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viernes, 22 de marzo de 2019

De prosas y poemas en "LA VERDAD"







                                                                                                                    A Gonzalo Borrás





                                                                                           Dicen que es melancolía
                                                                                           y no es sino desengaño.


                                                                                                         Góngora




                                 
                                               Y con esto, regresaron para subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:
                                               Tapaos, Sancho, y subid, que quien envía de tan lejanas tierras por nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar engañando a quien se fía de él. Y aunque todo sucediese al revés de lo que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá oscurecer ninguna malicia.


                                                                                              Don Quijote, parte II, cap. XLI






                        Recientemente ha sido publicada la obra Los Dichos pícaros de Marcial, en ediciones Aguamarina del grupo Anaya. La presentación no puede ser más acertada: un librito breve -como los propios dichos-, de fácil manejo y cuidadas ilustraciones, que nos vuelve a acercar al escritor bilbilitano nacido en el año 40 después de Cristo, Marco Valerio Marcial. Estos Dichos -epigramas- constituyen tal vez la descripción más vívida y detallada de los usos y costumbres de una sociedad poderosa, culta, divertida y decadente, como era Roma en el primer siglo de nuestra era. La brevedad conceptual que propugnaba otro escritor de la tierra, Baltasar Gracián, se halla presente en estas rotundas frases, perfectamente adecuadas para nuestro tiempo pues son de una indudable modernidad. La variedad temática y formal de los epigramas es absoluta: desde el sencillo y gracioso hasta el más erótico, desde el pareado más simple al verso más elaborado, la lectura de los Dichos pícaros, junto con la belleza de los frescos representados, suponen para el lector el disfrute de un tiempo en el que la sonrisa está asegurada, una sabia mezcla de la que deben abstenerse aquellos que, rasgándose las vestiduras ante ciertas expresiones, no comprenden que sólo los mejores poetas han transformado el lenguaje más coloquial en el más poético y clásico.










                              Al mismo tiempo que la anterior y sin desmerecimiento alguno, se da la grata circunstancia de la aparición de la novela A la sombra de las sabinas, de Javier Coromina, asímismo autor bilbilitano aunque de nuestro siglo, que reside actualmente en Palma de Mallorca, perfecto acompañante del epigramático Marcial. Una novela que recibió el premio "Ciudad de Barbastro" en 1989, lo que avala su calidad y abunda en la cantidad de premios importantes recibidos por este escritor, entre ellos, el "Café Gijón" de novela corta. A la sombra de las sabinas supone el número 16 de la colección "Papeles literarios" de "Los libros de la Frontera". Es una novela intimista que narra la historia de un retorno y de un desamor: una chica universitaria que trabaja en Madrid llega a Ibiza en el verano del 76 a pasar unos días de vacaciones. En la isla se encuentra con un mundo muy distinto al que está acostumbrada a vivir. Se siente fascinada y conoce a un joven con el que mantiene una fuerte relación amorosa. A pesar de las diferencias culturales y de educación, no puede pasar sin él, hasta que la relación se va deteriorando. Desencanto y amor frustrado son, pues, las claves de la historia. Un retorno con ciertos aires de esperanza se convertirá en una huida casi desesperada de esa fuerte atracción "a la sombra de las sabinas". Como diría Marcial: Se mató para huir de un enemigo./ ¿No es locura morir por no morir?. El lenguaje directo, los breves diálogos, la utilización poco frecuente del "tú narrativo" mezclado con otros puntos de vista formales, se aúnan para atrapar desde el principio al lector que no puede dejar la novela hasta que la finaliza. Dos obras de lectura obligada: la de un clásico universal y la de un interesante escritor que promete, dos bilbilitanos de ayer y de hoy para los bilbilitanos de siempre.







                                                                                Fernando Martín Pescador




                         El inconformismo, junto con una buena dosis de rebeldía y el afán de búsqueda son factores determinantes de la obra de Fernando Martín Pescador, autor de Mi feo mundo que a la postre no es tan feo como afirma el título de esta publicación número 13 de la colección "Drume Negrita" de Ediciones Braulio Casares. Prueba de ello es que él mismo lamenta , de entrada, la pérdida de su mundo con estas palabras reprobatorias: Mi mundo era feo y tú lo estropeaste. La entrega comprende cinco relatos breves: "Fish iz pez", "Mi feo mundo", "Noche y la ciudad", Pez soy, boys" y "La república de Ubú". El estilo literario no está exento en algunos casos de poesía; sencillo y desenfadado lleva en sí el aire fresco de la juventud. La influencia cinematográfica convierte en secuencias muchas partes de la obra e incluso cada uno de los relatos en su totalidad, aunque realmente, tampoco se trata de relatos propiamente dichos, sino de diferentes estados de ánimo transplantados al terreno literario, un ejercicio metafísico que incide en sus diversas variantes, fundiendo realidad y ficción y alcanzando en algunos casos, el surrealismo. Martín Pescador intenta por todos los medios evadirse de la rutina, de los caminos trillados, y apuesta por unos planteamientos literarios originales o inéditos, a poder ser. Todo ello entraña un riesgo que supera con acierto, aunque la prueba de fuego se quede para más adelante con obras de mayor dimensión y contenido.



                        La intención de cada relato queda expresada, al menos parcialmente, en sus respectivas dedicatorias: "Plantamos un sauce y nos salió llorón" para "Fish iz pez", la ya citada "Mi mundo era feo y me lo estropeaste" para el relato que da el título al libro, "Cuando se me ocurra algo bueno te contaré lo que realmente sucedió" para "Noche y la ciudad", "Te quiero pero ya se me pasará" para "Pez soy, boys" y "Soy la primera pieza que perdiste del puzzle" para "La república de Ubú". Las ilustraciones son de Emilio Amella y se caracterizan por sus trazos sueltos y sugerentes que sintonizan perfectamente con el estilo literario de Fernando Martín Pescador y ponen acertada rúbrica a cada uno de los relatos. Mi feo mundo es una publicación que nos sitúa desde el principio donde pretende el autor, para envolvernos en su atmósfera particular, en su propio mundo que aún siendo feo contiene cosas hermosas y por eso se lamenta de que se lo estropeen. La lectura de los cinco relatos -¿lo son realmente?- nos lleva efectivamente al mundo que se propone y nos propone el escritor para hacernos partícipes de su experiencia vital en la tierra y en el más allá, en un viaje a la Luna. Merece la pena acompañarle, al tiempo que silbamos una canción, la misma que va silbando él por su mundo particular.



