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viernes, 22 de marzo de 2019

De prosas y poemas en "LA VERDAD"







                                                                                                                    A Gonzalo Borrás





                                                                                           Dicen que es melancolía
                                                                                           y no es sino desengaño.


                                                                                                         Góngora




                                 
                                               Y con esto, regresaron para subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:
                                               Tapaos, Sancho, y subid, que quien envía de tan lejanas tierras por nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar engañando a quien se fía de él. Y aunque todo sucediese al revés de lo que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá oscurecer ninguna malicia.


                                                                                              Don Quijote, parte II, cap. XLI






                        Recientemente ha sido publicada la obra Los Dichos pícaros de Marcial, en ediciones Aguamarina del grupo Anaya. La presentación no puede ser más acertada: un librito breve -como los propios dichos-, de fácil manejo y cuidadas ilustraciones, que nos vuelve a acercar al escritor bilbilitano nacido en el año 40 después de Cristo, Marco Valerio Marcial. Estos Dichos -epigramas- constituyen tal vez la descripción más vívida y detallada de los usos y costumbres de una sociedad poderosa, culta, divertida y decadente, como era Roma en el primer siglo de nuestra era. La brevedad conceptual que propugnaba otro escritor de la tierra, Baltasar Gracián, se halla presente en estas rotundas frases, perfectamente adecuadas para nuestro tiempo pues son de una indudable modernidad. La variedad temática y formal de los epigramas es absoluta: desde el sencillo y gracioso hasta el más erótico, desde el pareado más simple al verso más elaborado, la lectura de los Dichos pícaros, junto con la belleza de los frescos representados, suponen para el lector el disfrute de un tiempo en el que la sonrisa está asegurada, una sabia mezcla de la que deben abstenerse aquellos que, rasgándose las vestiduras ante ciertas expresiones, no comprenden que sólo los mejores poetas han transformado el lenguaje más coloquial en el más poético y clásico.










                              Al mismo tiempo que la anterior y sin desmerecimiento alguno, se da la grata circunstancia de la aparición de la novela A la sombra de las sabinas, de Javier Coromina, asímismo autor bilbilitano aunque de nuestro siglo, que reside actualmente en Palma de Mallorca, perfecto acompañante del epigramático Marcial. Una novela que recibió el premio "Ciudad de Barbastro" en 1989, lo que avala su calidad y abunda en la cantidad de premios importantes recibidos por este escritor, entre ellos, el "Café Gijón" de novela corta. A la sombra de las sabinas supone el número 16 de la colección "Papeles literarios" de "Los libros de la Frontera". Es una novela intimista que narra la historia de un retorno y de un desamor: una chica universitaria que trabaja en Madrid llega a Ibiza en el verano del 76 a pasar unos días de vacaciones. En la isla se encuentra con un mundo muy distinto al que está acostumbrada a vivir. Se siente fascinada y conoce a un joven con el que mantiene una fuerte relación amorosa. A pesar de las diferencias culturales y de educación, no puede pasar sin él, hasta que la relación se va deteriorando. Desencanto y amor frustrado son, pues, las claves de la historia. Un retorno con ciertos aires de esperanza se convertirá en una huida casi desesperada de esa fuerte atracción "a la sombra de las sabinas". Como diría Marcial: Se mató para huir de un enemigo./ ¿No es locura morir por no morir?. El lenguaje directo, los breves diálogos, la utilización poco frecuente del "tú narrativo" mezclado con otros puntos de vista formales, se aúnan para atrapar desde el principio al lector que no puede dejar la novela hasta que la finaliza. Dos obras de lectura obligada: la de un clásico universal y la de un interesante escritor que promete, dos bilbilitanos de ayer y de hoy para los bilbilitanos de siempre.







