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miércoles, 11 de mayo de 2016

CELA




                                     ¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas teniendo tanto que decir de las mías?

                                                                                     Miguel de Cervantes



                                     La muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino lo vivos.

                                                                                       Camilo José Cela
                                         




                                              El 11 de mayo de 1916 nació en Iria Flavia (Padrón, La Coruña) Camilo José Cela Trulock, otro gigante de la literatura española, clásico universal, que recibió el mayor número de reconocimientos otorgados a un escritor español (entre ellos, el Príncipe de Asturias, el Nobel y el Cervantes). Este Primer Centenario se ha calificado como un "acontecimiento excepcional de interés público" por las instituciones estatales, aunque no parece que los actos conmemorativos estén a la altura de tal merecimiento, tal vez por la coincidencia con la efeméride cervantina. La Fundación Pública Gallega Camilo José Cela, sin embargo, ha preparado numerosas actividades de gran interés acerca de su vida y obra que deberían constituir el punto de partida para el mayor conocimiento de una figura de la envergadura de un Premio Nobel de Literatura, que vio la posteridad como "algo que no puede lograrse más que a cambio de irse dejando, poco a poco, la vida misma prendida en las zarzas del camino", que consideró que debía devolverle a su país lo mucho que este le había dado, y por ello, creó la Fundación que lleva su nombre a la que legó todo lo que había ido guardando a lo largo de su vida, que fue mucho: manuscritos, ediciones y traducciones de sus obras, medallas, nombramientos, colecciones diversas, su hemeroteca, el epistolario (con 72.000 cartas), objetos personales..., porque creía en la función social de la propiedad, en las bibliotecas, en las aulas y en la cultura "ese motor de los pueblos que separa la prosperidad de la miseria". Allí, en ese lugar idílico lleno de paz que atesora tantas joyas artísticas, descansa desde 2002 al pie de un olivo del romántico cementerio, con flores siempre frescas, como quería, el autor que, ya marqués de su tierra, acomodó para siempre el lema de su vida: "El que resiste, gana". O el de su exlibris "Un libro y toda la soledad. Soy de CJC", con dibujo de Picasso.







                      Lo conocí con ocasión de su visita al Instituto de Calamocha (Teruel) en respuesta a mi invitación para dar una charla de literatura a los alumnos- la mejor clase de literatura que pudiera soñarse-, cuando hacía muy poco que le habían concedido el Premio Nobel. No confiaba demasiado en que aceptara por razones obvias, pero dijo "sí", y desde entonces se me rompió el esquema, el de esa fama que le acompañaba de una personalidad controvertida cercana en ocasiones al despotismo y al exabrupto. Cela era un hombre verdaderamente emotivo, aunque tratara de disimularlo muy bien. Había sido un niño mimado en exceso al fallecer dos hermanos y tuvo "una infancia dorada", en la que se mostró siempre travieso; era un hombre que aparecía ante los demás como un lobo feroz pero que encubría su ternura, un hombre de maneras bruscas a veces, impetuoso, que vivió la vocación literaria apasionadamente y al que encantaba provocar y escandalizar con sus declaraciones y actuaciones como ocurrió alguna vez en el Parlamento cuando, como senador por designación real, incurría en actitudes comprometidas...



                 




                   Aquel día no pidió nada y se fue agradecido. Los alumnos quedaron admirados por la lección tan atrayente y divertida. Cela afirmó que su obra estaba más reconocida en el extranjero que en su propio país y que su linchamiento había comenzado el día que le dieron el Nobel. Opinó acerca del mal uso que los políticos y los medios de comunicación hacían del lenguaje, despreciando el diccionario, y les recordó que había sido mal alumno, lo expulsaron de varios colegios y no terminó ninguna carrera: el inglés se lo aprobaron porque su madre era inglesa y el latín porque su padre conocía al profesor..., que el Quijote era una obra redonda, tan perfecta que se le perdonaban los errores y que no había que imponerlo a los niños. Para él, sin embargo, el más grande era Quevedo. Afirmó que no le importaba lo que los críticos dijeran sobre su obra ni las ediciones, porque lo importante era el hecho literario. Y criticó duramente a los políticos por no leer y despreciar la cultura, ¿cómo poder arreglar el mundo así? "Dados los gobernantes en general, donde cualquier mediocre puede llegar a ministro, no se extrañe usted de la fama que tenemos los escritores. El escritor es un ser incómodo y debe estar contra el poder del Estado, sea este cual fuere". Habló mucho de poesía -geometría y ajedrez-, que fue su primer contacto con la literatura aunque se pasó a la prosa pronto porque no le habían tomado en serio, pero la seguía cultivando: "En este país no se pueden hacer bien dos cosas, es un país tan pobre que no permite tener dos ideas...". No consintió que se le preguntara por los autores contemporáneos a los que no quería juzgar, y a quienes se oponían al uso de tacos alegando pureza cultural los catalogó de ñoños, mientras que él sólo repetía los empleados por Quevedo o el Arcipreste de Hita, "palabras de gran prosapia", palabras ya aparecidas en los diccionarios del XVIII... "¿Vendrá otra vez?, !qué encantador!", me decían los alumnos. La localidad se volcó en agasajarle todo lo posible y así, le dedicó una calle que él inauguró satisfecho llevándose una réplica de la placa con su nombre para su colección de calles... Los joteros de Torrijo del Campo con el gran Jesús Benito a la cabeza le cantaron durante toda la jornada jotas con letras alusivas a sus novelas y a su vida que le divirtieron a la vez que emocionaron y que se aprendió de memoria. No se habría ido. Seguro que Joaquín Carbonell, que nos acompañaba, recuerda el día y la comida festiva. Él recogió -como el resto de los medios de comunicación- la estancia de Cela en el Instituto y en Calamocha, zona que había visitado al ir a ver las grullas de Gallocanta. Joaquín le recordó que su obra teatral María Sabina se había representado en Zaragoza, lo que él desconocía, aunque no se olvidaba del sonoro pateo que recibió en Madrid, al que respondió con mucha educación, como es natural. En el Carnegie Hall de Nueva York, por el contrario, consiguió un éxito apoteósico.












                      A su regreso a Guadalajara, donde entonces residía en una preciosa casa aislada en medio de una pradera, me comentaba: "!Qué alumnos tan estupendos!, ¿Te has fijado en esa chica que me ha preguntado qué es la vida...? !Ah, si yo lo supiera...! !Qué ganas tienen de aprender! !Cómo se han portado conmigo! Dales las gracias, no se te olvide". En su casa de "El Espinar" aparecía flamante el escudo de armas de la familia Cela, con un moro decapitado, y rápidamente contaba cómo un antepasado suyo se cruzó con uno que no parecía gallego, lo mató y se llevó sus chilabas... Acostumbraba a tomar el té de la tarde y a escuchar música clásica o tangos, que le entusiasmaban, mientras recordaba que él también los había cantado en "El Viejo Almacén" de Buenos Aires, acompañado a la guitarra por Edmundo Rivero. Desde ese día se forjó una amistad mutua que se mantuvo hasta su fallecimiento. A lo largo de esos años me demostró continuamente su lealtad, afectuosidad y su grandeza espiritual. Aprendí a desterrar el tópico en torno a su imagen: sólo se había colocado la coraza para defenderse de parte del mundo y era perfectamente consciente de que su actitud podría suscitar la antipatía personal, pero su acusado sentido del humor lo impulsaba hacia el deseo de epatar ("es que la gente es muy epatable") como forma de divertimento... Pocos lo conocían íntimamente y era en la intimidad donde se encontraba el hombre con la misma profunda dimensión que el escritor: siempre comentaba que el título que más respetaba era el de amigo, porque pensaba como Gracián que no hay mayor desierto que vivir sin amigos. Así lo escribió en su "Loa a la amistad": Un amigo puede justificar toda una vida. Para Francisco Umbral había algo de "enfant terrible" en esa apariencia de dureza que ocultaba en realidad la esencia de un "gamberro inmisericorde" ("mi secreta vocación es la de gamberro", bromeaba). Lo definía como un singular "profesor de energía", que comunicaba vitalidad, optimismo, ilusión, que nunca estaba decaído ni resentido, por eso "después de estar con él, uno se queda más eufórico. Y siempre va de ida". A lo que se podría añadir su educación inglesa, por la que fue criado en la ausencia de la demostración externa de la emoción, algo que no pudo evitar, sin embargo, cuando recibió el Premio Cervantes, tan largamente esperado, a pesar de que en una de sus boutades lo había desdeñado absolutamente, y después fingiera afirmando que no se deben romper las tradiciones en España pues quedan pocas, y como ya era una tradición que no le otorgaran el premio, no se había alegrado por la concesión.
           








                    Defendió a muerte a los que le guardaron fidelidad y para ellos su comportamiento no podía ser más exquisito, pero se ensañó con los que lo atacaban; nunca perdonó, por ejemplo, a quienes no le votaron para su entrada en la RAE. Claro que recordaba aquella famosa carta dirigida al comisario general de Investigación y Vigilancia de 1938 en la que se ofrecía de delator de los "rojos", y de su trabajo como censor en la Delegación Nacional de Prensa, un puesto que fue vital para la publicación en 1942 de La familia de Pascual Duarte, novela atacada por la Iglesia y prohibida en su segunda edición, "nunca censuré nada, ¿qué iba a censurar yo en un boletín de huérfanos?", así que nunca se arrepintió ni pidió disculpas por ningún hecho del que tuviera que avergonzarse. El libro lo escribió en las peores condiciones, en la cocina del Sindicato Nacional Textil, poniéndole punto final cuando creyó que se moría, enfermo ya, en casa de sus padres (por cierto, Cela rechazó la palabra "tremendismo" para calificar la obra por su connotación peyorativa, le parecía una voz "para uso de sacristanes"). Al único grupo que estuvo adherido antes de la guerra fue a "Paneuropa", porque soñaba con una España unida: encontraba los nacionalismos estúpidos y desfasados. Explicaba Cela cómo se le conminó para que en el primer número de Papeles de Son Armadans (ese foco cultural imprescindible en la historia del arte español, donde todo y todos cabían) se dirigiera un saludo al Jefe del Estado, lo que no cumplió, publicando poemas en catalán y gallego y ninguno en vasco porque no encontró. Era una ventaja editar la revista lejos de Madrid, aunque alguna vez se le abrieran pequeños expedientes sin mayores consecuencias. Prefería no comentar que cuando Franco realizó los últimos fusilamientos, le envió un telegrama pidiéndole la conmutación para siempre de esa pena. Pero sí recordaba como el momento más dramático de su carrera cuando, recién finalizada la novela La familia de Pascual Duarte, deprimido por la enfermedad y sin encontrar quien la editase, se sumió en la angustia y pensó en quitarse la vida. Algo parecido le ocurrió con la prohibición de La colmena, que incluía la desaparición de su nombre de la Asociación de la Prensa por su "falta de profesionalidad", cuando entonces sólo subsistía por las colaboraciones en los medios. En los últimos tiempos de Franco lo readmitieron sin solicitarlo y cuando murió, le mandaron un diploma como "Asociado de Honor". La tenacidad lo impulsó a seguir escribiendo a pesar de todo...






