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lunes, 29 de enero de 2018

MÁLAGA... quien lo probó, lo sabe...





             
                              Málaga configura un espacio genuino y definitivo que posee todo lo que amo: un territorio vivo, abierto a las más intensas emociones, un estallido de placer reflejo de su origen y de la adaptación al progreso y a las más profundas necesidades, un exclusivo universo lleno de mensajes que esperan, imágenes que cuentan secretos, símbolos, retratos y representaciones que integran el relato de significados misteriosos y apasionados, los de un lugar que ha sobrevivido a todos los tiempos y que ahora nos invita a la ausencia del olvido, como un guardián que escondiera tesoros nunca imaginados... Mar, montaña, arte, historia, fiestas, aromas, espiritualidad, sentimientos..., una Málaga para cada momento, y sólo un instante: ahora. Como el que se vive en ese impresionante vergel de estilo paisajista inglés con plantas subtropicales y más de 150 años de historia, el Jardín Botánico de La Concepción, que transporta a otra dimensión anímica mientras se divisa la bahía desde su hermoso templete y se viaja a momentos románticos perfectamente recreados en el delicioso museo de muñecas. La Concepción representó el punto de encuentro entre ilustres artistas, aristócratas y políticos que paseaban por los atractivos y fértiles jardines, auténticos paraísos florales como la Finca San José, El Retiro, La Cónsula o el céntrico Parque con ejemplares vegetales de los cinco continentes, y donde, protegida por un enorme ficus, se encuentra la acogedora Casita del Jardinero. Desde otra perspectiva, las cubiertas del tejado de la CatedralLa Manquita, -que dispone de una sola torre porque suele decirse que el dinero destinado a su construcción se utilizó para ayudar a Estados Unidos en su guerra de Independencia-, las vistas de la ciudad resultan impresionantes. Los Baños del Carmen conservan esa estampa sentimental de principios del siglo XX: su blanco restaurante, mecido por las olas del mar que rompen junto a las mesas en una terraza rodeada por columnas, es uno de los lugares más especiales de Málaga, cuando el atardecer llega a su momento álgido con la puesta de sol más espectacular.Y para un soplo de relax, la esencia de los antiguos baños árabes de las termas Hammam Al Ándalus sumergen los sentidos en la atmósfera de la intimidad nazarí con sus aguas rituales a diferentes temperaturas. La decoración, digna de un emir, impregnada por el aroma de la biznaga y acompañada por los suaves acordes de la música andalusí, envuelven esta mágica experiencia en el hechizo de las llamas de las velas que evocan los relatos de las mil y una noches...








                    Manilva mantiene la tradición enológica malagueña. Si el tiempo lo permite, puede llevarse a cabo en su río una espectacular ruta de agua para gozar de los baños de la Hedionda, el Charco de la Paloma o la Charca del Infierno, o, tal vez, descubrir el Cañón de las Angosturas, que, efectivamente, hace honor a su nombre. A otra experiencia enológica diferente invita la bodega El Porfín, en Yunquera, donde saborear ese mosto que elaboran sus propietarios entre  bóvedas dieciochescas, algo que también se aprende en el Ecomuseo Lagar de Torrijos, porque los festejos malagueños suelen celebrarse en torno a una buena mesa, y la tradición marca que una buena opción es acudir al Día del Mosto y la Chacina de Colmenar, para degustarlos al son de las bandas de música y verdiales, o también, a las Jornadas Micológicas de Cortes de la Frontera, y no perder la ocasión de recorrer los bosques y recolectar unas setas especiales.Y es que las localidades y paisajes malagueños transmiten verdad y una plasticidad atemporal que envuelve lo más profundo del que lo comparte en algo muy poderoso, como una pasión indesmayable evocadora de sensaciones llenas de riqueza vital, sensuales, ardientes, que destilan grandeza, como esas experiencias tan sólidas que marcan la diferencia porque son una cuestión de piel, un regalo para los cinco sentidos sobrecogedor, un tesoro amable y soñado de magnitudes y vivencias desconocidas que generan recuerdos y momentos felices, esenciales para comprender el alma y la cultura de quienes lo habitan. A veces, son zonas mágicas ocultas, en las que la naturaleza, acuosa y bella, se mezcla con la historia y la leyenda creando entornos únicos que incitan a la aventura de calidad, o donde respirar arte y silencio. Decía Ulises que el viaje no debiera terminar nunca. Málaga ofrece eso, un sueño alcanzable, -aunque quizá en ocasiones lo distinto cueste comprenderse-, porque cuando el viaje ha terminado, no sólo el alma se queda, te quedas tú, y es entonces cuando el viaje no acaba. Para conocerla como merece, tendríamos que vivir dos vidas y aún así siempre nos quedaría un amanecer que desnudar o un atardecer que no se repetirá. Málaga se descubre poco a poco, como ocurre con lo mejor de la vida, porque en cada paso hay algo que emociona...




