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martes, 19 de febrero de 2019

LA VIDA COMO ES




                                                                                                                   A Julen






                                          "El don más hermoso es la verdad, pero en tiempos de Franco, no se podía decir". "No merece ningún respeto un régimen que trata a los escritores como carreteros". Así hablaba el escritor vasco, fallecido en 1982 y nacido en Portugalete con el siglo, Juan Antonio de Zunzunegui, un autor todavía hoy no reconocido lo suficiente porque la crítica lo valoró atendiendo a su obra inicial, costumbrista e ideológicamente reaccionaria, sin reparar en la evolución que experimentó tras la guerra civil, tal como muestran sus palabras, y menos todavía en su importancia literaria, con altibajos ciertamente, como a veces ocurre con los novelistas prolíficos. Zunzunegui es el único escritor que ha recibido todos los premios literarios relevantes de este país, incluyendo por dos veces el Premio Nacional de Literatura (en 1948, por La úlcera y en 1960 por El premio). Desde 1957 ocupó en la RAE la vacante dejada por Pío Baroja. El prestigio de Zunzunegui decayó tal vez porque no hemos sabido leerlo bien.








                            Machacado por la censura del momento, testimonió la hipocresía y la inmoralidad de la vulgar y mediocre sociedad de la posguerra, a la vez que mostraba sus miserias y penalidades fruto de la injusticia y frustración de la vida española de la época describiendo sus escándalos y retratando su decadencia, así que habrá que superar la etiqueta de autor tradicionalista de su juventud y considerar que en la mayor parte de su vida y producción literaria fue un novelista incómodo para el régimen, aunque se limitara a expresarlo a través de su obra y no se convirtiera en un disidente activo como algunos coétaneos, o su crítica y recursos formales novedosos no alcanzaran esa otra fórmula aplicada a la nueva generación, la de J. Fernández Santos, Juan Goytisolo o Luis Martin-Santos, los del realismo crítico, ni se le contemple como miembro de la generación del 27 o perteneciente a alguna otra clasificación con que nos obsequia la historiografía literaria en su afán esclarecedor (exceptuando la del realismo tradicional decimonónico de sus comienzos). ¿Moralista? Su denuncia y la defensa de la necesidad de una novela social le acarrearon problemas continuos con el aparato de la dictadura. En el referéndum sobre la ley orgánica de 1966 pidió públicamente la abstención con el fin de que el proyecto de Franco no perpetuara su gobierno. Perfecto conocedor del mundo del capital, las finanzas y el comercio, supo emanciparse de una familia relativamente acomodada intuyendo en la vida bilbaína lo que había de dramático y lo literario de ese paisaje. Luego vinieron el conocimiento profundo de otras lenguas, otros lugares, las amistades salmantinas y Madrid. Se le reprocha que retratara la decadencia de una burguesía tradicional en la que se mantuvo de alguna manera, que no modernizó al país dejando esa responsabilidad a arribistas corruptos que propició el régimen franquista, así que las clases medias emergentes ya no entendieron su sátira.










                        Ahora mismo no recuerdo otra película que me haya mostrado mejor la vida de un país, de una ciudad, de un barrio de la España de los sesenta, decía Jonás Trueba en 2010 a propósito de El mundo sigue, película de Fernando Fernán Gómez, basada en la novela homónima de Zunzunegui, escrita en 1960, y adaptada en 1963. Era la novela que más le gustaba a su autor, aunque Fernán Gómez, cineasta poco proclive a ciertas veleidades ideológicas, habría querido rodar La vida como es, una obra muy compleja dada la presencia de múltiples personajes y la apología del hampa de barrio que no habría tolerado la censura, lo que le obligó a desistir en el empeño, pero que presentaba un trasfondo social parecido a la que llevó finalmente a la pantalla. Aunque se estrenó clandestinamente en 1965, después de ser censurada correspondientemente, no fue hasta 2015 cuando, restaurada, se dio a conocer al gran público con gran éxito. Hoy es considerada una película de culto indispensable en la historia de de la cinematografía española. Fernán Gómez  invirtió todo lo que tenía y había conseguido aceptando algunos trabajos menores sólo porque lo había deslumbrado esta novela. En ese año, la crítica especializada reconocía que la película reflejaba uno de los cuadros morales más aterradores e inmisericordes jamás realizados por el cine español de la España del Franquismo. Este drama en clave neorrealista es valorada como "la" película de Fernán Gómez. Para él, Zunzunegui llevó a sus obras la realidad de la posguerra, la vida como era, frente a un régimen que vetaba la libertad de expresión. Ambientada en el barrio madrileño de "Maravillas" (hoy Malasaña y Chueca), dos hermanas se odiaban movidas por la ambición, el lujo y la envidia hasta llegar a un desenlace trágico. Las interpretaron Lina Canalejas y Gemma Cuervo, acompañadas de otros grandes actores como Agustín González o Pilar Bardem.







                                                                               (Fotograma de elpais.com)









                                                   José Manuel Caballero Bonald, arriba, segundo por la izquierda





                                    Se habla de la "película maldita" de Fernán Gómez por las vicisitudes que debió pasar continuamente. El ministro G. Arias Salgado la rechazó; en un segundo intento, y añadiendo que el autor era miembro de la RAE tampoco se consiguió su admisión, hasta que con Fraga se permitió rebajando el tono malsonante de los diálogos y con una calificación artística inferior, la C, lo que impedía su distribución en circuitos importantes. Se salvó con el objetivo de poder importar películas extranjeras, pero a veces, los milagros suceden y en 2015, el milagro sucedió. La temática refleja la injusticia reinante en un mundo sin piedad, la pobreza y la miseria españolas que impiden medrar de forma honrada, la miseria moral de los personajes y aspectos tan actuales como la violencia machista, la ludopatía, el aborto, la prostitución, el maltrato a la mujer, el suicidio y, en definitiva, el poder del dinero. La protagonista es ama de casa, sumisa y obediente a las órdenes de su marido, guardia municipal, muy autoritario, que se gana el temor de toda la familia. El profesor aragonés experto en cine, Luis Alegre, comenta que se trata de un melodrama al más puro estilo del Neorrealismo italiano con esa obsesión por el honor, el histerismo de los momentos trágicos y las familias destrozadas. Gemma Cuervo se quejaba de que no hubiese podido ser vista en su momento, de que ella nunca volvió a repetir un papel así y de lo que significaba ser mujer en aquellos años: objetos, pero que la película siguió manteniendo su grandeza y actualidad. Si reparamos en el título, advertiremos su modernidad y universalidad; efectivamente, el mundo sigue, preso de un eterno retorno en el que casi nada cambia. Hay que ver esta película de imágenes impresionantes y potentísimas, pero también leer la novela de Zunzunegui, de escenas narrativas no menos valiosas y certeras.







                                                                       (Fotograma de elconfidencial.com)






                                                                                        Luis Goytisolo




                    
                                 En 1954 se publica La vida como es, declarada mejor novela del año, en la que aparecen unos seres marginales a los que las estructuras del poder hunden en la pobreza. No es que Zunzunegui juzgue, sólo presenta un mundo picaresco madrileño de personajes desarraigados caracterizados por una concepción materialista de la vida: aprovechados y degenerados. Profundo conocedor de la psicología de este tipo de personajes, prefiere aportarles un toque de humor y ternura que mitiga el pesimismo, ofreciendo cierta esperanza en la humanidad. Aunque la miseria moral de la sociedad es la misma que en El mundo sigue, tal vez el autor no quisiera mostrar grandes denuncias, ante unas clases medias que se imponían sobre la burguesía tradicional, lo que garantiza la imparcialidad sobre la realidad de su época, así que más bien se trata de una visión nihilista del hombre y la sociedad con una alusión final muy clara al 14 de abril de la República. Rozando el esperpento exhibe vidas difíciles, desgarradas, llenas de desengaños y dolor, destinos frágiles, a la manera de una docuficción o falso documental: son múltiples vidas dialogadas que rozan la línea lírico-absurda de Mihura o Jardiel, una "colmena " de la delincuencia (que coincide, precisamente, en el tiempo con la de Cela). Es "la" novela de Madrid, una teoría de la ciudad, que es una nada.









                                                             











                             En los recursos lingüísticos, Zunzunegui brilla como nunca en esta novela. No faltan greguerías, argot del lumpen, coloquialismos y vulgarismos en desuso (que explica en los mismos diálogos), estilizaciones de corte valleinclanesco, lirismo de aire lorquiano, y expresiones escuetas barojianas. Si de lo que se trata es de mostrar la dureza de la vida, la ausencia de solidaridad, el aislamiento y la falta de libertad, la desigualdad y la intolerancia, la búsqueda del interés personal y el egoísmo, el sometimiento, la plasmación de un único mundo posible: el del dictador, el del ordeno y mando, el de quien abusa del poder, el de quien se siente ganador, el del maltrato y la humillación, el del dominio y el trato despectivo, el de la intimidación y el engaño, es decir, el del autoritarismo y la pérdida del respeto, la agresividad y el afán de superioridad, el de la manipulación, acoso y opresión, el de la exigencia de obediencia ante el miedo a la violencia o de la ira, el del antidemócrata y la negación del diálogo, el del que exige "a mi manera" y "sin condiciones", o sea, el de quien quiere ejercer el control fruto de la debilidad y el despotismo, el de quien no sabe vivir sin mandar ni sabe lo que es la empatía..., si Zunzunegui deseaba transmitir, entre otros, estos aspectos de la vida como es (a veces), qué mejor que la utilización del imperativo para desvalorizar la existencia. El lenguaje expresivo de la picaresca le surtía de abundantes fórmulas coercitivas, en las que la lengua española es pródiga: interrogaciones (¿vas a hacer lo que yo te diga?), elipsis y presente de indicativo (a las tardes, de cinco a ocho, adelante... y ya sabes dónde vivo), infinitivo (no hacer nada, ¿me oís?), presente de subjuntivo (que no vuelva a ocurrir), gerundio (andando, pollo), futuro y perífrasis (pues tendrá usted que pagar o cerrar, no debía usted haber abierto, tú no me hagas caso a mí y verás), expresiones coloquiales (¡largo de aquí!, ojo, ¡eh?, bueno, pues a ello, ¿vale o no vale?, qué, ya vale, ¿no?) o bien otras especificaciones contextuales y factores extralingüísticos. Zunzunegui vierte su mirada de alguna forma, a pesar de todo, compasiva, con el oprimido. Muestra la represión, sí, pero la vida es como es, y hasta el mandato adquiere en alguna ocasión tonalidades apreciativas con ciertas modulaciones subjetivas mitigadoras del horror.