                                                                                Fernando Martín Pescador




                         El inconformismo, junto con una buena dosis de rebeldía y el afán de búsqueda son factores determinantes de la obra de Fernando Martín Pescador, autor de Mi feo mundo que a la postre no es tan feo como afirma el título de esta publicación número 13 de la colección "Drume Negrita" de Ediciones Braulio Casares. Prueba de ello es que él mismo lamenta , de entrada, la pérdida de su mundo con estas palabras reprobatorias: Mi mundo era feo y tú lo estropeaste. La entrega comprende cinco relatos breves: "Fish iz pez", "Mi feo mundo", "Noche y la ciudad", Pez soy, boys" y "La república de Ubú". El estilo literario no está exento en algunos casos de poesía; sencillo y desenfadado lleva en sí el aire fresco de la juventud. La influencia cinematográfica convierte en secuencias muchas partes de la obra e incluso cada uno de los relatos en su totalidad, aunque realmente, tampoco se trata de relatos propiamente dichos, sino de diferentes estados de ánimo transplantados al terreno literario, un ejercicio metafísico que incide en sus diversas variantes, fundiendo realidad y ficción y alcanzando en algunos casos, el surrealismo. Martín Pescador intenta por todos los medios evadirse de la rutina, de los caminos trillados, y apuesta por unos planteamientos literarios originales o inéditos, a poder ser. Todo ello entraña un riesgo que supera con acierto, aunque la prueba de fuego se quede para más adelante con obras de mayor dimensión y contenido.



                        La intención de cada relato queda expresada, al menos parcialmente, en sus respectivas dedicatorias: "Plantamos un sauce y nos salió llorón" para "Fish iz pez", la ya citada "Mi mundo era feo y me lo estropeaste" para el relato que da el título al libro, "Cuando se me ocurra algo bueno te contaré lo que realmente sucedió" para "Noche y la ciudad", "Te quiero pero ya se me pasará" para "Pez soy, boys" y "Soy la primera pieza que perdiste del puzzle" para "La república de Ubú". Las ilustraciones son de Emilio Amella y se caracterizan por sus trazos sueltos y sugerentes que sintonizan perfectamente con el estilo literario de Fernando Martín Pescador y ponen acertada rúbrica a cada uno de los relatos. Mi feo mundo es una publicación que nos sitúa desde el principio donde pretende el autor, para envolvernos en su atmósfera particular, en su propio mundo que aún siendo feo contiene cosas hermosas y por eso se lamenta de que se lo estropeen. La lectura de los cinco relatos -¿lo son realmente?- nos lleva efectivamente al mundo que se propone y nos propone el escritor para hacernos partícipes de su experiencia vital en la tierra y en el más allá, en un viaje a la Luna. Merece la pena acompañarle, al tiempo que silbamos una canción, la misma que va silbando él por su mundo particular.



   





                             En estos tiempos de poesía esteticista, "light", ligera, cultista y ocultista que Villena denomina piadosamente "clásica" (y esto del clasicismo quiere decir que ya no se habla del Yo, que el Yo está mal visto), es entonces cuando nos encontramos con los poemarios de Carlos Sierra que al unirse en un todo forman como un conjunto de cuentos breves que se acompañan elaborando un bloque único e indisoluble. El autor ha aceptado un riesgo en la conformación de estos poemas, pero aceptar riesgos es la obligación de todo creador que se pretenda novedoso. Y el salto de Carlos Sierra aunque se haga desde el desconocimiento del trapecio puede decirse que se hace sin red, asumiendo la peligrosidad que encierra una experiencia escritural. Sus diferencias temáticas son notables, pero las características de su expresión mantienen un estilo similar, de búsqueda de la hondura psicológica, de reflexión sobre las motivaciones humanas y de la naturaleza de los comportamientos afectivos y desafectivos. Son poemas que definen los sentimientos amorosos y desamorosos con una sensación de asombro y honda soledad. El protagonismo de lo femenino se configura como el sistema motriz de estas poesías referidas en su mayoría a mujeres anónimas, de su propio mundo y de su propia intimidad, donde parte el poeta de acontecimientos verosímiles que se van envolviendo en una vaguedad cada vez más inasible y nos deja entrever, como desde las rendijas cada vez más reducidas de una persiana, su luz ensombrecida.