   





                             En estos tiempos de poesía esteticista, "light", ligera, cultista y ocultista que Villena denomina piadosamente "clásica" (y esto del clasicismo quiere decir que ya no se habla del Yo, que el Yo está mal visto), es entonces cuando nos encontramos con los poemarios de Carlos Sierra que al unirse en un todo forman como un conjunto de cuentos breves que se acompañan elaborando un bloque único e indisoluble. El autor ha aceptado un riesgo en la conformación de estos poemas, pero aceptar riesgos es la obligación de todo creador que se pretenda novedoso. Y el salto de Carlos Sierra aunque se haga desde el desconocimiento del trapecio puede decirse que se hace sin red, asumiendo la peligrosidad que encierra una experiencia escritural. Sus diferencias temáticas son notables, pero las características de su expresión mantienen un estilo similar, de búsqueda de la hondura psicológica, de reflexión sobre las motivaciones humanas y de la naturaleza de los comportamientos afectivos y desafectivos. Son poemas que definen los sentimientos amorosos y desamorosos con una sensación de asombro y honda soledad. El protagonismo de lo femenino se configura como el sistema motriz de estas poesías referidas en su mayoría a mujeres anónimas, de su propio mundo y de su propia intimidad, donde parte el poeta de acontecimientos verosímiles que se van envolviendo en una vaguedad cada vez más inasible y nos deja entrever, como desde las rendijas cada vez más reducidas de una persiana, su luz ensombrecida.



                                  Muchos son los hilos que maneja el poeta en un inmenso tejido de luz y soledades, mucho lo que afecta al que nada humano es ajeno, y al que por supuesto importa el fenómeno creador. Sus versos nos trasladan a conceptos místicos como los de un Ibn Arabí, en que la poesía actúa con transparencia y a merced de una claridad desde donde "lo mostrado es necesariamente perturbador". Para conseguir estos efectos, los contrastes cromáticos y la disolución misma de las palabras en una niebla imperceptible de una movilidad acuática, se van tejiendo de sugerencias en entredicho, de averiguaciones cuya improbabilidad o credibilidad nada quitan ni ponen a la belleza conseguida mediante su difuminado, su opacidad boscosa. A la fugacidad del verso libre acompañan algunos poemas en los que se percibe una severa maestría conceptista. Podríamos situar este modo de decir poético en la corriente de la llamada "poesía de la experiencia" de tanto arraigo y ya larga tradición en nuestra poesía de los últimos decenios. Creo que es el caso de Carlos Sierra, pues ocurre que los materiales de sus construccciones poéticas son vivencias y situaciones cotidianas, al menos pretendidamente "personales" y vividas, de algún modo "experienciales" -término que no es más que un tópico para la "comunicación" (o sea, para "entenderse" y no pensar), ya que a ningún poeta por propia contradicción, se le ocurriría dar fe de eso de la "experiencia" como algo que tuviera que ver con la verdad o algo así-.



                              Porque lo esencial de estos poemarios es la irradiación de los placeres, convertida en glorificación de lo vital y la defensa de las pasiones como auténtico móvil conductor de los comportamientos humanos, que vibran en ellos muy por encima de la plasticidad de las palabras o de los arquetipos literarios que les sirven de base. Se trata de un bello canto a la incontinencia, con una fiebre que recupera las razones del corazón frente a las sinrazones de la inteligencia. Es una poesía que llega hasta nosotros con ese "espejismo con el sol al revés" que retrotrae memorias agostadas, tal vez adormecidas pero nunca muertas sino llenas de luz y transparencia. El empeño del poeta es conseguir la reducción del artificio a los mínimos imprescindibles para que por allí circule libremente el aire, no colapsado y enrarecido por los muros de palabras que han empedrado tantos edificios poéticos. Y se atiene para ello a contarnos relámpagos inmediatos, instantáneas fugacísimas de su propia vida. Poemas de horas, poemas de otoños y pesadumbres, estas obras producen, sin embargo, una alegría insólita, el descubrimiento de un poeta que maneja una de las voces más conmovedoras de la poesía del momento.



   




             

                     

                                                                        Luis Landero, tercero por la izquierda





                             José Verón Gormaz ha inaugurado la colección de narrativa "Forum Tabulae" de la editorial bilbilitana López Alcoitia con Camino de sombras y otros relatos impíos -diecinueve en total-, donde vuelve a poner de manifiesto sus condiciones de narrador, además de poeta, porque la poesía subyace en cada frase mediante la fuerza descriptiva y la acertada utilización de las metáforas. Algunos de estos "relatos impíos" aparecieron ya publicados en "Heraldo de Aragón", en tanto que otros son rigurosamente inéditos. Su autor, al abordar los distintos temas, amalgama realidad y fantasía diestramente y en ocasiones da entrada al más puro surrealismo. Junto al relato propiamente dicho, aparece la reflexión íntima, el soliloquio, con frecuentes incursiones en el mundo de lo onírico. El resultado en algunos casos es necesariamente metafísico, ya que obliga al lector a meditar y profundizar sobre el tema desarrollado. Los protagonistas de Verón Gormaz suelen ser, por lo general, gentes condenadas a seguir un camino que no lleva a sitio alguno, camino de ninguna parte -de sombra-, con lo que se acentúa su patético vacío. Es como una permanente búsqueda de lo imposible.








                        Para ello se ha logrado un ritmo narrativo adecuado, capaz de resaltar cada secuencia y de hacer detener la atención del lector en las claves fundamentales de cada relato. El estilo ha sido cuidado al máximo para que no se produzcan disonancias. Alternan los relatos del más variado signo, aunque de todos ellos se escape el grito común e inútil que trata de iluminar el camino de sombra. La extensión varía en relación con cada planteamiento personal y, así se va desde el relato breve de sólo dos páginas a los que tienen estructuras de novela corta y se presentan divididos por capítulos, como el titulado "La ciencia del ahorcado". Con "Laura y los hombres" sucede algo parecido aunque en menor medida. El dramatismo literario, presente en la práctica totalidad del libro, queda suavizado por acertados toques de poesía y de fotografía, diría yo, así como por las situaciones surrealistas que dominan buena parte de la narración. Preocupa en el fondo el destino del hombre, del ser humano, qué hace, a dónde va y para qué. Ante la ausencia de salidas, se recrea en el juego de los espejos que multiplican su imagen y dan profundidad al espacio vital. Es algo que queda patente, por ejemplo, en "La desaparición de Elías", escapado de la realidad por el interior de aquel espejo, y en "Reflejos", el relato que pone punto final al libro. La huida de la realidad es una constante de estos relatos impíos de José Verón Gormaz, con los que afianza su firme andadura de narrador, ya iniciada con La muerte sobre Armantes.


