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domingo, 16 de septiembre de 2018

CARLOTA DE MÉXICO








                                       






                                                          "Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schöonbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, reina de Nicaragua, baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.

           Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado de recuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia del Béguinage se caiga a pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.

          El mensajero me trajo también, querido Max, un relicario con algunas hebras de la barba rubia que llovía sobre tu pecho condecorado con el Águila Azteca y que aleteaba como una inmensa mariposa de alas doradas, cuando a caballo y al galope y con tu traje de charro y tu sombrero incrustado con arabescos de plata esterlina recorrías los llanos de Apam entre nubes de gloria y de polvo. Me han dicho que esos bárbaros, Maxilimiano, cuando tu cuerpo estaba caliente todavía, cuando apenas acababan de hacer tu máscara mortuoria con yeso de París, esos salvajes te arrancaron la barba y el pelo para vender los mechones por unas cuantas piastras. Quién iba a imaginar, Maximiliano, que te iba a suceder lo mismo que a tu padre, si es que de verdad lo fue el infeliz del Duque de Reichstadt a quien nada ni nadie pudo salvar de la muerte temprana, ni los baños muriáticos ni la leche de burra ni el amor de tu madre la Archiduquesa Sofía, y que apenas unos minutos después de haber muerto en el mismo Palacio de Schönbrunn donde acababas de nacer, le habían trasquilado todos sus bucles rubios para guardarlos en relicarios: pero de lo que sí se salvó él, y tú no, Maximiliano, fue de que le cortaran en pedazos el corazón para vender las piltrafas por unos cuantos reales. Me lo dijo el mensajero. Al mensajero se lo contó Tüdös el fiel cocinero húngaro que te acompañó hasta el patíbulo y sofocó el fuego que prendió en tu chaleco el tiro de gracia, y me entregó, el mensajero, y de parte del Príncipe y la Princesa Salm Salm un estuche de cedro donde había, Maximiliano, un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida y con tu Imperio en el Cerro de las Campanas. Tengo aquí esta caja agarrada con las dos manos todo el día para que nadie, nunca, me la arrebate. Mis damas de compañía me dan de comer en la boca, porque yo no la suelto. La Condesa d´Hulst me da de beber leche en los labios, como si fuera yo todavía el pequeño ángel de mi padre Leopoldo, la pequeña bonapartista de los cabellos castaños, porque yo no te olvido.

         Y es por eso, nada más que por eso, te lo juro, Maximiliano, que dicen que estoy loca. Es por eso que me llaman la loca de Miramar, de Terveuren, de Bouchout. Pero si te lo dicen, si te dicen que loca salí de México y que loca atravesé el mar encerrada en un camarote del barco Impératrice Eugénie después que le ordené al capitán que arriara la bandera francesa para izar el pabellón imperial mexicano, si te cuentan que en todo el viaje nunca salí de mi camarote porque estaba ya loca y lo estaba no porque me hubieran dado de beber toloache de Yucatán o porque supiera que Napoleón y el Papa nos iban a negar su ayuda y a abandonarnos a nuestra suerte, a nuestra maldita suerte en México, sino que lo estaba, loca y desesperada, perdida porque en mi vientre crecía un hijo que no era tuyo sino del Coronel Van Der Smissen, si te cuentan eso, Maximiliano, diles que no es verdad, que tú siempre fuiste y serás el amor de mi vida, y que si estoy loca es de hambre y de sed, y que siempre lo he estado desde ese día en el Palacio de Saint Cloud en que el mismísimo diablo Napoleón Tercero y su mujer Eugenia de Montijo me ofrecieron un vaso de naranjada fría y yo supe y lo sabía todo el mundo que estaba envenenada porque no les bastaba habernos traicionado, querían borrarnos de la faz de la Tierra, envenenarnos y no sólo Napoleón el Pequeño y la Montijo, sino hasta nuestros amigos más cercanos...".





