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martes, 30 de abril de 2019

AMPARO AMORÓS





                                                    SONETO PARA ACABAR UN AMOR




                                                  He quemado el pañuelo por si acaso
                                                   se pudiera tejer de nuevo el lino.
                                                  Le sobra la mitad del vaso al vino
                                                  y más de media noche al cielo raso.

                                                    Tenía que pasar esto. Y el caso
                                                es que estando yo siempre de camino
                                                  y estando tú parada, no te vi y no
                                                me ha cogido el amor nunca de paso.

                                                 Puede que salga a relucir la historia
                                               porque nunca se acaba lo que se acaba,
                                                 que se queda a vivir en la memoria.

                                                Echa a andar el amor que te he tenido
                                                 y se va no sé dónde. Donde estaba.
                                                 De donde no debiera haber salido.


                       
                                                                            Manuel Alcántara






                                            Algo más que lluvia fina cayó el Jueves Santo en Málaga para disgusto de los hombres de trono que observaban continuamente el horizonte por el que circulaban incesantemente oscuros nubarrones amenazadores. Tanto inusual aguacero borró la ilusión de los que conocemos bien la exquisitez, elegancia y finura de los desfiles procesionales malagueños. Quizá lloraban por la muerte el día anterior de uno de los grandes andaluces, el escritor, periodista, y uno de los más significativos poetas de la llamada generación de los 50, Manuel Alcántara, quien recibió todos los galardones periodísticos y fue Premio Nacional de Literatura por su poemario Ciudad de entonces, dedicado a su querida Málaga, de donde era Hijo Predilecto y Doctor Honoris Causa por su Universidad. Premio de la Letras Andaluzas y Medalla de Oro de Andalucía, este año fue proclamado Autor del Año en Andalucía. Decía: "No he querido ser más que dos cosas en mi vida, poeta y articulista. A todo el que me dice que no tiene tiempo para leer le digo que podía ahorrarse la confidencia: se le nota". Y efectivamente, en palabras de su amigo José Luis Garci, su prosa nace atravesada por una flecha de poesía. Durante los últimos años, escribía su columna diaria para el diario "Sur" desde el azul picassiano del Rincón de la Victoria, abrazado al mar, a la playa y a la belleza: "El mar me produce un estado de hipnosis. Es enigmático, siempre distinto e igual. La comprobación de la radical soledad del ser humano. Fulge el sol vitalicio de Málaga, miro el mar. El mar. Con mirar el mar y leer las Coplas de Jorge Manrique ya se sabe todo lo que hay que saber". Con sus casi treinta mil artículos, es considerado uno de los mejores referentes del oficio periodístico y se le ha calificado como un "boxeador del lenguaje" (deporte que conocía muy bien desde niño) por el virtuosismo y contundencia de sus columnas. Manuel Vicent declara que aplicó la técnica del combate a su prosa: chispeante, sorprendente, imprevista... Por eso una de las claves de sus crónicas es el detalle, el trazo impresionista, rápido, sucesivo, la exacta designación léxica, siempre con una mirada cervantina humana y escéptica.










                           Los textos del malagueño son literatura, ni más ni menos, una literatura personalísima que combinaba distintos géneros y mostraban una preocupación por el cuidado del lenguaje: enseño a andar palabras. Su obra poética muestra los rasgos de identidad que lo caracterizan: el conocimiento, la comunicación y la temporalidad, que lo sitúan en la denominada generación de los niños de la guerra, junto a otros grandes como Ángel González, Gil de Biedma, Carlos Barral, J.A. Goytisolo, María Victoria Atencia, Claudio Rodríguez y José Ángel Valente. Ecos del último autor y también aires mediterráneos se cuelan en los poemas de la valenciana Amparo Amorós, una de las autoras más destacadas de la lírica española de los últimos años, mi amiga de madrileños tiempos inigualables. Tras la concesión del Accésit al Premio Adonais de Poesía (por Ludia), ofreció unas declaraciones a "Heraldo de Aragón" en las que me explicaba su concepto de poesía: La poesía son unas pocas palabras que salvan de morir, así como su cercanía a Eliot, Rilke, Hölderlin y Saint John Perse. Amparo es una poeta excepcional que representa la depuración de la experiencia, de la belleza que se transforma en música o en silencio, en fogonazo estético. Evita el barroquismo sin renunciar al juego preciso y sereno, de delicada sutileza y refrescante hondura, así como de una transparencia perturbadora. El sentimiento de la naturaleza es una de las notas que definen el poemario Árboles en la música, unos "árboles" que crecen en "un paisaje interior que canta". Así, los larguísimos poemas nacieron en el ámbito acogedor de unas composiciones musicales. Se proponía una poesía del pensamiento poético, de ideas poéticas, una música de las ideas. Amparo Amorós es poeta de contención expresiva, de palabra precisa, de exactitud persistente, de inteligencia intensa.










                                La rebelde locura de apostar por un sueño



                                 Reclamas horizonte que te finja futuro
                                 y espacio en lejanías presto a tus esperanzas,
                                 necesitas zozobra para sentirte seguro
                                 y fundo en tempestades naufragios y bonanzas.
                                 Amor, si en la quimera de un imposible agotas
                                 el vuelo condenado de tus dos alas rotas
                                 conserva esa inocencia que una utopía alienta,
                                 no creas que es inútil lo absurdo de tu empeño,
                                 porque esa terquedad de la vida alimenta
                                 la rebelde locura de apostar por un sueño.











                        Amparo Amorós escribe además ensayo, artículos periodísticos y de crítica literaria en revistas y otros soportes culturales. Ella los denomina textos "segundos" o "marginales", son el contrapunto que necesita a su labor poética. Su ensayo sobre el pensamiento de María Zambrano y sus estudios sobre José Ángel Valente o Jaime Siles la colocan en un lugar preferencial entre los autores que reflejan la denominada poética del silencio, corriente poética de importante calado en escritoras de los últimos años que no había sido suficientemente reconocida hasta la celebración hace unos meses en Córdoba de un Seminario centrado en las poetas del último cambio de siglo, cuyos antecedentes se remontan a las místicas de los Siglos de Oro y que contó con especialistas como Ángeles Hermosilla y María Rosal junto a algunas representantes de esta modalidad lírica como Ada Salas, María José Flores y por supuesto, Amparo Amorós, sin olvidar a las más jóvenes y prometedoras como Yolanda Ortiz o Ana Patricia Moya, entre otras. Así, esta tendencia cultivada por Ungaretti, Robayna o Valente se ha estudiado en su totalidad, es decir, analizando de forma igualitaria las aportaciones femeninas llenando los vacíos que existían. Algunas poetas han explorado un camino distinto de expresión del yo, a través del silencio, noción que se ha asociado a un discurso patriarcal, pero también a la mística y a una escritura basada en un pensamiento de oposición entre lo masculino y lo femenino que está más presente en las mujeres, poniendo el acento en el significado de lo secreto y que pretende subvertir el sistema patriarcal imperante. Por eso el lenguaje callado no significa dejar de hablar, sino crear un discurso que cuestione el orden vigente.











