gonzalo Fernández de Oviedo refiere cómo algunos cortesanos, para aplacar el disgusto de la reina, sugirieron que envainaran las astas de los toros en otras más grandes para que, vueltas las puntas hacia dentro, se templaran los golpes, en lo que ha sido visto como un antecedente del toro embolado. Sin embargo, la reina Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, tras hacer su entrada en Madrid procedente de Nápoles y asistir al agasajo taurino de rigor, manifestó "una gran satisfacción", "porque aunque los extranjeros, que no han logrado verla, juzgan cosa bárbara, la reina sentenció de muy diverso modo, conforme a la vivacidad de sus potencias, que no era sino diversión donde brilla el valor y la destreza", según señaló fray Enrique Flórez en Memorias de las reinas católicas de Castilla y León.

                Es sorprendente comprobar las justificaciones que en épocas pasadas se emitían como alegato en contra de los toros. En el periódico más importante del siglo XVIII, El Pensador, se podía leer que las incidencias que se producían en las plazas de toros " se reducen a la promiscuidad con que ambos sexos se acomodan en la plaza, a las apreturas y contactos sospechosos y a ciertas vislumbres y parciales descubrimientos que se ofrecen, según las mujeres suben en busca de sus asientos", donde sobra todo comentario. Más recientemente, el escritor Ernest Hemingway en Tarde de toros, achacaba la afición taurina de las mujeres a que "siempre van detrás de los toreros, unas veces por ellos mismos y otras por su dinero, y la mayoría de ellas por las dos cosas", afirmando "más cornadas dan las mujeres". Al hilo de este planteamiento, el torero Luis Miguel Dominguín confesó que casi todas las cicatrices de su cuerpo tenían nombre de mujer. ¿Quiere ello decir que un torero se arriesgaba más por agradar al público femenino? ¿O que el recuerdo de una mujer determinada como pensamiento fijo podía hacer que se distrajera en la plaza y quedara así a merced del toro? ¿O que una relación sentimental le haría perder facultades?...

                 Ramón Pérez de Ayala aclaró:

                            Por encima del valor y de la habilidad, que son cualidades comprobables por evidentes, están las cualidades estéticas, lo que en la jerga taurina se denomina estilo. La esencia del valor no está en el acto que se ejecuta, sino en el móvil que lo ha determinado. Es un acto de valor el que se ajusta a un concepto. Ser valeroso consiste en medir la vida por conceptos, que no en alardes seminales.

                 Es decir, que para ponerse delante de un toro no es preciso "tenerlos bien puestos". No es preciso...¡ni tenerlos!...

                 La primera referencia sobre una mujer torera procede de un escrito al Consejo de Castilla de 1654 y la imagen de una alanceadora aparece decorando un plato de cerámica de Talavera de la Reina. El toreo pie a tierra se desarrolló de manera menos relevante que el de a caballo en su vertiente femenina, quién sabe si por la prohibición tajante en sucesivas épocas, que impedía a la mujer bajar al ruedo como lidiadora. ¿Fue también Aragón la pionera del toreo femenino de a pie? La primera picadora de toros que se cita en la historia la inmortalizó Goya en la plaza de Zaragoza en uno de sus grabados: Nicolasa Escamilla "La Pajuelera"( Mariano Cifuentes recuerda que no toreó en esta plaza aunque Goya quiso que así constara en el lema de su Tauromaquia: "Valor varonil de la célebre Pajuelera en la Plaza de Zaragoza").


            En el siglo XVIII aparecen las "señoritas toreras", profesionales aprobadas en el reinado de José I Bonaparte. La crítica especializada volcó sus elogios en estas toreras que recorrieron en triunfo muchas plazas españolas y americanas. En 1778, José Daza menciona mujeres de procedencia y oficios varios presentes en el mundo del toro, por ejemplo, una que pasó la tarde toreando becerros con el hábito antes de meterse a monja. En 1774, Francisca García fue a Pamplona para actuar como rejoneadora y debió cursar una instancia al Ayuntamiento: "que por particular espíritu torea a caballo con rejoncillo y ha logrado muchos aplausos en los diez últimos años en Cádiz, Valencia, Murcia, Granada y otras capitales". Se le negó el permiso por no parecer decoroso. Y lo mismo al año siguiente. En esta época vestían de forma muy variopinta: de sultana, turca, aldeana, valenciana... Los escritores taurinos sentían una gran animosidad contra las señoritas toreras, que según ellos representaban una parodia del toreo y degeneraban los gustos del público.


