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jueves, 27 de diciembre de 2018

TOVENISSA, el pueblo de mi padre






                                                                                                                           PARA JAVIER



                                                                (A los tobedanos, especialmente para los dos que hoy me mantienen unida a Tobed, y para el que se nos fue sin desearlo)                                                                      






                                                                            Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
                                                                            y un huerto claro donde madura el limonero,
                                                                            mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
                                                                            mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
                                                                                              
                                                                                                       (A. Machado, "Retrato")








                                       
                                                  Mi infancia son recuerdos de un patio de Codos... Todos los veranos se repetía lo que yo esperaba siempre con tanta ilusión: la "Fora" me dejaba justo a seis kilómetros de Tobed. Por el puerto pedregoso, con el embriagador olor del vino que desprendían las pipas, mientras uno de los tíos me contaba el cuento de "la fuente Culebrera", y el otro nos anunciaba con musicales bocinazos en todas las curvas, yo pensaba en el pueblo de mi padre. Pero para una cría aún con coletas, seis kilómetros eran demasiados para andarlos.

             Pasaron muchos años antes de poderlos recorrer. Mi ansiedad por conocer Tobed era enorme: ¿qué tendrá el pueblo de mi padre que no tenga el de mi madre? -me preguntaba. Porque en mi casa sólo se hablaba de Tobed... ¡Cuántas veces, a lo largo de mi ya extenso recorrido profesional por media España, la gente me ha interrogado con la mirada ante algunas expresiones mías! -Es que mi padre es de Tobed -me justificaba.

            Algo muy importante debía de tener, cuando a mi padre le brotaba esa palabra constantemente. Mi curiosidad aumentaba cada vez más. Y ¡por fin! un día veraniego, apareció ante mi vista una noguera impresionante que me daba la bienvenida. A lo lejos, una tierra rojiza dibujaba, junto a la ermita de San Valentín, unas figuras que no veía, pero que adquirían forma en mi imaginación al recordar las palabras de mi padre.

           ¿Cómo sería el pueblo? ¿Tendría escaleras para subir a la iglesia como las de Codos? ¿Habría también vacas furas?... No, no había escaleras, pero ¡qué iglesia! Aquí sí que mi padre se había quedado corto. No vi vacas, pero sí pinos, fuentes, huertos...

           Aquel día Tobed era una fiesta: todo eran risas y bailes. Animada por el vino de esta tierra, me dejé arrastrar por un torbellino de gentes, músicos y familiares. ¡Prácticamente todos los habitantes del pueblo eran familia mía!

           Ahora empezaba a contestarme qué tenía el pueblo de mi padre...

           Cuando pasó la fiesta, me acerqué a los pinos: el aire era purísimo, me parecía imposible respirar tanta tranquilidad. Y la noche... Nunca, en ninguna parte, he visto un cielo tan bellamente estrellado como el de cualquier noche de verano en Tobed.

          Subiendo o bajando cuestas, por algún camino o recorriendo una calle, alguien siempre me regalaba una rosa, un melocotón, una botella de vino, una torta hecha en casa.

          ¿Quién eres tú? -me preguntaban. ¿Cuál es el mote de tu padre? -me repetían. Ya no recuerdo quién me lo descubrió, pero seguramente se lo agradecí invitándole a bailar un pasodoble. Un mote de tantos años, del bisabuelo... ¡A mi padre se le había olvidado enseñármelo!

           Descubrí las bodegas, unas más grandes, otras más pequeñas, pero siempre abiertas en una invitación permanente. ¡El bisabuelo merendó todos los días de su vida -que fueron muchos-, a la puerta de la bodega, viendo el sol caer en el atardecer!

           A medida que iba conociendo más y más al pueblo, podía ir recomponiendo la historia de mis antepasados, unos antepasados que también han dejado su huella en mi sangre, unos antepasados a los que fui queriendo más gracias a Antonio, al que nunca olvidaré.

           Con los años, Tobed fue para mí aún más, algo más que el pueblo de mi padre. Hoy ya tengo mis preguntas contestadas. Y para quien piense que exagero, que se eche un sueño una madrugada, al raso, con olor a pino, y abra los ojos poco a poco a la salida del sol, viendo desde lo alto cómo se refleja en los cristales del pueblo.

           Ahora ya puedo responder: ¿Qué tiene el pueblo de mi padre que no tiene el de mi madre? Tobed os tiene a vosotros.