                     Su vinculación con Aragón fue muy estrecha y entrañable a lo largo de su vida, desde que permaneció un tiempo en Gallur como soldado segundo de Artillería en la guerra, donde se hizo la única fotografía de militar que guardaba como oro en paño. Allí se le dedicó un paseo y se descubrió una placa conmemorativa en la casa en la que vivió, en la que le dio generosa hospitalidad la señora Julia, la borjana, "una benemérita mujer, agobiadoramente maternal". "Siempre he sentido cerca todo cuanto se relaciona con Aragón", confesaba, vinculando nuestra tierra a figuras históricas como Fernando el Católico, Miguel Servet, Joaquín Costa, Ramón y Cajal, Luis Buñuel, Goya, y su amigo, el escultor Pablo Serrano. Uno de los personajes de La familia de Pascual Duarte fue un camionero de Casetas, barrio zaragozano donde tiene otra calle con su nombre. Cuando le informé de la existencia de esta calle, que desconocía, me pidió que le consiguiera una copia exacta de la placa "para incluirla entre las que ya conservo en mi Fundación. Ni qué decir tiene que los gastos que pueda producir deben correr a mi cargo". En la provincia de Huesca grabó un anuncio de Campsa y en el jardín aledaño al Parador de Monte Perdido una glorieta se llama "Camilo José Cela". En Fuendetodos visitó la casa natal de Goya, con el que le habría gustado "tener algo en común", al que definió como "uno de los pilares de la pintura mundial desde las pinturas de Altamira". Viajó a Zaragoza en innumerables ocasiones, la mayoría para ver a su gran amigo Alfonso Zapater, asistiendo a todos los actos en los que era requerida su presencia, como cuando visitó la Expo en la que el pabellón de Aragón le pareció uno de los mejores. La gran cabeza en bronce del escultor Pablo Serrano que inicialmente presidía el salón de su casa de Palma de Mallorca se yergue hoy en una plaza de Iria Flavia, próxima a la Fundación. Con "Heraldo de Aragón" la relación fue especialmente intensa hasta el punto de que el diario contó con sus colaboraciones entre 1992 y 1994 y, en su afán coleccionista, solicitó al "Periódico de Aragón" un retrato que le había hecho Postigo que le había entusiasmado. Cuando se le preguntaba por el número de calles que le habían dedicado, calculaba que podría tener unas cincuenta, además de incontables monumentos y múltiples recuerdos a su figura desperdigados por todos los caminos patrios que recorrió. En la Universidad Complutense, por ejemplo, se erigió una escultura con una de sus frases célebres: "Para el éxito sobra el talento. Para la felicidad no basta". No he averiguado aún si en Logroño, donde fue atendido como herido de guerra durante un mes en el hospital instalado en la antigua Escuela Industrial de Artes y Oficios (hoy Esdir, que también sirvió de cárcel para presos políticos), figura alguna placa alusiva al acontecimiento. Sus avatares durante la Guerra Civil quedaron inmortalizados en Mazurca para dos muertos. El alzamiento lo vivió al principio estudiando en Madrid con 20 años y enfermo de tuberculosis. En 1937 escapó a la zona sublevada y se alistó en el ejército franquista. Destinado a Logroño, combatió en el frente de Aragón donde resultó herido de gravedad. Después de recibir el alta, aún enfermo, fue declarado inútil total para el Servicio Militar.








                       Al año siguiente de su estancia en Calamocha, lo invité a visitar el Instituto de Calatayud, y nuevamente dijo "sí". Durante todo el curso, los alumnos prepararon con ilusión el recibimiento que se merecía, pero por cuestiones de salud no pudo hacer acto de presencia. Sin embargo, quedó como recuerdo de esa espera una joya que lo emocionó profundamente por provenir "de tan párvula mano", como me dijo, y que hoy se conserva en un lugar preferente de la Fundación de Iria Flavia, según me había prometido y pude comprobar con gran asombro. Casi todo el alumnado del Instituto participó en la copia manuscrita de un ejemplar de La familia de Pascual Duarte, con magníficas ilustraciones alusivas realizadas por los profesores de dibujo, y primorosa encuadernación en piel de las monjas de clausura de Santa Lucía de Zaragoza. En la sala de la Fundación dedicada exclusivamente a todas las ediciones existentes de la novela, sala que lleva su nombre, se puede admirar como una edición de las más destacadas por el propio escritor, que la calificó como "una maravilla", por la que dio las gracias a todos los colaboradores, "actitudes como la vuestra, reconfortan y dan ánimo para seguir al pie del cañón", me escribía...









                       Su adoración por el libro-objeto y por escribir a mano y con pluma -a ser posible una Montblanc gigante que sujetaba con el dedo corazón como abrazándola- encontraron en este singular libro el regalo perfecto. A Cela le gustaba el  "papel de hilo o papel tela" ligeramente granulado donde imprimir su letra precisa, clarísima y firme en manuscritos apenas sin márgenes para poder tener ante la vista lo ya redactado y así corregir o añadir palabras o fragmentos que por medio de líneas que semejaban meandros sinuosos colocaba en el lugar adecuado, de tal forma que sus borradores son susceptibles de contemplación estética  como si se tratara de un dibujo o pintura, con rúbricas estilizadas y elegantes: "las letras son hermosas y legítimas al margen de las palabras que finjan y las ideas que pregonen. Uno quisiera inventar un abecedario bellísimo y de color de flor...". De joven, aseguraba, "tenía la enfermedad de la letra negra sobre el papel blanco y necesitaba leer a toda hora". Cuidadoso del detalle hasta el límite, para las ocasiones especiales empleaba el membrete de la Real Academia o de Iria Flavia y en los sobres aparecía el matasellos de "Cartero Honorario". Son tantas las dedicatorias en libros o fotografías que me brindó que me resulta difícil elegir alguna más curiosa que otra. Quizá la que estampó en un libro que le sorprendió al verlo pues no se esperaba que yo lo tuviera, uno de esos libros inclasificables, originales, indefinibles, que él tenía en mucha estima porque su entusiasmo por la labor filológica y lexicográfica era de tal intensidad que esos libros a modo de diccionarios que suelen ser los más desconocidos del escritor, le producían especial ilusión dedicar: Rol de cornudos. En su "Prooemium" recomienda "No pienses y no serás cornudo". Y la dedicatoria dice: "A Charo Serrano, para que se entretenga en clasificar al vecindario"... Un libro muy divertido, sin duda. Gavilla de fábulas sin amor, con 32 dibujos de Picasso, o la edición ilustrada por Antonio Saura de La familia de Pascual Duarte constituyen algunos ejemplos de la combinación imagen/palabra que tanto fomentó, también en sus revistas "Papeles de Son Armadans" (con la colaboración de un gran técnico de imprenta y grabador catalán, Jaume Pla), y "Extramundi y los papeles de Iria Flavia". "Me acuerdo de una edición de bibliófilo del Viaje a la Alcarria. Yo le dije a Jaume Pla: ¿Qué te parece si pusiésemos todas las capitulares? Haces un grabado... Y nos dimos cuenta de que se repetían muchísimo las letras, y entonces yo le cambié todas las entradas a los capítulos, y no pasó nada porque el texto es el mismo, y si una línea en una página determinada quedaba corta, me decía: Necesitaría dieciocho espacios, o treinta y dos; y yo se los añadía exactamente"... Fue un editor meticuloso en la búsqueda de la perfección de la obra bien hecha y en ese sentido alabó la obra de Max Aub, "escritor químicamente puro, que amaba desde la palabra que se dice hasta el tipo y cuerpo de letra con que se dice",  pero a la vez procuró con la editorial "Alfaguara" incentivar una apertura cultural que acercara las novelas "populares" a cualquier rincón español...








                    Camilo José Cela Trulock ("Camilino Josesiño" como le gustaba, y no "Camipé") presumía de casta bravía y genealogía variopinta en cuyo origen se encontraban piratas, beatos, comerciantes, campesinos y hasta un torero, de diferente ascendencia: inglesa, italiana y gallega. Era un hombre tremendamente familiar. Cuando en 1983 murió uno de sus tíos en el incendio de su casa, declaró: "El fuego derriba las casas y siega las vidas pero no puede matar el recuerdo ni el sentimiento". Su tatarabuelo materno fue gobernador de Parma y se vio obligado a huir de Italia por razones políticas uniéndose en Barcelona a las tropas carlistas. Uno de sus hijos, Camilo Bertorini, se casó con una galesa, a la que Rosalía de Castro dedicó unos versos en memoria del general inglés John Moore, muerto en la batalla de Elviña. Este Camilo I trabajó como gerente del ferrocarril que él mismo construyó entre Santiago y Carril, y levantó su casa cerca de Padrón, donde nació Nina, la abuela de Camilo José Cela. Nina contrajo matrimonio con John Trulock, descendiente de una familia de piratas que más tarde se convirtieron en comerciantes, y trabajó también como gerente del ferrocarril. Tuvieron a Camila Emmanuela que se casó con un funcionario de Aduanas gallego, José Cela. La línea gallega por parte paterna incluía a fray Juan Jacobo Fernández, tío abuelo del padre de Camilo José Cela, que contaba con regocijo la fiesta de celebración de su ascenso a los altares: el beato murió martirizado en Damasco en 1860 y por ello los familiares tenían el privilegio de entrar a la iglesia bajo palio, pero como eran tantos no cabían todos, así que a uno de los tíos se le ocurrió llevar a un perro mastín lobero de aspecto feroz, al que achuchó contra los parientes venidos de fuera menos contra Camilo José Cela y su padre, que huyeron despavoridos. En la obra de Cela no faltan alusiones al tal fray Juan Jacobo: a la parte gallega campesina de los Moranes atribuía la cara de caballo y los dientes separados de todos los Cela.