                           Quevediana es un poemario presidido por un tono lúdico con grandes dosis de humor. Intimista, reflexiva, atenta a la dimensión lírica que poseen los hechos cotidianos, Amparo Amorós se esfuerza en hallar un cauce expresivo adecuado para reproducir la lucha entre razón y sentimiento. En Las moradas, obra de madurez intelectual y dominio de las técnicas versificadoras, recupera el soneto despojándolo de la carga satírico-festiva de los quevedianos, sometiéndolos a constantes experimentaciones formales. Homenajea a Santa Teresa de Jesús, cuya fortaleza encastillada en su morada interior supone un precedente del refugio de Amparo en su morada de papel y tinta, y una tensión incesante entre el esfuerzo por despegarse de lo material y la necesidad de la cotidianidad, entre pasión e inteligencia. En este poemario también traduce sonetos célebres de la literatura universal, de Baudelaire o Nerval, por ejemplo. De sus textos quevedianos, segundos o marginales, quizá menores en su exigencia de perfección misteriosa y sutil para la autora, recojo dos sonetos que no por evidente levedad y alcance, constatan la minuciosa arquitectura que sustenta el edificio del esperpento abundante:











                                Soneto burlesco a un bocazas cobarde


                                     Pecas de lameculos genuflexo,
                                     de sórdido y baboso halagador,
                                     de eunuco en el cerebro y en el sexo,
                                     de perro ladrador no mordedor,

                                     como el enano de la venta tienes
                                     tronante voz de bravucón airado
                                     mas, llegado el momento, no te atreves
                                     a dar la cara en caso tan menguado.

                                     Más bien risa me das cuando alardeas
                                     de comemundos y quebrantahuesos
                                     siempre que no hay peligro ni ventaja
                                     porque, entre tanto, los calzones meas
                                     temiendo garrotazos tentetiesos
                                     del gran señor Poder que te rebaja.




                            Soneto a un mancebo masoca amigo de la marcha
                                       comunicándole que causa baja



                                      Lo malo de ti, amor, es que te gusta
                                      la soga corta y el dogal al cuello,
                                      sufrir con los vergazos de la fusta
                                      y que al follar te corten el resuello.

                                      Lo peor es que gozas discutiendo,
                                      encuentras el reñir apasionante,
                                      y, según las señales que estoy viendo,
                                      no te dejas respiro ni un instante.

                                      Si la gresca continua te da morbo,
                                      un destemplado grito te estimula,
                                      el acíbar lo apuras en un sorbo
                                      y te excita vivir como una mula,
                                      para novios no cuentes más conmigo:
                                      tú serás siempre mi mejor amigo.




                        Para Amparo Amorós, la poesía es un acto de afirmación y de libertad, un acto para el que no sólo hacen falta talento, creatividad e independencia, sino también riesgo, y el escepticismo y desdén necesarios para seguir escribiendo. Amparo me enseñó como nadie las moradas del alma y también a bucear hacia atrás, a encontrar la luz persistente de una tierra de promisión que no se extingue: la mía.
                               





                                                                Mayte Martín. Por la mar chica del puerto
                                                                                     (Poema de Manuel Alcántara)





             

viernes, 22 de marzo de 2019

De prosas y poemas en "LA VERDAD"







                                                                                                                    A Gonzalo Borrás





                                                                                           Dicen que es melancolía
                                                                                           y no es sino desengaño.


                                                                                                         Góngora




                                 
                                               Y con esto, regresaron para subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:
                                               Tapaos, Sancho, y subid, que quien envía de tan lejanas tierras por nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar engañando a quien se fía de él. Y aunque todo sucediese al revés de lo que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá oscurecer ninguna malicia.


                                                                                              Don Quijote, parte II, cap. XLI






                        Recientemente ha sido publicada la obra Los Dichos pícaros de Marcial, en ediciones Aguamarina del grupo Anaya. La presentación no puede ser más acertada: un librito breve -como los propios dichos-, de fácil manejo y cuidadas ilustraciones, que nos vuelve a acercar al escritor bilbilitano nacido en el año 40 después de Cristo, Marco Valerio Marcial. Estos Dichos -epigramas- constituyen tal vez la descripción más vívida y detallada de los usos y costumbres de una sociedad poderosa, culta, divertida y decadente, como era Roma en el primer siglo de nuestra era. La brevedad conceptual que propugnaba otro escritor de la tierra, Baltasar Gracián, se halla presente en estas rotundas frases, perfectamente adecuadas para nuestro tiempo pues son de una indudable modernidad. La variedad temática y formal de los epigramas es absoluta: desde el sencillo y gracioso hasta el más erótico, desde el pareado más simple al verso más elaborado, la lectura de los Dichos pícaros, junto con la belleza de los frescos representados, suponen para el lector el disfrute de un tiempo en el que la sonrisa está asegurada, una sabia mezcla de la que deben abstenerse aquellos que, rasgándose las vestiduras ante ciertas expresiones, no comprenden que sólo los mejores poetas han transformado el lenguaje más coloquial en el más poético y clásico.










                              Al mismo tiempo que la anterior y sin desmerecimiento alguno, se da la grata circunstancia de la aparición de la novela A la sombra de las sabinas, de Javier Coromina, asímismo autor bilbilitano aunque de nuestro siglo, que reside actualmente en Palma de Mallorca, perfecto acompañante del epigramático Marcial. Una novela que recibió el premio "Ciudad de Barbastro" en 1989, lo que avala su calidad y abunda en la cantidad de premios importantes recibidos por este escritor, entre ellos, el "Café Gijón" de novela corta. A la sombra de las sabinas supone el número 16 de la colección "Papeles literarios" de "Los libros de la Frontera". Es una novela intimista que narra la historia de un retorno y de un desamor: una chica universitaria que trabaja en Madrid llega a Ibiza en el verano del 76 a pasar unos días de vacaciones. En la isla se encuentra con un mundo muy distinto al que está acostumbrada a vivir. Se siente fascinada y conoce a un joven con el que mantiene una fuerte relación amorosa. A pesar de las diferencias culturales y de educación, no puede pasar sin él, hasta que la relación se va deteriorando. Desencanto y amor frustrado son, pues, las claves de la historia. Un retorno con ciertos aires de esperanza se convertirá en una huida casi desesperada de esa fuerte atracción "a la sombra de las sabinas". Como diría Marcial: Se mató para huir de un enemigo./ ¿No es locura morir por no morir?. El lenguaje directo, los breves diálogos, la utilización poco frecuente del "tú narrativo" mezclado con otros puntos de vista formales, se aúnan para atrapar desde el principio al lector que no puede dejar la novela hasta que la finaliza. Dos obras de lectura obligada: la de un clásico universal y la de un interesante escritor que promete, dos bilbilitanos de ayer y de hoy para los bilbilitanos de siempre.