                      Todo un deleite para la mente.



                                               
                                                                                     Fallaste corazón



                            

jueves, 22 de febrero de 2018

WENCESLAO







                                                                                A Mª Jesús Gaceo, por su generosidad




                                     La ciudad de Calatayud homenajeó el pasado mes de diciembre en un acto organizado por su Ayuntamiento, al escritor y director del hospital "Ernest Lluch", fallecido recientemente, Raúl Wenceslao Fernández Moros. El médico bilbilitano fue recordado tanto por su trayectoria como poeta como por su labor profesional, con emocionadas palabras de familiares, compañeros escritores, amigos y autoridades. Ya días antes, el Cronista Oficial de Calatayud, José Verón Gormaz, escribía en las páginas de "Heraldo de Aragón" que estaba siempre dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaban, tanto con sus colaboraciones poéticas en libros de asociaciones benefactoras como por medio de acciones personales en organizaciones "no gubernamentales", y que no era ningún presuntuoso que utilizara la obra poética como elemento publicitario. Para este acto, al que fui invitada a participar, elaboré el escrito que expongo nuevamente a continuación, con el fin de que sus poemas se divulguen lo más posible, como corresponde a un premio de la categoría del Santa Isabel de Portugal de la Institución Fernando el Católico de la D.P.Z. y para seguir honrando la memoria de un amigo inigualable...:



     




                             "No quiero dejar de contribuir con mis palabras al recuerdo de Raúl Wenceslao Fernández Moros como el gran poeta que fue, aunque no nos haya dejado muchas obras publicadas -que no por cantidad un escritor único adquiere tal categoría. Conocí a Raúl cuando yo trabajaba como profesora de Lengua y Literatura en el Instituto de Bachillerato, entonces denominado "Miguel Primo de Rivera". Un buen día se presentó ante mí con sus poemas bajo el brazo -con el entusiasmo que lo caracterizaba-, requiriendo una opinión acerca de ellos, y si era favorable, la posibilidad de participar en la presentación al público de lo que era su primer poemario: La pasión cercenada. Me comprometí a hacerlo, aunque desconocía su identidad, y pensé que si se trataba de unos primeros poemas, probablemente pecarían de falta de madurez estética, a pesar de que, según me contó, escribía desde niño. No tuve ninguna duda, tras la primera lectura, de que estaba ante una poesía diferente: inicial, sí, pero que podría constituir el germen de uno de los poetas del momento con voz propia.



             





                          El 25 de noviembre de 1994, en la sede de la UNED, esas poesías eran recitadas por Luis Andrés y Manolita Gracia, con la compañía a la guitarra de Amor Muñoz Gutiérrez, la presencia de un numeroso público que permaneció absorto en un clima mágico, y la de un autor emocionado y nervioso, como el niño que enseña a todos sus zapatos nuevos: ¿te gustan?... No me había equivocado: a los tres años, en 1997, recibía el Premio Isabel de Portugal de Poesía por el poemario Cábala de la memoria, obteniendo, además, una Mención del Jurado otorgada a Maríe, extenso poema que debería figurar entre los mejores de la literatura española contemporánea en cualquier antología nacional (con hermosos versos -como comenta apropiadamente José Verón- que tanto se aproximan a la poética de Yves Bonnefoy). Aunque Raúl W. Fernández Moros creía que el primer libro tal vez no había llegado lo suficiente al lector, la opinión de sus amigos poetas, así como la mía, según me comentó, lo animaron a continuar en el esfuerzo de robar tiempo al tiempo para seguir expresando esa "misteriosa afición de escribir versos que luego nadie lee", como alguna vez se quejaba, aunque el ejercicio de la actividad poética lo revitalizaba y contrapesaba sus diarios desvelos profesionales. La poesía fue para Raúl el refugio de sus inquietudes más íntimas, la afirmación de su existir, porque desde el principio, no fue el de la publicación su afán inmediato, sino la satisfacción personal que encontraba escribiendo lo que lo movió al acto poético.



     




                             Recuerdo que escribí unos artículos en el periódico "La Verdad" y en la revista "Turia" sobre La pasión cercenada, en los que comentaba cómo su poesía reflejaba la cotidianeidad más honda de la existencia, llena de presencias y ausencias, de ilusión y soledad, de las pasiones de la vida, unas veces alejadas y, otras, salvadas, sobre todo por el poder de la palabra poética y el verso (permanezco/adherido a la palabra,-escribe), capaces de conseguir el regreso al recuerdo o a la infancia como señales de esperanza, en definitiva, de su gran amor por la vida, que, para mí, fue la esencia de su ser, la del niño Raúl, la del Raúl ético, la del Raúl entregado. Es cierto que este pensamiento poético ha destacado por encima de imágenes y metáforas efectistas: le importaba más la sinceridad del sentimiento, poetizar la vida, o buscar "lo que no dicen las palabras" a veces. Referencias culturales al arte en general, pero, sobre todo, a la música, acompañan a sus versos junto a ecos de la estética de Luis Cernuda o de Gil de Biedma, entre otros, y a ese ritmo solemne, jubiloso, de cadencia clásica, grandiosa, de su última época, o más coloquial de sus comienzos. Así se recordaba el poeta cuando era niño:


                                                            COLEGIAL


                                              El mirar fijo y serio del niño
                                              en su fotografía escolar.

                                             -Inquietas, correteaban
                                             las monjitas al recibir visitas-

                                             Más allá de la pizarra y el clarión:

                                             El aura gris de la miseria,
                                             los cuartos oscuros, amenazantes
                                             desconocidos y nunca visitados,
                                             la ascensión a los pisos superiores,
                                             tras el conocimiento la intrépida aventura
                                             o el final raíz de otros pasillos.

                                             Y el niño de siempre
                                             con su batita de rayas azulinas
                                             abrumado precoz por lo intangible
                                             y el impúdico dialecto de los fuertes.


                                                                                  (de La pasión cercenada)



   
                              Releyendo la amplia correspondencia que mantuve con él, a través de la que pudimos conservar nuestra amistad después de mi traslado a Zaragoza, he alcanzado a comprender cuánto le importaba la poesía en el más amplio sentido del concepto, la génesis de algunos poemas o su preocupación e inquietud por depurarlos lo más posible para que fueran del gusto del lector. Esto es lo que distingue a un poeta mayor: el testimonio de su "ars poética", que lo retrata exactamente. Como si se tratara de la autocrónica literaria del poeta Raúl W. Fernández Moros, reconoce que le gusta más Maríe "con sus imperfecciones y sus posibilidades cercenadas, con ese aire simbólico y misterioso", o solicita un comentario académico "para aliviarme de esa desorientación que todo creador tiene", o se refiere a que su poesía va lenta: "siempre ha sido pausada y muy discontinua, a veces, con escribir cinco o seis poemas que me satisfagan al año me doy por satisfecho...", llegando a señalar con ironía, "a este ritmo quizás consiga el Nobel cuando tenga novecientos cuarenta años"... (cuarenta tenía, entonces, el poeta).