                     En Algarrobo, existen numerosas rutas de senderismo -un activo que ya trasciende fronteras-, pero una de las más atractivas es la del Castillo Benthomiz, antigua fortaleza árabe que se levanta sobre la corona del cerro del mismo nombre. Las más de dos mil especies del acuario de Benalmádena asombran por la labor de protección y conservación del mundo marino que se ha llevado a cabo en él, aunque si además subimos al Monte Calamorro en el teleférico descubrimos vistas inéditas y la fauna de la zona y, cerca, el mariposario nos permite soñar que los colores vuelan... Los enclaves arqueológicos son excepcionales, como el de Torrox, donde la zona del Faro la componen una villa, una factoría de salazones, unos hornos de producción alfarera, una necrópolis y unas termas, y en Torre de Benagalbón, un yacimiento romano de los siglos VIII-III a.c. ha sido declarado Bien de Interés Cultural. El Torcal de Antequera, conjunto kárstico protegido como paraje natural, es sin duda una de las joyas geológicas, yo diría que nacionales. Me ha sorprendido conocer que los caminos que conducen a Alfartanejo, con tajos calizos y el monumental olivar cerca del Pulgarín Bajo, son denominados "Pirineos del Sur", apelativo que me enorgullece aún salvando todas las distancias de la comparación... Si transitamos por el Caminito del Rey (punto emblemático del patrimonio cultural y turístico), tan de moda, percibiremos ecos históricos singulares en las Necrópolis de las Aguilillas, las ruinas de Bobastro o la ermita de la Virgen de Villaverde. En las Thermas de Carratraca, sus aguas de manantial proporcionan el mismo bienestar que el que brinda el restaurado Convento de la Magdalena del siglo XVI, en Antequera. Otros mundos insondables ofrece el Observatorio Astronómico de Yunquera, lo mismo que el Centro de Ciencia Principia de la capital. El mundo de nuestros antepasados se muestra al completo en La Algaba de Ronda, antigua finca reconvertida en un espacio ecológico, científico, arqueológico, educativo y familiar. Para disfrutar desde el aire, nada mejor que un paseo en globo por Antequera y Ronda, o a ras de tierrra, por qué no, una jornada de barranquismo en el Cañón de las Buitreras, una grieta con paredes verticales de más de cien metros de altura y estrechamemientos a los que apenas llega la luz, puede colmar el espíritu más aventurero. Como a mí me gustan tanto las tradiciones, recordaré, entre muchas, el Certamen de Pastorales en Benaque, que conmemora el nacimiento de su vecino más ilustre, el escritor Salvador Rueda.






                                                                               Caminito del Rey



                   Málaga conserva intactas sus raíces históricas. En tiempos remotos fue testigo de los orígenes del hombre y de la cultura mediterránea, y hoy se ha convertido en la primera potencia de la industria turística andaluza al tiempo que mantiene viva su tradición de tierra creativa y cosmopolita. Se ha situado en 2017 como el destino urbano que más crece por delante de las principales ciudades españolas. Y en ello ha influido significativamente la posibilidad de efectuar innumerables recorridos por espacios interiores ya consolidados, o en proyecto, como la denominada Senda Litoral, que va inaugurando paulatinamente sus tramos en la granja costera y completará el itinerario circular de la Gran Senda de Málaga, que conecta la totalidad de la Costa del Sol a través de un recorrido de más de 650 kilómetros, 35 etapas y 51 municipios. El Bosque de Cobre recorre los castañares de la Serranía de Ronda y de Sierra de las Nieves, mientras que Birding Málaga permite la observación de aves en espacios inverosímiles. El sendero del Caminito del Rey atraviesa una impresionante garganta kárstica, entre los embalses del Guadalhorce, Conde del Guadalhorce y Guadalteba y se ha rehabilitado dado el deterioro que presentaba, pues se construyó a principios del siglo pasado como vía peatonal para los trabajadores encargados de la presa del Conde del Guadalhorce, aunque su denominación corresponde al paseo inaugural del embalse, que hizo el rey Alfonso XIII en 1921. Se adecuaron los cuatro kilómetros que recorren el Caminito, especialmente de la pasarela de 1,2 kilómetros, a cien metros sobre el río Guadalhorce. Una nueva se ha construido con paneles de madera sobre la original, fijados a la roca con anclajes metálicos; en un tramo se incluyó suelo de vidrio para poder observar el desfiladero y el trazado original. Pero no me quiero olvidar de Benaoján, con la "Cueva del Gato", BIC de la Sierra de Grazalema, y la gruta "La Pileta", de gran interés prehistórico; Casares, localidad natal de Blas Infante, con el cercano paraje natural de Sierra Crestellina; Sierra Bermeja, de importancia geológica y biológica, o de la "Ruta de la Pasa", Patrimonio Agrícola Mundial, con poblaciones que poseen museos temáticos que giran en torno a la pasa. Y, sobre todo, la Sierra de las Nieves, Reserva de la Biosfera, que será pronto el tercer Parque Nacional de Andalucía (tras Doñana y Sierra Nevada), una de las comarcas con mayor valor ecológico del territorio nacional, con Yunquera, Istán, Ojén... con sus parajes de quejigos, pinsapos, peridotitas, cabras hispánicas y antiguas costumbres, que convierten a esta sierra en un enclave de especial valor. En ella se sitúa el pico de La Torrecilla, el más elevado de Málaga con 1919 metros de altitud y se celebran fiestas como el festival de la Luna Mora, que en Guaro a la luz de las velas conmemora ese guiño al entendimiento entre culturas, como ocurría en Al-Ándalus.






                                                                     Yunquera  (Sierra de las Nieves)



                       ¿Quién no conoce Ronda? Historia, naturaleza y enología son los pilares fundamentales de esta ciudad monumental. Yo me quedo con el romanticismo que desprende, sobre todo por la coqueta plaza de toros del siglo XVIII de la Real Maestranza de Caballería que -hasta los no taurinos, estoy segura- sabrán apreciar. En su arena se sienten vibraciones insólitas, algo así como en otras plazas apenas conocidas, como la hexagonal de Almadén, la cuadrada de Santa Cruz de Mudela, la formada por viviendas que circunvalan un ruedo como la de Tarazona, alguna otra asímismo diferente, o la propia Malagueta, donde el sinuoso vuelo de las gaviotas sobre toro, torero y espectadores con olor a mar producen la más bella de las fantasías. Ronda posee vestigios prehistóricos, romanos, árabes, majestuosas iglesias y sorprendentes obras de ingeniería que ya provocaron el asombro de Hemingway, Orson Welles o Rilke, que la bautizó como "la ciudad soñada". A 20 kilómetros puede visitarse lo que fue una importante ciudad romana, que precedió a Arunda, la que dio lugar al actual casco urbano. En Acinipo, las excavaciones han permitido encontrar una interesante estructura urbana entre los siglos I a.C. y III d.C., de tanta trascendencia que hasta tuvo potestad de acuñar moneda. Conocida como Cuevas de San Antón, esta capilla excavada en la roca es uno de los lugares más representativos para los rondeños. Es un templo rupestre construido entre los siglos IX y X para el culto cristiano por parte de los mozárabes, que nunca renegaron de sus creencias. Patrimonio, cultura y gastronomía definen a la ciudad -título otorgado por la reina regente María Cristina-, de Archidona, cuyas calles y edificios recuerdan la época dorada dieciochesca, aunque, como asentamiento, ya era conocida como Oscua, por los fenicios. Los romanos la denominaron Arx Domina, algo así como "Señora de las alturas", para algunos. El castillo del Cerro de la Virgen fue el origen de la actual ciudad. Cómo no destacar la Peña de los Enamorados, la que se describe en la famosa Leyenda de los Enamorados como trágico final de Tello y Tagzona. También alude a ella Camilo José Cela, en su polémica obra -vituperada en su momento-, La insólita y gloriosa hazaña del Cipote de Archidona, que, en mi opinión, más que desprecio debería hacer sentir orgullo a los archidoneses porque no es frecuente que un Premio Nobel enfatice el nombre de un lugar antes bastante desconocido, a pesar de tantos atractivos como atesora, y lo convierta en protagonista. Eran otros tiempos...