             






                                                         A medias. Tú no quieres igualdad  (La niña del Cabo)
                 





               

domingo, 16 de septiembre de 2018

CARLOTA DE MÉXICO








                                       






                                                          "Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schöonbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, reina de Nicaragua, baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.

           Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado de recuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia del Béguinage se caiga a pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.

          El mensajero me trajo también, querido Max, un relicario con algunas hebras de la barba rubia que llovía sobre tu pecho condecorado con el Águila Azteca y que aleteaba como una inmensa mariposa de alas doradas, cuando a caballo y al galope y con tu traje de charro y tu sombrero incrustado con arabescos de plata esterlina recorrías los llanos de Apam entre nubes de gloria y de polvo. Me han dicho que esos bárbaros, Maxilimiano, cuando tu cuerpo estaba caliente todavía, cuando apenas acababan de hacer tu máscara mortuoria con yeso de París, esos salvajes te arrancaron la barba y el pelo para vender los mechones por unas cuantas piastras. Quién iba a imaginar, Maximiliano, que te iba a suceder lo mismo que a tu padre, si es que de verdad lo fue el infeliz del Duque de Reichstadt a quien nada ni nadie pudo salvar de la muerte temprana, ni los baños muriáticos ni la leche de burra ni el amor de tu madre la Archiduquesa Sofía, y que apenas unos minutos después de haber muerto en el mismo Palacio de Schönbrunn donde acababas de nacer, le habían trasquilado todos sus bucles rubios para guardarlos en relicarios: pero de lo que sí se salvó él, y tú no, Maximiliano, fue de que le cortaran en pedazos el corazón para vender las piltrafas por unos cuantos reales. Me lo dijo el mensajero. Al mensajero se lo contó Tüdös el fiel cocinero húngaro que te acompañó hasta el patíbulo y sofocó el fuego que prendió en tu chaleco el tiro de gracia, y me entregó, el mensajero, y de parte del Príncipe y la Princesa Salm Salm un estuche de cedro donde había, Maximiliano, un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida y con tu Imperio en el Cerro de las Campanas. Tengo aquí esta caja agarrada con las dos manos todo el día para que nadie, nunca, me la arrebate. Mis damas de compañía me dan de comer en la boca, porque yo no la suelto. La Condesa d´Hulst me da de beber leche en los labios, como si fuera yo todavía el pequeño ángel de mi padre Leopoldo, la pequeña bonapartista de los cabellos castaños, porque yo no te olvido.

         Y es por eso, nada más que por eso, te lo juro, Maximiliano, que dicen que estoy loca. Es por eso que me llaman la loca de Miramar, de Terveuren, de Bouchout. Pero si te lo dicen, si te dicen que loca salí de México y que loca atravesé el mar encerrada en un camarote del barco Impératrice Eugénie después que le ordené al capitán que arriara la bandera francesa para izar el pabellón imperial mexicano, si te cuentan que en todo el viaje nunca salí de mi camarote porque estaba ya loca y lo estaba no porque me hubieran dado de beber toloache de Yucatán o porque supiera que Napoleón y el Papa nos iban a negar su ayuda y a abandonarnos a nuestra suerte, a nuestra maldita suerte en México, sino que lo estaba, loca y desesperada, perdida porque en mi vientre crecía un hijo que no era tuyo sino del Coronel Van Der Smissen, si te cuentan eso, Maximiliano, diles que no es verdad, que tú siempre fuiste y serás el amor de mi vida, y que si estoy loca es de hambre y de sed, y que siempre lo he estado desde ese día en el Palacio de Saint Cloud en que el mismísimo diablo Napoleón Tercero y su mujer Eugenia de Montijo me ofrecieron un vaso de naranjada fría y yo supe y lo sabía todo el mundo que estaba envenenada porque no les bastaba habernos traicionado, querían borrarnos de la faz de la Tierra, envenenarnos y no sólo Napoleón el Pequeño y la Montijo, sino hasta nuestros amigos más cercanos...".





                       El texto anterior pertenece a la novela Noticias del Imperio que publicó el escritor mexicano Fernando del Paso, en 1987. Por este, otros libros y su labor en favor de la cultura en diversos ámbitos recibió el Premio Cervantes en 2015, precisamente el mismo año en que a uno de los autores cubanos actuales más interesantes, Leonardo Padura, sobre el que ejerció notable influencia, le era otorgado el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Ambos han sido distinguidos con los mejores galardones culturales. En Zaragoza, por ejemplo, Padura obtuvo el "Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza" en el Congreso que se celebró hace cuatro años. Para el interesado en textos policíacos, Padura es una referencia imprescindible, fiel discípulo de Chandler, Sciascia, Hammett o Vázquez Montalbán, con narraciones en que no deja de criticar los aspectos más duros de la sociedad cubana y en las que aparecen frecuentemente personajes marginales que rozan la ausencia de raciocinio, como se lee en el texto sobre Carlota de México.



                      A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, Noticias del Imperio sigue siendo incomprensiblemente una novela poco conocida, o mejor, poco leída, tal vez por su volumen (al autor le costó escribirla diez años), siendo, como es, una de las mejores obras del siglo XX. Del Paso mezcla relato histórico con el psicológico de los monólogos de Carlota, que ocupan los capítulos impares de la novela. El escritor pretendió infundir protagonismo a una mujer sensible pero muy fuerte, segura e influyente, que pierde la razón cuando se desvanece su entorno. En la obra, la Emperatriz Carlota de México aparece encerrada en un castillo de Bélgica, tras haber transcurrido sesenta años desde la muerte de su marido, Maximiliano, fusilado en Querétaro en 1867. Como consecuencia, Carlota se vuelve loca. La sabiduría en la utilización del lenguaje adecuado a semejante circunstancia resulta ejemplar y modélica. En pocas ocasiones, la literatura ha reflejado con tanta exactitud y belleza la manifestación discursiva de una patología psicológica tan determinada.



                      Noticias del Imperio fue elegida en 2007 la mejor novela mexicana de los últimos años. Narra la intervención francesa en México y la instauración del Segundo Imperio Mexicano con Maximiliano I. Fernando del Paso, a la manera de las minuciosas y detalladas novelas decimonónicas, se documentó ampliamente no sólo acerca de los hechos históricos ocurridos sino también sobre los trastornos de las facultades mentales durante el proceso de escritura del relato. Desde diferentes perspectivas, puntos de vista y voces narrativas, Fernando del Paso establece las conexiones con los principales personajes, Maximiliano, el presidente Benito Juárez, Napoleón III o la reina Isabel II, entre otros, plasmando escenas que reconstruyen una época convulsa de la historia de México. Francia deseaba instaurar una monarquía en ese país por razones de predominio político y económico a través del hermano de Francisco José de Austria. Carlota resume en el texto anterior algunos de los hechos y vicisitudes ocurridos en su pasado. Maximiliano, a pesar de su conservadurismo, trató de modernizar al país con una cultura democrática y laica, protegiendo a las comunidades indígenas y construyendo obras de arquitectura civil que aún perduran. Benito Juárez, liberal, rechazó la invitación del emperador a participar en su gobierno, considerándolo un agente de Napoleón III. Fernando del Paso deja que sea el propio lector quien juzgue, ofreciendo la descripción de la lucha entre el ideal monárquico y la realidad de la vida mexicana, entre el boato de la corte y la pobreza del pueblo, siempre contado con el contrapunto de las letanías enloquecidas, memorables, de una demenciada Emperatriz destronada y encerrada en un castillo-prisión.



                         Maximiliano I de México, segundo emperador de México y único monarca del denominado Segundo Imperio Mexicano fue fusilado en Querétaro tras un juicio militar sumarísimo sin derecho a apelación. Fue ejecutado en el "Cerro de las Campanas" el 19 de junio de 1867, junto con otros generales conservadores. "Es un bello día para morir", dice en ese momento. Como petición especial, solicita buenos tiradores que apunten al pecho. Sus últimas palabras antes de proclamar "!Viva México!", las dedicó a Carlota refiriéndose a un reloj con su retrato: Mande este recuerdo a Europa a mi muy querida mujer, si ella vive, y dígale que mis ojos cierran con su imagen que llevaré al más allá. Lleven esto a mi madre y díganle  que mi último pensamiento ha sido para ella. Carlota de México, Carlota de Bélgica, ya en Europa, a donde había acudido en petición de ayuda a Eugenia de Montijo y a Napoleón III, tras la negativa obtenida, fue trastornándose obsesionada con que la querían envenenar. En Roma, visitó al Papa, mostrando su estado cuando se dedicaba a beber de las fuentes públicas de la ciudad. Cuando falleció en el castillo de Bouchout en 1927 aún creía que Maximiliano seguía en México. Fernando del Paso encabeza este capítulo con la siguiente cita: "La imaginación, la loca de la casa", frase atribuida a Malebranche. Por tierras mexicanas intercambian estos días cultura, noticias e imaginación, una embajada de algunos de los mejores y más significativos creadores aragoneses, que asisten al festival cultural de Querétaro. Por allí, también, sigue apasionándose locamente uno de ellos, ese hombre suave que tanto sabe de amor, de Aragón y de escribir.







                                                                                   Inolvidablemente



                         
           

jueves, 31 de agosto de 2017

Aspectos del lenguaje marginal en la picaresca: dos propuestas






                                        Corazón, una pulga me come.
                                        ¡Ay!, matámela si sois hombre.

                                        Las sábanas sacudí,
                                        y no la pude hallar;
                                        hacia aquí, amigo, ha de estar,
                                        llegá la vela hacia aquí.
                                        Ella está dentro de mí,
                                        sino que yo no la veo,
                                        y picóme en el deseo,
                                        y el deseo despertóme.
                                        ¡Ay!, matámela si sois hombre.

                                                                                         ...