                               Sobre La pasión cercenada afirmaba: La publicación me causó una gran depresión y un curioso vacío creativo de más de un año y medio; quizás fue una locura o una "depresión puerperal" como decimos los médicos, aunque ciertamente ya sabía que ese primer poemario iba a pasar con más pena que gloria, pero es que me dio la impresión que el libro no gustó a nadie, y naturalmente uno tiene sus inseguridades, máxime alejado, como estoy, de cualquier cenáculo o grupo literario en que apoyarme. Definía Maríe como "una suite poética inacabada", y se lamentaba de que quizás estaba escrita desde un punto de vista muy masculino y "no gustaría a las mujeres"... Fue concebido como un poema sinfónico a dos voces y con varios movimientos, "se me estaba apoderando y me estaba volviendo loco, en los pocos momentos que desafortunadamente puedo dedicar a la poesía. Se alejaba de lo que, en mi línea habitual, estaba haciendo, eso me rompía el ritmo constantemente...". El cambio en las bases del Premio Isabel de Portugal lo obligaron a reducir el número de versos y a alargarlos, calmando así su desasosiego creador, al menos momentáneamente. Siempre creyó que Maríe debía haber sido el poema ganador:



                                      III


Oh rotas mañanas de naufragios y avenidas,
petulante gorjear de gorriones pervertidos,
desprevenido cerco de sábanas ajenas,
de memorables hoteles sin memoria.

-Te crecerá, Maríe, la vida con la espuma
coronada de besos y de espigas
anhelada, feliz, definitiva,
te crecerá la noche coronada-

Tendremos emociones prendidas por la mentira inflamada de la música,
un quebrado surco de humedad tras una renovada canción irreverente.

Un breve trecho de abandono.
                                                   Un destello sin tiempo.

-En nuestro lecho profundo, como un inminente recuerdo funerario,
el breve anuncio del claustro original y un rumor de paraísos yermos-

Tendremos, ignorada o sabida, la danza macabra de la vida;

La misteriosa pasión de los reptiles
la dicha de un impúdico silencio
la sensación de una emergencia lúbrica
y un cielo encendido de lacerados senos.



                         Sin embargo, fue Cábala de la memoria el poemario que ganó el Premio y el poeta cuenta que, para conformarlo, seleccionó un conjunto de poemas que mantenían una coherencia temática formal, lo que hizo aumentar la intensidad poética, valorándolo así el jurado como el mejor. Raúl se mostró preocupado por las circunstancias de la publicación de los dos poemarios en uno, insistiendo en lo que suponía para él la novedad en la extensión de los poemas. Con su pasión habitual, siempre me animó a "disfrutar de algún verso afortunado si lo hubiere". Sólo los verdaderos artistas se muestran con modestia semejante. Y con toda mi emoción releo: este pequeño éxito literario es más tuyo que de nadie, agradecido, como estaba, a mi ánimo constante en su nacimiento a "poeta con obra publicada" para perseverar en su vocación. Así era el poeta Raúl, (Wenceslao -como yo lo llamo), Fernández Moros. Los bilbilitanos tienen que sentirse muy orgullosos de que un nuevo poeta de esta dimensión forme parte de la ya amplia nómina de los excelentes poetas de esta tierra. La obra de Raúl habla de presencias y de ausencias, de fracaso y generosidad, de amor y muerte, de vida continuada, de ese volver a empezar a pesar de todo... Su pasión contagiosa por la poesía -casi pedagógica-, lo mantiene presente entre nosotros y, para que él lo sepa, quiero compartir con todos los que tanto lo querían, un poema inédito que a él le gustaba mucho...






                                    LAS RATAS ABANDONAN EL BARCO


                                      Murmullos de epidemia.

                                      Tiempo infeliz, inevitablemente habitado
                                      por licántropos,
                                                                  vampiros,
                                      criaturas de la noche y de los días
                                      en su reconocida amenaza exangüe.

                                     Luctuosa jornada de la desolación
                                     impregnada
                                     por el hedor de la sangre coagulada,
                                     por cotidianos hábitos deleznables,
                                     por infecundos silencios avanzando
                                     en la tenue penumbra de las dársenas.

                                     Mi capitán
                                     la mañana es un piélago
                                                                          abierto al desconsuelo.

                                     Un viento pernicioso nos empuja,
                                     una fe entre palabras extraviada,
                                     los estertores de un ídolo perverso
                                     que, cauteloso, en la oscuridad alienta.

                                     Pero aquí, en nuestro puesto,
                                     permanecemos, mi capitán,
                                     asfixiados por la niebla del abandono,
                                     cansados de bogar contracorriente.

                                     Aquí, infestados, persistimos,
                                     cegados por la misteriosa luz
                                     que de una duda se desprende,
                                     atraídos
                                     por la espuma de un incierto horizonte,
                                     atrapados
                                     en el álgido reflejo de una luna cambiante,

                                     mas nunca entregados a la paz,
                                     al mísero remanso confortable
                                     del odio y de la ira."



                          Raúl W. Fernández Moros -"Wenceslao", para mí- era un ser de valentía que desbordaba humanidad, extraordinario fotógrafo artístico, hombre de poesía, irreemplazable presencia en mi vida...
                                    



                          
     
                                     


                         
                             



                 

domingo, 8 de octubre de 2017

PEDRO MONTÓN PUERTO





                                                       Y aun con la luz artificial de tus ciudades
                                                       o sólo con brillo benéfico de luna,
                                                       hace ya tiempo que te quiero
                                                       en la humedad antigua que nos une.


                                             Raúl Wenceslao Fernández Moros, Cábala de la memoria
                                         (Premio "Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal", de Poesía)





                                                                  A Wenceslao, como yo lo llamaba..., in memoriam.