                 


                                                                                     



                        Algunos territorios cercanos al mar, en este caso a la Costa del Sol, presentan paisajes más propios de zonas montañosas. Benahavís presume de un entorno natural diferenciador de otros más residenciales y de ocio, ubicado en la Serranía de Ronda y Sierra Bermeja, y por eso está considerado de Interés Ambiental. Estepona, por otra parte, recuerda su pasado histórico y su legado arqueológico en sus centros temáticos sobre la Prehistoria. Quedan vestigios en el casco urbano de las murallas del castillo de San Luis, como reminiscencias andalusíes que se vislumbran en sus calles o sus torres vigías, testigos mudos del devenir de su costa. El valor ecológico de la sierra Bermeja ha conseguido que quede protegido como paraje natural, gracias a una botánica llena de endemismos, entre los que sobresalen los apreciados pinsapos. La comarca más oriental de Málaga es la más variopinta y diversa: se trata de la Axarquía, donde las rutas por conocer son muy variadas, desde la del Mudéjar (que el lector no se pierda tampoco la aragonesa, con elementos similares pero también autóctonos), la del Sol y del Vino, la del Sol y del Aceite, la del Sol y del Aguacate, la de las Torres Vigías, la de los Tajos, o la de los Bandoleros. Por su singularidad histórica, sobresale la población de Macharaviaya, patria chica de Bernardo de Gálvez, que gozó de gran esplendor en el siglo XVIII, hasta el punto de conocerla como el "pequeño Madrid". Colmenar inauguró recientemente un curioso museo temático dedicado, cómo no, a la apicultura. En Torrox, las viviendas desafían a la irregular orografía distribuyéndose de forma escalonada, lo que permite disfrutar al visitante de una original imagen rural con un telón de fondo tan pictórico como el azul del mar... En la costa se percibe también la huella de la dominación romana, como lo demuestran la necrópolis y las termas halladas junto al faro. La antigua Clavicum, de gran importancia estratégica en la distribución de productos agrícolas y pesqueros, habitada entre los siglos I y IV, se menciona en el itinerario Antonino, que unía a las ciudades de Sexi y Menoba.




                        Frigiliana cuenta con uno de los cascos urbanos de origen morisco-mudéjar (el "Barribarto") mejor conservados de España, que transportan al caminante a otra época. Su Museo Arqueológico y el Jardín Botánico enorgullecen, con toda razón, a los habitantes de tanta maravilla. La zona oriental de Andalucía no sólo está formada por Málaga, sino que la complementan Jaén, Granada y Almería: es el legado del reino nazarí, el último bastión de Al-Ándalus, el conjunto de vestigios de un mundo formado por ciudadelas y recintos amurallados, de paisajes de contrastes y mares de olivos, un espacio histórico con ciertas peculiaridades que la diferencian de la Andalucía Occidental. Estas ciudades constituían una subregión en el siglo XIX en torno a Granada, ya que se unían dos zonas geográficas que estuvieron bien diferenciadas en los Reinos de Jaén y de Granada. Este emplazamiento tuvo y tiene un valor estratégico fundamental por su ubicación entre el Mediterráneo y la Meseta, por lo que ha sido codiciada por las civilizaciones más importantes: fenicios, tartessos, íberos, griegos, romanos o árabes se dieron cuenta no sólo de la riqueza mineral y agrícola sino de la importancia para sus conexiones con el interior de la Península. En pocos sitios del mundo se puede disfrutar de las nieves de Sierra Nevada, de un conjunto kárstico como el del Torcal de Antequera, de los grandes bosques de los parques naturales de las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas o del desierto de Tabernas. Y el mar, al fondo, pero muy cerca... Y, por fin, uno de los lugares más vírgenes del sur de Europa, la última selva, un ecosistema sacado de otra época con un clima subtropical que permite la existencia de especies vegetales del terciario que no se encuentran en ningún otro lugar del continente: el Parque Natural de los Alcornocales. En sus 70 kilómetros de norte a sur y 40 de este a oeste, en territorio gaditano y malagueño, no existe ninguna población, manteniéndose las viejas fronteras musulmanas durante siglos. La única zona habitada que permaneció fue La Sauceda, abandonada tras la Guerra Civil. Hoy, los que se adentran en la humedad perenne se alojan en cabañas sin electricidad para gozar en pleno corazón de una selva mediterránea. Sus bosques se pierden entre la niebla y el paisaje se viste de verde intenso (a mí me recuerdan a panorámicas norteñas), donde helechos andaluces como los rododendros sobreviven en peligro de extinción, los fresnos crecen robustos y el laurel ofrece su aroma. En las partes más secas, caza insectos la drosóphila, una planta carnívora endémica de la península y Marruecos. Cualquier ruta por este parque se convierte en la mejor forma de fusionarse con el silencio ascético y la vida de una selva en estado puro.