                                  Muchos son los hilos que maneja el poeta en un inmenso tejido de luz y soledades, mucho lo que afecta al que nada humano es ajeno, y al que por supuesto importa el fenómeno creador. Sus versos nos trasladan a conceptos místicos como los de un Ibn Arabí, en que la poesía actúa con transparencia y a merced de una claridad desde donde "lo mostrado es necesariamente perturbador". Para conseguir estos efectos, los contrastes cromáticos y la disolución misma de las palabras en una niebla imperceptible de una movilidad acuática, se van tejiendo de sugerencias en entredicho, de averiguaciones cuya improbabilidad o credibilidad nada quitan ni ponen a la belleza conseguida mediante su difuminado, su opacidad boscosa. A la fugacidad del verso libre acompañan algunos poemas en los que se percibe una severa maestría conceptista. Podríamos situar este modo de decir poético en la corriente de la llamada "poesía de la experiencia" de tanto arraigo y ya larga tradición en nuestra poesía de los últimos decenios. Creo que es el caso de Carlos Sierra, pues ocurre que los materiales de sus construccciones poéticas son vivencias y situaciones cotidianas, al menos pretendidamente "personales" y vividas, de algún modo "experienciales" -término que no es más que un tópico para la "comunicación" (o sea, para "entenderse" y no pensar), ya que a ningún poeta por propia contradicción, se le ocurriría dar fe de eso de la "experiencia" como algo que tuviera que ver con la verdad o algo así-.



                              Porque lo esencial de estos poemarios es la irradiación de los placeres, convertida en glorificación de lo vital y la defensa de las pasiones como auténtico móvil conductor de los comportamientos humanos, que vibran en ellos muy por encima de la plasticidad de las palabras o de los arquetipos literarios que les sirven de base. Se trata de un bello canto a la incontinencia, con una fiebre que recupera las razones del corazón frente a las sinrazones de la inteligencia. Es una poesía que llega hasta nosotros con ese "espejismo con el sol al revés" que retrotrae memorias agostadas, tal vez adormecidas pero nunca muertas sino llenas de luz y transparencia. El empeño del poeta es conseguir la reducción del artificio a los mínimos imprescindibles para que por allí circule libremente el aire, no colapsado y enrarecido por los muros de palabras que han empedrado tantos edificios poéticos. Y se atiene para ello a contarnos relámpagos inmediatos, instantáneas fugacísimas de su propia vida. Poemas de horas, poemas de otoños y pesadumbres, estas obras producen, sin embargo, una alegría insólita, el descubrimiento de un poeta que maneja una de las voces más conmovedoras de la poesía del momento.



   




             

                     

                                                                        Luis Landero, tercero por la izquierda





                             José Verón Gormaz ha inaugurado la colección de narrativa "Forum Tabulae" de la editorial bilbilitana López Alcoitia con Camino de sombras y otros relatos impíos -diecinueve en total-, donde vuelve a poner de manifiesto sus condiciones de narrador, además de poeta, porque la poesía subyace en cada frase mediante la fuerza descriptiva y la acertada utilización de las metáforas. Algunos de estos "relatos impíos" aparecieron ya publicados en "Heraldo de Aragón", en tanto que otros son rigurosamente inéditos. Su autor, al abordar los distintos temas, amalgama realidad y fantasía diestramente y en ocasiones da entrada al más puro surrealismo. Junto al relato propiamente dicho, aparece la reflexión íntima, el soliloquio, con frecuentes incursiones en el mundo de lo onírico. El resultado en algunos casos es necesariamente metafísico, ya que obliga al lector a meditar y profundizar sobre el tema desarrollado. Los protagonistas de Verón Gormaz suelen ser, por lo general, gentes condenadas a seguir un camino que no lleva a sitio alguno, camino de ninguna parte -de sombra-, con lo que se acentúa su patético vacío. Es como una permanente búsqueda de lo imposible.