                  Otro de sus ilustres antepasados fue el mariscal Pedro Pardo de Cela -emparentado con Emilia Pardo Bazán-, partidario de la Beltraneja, que perdió la vida en la lucha con la Reina Católica. En cuanto a su antepasado torero, se trata de Alfonso Cela Vieito "Celita", nacido en Carracedo (Lugo) en 1887, al que siguió en vocación el mismo Cela, que toreó como maletilla por los pueblos recibiendo dos cornadas, experiencia que recogió en El gallego y su cuadrilla. Se retiró de los toros por miedo a que la Guardia Civil lo llevara a la cárcel por negarse a matar a un toro, así que nunca llegó a vestirse de luces. Por mandato de su padre, Cela preparó oposiciones al Cuerpo de Aduanas a las que nunca se presentó. Estudió un poco de todo: medicina, derecho y filosofía, amparado por Pedro Salinas y María Zambrano, y aunque no se licenció, llegó a ser nombrado catedrático de Universidad y recibió el doctorado "honoris causa" por varias universidades. Pedro Salinas le corrigió "con un cariño sin límites y una paciencia absoluta" sus primeros poemas, que perdió en la guerra, algo que siempre lamentaría Cela. Su madre fue una persona decisiva en su vida y en su vocación, se llevaban muy bien y fue su gran aliada: "Por fuera no, porque ella era una mujer bellísima, pero por dentro nos parecemos mucho". En fin, una vida de novela, excesiva, intensa como su obra, a través de la cual hemos ido conociéndole más. Y es que con lo que soñaba Camilo José Cela era con ser escritor...







                       En Páginas escogidas se recogen las ideas de Cela sobre el oficio de escritor, su auténtico ejercicio profesional comprometido consigo mismo y en la búsqueda permanente de la soledad adecuada para encontrar el ámbito de trabajo que le permitiera continuar fiel a su naturaleza creativa y artística. Analiza el papel del escritor en España, su función social, la relación con la crítica literaria y los poderes públicos, su responsabilidad como autor..., en una serie de reflexiones muy actuales que compartirían seguramente la mayor parte de escritores de ahora. En el discurso de entrada en la RAE sobre la faceta literaria del pintor José Gutiérrez Solana (que intentó reivindicar sin conseguirlo, según admitía), expuso las claves de su inclinación desde la infancia hacia el gusto por la escritura por encima de cualquier otra preferencia vital, y su dedicación a ella de forma exclusiva: Cela soñó con ser un escritor profesional e independiente: "Escribir es, para mí, una profesión y una absoluta necesidad. Escribo con mucha dificultad, con mucho esfuerzo y mucho trabajo. Sufro y disfruto escribiendo, porque estoy absolutamente implicado en la literatura. Porque he descubierto que en este oficio, no hay nada que importe más que la creación". Confesaba que durante siglos, la literatura fue la única mercancía totalmente exportable en España, un país ingrato y proclive a ningunear a sus hombres más dotados, y creía que era preferible ser un modesto escritor en español que un novelista de tercera mal traducido del inglés. Ni sus más encarnizados enemigos le discutieron la potencia de su palabra como forma de reafirmación de la propia identidad literaria de una época crucial de la historia española, el malabarismo verbal que caracterizó su dignidad intelectual. Al principio del primer tomo de sus Obras completas consideraba en este memorable párrafo:


                       "Al niño imaginativo que compone poesías, le riñen en el colegio y lo desprecian en su casa; al adolescente con una mínima personalidad que se niega a seguir el rumbo que, irrogándose unos derechos que no le pertenecen, le marca la familia, se le suele llamar perdido o mal hijo y se le cuelga el siniestro y culpador sambenito de ser el causante de todas las desgracias que acaecen en el hogar y de todos los sinsabores que culminan en la desaparición de los padres, muertos -ellos piensan que lógicamente- a disgustos; al joven que hace sus primeras armas en el oficio y que sueña, !con cuánta inútil nobleza!, con ver su nombre en letra de molde, se le conmina, con más odio que amor, a que siga la ruta de sus primos Mengano, Fulano y Zutano, hombres de provecho que han conseguido licenciarse en ciencias naturales u obtener, con toda brillantez, según afirma el diario local, el título de aparejador, el despacho de teniente o la credencial de funcionario público; al hombre que escribe en los periódicos o que publica libros, se le controla por la sociedad. Y cuando aquel niño imaginativo y poeta, aquel adolescente rebelde, aquel joven iluminado, aquel hombre escritor llega a viejo y tiene un sólido y acreditado nombre guardándole las espaldas, se le tolera, al tiempo que soterradamente se le envidia y se le desea la muerte, pero ni se le lee, ni se le reconoce como guía y espejo en que mirarse".



                            En la autobiografía de 1993, Memorias, entendimientos y voluntades, detalla sus vivencias durante la Guerra Civil española, que le inspiraron numerosos episodios en varias obras como San Camilo, 1936, que aborda con desenfado tabúes vigentes en las horas que precedieron al estallido de la guerra. La novela, su obra cumbre para muchos, presenta a un joven de mirada fogosa y triste a la vez, al que vemos en el hormigueo de la ciudad o delante del espejo amargo de la reflexión. El relato es en parte un exorcismo y una invocación, y en esto enseña el camino del escritor hacia su obra más oscura, Oficio de tinieblas 5, con la que decidió aparcar los caminos del iberismo y de los apuntes carpetovetónicos que le resultaban muy fáciles y muy rentables: "En cada novela mía ha habido una pirueta en el vacío..., intento abrir nuevos caminos..., con una gran honestidad". Cela salió de Madrid, que era zona roja, por el pasaporte que le proporcionó Indalecio Prieto, amigo de su padre. Sólo pudo llegar a cabo "habilitado", vamos, que ni cabo era. Y contaba cómo unos milicianos quisieron matarlo en un montecillo pero no le dieron bien. Se alistó a la Legión cuando pasó del bando republicano a las líneas nacionales y, según Giménez Caballero, no lo admitieron en una bandera de la Falange por enfermedad. Cela se detiene en Madrid para relatar que la llamada "zona neutral" se había acordado que no fuera bombardeada, lo que no se cumplió. Recogió notas sobre los cuarteles, los centros militares y en una Orden de la División redactó el guion de una novela sin título que no publicó. Contó la guerra desde una visión personal pero sin errores en los datos porque un capitán de su batería, en el Regimiento 16 Ligero de La Coruña, le dio una copia del diario de operaciones, algo así como el cuaderno de bitácora entre los marinos. "A los que tenemos la edad que yo tengo, que teníamos en el 36 tan sólo veinte años, la guerra nos marcó para siempre. Hay un antes y un después, pero al menos yo procuro desmitificar los hechos de un lado y de otro".



               Y en Mazurca para dos muertos narra cómo un leonés falangista mató a un tío suyo y al acabar la guerra "se lo cargaron" echándole dos mastines loberos (que, como se ve, han dado mucho juego en la vida de los Cela, sea fabulación o realidad, porque hablando con Cela siempre quedaba la duda), y después de robar el cadáver, se lo dieron a los cerdos... Tras la guerra, resguardado en un remoto confín de Galicia, no tenía nada para leer y sólo encontró un prospecto de medicina que se leía una y otra vez, sentado en una piedra, hasta que llegó a aprendérselo de memoria... Así que con el tiempo, Cela se consideraba "intelectualmente, de izquierdas; políticamente, de centro y liberal; y socialmente, de derechas". Le gustaba el socialismo de Besteiro, de Machado, pero ya en su momento le apenaban la decadencia de los partidos y la corrupción. Monárquico en la clandestinidad, según Óscar Bernat, participó en la revista "El barrendero" con un artículo en defensa de don Juan , "Cara a cara y sin careta", y también intervino en reuniones conspirativas en el sur de Francia con exiliados y antifranquistas. De los políticos esperaba paz, trabajo y seguridad y se lamentaba de no tener ni seguridad social ni pensión. Tampoco entendía a los coleccionistas de dinero como Mario Conde, cuya causa encontraba en el enviciamiento originado por el exceso de poder. En fin, ya en 1996 declaraba que en España nadie estaba en su sitio: los periodistas se dedicaban a investigar la corrupción, los diputados no ejercían el control adecuado y los jueces "politiquean", un fenómeno histórico puramente español: en tiempos de Franco, los gobernadores civiles eran militares, "¡de locos!"...








                Camilo José Cela, polifácetico creador, trabajador frenético, fue un excelente periodista, oficio que sentía como propio. En 1993 trazó los "Doce mandamientos del periodista" basados fundamentalmente en el uso de la verdad como objetivo básico, recibiendo el premio "Mariano de Cavia" por el artículo "Soliloquio del joven artista". Al fin y al cabo, según Cela, periodismo y literatura comparten la palabra como instrumento, aunque el periodismo se encuentra mediatizado por la rapidez del tiempo pero cuenta con  la ventaja del inmediato contacto con el lector. El periodista debe denunciar las anomalías que puedan darse en la sociedad, mientras que al escritor le correspondería indagar en el origen de esas disfunciones y debería conformarse con una página genial, aunque le molestaba que grandes escritores como César González-Ruano se vieran perjudicados por utilizar el soporte periodístico prácticamente de forma exclusiva, lo que limitaba su expansión literaria.  En el artículo premiado, Cela insistía en la independencia, en la necesidad de soñar igual que cuando se era niño, en la ausencia de renuncia, en la fantasía que nos nutre y nos da valor "para morir a solas". O sea, recordando a su abuela y el lema de los Trulock "Ne iudices, ne murmures, ne timeas": nunca juzges ni murmures ni tengas miedo, algo que él procuraba llevar a cabo en su vida, de la misma forma que nunca había permitido "limar las asperezas del carácter".