                       El texto anterior pertenece a la novela Noticias del Imperio que publicó el escritor mexicano Fernando del Paso, en 1987. Por este, otros libros y su labor en favor de la cultura en diversos ámbitos recibió el Premio Cervantes en 2015, precisamente el mismo año en que a uno de los autores cubanos actuales más interesantes, Leonardo Padura, sobre el que ejerció notable influencia, le era otorgado el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Ambos han sido distinguidos con los mejores galardones culturales. En Zaragoza, por ejemplo, Padura obtuvo el "Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza" en el Congreso que se celebró hace cuatro años. Para el interesado en textos policíacos, Padura es una referencia imprescindible, fiel discípulo de Chandler, Sciascia, Hammett o Vázquez Montalbán, con narraciones en que no deja de criticar los aspectos más duros de la sociedad cubana y en las que aparecen frecuentemente personajes marginales que rozan la ausencia de raciocinio, como se lee en el texto sobre Carlota de México.



                      A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, Noticias del Imperio sigue siendo incomprensiblemente una novela poco conocida, o mejor, poco leída, tal vez por su volumen (al autor le costó escribirla diez años), siendo, como es, una de las mejores obras del siglo XX. Del Paso mezcla relato histórico con el psicológico de los monólogos de Carlota, que ocupan los capítulos impares de la novela. El escritor pretendió infundir protagonismo a una mujer sensible pero muy fuerte, segura e influyente, que pierde la razón cuando se desvanece su entorno. En la obra, la Emperatriz Carlota de México aparece encerrada en un castillo de Bélgica, tras haber transcurrido sesenta años desde la muerte de su marido, Maximiliano, fusilado en Querétaro en 1867. Como consecuencia, Carlota se vuelve loca. La sabiduría en la utilización del lenguaje adecuado a semejante circunstancia resulta ejemplar y modélica. En pocas ocasiones, la literatura ha reflejado con tanta exactitud y belleza la manifestación discursiva de una patología psicológica tan determinada.



                      Noticias del Imperio fue elegida en 2007 la mejor novela mexicana de los últimos años. Narra la intervención francesa en México y la instauración del Segundo Imperio Mexicano con Maximiliano I. Fernando del Paso, a la manera de las minuciosas y detalladas novelas decimonónicas, se documentó ampliamente no sólo acerca de los hechos históricos ocurridos sino también sobre los trastornos de las facultades mentales durante el proceso de escritura del relato. Desde diferentes perspectivas, puntos de vista y voces narrativas, Fernando del Paso establece las conexiones con los principales personajes, Maximiliano, el presidente Benito Juárez, Napoleón III o la reina Isabel II, entre otros, plasmando escenas que reconstruyen una época convulsa de la historia de México. Francia deseaba instaurar una monarquía en ese país por razones de predominio político y económico a través del hermano de Francisco José de Austria. Carlota resume en el texto anterior algunos de los hechos y vicisitudes ocurridos en su pasado. Maximiliano, a pesar de su conservadurismo, trató de modernizar al país con una cultura democrática y laica, protegiendo a las comunidades indígenas y construyendo obras de arquitectura civil que aún perduran. Benito Juárez, liberal, rechazó la invitación del emperador a participar en su gobierno, considerándolo un agente de Napoleón III. Fernando del Paso deja que sea el propio lector quien juzgue, ofreciendo la descripción de la lucha entre el ideal monárquico y la realidad de la vida mexicana, entre el boato de la corte y la pobreza del pueblo, siempre contado con el contrapunto de las letanías enloquecidas, memorables, de una demenciada Emperatriz destronada y encerrada en un castillo-prisión.