                        Para ello se ha logrado un ritmo narrativo adecuado, capaz de resaltar cada secuencia y de hacer detener la atención del lector en las claves fundamentales de cada relato. El estilo ha sido cuidado al máximo para que no se produzcan disonancias. Alternan los relatos del más variado signo, aunque de todos ellos se escape el grito común e inútil que trata de iluminar el camino de sombra. La extensión varía en relación con cada planteamiento personal y, así se va desde el relato breve de sólo dos páginas a los que tienen estructuras de novela corta y se presentan divididos por capítulos, como el titulado "La ciencia del ahorcado". Con "Laura y los hombres" sucede algo parecido aunque en menor medida. El dramatismo literario, presente en la práctica totalidad del libro, queda suavizado por acertados toques de poesía y de fotografía, diría yo, así como por las situaciones surrealistas que dominan buena parte de la narración. Preocupa en el fondo el destino del hombre, del ser humano, qué hace, a dónde va y para qué. Ante la ausencia de salidas, se recrea en el juego de los espejos que multiplican su imagen y dan profundidad al espacio vital. Es algo que queda patente, por ejemplo, en "La desaparición de Elías", escapado de la realidad por el interior de aquel espejo, y en "Reflejos", el relato que pone punto final al libro. La huida de la realidad es una constante de estos relatos impíos de José Verón Gormaz, con los que afianza su firme andadura de narrador, ya iniciada con La muerte sobre Armantes.


                      Todo un deleite para la mente.



                                               
                                                                                     Fallaste corazón



                            

domingo, 21 de junio de 2015

JOSÉ VERÓN, palabra en libertad


                     
         
         Premio de las Letras Aragonesas 2013, José Verón Gormaz, escritor y fotógrafo nacido en Calatayud, se describía en la entrevista que le realicé para "Heraldo de Aragón" hace unos años como "un poeta errabundo/ atado con cadenas/ pero vivo". La versatilidad mostrada en su trayectoria en todos los géneros lo ha convertido en un artista "andariego que sueña" de prosa, verso e imagen necesarios, libres e intensos. El "humanista melancólico", como ha sido definido por Antón Castro, ha generado una prolífica y amplia obra poética, narrativa y fotográfica de incuestionable calidad absolutamente sorprendente y original en sus últimas publicaciones. Como muestra, la maravillosa recopilación de las 275 fotografías que formaron parte de la Expo 2008 en Aragón-Imágenes junto a poemas propios y citas de otros poetas aragoneses.                                                                                                                                                                      

                       En prosa, siguiendo el camino de la brevedad, la novela Las puertas de Roma. Crónicas de Marco Valerio Marcial constituye un ejemplo de renovación  que busca otros registros lingüísticos y la mezcla de recursos en lo que se ha denominado novela "multigénero". Así, el análisis de la sociedad romana del siglo I adquiere insólitas perspectivas que enmarcan la vida y el pensamiento del epigramista Marcial, escritor indispensable para entender el espíritu que impregna toda su obra.

             Mayor condensación encontramos en Cuentos para sentir las horas, mínimos relatos a modo de ensayos esquemáticos, casi un libro de silencio, que configura un universo autobiográfico en su condición de poeta y fotógrafo pleno de intuiciones, emociones y la sabiduría de los autores y textos que han conformado al hombre que camina libremente. Además de "La máquina de hacer haikús", muy significativo, el microrrelato que abre el libro "Creación" representa la quintaesencia del cuento:

       "En el principio fue el verbo , y el asunto marchó bastante bien. Después vinieron los pronombres, y todo se estropeó".

             
José Verón disfruta escribiendo lo que quiere, se nota, aunque la sencillez y plasticidad naíf resulten de una aparente facilidad que entroncaría a veces con el artículo periodístico de Umbral, sin olvidar la esencialidad  de Juan Ramón Jiménez y el aire de greguería en ocasiones, con fondo noventayochista o becqueriano. Más que las horas, se sienten los segundos leyendo, por ejemplo ,"El laberinto de la dicha" con personajes que nos atrapan en su mundo.