                                                               Iglesia de la Virgen o de Santa María. Tobed




                              Tobed, en la provincia de Zaragoza, perteneciente a Aragón (España), posee una de las iglesias-fortaleza más impresionantes y bellas de cuantas existen. De estilo gótico-mudéjar (aragonés), se construyó en el s.XIV con un concepto arquitectónico único en la España de la época, y es considerada Patrimonio de la Humanidad desde 2001. Fue promovida por la Orden del Santo Sepulcro de Calatayud con carácter defensivo por su cercanía a la frontera de Castilla ante la guerra entre Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso y Pedro I de Castilla, el Cruel. Como he comentado en alguna ocasión, el pintor Jaume Serra realizó el retablo que actualmente se encuentra conservado en el Museo del Prado. Se la conoce como iglesia de la Virgen o de Santa María. Para algunos, la tradición de la Virgen de Tobed se remonta a tiempos de los godos y se tiene constancia de que la iglesia fue consagrada en 1066. La localidad fue encomienda de la Orden del Santo Sepulcro de Calatayud desde 1141 en que se llega a un acuerdo con Ramón Berenguer IV para compensarle por su renuncia al legado testamentario de Alfonso I el Batallador que dejaba el reino de Aragón a las órdenes militares de Tierra Santa. Esta cesión territorial comprendía un solar para levantar casa e iglesia en Calatayud, donde se establecería una comunidad de canónigos regulares con dotación de rentas de Tobed y Codos, entre otras poblaciones.



                                     





                                En el siglo XIV la Orden apoya a Pedro IV en la guerra de la que he hablado y es entonces cuando se inician las obras de la iglesia, no sin conflictos entre diferentes cargos eclesiásticos, ya que el obispo de Tarazona entendía que debía de haber otorgado su consentimiento a la vez que solicitaba las rentas correspondientes por pertenecer Tobed a su diócesis, pero se falló a favor de la Orden. En 1360, fray Martín de Alpartir contrata con Mahoma Granada, relojero moro de Pedrola, la fabricación de cincuenta mil ladrillos para la iglesia. Enrique II de Castilla, aliado del rey aragonés, donó las tres tablas de la Virgen de la Leche, San Juan Bautista y la Magdalena para presidir los altares de las tres capillas. Además, se incluye el escudo heráldico del papa Benedicto XIII en la clave de la bóveda del último tramo de la nave, en el alfarje del presbiterio y en la línea de impostas que corre por las capillas y nave a la altura del arranque de las bóvedas. Parece que la iglesia se concibió desde el principio de tres tramos y hoy la vemos con una sola torre, aunque mi querido experto Agustín Sanmiguel siempre la soñó con dos. Sorprenden su exquisita decoración interior y exterior, las pinturas y yeserías con motivos geométricos islámicos, las celosías con motivos vegetales, la techumbre o alfarje de madera pintada y la capilla de la Virgen con azulejos de Muel de colores. En el altar mayor se encuentra un icono de la Virgen obsequiado por el rey aragonés Martín el Humano, que a su vez le regaló Luis VI de Francia, representando a la Virgen con el niño en brazos pintados en lienzo sobre tabla. Se guarda en una hornacina de plata plateresca, labrada en Calatayud en el siglo XVI. La capilla se cierra con una verja del mismo siglo, similar a la de la iglesia de San Pablo de Zaragoza.