                                                                          Pedro de Medina, s. XVI (atribuida)



             

                                       A lo largo de la Historia de la Literatura Española, hemos comprobado la frecuente aparición de personajes marginales de todo tipo, que se han caracterizado, entre otros elementos, por el lenguaje utilizado. Así, se reconoce, sobre todo entre los siglos XV y XVII, el universo de los fanfarrones, bravucones, delincuentes, prostitutas, pícaros, medianeras, mendigos, etc, que protagonizan el género celestinesco, los pliegos de cordel, la picaresca o el teatro del siglo XVI. Todo ello refleja la realidad histórico-social española de esa época, que se reelabora en la literatura creando los arquetipos correspondientes. La España de ese momento estaba más desinhibida de lo que hoy podamos pensar hasta el punto de que ni siquiera a la Inquisición le importaban esos temas, siempre que no afectaran al dogma. La mojigatería no aparecerá hasta el siglo XVIII. Por otra parte, este lenguaje se relaciona con las teorías poéticas clásicas, bien a través de la poesía petrarquista seria y moralizadora por medio del tópico claridad/oscuridad y el culto al cuerpo, unido a la vanitas, o en su desmitificación de la poesía erótico-burlesca, como la que escribe Diego Hurtado de Mendoza, que parodia el género del himno mezclando un estilo elevado con temas bajos y humildes, obscenos e intrascendentes, equívocos y dobles sentidos, y el objetivo de compartir con el lector la broma, la facetia, y, en definitiva, la festivitas: la sorpresa escandalosa, por eso el léxico se orientará en imágenes indirectas hacia ese fin: el sexo femenino es sima, gruta, vasija, bolsa, alhaja, calderilla..., y el masculino se relaciona con términos referidos a la comida o a la actividad médica: zanahoria, navaja, sangría...



                      Jacque le Goff distingue una tipología de la marginalidad hasta el siglo XV cuyos individuos siguen apareciendo en la literatura posterior, con términos como libertino, pillo, tunante, rufián, belitre, bellaco, truhán, ribaldo y sus correspondientes femeninos (además del abundante puta), que designarían a los excluidos de la sociedad española o francesa, como los criminales (ladrones y bandidos), vagabundos, extranjeros, prostitutas, herejes y suicidas. También las personas venidas a menos (los caballeros pobres), locos, mendigos y usureros, marginados que podríamos denominar reales para diferenciarlos de los imaginarios o seres propios de las maravillas geográficas, monstruos (que algunos creyeron extraterrestres medievales) y el hombre salvaje. Otro tipo lo constituirían los que ejercían oficios "deshonestos", los despreciados, donde tenían cabida curiosamente los carniceros y tintoreros junto a los mercenarios, además de los enfermos, impedidos, tullidos, pobres, bastardos y nada menos que las mujeres, los niños y los viejos. Asegura Le Goff que la sociedad los mantiene a distancia, pero "fija esa distancia de manera tal que los marginados estén al alcance. La sociedad necesita de esos parias apartados, porque, si bien son peligrosos, son visibles, y en virtud de los cuidados que les prodiga se asegura tranquilidad de conciencia, y proyecta y fija en ellos mágicamente todos los males que aleja de sí". Los personajes se discriminan en la literatura  por razones de economía, enfermedad, etnia o religión (con el tópico folclórico del fraile rijoso, por ejemplo), entre otros motivos. La mendicidad y la prostitución provienen de la época medieval, pero más adelante gusta mucho el tema de la milicia, más novedoso (el soldado fanfarrón), y la mayoría se relacionan con la hechicería, el alcoholismo, la magia, los juegos (sobre todo de naipes), la mercadería, la cosmética... Los estamentos gubernamentales ejercían frecuentemente una censura relativa y se limitaban a disponer que no se mendigara fuera de la localidad de origen o a que se pidiera autorización para mendigar; en realidad, el ocio de los nobles era ostensible y muchos conventos se fueron convirtiendo en burdeles. En la Carajicomedia, parodia de El laberinto de fortuna, se realizaba un viaje alegórico recorriendo los prostíbulos más conocidos de España (como la famosísima por entonces mancebía de Valencia). Aunque se desmantelaron los burdeles por su descontrol, la prostitución no desapareció desviándose a los mesones o "ermitas" con rameras (de "rama" donde se colocaban las viandas cuando había...). Las coplas burlescas y los chistes acerca de la virginidad y enfermedades como la sífilis (sobre los cofrades del greñimón o sifilíticos) se prodigaron por doquier y propugnaban, por ejemplo, que las doncellas ¡no tomaran sal!, o muy poca, por si acaso... Ya en el siglo XVII la expresión literaria de estos temas se tratará con voluntad estética (el "preciosismo" francés) y con progresivo aumento de la misoginia... Isabel II prohibió, finalmente, que las prostitutas fueran mal vestidas y las ilegales debieron cubrirse con un manto, "las tapadas".



                 

               
                                                         Miniatura anónima del siglo XIV (El engaño del vino)



                            Es lógico, pues, deducir que el mundo de la lujuria sea uno de los más productivos en cuanto a la creación o recreación de un lenguaje que unas veces, simplemente evidencia lo real y otras, se aprovecha de una gran cantidad de recursos connotativos. Alexandrian nos muestra ejemplos en diversas manifestaciones de la literatura europea y explica cómo esta idea se representó con complacencia en las artes y las letras ya en los siglos medievales, lo que revela la hipocresía de monjes y devotos que, predicando contra la lujuria, cedían a ella cuando lo permitía la ocasión. Las costumbres disolutas del clero, probadas por documentos oficiales, justificaban bromas y chascarrillos. Con el pretexto de denunciarlos, se permitieron licencias extremas en las trovas y, más adelante, en las farsas amorosas y la poesía obscena. Bocaccio, Poggio (en las Facecias), Aretino, Rabelais, Ronsard, son, entre otros, escritores que, mezclando lo popular y lo culto, reflejaron en sus obras una versión del amor que hasta llega a veces a presentarse como un juego donde se puede ganar más o menos:


                                   Si la besáis, contad quince,
                                   si tocáis los pezones, contad treinta,
                                   si cogéis el vellón,
                                   cuarenta y cinco hicisteis,
                                   mas si os metéis en la hendidura,
                                   a lo cual las mujeres acostumbran
                                   -oíd lo que yo os canto-,
                                   ¡ganáis el juego entero!


              Para Alexandrian, otro tema erótico, el de "la pulga" nació en 1579 en el salón de Madeleine des Roches y su hija Catherine, con ocasión de los Grands Jours de Poitiers, donde se reunían los magistrados. Ya conocemos lo que ha dado de sí ese tema entre nosotros. El citado Diego Hurtado de Mendoza compuso unas coplas "A la pulga", que también se han atribuido a Gutierre de Cetina, de las que extraigo algunas a modo de ilustración:

                                  ¡Oh pulga esquiva, fiera y porfiada,
                                  enemiga de damas delicadas,
                                  tú que puedes saltar cuando te agrada...

                                  Dime, falsa, cruel, llena de engaño:
                                  ¿cómo osas tú llegar a aquel hermoso
                                  cuerpo de mi señora a hacer daño?

                                  Mientra el sueño le da dulce reposo,
                                  presuntuosa, tú le estás mordiendo
                                  o vas por do pensallo apenas oso.

                                  ¡Qué libremente estás gozando y viendo
                                  aquellos bellos miembros delicados!
                                  Y por do nadie fue, vas discurriendo.

                                   La cuitada se tuerce a tus bocados,
                                   mas tú que vas sin calzas y sin bragas
                                   entras do no entraran los más osados...

                                   Parezca mal a aquel que pareciere,
                                   yo querría pulga ser, pero con esto:
                                   que me torne a mi ser cuando quisiere...

                                   Siendo pulga, volando me metiera
                                   debajo de la ropa y, como un fiero
                                   león, toda a bocados la comiera...

                                   Entrárale en la oreja lo primero,
                                   hiciérale rabiar y por nonada
                                   entrara en parte do en pensarlo muero...



             
                          Lo interesante es resaltar que un fenómeno lingüístico como es el eufemismo se refiere a lo que el poder político, social o religioso de un tiempo histórico determinado, excluye por inconveniente o interesado, aunque no siempre haya sido así. En la literatura, se observan términos de gran crudeza que, eufemísticamente, se han utilizado como una manifestación de ingenio, incluso como juego literario y no por interdicción o tabú. Hay que tener en cuenta también las fluctuaciones de toda lengua viva. En los siglos XVI y XVII existen vocablos extraídos de fuentes jurídicas, testamentos, procesos, etc, desconocidos si se ignoraba el contexto y no recogidos en otra documentación ni en diccionarios, cuyos significados no se sabían, como bujarrón (homosexual), de tal forma que sólo cuando los plasmaron los escribanos a preguntas del fiscal en procesos inquisitoriales o notariales eran explicados en los mismos actos y así aprendidos. El eufemismo depende de la cultura y de las modas y por eso es inestable. Se construyen con procedimientos retóricos referidos al ámbito de lo marginal, en este caso, y utilizan alegóricamente campos semánticos (el mar, los tejidos, los colores, defectos físicos, la cocina...), o alusiones que aportan dobles lecturas o ambigüedades que dependen de la intención y la voluntad del autor, o de un colectivo creador anónimo. El lenguaje de lo marginal posee una gran riqueza expresiva: neologismos, perífrasis, onomástica del santoral, el sayagüés, la antífrasis, el lenguaje de germanía, la intertextualidad, las superposiciones de estratos en el léxico... Francisco Rico, Ricardo Senabre y Víctor García de la Concha, entre otros, han estudiado los rasgos lingüísticos de la marginación. Este último, a propósito del Lazarillo de Tormes señala cómo los eufemismos provocan la ironía, y los diferentes "juegos lingüísticos" dan lugar al famoso "perspectivismo" que caracteriza a esta obra. Los continuos ejemplos de paradojas, personificaciones, hipérboles, alegorías, cosificaciones, antinomias y "la catarata de palabras mendaces que brotan de la boca de los coprotagonistas" le hace concluir que todo gravita sobre la palabra. Miguel Casas analiza el tabú, el eufemismo y el disfemismo, y alude a la obra de J.L. Alonso sobre el léxico del marginalismo donde observa como componente básico de este sector del vocabulario, el lenguaje de las prostitutas, recogiendo hasta 300 designaciones de ese término (ya Quevedo aportó 9 denominaciones en una sola página en la Premática contra las cotorreras).