                   Cela no creía en la separación radical entre los diferentes géneros de la escritura, sólo la palabra le proporcionaba el ajuste con la realidad necesario, se sentía libre escribiendo a su aire y eso tampoco favoreció que fuera tolerado por un sector de los colegas que lo consideraban incómodo, aunque fuera sobrellevado, excepto por el famoso grupo de los "ciento cincuenta novelistas" denominados por Francisco Umbral los "angloaburridos", de los que previamente Cela había afirmado no estar interesado en conocer. Tras la concesión del Premio Cervantes, Julio Llamazares confesaba su distancia radical ética y estética con Cela, separándose así no sólo de él sino de la generación del medio siglo que ya no importaba. En realidad, se trataba de la reactualización de la querella clásica antiguos/modernos de otros tiempos. Los nuevos escritores opinaban que su lengua literaria era obra del pasado, pero no es menos cierto que recreó un país que por desgracia fue cierto y que el lenguaje escatológico -por el que ha sido tan denostado- parece un juego inocente comparado con la falta de inhibición de los que tanto le criticaban. No comparto la afirmación de que su orgullo le impidiera hacerse querer o admirar por los jóvenes, idea que sólo puede provenir de quien no lo conoció. Lo que sí que hubo es una indiferencia mutua en cuanto a los gustos literarios respectivos.






                           El Premio Nobel renovó las letras españolas del siglo XX tendiendo el primer puente con la modernidad con su enorme despliegue de recursos novelísticos. Echo de menos una tesis global integradora que suponga una valoración generalizadora de toda su obra, aun reconociendo las dificultades que ello impilca. "De mí se harán tesis dentro de cien años pero de un ministro no se acuerda nadie a los quince meses", opinaba recordando cómo la censura había intervenido también en La colmena (en la que para él no había mensaje sino el reflejo de un momento histórico concreto) y en Viaje a La Alcarria, que bajo el título de Las botas de siete leguas había comenzado a aparecer en serie en "El Español", hasta que viendo que le tachaban lo que les parecía a los censores, dejó de publicarla en ese medio. Y eso que tanto el jefe de la censura Juan Aparicio como Dionisio Ridruejo eran más condescendientes. Para la cuarta edición de La familia de Pascual Duarte, en 1945, Cela debió recurrir a Gregorio Marañón para que le firmase el prólogo, pues Baroja rechazó el encargo, "Si lo que quiere es ir a la cárcel vaya usted solo". No fueron nada fáciles sus comienzos, no, y en una carta a un amigo le confesaba: A veces desespero y pienso entonces que mi novela no merece los honores de la edición; paso entonces por momentos amargos en que la desazón me invade y el más cruel de los desalientos... se apodera de mí. También le eliminaron un capítulo de Mrs Caldwell habla con su hijo. En la Fundación se guardan las cartas que la censura escribió sobre el Pascual Duarte, como una de Pedro Rocamora al Director General de Prensa en la que le dice:


             "Camilo José Cela me parece un hombre anormal. Tengo la satisfacción de haberle suspendido en Derecho Civil", y, un poco más adelante, confiesa que tras leer la novela "me sentí enfermo y con un malestar físico inexplicable".









                         Fue un maestro de la retórica, tal como la define el Diccionario, arte del bien decir, de embellecer la expresión de los conceptos, de dar al lenguaje, escrito o hablado, eficacia bastante para deleitar, persuadir y conmover. Escribió con las palabras "contra las palabras", buscando con sus artificios la verdad, así que su arte es esencialmente lingúístico: "El español no es sólo nuestra lengua sino también nuestro orgullo", proclamó. Si el gran protagonista de su obra es el lenguaje, no es menos cierto que la novela debía "coger la vida y estrujarla contra nuestro corazón". Dominaba todo tipo de jergas y argots, como en Cristus versus Arizona, en que retrata el lenguaje del sur estadounidense, combinando el castellano de los primeros conquistadores españoles con el indio de los papagos y la parla de los colonizadores yanquis. Al estudio de estos lenguajes así como al de los estilos de muchos escritores dedicó demasiado tiempo en el que se dispersó con mucha frecuencia, y eso es algo que tampoco se le ha reconocido, según Antonio Fernández Molina. Una visión muy particular de la obra de su padre, corresponde a Camilo José Cela Conde, que acuñó el término "nomadismo" para describir los lugares diferentes de creación de cada novela, el que exigía cada una, tal como él pudo observarlo durante un tiempo. Cela no acudía a fuentes literarias sino que se nutría del objeto inspirador de la época: un anuncio, un envoltorio, un prospecto, una cajetilla de cigarrillos..., excepto en Oficio de tinieblas 5 -su novela más difícil- para cuya escritura se encerró entre unos biombos de tela negra a modo de ataúd y de ahí no salió hasta que terminó. Era un hombre de ritos y los mantuvo hasta el final para el acto de creación; pretendía así "probar" la palabra, sus posibilidades, protegerla y cuidarla en su uso... En eso fue único.



                          Casi todos coinciden en afirmar que los libros de viajes ofrecen una autenticidad que les confiere al personaje del vagabundo, peregrino o viajero unas marcas peculiares que resultan de lo más atractivo y cautivador para el lector. Para Francisco Umbral el vagabundo, de estirpe cervantina, tiene mucho más de humanidad, poesía y realidad que los múltiples personajes logrados por Cela: es un roussoniano con boina que cree en el hombre natural y solitario del campo y de los pueblos, como un Quijote de alpargata, que no hay que confundir con el autor Cela, según su opinión. Lo que es evidente es que Cela en estos libros no se conforma con la visión oficial de los lugares sino que se aventura en geografías físicas y humanas reinventando el espacio con palabras nuevas que funden las fronteras reales y literarias: viaje, palabra e imaginación. Cela inauguró un modo de viajar y ver (con el modelo en su memoria de Josep Pla), un estilo definido y definitivo del libro de viajes. Insaciable e incansable en conocer, inventa y escarba en lugares, gentes y sucesos, aportando una óptica insólita, una amalgama totalizadora de lo que somos y no vemos. Como su vida, que fue un viaje largo, profundo, un "viaje sentimental" al centro de sí mismo, de su escritura y su literatura, estos libros resultan un antídoto contra el olvido y memoria de las cosas. Viajar, para suscitar con la palabra las emociones vividas con anterioridad por el lector, con un estilo narrativo que hoy encomian los cultivadores de más éxito del género. A Juan Marsé le gustaba Viaje a la Alcarria, pero en el fallecimiento de Cela denostó duramente al escritor. Viaje a la Alcarria es una metáfora de la vida, un texto sensitivo de gran penetración psicológica pleno de exhibición de colores, olores y sonidos, que atrae y roza la piel del lector, en el que Cela utilizó un lenguaje preciosista pero sin florilegios sentimentales, un tratado de sociología, paisajismo y ecología a la vez, un viaje que realizó, como todos los suyos, "con una mochila al hombro y una paz infinita en el corazón".








                      La actividad filológica de Camilo José Cela como recopilador sistemático de materiales folclóricos, lexicográficos y enciclopédicos merecería por sí misma todos los reconocimientos posibles. Esa pasión por los repertorios de palabras, "ejercicios de erudipausia", como los denominaba, le acompañó desde la publicación del primer artículo más o menos sistemático que escribió poniendo en práctica su afición: "El coleccionista de apodos", en 1947. Estos ejercicios de taxonomía lingüística se generaron en su mayoría en lo que bautizó como "Department of Philology" de la "University of La Bonanova", según rezaba una placa en la puerta de su despacho de Palma de Mallorca. El primer proyecto fue el Diccionario secreto, al que siguió la Enciclopedia del erotismo, el Diccionario del erotismo y el Diccionario geográfico popular de España, así como otros bocetos de obras similares, algunos de los cuales no llegaron a cuajar en ese tiempo por problemas de financiación, aunque Cela siguió escribiendo prólogos, notas, artículos, vocabularios, referidos a cuestiones filológicas, incluyendo las enmiendas lingüísticas a la Constitución como senador durante el periodo constituyente. Se enorgullecía especialmente del cambio efectuado en la palabra "hembra" que fue sustituida por "mujer", así como de su lucha por introducir expresiones de origen popular en la lengua española cuando fue miembro de la RAE. También en ese "Department" se editaron clásicos modernizados.





                        A partir de los años sesenta, con la influencia del "boom" sudamericano, Cela abandonó el realismo e inventó una prosa experimental, más arriesgada y vanguardista que dividió a críticos y lectores, pero lo que no faltó nunca en sus obras, sobre todo en las novelas iniciales, es el humor -que cada cual ve de un color diferente-. Le sirvió para atenuar algunos de los crudos momentos que enmarcaban a los personajes, y que es considerado en parte como una influencia de su tierra de origen, tal como aparece en otros autores gallegos con los que coincide en una visión burlesca o grotesca de la vida, a veces de corte esperpéntico valleinclanesco. Un humor irónico, cruel, deformador, expresionista, con el que Cela extremaba la caricatura y que ha sido tradicionalmente frecuente en el campesinado gallego como actitud defensiva frente a una cultura extraña que enfocaba con actitud recelosa. Así lo reconoció el escritor, cuya socarronería personal era uno de los rasgos más significativos de su peculiar carácter, de ahí que a lo largo de su amplia existencia formara parte de agrupaciones tan singulares como  la de "Los sátrapas de la Patafísica"... El sarcasmo puso en evidencia una crítica social que de otro modo no habría encontrado la complicidad adecuada en una sociedad muy conservadora que sólo comenzaba a transformarse. También se fijó Cela en la literatura española del pasado, sobre todo la barroca, en los abundantes ejemplos de humor implacable y atroz con los que reforzar la mirada satírica sobre la condición en tantas ocasiones, miserable, del ser humano. Así lo reflejó igualmente en los "Apuntes carpetovetónicos", con un humor impregnado de lirismo que caracterizó a algunos cuentos y conjuntos de artículos, hoy ignorados, como "Esas nubes que pasan" y "Once cuentos de fútbol", donde se encuentra la capacidad fabuladora y el germen de su narrativa lírica que se desarrollan en novelas más extensas como Madera de boj, para Cela, " la mejor novela que he escrito, con diferencia", un relato mágico que recuerda a las obras de navegación del siglo XIX, verdadero testamento literario.