                                            He recibido con enorme satisfacción la noticia de que el Ayuntamiento de Calatayud ha adquirido el legado bibliográfico del inigualable escritor, periodista y Cronista Oficial de la ciudad de Calatayud, Pedro Montón Puerto, tras un acuerdo alcanzado con sus herederos. Es de suponer que la impresionante obra por cantidad y calidad recopilada en su biblioteca -de las mejores de Aragón-, podrá a partir de ahora consultarse, al tiempo que sirva para el estudio y divulgación del autor, en un acto de justicia y reconocimiento que llega cuando va a producirse, el mes próximo, el 25 aniversario de su fallecimiento, a sus jóvenes aún 67 años. El escritor, que desarrolló su labor -iniciada en Madrid- desde 1955 hasta 1992, conservó una amplia colección de prensa de ámbito local y nacional, en las que colaboró permanentemente: una hemeroteca privada imprescindible para el conocimiento de esa época que constituye una fuente histórica de primer orden, y que desde el Archivo municipal se pretende impulsar. El tiempo termina por colocar a cada cual en su sitio, y así va a ser en el caso de este escritor, al que probablemente la preceptiva literaria calificaría como "un raro" por lo insólito de su obra y personalidad un tanto bohemia, romántica y polifacética. Pedro Montón Puerto perteneció a la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, al Centro de Estudios Bilbilitanos y a la Asociación Internationale des Critiques Littéraires. Cultivó todos los géneros literarios, destacando también en su labor investigadora e historiográfica, sobre todo del ámbito que tan bien conocía, su propia tierra. Recibió importantes galardones y premios como el otorgado por la Dirección General de Prensa por su artículo "En España no es papel de plata" (que fue reproducido en todos los diarios españoles), el San Jorge de Periodismo o el Premio Amantes de Teruel de Poesía, por este magnífico soneto:


               
                          Mudan los tiempos su perfil en vano,
                          siembra generaciones varia gente,
                          y en un suspiro el rizo adolescente
                          se ciñe nieve de cabello cano.
                          Pero un mismo temblor en nueva mano,
                          y un igual pensamiento en otra frente,
                          vuelve, retorna esplendorosamente,
                          para afirmar el corazón humano.
                          De iluminada sangre, la pastora
                          voz del Amor, transita la cañada
                          siempre de eterna flor recién vestida.
                          Ello fue entre los muertos y es ahora,
                          que no acogen las tumbas desatadas
                          la cadena de Amor que hizo la Vida.







       
                       Pedro Montón Puerto me honró con su desinteresada y honesta amistad, fraguada en diarias conversaciones que me mostraban a un hombre cultísimo y de una gran y modesta maestría literaria, que tenían lugar habitualmente en la penumbra del tenebroso, entonces, Casino de Calatayud, espacio en el que yo me adentraba temerosa porque sólo podían entrar los socios y nunca vi a ninguna mujer, al menos, a ciertas horas de la tarde. Pero él siempre me esperaba en uno de los butacones del oscuro salón, con sus algodonosas patillas que casi le ocultaban el rostro, y, tal vez de esa atmósfera surgieran tantas confidencias y reflexiones, que fueron para mí clases magistrales de sabiduría. Conocía las críticas con las que muchos lo denostaban, pero también la admiración que provocaba su vasta cultura y su envidiada biblioteca. Era, además, el acompañante perfecto de mesa y mantel y, sobre todo, de sobremesa, donde se desataba ese ingenio natural y pasión vitalista de la que fue testigo un día el escritor Julio LLamazares, al que, tras su charla a los alumnos del Instituto, invité a comer junto a Pedro y a otros dos grandes bilbilitanos, José Verón Gormaz y Antonio Sánchez Portero. Recuerdo el asombro en el rostro de Llamazares ante los juegos de gracejo inteligente y la agudeza de talento de ese trío de lujo que con el café, copa y puro, se disparaban sin remedio ("De la salud no quiero ocuparme", me escribía cuatro meses antes de su muerte). Así lo recogí, con la foto que pude hacerles a los cuatro, en la entrevista para "Heraldo de Aragón" que realicé a Julio Llamazares:

   
              Una mañana, Julio Llamazares recaló en Calatayud acompañado de su inseparable perro, camino de Ainielle, su paraíso particular, el pueblo oscense protagonista absoluto de La lluvia amarilla. Por allí cerca lo esperaba una mujer y los siguientes días se le presentaban nostálgicos, únicos. Pero no se habría ido de Calatayud: el tiempo -ese tiempo que le angustia tanto por no poderlo parar- le jugaba otra vez una mala pasada, como siempre que se va de una ciudad.
            Allí compartió mesa y mantel, palabras y sabiduría con los escritores bilbilitanos Pedro Montón Puerto, Antonio Sánchez Portero y José Verón Gormaz, ya amigos hasta lo eterno. Con ellos comprobó lo que ha manifestado en alguna ocasión parafraseando a Pavese, que "la verdadera literatura es provinciana", que se debe escribir desde la tierra en que se ha nacido, desde la tierra que a uno lo sustenta.






                                                                       (Fotografía de José Verón Gormaz)


                     La figura de Pedro Montón Puerto prestigiaba (y ahora ya no desde la remembranza sino desde la autoridad de la realidad de su obra recuperada) el paisaje humano y cultural de Calatayud, con su amor profundo por sus tierras y sus gentes que extendía a todo Aragón, tanto como escritores de la talla de Gómez de la Serna, Emilio Carrere y sobre todo, César González Ruano lo hacían con Madrid, por eso ha pasado a engrosar las páginas ilustres de la cultura aragonesa, de esa "hermosa historia de ausencias", en expresión que él mismo acuñó, que tan bien conocemos los aragoneses. Hasta lo reconocemos como personaje literario en una obra de José Verón, La muerte sobre Armantes, como el mismo autor confirmó asegurando que aparece en momentos importantes del relato, por ejemplo, en la explicación a los lectores del significado de la asociación "Los Hermanos del Yermo". Los dos cronistas lo aclararon en las famosas "Crónicas vivas de la ciudad" del diario bilbilitano "La Comarca", con las que, a veces, Pedro Montón, según sus palabras, no se reconocía por la ausencia de la reproducción fideligna y exacta de sus relatos... Javier Barreiro consideraba cómo era necesario el reconocimiento del escritor, al que no le importaba demasiado publicitarse ni se afanaba por medrar con ostentación, sino continuar viviendo en su capacidad para la sensibilidad y la estética sin menosprecio de su gusto por lo popular, sin resentimiento, con distanciamiento respecto a la trascendencia social o no de sus intereses, sin sujetarse a la mediocridad o el convencionalismo, era su dedicación a la cultura una necesidad que emanaba de su sensibilidad y su pasión por la estética. El mercado literario no podía tener sitio para él porque no calculaba sino que dejaba expandirse su corazón y sus necesidades no eran las del reconocimiento sino las de aquel que vive, necesaria pero no vicariamente, en la literatura.