                                                                  Sierra de Algairén. Los abuelos. Tobed



                         La villa de Tobed se encuentra en el paradisíaco valle del río Grío, rodeado por la sierra de Vicor o Vicort (la Vicora) y por otras estribaciones montañosas como la sierra de Algairén y la del Espigar. Dependió del priorato de Calatayud hasta la desamortización de los bienes del clero del siglo XIX. No sólo es admirable la monumental iglesia de la Virgen, sino que también la dedicada a San Pedro Apóstol, de época más tardía (renacentista del s.XVI), es uno de los edificios más representativos, junto a otros, como el Palacio de los Comendadores y Canónigos, y el Castillo (BIC), conocido popularmente como El Palomar, fortificación medieval de origen musulmán, dentro de cuyo recinto se halla la Ermita de San Valentín, patrón de Tobed (los vecinos cuentan que su reliquia permanece en la iglesia desde hace casi 400 años, y un bonito día, el 14 de febrero, se celebra la fiesta dedicada a él, como único lugar de Aragón que posee el patronazgo del santo de los enamorados). Aquí nacieron Vicente Naharro, excelente pedagogo, el baloncestista Fernando Muscat, el actual Presidente de la DPZ, Juan Antonio Sánchez Quero, un alcalde amigo, Ángel Rodrigo Jimeno, y sobre todo, la prima de mi padre, la excelente tiradora con arco, pionera española y europea en esta especialidad, Paquita Millán Serrano, mejor deportista aragonesa de 1968, a la que el Ayuntamiento de Zaragoza le dedicó una calle (con la categoría de Avenida) en 2009, tan merecida, para lo que se decidió cambiar el nombre de otra calle ya existente, en el barrio de Valdefierro, donde residía. Compartió ese mismo año el honor de recibir la denominación de una calle zaragozana con un deportista muy querido en la ciudad, en este caso futbolista, Nayim, cuyo inverosímil gol en la Recopa de París que le dio el triunfo al Real Zaragoza, será recordado eternamente. Paquita Millán Serrano descubrió este deporte, tan minoritario entonces y más aún practicado por una mujer, al observar a unos arqueros ejerciéndolo en Grisén y desde entonces lo convirtió en su vocación. En los años 60 del siglo XX participó en diferentes competiciones nacionales e internacionales alcanzando grandes éxitos, y era habitual encontrar su nombre en los periódicos deportivos de la época. Yo la recuerdo con su Seat 600 viajando sola (hay que pensar en el contexto social de aquel momento) por diferentes países, siempre acompañada de su arco y sus flechas. Fue campeona de España en cuatro ocasiones y una de Europa, entre otros títulos, batiendo en 1967 la marca nacional en la especialidad de arco recurvo al Aire libre en la categoría Senior. Continuó enseñando este deporte a nuevos arqueros, y, siguiendo una de las milenarias tradiciones alfareras de Tobed, se convirtió en una experta ceramista.










             
                  Paquita tuvo un triste final. En 1991 el acelerador de electrones del hospital Clínico de Zaragoza fallaba en demasiadas ocasiones y en una de ellas, mi prima sufrió uno de esos fallos, el mayor fallo nuclear del campo de la medicina del mundo en todos los tiempos...




               











                                     





                          La Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, congregación monástico-militar, tuvo un origen francés, concretamente en Godofredo de Bouillon, líder de la Primera Cruzada que permitió a los cristianos tomar la ciudad santa de Jerusalén en 1099. Es la orden de caballería más antigua del mundo, nacida bajo el amparo del Santo Sepulcro, la tumba de Jesucristo, protagonizando numerosas batallas en la Reconquista contra los musulmanes. Su poder llegó a ser comparable al de las órdenes del Temple y el Hospital. El conde Ramón Berenguer IV de Barcelona otorgó tierras y encomiendas en el reino de Aragón, sobre todo en Calatayud, entre ellas Tobed y el Principado de Cataluña. Se sabe que Tobed ya existía en el siglo XII. Se identifica su nombre con la villa celtíberorromana Tovenissa, de reminiscencias literarias en los Epigramas de Marcial, pero sin que hayan aparecido restos arqueológicos que apoyen los escritos y por tanto, certifiquen científicamente esa relación, aunque en el mundo celtíbérico se habla incluso de la moneda sekaisa en Tobed. En 1144 quedó bajo la jurisdicción de los fueros de Calatayud, junto a Codos, Santa Cruz de Grío, Inogés y Aldehuela (encantadora población hoy deshabitada a la que se puede acceder andando por un pintoresco camino). Tras su incorporación a la Orden del Santo Sepulcro, el pueblo de mi padre conoció una etapa de gran desarrollo económico y social que duró siete siglos por su posición estratégica en las rutas comerciales y el cultivo de los olivos, que todavía hoy circundan su perímetro, de los que se originó una excelente producción de aceite para el que se construyó el "Molino del aceite", en la parte alta del pueblo.





                                                                  Los Abuelos (formación geológica). Tobed



                                             