                         Se ha discutido su ideología, se le ha negado capacidad para construir edificios narrativos de envergadura, se ha dicho que sólo tiene tres o cuatro ideas que reitera constantemente..., pero nadie se ha atrevido a negar su calidad de prosista eminente. Cela tiene una voz propia porque una página suya se distingue de inmediato de la de cualquier otro escritor, aunque pueda atraer más o menos: "Es lo primero que hay que tener, una voz propia. Si no la tienes, entonces cambia de oficio". En él siempre hubo una voluntad de tentar nuevos caminos tanto en la estructura como en el estilo porque le horrorizaba el encasillamiento; cambiaba de registro según le convenía o se lo pedía el propio texto, en un proceso de barroquización de la prosa que en principio fue más sencilla: nunca repitió los tratamientos formales, creando libros distintos en su concepción pero unidos por una conciencia de estilo. Al mismo tiempo, se desdoblaba en los sucesivos personajes que iba necesitando. Explicó su método de escritura, cómo era "una novela por dentro": tomaba muchas notas, las ordenaba sin hacer esquemas y dejaba que los personajes cobraran autonomía propia. Este Cela camaleónico ha sido calificado como un "titiritero de la lengua": su concepción del lenguaje es esencialmente poética, con una cadencia musical y un ritmo en la frase que consiguen que si el texto se lee en voz alta parezca música, sobre todo en sus relatos galaicos: el prosista estaba impregnado del poeta desde la niñez, contribuyendo a conformar un mundo misterioso, esotérico, dulce y soñador, con un fondo de ternura piadosa, a pesar de la crueldad manifiesta, como en Mazurca para dos muertos, cuyo antecedente se ha visto en Divinas palabras de Valle-Inclán: "No se es impunemente de un sitio determinado. El ser gallego y el hablar gallego es una gran ventaja para poder escribir después en castellano, puesto que el gallego, según me comentaba Menéndez Pidal, es una especie de para-castellano antiguo, esto es, hay formas vivas en gallego que han desaparecido ya en castellano".










                        En el terreno de la creación teatral, Cela se afanó en romper con los moldes teatrales al uso creando nuevas formas expresivas que no fueron entendidas por el público. María Sabina se representó como ópera con bronca en el teatro y división de opiniones en la crítica. Escribió en 1968 El carro de heno o el inventor de la guillotina, en homenaje al universo pictórico de El Bosco, que fue relacionada con el teatro de la crueldad de Antonin Artaud, con el surrealismo y el esperpento, y tuvo su prolongación en 1999: Homenaje al Bosco II; la extracción de la piedra de la locura o la invención del garrote. La obra la encargó Ruiz Gallardón para conmemorar el centenario del 98, pero el proyecto quedó parado por el excesivo coste de la producción y la dificultad de crear una tramoya escenotécnica desmesurada, así que a Cela se le pagó parcialmente y la Comunidad de Madrid retuvo los derechos de la obra. En 1974 hizo la versión de uno de los textos claves de Bertold Brecht, La resistible ascensión de Arturo Ui, que cuenta cómo el ascenso de Hitler al poder pudo haber sido frenado. De nuevo, las embestidas del fascismo celtibérico y residual, y pese a todo emergente, se estrellaron en Cela, el adaptador. Los Guerrilleros de Cristo Rey reventaron la función, asaltaron el teatro Lara y la obra tuvo que ser suspendida. Cela confesó que lo de escribir teatro fue como "la necesidad de perder la virginidad, que la daba por perdida gustosamente" y que ahí quedaba todo, ni quería que nadie interviniera en el texto una vez escrito. Con éxito adaptó La Celestina. Su teatro puede ser leído con un poco de imaginación, por muchos elementos oníricos o simbólicos que lo componen. De la misma forma que la poesía, enriqueció su prosa convirtiendo la trama argumental en un gran teatro del mundo.





                                          Sala de Pascual Duarte. Fundación Pública Gallega Camilo José Cela




                         En cuanto a su relación con el cine obtuvo éxitos significativos y momentos para olvidar. Cela fue actor, escribió guiones, subtituló cintas y adaptó series para la televisión. La versión en 1982 de La Colmena recibió el Oso de Oro en Berlín, bajo la dirección de Mario Camus, en la que hizo un cameo el mismo Cela, como "inventor de palabras". También fue soberbia la adaptación de La familia de Pascual Duarte en 1975, dirigida por Ricardo Franco. El protagonista, José Luis Gómez, fue galardonado con el Premio de Interpretación en Cannes. Antes hubo intentos frustrados por la censura de llevarla al cine, uno a cargo de Fernán Gómez, que escribió el guion con Jesús Fernández Santos, un guion prohibido siendo ministro Manuel Fraga. Ricardo Franco introdujo modificaciones en la historia, acrecentando la dureza y el significado sociopolítico de la historia, así que Cela no se sintió cómodo con la versión. Pero mucho antes, en 1949, Cela fue protagonista de "El sótano", de Jaime de Mayora, siendo él mismo el autor de los diálogos. La película, de corte experimental, fue un fracaso, provocando protestas y hasta un conato de incendio en las salas en que se exhibió. Ha pasado a la historia del cine por una secuencia en que la cámara sigue con todo detalle el vuelo de una mosca... Un año antes, Cela había intervenido de forma episódica en Hoy no pasamos lista, de Raúl Alfonso.



                   Pero su primer trabajo fue en 1946, en Consultaré a Mister Brown, de Pío Ballesteros, basada en la novela El socio de Genaro Prieto. En la tercera película de Ballesteros, Facultad de Letras, de 1950, protagonizada por Fernán Gómez, volvió a aparecer brevísimamente. Siendo director Fernán Gómez con Luis María Delgado, Cela interpretó Manicomio, adaptación de una obra de Gómez de la Serna y otros autores, en que representa al Loco Asno, en compañía de Alfredo Marqueríe y otros contertulios del café Gijón. En 1952 escribió el guion de una película de cinco sketches, El cerco del diablo, en que colaboró como guionista Torrente Ballester. En 1971 actuó en un corto documental desconocido sobre el turismo balear, Impromptu Balear. De algunas de estas intervenciones, el escritor prefirió no acordarse, tal vez por el escaso éxito de público o por estar asociadas a creadores más o menos relacionados con círculos del franquismo. En 1991 TVE produjo la serie El Quijote, dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, basada en guiones de Cela, aunque el director confesó que los había rehecho porque no le habían gustado. En 1976 TVE adaptó Viaje a la Alcarria y en 1979 Tito Fernández dirigió una película basada en una novela homónima de Cela, La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona, en la que el escritor se interpreta a sí mismo. Cela tuvo otros dos peculiares trabajos relacionados con el cine. En su época de funcionario, fue jefe de negociado de cine-clubs en la Secretaría de Cultura Popular. Y en 1974, fue el traductor y adaptador del subtitulaje en castellano de Lenny, película de Bob Fosse, protagonizada por Dustin Hoffman. Por último, una curiosidad prácticamente perdida de 1998, Full Cast and Crew for Spanish Fly, en la que intervino con Fernando Trueba.






                                                                       Camilo José Cela con Hemingway



                       Toda la crítica especializada en la obra de Camilo José Cela coincide en afirmar la trascendencia de la poesía como generadora o "matriz", según José Ángel Valente, de su prosa. En 1996 se publica su Poesía completa, que actualiza la Poética de 1962, una poesía que casi siempre apareció dispersa en diferentes soportes:


                      Mi padre quería, cosa bastante razonable, que yo estudiase algo que me permitiera amarrar un sueldo fijo que me diera de comer, pero a mí lo que me gustaba era leer todo lo que caía en mis manos y escribir versos.
                     -¿Pero tú te das cuenta, insensato, de que si sigues por ese camino acabarás heredando los trajes de los demás, criando caspa, fumando de prestado y dando sablazos de a peseta por los cafés?.


                     Así que no siguió por ese camino, al menos en la publicación de libros de poesía, y en el primero, Pisando la dudosa luz del día (un verso de Góngora), se mostró el inicio del camino en la búsqueda de una vocación, la de escritor, que decidió recorrería a través de la prosa, a veces poética, de la mayor parte de sus novelas. En esos poemas caben los ecos de Valle-Inclán, la influencia de Pablo Neruda, el homenaje a su lengua natal, la ironía o el surrealismo. Se trataba de una gimnasia mental como punto de cocción del habla, de la lengua y del ser. Camilo José Cela es un poeta auténtico y verdadero: "Yo nací haciendo poesía. Antes de saber casar las letras ya le dictaba versos a la señorita que me cuidaba". En Viaje a la Alcarria, cabría descomponer la prosa en unidades métricas y rimas interiores..., pero Oficio de tinieblas 5 es su mayor monumento poético, mientras que en Mrs Caldwell habla con su hijo cada breve capítulo es un auténtico poema en prosa... Le empujó a ser narrador Federico Muelas al pedirle un cuento para una revista. Cela le objetaba que él era un poeta y sólo sabía escribir versos. Muelas le hizo ver que podía escribir un cuento simplemente con narrar alguna de las interesantes anécdotas contadas por él en la tertulia del café. En los primeros meses de la Guerra civil, su novia fue destrozada en la calle por un obús; se cuenta que guardó un ojo y luego lo tiró al fogón de la cocina. A ella le dedicó el poema "Toisha V", con el tema de la muerte que le obsesionaba desde su nacimiento, colocando al amor como barrera contra esa muerte y la omnipotencia de la palabra como su triunfo final:


               ...
                        En este instante en que un dolor inmenso
                        Es incapaz de hacerme mover un solo dedo,

                        Yo te prometo, oh dulce esposa mía asesinada,
                        Oh madrecita sin haber parido, oh muerta,

                        Colgar tu atroz recuerdo cada noche de un pelo,
                        y que desiertos de tinieblas moradas

                        O amargas noches de insomnio y sobresalto
                        Sean incapaces de ahogarme como a un niño.


 
                     Víctor García de la Concha advertía que si Cervantes "condiciona la capacidad de ver a una previa educación de lecturas, Camilo José Cela ha señalado las que lleva de preferencia en su morral: el propio Cervantes, Quevedo, Baroja, Valle-Inclán... Pero en su excelente biblioteca quedan muchos otros autores releídos y anotados en miles de horas de oficio gustoso, coeducador, con la calle, de su sensibilidad", todo para "tirar de la vida", como diría el escritor, profundizando en la lengua hacia la esencia última, verdadera y objetiva del hombre: busca palabras creadoras que devuelvan al pueblo la realidad viva del arte, la "libertad de la palabra", según señaló Knut Ahnlund, en su discurso de entrega del Premio Nobel de Literatura. Cela ha sido una institución de la cultura española aunque no hubiera recibido ese premio, porque la obra, es, al final, lo que pervive de un creador, y esta ha constituido un punto de referencia central en la crónica de una determinada época de la historia española abriendo caminos y magias, mundos y secretos, y, como ocurre con los clásicos, lo seguirá siendo. Manuel Vázquez Montalbán observaba algo parecido: "Mientras que las incorrecciones o exageraciones que haya cometido como persona afortunadamente no tendrán ningún valor, su literatura permanecerá...". A su fallecimiento el 17 de enero de 2002, los medios de comunicación resaltaron "Muere Cela, un gigante de la literatura", "Desaparece un mago de la palabra", "No fue sólo un mito sino una mitología", en palabras de Fernando Arrabal. Hasta el cura que ofició el sepelio exclamó en la iglesia de origen románico de Iria Flavia: "Sus palabras durarán más que estas piedras"... Francisco Rico compuso este Epitafio "ex abrupto" para C.J.C.:



                        De mal genio vaporoso,
                        con un pronto genital,
                        fuiste, sin falla, genial
                        y, mil veces, generoso.
                       Puedes marcharte orgulloso
                       de haber ahormado a tu hechura
                       la literatura pura
                       con las mugres de posguerra.
                       Leve te sea la tierra, 
                       piadosa la sepultura.