                                                                                       Frigiliana  



                 ¿Hablamos de gastronomía? Según los expertos, los visitantes que realizan itinerarios gastronómicos en Málaga constituyen uno de los segmentos de mayor proyección para este territorio, con una tendencia a la evolución hacia la alta gastronomía o a la relacionada con la salud. Por eso se pretende fomentar la inversión en este proceso, potenciar la excelencia en la singularidad, identidad y autenticidad de los productos y su elaboración que promocionen y den imagen de marca a la que ya posee Málaga por tantas razones que sabemos. Al fin y al cabo, la gastronomía es un valor diferenciador que ofrece experiencias inolvidables a todo aquel interesado en la alimentación en todos sus aspectos. Es un patrimonio "inmaterial" que apela al lado más emocional del que visita un lugar, y lo convierte en un destino no intercambiable e irrepetible. "Sabor a Málaga" ha comenzado a proteger y a impulsar la comercialización dentro y fuera de Málaga de productos artesanales que respetan la tradición gastronómica, reforzando así la imagen global de los alimentos de mayor calidad. Actualmente, muchos productos malagueños se hallan protegidos con denominaciones de origen. En una línea similar trabaja la asociación La Carta Malacitana, que promueve el consumo de productos locales y la difusión de la soberanía alimentaria, de valores asociados al consumo sostenible y hasta del papel de la gastronomía en la enseñanza pública. En la Escuela de Hostelería de La Cónsula se han formado algunos de los cocineros más relevantes de España. Allí, en Churriana, también permaneció Hemingway escribiendo El verano peligroso o Gerald Brenan, autor de El laberinto español. Muy cerca, el Museo Nacional de Aeropuertos y Transporte Aéreo relata la historia de la navegación aérea en la antigua terminal del Aeropuerto.




                     La cocina tradicional se ha revisado con cariño y máximo respeto a la calidad de los productos locales en las últimas oleadas de la alta cocina malagueña. El Mediterráneo, la montaña, las fértiles vegas o las dehesas forman parte del variado paisaje malagueño, lo que se traduce en platos y productos muy dispares. Málaga cuenta con productos agropecuarios muy singulares y autóctonos, como el olivar verdial, la manzanilla aloreña, la zanahoria morá o la miel de caña. Además de la elaboración de vinos, de las uvas malagueñas han salido bebidas espirituosas tan famosas como el Ojén, un aguardiente que ahora recibe su merecido tributo en el mismo pueblo donde se creó su misteriosa fórmula. De su pasado andalusí, Málaga ha heredado un importante bagaje, así que muchos de sus platos y dulces apenas han variado a lo largo de los siglos. Hasta nuestros días perduran numerosas recetas que mantienen la esencia de lo tradicional, como potajes, sopas y otros guisos de cuchara. Hay platos exclusivos de esta tierra, como el gazpachuelo, el caldillo de pintarroja, las almejas a la malagueña, las berenjenas fritas con miel de caña, las sopas perotas, los borrachuelos o el pan de cortijo. Los mejores restaurantes centran su carta en platos saludables y sostenibles utilizando materias primas locales de primera calidad y de temporada, como la caldereta de Chivo lechal, guisos cocinados con tanto mimo que podrían encontrarse en cualquier casa de Málaga. ¿Los han probado? Lo que tampoco deben perderse es una buena degustación sobre la arena del ruedo de una plaza de toros, no encontrarán por otros lares algo similar, y luego me cuentan... He de confesar que mis rutas gastronómicas han transitado hasta hace poco por otros caminos con otros paladares, así que ahora disfruto del encanto de la novedad, a pesar de las diferencias... La calidad del recetario y de los productos locales se promociona en los últimos años de forma directa y popular en distintos eventos gastronómicos, normalmente en sus lugares de origen. Frecuentemente, se convocan fiestas con mucho sabor en Málaga. Algunas homenajean a platos, como el Día del Ajoblanco o el de las Sopas Mondeñas y Perotas. Otras, rinden tributo a la vendimia o a frutas y verduras, como la fiesta del Níspero, de la Pasa, de la Zanahoria Morá, etc.



                       Con el Málaga Gastronomy Festival, la ciudad se implica intensamente en la fiesta de la gastronomía local y regional. Esta celebración cuenta con un menú repleto de actividades en diferentes marcos de la capital que hacen que las calles se impregnen de los olores y sabores más actuales del panorama gastronómico actual durante días. La cocina en directo, las degustaciones, catas, talleres infantiles y los debates descubren la dieta mediterránea como elemento patrimonial y cultural convirtiendo a Málaga en el destino gastronómico por excelencia del sur de España. Un festival que culmina con el evento de La Marina Street Food en la plaza de La Marina, la mayor variedad de tapas de diseño de los mejores cocineros malagueños. Pero también, los barrios más castizos de Málaga, como el del Molinillo, por ejemplo, siguen conservando sus pequeños comercios, sus tascas o sus mercados como inmejorable seña de identidad malagueña. En ese arrabal nos encontramos un protagonista pintoresco: el Mercado de Salamanca, donde los tenderos venden sus productos a los parroquianos a viva voz, en un precioso edificio de estilo neomudéjar. Cerca, el Museum Jorge Rando nos acerca a otro tipo de arte, exponiendo la obra del pintor malagueño Jorge Rando, pero Málaga no sólo es la ciudad de los museos, es también una ciudad de mercados,- que ahora se han reconvertido en espacios gastronómicos en algunos casos, como el Central o de Atarazanas, de arquitectura nazarí-, por ejemplo, el de la Merced, el del Carmen, y tantos otros de imprescindible visita.



                        Inagotable: esa sería la palabra perfecta para definir todo lo que Málaga puede ofrecer en sus espacios. Hans Christian Andersen escribió: En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga. Un propio modo de vivir, la naturaleza, el mar abierto, todo cuanto para mí es vital e imprescindible lo hallé aquí. Hago mías sus palabras para añadir que en esta ciudad encantada que ha sabido reinventarse se sabe vivir. En ese paisaje que se eterniza en su propia inmensidad se redime y calma cualquier dolor y pesadumbre, donde brilla semejante fulgor de intemporalidad se atisba el sueño de lo inmortal: el sueño de beber ese licor süave que envenena... Es amor. Lo dijo Lope.


                                                       
                                                                               Te he visto pasar...


                     
         

jueves, 24 de noviembre de 2016

TRADICIONES NAVIDEÑAS ARAGONESAS


                         


                                        ... y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad cada año suelen hacerse.