                             Por la zona circula el GR 90 Tierras del Moncayo y Sistema Ibérico zaragozano, a través del que podemos conocer atractivos lugares de la comarca y alrededores, sobre todo, para los amantes del senderismo. La sierra de Vicor ofrece maravillosos parajes desde los que se contemplan singulares panorámicas, que llegan hasta las conocidas Hoces del Jalón. Desde el barrio antiguo de los Alfareros de Tobed puede comenzarse un paseo hacia lo alto para apreciar unas espectaculares vistas impagables, el de un entorno marcado por la belleza de una naturaleza de encinar y retama, así como divisar en el horizonte los restos del Castillo, ese pequeño conjunto de aire defensivo protegido por pendientes inaccesibles y un barranco que etimológicamente recibe el nombre correspondiente, Trascastillo, pero que popularmente se conoce como "Los Abuelos", peligroso lugar para el hombre pero idóneo para el refugio de los animales de carácter autóctono, algunos volando sobre el silencio. El impresionante escenario no tiene nada que envidiar a los que nos recuerdan ecos lejanos... La superficie de la plataforma del Castillo da idea de lo que debió de conformar la extensión original del conjunto fortificado. Se conoce poco de su origen y desarrollo histórico a excepción de su posición estratégica respecto a Tobed ante el avance de las tropas cristianas en la Reconquista, que se sitúa en los años inmediatamente posteriores a la toma de Zaragoza. Siempre está abierto. Este vigilante eficaz de la apacible existencia actual de Tobed, desde su ubicación en lo alto del cerro dominando el cauce del río Grío, nos regala un trocito de historia aragonesa, de patrimonio cultural, tradiciones y naturaleza... Para quienes la literatura es la vida, entre los que me cuento, Tobed siempre será Tovenissa, el pueblo donde el patrón es el amor, y por tanto, un lugar de futuro. 

                 

           
                          El 13 de febrero de 2019, víspera de San Valentín, Heraldo de Aragón publicaba en su sección de "Aragón, pueblo a pueblo" un amplio reportaje sobre Tobed, en el que se da amplia cuenta de los pilares en que se asienta su proyección en el momento actual. Así, por ejemplo, la Asociación Territorio Mudéjar desarrolla el objetivo de un mayor conocimiento y difusión del mudéjar empleando los recursos naturales que aporta este estilo artístico para generar riqueza y un mejor aprendizaje sobre todo en los más pequeños. De esta forma, el mudéjar les sirve para conocer desde otro punto de vista disciplinas como la  geometría, plástica, física o matemáticas. En 2006 se inició el primer plan de musealización del mudéjar abierto al de todo Aragón, habilitando parte del Ayuntamiento y la lonja, creando el museo parroquial dentro de la iglesia y organizando congresos y jornadas internacionales, así como visitas teatralizadas. En junio de 2018 se inauguró un espacio en el palacio de los Canónigos con piezas de la ceramista de Tobed, Conchita Gimeno. En el barrio de los Obradores -de ladrillo, teja o tapial, que funcionaron hasta el siglo XX-, se han recuperado la zona de los balseros y uno de los obradores de alfarería con su horno, únicos en España junto a otros de Almería. Ahora se rehabilita una antigua alcoholera para convertirla en museo.

                      El herrero, Manuel Cartagena -quinta generación en el oficio con taller desde 1842- continúa trabajando la soldadura a la calda en determinados trabajos como truedes, descansa-criadas, barrote cruzado aragonés, vertederas, aperos de labranza antiguos... pero también piezas modernas. La tradición apicultora se mantiene con los panales y la comercialización de la miel a través de la denominación El Colmenar del Grío, aprovechando las ricas plantas de la zona desde Codos a Miedes, que generará un centro de interpretación acerca del dulce producto. Distintas asociaciones fomentan, asímismo, la rica naturaleza que envuelve un ámbito montañoso y aumentan sin descanso incontables programas de actividades diversas: campamentos, conocimiento de oficios del campo y de animales, restauración de edificios para usos varios, edificación de otros nuevos...

                     Tobed, antes Tovenissa: un lugar de futuro. 





                                                                               Aunque no sea conmigo




                                                                                                                                                          
                                                               

viernes, 13 de abril de 2018

FERNANDO MUSCAT, una estrella de Tobed en el baloncesto nacional







                                   De localidades impensables surgen, a veces, destellos brillantes únicos que iluminan el mejor esfuerzo, el más elegante estilo, la más certera canasta que puede hacer triunfar a todo un país. Fernando Muscat (el número 9 en la foto), que alcanzó el mayor éxito que un deportista puede soñar cuando empieza desde niño a darle a un balón, nació en 1911 en Tobed, el pueblo de mi padre, un enclave único en la provincia de Zaragoza, que aúna naturaleza y arte enriqueciendo de forma incomparable el patrimonio cultural aragonés. Fernando Muscat comienza la lista de los dieciséis jugadores de baloncesto aragoneses que han formado parte de la selección española a lo largo de su historia, una lista que continuaría con Emilio Galve, J.M. Pérez Loriente, José Luis Martínez, Alfonso Martínez, Lorenzo Alocén, Javier Sanjuán, Julio Descartín, Jorge Guillén, J.A. San Epifanio "Epi", Fernando y Pepe Arcega, Paco Zapata, Alberto y Lucio Angulo, el más reciente, que debutó el pasado febrero, Rodrigo San Miguel (y desde 2019, Carlos Alocén).  A esta lista de ilustres deportistas aragoneses, yo añadiría -en calidad de entrenador incomparable aunque también comenzara su trayectoria como jugador-, a nuestro inolvidable José Luis Abós, al que se le sigue negando la justicia debida en su tierra, siempre vinculada a este deporte.