                    Pero cuando el toreo femenino adquirió gran popularidad fue en el siglo XIX con las mojigangas, novilladas festivas de carácter carnavalesco. Se contrataban en cuadrillas, como la de "Las Noyas", en su mayoría catalanas. Se observan en grabados de la época como los de Gustavo Doré. Dolores Sánchez "La Fragosa" deja de torear con la faldilla corta y viste el traje de hombre con el que el toro se enganchaba menos. Llevaba cuadrilla de hombres. La que más fama alcalzó fue Martina García que tuvo que conseguir avales para hacer su primer paseíllo; a partir de entonces comenzó a circular como los toreros de cartel y su triunfo se extendió a las plazas más importantes de España. Los cronistas señalan que carecía de arte, pero suplía este defecto con extraordinario valor y permaneció en activo hasta los 64 años, hecho verdaderamente insólito, sólo superado por Pedro Romero. Otras lidiadoras de esta época fueron las oscenses Rosa Inard -que banderilleaba metida en un cesto- y Dolores Salinas "La Aragonesa".

                    Como consecuencia de su profesionalización, surge una oposición social al toreo femenino, que se ridiculiza y denigra. Algunos toreros se niegan a torear con mujeres o en plazas donde hayan toreado mujeres; así, Rafael Guerra "Guerrita" con "La Guerrita", hasta que llega la definitiva prohibición de Juan de la Cierva, ministro de Antonio Maura. Pese a ello, algunas continúan toreando, como "La Reverte", que fue tachada de "marimacho", y debió cambiarse el nombre por el de Agustín Rodríguez. Interpuso recurso contra la Real Orden y entonces se descubrió que no era un hombre, hasta que abandonó el toreo, cansada de presiones. También "La Atarfeña", que quiso mantener la memoria de su marido torero y cuando fue obligada por las fuerzas del orden a torear un novillo imposible, lo dejó para ser actriz en Hollywood...



                  La prohibición se levantó años más tarde pero por poco tiempo, si bien cada una de esas oportunidades sirvió para alumbrar nuevas toreras, con mayor o menor fortuna. Con la Segunda República, se produce un avance social en el reconocimiento de los derechos de la mujer, y en 1934 se autoriza de nuevo el toreo a pie femenino. Reaparece "La Reverte" con 60 años, y fracasa. En 1933, Juanita Cruz comparte cartel con Manuel Rodríguez "Manolete" y se convierte en un ídolo de masas, tanto en España como en Sudamérica, a donde emigra con la Guerra Civil. Juanita Cruz medía 1,56 cm y pesaba 43 kilos. Sus comienzos fueron casi clandestinos, aprovechando la vista gorda de los gobernadores, hasta que el ministro de la Gobernación exigió cumplir el Reglamento. Cuando se cambió al ministro, empezó a torear con gran éxito siendo la primera mujer que tomó la alternativa. Invito al aficionado -y también al que no lo es- a visitar su preciosa tumba en La Almudena de Madrid, un mausoleo del escultor Luis Sanguino con ella a tamaño natural brindando al cielo y la inscripción:

                   A pesar del daño que me hicieron en mi patria los responsables de la mediocridad del toreo de 1940 a 1950... !Brindo por España!




               Con la caída de la República, el toreo a pie de la mujer desapareció, aunque la prohibición legal se produjo en 1961. En cambio, renace el rejoneo femenino, en el que la figura más destacada fue Conchita Cintrón, a la que pronto le salieron imitadoras como Amina Asís, último y trágico amor de Juan Belmonte. En España sólo pudo actuar como rejoneadora aunque toreaba también a pie, y así lo hizo en su retirada con Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez, los tres artistas del más puro toreo. Triunfó en América, Francia y Portugal. Es cierto que algunas toreras de la época, procedentes de la farándula, brillaron más por su aspecto que por su seriedad. Otras, lucharon para levantar la prohibición del toreo a pie, como la torera Ángela, que inició un largo proceso hasta conseguirlo en 1974. Mientras, se toreaba a caballo en España y a pie en Francia. Además, encontraban grandes dificultades para alternar con sus colegas masculinos, hasta que se veían obligadas a dejar su vocación, cualidades y conocimientos para dedicarse a otros menesteres. A Maribel Atiénzar  le propusieron renunciar a la alternativa y torear sólo novilladas, así que se fue a París a estudiar Bellas Artes para ser con el tiempo una gran pintora y escultora. O Alicia Tomás, que había sido actriz, volvió a los escenarios al no poder superar los obstáculos que encontró como novillera.