     



                        Sobre estos aspectos del lenguaje marginal en la literatura clásica española, y más en concreto, en la novela picaresca, propongo los dos ejemplos que siguen, ilustrativos de rasgos significativos. La Segunda Parte del Lazarillo, anónima, apareció en Amberes en 1555, sin autor, tras el gran éxito obtenido por El Lazarillo de Tormes, tal vez por el prometedor negocio librero que se suponía. Lázaro se transforma en atún (en el Bestiario medieval no hay ninguna referencia simbólica a dicho pez) y cuenta sus aventuras en el fondo del mar Mediterráneo, entre atunes (no es de extrañar la cantidad de términos náuticos que se utilizan). Aunque la primera frase enlaza con la última del Lazarillo, resultan obras muy distintas y, aunque de menor calidad literaria que la continuación de Juan de Luna, no por ello deja de ser interesante, sobre todo por lo que se refiere al primer capítulo, del que llegó a pensarse que había sido escrito por el mismo autor del Lazarillo, y que el propio Luna utilizó para su obra. Sobre la transformación en atún, el editor P.M. Piñero se pregunta si el inquisidor Valdés lo censuró (junto al Lazarillo, ya que ambas obras siempre se publicaban juntas) porque, para algunos judíos españoles el Mesías esperado iba a venir a España en forma de pez, río Guadalquivir arriba, para eludir la vigilancia de la Inquisición. Juan de Luna se aprovechó de temas, argumento y motivos de esta Segunda Parte, aunque fuera su más severo crítico y, como los gustos del público en 1620 no son los mismos que los de los humanistas anteriores, la novela quedó arrinconada. El capítulo I sigue el motivo folclórico del vino que sustenta tanto a la original como a su continuación, pero el resto del libro se sitúa dentro de la literatura de transformaciones, de ascendencia clásica, por lo que algunos críticos han preferido considerarlo como una fábula imaginativa al estilo de las de Luciano de Samósata más que una novela picaresca propiamente dicha. Pero retrata el mundo de la marginación con su vida vulgar y cotidiana, criticando a los hipócritas de esa sociedad, utilizando un estilo fluido, conversacional, rico en dichos y refranes populares y de un ácido humor. Se trata de una obra escrita a vuela pluma, apremiado el autor por la necesidad de terminarla para sacarla al mercado con el Lazarillo original. Pero encontramos, además, la influencia popular de la leyenda folclórica del monstruoso hombre-pez, que hasta llega a aparecer en el Quijote (el peje Nicolás o Nicolao), o la historia bíblica de Jonás, de todos conocida. No debe olvidarse la parodia caballeresca de la batalla Lázaro-atún/Lázaro-hombre, o el influjo cortesano, cuando el protagonista entra en la corte, una vez liberado del mar, donde el rey reconoce sus méritos nombrándolo privado y mayordomo. Lázaro se siente obligado a reparar las injusticias que encuentra, lo que le sirve al autor para criticar a la sociedad en todos sus niveles: clerical (de influencia erasmista), los comportamientos humanos, vanidosos e insensatos y la desaprobación de la vida universitaria. Lázaro sufrió un largo aprendizaje en el mundo infernal de los atunes y allí encontró la sabiduría. Vuelto a la tierra, adquiere su naturaleza y figura originales, pero viene hecho otro hombre, en este caso la metamorfosis es espiritual (recordemos el final del Lazarillo). La Segunda Parte toma del original no sólo personajes, situaciones, recuerdos, experiencias, su mismo espíritu, sino también la configuración narrativa como un relato autobiográfico en forma epistolar y por supuesto, como veremos, el lenguaje. Los dos primeros y los dos últimos capítulos mantienen dignamente el modo narrativo del Lazarillo, aunque el centro de la historia continúe más bien con el molde de la novela heroica.








                     La Segunda Parte de la vida de Lazarillo de Tormes vio la luz en París en 1620 en un mismo volumen con el texto de 1554, escrita por Juan de Luna. Parece que quería corregir la edición siguiente para "escardar una infinidad de malos vocablos, peores congruidades y malísimas frases que en él había", según afirma en la "Advertencia al lector" inicial. En 1652 sale una segunda edición con pie de imprenta en Zaragoza, aunque se cree que realmente se editó en París y lo que se pretendía era una difusión más amplia en España. En 1835, un año después de ser abolida la Inquisición, aparece ya en España. Juan de Luna es un personaje muy peculiar, hasta hace poco reconocido como aragonés (de hecho en su obra aparecen algunos aragonesismos, como veremos), pero actualmente identificado con un fraile toledano, descendiente de judíos conversos que huye primero a Francia y luego a Inglaterra, donde fallece, convirtiéndose al protestantismo y dedicándose a la enseñanza del español. Juan de Luna  recoge para su novela elementos tanto del Lazarillo original como de la Segunda parte anónima (el capítulo I, por ejemplo), pero resulta una obra muy diversa, y en cualquier caso, la mejor de las continuaciones de la de 1554. En la obra de Luna se produce el proceso degradativo de los personajes, se intensifica la misoginia, el anticlericalismo y la crítica a la Inquisición, y se persigue una mayor verosimilitud frente al relato atunesco anterior: son tiempos distintos y la picaresca es distinta, también. La novela de Luna arranca de la continuación de la Segunda Parte anónima pero luego se acerca más al Guzmán de Alfarache o a Quevedo. El Lázaro de Luna es el mismo en el primer capítulo y en el último, mantiene inalterable su personalidad y su condición de hombre al que la fortuna ha abandonado. Los comportamientos malvados, crueles y lascivos (sobre todo en las mujeres), alcanzan niveles sólo comparables a la novelística francesa de entonces (y a muchas plasmaciones artísticas modernas por su truculencia y disparate). El mundo de la germanía es refugio de monjas y curas, las grotescas bufonadas de burdel provocan la carcajada fácil y el personaje más cínico es un ermitaño. Todo tiene un aire al protestantismo que profesaba el autor. Este Lázaro vive en un mundo injusto, cruel y violento, y el testimonio de esta maldad provoca la risotada brutal del pueblo. Lázaro sólo recibe y ve palizas, es exhibido como monstruo marino dentro de una cuba ante la indiferencia de todos y casi llega a ser castrado por unas mujeres, en una escena cercana al sadomasoquismo en que se le amenaza con cortarle el "dominguillo". Juan de Luna fue hijo de su tiempo, para bien y para mal, porque, ante todo, se trata de una obra bien escrita que va más allá del plano del humor. Para desenmascarar la realidad insoportable de la España del XVII, Luna recorre las formas de un amplio campo satírico: desde la parodia hasta la ironía verbal. Así, según Bataillon, esta novela significa "el paraíso perdido, la desaparición del tiempo feliz en que Lázaro mendigaba, camino de la capital, sin preocupaciones de mujer ni de hijos...". El lenguaje también será hijo de su tiempo. ¿Y cómo es el lenguaje de estos Lázaros y sus mundos marginales?


             
                       Subrayan los expertos que el primer capítulo de la Segunda Parte anónima podría ser de la misma mano que todo el libro de 1554, de ahí que los editores publicaran este primer capítulo de la continuación como el último del Lazarillo primitivo. La temática y el vocabulario son similares (para el análisis del léxico, utilizo los diccionarios de Corominas, Correas y Covarrubias, entre otros, y la edición de Piñero para el texto). Todo lo relacionado con un elemento tan importante en la vida de Lázaro, como es el vino reaparece, como en "galleta" (vaso para traer vino), término que curiosamente se emplea en la actualidad en Argentina como envase o vasija para tomar mate. O en la alusión a la fama bien merecida de bebedores empedernidos y de gente airada que tenían los alemanes en la época, por eso eran unos "fantástigos" (fantásticos), sinónimo de presuntuosos, y "sin escrúpulo ni asco de entrarse en cualquier bodegón, la gorra quitada si el vino lo merece", en que el eufemismo perifrástico es evidente. El mundo de las oraciones milagreras, que Lázaro aprendió con el ciego, que tan criticadas son por los escritores de la picaresca por su anticlericalismo de corte erasmista, está presente: "recé la del Conde, la de la Emparedada, el Justo Juez y otras muchas...". Estas oraciones, de corte celestinesco, estaban prohibidas y aparecían en el Índice de Valdés (obsérvese la elipsis y la metonimia y en el caso de la del Justo Juez, su pertenencia a uno de los rituales de la germanía). Vulgarismos, refranes y expresiones trasladadas, frecuentes, suelen provenir de la medicina, como en "encarecer la cura" (o sea, sanar para aumentar la paga por lo mucho que les han costado los estudios), en referencia a "los que ponderan el mucho trabajo que han tenido en dar buen fin a algún negocio ajeno". Sabemos que Lázaro se transforma en atún. Aristóteles y Estrabón lo describían con una espada en la frente, de ahí la siguiente traslación de significado "tomé en la boca la que otras veces en la mano tomaba" (en claro ejemplo de zeugma) o la extraña formación con sufijo "espadañada", que en el texto significa "golpe abundante y copioso de algún licor, arrojado con fuerza por la boca". Se alude a la "crueldad de estos animales", o sea, de los atunes. Covarrubias, comentando el vocablo "atún", dice que son impetuosos y se matan por las coleadas que dan tan fuertes, que no se espantan con la voz ni con el sonido ni con herirlos, sino con el estruendo que hacen las naos quebrando las aguas. Ya que son tan abundantes los términos con que se designan en la picaresca a las prostitutas (públicas o "invisibles"), resulta cómica la expresión, justificada por el contexto, en la que Lázaro las denomina "atunas del mundo"... En este sentido, los peces que lo rodean (agujas, pulpos) más que aludir alegóricamente a la religión, como algún crítico ha querido ver, podría tener connotaciones eróticas o en todo caso, más bien guerreras, pues Lázaro desea luchar para salir del mar.Tampoco faltan los insultos en forma de animalización; así, "cegoñino" (el pollo de la cigüeña) para increpar con sentido despectivo a un verdugo. O por el contrario, la palabra compuesta "paniaguado" (el allegado de una casa o amigo), porque antiguamente era pan y agua la ración de los allegados a una casa.