                                                                                Fernando Martín Pescador




                         El inconformismo, junto con una buena dosis de rebeldía y el afán de búsqueda son factores determinantes de la obra de Fernando Martín Pescador, autor de Mi feo mundo que a la postre no es tan feo como afirma el título de esta publicación número 13 de la colección "Drume Negrita" de Ediciones Braulio Casares. Prueba de ello es que él mismo lamenta , de entrada, la pérdida de su mundo con estas palabras reprobatorias: Mi mundo era feo y tú lo estropeaste. La entrega comprende cinco relatos breves: "Fish iz pez", "Mi feo mundo", "Noche y la ciudad", Pez soy, boys" y "La república de Ubú". El estilo literario no está exento en algunos casos de poesía; sencillo y desenfadado lleva en sí el aire fresco de la juventud. La influencia cinematográfica convierte en secuencias muchas partes de la obra e incluso cada uno de los relatos en su totalidad, aunque realmente, tampoco se trata de relatos propiamente dichos, sino de diferentes estados de ánimo transplantados al terreno literario, un ejercicio metafísico que incide en sus diversas variantes, fundiendo realidad y ficción y alcanzando en algunos casos, el surrealismo. Martín Pescador intenta por todos los medios evadirse de la rutina, de los caminos trillados, y apuesta por unos planteamientos literarios originales o inéditos, a poder ser. Todo ello entraña un riesgo que supera con acierto, aunque la prueba de fuego se quede para más adelante con obras de mayor dimensión y contenido.



                        La intención de cada relato queda expresada, al menos parcialmente, en sus respectivas dedicatorias: "Plantamos un sauce y nos salió llorón" para "Fish iz pez", la ya citada "Mi mundo era feo y me lo estropeaste" para el relato que da el título al libro, "Cuando se me ocurra algo bueno te contaré lo que realmente sucedió" para "Noche y la ciudad", "Te quiero pero ya se me pasará" para "Pez soy, boys" y "Soy la primera pieza que perdiste del puzzle" para "La república de Ubú". Las ilustraciones son de Emilio Amella y se caracterizan por sus trazos sueltos y sugerentes que sintonizan perfectamente con el estilo literario de Fernando Martín Pescador y ponen acertada rúbrica a cada uno de los relatos. Mi feo mundo es una publicación que nos sitúa desde el principio donde pretende el autor, para envolvernos en su atmósfera particular, en su propio mundo que aún siendo feo contiene cosas hermosas y por eso se lamenta de que se lo estropeen. La lectura de los cinco relatos -¿lo son realmente?- nos lleva efectivamente al mundo que se propone y nos propone el escritor para hacernos partícipes de su experiencia vital en la tierra y en el más allá, en un viaje a la Luna. Merece la pena acompañarle, al tiempo que silbamos una canción, la misma que va silbando él por su mundo particular.



   





                             En estos tiempos de poesía esteticista, "light", ligera, cultista y ocultista que Villena denomina piadosamente "clásica" (y esto del clasicismo quiere decir que ya no se habla del Yo, que el Yo está mal visto), es entonces cuando nos encontramos con los poemarios de Carlos Sierra que al unirse en un todo forman como un conjunto de cuentos breves que se acompañan elaborando un bloque único e indisoluble. El autor ha aceptado un riesgo en la conformación de estos poemas, pero aceptar riesgos es la obligación de todo creador que se pretenda novedoso. Y el salto de Carlos Sierra aunque se haga desde el desconocimiento del trapecio puede decirse que se hace sin red, asumiendo la peligrosidad que encierra una experiencia escritural. Sus diferencias temáticas son notables, pero las características de su expresión mantienen un estilo similar, de búsqueda de la hondura psicológica, de reflexión sobre las motivaciones humanas y de la naturaleza de los comportamientos afectivos y desafectivos. Son poemas que definen los sentimientos amorosos y desamorosos con una sensación de asombro y honda soledad. El protagonismo de lo femenino se configura como el sistema motriz de estas poesías referidas en su mayoría a mujeres anónimas, de su propio mundo y de su propia intimidad, donde parte el poeta de acontecimientos verosímiles que se van envolviendo en una vaguedad cada vez más inasible y nos deja entrever, como desde las rendijas cada vez más reducidas de una persiana, su luz ensombrecida.



                                  Muchos son los hilos que maneja el poeta en un inmenso tejido de luz y soledades, mucho lo que afecta al que nada humano es ajeno, y al que por supuesto importa el fenómeno creador. Sus versos nos trasladan a conceptos místicos como los de un Ibn Arabí, en que la poesía actúa con transparencia y a merced de una claridad desde donde "lo mostrado es necesariamente perturbador". Para conseguir estos efectos, los contrastes cromáticos y la disolución misma de las palabras en una niebla imperceptible de una movilidad acuática, se van tejiendo de sugerencias en entredicho, de averiguaciones cuya improbabilidad o credibilidad nada quitan ni ponen a la belleza conseguida mediante su difuminado, su opacidad boscosa. A la fugacidad del verso libre acompañan algunos poemas en los que se percibe una severa maestría conceptista. Podríamos situar este modo de decir poético en la corriente de la llamada "poesía de la experiencia" de tanto arraigo y ya larga tradición en nuestra poesía de los últimos decenios. Creo que es el caso de Carlos Sierra, pues ocurre que los materiales de sus construccciones poéticas son vivencias y situaciones cotidianas, al menos pretendidamente "personales" y vividas, de algún modo "experienciales" -término que no es más que un tópico para la "comunicación" (o sea, para "entenderse" y no pensar), ya que a ningún poeta por propia contradicción, se le ocurriría dar fe de eso de la "experiencia" como algo que tuviera que ver con la verdad o algo así-.