                                                                             Miguel de Cervantes (El Quijote, II, X)



                                                                                          Palomica, palomica,
                                                                                          no levantes tanto el vuelo,
                                                                                          porque te saldrás de España
                                                                                          y no sabrás volver luego.

                      
                                                                     José Iranzo "El Pastor de Andorra" (In memoriam)



                                 
                                       Aunque el paso de los años haya puesto en desuso muchas de las tradiciones navideñas de Aragón, llenas de alegría, emoción y sentimiento, algunas quedan en el recuerdo para dar testimonio de esta tierra y sus gentes y otras se van rescatando para acercar el pasado al tiempo actual, sobre todo en el ámbito rural, espacio que se reivindica en estos momentos como lugar de recreo, descanso o incluso como posible campo de expansión laboral. Mientras, estas tradiciones coexisten con otras modas y modos importados del exterior, de influencia francesa, sajona y nórdica, que, aunque del gusto moderno, se viven en ocasiones como una auténtica invasión. Curiosamente, los niños holandeses, por ejemplo, siguen creyendo que San Nicolás llegará cada año, con sus regalos, procedente de España. La editorial Prames ha publicado un disco-libro que recopila y rescata documentos no sólo sonoros -con la magnífica Orquestina de Fabirol recorriendo las piezas musicales autóctonas más populares (como la versión regional del Arre, borriquillo), o completamente desconocidas o bien casi olvidadas-, sino también otros elementos festivos con el asesoramiento del antropólogo Ricardo Mur, el musicólogo Blas Coscollar y el experto en gastronomía, José María Pisa, como la singular tradición de as calandras, un sistema que basaba la predicción meteorológica para todo el año siguiente en el tiempo de los últimos doce días antes de Navidad.





                     En cualquier celebración, uno de los elementos que siempre sirve de fondo imprescindible es la música. En Aragón, eran ya populares los villancicos y tonadas de Navidad en el siglo XVII. Yo creo que no es casualidad que la primera partitura de jota que se conoce, antes de que esta fuera conocida con ese nombre, figure en el villancico "De esplendor se doran los aires", compuesto en 1666 por Josep Ruiz de Samaniego, maestro de capilla del Pilar. Las letras, en todos los casos, solían ser ingenuas y sencillas, como la de un manuscrito encontrado en Daroca:

                                     Tienes, prenda del alma,
                                     unos ojitos
                                     que a todos los que miras
                                     les dan hechizos.
                                     Pues eres de los cielos
                                     chiquirritito,
                                    ¿Cómo vienes al mundo
                                     tan pobrecito?
                                     Aunque estés entre pajas,
                                     mi zagalito,
                                     se conoce que eres
                                     Dios infinito.

               En Borja se cantaba este villancico considerado de carácter local:

                                     Las zagalas y pastores
                                     rendidos van en tropel,
                                     llegan a Belén cantando,
                                     fatigados de correr;
                                     pero al ver tanta belleza
                                     en un humilde portal,
                                     se conmueven de terneza
                                     y no se atreven a entrar.

               Y en Tarazona:

                                    La zambomba tiene un diente
                                    y la muerte tiene dos,
                                    y el chiquillo que la toca
                                    tiene ganas de turrón.


                   Pero no sólo eran habituales los villancicos sino las canciones de muy variado signo, como las auroras o los romances. Los cancioneros aragoneses abundan en ejemplos, como la "Aurora de Navidad" de Pallaruelo de Monegros (Huesca): "Entre el buey y la mula/ Dios ha nacido,/ cuando pajas de avena/ lo han recogido./ Venid, devotos,/ venid ahora/ a rezar el Rosario/ a nuestra Señora/". O este romance popularizado en Robres: "Madre, en la puerta hay un niño/ más hermoso que el sol bello;/ tiritando está de frío/ porque el pobre viene en cueros...". Y en Chalamera: "La Virgen y San José/ juntos pasaron el río,/ y en una cuna de flores/ llevan al Niño metido./ Ya se llevan/ al recién nacido,/ mantillas, pañales,/ faja y corsetín,/ porque vienen los fríos de enero/ y el rey de los cielos/ está por venir/".

           El villancico significa, según su etimología, "canción del villano", de carácter campestre y rústico; en su mayoría son anónimos tanto en música como en letra, por eso suelen ser pegadizos pero llenos de poesía. Podemos verlo en el siguiente recogido en Castejón del Puente (Huesca):

                                    Todos le llevan al Niño,
                                    yo no tengo que llevarle;
                                    las penas del corazón,
                                    que le sirvan de pañales.
                                    Queridito Niño,
                                    diviértete un poco,
                                    que el amor es puro
                                    y el tiempo es muy corto,
                                    y con tus sonrisas,
                                    y con tus amores,
                                    llenarás de gracia
                                    nuestros corazones.
                                    Yo haré una camisica
                                    que será de lienzo fino,
                                    guardando como Dios manda
                                    los diez preceptos divinos.
                                    Yo le haré una cunita
                                    que será de nogal,
                                    guardando como Dios manda
                                    la pureza virginal.