         
                          Aunque no me he detenido en el asunto de los plagios en su obra ni tampoco en la figura de José Manuel Caballero Bonald y su relación con Camilo José Cela, aspectos que ya han sido tratados suficientemente por los analistas más sobresalientes, quiero significar el papel de las dos grandes mujeres de su vida que encarnaron el gran apoyo para que el escritor llegara a ser quien fue: la primera lo acompañó en su juventud y madurez literaria, "yo sin Charo no puedo, mi grito de guerra es Charo"; la segunda, Marina Castaño, le rejuveneció el corazón y fue el yunque en que se forjó su camino definitivo hacia la gloria... Camilo José Cela, el escritor total con sus luces y sus sombras, el que llevaba la literatura en vena, el del alma en permanente derroche, ha representado siempre para mí no sólo la gran literatura, la que ha unido la sabiduría natural y popular con la libresca, sino también el animador y dinamizador cultural necesario en el relato de la crónica testimonial de un país para que el mundo siga su curso...

                           


                                              Uno busca lleno de esperanzas
                                              el camino que los sueños
                                              prometieron a sus ansias.
                                              Sabe que la lucha es cruel y es mucha,
                                              pero lucha y se desangra
                                              por la fe que lo empecina.
                                              Uno va arrastrándose entre espinas,
                                              y en su afán de dar su amor
                                              sufre y se destroza, hasta entender
                                              que uno se ha quedao sin corazón...        









           
               
        

           
           

                 



             

                                                      

miércoles, 3 de febrero de 2016

Regreso al territorio. RAMÓN J. SENDER

                                 
                                    Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas.

                                                                       Miguel de Cervantes (El Quijote)



                                    "Cualquiera que sea mi suerte en el lugar bueno o malo a donde me lleve..., me gusta pensar que siempre seré aquel chico de Huesca un poco tonto y un poco loco de los años veinte".
                                               
                                                                                           Ramón J. Sender


                                   
                                      Tres semanas después de la boda volvieron Paco y su mujer, y el domingo siguiente se celebraron elecciones. Los nuevos concejales eran jóvenes, y con excepción de algunos, según don Valeriano, gente baja... Al saber esto Paco el del Molino, se sintió feliz, y creyó por vez primera que la política valía para algo.

                                                                            Réquiem por un campesino español



                          Un 3 de febrero de 1901 - hoy se cumplen, pues, ciento quince años-, nacía en Chalamera (Huesca), Ramón José Sender Garcés, el mayor escritor aragonés del siglo XX y uno de los primeros narradores españoles de referencia indispensable cuando se trata de la vinculación de lo español al pensamiento más globalizador. La mayor parte de su vida vivió muy lejos de su tierra natal , aunque sin perder contacto sentimental con ella: sabía que la verdera patria del hombre -el lugar de un hombre- es su infancia y la suya había sido sucesivamente Chalamera, Alcolea de Cinca, Tauste, Caspe, Alcañiz, Zaragoza, Huesca, la sierra de Guara o Monte Odina, y por eso los hizo perdurar bellamente en su memoria -a veces como enclaves mágicos-: de ahí el localismo trascendido de su amplísima y variada obra en géneros, temas, estructuras y estilos, muy propicia para la traducción a otras lenguas (es uno de los novelistas más traducidos junto a Cela y Delibes después de Cervantes). Sender guardó con amor el recuerdo físico y moral de su tierra aragonesa pero se sintió libre y del mundo, por eso es un clásico de la literatura universal de todos los tiempos y fue propuesto para el premio Nobel, tras alcanzar el Premio Nacional de Literatura (en 1935, por Mister Witt en el cantón). Los estudiosos más señalados de su figura, con José-Carlos Mainer a la cabeza, reivindicaron convenientemente su exclusividad poniendo en valor y reconocimiento uno de los grandes nombres del patrimonio aragonés con ocasión de su centenario. Continúan la labor en esta línea la Universidad de Zaragoza, que ha editado recientemente su obra de teatro completa, así como el Centro de Estudios Senderianos del I.E.A. oscense. Y la editorial "Libros del Asteroide" acaba de presentar Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas, que recupera el reportaje que en 1934 realizó Sender sobre la represión en Casas Viejas (Cádiz), un relato que alimentó la leyenda negra contra Manuel Azaña y contribuyó a su dimisión al frente del Gobierno tras la muerte de 25 campesinos anarquistas, un texto fundamental del periodismo español del siglo XX. Asímismo, el escritor Javier Barreiro ha descubierto la primera publicación a nivel nacional Cocoliche y Tragavientos, firmada por "Sendercito", ficción cómica infantil formada por seis cuadernos aparecida en la revista "Charlot". Se trata de una especie de "guion de una novela gráfica" en tiras cómicas que escribiría con 16 o 17 años, seguramente en unas Navidades pasadas en Caspe, en la que destaca más precisamente el texto que las ilustraciones, realizadas por un dibujante de la revista. Javier Barreiro encontró este trabajo recientemente en una librería de Barcelona, de cuyo hallazgo y análisis da cuenta convenientemente en la revista "Turia".


                        En los tiempos convulsos actuales, y a pesar de que el contexto histórico difiere por fortuna del vivido por Sender, su compromiso vital ejemplificador, su integridad, y la coherencia con el desarrollo ideológico que mantuvo desde niño, merecen de nuevo la evocación: vivió las luchas sociales de su época padeciendo un largo exilio de 43 años hasta su muerte en Estados Unidos donde sobrevivió sintiéndose un perseguido político y con el permanente recuerdo de su primera mujer, su hermano y otro ilustre oscense, su amigo Ramón Acín, fusilados vilmente, porque la de Sender es una historia individual y una historia colectiva. En las Conversaciones con Marcelino C. Peñuelas reflexionaba:

                               Me doy cuenta de aquello de los griegos cuando condenaban a un hombre al exilio y le daban a elegir entre el exilio y la muerte. Cuando yo leí eso a los treinta años pensaba: ¿cómo es posible? Con lo interesante que es el mundo, correr por él y verlo... Pero después, al llegar a mi edad y haber estado en la mayor parte del mundo que podemos considerar interesante, se da uno cuenta de que tenían razón.

                        Ramón J. Sender ofreció el testimonio del hombre ante la injusticia social y política -que conocía personalmente por haber pasado por la cárcel, la guerra, un campo de concentración, la utilización partidista de unos y otros, y hasta la "caza de brujas" americana (que le obligó a firmar un manifiesto anticomunista declarándose apolítico para preservar su supervivencia)-, en las novelas, prensa de todo color y en su pintura, como un claro exponente de la rehumanización del arte que modernizó las concepciones artísticas del momento. La guerra civil española acabó con la ilusión de cambio y renovación de la sociedad produciendo un exilio masivo que supuso una fractura total en la evolución de la cultura española, que se vio privada de importantes nombres. En la literatura, la ausencia de escritores como Juan Ramón Jiménez, Salinas, Guillén, Cernuda, Ayala, Aub, María Zambrano, Larrea, Alberti..., la férrea censura y el control ideológico gubernamental explican que, salvo excepciones (Dámaso Alonso, Aleixandre, Cela, Buero o Torrente), lo mejor se publicó fuera de España. Así ocurrió en el caso de Sender. 

                       Alcolea y Tauste fueron testigos de la infancia de Sender. Los dos pueblos conforman en parte el escenario de Crónica del alba (una bildungsroman o novela de aprendizaje del protagonista José Garcés -el propio nombre de Sender), aunque el tratamiento literario conduce a una superposición de ambos, creándose así lo que denominó el territorio: espacio mítico del mundo novelesco relacionado con su pasado, un "espacio novelístico" imaginario de alguna manera. Con él recupera el mundo idílico de sus primeros años infantiles y de la adolescencia, un mundo generado desde el exilio en el que parece buscar un enraizamiento deliberado en su tierra natal, es el "realismo mágico" de Sender. Se trata de unos recuerdos sin pretensiones de exactitud, evocadores de paisajes, anécdotas y personajes, que, en sus últimos años se detallan en una serie de libros de memorias. Los materiales de su experiencia vital se organizan de una manera instintiva según posean una utilidad literaria: la memoria retiene lo que merece la pena ser recordado, y esto le facilita la reutilización y trasvase de una obra a otra de los componentes tanto autobiográficos como imaginativos que acomoda y reorganiza según va madurando su obra: este es el "imaginario" senderiano, subrayado por los aragonesismos léxicos o semánticos. La geografía aragonesa en las novelas de Sender no siempre es realista, sino que responde, pues, a una síntesis poética, ejemplo de la capacidad mi(s)tificadora del escritor:

                "Para mí no existe la nación, sino el territorio y el mío es Aragón y a él me atengo".