                              Porque lo esencial de estos poemarios es la irradiación de los placeres, convertida en glorificación de lo vital y la defensa de las pasiones como auténtico móvil conductor de los comportamientos humanos, que vibran en ellos muy por encima de la plasticidad de las palabras o de los arquetipos literarios que les sirven de base. Se trata de un bello canto a la incontinencia, con una fiebre que recupera las razones del corazón frente a las sinrazones de la inteligencia. Es una poesía que llega hasta nosotros con ese "espejismo con el sol al revés" que retrotrae memorias agostadas, tal vez adormecidas pero nunca muertas sino llenas de luz y transparencia. El empeño del poeta es conseguir la reducción del artificio a los mínimos imprescindibles para que por allí circule libremente el aire, no colapsado y enrarecido por los muros de palabras que han empedrado tantos edificios poéticos. Y se atiene para ello a contarnos relámpagos inmediatos, instantáneas fugacísimas de su propia vida. Poemas de horas, poemas de otoños y pesadumbres, estas obras producen, sin embargo, una alegría insólita, el descubrimiento de un poeta que maneja una de las voces más conmovedoras de la poesía del momento.



   




             

                     

                                                                        Luis Landero, tercero por la izquierda





                             José Verón Gormaz ha inaugurado la colección de narrativa "Forum Tabulae" de la editorial bilbilitana López Alcoitia con Camino de sombras y otros relatos impíos -diecinueve en total-, donde vuelve a poner de manifiesto sus condiciones de narrador, además de poeta, porque la poesía subyace en cada frase mediante la fuerza descriptiva y la acertada utilización de las metáforas. Algunos de estos "relatos impíos" aparecieron ya publicados en "Heraldo de Aragón", en tanto que otros son rigurosamente inéditos. Su autor, al abordar los distintos temas, amalgama realidad y fantasía diestramente y en ocasiones da entrada al más puro surrealismo. Junto al relato propiamente dicho, aparece la reflexión íntima, el soliloquio, con frecuentes incursiones en el mundo de lo onírico. El resultado en algunos casos es necesariamente metafísico, ya que obliga al lector a meditar y profundizar sobre el tema desarrollado. Los protagonistas de Verón Gormaz suelen ser, por lo general, gentes condenadas a seguir un camino que no lleva a sitio alguno, camino de ninguna parte -de sombra-, con lo que se acentúa su patético vacío. Es como una permanente búsqueda de lo imposible.








                        Para ello se ha logrado un ritmo narrativo adecuado, capaz de resaltar cada secuencia y de hacer detener la atención del lector en las claves fundamentales de cada relato. El estilo ha sido cuidado al máximo para que no se produzcan disonancias. Alternan los relatos del más variado signo, aunque de todos ellos se escape el grito común e inútil que trata de iluminar el camino de sombra. La extensión varía en relación con cada planteamiento personal y, así se va desde el relato breve de sólo dos páginas a los que tienen estructuras de novela corta y se presentan divididos por capítulos, como el titulado "La ciencia del ahorcado". Con "Laura y los hombres" sucede algo parecido aunque en menor medida. El dramatismo literario, presente en la práctica totalidad del libro, queda suavizado por acertados toques de poesía y de fotografía, diría yo, así como por las situaciones surrealistas que dominan buena parte de la narración. Preocupa en el fondo el destino del hombre, del ser humano, qué hace, a dónde va y para qué. Ante la ausencia de salidas, se recrea en el juego de los espejos que multiplican su imagen y dan profundidad al espacio vital. Es algo que queda patente, por ejemplo, en "La desaparición de Elías", escapado de la realidad por el interior de aquel espejo, y en "Reflejos", el relato que pone punto final al libro. La huida de la realidad es una constante de estos relatos impíos de José Verón Gormaz, con los que afianza su firme andadura de narrador, ya iniciada con La muerte sobre Armantes.


                      Todo un deleite para la mente.



                                               
                                                                                     Fallaste corazón



                            

martes, 5 de junio de 2018

"RONDEÑA..."




                                                        "Mas con la lengua muerta y fría en la boca
                                                          pienso mover la voz a ti debida..."

                                                                                                    (Garcilaso de la Vega)


                                                                                                         ... ¡no es no!





                             
                                              Si no estoy junto al mar, dos de mis lugares andaluces preferidos para vivir intensamente son Córdoba y Ronda, esos espacios de resonancias abisales eternas que no temen a la belleza, donde estremece la hondura a la que aspiran los sueños, y a los que Federico García Lorca dedicó versos sutiles de rotunda sensibilidad. El diario malagueño "El Sur" se ha hecho eco del hallazgo por parte de Antonio Garrido Domínguez del poema que, con el título de "Canción del bandido", apareció en el periódico de Ronda "La Razón" en 1935, dedicado a esta localidad y firmado por García Lorca. Este poema nunca fue recogido en ninguna antología del escritor ni volvió a ser publicado en soporte alguno, por lo que se considera inédito. Qué mejor revelación que la de la "Canción del bandido" para celebrar el 120 aniversario del nacimiento de García Lorca, la conmemoración en Granada de su año y la petición del Premio Nobel a título póstumo a su figura. Dos documentales recientes abordan igualmente sus viajes a Nueva York, Buenos Aires y Montevideo.




                            La similitud de esta "rondeña" con la célebre "Canción del jinete" de la obra recopilatoria Canciones, que en esta ocasión interpela a Córdoba, es prácticamente absoluta. Si nos fijamos, el poeta apenas sustituye el nombre de la ciudad, la singularidad del héroe que intuye su muerte antes de llegar al refugio deseado, y ese femenino inicial y final que en el poema dedicado a Ronda suena a música y en el modificado personifica a una ciudad puro aroma.









                                

   
                                 Rondeña,
                                 lejana y sola.
                                 Jaca negra, luna grande,
                                 y aceitunas en mi alforja.
                                 Aunque sepa los caminos
                                 yo nunca llegaré a Ronda.

                                 Por el llano, por el viento,
                                 jaca negra, luna roja.
                                 La muerte me está mirando
                                 desde los tajos de Ronda.

                                 !Ay, qué camino tan largo!
                                 !Ay, mi jaca valerosa!
                                 !Ay, que la muerte me espera
                                 antes de llegar a Ronda!

                                 Rondeña,
                                 lejana y sola.