                         Muscat fue un adelantado a su tiempo, un precursor que, aún antes de que existiera la selección española de baloncesto, fue capitán del equipo de Cataluña. Cuando era todavía un niño, debió trasladarse a Barcelona por motivos familiares y aunque le gustaba practicar además otros deportes, era el momento del baloncesto, al que se dedicó plenamente con enorme talento y continuado esfuerzo. El baloncesto daba sus primeros pasos en España, gracias a la labor que en el colegio de las Escuelas Pías de Barcelona ejerció el padre Eusebio Millán, que había conocido este deporte durante su estancia en Cuba. La carrera del tobedano permaneció ligada al primer club de baloncesto que se fundó en España, el Laietà Basket Club. Considerado uno de los mejores jugadores nacionales, fue convocado para jugar el primer partido de la historia de la selección española. Nos situamos en el año 1935, tiempos difíciles, y la empresa en la que trabajaba,Telefónica, no le concedió el permiso necesario para desplazarse a Madrid, porque ya había solicitado las vacaciones para jugar el Europeo si España se clasificaba, así que se vio obligado a debutar más adelante, eso sí, para conseguir una histórica medalla de plata en ese campeonato europeo (la primera medalla de España en competición oficial). Su carrera internacional, como la de sus compañeros, se vería frenada bruscamente con el estallido de la Guerra Civil. Aunque estaba convocado para los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, España debió retirarse de la competición deportiva. Jorge Albericio y Sergio Ruiz han buceado recientemente en estos comienzos de la historia del baloncesto nacional, rescatando figuras que tanto hicieron por este deporte y difundiendo sus investigaciones a través de distintos medios digitales con proyectos atractivos y muy ambiciosos sobre el origen del baloncesto en Zaragoza y en España, a partir del estudio de Muscat y la localidad de su nacimiento,Tobed. Estos periodistas intentan conseguir un mayor reconocimiento para los auténticos héroes legendarios del baloncesto español.







                          Fernando Muscat jugaba de pívot -lo que entonces llamaban "centro" en esos equipos de siete jugadores-, medía 1,75 cm., altura no muy elevada para estos tiempos pero sí para la época, y siempre destacó por su gran fortaleza física (¿sería por la famosa agua de Tobed?), que cultivaba en entrenamientos incesantes que comenzaban a las seis de la mañana, sin agua caliente en las duchas, antes de ir al trabajo, y en los diferentes deportes que practicaba con estupendos resultados. Estos jugadores no sólo no ganaban dinero sino que, como socios del club o equipo al que pertenecían, debían pagar mensualmente. Y les ocurrían anécdotas como la que contaba siempre Fernando, que tuvo que huir de un hincha del equipo rival del Laietà, el Patrie, que le perseguía con un hacha, cuando vencieron en un partido. Pero no sólo ejerció de jugador, sino que también fue árbitro y entrenador.Y es que el baloncesto lo atraparía para siempre desde que el soriano Eusebio Millán, misionero escolapio, lo dio a conocer tras aprenderlo en Cárdenas, lugar caribeño donde se jugaba ese nuevo deporte americano: el basquet-ball. En 1921 lo introdujo en Barcelona, lo que se considera oficialmente como el inicio del baloncesto en España, aunque parece que desde hacía diez años se jugaba a los tiros a canasta. Y no le fue fácil al misionero inculcar a sus alumnos la atracción por lo nuevo, porque los chicos querían seguir dando patadas a un balón. Pero la creación del Laietà cambió el panorama y el nuevo deporte se fue expandiendo por toda España, así que Eusebio Millán Alonso es considerado por todos "el padre" del baloncesto español. Muscat había pasado su infancia jugando en medio de un entorno rural, el de su pueblo, Tobed, donde fue a la escuela y seguramente soñaría con su futuro contemplando cualquier noche de verano el inigualable cielo estrellado... Siempre volvió. Su lejanía física no marchitó su sentimiento aragonés ni ese carácter auténtico de su tierra del que hizo gala y presumió a lo largo de su vida.