                                                               Velázquez (El triunfo de Baco o Los borrachos)




                     Uno de los objetivos de la novela picaresca es la crítica social, como conocemos. A ella se remite la importante expresión para conseguir honra, "poner don" y era corriente la burla contra quienes se anteponían el don sin derecho a ello: "que cualquiera de sus súbditos que se pussiese don sin venirle por línea derecha, pagasse un tanto a su alteza" (lo mismo aparecerá en la obra de Luna, criticando en ese caso a las mujeres que lo hacen), una utilización y sentido diferentes al uso actual en que don como sustantivo tiene otra significación o se restringe a la anteposición lexicalizada ante nombre propio en fórmula de tratamiento o cortesía. Un eufemismo que alude al hambre, centro de la vida de estos personajes, que nos permite conocer las malas comidas de estudiantes y colegiales es "una comida... a uso de colegio", tema que se convirtió en tópico de la literatura de los Siglos de Oro: "cenamos, no quiero decir qué, porque fue cena de licencia aquella...", que por el contexto da a entender una cena estudiantil más bien escasa, según los pronombres utilizados, frente a las "cenas de licencia" que daban los licenciados a sus profesores el día del examen de licenciatura, algo más copiosa. El recurso a la metonimia es frecuente: "enlodara" (deshonrara), cambia el significado por su aplicación a lo no material, como la limpieza del linaje en este caso (manchar o deslustrar algo). Un diminutivo irónico se trasluce en "el corazón tenía tamañito". Dice Covarrubias de "tamaño": lo mismo que en latín tantus quasi tam magnus, señalando en alguna cosa su magnitud por comparación, mientras que el Diccionario de Autoridades añade "por antítesis, se suele usar por lo mismo que chico o pequeño", por lo que en el texto, siendo redundante, evoca una burla soterrada, dado el contexto en que aparece.



                       Además de los vocablos propios de la época referidos al dinero, los juegos de mesa o los relacionados con la justicia, que ya habían aparecido en el Lazarillo, los refranes son innumerables y siempre con matices muy significativos. "A do hay malos alguna vez se halla algún bueno", registrado por Correas con variantes. Aquí, la repetición del indefinido remarca el desengaño. La referencia al "bueno" nos recuerda, efectivamente, al Lázaro primigenio en ese ser como los demás para alcanzar la supervivencia; en realidad, se trata de un eufemismo lexicalizado con sentido peyorativo, por antífrasis, como "amigo" o "santo". "De tales romerías, tales veneras": como ocurre con el caso del camino, paso, puerto, etc., la romería tiene un valor simbólico y de poseer sentido religioso pasó a sugerir connotaciones sexuales. En Correas es "insignias". En Covarrubias, "es la concha de cierto pescado que por estar rayado con unas líneas, a modo de venas, se dijo así. Todos los peregrinos las traen por insignias en los sombreros...". Y un proverbio dice: "De tales romerías, se sacan tales veneras, cuando de las ramerías y conversaciones de ruines mujeres se hinchen los hombres de buvas". J.L. Alonso, investigador de este tipo de léxico concluye: "Veneras", deformación por "venéreas", enfermedades venéreas, aludiendo a la vez a las veneras de los peregrinos que son sus símbolos como los del buboso son los granos e hinchazones que acompañan la enfermedad. Por supuesto, el lenguaje de germanía queda constatado a través de numerosas palabras como "jábega", que propiamente significa una red grande o conjunto de redes que se usan para pescar, pero que como demuestran Alonso y Rico, en germanía puede aludir a una "Junta de pícaros y rufianes", el lugar donde se reunían sobre todo en las ciudades marítimas, con lo que la relación entre el lenguaje utilizado, el contexto en que aparece y la temática de esta novela queda así justificada en acertada composición. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en el fragmento "Quedó obligado a dalle cada un año largas parias, entre las cuales daban cien sollas vírgenes, y cien sollos, los cuales, por ser de preciado sabor, el rey comía, y las sollas tenía para su passatiempo". Parece ser que la expresión se refiere al vergonzoso tributo que los príncipes cristianos entregaban a los moros cada año: cien doncellas. Este tributo, de aires legendarios, pasó a las crónicas y a la historiografía medievales, cuyos textos se editaron en los Siglos de Oro. Sobre el sollo dice Covarrubias "pescado conocido y de mucho precio. Péscase en el río Guadiana, cerca de la entrada del mar. Es su carne agradable y asada casi parece carnero, pero sólo alcanzan a comerla los príncipes y poderosos": atención a la ironía crítica de la transformación de la palabra al femenino...                    


                 
                      Por lo que se refiere a la Segunda Parte de Juan de Luna, las concomitancias léxicas con la obra anterior y el género picaresco en general, son evidentes, aunque al desaparecer la alegoría atunesca y encontrarnos ya en un contexto barroco, reaparecen, y con mayor abundancia que en otros textos, los términos referidos a los personajes rufianescos, mujeres de mala vida, bebedores, cornudos, etc. También, aragonesismos como "tarugo", lo que dio pie (posiblemente además, por el linaje de los Luna), a creer que el autor fuera aragonés. En la novela, la frase "a la fama de las tres mozuelas acudieron como mosquitos al tarugo", se utilizaría la metonimia por "como mosquitos al vino". Buesa, Alvar y Llorente definen el término como "cabrilla", "pie para sostener los toneles" y lo registran en Zaragoza, Huesca, Teruel y La Rioja. Después, esta palabra se sigue utilizando en sentido metáforico, como sabemos los aragoneses... En el comienzo de la obra, Lázaro ha tenido una hija, pero según él, ha podido ser "injerta a cañutillo", expresión hiperbólica y metafórica que da a entender lo dudoso de su paternidad y que implica el engaño de la vida. La degradación de los personajes, al modo quevediano, comienza a mostrarse desde el principio: en la posada, Lázaro se encuentra a un "semihombre, que más parecía cabrón según las vedijas e hilachas de sus vestidos". También son "figurillas" o "madagañas" (fantasma, espantajo o espantapájaros, palabra muy usada sobre todo en Aragón), sin que falte el lenguaje escatólogico apropiado para ellos: "le dio tal risa, que las cinchas traseras se aflojaron e hizo flux", que, literalmente, es acabarse una cosa pero en el texto, lo que imaginamos...


                    Las mujeres de vida disoluta que recorren toda la obra, reciben distintos nombres siempre en sentido despreciativo para cosificarlas o animalizarlas, "piltrafa", "mula del diablo", "cantoneras" (por colocarse en las esquinas o cantones de las calles), "varrionda" (se aplica al puerco cuando está en celo), "moza de buen fregado" (la deshonesta que se refriega con todos) o "moza de jarro" (bebedora). La expresión peyorativa hacia la mujer de Lázaro se consideraba chiste: "antes había sido mosquito que pez, y buey que pescado". La tozudez femenina fue muy reproducida desde un punto de vista humorístico:

                 Creí sin duda que, viéndome tan bien vestido, se arrepentiría y recibiría con los brazos abiertos, mas tijeras eran y tijeras fueron. Y se cuenta que una mujer muy porfiada quiso llamarlas tixeretas, el marido, entrando en cólera, la echó por el puente a un río y ella iba diciendo: tixeretas han de ser, y cuando ya no pudo hablar sacó el brazo y extendiendo los dos dedos de la mano, le daba a entender que habían de ser tixeretas.



                  Lázaro llega a sentirse muy acosado por sus problemas, tanto que se dirige a la fortuna comparándola con diversos animales a cual más cruel (según nos ilustra el Bestiario medieval): la sirena, el basilisco, la víbora o la leona parida (de hembras se trata, naturalmente). Como la comida es la obsesión, las referencias de todo tipo son constantes. Aparecen con frecuencia expresiones latinas de carácter popular, que proceden de cuentos tradicionales, como "gaudeamos" con el sentido de banquete. Era corriente el dicho: "Al comer, gaudeamus, y al pagar, ad te suspiramus". Así también en: "Acabada esta comedia, vino la comida; las señoras comieron los quiries, y los galanes bebieron el Ite missa est (donde los determinantes sustantivan los términos latinos). "Beber los quiries" significa beber tres veces; aquí se aplica a las damas que comieron mucho. Los galanes bebieron el "Ite missa est", que da a entender que no dejaron nada (Luna ha invertido las frases). En cuanto al vino, un término metonímico y animalizador podemos verlo en "mosquito", por bebedor. Se decía que los mosquitos se criaban en el vino y se aficionaban a él, y por eso a las personas amigas del vino se les llamaba así, por el amor que unos y otros le tenían. Los "pasteles de a cuatro" son sobradamente conocidos por su aparición en el Buscón y la explicación que da Ynduráin acerca de su composición (se la ahorro al lector por desagradable y macabra), así como en las Aventuras del Bachiller Trapaza de Alonso de Castillo Solórzano. Eran "refugio de los que no pueden hacer olla y socorre muchas necesidades", según Covarrubias. "Muera Marta y muera harta" (dicho que también aparece en la Segunda Parte anónima), incide en el exceso con que bebe Lázaro "para hacer provisión hasta el día del juicio". Correas explica que "es tan grande la sed de algunos enfermos, que a tercio de satisfacer la sed no reparan en el daño que les pueden hacer y con encarecimiento piden de beber". En el capítulo I del anónimo se recordaba la aficción de los tudescos por la bebida; pues bien, esa misma crítica reaparece ahora, "bebimos como tudescos", que se justifica por ser de tierra fría y criarse con vino (recuérdese la "crianza" de Lazarillo).