                            ¿Por qué realizaría García Lorca esos cambios? Las composiciones son idénticas en su parte descriptiva, excepto en el lógico cambio de "tajos" por "torres" como elementos identificadores de las dos ciudades que al mismo tiempo las diferencian significativamente, de tal forma que en el primer caso, tal vez una atmósfera como la que caracteriza a Ronda por su geografía correspondería más adecuadamente a las correrías de un bandolero o "bandido" que se dirige a un lugar pequeño y aislado o quién sabe, a la búsqueda de una mujer que aún no se vislumbra (esa polisémica rondeña), mientras que la silueta de las edificaciones elevadas cordobesas, lo más visible de una ciudad distante y en soledad, se ajustaría al jinete anónimo que también presiente la muerte. La variación en el estribillo ratificaría la renovación de sentido. El profesor Garrido atribuye una mayor antigüedad al poema de Ronda y, de ese modo, habría servido de punto de partida para la creación o "arreglo" posterior, es decir, para la recreación del que se haría famoso, otorgando el protagonismo a la ciudad de la mezquita. La mayor celebridad de la ciudad de los califas, en un momento puntual, pudo sugerirle a García Lorca un traslado de escenario, que ha resultado con el tiempo uno de los grandes éxitos de su cancionero andaluz, aunque quizá esa lejanía tenga más sentido aplicada a Ronda y sus tierras, atávicamente relegadas a un olvido cada vez menor, frente a la mejor situada y poblada Córdoba. Así, el personaje más expuesto a un fatal encuentro con su muerte, el bandido, cabalgaría por abruptos y tenebrosos terrenos perseguido por la justicia, mientras que un jinete cualquiera podría hacerlo por los más concurridos caminos que condujeran a Córdoba, aunque siempre con la sospecha de un final cercano...







                                                                                              Ronda



                              Córdoba.
                              Lejana y sola.

                              Jaca negra, luna grande,
                              y aceitunas en mi alforja.
                              Aunque sepa los caminos
                              yo nunca llegaré a Córdoba.

                              Por el llano, por el viento,
                              jaca negra, luna roja.
                              La muerte me está mirando
                              desde las torres de Córdoba.

                              !Ay qué camino tan largo!
                              !Ay mi jaca valerosa!
                              !Ay que la muerte me espera,
                              antes de llegar a Córdoba!

                              Córdoba.
                              Lejana y sola.

     






                                                                                             Córdoba

                             


                               En cualquier caso, ahí queda para la historia literaria de los serranos suelos la musicalidad y el sentimiento -estrictamente lorquianos- de unos versos escuetos plenos de emotividad, de elipsis expresivas, de métrica coplera popular y perfecta arquitectura, y que, además, me invitan a recordar la intensa amistad que García Lorca mantuvo con el profesor y político socialista rondeño Fernando de los Ríos, quien le dio clase en Granada. La misma canción en su doble vertiente muestra a un poeta que sabe mirar y capturar lo esencial de un estado de ánimo, atrapando una atmósfera en imágenes que la humanizan. Así se revela la fuerza y a la vez una personal delicadeza ante un momento de espanto que induce al lector a vivir, a sentir, como si estuviera en el cuadro, la experiencia del crucial instante detenido entre soledades rondeñas y cordobesas. Y también el nuevo descubrimiento poético nos ayuda a seguir complementando la historia literaria de Federico García Lorca, en continua e incesante ampliación, una composición que insertaba en la página 4 de su número 277 de 8 de julio de 1935 el periódico local rondeño "La Razón", un inédito perdido, que no aparece en ninguna de las antologías dedicadas a recopilar en su integridad la obra del granadino.
           


                                                                              Ojalá que te vaya bonito







           

jueves, 22 de febrero de 2018

WENCESLAO







                                                                                A Mª Jesús Gaceo, por su generosidad




                                     La ciudad de Calatayud homenajeó el pasado mes de diciembre en un acto organizado por su Ayuntamiento, al escritor y director del hospital "Ernest Lluch", fallecido recientemente, Raúl Wenceslao Fernández Moros. El médico bilbilitano fue recordado tanto por su trayectoria como poeta como por su labor profesional, con emocionadas palabras de familiares, compañeros escritores, amigos y autoridades. Ya días antes, el Cronista Oficial de Calatayud, José Verón Gormaz, escribía en las páginas de "Heraldo de Aragón" que estaba siempre dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaban, tanto con sus colaboraciones poéticas en libros de asociaciones benefactoras como por medio de acciones personales en organizaciones "no gubernamentales", y que no era ningún presuntuoso que utilizara la obra poética como elemento publicitario. Para este acto, al que fui invitada a participar, elaboré el escrito que expongo nuevamente a continuación, con el fin de que sus poemas se divulguen lo más posible, como corresponde a un premio de la categoría del Santa Isabel de Portugal de la Institución Fernando el Católico de la D.P.Z. y para seguir honrando la memoria de un amigo inigualable...:



     




                             "No quiero dejar de contribuir con mis palabras al recuerdo de Raúl Wenceslao Fernández Moros como el gran poeta que fue, aunque no nos haya dejado muchas obras publicadas -que no por cantidad un escritor único adquiere tal categoría. Conocí a Raúl cuando yo trabajaba como profesora de Lengua y Literatura en el Instituto de Bachillerato, entonces denominado "Miguel Primo de Rivera". Un buen día se presentó ante mí con sus poemas bajo el brazo -con el entusiasmo que lo caracterizaba-, requiriendo una opinión acerca de ellos, y si era favorable, la posibilidad de participar en la presentación al público de lo que era su primer poemario: La pasión cercenada. Me comprometí a hacerlo, aunque desconocía su identidad, y pensé que si se trataba de unos primeros poemas, probablemente pecarían de falta de madurez estética, a pesar de que, según me contó, escribía desde niño. No tuve ninguna duda, tras la primera lectura, de que estaba ante una poesía diferente: inicial, sí, pero que podría constituir el germen de uno de los poetas del momento con voz propia.