                 

                               José Luis López Zubero, eminente oftalmólogo y primer jugador formado en Zaragoza que fue citado para la selección española, evocaría hace unos años la importancia de esta época y de aquellos jugadores pioneros para la génesis y la formación de la historia del baloncesto español. A López Zubero el baloncesto también le robó el corazón cuando lo descubrió con 14 años en el club Helios, mientras estudiaba en el antiguo Instituto Goya, en la Magdalena, aquí, al lado. En una revista francesa, Busnel, aprendía con sus amigos técnicas baloncestísticas, y en entrevista concedida a Heraldo de Aragón declaraba: "Los desplazamientos eran largos, caros y difíciles. Las condiciones del país eran terribles. Por ejemplo, para jugar en Huesca había que pedir permiso a la Policía para podernos desplazar". Y relata cómo los genuinos precursores de la canasta fueron la fuente de su vocación, y cómo en 1955, cuando se fue a Estados Unidos todavía no había en Zaragoza ningún lugar apropiado para jugar al baloncesto. Los catalanes que iban a Zaragoza a hacer el servicio militar enseñaron a jugar a los locales. Una lesión impidió a López Zubero fichar por el Barcelona y jugar en la selección española que ya lo había convocado. A cambio, esta circunstancia propició que estudiara Oftalmología: Como dicen los americanos, "cuando la vida te da un limón, haz limonada". Así que esta fue la estrella que alcanzó, aunque no pudo conseguir las metas de Muscat, que aun después de la guerra civil, volvería a jugar al más alto nivel, ocupando las portadas de la prensa de la posguerra y siendo el ídolo de genios posteriores como Eduardo Kucharsky. Muscat fue uno de esos 200 locos de otra pasta que dedicaron al baloncesto un esfuerzo y una pasión hoy inimaginables, una especie de superhombres cuyas hazañas merecen ser propagadas y admiradas.





                                                Alfarje. Iglesia gótico-mudéjar de Santa María, Tobed (Zaragoza)
                                                                                           (s.XIV)



                         Y en este empeño se encuentran nuestros investigadores. López Zubero insistía en la necesidad de que debía de tenerse siempre presentes a estas leyendas para disfrutar con más intensidad de la bonanza del baloncesto actual, de una época que puede considerarse la edad de oro del baloncesto nacional que se ha visto reflejada en el panorama internacional con grandes éxitos y triunfos, en los que siguen teniendo un papel relevante los jugadores que han conseguido competir con estrellas de otros mundos, y al que, sin duda, han contribuido nombres que, sin privilegios, con un gran mérito y abnegación, popularizaron este deporte, por lo que no deben caer en el olvido. Aquellos hombres vivieron otra España, afortunadamente, transformada. Hay que celebrar iniciativas como las de Jorge Albericio y Sergio Ruiz y apoyar una labor de justicia y reparación de los que abrieron caminos como Fernando Muscat, que, aun habiendo combatido en el frente republicano durante dos años en la guerra, mantuvo su ilusión intacta para continuar trabajando, entrenando y dejando una impronta perenne en el baloncesto y en el deporte español. En su momento llegó a convertirse en una figura pública de primer orden y no fue menor el mérito logrado en su vida profesional, pues comenzó a trabajar de mozo y terminó como alto directivo. Además, como nos recuerdan los periodistas, destacaba su porte de galán de cine con un físico arrollador que reflejaban las fotografías de las revistas de entonces. Fue proclamado el mejor jugador de la época, esa en la que no existían las zapatillas de marca y sólo se respiraba fútbol por todo el país, en que las pistas eran de arena y piedras, las canastas se encargaban al herrero y el balón de cuero basto raspaba si rozaba la piel. Una época de épica y gloria en que algún portento como Fernando Muscat miraba alguna estrella de niño en Tobed soñando tal vez en vestir la historia del deporte con estrellas.



                                                                                      Pasión y París



             


                 


                 


                   

martes, 20 de octubre de 2015

PEPELU

   
     



                    Hace un año fallecía José Luis Abós. Os animo a entrar en la página creada por sus hijos www.tributoapepelu.com  y sobre todo a leer el artículo que le dedican , "Las alas de nuestro padre". En esa web se puede adquirir la camiseta que lleva su nombre cuyos beneficios se destinarán a las entidades solidarias con las que él colaboraba.