                                                                              (Fotografía de A.Utrera)



                      En este sentido contestaba a mis preguntas para "Heraldo de Aragón", a propósito de la publicación por la Institucion Fernando el Católico de su último poemario Himno local: "No se puede vivir de la literatura si no estás con las fuentes del poder".


       -¿Tu obra poética trasciende la dimensión localista a la que alude el título del último libro?

          - Ni la palabra "himno" ni "local" resultan muy atractivas hoy, pero están elegidas intencionalmente como una reacción de rebeldía ante algunos afanes demasiado cosmopolitas de la literatura actual. De ahí, como ha comentado Ildefonso-Manuel Gil, el "atrevimiento" del título y la consideración de este libro por algunos autores como mi testamento poético. Evidentemente, ciertos poemas son como el carnet de identidad de Calatayud (así, el dedicado a la Virgen de la Peña, "Ascua nuestra"), pero en ningún caso se trata de poemas descriptivos. Por otra parte, en literatura están ya todos los temas agotados.

       -Tras la renovación formal de poemas anteriores, vuelves a una poesía de corte clásico, con sonetos al más puro estilo gerardiano.

          - Aquella poesía experimental hubo que escribirla en su momento, pero para mí no dejaba de ser un ejercicio artificioso. Mi poesía, aunque desgarrada y también difícil a veces, pretende llegar al nivel normal del público. Me identifico más con el clasicismo, sin dejar de lado cauces diferentes. En Himno local, aparece algún poema, como el dedicado a la portada de la iglesia de Santa María "Oratorio de los ángeles músicos", que está en la línea de la solemnidad y musicalidad de Rubén Darío, pero junto a él se encuentra el "Villancico que dicen de Calatayud", por ejemplo, y otros poemas con forma libre al lado de sonetos.

        De haber seguido residiendo en Madrid quién sabe si habría llegado a ser un digno premio nacional de poesía, pero las 310 pesetas que ganaba trabajando en un banco y que le hicieron perder veinte kilos, lo convencieron de la necesidad de ser un poeta bilbilitano para siempre. Se jugó la fama a cambio de la admiración y la gloria.

       - Llevar cincuenta años escribiendo, ¿imprime carácter?

          - No se puede vivir de la literatura si no se está cercano a las fuentes del poder político del momento o se tiene un talento y una personalidad extraordinarios, que a veces no son fáciles de conocer. Yo escribo porque es una forma de singularizarme, de autocomplacencia. Los premios que he recibido a lo largo de la vida me han impulsado a continuar con mi vocación. Y la vida literaria bilbilitana también ha cambiado. Yo siempre he tenido maestros, hoy los jóvenes no los reconocen.








          - Estás en posesión del premio San Jorge de Periodismo por unos artículos sobre Aragón.

              - Me siento más próximo al artículo periodístico que a la poesía. Como todo aragonés, quizá tenga poca fantasía. Ha habido muy pocos buenos poetas aragoneses, pero sí historiadores, eruditos, periodistas. El rigor, la seriedad, la investigación parecen más adecuados a nuestro temperamento o al menos, por no caer en el tópico, al mío. Creo que mi libro de artículos periodísticos Puertas de Zaragoza es el mejor que he escrito.

           - Como cronista, ¿pones el dardo en la palabra?

             - Aunque es un cargo honorífico, supone la recompensa a una labor de conocimiento profundo y difusión de Calatayud desde hace muchos años. Procuro ser muy certero en la palabra y a veces renuncio a esta ciudad que me completa tanto, pero que no sabe apreciar mi esfuerzo en ocasiones. A pesar de eso, mi matrimonio con Calatayud es indisoluble, quiero ser su cronista siempre.


               Concluía mi entrevista con un "Siempre lo será, este "Poeta de aquí", como titula ese gran soneto de Himno local, el poeta que quería dejar bilbilitana huella, pero también una poesía de lo absoluto. Con la afectuosidad que lo caracterizaba, Pedro Montón Puerto me escribió poco después: "El tiempo que duró la entrevista es uno de los ratos más felices que recuerdo en los últimos años" y, a propósito de uno de los artículos que me envió del que recojo palabras esenciales que cito a continuación, en otra carta del amplio epistolario personal tan esclarecedor para profundizar en el conocimiento de su pensamiento, revelaba con su espíritu cariñoso de siempre: "El mundo está lleno de imprevistos. Uno, mayor, mi encuentro contigo. Otro, secundario, que un artículo que te envié por encontrarlo repetido entre las páginas de un libro, pueda alcanzar tan buena fortuna". Y en ese artículo, "El tiempo y la pluma", confesaba:


           Opino que el ideal máximo de un escritor es la intemporalidad -que sólo la da el alma-, aunque dedique su obra íntegra a hacer el retrato de sus vecinos del segundo.



             Pues bien, el tiempo no pasa para clásicos eternos como Pedro Montón Puerto, ahora más cerca con toda su obra a nuestra disposición en homenaje a él y en beneficio de la cultura aragonesa y de nuestras señas de identidad. Tras 25 años, otro gran poeta bilbilitano, Wenceslao (Raúl Wenceslao Fernández Moros) forma ya parte también de esa hermosa historia de ausencias...




                             

martes, 24 de mayo de 2016

La voz iluminada de SARA COMÍN



                    El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no debe quejarse si se pasa.

                                                                  Miguel de Cervantes


                                                            Pero el viajero que huye
                                                            tarde o temprano detiene su andar
                                                            y aunque el olvido, que todo destruye
                                                            haya matado mi vieja ilusión
                                                            guardo escondida una esperanza humilde
                                                            que es toda la fortuna de mi corazón.

                                                                  Carlos Gardel, ("Volver")


                La música es sinónimo de libertad, de tocar lo que quieras y como quieras, siempre que sea bueno y tenga pasión, que la música sea el alimento del amor.

                                                                    Kurt D. Cobain

                                                           
                                                   "...Quisiera morir como Kurt Cobain, de sentimiento."

                                                                   Enrique Bunbury, ("Decadencia")



                         
                                    Para vivir hacen falta las pequeñas cosas, esas tan hermosas que a veces nos trae el perfume de un viento humanizado que canta a la libertad, y nos sumerge en un remolino de sensaciones que huelen a nostalgia del recreo de la infancia, o hace que nos dejemos llevar por el seguro refugio de un amor correspondido... A este universo nos traslada la voz de Sara Comín.