             





                          El 25 de noviembre de 1994, en la sede de la UNED, esas poesías eran recitadas por Luis Andrés y Manolita Gracia, con la compañía a la guitarra de Amor Muñoz Gutiérrez, la presencia de un numeroso público que permaneció absorto en un clima mágico, y la de un autor emocionado y nervioso, como el niño que enseña a todos sus zapatos nuevos: ¿te gustan?... No me había equivocado: a los tres años, en 1997, recibía el Premio Isabel de Portugal de Poesía por el poemario Cábala de la memoria, obteniendo, además, una Mención del Jurado otorgada a Maríe, extenso poema que debería figurar entre los mejores de la literatura española contemporánea en cualquier antología nacional (con hermosos versos -como comenta apropiadamente José Verón- que tanto se aproximan a la poética de Yves Bonnefoy). Aunque Raúl W. Fernández Moros creía que el primer libro tal vez no había llegado lo suficiente al lector, la opinión de sus amigos poetas, así como la mía, según me comentó, lo animaron a continuar en el esfuerzo de robar tiempo al tiempo para seguir expresando esa "misteriosa afición de escribir versos que luego nadie lee", como alguna vez se quejaba, aunque el ejercicio de la actividad poética lo revitalizaba y contrapesaba sus diarios desvelos profesionales. La poesía fue para Raúl el refugio de sus inquietudes más íntimas, la afirmación de su existir, porque desde el principio, no fue el de la publicación su afán inmediato, sino la satisfacción personal que encontraba escribiendo lo que lo movió al acto poético.



     




                             Recuerdo que escribí unos artículos en el periódico "La Verdad" y en la revista "Turia" sobre La pasión cercenada, en los que comentaba cómo su poesía reflejaba la cotidianeidad más honda de la existencia, llena de presencias y ausencias, de ilusión y soledad, de las pasiones de la vida, unas veces alejadas y, otras, salvadas, sobre todo por el poder de la palabra poética y el verso (permanezco/adherido a la palabra,-escribe), capaces de conseguir el regreso al recuerdo o a la infancia como señales de esperanza, en definitiva, de su gran amor por la vida, que, para mí, fue la esencia de su ser, la del niño Raúl, la del Raúl ético, la del Raúl entregado. Es cierto que este pensamiento poético ha destacado por encima de imágenes y metáforas efectistas: le importaba más la sinceridad del sentimiento, poetizar la vida, o buscar "lo que no dicen las palabras" a veces. Referencias culturales al arte en general, pero, sobre todo, a la música, acompañan a sus versos junto a ecos de la estética de Luis Cernuda o de Gil de Biedma, entre otros, y a ese ritmo solemne, jubiloso, de cadencia clásica, grandiosa, de su última época, o más coloquial de sus comienzos. Así se recordaba el poeta cuando era niño:


                                                            COLEGIAL


                                              El mirar fijo y serio del niño
                                              en su fotografía escolar.

                                             -Inquietas, correteaban
                                             las monjitas al recibir visitas-

                                             Más allá de la pizarra y el clarión:

                                             El aura gris de la miseria,
                                             los cuartos oscuros, amenazantes
                                             desconocidos y nunca visitados,
                                             la ascensión a los pisos superiores,
                                             tras el conocimiento la intrépida aventura
                                             o el final raíz de otros pasillos.

                                             Y el niño de siempre
                                             con su batita de rayas azulinas
                                             abrumado precoz por lo intangible
                                             y el impúdico dialecto de los fuertes.


                                                                                  (de La pasión cercenada)



   
                              Releyendo la amplia correspondencia que mantuve con él, a través de la que pudimos conservar nuestra amistad después de mi traslado a Zaragoza, he alcanzado a comprender cuánto le importaba la poesía en el más amplio sentido del concepto, la génesis de algunos poemas o su preocupación e inquietud por depurarlos lo más posible para que fueran del gusto del lector. Esto es lo que distingue a un poeta mayor: el testimonio de su "ars poética", que lo retrata exactamente. Como si se tratara de la autocrónica literaria del poeta Raúl W. Fernández Moros, reconoce que le gusta más Maríe "con sus imperfecciones y sus posibilidades cercenadas, con ese aire simbólico y misterioso", o solicita un comentario académico "para aliviarme de esa desorientación que todo creador tiene", o se refiere a que su poesía va lenta: "siempre ha sido pausada y muy discontinua, a veces, con escribir cinco o seis poemas que me satisfagan al año me doy por satisfecho...", llegando a señalar con ironía, "a este ritmo quizás consiga el Nobel cuando tenga novecientos cuarenta años"... (cuarenta tenía, entonces, el poeta).



                               Sobre La pasión cercenada afirmaba: La publicación me causó una gran depresión y un curioso vacío creativo de más de un año y medio; quizás fue una locura o una "depresión puerperal" como decimos los médicos, aunque ciertamente ya sabía que ese primer poemario iba a pasar con más pena que gloria, pero es que me dio la impresión que el libro no gustó a nadie, y naturalmente uno tiene sus inseguridades, máxime alejado, como estoy, de cualquier cenáculo o grupo literario en que apoyarme. Definía Maríe como "una suite poética inacabada", y se lamentaba de que quizás estaba escrita desde un punto de vista muy masculino y "no gustaría a las mujeres"... Fue concebido como un poema sinfónico a dos voces y con varios movimientos, "se me estaba apoderando y me estaba volviendo loco, en los pocos momentos que desafortunadamente puedo dedicar a la poesía. Se alejaba de lo que, en mi línea habitual, estaba haciendo, eso me rompía el ritmo constantemente...". El cambio en las bases del Premio Isabel de Portugal lo obligaron a reducir el número de versos y a alargarlos, calmando así su desasosiego creador, al menos momentáneamente. Siempre creyó que Maríe debía haber sido el poema ganador:



                                      III


Oh rotas mañanas de naufragios y avenidas,
petulante gorjear de gorriones pervertidos,
desprevenido cerco de sábanas ajenas,
de memorables hoteles sin memoria.

-Te crecerá, Maríe, la vida con la espuma
coronada de besos y de espigas
anhelada, feliz, definitiva,
te crecerá la noche coronada-

Tendremos emociones prendidas por la mentira inflamada de la música,
un quebrado surco de humedad tras una renovada canción irreverente.

Un breve trecho de abandono.
                                                   Un destello sin tiempo.

-En nuestro lecho profundo, como un inminente recuerdo funerario,
el breve anuncio del claustro original y un rumor de paraísos yermos-

Tendremos, ignorada o sabida, la danza macabra de la vida;

La misteriosa pasión de los reptiles
la dicha de un impúdico silencio
la sensación de una emergencia lúbrica
y un cielo encendido de lacerados senos.