                         Maximiliano I de México, segundo emperador de México y único monarca del denominado Segundo Imperio Mexicano fue fusilado en Querétaro tras un juicio militar sumarísimo sin derecho a apelación. Fue ejecutado en el "Cerro de las Campanas" el 19 de junio de 1867, junto con otros generales conservadores. "Es un bello día para morir", dice en ese momento. Como petición especial, solicita buenos tiradores que apunten al pecho. Sus últimas palabras antes de proclamar "!Viva México!", las dedicó a Carlota refiriéndose a un reloj con su retrato: Mande este recuerdo a Europa a mi muy querida mujer, si ella vive, y dígale que mis ojos cierran con su imagen que llevaré al más allá. Lleven esto a mi madre y díganle  que mi último pensamiento ha sido para ella. Carlota de México, Carlota de Bélgica, ya en Europa, a donde había acudido en petición de ayuda a Eugenia de Montijo y a Napoleón III, tras la negativa obtenida, fue trastornándose obsesionada con que la querían envenenar. En Roma, visitó al Papa, mostrando su estado cuando se dedicaba a beber de las fuentes públicas de la ciudad. Cuando falleció en el castillo de Bouchout en 1927 aún creía que Maximiliano seguía en México. Fernando del Paso encabeza este capítulo con la siguiente cita: "La imaginación, la loca de la casa", frase atribuida a Malebranche. Por tierras mexicanas intercambian estos días cultura, noticias e imaginación, una embajada de algunos de los mejores y más significativos creadores aragoneses, que asisten al festival cultural de Querétaro. Por allí, también, sigue apasionándose locamente uno de ellos, ese hombre suave que tanto sabe de amor, de Aragón y de escribir.







                                                                                   Inolvidablemente



                         
           

jueves, 11 de enero de 2018

"A las aladas almas de las rosas..."





                             
                                             Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia.


                                                                                                     SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL






                                                                                  A las aladas almas de las rosas
                                                                                  del almendro de nata te requiero,
                                                                                  que tenemos que hablar de muchas cosas,
                                                                                  compañero del alma, compañero.





                         


    




                                        En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

   El maestro fue el primero que habló.

   -Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

  -Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

  Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio la vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

  Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

  -Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

  -El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

  Paracelso dijo con lentitud:

  -El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

  El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

  -Pero, ¿hay una meta?

 Paracelso se rió.

  -Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino.

  Hubo un silencio, y dijo el otro:

  -Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

  -¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.

  -Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo.

  Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa.

  -Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

  -Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

  El otro insistió.

  -Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

  Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

  -Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

  -Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.

  -Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

  -No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

  Paracelso se había puesto en pie.

  -¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

  -Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.

  -Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso.

  -Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

  -¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

  Paracelso lo miró con tristeza.

  -El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

  -No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

  -Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

  El discípulo dijo con frialdad:

  -Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

  Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

  -Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.

  El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

  -Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

  El otro replicó, tembloroso:

  -Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

  Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

  Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

  -Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

  El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

  Se arrodilló, y le dijo:

  -He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.

  Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

  Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

  Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.


                      


                                                                       J.L. Borges, "La rosa de Paracelso" (La memoria de Shakespeare) 




                                                                   Soñar contigo (Toni Zenet)



                                             

miércoles, 19 de agosto de 2015

QUERIDA DULCE MARÍA




                                   "Si dices una palabra más, me moriré de tu voz"



                       La poesía debe tener instinto de altura. La poesía debe llevar en sí misma una fuente generadora de energía capaz de realizar alguna mutación por mínima que sea. Poesía que deja al hombre donde está, ya no es poesía.