                   Las Escuelas de Tauromaquia cambiaron algo el panorama con la aparición de nuevos nombres de toreros y toreras, desligados de las más tradicionales familias taurinas, aunque de forma insuficiente. Cristina Sánchez fue la primera mujer que salió a hombros en la plaza de Las Ventas, pero debió también soportar los desplantes, faltas de respeto y envidias de sus compañeros, que se negaban a compartir cartel con ella, alguno de los cuales llegó a manifestar "las mujeres, a la cocina". Tampoco encontró apoyo en el público, excesivamente conservador, ni en los organizadores que la ningunearon boicoteando su aparición muchas tardes de toros. Yolanda Carvajal se dedicó al atletismo siendo campeona de maratón, por las mismas razones, y a muchas otras les ocurrió algo parecido, como a Mari Paz Vega, que en 1994 salió a hombros por la Puerta Grande y por primera vez en Zaragoza, una plaza de primera categoría, aunque ella siempre declaraba: "Por el hecho de ser mujer lo tengo igual de difícil que mis compañeros, ni más ni menos, una cosa está clara: si no vales para el toreo, no vales, seas hombre o mujer"... La mejor torera de la historia de los últimos años, para algunos, es la mejicana Hilda Tenorio, también banderillera, que fue la primera mujer en tomar la alternativa y salir a hombros en la plaza más grande del mundo, la de Méjico, pero al final se encontró también con grandes problemas para seguir adelante. Aragón -que lleva en su ADN la virtud de la creación artística- ha tenido su presencia en este periodo con la gallurana Carmela, entre otras.


                       El arte taurino femenino ha sido recogido en la pintura, escultura y la literatura, pero es Picasso quien refleja la figura de la mujer torera de una forma más original y profunda, con el conjunto de catorce piezas de óleos, dibujos y grabados que mantuvo sin dar a conocer al público en su privacidad, culminado en La Minotauromaquia e iniciado en 1933 con el óleo "La Corrida: la muerte de la mujer torero" y que hay que analizar en función del contexto y la vida de Picasso. En estas obras, el toro, la mujer torero y el caballo son elementos simbólicos que representan al propio pintor, a su entonces amante Maríe Thérèse Walter y a su mujer Olga Koklova y los conflictos que tenía con ella. Por ese tiempo, Picasso y su amante mantenían una relación secreta y clandestina ya que ella era menor de edad (conocemos ahora el futuro de ese romance) y sentía como una pesada carga esa especie de trío amoroso del que entonces no podía salir, lo que plasma en imágenes taurinas sin que impliquen una alusión directa  a una corrida de toros, sino que se propuso contar su vida personal, una autobiografía pintada a través de su particular tauromaquia y mitología. De ahí que el toro aparezca antropomorfo -sereno y mirando con gran ternura a la mujer torero-, convertido en minotauro; la torera, desnuda, y el caballo encima de los dos como un peso inmenso que el toro se ve obligado a llevar sobre su lomo, pero sin representar contenido sexual -como anteriormente en Picasso-, ni morir entre las astas del toro, como en las corridas de toros. El tema artístico de la mujer torero entronca con distintos motivos de la mitología como el rapto de Europa y la iconografía de Goya con "El caballo raptor". Pero Picasso quiere expresar una situación que le preocupaba haciéndola visible y oculta a la vez: por eso lo enmascara bajo el tema de una corrida de toros que le parecía el más adecuado y tanto se acercaba a su pasión por lo taurino. El juego de los tres elementos le sirve para establecer una concepción estética diferente. En la última imagen de la mujer torero de 1935, aparece embarazada. Por cierto, este grabado se ha considerado el más importante de la historia de Picasso y en 2010 se subastó en un millón y medio de euros, récord mundial obtenido por un grabado en una subasta.


                     En el siglo XXI, la conquista de los derechos de la mujer ha evolucionado hacia la consecución de la plena igualdad con el hombre, aunque no sea así totalmente en todos los casos y ámbitos sociales, laborales y productivos. Se trata de conseguir que no haya diferencia de oportunidades por cuestión de sexo, y ser capaces de ver a todas las personas valoradas por su aptitud y su actitud. Si se quiere modernidad, la tauromaquia debe verse libre de recelos de todo tipo y no puede quedarse al margen de esa evolución, debe abrir las puertas a las mujeres que deseen libremente una participación activa en cualquiera de sus campos, y que el aficionado se acostumbre a ver a unas mujeres inconformistas y creadoras, vestidas de luces, si es el caso de sus méritos (las que en épocas pasadas habrían sido las "heroínas" de los grabados de Zuloaga o Benlliure). La historia de la tauromaquia - en la que épica, lírica y drama se abrazan- es como todas las historias importantes, una historia inacabada, poliédrica. El escritor Luis Landero refería hace poco que la tauromaquia "es belleza y horror, donde el torero crea una obra de arte ante un animal indómito. Inspira el mismo miedo y admiración profunda que lo más misterioso de la vida...". Puede que la presencia de la mujer posibilite y asegure la continuidad y el desarrollo de una sensibilidad cuyo sentido es -como suele decirse- "la verdad con amor". Para el aficionado: de arcoíris y oro puro...


                                 
                                                             Tania Libertad canta a Mario Benedetti
                                               
                                                                          ("La vida, ese paréntesis")