                         Sin embargo, fue Cábala de la memoria el poemario que ganó el Premio y el poeta cuenta que, para conformarlo, seleccionó un conjunto de poemas que mantenían una coherencia temática formal, lo que hizo aumentar la intensidad poética, valorándolo así el jurado como el mejor. Raúl se mostró preocupado por las circunstancias de la publicación de los dos poemarios en uno, insistiendo en lo que suponía para él la novedad en la extensión de los poemas. Con su pasión habitual, siempre me animó a "disfrutar de algún verso afortunado si lo hubiere". Sólo los verdaderos artistas se muestran con modestia semejante. Y con toda mi emoción releo: este pequeño éxito literario es más tuyo que de nadie, agradecido, como estaba, a mi ánimo constante en su nacimiento a "poeta con obra publicada" para perseverar en su vocación. Así era el poeta Raúl, (Wenceslao -como yo lo llamo), Fernández Moros. Los bilbilitanos tienen que sentirse muy orgullosos de que un nuevo poeta de esta dimensión forme parte de la ya amplia nómina de los excelentes poetas de esta tierra. La obra de Raúl habla de presencias y de ausencias, de fracaso y generosidad, de amor y muerte, de vida continuada, de ese volver a empezar a pesar de todo... Su pasión contagiosa por la poesía -casi pedagógica-, lo mantiene presente entre nosotros y, para que él lo sepa, quiero compartir con todos los que tanto lo querían, un poema inédito que a él le gustaba mucho...






                                    LAS RATAS ABANDONAN EL BARCO


                                      Murmullos de epidemia.

                                      Tiempo infeliz, inevitablemente habitado
                                      por licántropos,
                                                                  vampiros,
                                      criaturas de la noche y de los días
                                      en su reconocida amenaza exangüe.

                                     Luctuosa jornada de la desolación
                                     impregnada
                                     por el hedor de la sangre coagulada,
                                     por cotidianos hábitos deleznables,
                                     por infecundos silencios avanzando
                                     en la tenue penumbra de las dársenas.

                                     Mi capitán
                                     la mañana es un piélago
                                                                          abierto al desconsuelo.

                                     Un viento pernicioso nos empuja,
                                     una fe entre palabras extraviada,
                                     los estertores de un ídolo perverso
                                     que, cauteloso, en la oscuridad alienta.

                                     Pero aquí, en nuestro puesto,
                                     permanecemos, mi capitán,
                                     asfixiados por la niebla del abandono,
                                     cansados de bogar contracorriente.

                                     Aquí, infestados, persistimos,
                                     cegados por la misteriosa luz
                                     que de una duda se desprende,
                                     atraídos
                                     por la espuma de un incierto horizonte,
                                     atrapados
                                     en el álgido reflejo de una luna cambiante,

                                     mas nunca entregados a la paz,
                                     al mísero remanso confortable
                                     del odio y de la ira."



                          Raúl W. Fernández Moros -"Wenceslao", para mí- era un ser de valentía que desbordaba humanidad, extraordinario fotógrafo artístico, hombre de poesía, irreemplazable presencia en mi vida...
                                    



                          
     
                                     


                         
                             



                 

jueves, 16 de noviembre de 2017

"RUNAS DE AÑORANZA", la seducción de lo intangible






                                                                     En el reino celeste
                                                               amanece en tonos grises...
                                                                con el tinte de mis versos
                                                                   matizaré sus celajes.
                                                                             El azar
                                                                              eligió 
                                                                                hoy
                                                                        el color índigo.




                                                                           Pilar Hernandis, Reflexión al amanecer






                                  Con Runas de añoranza, la escritora Pilar Hernandis completa la trilogía de poemarios dedicados a cantar su fervor por la plena existencia del hombre, inaugurada con Silencios de tiempos tejidos, al que siguió Regreso a casa. En la pasada Feria del Libro de Zaragoza, la poeta presentó su último libro, teniendo como marco incomparable el Ayuntamiento de Zaragoza, y fue tal la acogida que el 22 de septiembre la Delegación Territorial de la ONCE, celebró un nuevo acto en que destacados rapsodas de la ciudad recitaron algunos de los más significativos poemas en un auditorio repleto de público que quedó entusiasmado ante la magia creada por la belleza y la música, tanto del recitado como de las melodías al piano que lo acompañaron, a cargo de la pianista Teresa Juste, en asociación perfecta con las referencias musicales desperdigadas a lo largo de ese tránsito hacia una luz definitiva que supone el conjunto de poemas de Runas de añoranza. En el Prólogo -que he tenido el honor y la fortuna de escribir-, ya señalé cómo Pilar ha trascendido sus vivencias vitales para adentrarse en una poesía de corte introspectivo y ético, depurando lo lírico en ese paisaje íntimo que ella misma, mientras camina valiente entre azules, consigue alcanzar con palabras esenciales en el tiempo, como Machado, sí, con la emoción ante una naturaleza que emite su voz desde lo más hondo del alma y se universaliza en la contemplación: con ligereza y levedad, pero con una dimensión arcádica a la que todos aspiramos y nos merecemos. Pilar Hernandis extiende su mirada hacia lo mejor del ser humano abriendo puertas para crear encuentros, construyendo espacios donde entendernos, legitimando así el milagro del arte en una fiesta de afirmación y libertad.









                     Decía Fernando Pessoa: Yo simplemente siento/con la imaginación, y Rubén Darío hablaba de la música de las palabras. Pilar es una poeta con un marcado componente mental de reflexión, en una línea de pensamiento poético singular que observamos en esas "reflexiones al amanecer", que unifican la trilogía del viaje a lo divino, entendido como marco de la experiencia cercana al misticismo y que se va tejiendo gradualmente, con rincones naturales que favorecen un binomio indisoluble y, quizá, un diálogo con la divinidad. Con ella, el viajero se sume en lo más profundo de la admiración a la vida y en la meditación, hacia el futuro, pero desde el pasado, desde esos misterios ancestrales de la humanidad que sumergen al acompañante en un mundo mítico, en un entorno de ensueño que incitará al aventurero a repetir, en ese cielo donde la tranquilidad parece haber llegado a su límite, un lugar donde definitivamente quedarse. Este es el valor y el sentido de la poesía de Pilar Hernandis (y también de sus cuentos): el valor de lo inmutable, de lo imperecedero, de lo intangible. Las runas son palabras musicales que susurran secretos al oído, rumores de luz, cánticos de héroes -sus nostálgicos héroes-, sabios consejos con mensajes ocultos que ayudan a no morir, poderes para volar, árboles adivinatorios con sonidos que trasminan bajo la tierra o a través del olor, del agua, de colores emblemáticos, "runas" mediadoras cuya magia la poeta invoca en ese trayecto hacia la verdad insondable...



                                                   Allí donde las efervescencias
                                                     del tiempo impregnan los
                                                      arrecifes del ser, dejan
                                                       gravadas las esencias
                                                           de lo que hiciste
                                                                o dejaste
                                                                 de hacer.