                                                                                           Dulce María Loynaz





                              Se llamaba María de las Mercedes. Cuando la vi deslizarse por los salones en penumbra de su hermosa residencia en el barrio de El Vedado de La Habana, vestida en seda como para un baile de época, de frágil figura, casi minúscula, etérea y transparente, flotando por entre los antiguos pero ricos muebles y objetos de valor sin tropezar con ellos - pues ya no veía apenas-, cuando entonces, intuyéndome, me preguntó por mi procedencia con voz suave y delicada, comprendí por qué desde pequeña la llamaron Dulce María y con ese nombre se había quedado. Sin embargo, su vitalidad desprendía una firmeza y seguridad que dejaban intuir un carácter poderoso y profundo que no menoscababa su gentileza y refinamiento. Al pie de la solemne escalinata de mármol, en uno de los salones, el Colonial, había tocado el piano que aún presidía la estancia, Federico García Lorca, durante su estancia en Cuba, donde compuso El Público. En el salón Dorado -el Francés- todo brillaba, aunque igual que el jardín de la entrada, la mansión era ya una sombra del esplendor pasado, el pasado de la hija de un General del Ejército Liberador cubano que compuso el Himno Invasor, Enrique Loynaz del Castillo, de ascendencia vasca, gran amigo de José Martí, que prefirió que sus hijos no estudiaran en la escuela sino en casa hasta la entrada en la Universidad, donde Dulce María cursó Derecho Civil -su secretaria siempre la llamaba "doctora" en nuestra conversación. Con vocación de escritora, tras la Revolución Cubana se aisló en ese entorno para escribir sobre todo poesía, con esa perfección suya que le hacía romper innumerables poemas, pero también prosa (que consideraba esencial) y ensayos, cartas, artículos, traducciones o tratados, siempre con altibajos y épocas de mayor producción debido, seguramente, a las circunstancias de su vida... Entonces, al oír Zaragoza , comenzó a recitar : "Y de Aragón en España, tengo yo en mi corazón, un lugar todo Aragón, franco, fiero, fiel, sin saña", emocionándose con los versos de José Martí , quien, como sabrán, realizó parte de sus estudios universitarios en Zaragoza, y con el recuerdo de su propia visita a la ciudad de la que se trajo una reproducción "chiquita" de la Virgen del Pilar -"que la tengo guardada, o la tenía, porque ya yo no sé las cosas que tengo o he dejado de tener...", por lo que cuando recibió mis regalos de Zaragoza que tanto le gustaron, le comentó a su secretaria: -Póngamelos a buen recaudo, que ya sabe usted cómo es la cosa. Se aprovechan de que yo no veo...


                Al otro lado del Malecón, en el palacete las estatuas aparecían mutiladas por el paso del tiempo y la falta de medios para efectuar reparaciones. A la entrada, una cabeza en bronce de Enrique Loynaz se apoyaba en una de las columnas de orden corintio que sostenían el amplio porche donde las viejas mesas y mecedoras metálicas recordaban mejores épocas. Los árboles del jardín -tal vez el Jardín de su mejor novela, ese cuya plasticidad tan cercana a la técnica cinematográfica, hizo que Luis Buñuel pensara llevarla al cine-, crecían al ritmo de la tierra tropical, altos y frondosos, en un silencio que Dulce María, niña siempre, no osaba turbar en ningún momento. Al cabo de muchos años de revolución, seguía habitando su mansión entre versos, la ilusión de recibir los mejores premios y reconocimientos- cubanos y españoles- por su obra, y los sueños acerca de un mundo ya lejano, más allá del mar...


                  Hoy esa mansión es Monumento Nacional, Centro Cultural "Dulce María Loynaz" del Instituto Cubano del Libro y museo que conserva el legado de la escritora. La Junta de Andalucía y el Ministerio de Cultura de Cuba rehabilitaron el palacete y lo transformaron en uno de los escenarios culturales más significativos de la cultura hispánica. Se cumplen veintitrés años de la concesión del Premio Cervantes de Literatura en España a Dulce María Loynaz. Fue la segunda mujer en recibirlo, tras María Zambrano, y le fue otorgado superando las candidaturas de Cela, Vargas Llosa, Rosa Chacel y Miguel Delibes. Para entonces, ya había obtenido el Premio Nacional de Literatura en Cuba y era miembro de la Academia Cubana de la Lengua y correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española. Su discurso -que ya no pudo leer, aunque sí recogió el premio en España-, versó sobre la función y el papel de la risa en la vida y en el Quijote, risa que reivindicó como algo fundamental e imprescindible en la literatura y en la forma de vivir. El Centro Cultural  Dulce María Loynaz  albergó la sede de la Academia Cubana de la Lengua, que presidía ella misma, y que se encuentra en la actualidad en otro edificio de la Habana Vieja. A los dieciocho años de su muerte, la residencia, que fue un foco intelectual pionero por iniciativa de la escritora, se ha renovado manteniendo el espíritu de los mejores artistas que pasaron por allí ,como Juan Ramón Jiménez, Alejo Carpentier, Gabriela Mistral, Luis Cernuda, Azorín, Carmen Conde y García Lorca, entre otros, siempre amigos. Ahora soplan nuevos aires de energía creadora, con el afán de seguir avanzando en la dignidad literaria que construyó Dulce María Loynaz, que se muestra así vencedora del tiempo y la memoria.