                                                                                   Murillo  (Niño espulgándose)



                        No podían faltar las enfermedades de la época de carácter sexual o relacionadas con lo escatológico: "camarillas" (disentería, eufemismo en diminutivo de cámaras, flujo del vientre; también cámara, retrete, letrina). El vocabulario de la marina se utilizó muy a menudo eufemísticamente para metaforizar significados relativos al sexo: "anzuelo", por sexo. Las referencias a los sastres, considerados mentirosos y ladrones, y una profesión muy desprestigiada por robar telas (idea de origen judío-converso), se vinculan a la prostitución: "mintiendo más que sastre en víspera de pascua". Los cornudos son denominados, como siempre en la picaresca, con una gran riqueza retórica. Por ejemplo, una alusión a los cuernos aparece como "madera tinderil" (o "tinteril", pues tinderil no aparece en los diccionarios). La metonimia es clara. Parece que los tinteros se hacían de cuerno y el término era corriente en los Siglos de Oro. Los cornudos podían ser tristes, sufridos, pacíficos o pacientes, entre otras características: "con Pierres, el gabacho, que será tan paciente como mi compadre Lázaro" (a propósito, notemos el apodo despectivo que los españoles dan a los franceses, procedente del fronterizo río Gaba), porque se ejercitaban en los ministerios más bajos y humildes. El nombre de Pierres tampoco estaba bien considerado. El lenguaje de la prostitución sorprende por su variedad: "a cabo de rato llegamos a una casa que en el postiguillo, patio y mujercillas que allí bailaban, conocí ser del partido". Para Alonso "del partido" significa de la prostitución, del mal vivir, y en cuanto a los diminutivos, desde el Lazarillo fueron utilizados con una expresividad de múltiples efectos emotivos. La interrelación religión/sexo no podía faltar: "El primero que me dio canilla fue el padre rector de Sevilla, el cual lo hizo con tanta devoción, que desde aquel día les soy muy devota", irónica connotación sexual de innegable humor crítico aumentado por el uso de "canilla" (espita que se pone a la tinaja o cuba en la parte inferior para sacar el vino). Los prostíbulos suelen denominarse de diversas formas, como "botica", término de la medicina a la que tanto se recurría ingeniosamente. Aquí aparecen "casa llana" o "casa de poco trigo" para prostíbulo. Y, cómo no, las pulgas pululaban por todas partes, con voluntad burlesca y paródica del petrarquismo: "así me tomen las pulgas en la cama" (o en su vertiente de musaraña, "que tales sean las musarañas de mi cama"), tema de origen clásico, como ya dije, que no ha dejado de escribirse en la literatura de todos los tiempos, como se ve en "La caza de las pulgas", conjunto de octavas de Juan Yáñez de Monroy, como estas:


                                  Como Filis estaba sin defensa,
                             más que el cambray a quien también desvía,
                             hacer pueden las pulgas tanta ofensa
                             que todo el cuerpo pulgas le cubría;
                             despiértala el dolor y en nada piensa,
                             sólo en matar quien tanto la ofendía,
                             y por quitar los enemigos fieros
                             la camisa rasgó y se quedó en cueros.  ...

                         
                                  Desesperada, con rigor insano,
                             de la cama las sábanas retira,
                             sacúdelas y en ellas el tirano,
                             motivo atroz de su rabiosa ira,
                             ya con el breve pie, ya con la mano,
                             y aun con los dientes su rigor conspira,
                             torciendo con sus dedos singulares
                             lo que felice coge en los pulgares.  ...
                         
           

                    Refranes y frases hechas son muy del gusto de la época y permiten comprender un mundo oscuro del que todos querían salir: "hacerse de los godos", en el texto, "tiraron con tanta fuerza que su barco se iba a lo hondo; conociendo el peligro la cortaron y con ella las esperanzas a Lázaro de hacerse de los godos", que significa hacerse noble y rico, porque, según comenta Covarrubias, "los que traían origen de los godos eran muy estimados". Los españoles andan con gravedad, se dicen salidos de la poderosa nación de los godos y se llaman entre ellos hijos de los godos, hidalgos gentilhombres (documenta Francisco Rico en su edición del Guzmán). Lázaro, el pobre, ya no tan ingenuo, como todos los españoles, quería medrar. Hacerse de los godos o arrimarse a los buenos, que tanto monta simbólicamente. En un ejemplo claro del empleo disémico y antifrástico del término, se usa "bueno" con el significado contrario (como en la referencia al "buen mesonero"), y así Covarrubias aclara: "Hasta lo malo en lo consumado de su maldad admite (aunque impropiamente), este epíteto. Esta palabra, buen hombre, algunas veces vale tanto como cornudo, y buena mujer, puta" (y si eran cojas, mejor aún...).


                 Decía Víctor García de la Concha que "todo gravita sobre la palabra". La palabra eufemística, ingeniosa, que en su juego muestra un mundo aparentemente divertido, que oculta la realidad del desencanto, la desesperanza de los marginados, que a veces entretiene con sus dobles sentidos, que genera belleza o desagrado como la tragicomedia de momentos de apariencia, la palabra renovada y rica de una época de esplendor artístico, la palabra que critica, a veces engaña o hace reír tal como la vida misma, una palabra hija de su tiempo...



                                                   
                                                                                         Sara Montiel, "La pulga"
                                     
                                       
                               

miércoles, 2 de agosto de 2017

"AUTOCRÓNICA LITERARIA"

   



                                                                   serán ceniza, mas tendrán sentido:
                                                                   polvo serán, mas polvo enamorado.

                                                                                               ( F. de Quevedo)
                                      



                 
                           
                                           Durante los próximos meses, "Heraldo de Aragón" publicará una serie de artículos (la localidad turolense de Calamocha, de inevitable espacio en mi memoria, la comenzó ayer), dedicados a los municipios de Aragón, que recogen su riqueza patrimonial y artística y buscan la mejor esencia aragonesa en tradiciones, costumbres, huellas de antiguos moradores y, sobre todo, en las historias personales y humanas de sus actuales habitantes. Este loable proyecto viene respaldado por la D.G.A  y se propone trascender el mero análisis sociocultural centrándose en la realidad más viva de este territorio, en un recorrido muy ambicioso de gran atractivo y un futuro que promete frutos imprevisibles y sorprendentes experiencias para los interesados en el desarrollo moderno de la Comunidad. Como referencia imprescindible para este nuevo Aragón, pueblo a pueblo, la figura de Alfonso Zapater resulta fundamental. Los 18 tomos de la obra enciclopédica que editó en 1986 (prologada por Camilo José Cela) son de obligado conocimiento y punto de partida de la renovada crónica aragonesa. Alfonso Zapater comenzó a escribir en "Heraldo de Aragón" una página diaria mezcla de reportaje, entrevista, comentario y opinión, "Zaragoza al día", que resultaba algo distinto en el periodismo de la época, y "Aragón, pueblo a pueblo" se convirtió en un asombroso fresco del panorama regional en el que todos los municipios estaban presentes en plásticas semblanzas compendio de la experiencia del autor a lo largo de muchos años de visitas por todos y cada uno de los pueblos de la geografía aragonesa (731 oficiales y 1350 lugares aragoneses reseñados por él). La renovada serie se nos antoja, así, un merecido regalo para el recuerdo del escritor en el décimo aniversario de su muerte, y de su nacimiento, un día de julio muy cercano al de hoy, en Albalate del Arzobispo, población de Teruel, que seguramente lo habrá evocado de forma especial este año. Alfonso Zapater sentía por las zonas rurales que marcaron su infancia en libertad un intenso afecto. Por eso confesaría que Teruel le "dolía" cuando observaba la falta de progreso producto quizá, en su opinión, no sólo de su aislamiento sino de una falta de espíritu de colectividad o tal vez del excesivo complejo de victimismo de sus gentes, que no supieron en su momento explotar las posibilidades de una rica provincia, a pesar de las grandes individualidades que Teruel ha aportado a lo largo de la historia. Me sorprende conocer que la Diputación Provincial de Teruel no colabore en la actualización de este "Aragón, pueblo a pueblo" redivivo.







                                                     
                                   

               
                        Juan Villalba Sebastián ha elaborado una biobibliografía profunda y amplia sobre Alfonso Zapater que recoge la revista "Turia" en su número 95, que a mí me parece la más completa realizada hasta el momento, teniendo en cuenta, lógicamente, que apenas alude a su obra inédita, bastante extensa, por lo que yo conozco, y más si contemplamos que comenzó a ejercer su vocación a los nueve años versionando antiguas obras teatrales y escribiendo incluso un auto sacramental. Sí menciona su primera novela, Camelia, nunca publicada, con la que iniciaría su labor narrativa, género en el que más a gusto se sentía, porque le daba "la oportunidad de fundir la realidad con la ficción, sin olvidar que todo tipo de narración va acompañada también de poesía y teatro", según declaraba en sus "Memorias". A Alfonso Zapater las novelas que más le interesaban de su producción inicial eran Siembra (Premio "San Jorge" de Novela) y El pueblo que se vendió (Premio Ciudad de Barbastro, 1978, que estuvo a punto de ser llevada al cine si hubiera obtenido las subvenciones adecuadas y fue protagonista de varios programas de televisión), que reflejan perfectamente la realidad social de los pueblos de Aragón. La última recuerda claramente la narrativa de la memoria propia de algunos grandes escritores actuales de ámbito leonés como José María Merino o Luis Mateo Díez, en la manera de describir universos decadentes próximos a su desaparición, con el eco evidente de Juan Rulfo y su Pedro Páramo, o la plasmación de la misma problemática en la forma poética que ya conocemos, en La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Alfonso recibió el Premio Ciudad de Jaca con la novela editada por Planeta, Viajando con Alirio, en la que reconocemos el modelo clásico de la picaresca por esa sucesión de peripecias del protagonista, que ahora podríamos explorar en alguno de los personajes de la galería narrativa landeriana, como el dibujado en Retrato de un hombre inmaduro, por ejemplo, insólitas resonancias que convierten al autor aragonés en pionero de éxitos recientes. Probablemente, el logro novelístico de mayor trascendencia fue El accidente, finalista del premio Nadal, editada por Destino. En la entrevista que "La Vanguardia" le realizó a propósito del reconocimiento de la calidad de esta novela, que llegó a considerarse superior a la ganadora, Alfonso manifiesta su satisfacción por esa final conseguida a falta de ganar el premio, porque también a veces es necesario algún otro factor como la suerte y constata cómo "el arte, para ser tal, necesita perpetuarse". Con Los sublevados volvería a presentarse al mismo premio (segundo finalista), obteniendo de nuevo la aprobación generalizada de crítica y público, en esta ocasión con la recreación casi cinematográfica de la singular epopeya de la sublevación republicana de los capitanes Fermín Galán y Ángel García, en un proceso de reconstrucción novelada de los acontecimientos que tuvieron lugar en Jaca, a través de la visión de una serie de testigos que evocan años después lo sucedido con todo el rigor histórico que los hechos requerían.