                 

               En poesía el sendero se dirige a la exquisita edición, entre otras, del librito  En las orillas del cielo que forma parte de la "Trilogía del tránsito y la duda", donde el poema se convierte en forma de expresión capaz de transformar el dolor en belleza y la belleza en misterio. Lo vemos en "Aguafuerte". El tiempo ("el amor es una isla en el tiempo", me dijo) aparece como elemento nuclear en Ritual del visitante, con la influencia en el lenguaje lírico de aspectos externos que invaden el territorio abstracto de la memoria. No dejen de estremecerse con los poemas "Duendes de otoño", "Círculo de bruma", "El resplandor", "Estaciones lejanas" o "Nuevas aventuras".

        Y sobre todo,                 Límites
             

                           Nocturno y decidido,
                           sin pensar en peligros ni amenazas,
                           como un valiente has cruzado la frontera,
                           y al mirar hacia atrás
                           comprendes que el retorno es imposible.
                           ¿Y todavía escuchas los ecos del regreso?
                           No pienses en volver, sigue adelante,
                           atraviesa el desierto silencioso,
                           salva los imbricados laberintos,
                           olvida el canto cruel de las sirenas...
                           ¿Adónde has de llegar?
                                                  ¿A otro desierto?
                                                                         ¿Al valle de la luz?
                            Inciertos los destinos te parecen,
                            disperso el horizonte,
                                                       escondida la senda
                            que adonde te ha de llevar es a ti mismo.







           La ironía y el sarcasmo se intensifican en el poemario de versos aforísticos  Sala de los espejos (Epigramas, enigmas y otras contemplaciones), con temas profundamente humanos en tono moralizador ma non troppo muy del gusto de la literatura aragonesa de todos los tiempos y acorde con los actuales necesitados de ética y prudencia pero que trata con aire "delicado hasta en lo más desgarrado" al estilo de la poesía china que tanto le gusta.

          Cancionero del café. Pequeños poemas para leer y cantar, agrupa un conjunto de coplas "para el pueblo", algunas para ser cantadas en forma de jota. El escritor entiende que la poesía sólo puede clasificarse en buena y mala, por lo que su camino creativo convierte ahora la brevedad de estas estrofas en la expresión de los más hondos sentimientos, a veces teñidas del más fino humor sobre todo en las coplas de jota, enriqueciendo con su afán renovador el patrimonio cultural aragonés. Ernesto Cardenal le descubrió la autenticidad de los cantos de los indios chipewas, certeros, contenidos, bellos... Así, coplas aragonesas, coplas "de autor" son cantadas por  los mejores joteros de hoy...


       José Verón ha querido seguir difundiendo la poesía con raíz popular, no muy apreciada a veces por círculos poéticos autodenominados cultos minoritarios que no valoran adecuadamente formas estróficas como la cuarteta o la más usada en Andalucía, la soleá, sin reparar en que la mayoría de los auténticos y verdaderos poetas de lírica culta las han cultivado utilizando igualmente la palabra en toda su riqueza expresiva, estética y en completa libertad y exigencia poética. El escritor transmite especialmente su pasión por las coplas de jota creando contenidos variadísimos en matices. Sólo existe la poesía buena y mala y la de José Verón, culta o popular, se enmarca en la excelencia porque es un creador auténtico.


                                   Vientos de otoño me empujan;
                                    alas de amor me levantan;
                                    nubes de ausencia me hielan;
                                    palabras de adiós me matan.


               
   Aunque ya hace tiempo me comentaba aludiendo a uno de sus poemas que hoy son "Malos tiempos para la lírica", sólo el poeta puede ayudar a cambiar el mundo porque todos los cambios sociales han ofrecido como base la poesía: Einstein, por ejemplo, se comportó como un poeta y los creadores "insensatos" han tenido el valor de afrontar los defectos ancestrales de la sociedad. El poeta es necesario en el mundo: "En caso de desastre/avisen al poeta". Es su visión y destino.