            En Calatayud se encontró un manuscrito anónimo fechado en 1792 dedicado al nacimiento de Jesús, pero en realidad, el villancico apareció ya en el siglo XVI, formando parte de las festividades eclesiásticas de Navidad, fruto del sentimiento religioso popular, y se interpretaban en nuestros pueblos con los músicos y cantores vestidos de pastores, y los niños de ángeles. En los dos siglos siguientes, esta manifestación músico-coral experimentó su verdadero auge. El villancico sacro comienza y termina, generalmente, con una parte coral, el estribillo; la central está constituida por uno o varios pasajes para voz sola, las coplas, y el acompañamiento es a base de los instrumentos clásicos de cuerda, con la percusión de panderetas y zambombas. Consta documentalmente que la adoración de los pastores al Niño, acompañada del canto de villancicos, se celebró por vez primera en en la catedral de Huesca en 1642, y que en el siglo XVII, también en Huesca, se interpretaban villancicos satíricos contra el alcalde mayor. Ana Abarca de Bolea, abadesa de las bernardas de Casbas, escribió al modo popular el "Romance al nacimiento de Christo Nuestro Señor" y la "Albada del Nacimiento, en aragonés, que documentan esta especie de cantos en el Alto Aragón y la persistencia de una lengua aragonesa como la comprobada en tiempo de Pedro IV, haciendo referencia a "lo tizón de Nadal,/ que ye nombrado tizón". En el "Baile pastoril" del Nacimiento introduce diálogos de "Bato y Borrego" (pieza representada en el teatro Salesiano de Huesca). Como ya sabemos, el nombre Bato da pie al apelativo baturro, zafio, rústico, en tanto que Borrego se refiere al pastor, "aunque ambos actúen como pastores a los que tienta y persigue el demonio para que no vayan a adorar al Niño, de forma análoga a como ocurre con las pastoradas de la Ribagorza y en los dances en los que el diablo o los moros-turcos, en su nombre y con su apoyo, intentan estorbar la celebración de las fiestas", como refiere el investigador Antonio Beltrán. Perduran villancicos con letra aragonesa, más bien derivada del catalán, como este que se canta en Noales, del municipio de Montanúy (Huesca):

                                 Pastorets de ixes montanyes,
                                 ascoltéo lo que os diré,
                                 arrepleguen les ovelles
                                 i anem tots cap a Belén.
                                 Correu, veniu y veureu,
                                 correu, veniu y veureu,
                                 la miracle des miracles,
                                 un Noiet Fill de Déu.

              A propósito de la lengua aragonesa, no estará de más en este punto recordar que, según la Unesco, el aragonés es una de las lenguas que más peligro de extinción presenta en Europa, a pesar de los esfuerzos del Consello d´a Fabla Aragonesa en los últimos años para defender la investigación y la divulgación en el ámbito educativo, así como en el legislativo, aunque quede mucho por hacer sobre todo desde las administraciones públicas. No se ha llegado a desarrollar la ley de lenguas y sigue sin estar reconocida en el Estatuto de Autonomía, así que el objetivo continúa siendo conseguir un reconocimiento jurídico, la normativización y normalización social de la lengua para no perder esa transmisión intergeneracional que el Consello ha pretendido desde su creación: los aragoneses tenemos que implicarnos en la dignificación y conocimiento de otra de nuestras señas de identidad...






                     La luz permite que la fiesta brille más, como alumbraba la estrella, se dice, que guió a los Reyes Magos siguiendo el esplendor de su estela luminosa, por eso en muchos lugares principalmente del Alto Aragón se encendían hogueras en la plaza mayor en la vigilia de Navidad, en la de Año Nuevo y en la de la Epifanía, obedeciendo a ritos ancestrales que tanto atraen con esa sugestión de lo purificador. Para ello, después de haber asistido el pueblo a la solemne función de vísperas en la iglesia parroquial, los mozos del gasto -que por ese nombre se conocen-, se proveían de astrales (o destrales) y, empuñándolos, subían al monte o bosque más próximo para talar la leña con destino a la gran fogata para regresar al poco con pesados troncos, de grandes proporciones y varios quintales de peso, que servirían para mantener la hoguera encendida durante toda la fiesta. Todavía hoy, el momento de prenderle fuego se produce cuando todos los habitantes del pueblo han cenado y deambulan por las calles alegres y animados. Las llamas se reflejan en las fachadas de los edificios de la plaza y es entonces cuando los vecinos acuden a formar corro en torno, bailan la rueda, saltan sobre las propias llamas y cantan ritmos a coro. Al final, cansados de tanto danzar, se sientan a asar patatas en la brasada, castañas, chorizo o longaniza. A las doce de la noche, las gentes se retiran a descansar. Poco después, los mozos del gasto, presididos por el gaitero y acompañados por el alguacil o algún funcionario municipal, forman un grupo que va a cantar albadas por todas las calles y se detienen en algunas casas, empezando por la del cura y luego la del alcalde. Entre esas tonadas, destaca esta de Naval:  "A Belén han llegado/ los Santos Reyes/ y rendidos adoran/ en el pesebre./ !Qué maravilla,/ tan linda y bella,/ que a los tres Santos Reyes/ guía una estrella!". Existen albadas de muy diferentes letras. La de Villanúa tiene más carácter amatorio y una de sus estrofas se refiere también a Naval: "Gracias a Dios que he llegado/ a cantar a este portal,/ que me han dicho que aquí estaba/ toda la sal de Naval".

               Otro rito propio de la Corona de Aragón, conocido desde el Pirineo al Ebro, y que en los últimos tiempos ha sido reivindicado por distintos colectivos, era el de la tronca o el tizón de Navidad, estrechamente emparentado con la anterior tradición del fuego, la hoguera. En San Juan de Plan, en el Pallars o en la Ribagorza, al encender el tronco de Navidad, el padre de familia trazaba una cruz con vino sobre él y recitaba esta fórmula:

                                          Buen tizón,
                                          buen tizón,
                                          buena brasa,
                                          que vivan los dueños de esta casa.

         En Bonansa y pueblos comarcanos, la tradición se aprovecha también para obsequiar a la chiquillería: los padres, de común acuerdo, preparan el tronco de Navidad en el fogaril y debajo ponen los regalos y los dulces para sus hijos. Estos, mientras, tienen que ir a remojar unos palos en la balsa o la fuente más próxima y al volver golpean el tronco con los palos, cantando:

                                         Caga, caga,
                                         tronco de Nadal,
                                         caga turrons
                                         i pixa ví blanc.

           Ya en los Monegros zaragozanos, en La Almolda, se ponía a arder en el hogar un tronco durante la Nochebuena y al día siguiente se apagaba, se guardaba en la bodega y sólo se sacaba de allí cuando amenazaba tormenta, ya que bastaba con ponerlo a la puerta de la casa para conjurar el pedrisco. Ahora es más difícil continuar con la tradición de la tronca porque en casi todas las casas en las que no se ha reconstruido o recuperado, ha desaparecido el hogar clásico, pero sí se rinde culto todavía en estas fechas, además de las que ya conocemos de otras épocas del año, a las hogueras, acontecimiento que se observa en aumento con el paso de los años.