                  En el principio fue la jota: el sentimiento, la emoción y la pasión por la tierra. Recuerdo cómo las paredes del vetusto edificio del Instituto de Calatayud vibraron cuando se produjo el silencio tras la jota que Sara nos cantó a Alfonso Zapater y a mí en el despacho de dirección, espectadores privilegiados de tan inédita actuación. Yo creo que hasta Alfonso XIII que diariamente nos observaba imperturbable desde su retrato con rostro hierático, esbozó una entusiasta sonrisa que seguramente todavía mantiene... Desde entonces la voz de Sara Comín forma parte de la banda sonora de mi vida. Ya con pocos años, Sara se abrazaba al mantón de la tatarabuela y se inventaba funciones ante la concurrencia familiar -a la que luego pasaba la bandeja en la que obtuvo sus primeros laureles-, pero a la que, sin embargo, no permitía asistir como público cuando empezó a participar en los iniciales concursos de jota, por eso de los nervios... En esos certámenes consiguió importantes galardones, y eso que siempre ha preferido no competir sino sólo vivir la magia del escenario para disfrutar todavía más de lo que siente, esa esencia que traspasa el alma de los oyentes... Entonces cantaba con Nacho del Río ("su amigo del alma" y "su maestro", así, por separado) y con Yolanda Larpa, el gran trío jotero bilbilitano. Después, el inigualable Jesús Gracia le aportó más conocimientos, absoluto respeto por la historia de la jota, y todo el cariño y la generosidad del mundo...






                  Esa voz comunicadora, enérgica, cadenciosa y dinámica a la vez, apuntaba sus primeros pasos profesionales en la locución radiofónica de Calatayud, así que entonces ya cantaba y contaba, eso que ha constituido para siempre el núcleo profundo de su vida, lo que ama intensamente y le permite exprimir el momento tanto de sus quehaceres como de sus deleites y hasta arrinconar las contrariedades de la rutina diaria. Pero además, Sara Comín, soñadora y emprendedora valiente, siempre buscó nuevas experiencias musicales, adentrarse en lo desconocido, enriquecerse con nuevos proyectos, perseguir otros ideales creativos, reinventar retos y metas, dibujar esperanzadores estados de ánimo en los demás, pasear por el tiempo a través de la música, viajar hacia melodías con las que arriesgar y tal vez ganar, y encontrar esa misteriosa "gracia" compartida entre su voz y los que la escuchamos...


               Así que a los 17 años consiguió una beca de la DPZ y se fue al Conservatorio de Madrid, en una diferente aventura confiada en su talento vocal. Los aspirantes interpretaron canciones líricas y ella cantó la jota de "La Bruja", provocando el aplauso de todo el jurado. El presidente, el gran Pedro Lavirgen, recordó que estaba prohibido aplaudir. Pero aprobó. Estudió vocalización y base de solfeo, y su voz no se vio perjudicada por la dualidad canción lírica-jota, pues como ya le había comentado Pedro Lavirgen, Sara cantaba "con el estómago", alcanzando de esa forma las notas más altas sin gran esfuerzo y la mayor potencia en esa expresión musical ancha, amplia, de soprano. Su aspiración en aquella época era ser cantante de ópera, a la manera de las figuras a las que admiraba, Pavarotti, Plácido Domingo, Pilar Lorengar y, más tarde, Miguel Fleta, al que tanto ha estudiado. Las ayudas prometidas se convirtieron en humo y Sara continuó en su empeño musical ampliando modernos recorridos y crecientes anhelos.






              Su andadura profesional se decantó hacia el periodismo del relato y sus gustos musicales a los que ya provenían de la infancia, esos que extraían del alma las emociones y los sentimientos más íntimos, los que buscaban con la melodía y la letra la mayor complicidad con el público: tango, copla, bolero, canción de autor, música de ayer y de hoy, siempre que su poesía le permitiera cantar y contar con los ojos cerrados... canciones que invitaran a vivir o lamentaran amores imposibles. Por eso le resulta difícil la elección de los temas para sus conciertos, porque quiere que las historias que canta sean las que más corazón contengan, así que las jotas a veces son tristes, a los tangos les añade mucho desdén o enaltece el tremendismo de coplas como alguna que puede parecer anticuada, "Y, sin embargo, te quiero". Pero ya lo dijo Gabriel García Márquez: el bolero es la mejor novela, en su brevedad existe una historia, y, ¿qué decir de una copla jotera?, si su ímpetu arrastra allá o aquí, como aquella vez en que una mujer en Turquía no paraba de llorar después de escuchar cantar una jota a Sara Comín, sin haber entendido nada de la letra...


               Sara Comín no se prodiga demasiado en destapar el tarro de las esencias. A veces, sólo los muy íntimos saborean la versatilidad y transparencia de su voz, su pasión viva por el arte. Hace unos años ofreció un memorable concierto en el Auditorio de Zaragoza (acompañada al piano en esa ocasión), y yo tuve la suerte de asistir el pasado día 20 al que tuvo lugar en el Centro Joaquín Roncal, y ella sabe que fue mi mejor regalo de cumpleaños: la guitarra de José Luis Arrazola hizo el resto. En Aragón se valora el prestigio, mérito y profesionalidad que Sara Comín se ha ganado por personalidad, categoría y experiencia en el riesgo esforzado. Es una artista que se encuentra a la altura de las excelencias musicales aragonesas que triunfan por el mundo, otra genuina seña de identidad de nuestra cultura. Ilumina con su voz honesta, intuitiva, inspiradora, esas canciones, esas pequeñas cosas que todos necesitamos y que nos hacen escapar de la mediocridad hacia un horizonte infinito, que nos hacen vivir que nuestra casa es el mundo, que lo que sentimos con la verdad no lo mata el tiempo ni la ausencia, que la música es el alimento del amor...






           
                   
                                                                       

           

         

               

         

         

domingo, 21 de junio de 2015

JOSÉ VERÓN, palabra en libertad


                     
         
         Premio de las Letras Aragonesas 2013, José Verón Gormaz, escritor y fotógrafo nacido en Calatayud, se describía en la entrevista que le realicé para "Heraldo de Aragón" hace unos años como "un poeta errabundo/ atado con cadenas/ pero vivo". La versatilidad mostrada en su trayectoria en todos los géneros lo ha convertido en un artista "andariego que sueña" de prosa, verso e imagen necesarios, libres e intensos. El "humanista melancólico", como ha sido definido por Antón Castro, ha generado una prolífica y amplia obra poética, narrativa y fotográfica de incuestionable calidad absolutamente sorprendente y original en sus últimas publicaciones. Como muestra, la maravillosa recopilación de las 275 fotografías que formaron parte de la Expo 2008 en Aragón-Imágenes junto a poemas propios y citas de otros poetas aragoneses.                                                                                                                                                                      

                       En prosa, siguiendo el camino de la brevedad, la novela Las puertas de Roma. Crónicas de Marco Valerio Marcial constituye un ejemplo de renovación  que busca otros registros lingüísticos y la mezcla de recursos en lo que se ha denominado novela "multigénero". Así, el análisis de la sociedad romana del siglo I adquiere insólitas perspectivas que enmarcan la vida y el pensamiento del epigramista Marcial, escritor indispensable para entender el espíritu que impregna toda su obra.