           Le preocupa enormemente el lenguaje y las agresiones que sufre en su uso cotidiano, a lo que tampoco ayuda la enseñanza de la lengua española en el sistema educativo actual - desde hace muchos años, añado yo -, que no contribuye a formar lingüísticamente a los jóvenes ni a solucionar las dificultades que existen para un progreso real de la lengua:
               - No creo en la inspiración sino en el hecho de escarbar en la subconsciencia. El surrealismo es una técnica de gran valor, aunque a mí me gusta la libertad. Los críticos calificaron mi obra "de vanguardia", pero la poesía no tiene etiquetas, es poesía, nada más.

          Ocupado en "vivir la vida" para reflejarla en el arte o en el periodismo, José Verón manifiesta con espíritu gracianesco el rigor, la honestidad , la ausencia de superficialidad y un saber ser y estar en el mundo que desprenden un sabor a amistad del que disfrutamos los que lo admiramos. Lean y observen la obra de José Verón Gormaz, premio de las Letras Aragonesas, y deléitense aprendiendo...


* Las fotografías son de José Verón.


     La obra de José Verón debe bastante a su sensibilidad por la música, de la que reconoce el enorme influjo recibido: Bach, jazz, ritmos actuales o el mejor flamenco...





             

viernes, 29 de mayo de 2015

Tobed, recreo de reyes

              

                                                  "Et parvae Vada pura Tobenissae"

                                                                           (M.V. Marcial)


   
              En el siglo I de nuestra era, el poeta bilbilitano ya se refería en sus Epigramas al pequeño río de Tobed. En la margen derecha del afluente del Jalón se asentaba la ciudad celtíbero-romana Tovenissa, posteriormente denominada Toveto. Hoy el río se llama "Grío", quizá por onomatopeya del canto de los grillos, abundantes en la zona.
           El Sendero Ibérico Zaragozano GR 90 recorre el sistema Ibérico desde Tarazona a Badules con el Moncayo como referencia y las sierras de Vicor (o Vicort, o coloquialmente, la Vicora), Algairén y el Espigar. Se trata de una amplia zona de gran potencia panorámica y valor medioambiental donde hasta no hace mucho existía el lince ibérico. Entre enebros, jaras, retamas y aromáticos tomillos emergen algunas de las iglesias mudéjares más bellas declaradas Patrimonio de la Humanidad en 2001. La sierra de Vicor domina abruptamente el valle del río Grío y ese curioso juego de la naturaleza que semeja una ciudad encantada, la formación geológico-erosiva de "Los Abuelos". 




   
             Cuando era pequeña veraneaba en la Villa de Tobed, el pueblo de mi padre. Todavía no podía ascender por los altos montes ni entrar en la misteriosa iglesia que suponía guardaba desconocidos tesoros, porque siempre permanecía cerrada. Sí disfrutaba del olor a pino y a violeta, de las tortas y la miel, de las fresas, las cerezas y melocotones y jugaba "acotenas" y a "bandoliarme", y con las piezas de alfarería que en miniatura reproducían las de los mayores que usaban en casa en su vida diaria. Tampoco, claro, podía probar el vino allí elaborado que mis tíos guardaban en las cuevas-bodegas mientras se dedicaban, a veces, a coger rebollones llamándose por unos "motes" que no entendía.

            Quien llevó una vida de eremita en los montes de Tobed que nunca quiso perder fue Ennecon de Calatayud, San Iñigo.  En la iglesia de la Virgen se conserva un cuadro con esta inscripción en latín que,traducida, reza:

           "Mira caminante, el rey Sancho de Castilla lo llama para la prelacía de Oña, cosa admirable. Íñigo nacido en Calatayud monje benedictino y que hace vida de ermitaño es llamado a la prelacía. He aquí una cosa admirable. El rey envía por dos veces a sus legados y dos veces Íñigo rehúsa, viene el rey y se lo ruega, e Íñigo contra su voluntad va a Oña. He aquí el milagro".