       

                     A pesar de la eterna discusión acerca de la fecha del Nacimiento y de la Navidad, se da por buena el 25 de diciembre, día que señaló Dionisio el Exiguo en el siglo VI, pese a la discordancia cronológica existente en el censo de Quirino, así como en relación al desplazamiento de José y María desde Nazareth a Belén (el interesado puede encontrar información abundante en multitud de webs sobre el tema). Aragón se adelantó en la celebración de la festividad por medio de Pedro IV en 1850, mientras que el comienzo de año el 1 de enero lo estableció en España Felipe II siguiendo la pauta marcada por Maximiliano de Alemania y Carlos IX de Francia. La tradición manda en este artículo y no importa mucho si esta concuerda o no con la realidad que fue, o con el desarrollo de los hechos: son debates ya superados. El nacimiento -el belén-, muy arraigado en Aragón, cobró auge en el siglo XVIII, se dice que importado por Carlos III, procedente del presepio napolitano, pero aquí ya existía el popular pesebre catalán, cuyas figuras seguramente se extenderían por nuestros territorios para dar vida a los nuevos nacimientos. Tal vez por el clima no se han prodigado los belenes vivientes y es ahora cuando puntualmente se observan en lugares cerrados pero también en las calles de las ciudades. Sin embargo, siempre existió la adoración de los pastores, al igual que fue común la representación de entremeses en la catedral de La Seo de Zaragoza existentes desde el siglo XV, pues queda constancia de que en 1419 asistió el rey y la corte, y en siglos posteriores, el Consejo en corporación iba a felicitar las Pascuas de Navidad al Virrey al término de la ceremonia de vísperas en la iglesia de Santa Engracia, también en Zaragoza, desplazándose la comitiva a caballo, ya que así era preceptivo, con gramallas y precedida de mazas. En la actualidad, la proliferacón de belenes de distintos tipos es tal que se organizan rutas de belenes, a veces por varios pueblos, como en Huesca, abiertos al público visitante en algunos casos hasta abril. Cada uno tiene su singularidad: en Peralta, se puede ver una colección de más de un centenar de belenes de cuatro continentes; en Sena, incluye la teatralización de escenas navideñas; el de Tamarite se hace con alfombras del Corpus y el de Fraga se dedica este año al monasterio de Sijena.

               La Misa del Gallo es una tradición generalizada, aunque la asistencia va variando según la época y la edad, ya que en estos momentos a veces se suelen preferir otros espacios o verla por la televisión, según las inclemencias del tiempo, o las creencias religiosas. En realidad, hasta hace poco, sólo se salía de casa el 24 de diciembre para este acto. Antes, en las montañas, dos pastores, en el fondo del coro, solían crear el ambiente musical para la misa con sus voces y silbidos, imitando a las ovejas. Los chicos llevaban zambombas hechas con vejigas de cerdo infladas para acompañar la copla de todos conocida Dale, dale, dale... En lugares del Bajo Aragón turolense, se hacían reventar las vejigas de cerdo en el momento en que sonaba la campanilla de la consagración, provocando un gran estruendo y temblor jubiloso y alegre. Dentro del ciclo navideño, se ha celebrado el día de los Inocentes, el 28 de diciembre, con bromas que han ido desapareciendo casi por completo, debido al mal gusto, por el exceso de algunas que se gastaban. Ahora nos informan de alguna noticia sorprendente e incierta o exagerada, pero en eso suelen quedarse las inocentadas. Sin embargo, la incidencia de esta festividad en según qué comarcas aragonesas fue significativa. Es el caso de la provincia de Teruel, donde ese día un botarda (como nos informa Alfonso Zapater), disfrazado con trapos de colorines, entraba por las casas, alborotando, pidiendo obsequios y tomándose licencias que, en más de una ocasión, se pasaban de la raya. En Mirambel, las mozas elegían un falso alcalde para ese día, y en Camarena se subastaba el derecho a bailar con una moza determinada, y si ella se negaba...!tenía que pagar el importe de la puja!... Gea de Albarracín solía ser escenario también de estos acontecimientos. En esos pueblos, al ir a la misa del Gallo se dejaba la puerta de las casas abierta y el fuego encendido en el hogar, con la casa dispuesta para las visitas, "por si la Sagrada Familia pasaba por allí y decidiera entrar en busca de posada, no ocurriera lo que en Belén". Cuentan que en Tierrantona se recogían malvas la noche de San Juan para adornar la mesa de Nochebuena y al día siguiente aparecían abiertas y blancas. En Benasque se celebraba la "esquellada", en la que los chicos recorrían el pueblo la semana anterior a Navidad, haciendo sonar un cuerno, agitando cencerros y golpeando latas, para ahuyentar a las fuerzas del mal.