         






                                Desde hace unos días, en Zaragoza ha surgido una iniciativa lanzada en una web de la librería "Los portadores de sueños" (www.rutasliterariaszaragoza.com), que permiten conocer los escenarios zaragozanos en que transcurren señaladas obras de reconocidos autores, que trazan distintas rutas literarias a través de las cuales conocer la ciudad con otra mirada y rescatar del olvido lugares ya desaparecidos o transformados. Así, Labordeta, Martínez de Pisón, Ana Alcolea, Sergio del Molino, Félix Romeo, Rodolfo Notivol, Sanz Barajas..., son algunos de los escritores que conforman "Zaragozas" literarias, sin que nos olvidemos, aunque aún no tienen su ruta, de Galdós, Sender o José Martí. Me permito añadir La ciudad infinita de Alfonso Zapater, una novela de crítica social, comprometida pero desdramatizada por el humor, en que la ciudad se convierte en la gran protagonista: calles, bares, ríos, puentes, locales de alterne..., se describen con realismo al que hay que añadir otro nivel de lectura simbólico en el afán de denuncia de la discriminación en la sociedad urbana actual (esta obra quedó entre las tres primeras finalistas para obtener el Premio Nadal). Citaré, por último, otra de las novelas más significativas en la tan amplia trayectoria narrativa de Alfonso, por su valor documental: Tuerto Catachán, una suerte de autobiografía novelada en la que homenajea a su abuelo materno, con el trasfondo de la guerra civil y en la que rememora los terribles recuerdos de aquel momento, bajo el prisma de un niño que vivió odios, venganzas y fusilamientos, que alterna con su visión de adulto en que él mismo es enviado a la cárcel de Carabanchel por injurias al Jefe del Estado, experiencia que le hizo descubrir que la paz de la posguerra era un espejismo, pues todavía existía una guerra soterrada entre vencedores y vencidos que le llevó a conocer de primera mano las cloacas del régimen franquista y que yo creo que le hizo relativizar posteriormente algunos aspectos de la vida que él siempre quiso ver con escepticismo o con un cierto desdén descreído que tal vez proviniera ya del sufrimiento que le produjo vivir el exilio de su padre, gran artista de la jota, como sabemos, en Francia y su encarcelamiento a causa de sus ideas políticas. (Para el resto de la narrativa y de la obra general de Alfonso Zapater puede consultarse a Juan Villalba, mientras que de alguna de sus novelas inéditas hablaré al final).





                          En una de las múltiples conferencias en las que Alfonso Zapater reflexionó sobre sus ideas literarias, su trayectoria creativa y la génesis de algunas de sus obras, "Autocrónica literaria", explica que escribe para que lo lean pero que no le gusta hablar de sí mismo, a no ser para dar testimonio de un quehacer literario en un contexto aragonés en que "la literatura tiene muy poco peso específico en el concierto nacional porque nosotros somos los primeros en volverle la espalda, en lugar de auparla". Siempre se mostró muy crítico en este aspecto, rebelándose contra esa falta de autoestima aragonesa que no entendía y contra la falsedad que observaba en los pseudoescritores, los "elaboradores" con ínfulas de superioridad: "hoy mismo, se nos sirve como novela lo que no lo es. Tenemos novelas cuyos autores no fabulan sino que elucubran, elaboran sobre un tema determinado y dan por bueno su trabajo. Excepcionalmente, rememoran hechos históricos, supliendo así su incapacidad fabuladora, su fantasía de creadores natos". De él afirma que descubrió sus dotes para la fabulación cuando observó que le "bastaba con partir de una simple anécdota para escribir una novela. Por eso arranco siempre de la realidad, en muchos casos, de una simple noticia aparecida en los periódicos". Es lo que ocurrió con El accidente, en que ficción y realidad llegan a confundirse, pero siempre prefiere la creación literaria, fabular, antes que narrar algo que ya ha sucedido. Así lo relata: "El accidente se produjo realmente, en el término de Villanúa (Huesca), cuando cuatro jóvenes regresaban por la noche de una despedida de soltero en Canfranc. El automóvil en el que viajaban cayó al río Aragón y murieron sus cuatro ocupantes. Pero nadie vio el accidente y transcurrieron catorce horas o más cuando descubrieron el automóvil siniestrado. Imaginé lo que pudo ser el drama de aquellos hombres, en el supuesto, más que probable, de que hubieran quedado malheridos, con tantas horas de soledad, sin que nadie acudiera a prestarles auxilio, desangrándose lentamente. No investigué lo más mínimo sobre el caso. Me puse a fabular sin más, y tardé quince días en escribir la novela que estuvo a punto de ganar el premio literario más importante de España de la época, en cuanto a prestigio".




       





                          "Al principio, cuando se emprende la difícil andadura literaria, es lógico sentirse espoleado por la impaciencia de publicar. Ello me llevó al periodismo, donde la inmediatez de ver publicado lo escrito está asegurada a diario, y también al teatro". "Lo que más me cuesta es cazar el argumento y su concepción. Una vez que tengo la novela pensada, el tiempo material de escribirla es lo de menos... Cuando me pongo a escribir, yo mismo me sumerjo en la propia fábula, en el ambiente de la narración y no vivo ni sosiego hasta que veo la obra terminada. Los personajes se me aparecen por la noche, sueño con ellos, no me dejan en paz hasta que cumplen, del principio al fin, la misión que tenían encomendada. Gozo y sufro con ellos y mi única liberación a tan feliz tormento -porque lo considero una felicidad- consiste en terminar la obra cuanto antes". Alfonso opinaba que se leía poco y de ahí las cortas tiradas, excepto para los best sellers o los premios literarios importantes, que consideraba a veces concertados de antemano. Y es que hoy domina el mercado. "Cabe buscar una base firme, sólida, que arranque de la realidad misma y urdir sobre esa base el entramado novelístico como una nueva realidad surgida de la fantasía del autor. Lo extraño, después, será ir descubriendo que la realidad inventada concuerda con acontecimientos que han sucedido así, como uno los ha imaginado. A mí me sucedió con El hombre y el toro, en que el drama de mi novela era el mismo que se había desarrollado en la realidad sin yo saberlo. Y volvió a sucederme con El accidente, hasta el punto de que los familiares de las víctimas acudieron a mí para que les diera la información que no habían podido obtener en el Juzgado "porque yo estaba en el secreto de todo". Una vez más, el poder fabulador me llevó a interpretar la realidad ignorada". En esta Autocrónica denuncia lo que se publica en Aragón, la labor de los críticos locales, la opinión de intelectuales que caen en localismos trasnochados y la existencia de camarillas de ignorantes, "papanatas", dice. No obstante, reconoce que él no mantiene guerras con nadie, aunque se manifiesta dolido con los que piensan en él como periodista antes que como escritor. Aunque no quiere pecar de falsa modestia, expone que su obra literaria figura en libros de texto de literatura para estudiantes, como representante de la novela social junto a Rafael Sánchez Ferlosio o Camilo José Cela, así como que el departamento de folclore de la Universidad de Chicago utiliza su Historia de la jota o que el catálogo internacional estadounidense Ling´s de escritores españoles menciona tres de sus novelas. En cuanto a los recursos formales, la técnica le preocupa tanto o más que el estilo, "la propia temática impone, por lo general, el enfoque que conviene dar a la narración. Cada novela plantea un problema técnico que es preciso resolver antes de ponerse a escribir". También le importan los personajes: "deseo que sean de carne y hueso, no de cartón piedra, personajes capaces de transmitir emociones a los lectores, porque el lector debe convertirse en protagonista también de la obra que lee". En "Autocrónica literaria" recorre igualmente su producción teatral, desde la fundación de compañías en Madrid primero y luego en Aragón, su labor como director, autor y actor y el entusiasmo por la renovación en la dramaturgia del momento que supuso el auge de un género no siempre valorado como se merece. El teatro le daba la oportunidad de hacer llegar al público lo que había escrito de una forma más inmediata, directa y sin interferencias (Alfonso recibió el Premio Nacional de Teatro "Miguel Hernández"). Como es su norma, cita un título significativo, Noche de pesadilla, del que "no sé dónde guardo el original". Los que lo conocimos en profundidad recordaremos cómo relataba sus estrechas relaciones con actores y actrices de cine, cantantes, artistas..., y yo intuyo que Alfonso valía más por lo que callaba que por lo que contaba... Finaliza la Autocrónica no renunciando a las raíces aragonesas intentando ser uno mismo para conseguir la originalidad.




                    Mi condición aragonesa no ha de servir, sin embargo, para encerrarme en los límites de nuestra tierra. La literatura, como todas las formas de cultura, carece de fronteras y hay que aspirar a crear una obra universalista, que pueda ser comprendida y sentida, por las gentes de cualquier país. No estoy en contra de la literatura costumbrista, pero la considero como simple entretenimirnto para andar por casa. La ambición de un escritor vocacional vuela más alto, se remonta a los espacios infinitos en busca de la libertad total.


                
                                En "Escritores periodistas y periodistas escritores" insiste en aspectos tratados en la Autocrónica con especial hincapié en la interrelación entre la narrativa y el periodismo, resaltando la gran diferencia entre el tratamiento de un tema con objetividad e imparcialidad y la creación de mundos producto de la imaginación o de la recreación de hechos reales a los que se añade la fabulación, sin que deba confundirse al erudito o "trabajador de la cultura" con el creador. De los primeros sobran y los segundos escasean. "Sé que hay escritores periodistas y periodistas escritores, y resulta harto difícil establecer el orden en que se produjo esa simbiosis. De igual manera, hay periodistas que no son escritores y al revés, por más que los primeros redacten correctamente o los escritores conozcan el mundo de la información. Yo sostengo que escribir es una vocación, aunque para su desarrollo exija, después, alcanzar unas cotas de formación muy elevadas. Se nace y se hace. No faltará quien argumente que el periodista también es escritor, puesto que vive del oficio de escribir. Naturalmente, su herramienta diaria es la palabra, pero el periodista puede formarse en la Universidad, su finalidad es profesional, algo que nunca podrá suceder con el escritor y menos aún con el poeta. En todas las épocas, el periodismo fue escuela de grandes escritores: Blasco Ibáñez, Baroja, Azorín, Delibes, Cela, Umbral, Hemingway y sus compañeros de la "generación perdida"... El periodismo enseña, proporciona una gimnasia mental tan importante como necesaria, que permite encarar con mayor facilidad cualquier empeño de mayor envergadura de cara a la creación literaria. Yo nunca agradeceré bastante al periodismo la deuda contraída con él, y si mi vocación primera fue la de escritor, tampoco renuncio ahora a la de periodista, pues gracias a esta actividad he podido saber más profundamente de mi tierra y de mi gente y llegar al análisis de muchos acontecimientos que por haberse quedado grabados en la hondura del alma, me han servido para dar vida a un libro".