             Aunque el hecho aparece documentado, el profesor Antonio Beltrán habla de las "tiernas tradiciones" de Tobed, lugar por el que confesaba su profundo enamoramiento. Así ocurre, por ejemplo, con el cántaro que llevaba las lágrimas de la Virgen que a la joven Justa nadie podía arrebatar: considerado el hecho como una señal venida del cielo, se encontró en el hospital de Tobed una imagen de Nuestra Señora a la que edificaron un pequeño templo que más adelante se convertiría en inigualable iglesia. La imagen de la Virgen y sus ángeles también derramaron sudor en protesta por el bautismo falso de algunos moriscos, el "licor milagroso" se recogió en un frasco de cristal que se rompió y sus fragmentos se guardaron en un relicario de plata. En otra ocasión, se quiso transportar la imagen de la Virgen en un arcón a Calatayud, pero por tres veces desapareció, por lo que se desistió de la idea creyendo que era su deseo permanecer en Tobed. Daniel Salanova nos documenta exhaustivamente en su "Historia de la villa de Tobed", en estudio completísimo de 1986.

              Tobed se liberó del dominio musulmán cuando Alfonso I el Batallador tomó Calatayud en 1120. Dejó en su testamento sus dominios a tres órdenes militares, correspondiendo a la del Santo Sepulcro de Jerusalén, entre otros pueblos, Tobeto. Al constituirse en Calatayud la Real Casa y Comunidad de los Canónigos del Santo Sepulcro de Jerusalén, pasaron a depender de su patronato y jurisdicción hasta la desamortización de 1837. Tobed tuvo un Comendador residente en el pueblo, que contribuía al sostenimiento del Prior de Calatayud, por ello se le concedió el título de "Villa" en el siglo XV. La Orden tuvo en Tobed su Palacio de verano con iglesia aneja, residencia para descanso y ocio de los canónigos.

             La iglesia de la Virgen o de Nuestra Señora es prototipo de las iglesias-fortaleza  (término acuñado por el profesor Borrás), de estilo mudéjar, que sintetiza elementos musulmanes y cristianos. El profesor Agustín Sanmiguel la imaginó terminada en un precioso dibujo que incluía una torre, proyectada pero no construida, que dejaba a la iglesia más perfecta, si cabe. Su  fama convirtió a Tobed en centro de peregrinaciones e hizo que los reyes de Aragón y Castilla aportaran donativos que demostraban su devoción a la Virgen. Mientras, y ya desde Alfonso I el Batallador, la soldadesca aprovechaba los descansos entre batallas para mitigar fatigas de escaramuzas por estos parajes.

              Un gran regalo que nunca vi en mi infancia fue el cuadro que ofreció el rey Martín I el Humano en 1400 de una imagen de la Virgen junto a unos cabellos de María, hoy extraviados, para el que la misma Virgen serviría de modelo al evangelista san Lucas. Según el padre Faci porque

              "allí tenían nuestros reyes algunos días de recreación y deporte, para remitir algo el peso de las guerras continuas que por Dios y por la patria sufrieron".

             Se trata de una tabla pintada al estilo italo-bizantino de influencia sienesa del siglo XIV, siguiendo la técnica de los iconos, en que la Virgen aparece con rostro sereno y dulce. Impactan el color rosa fuerte del manto, el fondo dorado, la decoración de ramos de los nimbos, pero llaman especialmente la atención las manos de la Virgen: observe el espectador y sienta...



 
                La pintura se guarda en un "templete" de plata labrada en 1517 en Calatayud con hojas-puertas para cerrar la tabla que queda cobijada a modo de retablo, un "palacio del cielo", para Fabián Mañas . En 2004 se construyó en el antiguo claustro un espacio museístico para custodiar con las máximas condiciones de seguridad esta importante pieza, lo que garantiza que la obra pueda seguir depositada en el pueblo para que sea posible su exposición y visita.