                                             
                          Extraordinaria observadora de la realidad, Pilar Hernandis indaga en la cotidianidad a través de tres elementos que la conducen, junto a los lectores, cómplices en la travesía de fusión con la naturaleza, al goce supremo de la afirmación del ser: el amor, la fe, la poesía. En Runas de añoranza serán las cuatro estaciones del ciclo anual las que encaminen a la autora a un final ilusionante, vertebrándose así el poemario en cuatro fases sucesivas que van sensualizando su pensamiento lírico para expresarlo en imágenes plásticas y etéreas en las que quedamos atrapados para siempre. El "viaje" se inicia por la geografía poética que la inspira (Granada, Cantabria, Carrión de los Condes, el Matarraña, Punta Umbría, Salou y Jávea), como un recorrrido en primavera, de efecto purificador, que enmarca los ecos de la memoria infantil y de los seres queridos identificados con las penumbras que anidan en el corazón (el acróstico "Madre" lo ejemplifica claramente), pero también con el sueño del reencuentro con la paz -su utopía de niña-, mientras el tiempo se remansa ("Primavera en el cielo"). El poema en prosa que a modo de salmo cierra la primera parte, se adentra en las galerías del alma propias del vivir-soñar-despertar, que sobrepasan la historia particular para representar un anhelo global: el amor fraterno.


               Con Pilar continuaremos la peregrinación hacia un nuevo destino, en medio del sol abrasador -que ciega pero también ilumina- del verano, advirtiendo la belleza de la vida a pesar todavía del "tono negro" del ánimo, que transita hacia la felicidad que otorga la sabia madurez. Esa primera persona del plural con la que todos "somos uno" ("No permitamos/que nadie interfiera en la voluntad de nuestros bríos"), da paso a la brevedad de los juiciosos haikus donde el agua simboliza la renovación catártica deseada; así, en el poema dedicado a las raíces aragonesas de la autora, el río Ebro. También el legendario árbol se alza con sus ramas para hablar con las estrellas, marcando la eterna disyuntiva entre la realidad y la aspiración. El extenso poema final justifica en una dura crítica social ante la existencia de niños hambrientos la razón para persistir en el empeño del ansiado sueño. Pero el itinerario no es fácil y se debe persistir en el esfuerzo y en la superación. Por tierras riojanas, la vid florece en otoño, a pesar de oscuros presagios -"voces/que/enajenan/el pensamiento"-, que inducen a la melancolía. Figuras amadas (deliciosos los "Requiebros" a las amigas), "la mente poderosa" y el mar, liberador, permitirán recobrar el estímulo con poemas de gran contención emotiva. La contemplación sugeridora del olivo centenario augura buenas perspectivas.


                                            Se encuentra donde habitan
                                           los signos más dolientes de la
                                            tristeza. Su alma se refugia
                                            entre la nieve y los alaridos
                                                     de las palmeras.

                                           En un silente páramo huérfano
                                           y agrietado: donde las esporas
                                           del sentimiento se marchitan
                                                entre los pliegues del
                                                  miedo y la soledad.
                                                                                      ("Melancolía")



                       Tras el frío enero del invierno, se producirá por fin el resurgimiento de un rejuvenecido tiempo en que el alma despierta, ayudada por unos acompañantes artistas que captaron como nadie la ascensión vertical de la esencia de las cosas y los hombres, Gaudí y El Greco, y que guían a la autora hacia ese lugar encantado, próximo al paraíso, "el país del entendimiento". Su entusiasmo se muestra en los "Ovillejos" que rechazan la muerte y se reafirman en el alumbramiento de nuevas vidas. Es el momento definitivo de aspiraciones y afanes generosos: un mundo más justo en el que imperen los valores humanos "un nuevo ciclo/de esperanza y vida, de amor renovado". Pilar -y el mundo con ella-, comprende el sentido de lo inefable, la Verdad absoluta, ese "líquido divino esencial" que emana simbólicamente de una mágica fuente de tres caños, la sustancia de la vida que aporta paz de espíritu, el hechizo que nos produce lo que está más escondido, lo imperecedero, lo que no se toca..., y, por tanto, el tesoro más valioso. Es el aprendizaje de la búsqueda de la recompensa con la grandeza de la perenne inocencia, la inmersión en la mejor historia de amor...




                      Pilar Hernandis personaliza la poesía en su estado más rotundo y categórico, al encarnar los valores más intensos, tanto por lo que se refiere a la integridad de la condición humana, como a los más auténticos en cuanto a la estética de la naturalidad, en esa evolución siempre ascendente de su trayectoria poética, siempre constante en la unidad, que no en uniformidad. Sus poemas radiografían al ser humano en su tendencia a hacer el bien, a ser poseedor de la compasión, es decir, de ser con-pasión, con esa significación que a mí tanto me gusta, de "el que ejercita su camino en paz (path) hacia el otro", creando un universo único en el que prima una ética de la esperanza que nos resulta indispensable actualmente en un entorno cada vez más deshumanizado. Pilar Hernandis es esencia de poesía, un ser de pureza cuya firmeza de temperamento no atenúa absolutamente su sensibilidad, esa que aporta brillo a sus versos y la convicción de que "nada es imposible". Su lenguaje sugerente de ingeniosa y sutil imaginería aporta una música cromática que incide en la asombrosa variedad compositiva, esa que, en Runas de añoranza, constatamos en los poemas visuales, la diversidad métrica, el simbolismo, en el léxico sobrio y sensitivo a la vez, o en juegos retóricos modélicos:
            
                    Titilo por un talismán de talento/para trabajar en el tesoro/del tiempo,

      en definitiva, todo lo que conforma y evidencia la voz de una escritora de primera magnitud, marca de la gran poesía actual, cuyo estilo poético equilibra en insinuante armonía la calidad de su altura estética y una mirada lírica sobre la existencia imprescindible en tiempos de crisis: simplemente belleza.

                                         
                                              ...  Que la esencia del amor
                                           despliegue sus texturas más puras.
                                              Que, cada día, nuestro jardín
                                           sea bendecido por el rocío límpido
                                                          del amanecer.

                                             Que los lirios silvestres luzcan
                                                 siempre los tonos malvas
                                                  y las raíces autóctonas
                                                          de la libertad.
                                                                                         ("Texturas de amor")





                  Pilar Hernandis conversa con los escritores Fran Picón y Mar Blanco en el programa "Con versos en la noche":

                                                                       https://www.ivoox.com/4475266
                                                 
                                           

             

                     

                                                         Así eres tú, mujer...    Convergencia, Ibrahim Ferrer