   Entrenador irrepetible, mejor persona, a pesar de todo: no te olvidamos...


  






                                   Nuevo himno del equipo de baloncesto de Zaragoza, Tecnyconta (antes CAI),
y en 2019 Casademont Zaragoza.

sábado, 19 de septiembre de 2015

PABELLÓN JOSÉ LUIS ABÓS






                            Parece ser que el cambio de nombre del Pabellón "Príncipe Felipe" por el de "José Luis Abós" es definitivo tras meses de absurdas polémicas a las que he asistido con auténtico estupor por el cariz alcanzado tan poco deportivo y, por el contrario, tan centrado en supuestas justificaciones políticas o de otra índole, algunas ajenas absolutamente al propósito inicial.


                      Hasta los medios de comunicación locales - con excepción de la televisión autonómica aragonesa- se han hecho eco de opiniones y manifestaciones al menos sorprendentes cuando se expresaban en términos de "alcaldada" o pretendían comparar a los aragoneses con los catalanes o introducir el debate monarquía sí-monarquía no. ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad o el culo con las témporas? Tampoco entendí las declaraciones del club que, tal como se estaban sucediendo los hechos, habría quedado mejor no opinando como lo hizo, simplemente por respeto al Sr. Abós, ni las alusiones a la ilegalidad del cambio, que hasta el momento no se ha demostrado, ni a si el número de firmas era escaso o no (el baloncesto no es el fútbol, ya se sabe), ni comprendo que el personal se rasgue las vestiduras por el presupuesto del cambio de rotulaciones (!con lo que ocurre en Zaragoza para poder criticar en el aspecto económico!), ni que Zaragoza Deporte cuestione que los méritos del Sr. Abós sean "suficientes" para que el pabellón lleve su nombre. Inaudito. Es evidente que se trata de un pabellón polivalente pero su función primordial ha sido y es la de albergar como sede los partidos, entrenamientos y actividades del equipo de baloncesto del CAI Zaragoza, el que mayores logros ha conseguido para la ciudad y para Aragón, después del Real Zaragoza, club de fútbol (sin olvidarme de equipos e individualidades de incuestionable merecimiento).


                     Pero lo que no alcanzo de ninguna manera a asimilar es la razón por la que todos -y digo todos- los partidos políticos municipales no estuvieran de acuerdo en su día desde el primer momento en la aprobación del cambio de nombre sin querer regirse por valores exclusivamente deportivos y humanos, aunque me parece positivo que se regulen futuras situaciones similares. Todo el mundo conoce el mérito del Sr. Abós, políticos y no políticos, seguidores del baloncesto y los que no lo son, los que somos ajenos a cualquier partido político y los que están en ellos, lo sabemos todos. Pero Aragón ha sido históricamente poco agradecida con sus hombres y mujeres ilustres en momentos puntuales. Y alguna vez habrá que cambiar porque así nos luce el pelo. No me sirven homenajes y otros rótulos. Abós, el CAI Zaragoza y el pabellón son sinónimos.


                 El señor don José Luis Abós fue un hombre que amaba el deporte, le apasionaba el baloncesto y sus conocimientos y capacidades llevaron al CAI a conseguir cotas deportivas nunca logradas, transmitiendo una pasión y un entusiasmo a los aficionados que llevó a llenar el pabellón de una ilusión que a mí me recordaba a pasadas glorias zaragocistas. Ese fue su mérito, no sé si "suficiente". Cuando pregunto a algunas personas contrarias al cambio de nombre si han ido alguna vez al pabellón a ver jugar al CAI me contestan que "no, pero eso no tiene nada que ver", a la manera del que nunca ha ido a una plaza de toros a ver una corrida (salvando todas las distancias, evidentemente) y es antitaurino "porque se ve mucha sangre". Ante tales argumentos tan fundamentales y de tanta profundidad y enjundia, aumenta mi perplejidad de forma proporcional a mi alegría por la decisión del cambio, que debería ser ejemplo para otros posteriores.


                 Ole por el señor don José Luis Abós (al que no tuve el gusto de tratar personalmente), ole por el CAI Zaragoza, ole por el baloncesto aragonés, ole por aquellas primeras firmas que pidieron su nombre para honrar a una figura que fue quien realmente provocó que muchos tocáramos las estrellas en el pabellón y que sintiéramos esas tres grandes letras ahí dentro donde están también las del Real Zaragoza, las de esta ciudad, las de todo el deporte aragonés, que germinaron en todos esos niños que asistían a ver al CAI cuando lo entrenaba el señor Abós y que aprendieron unos valores con aroma a la magia y la fantasía del fútbol del Real Zaragoza.