                  "La aldea estaba cerca de la raya de Lérida, y los campesinos usaban a veces palabras catalanas": se ha aceptado esta afirmación, por tanto, pensando en Alcolea, lo que parecía confirmarse por elementos topográficos -saso, pardinas, ontina- propios de la tierra llana y algún dialectalismo característico. Sin embargo, esta localización entra en conflicto con la cronología (la reflexión en este caso va referida a Réquiem por un campesino español). La incongruencia se explica desde el universo narrativo del autor, en el que elementos paisajísticos, lingüísticos y culturales forman esa geografía inventada, en la que se integran los lugares más significativos de su primera juventud, territorio que adquiere su máximo desarrollo en la obra del exilio relacionada con su pasado, procedimiento que ya apuntaba en su primera novela Imán y que nos invita a recordar a Valle-Inclán y su Galicia mítica, la Comala de Juan Rulfo, Macondo de García Márquez o Yoknapatawpha de Faulkner. Así contesta a la pregunta de Francisco Carrasquer acerca de qué ciudad escenifica el Réquiem: "Es una aldea imaginaria hecha con memorias líricas y dramáticas de Alcolea, Chalamera y Tauste y de tantos otros lugares donde viví (siempre en Aragón)". No cabe plantearse por tanto una identificación exacta del lugar. Por otra parte, Antón Castro aclara que Crónica del alba tiene el mérito de convertir Zaragoza en una ciudad literaria de primer nivel, algo que harían años después con gran fortuna José María Conget, Cees Noteboom, Félix Romeo, Alfonso Zapater, Félix Teira... Tal vez arrojen luz a esta actitud de Sender sus propias palabras:

                      A mi mujer la mataron los fascistas y luego resultó que los comunistas estalinistas querían matarme a mí, en Francia. Yo necesitaba vivir para mis hijos. Y los tres nos salvamos, de milagro. Hasta hoy. Uno ha vivido desde entonces en la frontera. No la frontera geográfica sino la otra, la que separa la vida de la muerte. Al borde del abismo.... Al borde del precipicio vivo todavía, ahora,... con mis niños... Y aquí estamos los tres. Yo soñando con el pasado y ellos con el futuro. En una frontera sin aduanas ni policías... En la frontera que todos cruzamos cada día.


                    El clima político que se vivía en España durante el exilio de Sender no era especialmente propicio para su retorno ni puntual ni definitivo. Además, impuso como condición para volver la edición no censurada de sus obras. En 1965, la editorial Destino publicaba  El bandido adolescente, sucediéndose diferentes títulos importantes como Crónica del alba mientras se aprovechaba la "apertura" cultural instada por el entonces ministro de Información, Fraga Iribarne; no obstante, sus obras más conflictivas como Réquiem, El lugar de un hombre o Imán seguían censuradas. En 1963 se jubila como profesor aunque sigue impartiendo cursos extraordinarios en distintas universidades americanas. En 1967 se le concede el Premio de Novela Ciudad de Barcelona por Crónica y en 1969 -año de una amnistía política- obtiene el Planeta por una obra de escasa trascendencia literaria, En la vida de Ignacio Morel. En 1975, la censura libera definitivamente su obra y en 1980 solicita la nacionalidad española renunciando a la estadounidense. Fallece en San Diego (California) dos años después. Sus cenizas, según sus deseos, serán aventadas en el Pacífico.


                  En la primavera de 1974, tras treinta y cinco años de exilio, Sender regresa a España en un primer viaje que levantó una fuerte polémica. Lo hace a Barcelona acompañado en calidad de secretaria, enfermera y amiga, por Luz Watts, su antigua alumna. Volvía de París, donde había asistido al rodaje de la versión de su novela El rey y la reina. Sabía que iba a sobrevolar los Pirineos y quería adivinar los primeros valles aragoneses. Entonces entonó una jota por lo bajo mientras lloraba de la emoción. Fue a recogerlo el escritor José Luis Castillo Puche, que le acompañó durante su estancia de veintiún días según un programa organizado por la Fundación Mediterránea que corría con todos sus gastos. Tantos deseos tenía Sender de venir a España que no se ocupó de averiguar que estaba en manos de una empresa del Opus Dei; de haberlo sabido, quién sabe la reacción que habría tenido... Aunque siempre se mostró pacífico manifestando que no estaba contra nadie ni quería resucitar fantasmas del pasado. Tan sólo deseaba ver su tierra, pisarla, confundirse con ella y hablar con los suyos.


                   Los periodistas buscaban declaraciones comprometidas pero no lo consiguieron. Incluso Sender llegó a afirmar que renegaba de alguno de sus libros anteriores como Siete domingos rojos, pero seguramente se trataba más de una táctica defensiva que de una convicción, o de miedo ante la presencia en su hotel de personal de seguridad, que a quien realmente vigilaba era al entonces ministro de Hacienda, Antonio Barrera de Irimo. Llevaba fama de intemperante y cascarrabias, pero a mí me pareció más bien que su mal genio respondía a una coraza con que defender la ternura de su corazón, su sensibilidad y el exceso de emociones, y también a su condición de asmático, que le hacía contener su respiración agitada. Además, poseía un sentido del humor finísimo, el mismo con el que dotó de comicidad a muchas de sus obras. José-Carlos Mainer lo definía como el hombre de los "prontos" (o de los "barruntos", como el Sabino de "El lugar de un hombre"), pero fue también el hombre que se vio desposeído de todo: territorio, afectos, idioma. Apenas le quedó otra cosa que el recuerdo de la infancia y la nostalgia de los héroes solitarios, los que dibujó José Luis Cano en el certero SENDER y sus criaturas. En cualquier caso, no le faltaban motivos para ser así tras una penosa vida de lucha y trabajo que no le había dado más compensaciones -aun siendo un escritor prestigioso y reconocido- que las de seguir igual para subsistir en un humilde apartamento de San Diego en el que debía arreglárselas él solo pues su amiga Luz Campana no podía atenderlo demasiado, ya que residía en Los Ángeles con su esposo, el prestigioso abogado Mr. Watts. Camilo José Cela lo visitó allí y después comentó no sin cierta malicia: "Entré al servicio a lavarme y preferí secarme con el faldón de mi camisa". Aquella visita motivó a Cela a invitarlo a su casa de Palma de Mallorca, donde Sender le sugirió -con poco tacto- lo bien que vivían los escritores fieles a Franco. Así que no es extraño que en determinados casos y con según qué personas, su temperamento se sublevara fácilmente. La Fundación Mediterránea quiso celebrar el acontecimiento de Sender en España organizando una conferencia sobre sus recuerdos, en la que fue anunciado como "futuro premio Nobel". Cuando lo escuchaban expectantes, empezó a disertar sobre la Atlántida, yendo del mito a la realidad, de la leyenda a la historia, con abundancia de datos y bibliografía, mientras el público no daba crédito. En Barcelona pasó tres días con su familia, dedicándose a satisfacer su curiosidad por la situación española, sin que llegase a pronunciarse ni una vez sobre el tema ni a favor ni en contra (se traía la lección muy bien aprendida para no comprometerse en sentido alguno).


                        Por fin, se dirigió a Zaragoza. Al llegar a Fraga, su mirada se perdió en la ribera del Cinca hasta que se detuvo en un punto fijo: "!Allí está Chalamera!, y aquello que está en lo alto son las Ripas de Alcolea!", exclamó emocionado. Sobre las Ripas estaba El lugar de un hombre, el mismo desde el que Pedro Saputo predicara sus proezas, que no cumplió, según la descripción de Braulio Foz. Sin embargo, Sender no pudo visitar esos lugares en esta ocasión. En Bujaraloz fue homenajeado por Luis Horno Liria (crítico literario de "Heraldo de Aragón), Santiago Lorén (premio Planeta) y Eduardo Fuembuena, creador del premio de periodismo "Ramón J. Sender" en el periódico "Aragón Exprés". En Zaragoza impartió conferencias y asistió a múltiples visitas a instituciones y a homenajes multitudinarios. No entró en política, lo que originó el reproche de algunos intelectuales aragoneses que criticaron el hecho mientras que a él lo único que le importaba era sentirse feliz en su tierra. Enrique Lascaso, sabedor de la otra faceta artística de Sender, la pintura, le obsequió con un dibujo de Alcolea de Cinca, en el que de pronto, observó que una reja había cambiado: hasta ese punto llegaban sus recuerdos del pueblo de sus mayores y suyo también, aunque naciera accidentalmente en Chalamera, donde su madre ejercía de maestra.

                       En el trayecto a Huesca, mostró el deseo de visitar un pueblo de colonización para conocer de cerca cómo se había llevado a cabo la transformación de la tierra, y se detuvo en Ontinar de Salz, primer núcleo urbano que se creó en el antiguo desierto de la Violada. En Huesca prefirió ver la calle y el edificio donde residió su familia antes de acudir a la conferencia prevista, a la que llegó muy tarde ("!Que esperen!"), deteniéndose en la evocación de las habitaciones a las que correspondía cada ventana o balcón. Ya en la charla, miró al público y de inmediato se levantó: "!Vámonos, aquí no hablo! No puedo hacerlo estando aquí presente el asesino de mi hermano, lo he visto entre el público". Resultó que el hombre señalado era a su vez hermano del que había participado en el fusilamiento de Manuel Sender Garcés, aunque él nada había tenido que ver con aquel desdichado y trágico suceso. Particularmente grato fue el encuentro con un antiguo redactor de "La Tierra", periódico de la Asociación de Labradores y Ganaderos del Alto Aragón, que tuvo como director a José Sender, padre de Ramón, del que sería más tarde redactor jefe. Sólo ahí habló de política, pero para rendir tributo al recuerdo como algo pasado, impregnado de nostalgia. Carmen Sender se llevó a su hermano a Altea (Alicante), y Ramón Sender llegó a confesar que cuando arreglara sus cosas pendientes en América -en 1946 se había hecho ciudadano de Estados Unidos, después de su dilatada época mejicana- regresaría definitivamente a España y que se quedaría quizás a vivir en la costa alicantina, un bello sueño... Tras pasar por Madrid, se fue lleno de promesas y buenos deseos y con el asma mejorada...


                        Más tarde, en el prólogo al libro de Alfonso Zapater, Aragón, ruta de la sed, relataría:


                                  Yo recuerdo haber escrito una narración recientemente autorizada en España -Réquiem por un campesino español-, recuerdos de mi infancia, cuando ayudaba al cura de mi pueblo a llevar la extremaución a un agonizante que vivía en una cueva. Era invierno y no había fuego -sólo unas piedras en el suelo sobre cenizas frías- ni agua. Ni aire apenas. En cuanto a tierra, la única que iba a tener aquel pobre jornalero agonizante era la de la sepultura (que ni siquiera sería suya, sino una "fosa común"). Yo creía que todo eso había desaparecido en los últimos cuarenta años. En la era en la cual el hombre viaja a la luna y es capaz de colonizarla (aunque no hay en ella ni agua ni aire), los seres humanos tienen que comprar en mi tierra natal el agua para beber, a pesar de tener a veces el río a doce kilómetros de distancia. Uno no acaba de comprender. ¿Es que el capitalismo español es incapaz de construir canales y acequias, o conductos de doce o quince kilómetros, mientras en otros países (California, por ejemplo) se hacen de tres mil kilómetros, sin alarde alguno y como la cosa más natural? Ya sabemos que en España los ingenieros pueden hacerlo también, pero ¿por qué no lo hacen?: "No es rentable". ¿Pero hay renta mejor para todos que una conciencia tranquila y un poco de contento en el corazón viendo también como gozan de ello nuestros amigos y vecinos? Ni siquiera los cafres sufren esas miserias, porque hace tiempo que en Suráfrica las han resuelto.