                 Ya Juan Ramón Jiménez definió su poesía y a ella misma como "increíblemente humana, de letra fresca, ingráfica, rica de abandono, sentimiento y mística ironía", y su obra ha sido señalada entre las más representativas de una exquisita sensibilidad, de carácter estetizante y con vetas impresionistas, comparada con la mejor poesía iberoamericana como la de las escritoras Gabriela Mistral, Juana Ibarburu o Alfonsina Estorni. Dulce María Loynaz, siempre al margen de la política, declaró en 1992 cuando recibió el Premio Cervantes: "Las autoridades revolucionarias no me han tratado ni bien ni mal, pero me han respetado". A mí me confesó -aunque procuraba no entrar en ese tema- que el gobierno cubano aún sabiendo cómo pensaba se comportaba con ella con mucha consideración, por eso nunca pensó en marcharse de Cuba, no tenía interés en obtener mayor compensación económica por derechos de autor, y sobre todo, necesitaba irremediablemente ese calor para vivir. Pasó una época de ostracismo para después ser reeditada en múltiples versiones a medida que iba siendo reconocida su proyección literaria fuera de la isla, que manifestaba su orgullo y admiración por elevar y trascender el nivel cultural cubano.


             Ajena a grupos y modas literarias, los estudiosos de las letras cubanas reconocen su diferencia, una nueva forma de expresión sin las influencias de todo tipo que se han querido ver y que ella rechazó en una independencia y rebeldía artísticas que le gustaba mantener. La obra de Dulce María Loynaz es valorada en estos momentos por la plasmación eficaz de los valores universales y esenciales del hombre con autenticidad lírica y excepcional dominio idiomático del habla de Cuba, "el país hispanoamericano donde mejor se habla el español, sin que ello signifique hacerlo a la perfección". Dulce María nunca admitió el hermetismo de su obra, por el contrario, defendió su voluntad de transparencia y accesibilidad al gran público, aunque sí reconocía la fuerte impronta de los grandes autores clásicos y contemporáneos en su bagaje cultural. Junto a una constante inquietud metafísica hay un alma de mujer que transmite sensorialidad teñida de añoranza por el paso del tiempo, en una búsqueda del intimismo más puro junto al deseo de rebelión y huida del mundo, generalmente, en plena libertad formal.









                     Inclasificable resulta el poemario escrito en su juventud Bestiarium, que fue editado después de permanecer inédito durante décadas y que, de no haber sido así, ocuparía un lugar preferente como precursor de la corriente vanguardista en la poesía cubana. Es una colección de poemas breves, "Lecciones", correspondientes cada una a una especie zoológica, que escribió para sus profesores que la suspendieron en Historia Natural por no hacer una serie de ejercicios sobre la materia, requisito que ella desconocía. La autora crea unos universos mínimos, insólitos en la poesía cubana de la época y en el contexto de su obra. Recuerdan a la tradición de tratados de zoología medievales, los Physiologus, que pueden rastrearse posteriormente en Borges o en el novelista aragonés Javier Tomeo. La escritora aporta un gran dominio técnico presentando su fauna personal en un original manual de historia personal, con enorme gracia e ingenio. Por fortuna, se rescataron aquellos cuadernillos que han vuelto a ver la luz en edición facsímil:


                                   LECCIÓN SÉPTIMA
                                        Bombix mori
                                     GUSANO DE SEDA

                    Él se crea su mundo y se lo cierra:
                    (¡Sueña en romperlo pronto con dos alas¡)
                    Mas, luego viene el hombre y de aquel hilo
                    -mínimo mundo, vuelo en la promesa-,
                    hace un vestido para su mujer.