             Mayor condensación encontramos en Cuentos para sentir las horas, mínimos relatos a modo de ensayos esquemáticos, casi un libro de silencio, que configura un universo autobiográfico en su condición de poeta y fotógrafo pleno de intuiciones, emociones y la sabiduría de los autores y textos que han conformado al hombre que camina libremente. Además de "La máquina de hacer haikús", muy significativo, el microrrelato que abre el libro "Creación" representa la quintaesencia del cuento:

       "En el principio fue el verbo , y el asunto marchó bastante bien. Después vinieron los pronombres, y todo se estropeó".

             
José Verón disfruta escribiendo lo que quiere, se nota, aunque la sencillez y plasticidad naíf resulten de una aparente facilidad que entroncaría a veces con el artículo periodístico de Umbral, sin olvidar la esencialidad  de Juan Ramón Jiménez y el aire de greguería en ocasiones, con fondo noventayochista o becqueriano. Más que las horas, se sienten los segundos leyendo, por ejemplo ,"El laberinto de la dicha" con personajes que nos atrapan en su mundo.




                 

               En poesía el sendero se dirige a la exquisita edición, entre otras, del librito  En las orillas del cielo que forma parte de la "Trilogía del tránsito y la duda", donde el poema se convierte en forma de expresión capaz de transformar el dolor en belleza y la belleza en misterio. Lo vemos en "Aguafuerte". El tiempo ("el amor es una isla en el tiempo", me dijo) aparece como elemento nuclear en Ritual del visitante, con la influencia en el lenguaje lírico de aspectos externos que invaden el territorio abstracto de la memoria. No dejen de estremecerse con los poemas "Duendes de otoño", "Círculo de bruma", "El resplandor", "Estaciones lejanas" o "Nuevas aventuras".

        Y sobre todo,                 Límites
             

                           Nocturno y decidido,
                           sin pensar en peligros ni amenazas,
                           como un valiente has cruzado la frontera,
                           y al mirar hacia atrás
                           comprendes que el retorno es imposible.
                           ¿Y todavía escuchas los ecos del regreso?
                           No pienses en volver, sigue adelante,
                           atraviesa el desierto silencioso,
                           salva los imbricados laberintos,
                           olvida el canto cruel de las sirenas...
                           ¿Adónde has de llegar?
                                                  ¿A otro desierto?
                                                                         ¿Al valle de la luz?
                            Inciertos los destinos te parecen,
                            disperso el horizonte,
                                                       escondida la senda
                            que adonde te ha de llevar es a ti mismo.







           La ironía y el sarcasmo se intensifican en el poemario de versos aforísticos  Sala de los espejos (Epigramas, enigmas y otras contemplaciones), con temas profundamente humanos en tono moralizador ma non troppo muy del gusto de la literatura aragonesa de todos los tiempos y acorde con los actuales necesitados de ética y prudencia pero que trata con aire "delicado hasta en lo más desgarrado" al estilo de la poesía china que tanto le gusta.

          Cancionero del café. Pequeños poemas para leer y cantar, agrupa un conjunto de coplas "para el pueblo", algunas para ser cantadas en forma de jota. El escritor entiende que la poesía sólo puede clasificarse en buena y mala, por lo que su camino creativo convierte ahora la brevedad de estas estrofas en la expresión de los más hondos sentimientos, a veces teñidas del más fino humor sobre todo en las coplas de jota, enriqueciendo con su afán renovador el patrimonio cultural aragonés. Ernesto Cardenal le descubrió la autenticidad de los cantos de los indios chipewas, certeros, contenidos, bellos... Así, coplas aragonesas, coplas "de autor" son cantadas por  los mejores joteros de hoy...


       José Verón ha querido seguir difundiendo la poesía con raíz popular, no muy apreciada a veces por círculos poéticos autodenominados cultos minoritarios que no valoran adecuadamente formas estróficas como la cuarteta o la más usada en Andalucía, la soleá, sin reparar en que la mayoría de los auténticos y verdaderos poetas de lírica culta las han cultivado utilizando igualmente la palabra en toda su riqueza expresiva, estética y en completa libertad y exigencia poética. El escritor transmite especialmente su pasión por las coplas de jota creando contenidos variadísimos en matices. Sólo existe la poesía buena y mala y la de José Verón, culta o popular, se enmarca en la excelencia porque es un creador auténtico.


                                   Vientos de otoño me empujan;
                                    alas de amor me levantan;
                                    nubes de ausencia me hielan;
                                    palabras de adiós me matan.


               
   Aunque ya hace tiempo me comentaba aludiendo a uno de sus poemas que hoy son "Malos tiempos para la lírica", sólo el poeta puede ayudar a cambiar el mundo porque todos los cambios sociales han ofrecido como base la poesía: Einstein, por ejemplo, se comportó como un poeta y los creadores "insensatos" han tenido el valor de afrontar los defectos ancestrales de la sociedad. El poeta es necesario en el mundo: "En caso de desastre/avisen al poeta". Es su visión y destino.

           Le preocupa enormemente el lenguaje y las agresiones que sufre en su uso cotidiano, a lo que tampoco ayuda la enseñanza de la lengua española en el sistema educativo actual - desde hace muchos años, añado yo -, que no contribuye a formar lingüísticamente a los jóvenes ni a solucionar las dificultades que existen para un progreso real de la lengua:
               - No creo en la inspiración sino en el hecho de escarbar en la subconsciencia. El surrealismo es una técnica de gran valor, aunque a mí me gusta la libertad. Los críticos calificaron mi obra "de vanguardia", pero la poesía no tiene etiquetas, es poesía, nada más.

          Ocupado en "vivir la vida" para reflejarla en el arte o en el periodismo, José Verón manifiesta con espíritu gracianesco el rigor, la honestidad , la ausencia de superficialidad y un saber ser y estar en el mundo que desprenden un sabor a amistad del que disfrutamos los que lo admiramos. Lean y observen la obra de José Verón Gormaz, premio de las Letras Aragonesas, y deléitense aprendiendo...


* Las fotografías son de José Verón.


     La obra de José Verón debe bastante a su sensibilidad por la música, de la que reconoce el enorme influjo recibido: Bach, jazz, ritmos actuales o el mejor flamenco...