               Siempre oí hablar a mi padre  de la que se considera como  mejor obra que representa a la Virgen de Tobed: la tabla italo-gótica "La Virgen de la leche", "madona-lactans" atribuida al taller catalán de Jaume Serra, pintura del siglo XIV que  se encuentra hoy en el Museo del Prado tras la donación de Várez Fisa. Es una virgen de la humildad con manto de color azul ultramar con fondo de oro, rodeada de cuatro ángeles. La Virgen aparece reclinada sosteniendo al Niño con sus dedos en cálido gesto y amamantándolo. Esta tabla constituía el panel central del retablo del altar mayor de la iglesia. A su lado, se situarían otras laterales conservadas fragmentadas en el Prado, el museo Diocesano de Barcelona, el Maricel de Sitges y en colección particular. La que representa a San Juan Bautista de Sitges se ha descubierto recientemente como una pintura repintada en un 90%, dado su estado ruinoso anterior.






              Carmen Lacarra y Pilar Silva han estudiado con detalle la pintura y destacan  que se trata de algo mucho más trascendente que una pintura religiosa, pues es un retrato de Corte de la familia real castellana. A los pies de la Virgen aparecen Enrique de Trastámara, posteriormente Enrique II de Castilla, su mujer y dos hijos, todos ellos coronados. Es un documento histórico de un momento clave de la historia de las Coronas de Castilla y Aragón, enfrentadas en la guerra de "los dos Pedros" (1356-65) y después en una guerra civil (1366-69) entre Enrique y Pedro I el Cruel. El rey aragonés apoyó a Enrique de Trastámara, hermano bastardo del rey castellano, pretendiente a su corona, un conflicto que afectó a la frontera entre los dos reinos, con especial virulencia en el Jiloca, Calatayud y Moncayo.

             Pilar Silva considera que por estilo la pintura no podría datarse después de 1365, pero Enrique es coronado rey con posterioridad a 1369, tras el asesinato de su hermano en Montiel. Enrique y su mujer costearon los tres retablos de la iglesia. Por esos años poseían territorios próximos a Tobed, entre ellos Épila donde nació en 1358 su hijo Juan y, fieles a  la veneradísima virgen de Tobed, decidieron honrarla con la construcción de los retablos a modo de donación por haber sido acogidos en Aragón, más en concreto, en estas tierras, por su relación con los Luna y por tratarse de una tierra fronteriza favorable a sus aspiraciones. Si aparecen coronados es para manifestar su deseo y aspiración a una corona que consideraban legítima, con el apoyo del rey de Aragón.

               El Museo del Prado carecía de una colección de pintura como la donada por Várez Fisa: son piezas de "Alta Época" que suplen graves carencias  en arte medieval y renacentista, una de las mejores colecciones de arte del mundo, valorada por algunos en 15 millones de euros. El ayuntamiento de Tobed reclamó para su iglesia la devolución de la tabla, pero siempre será un sueño largo en el tiempo, como deben de ser los grandes sueños. Los expertos hablan de mejores medidas de seguridad en el Prado y de mayor número de visitantes, que asisten con emoción en silencio eclesial a la contemplación de la Virgen de Tobed como centro de la colección, una de las mejores joyas de las que presume en este momento el museo. Aún reconociendo lo razonable de estos argumentos, estoy con la opinión de Carlos Sauras que comenta que "gran parte de nuestro arte ha acabado emigrado y alejado de sus orígenes, de los lugares para los que se creó" y que "a los aragoneses nos queda esperar que  pueda verse en manos de sus legítimos propietarios". En concreto, en Tobed se enajenaron muchos objetos de su patrimonio artístico con razones más o menos espurias.







                     Tobed es un lugar festivo, un bálsamo para el alma, un privilegio de la vida en que se solazaron y descansaron santos, guerreros, religiosos, razas diferentes y reyes que dejaron una subyugante huella patrimonial con la que todos deberíamos recrearnos.
 


        * Para una exhaustiva información sobre la iglesia mudéjar de Santa María de Tobed, puede consultarse la web de El viaje de la libélula (www.elviajedelalibelula.com)




            La música de hoy va dedicada a mi padre. El "tenor spinto" Beniamino Gigli al que vio actuar en el Teatro Principal de Zaragoza, canta así...