            Quedan textos inéditos todavía, pero quizá la obra más conocida de Dulce Mª Loynaz sea su novela lírica Jardín, en prosa poética, para algunos caracterizada por un "realismo mágico" que para otros no existe. Se trata de la biografía simbólica de una mujer que sueña con que el amor le dé libertad y no esclavitud. El propio jardín y el mar son los símbolos de la Poesía. Dulce Mª me dedicó varios de sus libros. En Jardín: "A Charo, que tiene un espíritu claro que puedo ver a través de mi sombra". Escribía las dedicatorias con caligrafía de grandes caracteres, ya que la mano era guiada por el cerebro y el corazón más que por los ojos. Estaba casi ciega pero llegaba a conocer la dimensión de la página fácilmente, y su letra se ayudaba para poder plasmarse en el papel con los dedos de las dos manos que formaban círculos precisos y exactos; al fin y al cabo, siempre había escrito a mano. Queda para siempre un jardín "sagrado, infinito, misterioso, como una continuación de sí misma". El Ballet Nacional de Cuba se inspiró en el libro para estrenar un espectáculo del mismo nombre, interpretando a la protagonista Alicia Alonso.

             Su obra es, relativamente, poco extensa. Cuando la repasaba con ella, se emocionaba comentando Un verano en Tenerife, o La novia de Lázaro ("!qué tragedia la de esa mujer!, usted me comprenderá"...), la personalísima, desconcertante y vehemente Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen ("un encaje tejido con los más sutiles hilos de la fantasía") y, sobre todo, el libro que más le entusiasmaba, Poemas sin nombre, de gran pureza, intensidad y fuerza, donde para ella podía encontrarse "su poesía más plena y perdurable", una poesía desgarrada, nada convencional, con versos autobiográficos reflejo de un alma angustiada en continuo enfrentamiento o convivencia entre el erotismo más profundo y la espiritualidad más elevada:


                                       POEMA LXI
                                                                                                 ...

       Hombre del sol, sujétame con tus brazos fuertes, muérdeme
       con tus dientes de fiera joven, arranca mis tristezas y mis
       orgullos, arrástralos entre el polvo de tus pies despóticos.
       !Y enséñame de una vez -ya que no lo sé todavía- a vivir
       o a morir entre tus garras!




                 Gran parte de la sensibilidad poética de Dulce María Loynaz se nutre de los paisajes caribeños, de su vegetación y del agua, eterna, principio generador de vida, agua misteriosa que rodea a esa tierra, la recorre y la ilumina. Hoy, la figura de Dulce María mantiene el eco poético que nunca debió quedar en silencio, sigue enraizada a su tierra cubana con la lealtad propia de sus orígenes, irradiando luz permanente, como su isla, "la tierra más hermosa que ojos humanos contemplaron",


                            Rodeada de mar por todas partes, 
                            soy isla asida al tallo de los vientos...
                            nadie escucha mi voz si rezo o grito:
                            Puedo volar o hundirme... Puedo, a veces,
                            morder mi cola en signo de Infinito.
                            Soy tierra desgajándose... Hay momentos
                            en que el agua me ciega y me acobarda
                            en que el agua es la muerte donde floto...
                            Pero abierta a mareas y a ciclones,
                            hinco en el mar raíz de pecho roto.
                            Crezco en el mar y muero en él... Me alzo
                            !para volverme en nudos desatados...¡
                            !Me come un mar batido por las alas
                            de arcángeles sin cielo, naufragados!

             Dignísima Dulce María, luminosa Cuba... "Tú te ofreces a todos aromática y graciosa como una taza de café; pero no te vendes a nadie". Libre, querida, que todo vuelva a empezar...




                                                      Los Jubilados de Cuba. Puro arte, maestros de los jóvenes