                      Sender se refería al increíble destino de los Monegros del Alto Aragón, que él esperaba ver resecos y agonizantes, y sin embargo se le mostraban tamizados de verde un mes de junio de casi cuarenta años después, pero no porque los riegos los hubieran redimido por completo, sino por los efectos de la lluvia oportuna caída sobre los sembrados, con los trigos lozanos y las cebadas, más adelantadas, empezando a dorar ya para la siega.






                     Fallecido Franco, Sender regresó a España en 1976 aceptando la invitación de Camilo José Cela para pasar unos días en su finca "La Bonanova". No terminó bien la relación de los dos escritores. Cuando volvió a Zaragoza, Sender apareció con un pie escayolado. "Un mal paso", dijo sonriendo. Luego confesó su discusión con Cela, su diferencia de ideas y opiniones, "es un escritor de régimen". El propio Cela, por su parte, dio su versión: "es un desconfiado, hasta el whisky se ha traído metido en la maleta porque no quiere beber del nuestro, pues dice que está falsificado. Ya he tenido que aguantarlo bastante con sus manías de viejo verde, persiguiendo a mi mujer e intentando meterle mano...". Tras una buena comida, Sender se puso insolente, y comentó las ventajas de haber vivido de colaboracionista con Franco, a diferencia de otros como él que habían sufrido las consecuencias del exilio por no haber querido doblegarse al dictador. Cela se defendió criticando la política y la falsa moral de Estados Unidos, con los que Sender se avenía tan bien, ya que incluso justificaba hechos tan lamentables como haber arrojado la bomba atómica. Se cruzaron los insultos, cada vez más duros y elevados. Sender llegó a tirar del mantel de la mesa cayendo la vajilla al suelo, hasta que Cela no pudo contenerse y le echó las manos al cuello: "aquel día me di cuenta de que podía haberlo matado". Sender se fue a recoger sus cosas para irse, y entonces resbaló y cayó por las escaleras fracturándose el tobillo.

                   Se equivocó Cela invitando a Sender, sin duda movido por la notoriedad que en ese tiempo rodeaba al escritor aragonés, por el afán de apuntarse un tanto. Y también Sender aceptando la invitación del más relevante escritor del momento. Eran caracteres opuestos; nada les unía excepto su vocación literaria y su condición de artistas. Por lo demás, es posible que Cela exagerara en lo referente al acoso a su mujer, Rosario Conde, una mujer ya entrada en años y enferma. Aunque según los testimonios de los que pasaron bastante tiempo con él, coinciden en manifestar que a Sender le apasionaban las mujeres, casi todas o todas... En San Diego alternaba con grupos de jóvenes con los que se iba de bares y discotecas, siempre rodeado de mujeres, a las que se le iban las manos instintivamente más de la cuenta, pellizcándolas y haciéndose luego el desentendido para que las culpas se las llevara quizá el amigo de turno más cercano. Era su forma pícara de divertirse. Antón Castro lo califica como "un solitario cazador de corazones, un volcán de deseo, pero carecía de talento y capacidad para retener a las mujeres a su lado". En cambio, fue capaz de crear grandes personajes femeninos, como Valentina o su amiga Milagros Guerrero, que aparece en Crónica y que "le desordenó las emociones". Se casó tres veces, mantuvo otras relaciones y aún de anciano seguía estremecido por la belleza de las muchachas jóvenes, de las chicas de instituto...Tuvo siempre vocación de seductor, fue enamoradizo y obtuvo sus éxitos. En palabras de Antón, "era un fauno irreductible".

                    En noviembre de 1976, Sender expuso su pintura en la galería Multitud de la calle Claudio Coello de Madrid, asistiendo a la muestra antes de la clausura. Quizás sea la de pintor su faceta menos conocida. Así justificaba su vocación pictórica: "Yo hace algunos años que pinto para mí mismo, porque encuentro en la pintura elementos de expresión que completan los de mi novela, la poesía, el teatro o el ensayo. Se trata de crear formas de armonía estable con cada una de las cuales establecemos un fortín de defensa contra el vacío agresor. ¿Es perfecto ese fortín? Es eficaz y nos basta. La perfección no existe en este mundo. Nada hay en él perfecto sino la muerte interior  que suele anteceder a la otra y a ella nos empuja la agresión de ese vacío. Como me asomo a la vejez, tengo necesidad de más diques. Yo no pensaba exponer estas pinturas, pero no caben en mi casa y quiero seguir pintando. Si no las compran, me cambiaré de casa, buscando otra que tenga muros más anchos y libres y seguiré peleando contra el vacío invasor como he peleado con mis libros y con otras formas de reacción".



                                                                                  Pintura de Ramón J. Sender
                               

                   Se trata de una pintura entre lírica y surrealista, aunque hubo una primera etapa en la que rindió culto al cubismo; importan el símbolo y la intención por encima de todo en su variada temática. Para él, la pintura era una actividad más vital que la vida misma, dotada de esencialidad. En esta exposición, figuraban también cuadros de Alberti, García Lorca, Galdós, Moreno Villa y Cela. "Hay colegas a los que admiro -confesaba-, como Buero Vallejo o Alberti. Tengo la impresión de que si aprendo en una academia, lo que hoy es una broma divertida se convertiría en un oficio con sus leyes, reglamentos y normas profesionales, es decir, en una disciplina. Me gusta pintar y ver que de pronto aparece "una promesa misteriosa" que puede alcanzar alguna clase de calidad lírica. Me gusta tanto como la buena música, pero no sé por qué me he resistido siempre a aprender a pintar. Creo que si supiera no me divertiría tanto cuando pinto y hago pequeños o grandes descubrimientos por mí mismo. Como es natural, mi pintura es una prolongación de mis novelas y de mis versos".

                   Pintaba sus amuletos, como conjuro para liberarse de la muerte. Consistían en curiosos objetos como una tabla de embalaje, un trozo de mueble, una cerámica rota, una llave... que quizá habían tenido que ver con su vida. También "efemérides de calaveras", retratos con gatos, gaviotas y otros animales, y autorretratos con ardillas y cuervos. Siempre le había gustado un retrato que le pintó Picasso y nunca había conseguido que le regalara: un día le dio "el pronto" y lo copió con firma y todo. Su afición a la pintura le sobrevino en Nueva York cuando compró una casa que poseía varios cuadros naturalistas del pintor alemán Von Hassler. "El dueño de la casa me dijo, para animarme a comprar, que los dejaría allí y que su autor era un verdadero genio. Cuando le pregunté cómo lo sabía, respondió contundente: Porque siempre está borracho. Me sorprendió descubrir que aquellas telas hubieran producido también cierta embriaguez en un hombre sencillo y práctico como el comerciante que me vendió la casa, por lo que se convirtieron bajo mis pinceles en amuletos eficaces".




                                                                                 Pintura de Ramón J. Sender


                  En Zaragoza, expuso en la galería Berdusán con una muestra a la que no pudo asistir, pero sí volvió ese mismo año, 1976, tras su estancia en Palma de Mallorca y posterior visita a Madrid. En esta ocasión pudo acercarse a la ribera del Cinca, pisar la tierra amada y regresar a su territorio, asistiendo al homenaje de Chalamera, en unas jornadas apoteósicas muy distintas a las vividas por esta población cuando se apuntaba el proyecto de crear una central nuclear y se cantaba de forma reivindicativa: "En Chalamera, con Chalamera, venimos a cantar; en Chalamera, con Chalamera, !no queremos central!". Y siempre en su pensamiento el permanente recuerdo de Alcolea: "En toda mi obra literaria está presente Alcolea y toda la ribera del Cinca, aunque nada de ello se manifieste para el lector ignorante". También en ese momento nos habló del premio "Planeta", que había ganado con la novela La otra vida de Ignacio Morel, que él mismo consideraba mediocre. La editorial le ofreció el premio en San Diego cuando apenas había oído hablar de él. Debía de presentar un original inédito para el caso y aunque se mostró agradecido, alegó que no disponía entonces de ninguno. Ante la insistencia, y proponiéndole que escribiera lo que quisiera con la promesa de una edición de doscientos mil ejemplares, le hizo tanta ilusión la posibilidad de tener tantos lectores en España que recordó un ejemplar original olvidado en un cajón, que no le gustaba mucho. Según Sender, lo entregó a la editorial para que lo dejaran en paz. De esa forma, servido a domicilio, conquistó Ramón J. Sender el premio "Planeta" de novela, del que no se sentía orgulloso, aunque lamentaba no haber valorado suficientemente, un poco por ignorancia y otro tanto por la prisa que le impusieron, la importancia de tal reconocimiento en el mundo literario español, al margen tantas veces de la propia calidad de la obra.



                           Se cumplen cuarenta años de su último regreso. Y me resulta especialmente estimulante comprobar que las palabras de un escritor de esta tierra y del mundo -el lugar senderiano de un solitario-, siguen más vivas que nunca y pueden ilustrar algunas de las grandes elecciones que han hecho de la gran literatura del siglo XX un testimonio inolvidable, por ejemplo, la denuncia de la guerra, la grandeza consoladora de la memoria personal, la afirmación del valor supremo de la vida humana, la estremecedora idea de que todos podemos ser perseguidos sin motivo, el análisis de la libertad individual o la percepción de que una novela histórica es siempre una metáfora del tiempo presente:




                                 " YO CREO QUE MIS LIBROS TIENEN, SÍ, ALGÚN ACENTO  REVOLUCIONARIO GRACIAS AL CUAL SUPONGO QUE CRECERÁN EN EL FUTURO.  HABRÁ PRONTO, QUIZÁ DENTRO DE CUARENTA U OCHENTA AÑOS, UNA EUROPA  ORGANIZADA SOBRE BASES DE SOCIALIZACIÓN. Y EN ESE SENTIDO MIS  MODESTOS LIBROS FORMARÁN PARTE QUIZÁ DE LOS CLÁSICOS DE ENTONCES".
  

                                                                                                                            (1969)