                     Para San Silvestre, se despedía el año. Los vecinos de Baraguás jugaban a sacar almas y vírgenes, escogiendo cada uno de los presentes un santo, escribiendo su nombre en un papel y depositándolo en una orza, olla o puchero, incluyendo, claro, a San Silvestre. En otro recipiente se ponían los difuntos de la familia, o sea, las almas. Dejadas todas las papeletas, se sacaban alternativamente, emparejando santos o vírgenes con muertos y uno de ellos era, como cabe suponer, San Silvestre. Cuando se producía esa coincidencia, el "afortunado" tenía que pagar el vino para todos. Además, el descendiente del muerto tenía que rezar una parte del rosario dedicada al santo y otra a las almas del Purgatorio. Se bebía y se celebraba el principio del nuevo año con una colación abundante que nunca podía empezar antes de las doce. La visita de los Reyes Magos cierra el periodo navideño, pero primero tenía lugar el cabo de año, en que los niños visitaban las casas de familiares y conocidos para empezar bien el nuevo ciclo, o sea, estrenar el nuevo año con alegría y prosperidad. En la Corona de Aragón se aseguraba que Sus Majestades de Oriente aparecían por estos pagos en fechas anteriores a la de su festividad para inspeccionar las obras de los niños durante el año transcurrido, y cuentan que para la Purísima se veía cruzar el cielo a su cabalgata, rauda y cubierta de misterio. Los Magos tenían un criado llamado Gregorio, al que los niños temían. Estaba dotado de formidables mostachos pero sus orejas eran todavía más largas, capaces de oír todo lo que se hablara en cualquier lengua, y poseía unos ojos que veían a siete leguas de distancia. El odiado Gregorio era el que se encargaba de contar a los Reyes las hazañas y secretos de cada niño, sin ahorrarse detalles ni picardías. Se dejaban los zapatos en el balcón o bajo la chimenea, la comida para los camellos y la carta de petición de regalos. Como los Reyes tenían el don de la ubicuidad, entraban por cualquier parte... Coincidiendo también con el cabo de año, se creía en el "hombre que tenía tantas narices como días el año nuevo" y los chicos se iban por los cerros a ver si lo veían. También se especulaba con la existencia de un animal monstruoso en la plaza, con igual número de patas, orejas o rabos como el hombre de las narices. Los niños sólo podían ir a esperar la cabalgata de madrugada, con la camisa mojada y una caña verde en la mano... ¡con lo secas que están las cañas en esa época!... En Alquézar y en el llano de Jaca se jugaba en la noche de Reyes a sacar "damas y caballeros", por el mismo sistema de las "almas y las vírgenes", con la diferencia de que se ponían nombres de mozos y mozas en los respectivos pucheros, lo que servía para decidir el nombre del marido o de la esposa que le tocaba a cada cual: casamientos fingidos que en algún caso llegaron a materializarse...






                        La gastronomía prácticamente continúa de forma parecida a tiempos pasados, aunque algunos de los platos se conserven casi en exclusiva en la memoria pero puedan elaborarse si así se desea. Los manjares varían según las zonas y los mercados siendo típico el cardo "a la aragonesa" y ya no tanto la sopa roya o la sopa cana (con pan, chicharrones fritos, leche y azúcar, entre otras cosas) por su alto valor calórico. Ha desaparecido el ayuno del 24 de diciembre (o día del bacalao) y la recogida de fruta que realizaban los niños el 1 de enero por las casas como si se tratara de una antigua (pero más saludable) fiesta de Halloween. El pollo y el cordero han quedado desbancados por el pavo y el besugo. Los dulces se elaboran para todo el ciclo navideño. Antonio Beltrán habla de los empanadicos y empanadones (cuchiflitos) de su tierra monegrina (Sariñena, La Almolda), aunque yo los he probado parecidos y con otros nombres en las tres provincias aragonesas. Ana María Val proporciona la receta más conocida, en la que van rellenos de cabello de ángel, que no es otra cosa que calabaza confitada, dulce ya popular entre los moriscos, que se han conservado ritualmente también en Semana Santa. Los empanadicos se ofrecían a las familias afectadas durante el año por la muerte de algún familiar y el luto les impedía amasar y cocer pastas. Los empanadones, de mayor tamaño, se rellenaban de espinacas, calabaza amarilla y pasas, composición parecida  a los espinais de la provincia de Huesca. Incluso yo los conozco elaborados con hojas de borraja, en el Bajo Aragón. No podemos olvidarnos de las castañas asadas, aunque Aragón no es productora de ellas, del Roscón de Reyes, relleno de nata, a diferencia de otras regiones de España, o del mazapán, al que se dedica un romance en la ribera baja del Cinca, que, en la relación un tanto satírica que muestra la rivalidad entre localidades vecinas, se cita a "Santa Lecina y Estiche/ son dos ciudades muy grandes, las paredes son de azúcar,/ de mazapán los pilares". Y naturalmente, el turrón, en sus múltiples variedades, destacando entre todas el genuino aragonés, el guirlache, que se compone básicamente de almendras más caramelo solidificado, un galicismo (grillage, manjar tostado), cuya procedencia latina final (craticula, pequeña rejilla para asar) ya se encuentra en Catón, el gastrónomo Apicio y en el escritor bilbilitano Marcial del s. I d.C., y que pudo pasar al castellano a través del vasco. Este turrón, que se degusta durante todo el año en Aragón tiene un origen árabe y medieval y fue popularizado en nuestra tierra a partir del siglo XIX por los franceses.





                    Diciembre es un mes que impone sus condicionamientos en relación con la inactividad que se atribuye a la tierra en este tiempo, cuando la savia está dormida. La fertilidad permanece prisionera en las entrañas de la propia tierra por lo que no admite ningún trabajo hasta su despertar en febrero, como antesala de la primavera. Sólo los podadores de viñas y los femateros de olivares han venido realizando su labor en ese mes, por eso labradores, pastores y gentes de las zonas rurales en general, acogen con gozoso descanso un periodo para vivir de otra forma, para disfrutar de otras experiencias, quizá para soñar con lo que podría ocurrir cuando pasen las celebraciones navideñas. Porque los expertos saben que esa pasividad de la tierra no es absoluta: es en la luna de enero, por ejemplo, cuando se suelen cortar las cañas y los troncos para que no pierdan sus virtudes y cualidades... Mientras, se canta, se enciende el calor, se disfrutan sabores diferentes, se recuerda a un Niño que nació más o menos por este tiempo, se ofrecen presentes a propios y ajenos, se desea que la luz de la tronca, honda y plena, mantenga su lumbre lo más posible, y por eso en Ansó, se dejaba arder veinticuatro horas para calentar al recién nacido, en Gistaín se procuraba que no se consumiera durante todo el año, y lo mismo en Escalona, o en Baraguás, donde el tizón se prendía en la misa del Gallo y se mantenía hasta Reyes o la Candelaria, cubriéndolo con ceniza para que cada mañana el hogar pudiera encenderse con su calibo... Las tradiciones -ahora reinventadas- han venido trazando unos signos exteriores culturales y de identidad patrimonial de esta tierra, y tal vez de sus analogías con otros lugares, para que el artificio estético actual no se quede en simple gozo aparente y superficial, sino que, manteniéndose vivas, regalen estrellas profundas y transformadoras, de plenitud y de esperanza, y si no...


                                                        Pa San Silvestre, coje a capa y bete



                                                          "Amazing Grace" (letra de Newton). Bocelli y el Papa