                 Para mi alegría, el Pabellón lleva el nombre de "José Luis Abós" definitivamente. Merecidísimo.
     
     

                          Con fecha  4 de diciembre de 2018, "Heraldo de Aragón" informa de que "El Supremo rechaza el recurso de ZEC y el Pabellón Príncipe Felipe mantendrá su nombre", es decir, que no lo admite a trámite. El Supremo entiende que el recurso no está "lo suficientemente justificado". Parece ser que debería haber sido el pleno del Ayuntamiento el que hubiera debido tomar la decisión del cambio, y no fue así, mientras que la opinión del gobierno de esta institución era la contraria, ya que así se resolvió en alguna otra ocasión y lo apoyaba la propia abogacía consultada que asesora sobre la jusrisdicción contencioso-administrativa al Ayuntamiento, en el sentido de considerar que el gobierno sí tenía esa capacidad. Se trata, pues, de un problema relativo al "principio de jerarquía normativa". A su juicio, con este fallo se aplica "un reglamento municipal que choca con el contenido de la Ley reguladora de las bases de régimen local", y que suele así cambiarse el nombre de las calles o instalaciones, por lo que debería existir una seguridad jurídica sobre el órgano competente.

                       Como es natural, es preceptivo acatar las órdenes judiciales, pero me gustaría que quedara clara la constancia de que, en este caso, la resolución se ha debido a una cuestión procedimental, y no a otras causas. Para mí, aunque no sea de forma oficial, el Pabellón continuará llamándose -en el uso de mi libertad de expresión y a los efectos oportunos-, "José Luis Abós", pues es lo merecido.
















                                         Nuevo himno del equipo de baloncesto de Zaragoza, Tecnyconta (antes CAI), actualmente, 2019, denominado Casademont Zaragoza.


                 



lunes, 8 de junio de 2015

Corazón de león


         
                 El Zaragoza ganará, lo canta su himno. Tal vez ocurra muy pronto, o quizá cuando se hayan conjurado los peligros que han acechado el camino de los últimos años, pero el final del trayecto volverá a dejarnos en el cielo. El Real Zaragoza, ahora, es el equipo de los recuerdos, cuando la memoria evoca aquel fútbol poético unas veces, épico otras, que dibujó un sello de grandeza de espíritu indestructible, guiado por el impulso de una admirable afición comprometida en su militancia zaragocista sin reservas.

      El Real Zaragoza "marcó estilo" tejiendo un fútbol espectacular, forjó un sentimiento profundo de identidad aragonesa, generó un incalculable patrimonio deportivo tan seductor para jugadores y afición que juntos desean mantener. Seguimos mirando hacia arriba. Señalados nombres de la cultura aragonesa como Pepe Melero, Luis Alegre o Antón Castro, por ejemplo, manifiestan con ahínco su entusiasmo por la historia de un club cuyo valor fundamental consistió en alcanzar la esencia del fútbol, transmitiéndola a los apasionados seguidores que la han dignificado con su incansable apoyo.

                 

             
                                                                                                                                                                 

           Hace ocho años, se conmemoró el 75 aniversario del nacimiento del Real Zaragoza. Cinco hitos han jalonado el transcurso de su historia: el ascenso a la Primera División con los Alifantes, la época imborrable de los Magníficos, la brillantez de los Zaraguayos, la obtención de la  Recopa ("todavía se me pone la carne de gallina cuando recuerdo el gol de Nayim", Pardeza dixit), y la derrota al Madrid "galáctico" en la final de la Copa de 2004. Generaciones de mitos y héroes de un Zaragoza inolvidable conformaron esa historia en azul y blanco con aires de eternidad.
 

                                   Joaquín Carbonell la sintetizó así en una entrañable y divertida canción:

                   



       ¿Se adivina cercana una nueva etapa de éxitos? ¿Se estará gestando otra etapa de ensueño? El sentimiento que suscita formar parte de un equipo de la tierra aumenta la reafirmación del zaragocismo vivo, nos pone en modo "felicidad" en estado puro. Es lo que tiene un deporte que trasciende a varios jugadores persiguiendo un balón: la exaltación de los valores de un león en el corazón que no tiene fecha de caducidad en la memoria y que puede seguir manteniendo la ilusión de hacer realidad un sueño.