           
                           Como en la "Autocrónica literaria", arremete contra la crítica especializada en literatura por su arbitrariedad y falta de coherencia, entre otras razones, aunque no sea así siempre en todos los casos, de tal forma que en lugar de orientar al lector convenientemente, hacen pasar por geniales muchas obras mediocres, sin fomentar la afición por la lectura, así como contra la existencia de determinados premios que no son concedidos con criterios de calidad ni deben constituir la meta de un escritor, aunque Alfonso Zapater no pretendía generalizar mostrándose él mismo como integrante de jurados que otorgaban premios importantes en múltiples ocasiones y reconocía que, a veces, su obtención era la única forma de conseguir la publicación de una obra. En este mismo texto sobre periodismo, el escritor también reflexionaba sobre los géneros que había abordado a lo largo del tiempo, algunos propuestos como un reto en su labor creativa (la historia, el ensayo, el teatro, la miscelánea enciclopédica, los libros de viajes, la biografía, la poesía, siempre...), pero esencialmente, ese en el que se encontraba más a gusto, la novela. El periodismo le sirvió de punto de arranque para hacer posibles esos empeños literarios: Cuando se está en contacto diario con la realidad, cerca siempre de la condición humana, los temas surgen solos y es más fácil encararlos y desarrollarlos, pues basta con reposar el ejercicio diario de la profesión y dejar que la palabra remonte más altos vuelos. Yo siempre he mantenido que un buen reportaje equivale al capítulo de una novela; la diferencia estriba en que la novela debe tener más vida interior. Pero también insistía en el tremendo poder de la fabulación y las enormes posibilidades de la imaginación creadora, capaz de crear mundos y personajes tan reales o más que los de la vida (eso que comprobó con alguna de sus novelas). Una noticia o una anécdota son capaces de levantar el complejo edificio de una novela, pero no le interesaba la biografía como material de primera mano para novelar: "¿Cuántos van diciendo por ahí que su vida es una novela?" (o lo que es lo mismo "confieso que he vivido", como si la vida de cualquiera no mereciera ser contada), porque era un recurso que revela escasa imaginación creadora, aunque el trabajo fuera lícito como recreación literaria. Periodista y escritor: no se contradicen ambos conceptos sino que se complementan. El estilo periodístico es directo y tiende a simplificar, práctica ventajosa para el escritor que sabrá escribir las historias con el mejor lenguaje, con la estructura y la técnica que exija el tema de cada novela para evitar que sean todas iguales. Para ello, el escritor cuenta con el tiempo que desee para cuidar el lenguaje, a diferencia del periodista que se debe muchas veces a la urgencia de la noticia, a un trabajo informativo diario, sin poder madurar las ideas y adornar los conceptos, teniendo que escribir no de lo que quiere o le gusta sino de lo que imponen las circunstancias de cada momento, generalmente, aunque de lo que se trate es de escribir lo mejor posible, pero Alfonso tampoco creía que la inspiración fuera lo fundamental en la creación literaria, sino que en sus tres cuartas partes eran el trabajo, poseer ideas y dominar la lengua la base de la esencia narrativa de calidad.










                                                     





                            Desperdigada por diferentes lugares, la obra inédita de Alfonso Zapater merecería una adecuada recopilación y su análisis y estudio detenido. Yo destacaría tres novelas de épocas diferentes de las que ignoro los motivos por los que no fueron publicadas, aunque, dada la magnitud del conjunto de títulos, tal vez la razón solo se debiera a la ausencia de tiempo material para hacerlo, teniendo en cuenta la monumentalidad de lo publicado así como la amplia cantidad de originales que han quedado por salir a la luz y su dispersión. O quizá fueran otras las causas... En cualquier caso, él mismo determinó que los planteamientos de su obra no publicada eran los mismos que los que ya se conocían. Presentó la novela La mecha al concurso "Blasco Ibáñez" de Valencia, en el que quedó finalista. Aparece fechada en 1984, año de la finalización de su escritura. Curiosamente, fue comenzada nueve años antes, algo extraño en él cuando la elaboración de una novela no solía abarcar más allá de algunos pocos meses o incluso días en alguna ocasión. Ambientada en tierras venezolanas, finaliza con un "Vocabulario sobre los americanismos y venezolanismos contenidos en La mecha que pueden ser de difícil interpretación". Recordemos que Alfonso Zapater había escrito en 1971, Venezuela, paso a paso, un libro de crónicas viajeras tras su estancia en el país. Y que su amigo Camilo José Cela había publicado en 1955, La catira, por encargo del gobierno venezolano a mayor gloria del coronel Marcos Pérez Jiménez, y que formaba parte de un ambicioso proyecto de varias novelas sobre el país. Como no gustó esta primera novela -aunque en España recibió el Premio de la Crítica-, sobre todo por la no conveniencia del lenguaje autóctono utilizado según los expertos venezolanos, el proyecto terminó con esta primera novela. También se recoge en ella al final un glosario de términos venezolanos, que es de suponer sirviera de ejemplo para la obra de Alfonso Zapater. La mecha -subtitulada "Muerte para un dictador"-, como gran parte de sus obras, contiene la denuncia de las condiciones de vida del mundo rural y sus miserias, supersticiones e ignorancias, y la lucha por la supervivencia, la conquista de la libertad y de los derechos humanos democráticos, por medio de la subversión del pueblo frente a la dictadura del poder. Es una de las novelas más complejas del escritor, con numerosos personajes del mundo indígena que representan a una sociedad primitiva y oprimida. Alfonso Zapater realiza una crítica valiente describiendo el deseo de los más desfavorecidos por liberarse de un caciquismo injusto. Con un estilo y lenguaje innovadores, La mecha es una novela muy diferente a las publicadas por el autor, una novela, por cierto, de gran actualidad, aunque se sitúe en otra época también vergonzante y triste para Venezuela.






                 


             
                         No es posible datar la novela Derecho a huelga con exactitud, pues el autor no consignó la fecha al final de la obra, como lo hacía habitualmente. Por lo que conozco, barajó otros títulos similares para quedarse con el definitivo, eran: "La huelga" y "La huelga de Emilio, el Cojo" que alude a uno de los protagonistas. Presenta una galería de personajes de baja extracción social, muy del gusto del novelista, que podemos también observar en La ciudad infinita, por ejemplo, que reflejan el conflictivo e insolidario mundo laboral de los obreros desamparados ante la ausencia del pago de sus salarios por parte de la empresa a la que pertenecen. Son seres angustiados, sometidos, tiranizados y de alguna manera utilizados por un sistema económico en crisis. El ambiente, en esta ocasión, es urbano, aunque la abstracción espacio-temporal no permita más que elucubrar que tal vez esos personajes denominados por unos degradantes apodos ("el Caraguardia", el Roña", "el Miraclaro"...), trabajen en una fábrica del extrarradio de Zaragoza (hay que cruzar un puente sobre el río para llegar al polígono industrial), hombres desheredados y cautivos de "las castas", según leemos, para los que el escritor pide dignidad. No es difícil adivinar el contexto histórico puesto que el salario de los obreros se fija en pesetas y la fábrica es de metalúrgica. Alfonso Zapater reclama, como tantas veces, justicia social y critica una legislación anacrónica que castiga las manifestaciones y huelgas del trabajador y reivindica en su nombre la necesidad de convenios adecuados y la mejora en las condiciones de vida de los que dependen de un salario mínimo que a veces ni se cobra. A pesar del clima asfixiante que envuelve este universo abusivo, improcedente y despótico, en que la muerte es el último eslabón de la cadena, el constante diálogo fluido, el dinamismo que otorgan las expresiones breves y la rapidez del ritmo secuencial consiguen compensar el desarrollo opresivo del tema y la intencionalidad del desenlace. Como en el caso de la novela a la que antes me referí, Derecho a huelga responde al interés de universalización por parte del autor de un asunto que trasciende espacios e ideologías y traspasa la historia...
                    




                       La novela Otoño rosa, escrita el 1991, se conserva en un documento manuscrito de letra no muy legible, de trazo suelto, y con abundantes correcciones. El título, metafórico, responde a un estado anímico del escritor especialmente esperanzado tanto por lo que se refiere a sus experiencias vitales como a lo que se narra en la obra, y así lo manifiesta desde la cita inicial: "Hay jóvenes que nacen viejos, y viejos que mueren jóvenes". Alfonso Zapater cuenta los acontecimientos que suceden en un pequeño pueblo habitado por 27 personas ya en edad otoñal, en trance de desaparición. Pero, además, traza un mosaico de historias de vidas llenas de recuerdos, soledades, sueños, renuncias e ilusiones frustradas. El pueblo es un lugar idílico y placentero, pero la emigración lo ha alejado del progreso y es necesario revitalizarlo de alguna manera para salvarlo y que pueda llegar a ser lo que fue, para lo que intentan recuperar las tradiciones y costumbres festivas, y convertirlo así en un reclamo turístico en una especie de "alabanza de aldea" con un punto de nostalgia. Una serie de hechos truculentos que alteran la cotidianeidad, no impedirán, sin embargo, que al final se produzca un episodio inesperado que logra conseguir el objetivo no sólo de sacar al pueblo de su ostracismo sino de aportarle nueva vida: el nacimiento de un niño, que asegura el futuro de lo que nunca debería perderse, uno de los temas ante los que el escritor era más sensible y al que dedicó gran parte de su obra. En la novela tienen cabida pensamientos, reflexiones y evocaciones del pasado, en una mezcla equilibrada con el relato de la interconexión de las vidas de los 27 personajes, lo que consigue con una técnica depurada y variada que va acentúando gradualmente la tensión narrativa y que se sirve de la alternancia en los puntos de vista utilizados, los saltos en el tiempo, o la utilización de recursos estilísticos de géneros narrativos clásicos, como el folletinesco o el de la novela policíaca,  así como  de la imagen cinematográfica. Una novela moderna.      




                       Afirma Juan Villalba, muy acertadamente, que Alfonso Zapater era un escritor de raza, de esos "eficaces en su trabajo y caóticos en sus biografías, capaces de escribir sobre cualquier cosa en cualquier momento y de cultivar todos los géneros sin distinción, acostumbrados a la ácida magia de volver a casa, como diría otro maestro de la profesión, José Luis Alvite, "con las llaves de otra puerta y pillar dormido al reloj despertador". Alfonso Zapater, al que escuché definirse como un hombre temperamental y apasionado, sentimental y lunático, a veces supersticioso, pero al que le gustaba ir de frente y por derecho, continuaba siendo ese mágico aprendiz de todo, que se recuperaba de su vejez infantil en el otoño de su vida. Ya no existe ese escritor de raza. No existe él pero tampoco ningún otro. Su crónica literaria y vital tiene nombre: elegancia. La elegancia en el decir. Porque él lo era.

                                 

             
             * Fotografía de Alfonso Zapater, cortesía de "El País"




                                                                                      Something stupid