jueves, 25 de febrero de 2016

"DIME MIGUEL: ¿QUIÉN ERES TÚ?"

                                               

          No hay Fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de ahí lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía... Atrevíme en fin; hice lo que pude; derribáronme, y aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.


                                                                        Miguel de Cervantes (El Quijote)      
                                                                                    



                                                                        ¿Has llegado al límite de la luz?

                                                                              Miguel Labordeta, Espejo.
                                               






                          En estos tiempos en los que pocos apuestan por la ética y a algunos escritores sólo les importa publicar aunque no lo merezca su calidad literaria, recordar a un hombre que ha sido un ejemplo de escritor comprometido, interesado en los valores de libertad y conciencia moral, resulta como una bocanada de aire fresco y de pureza en un caso claro de eterno inconformista. Miguel Labordeta Subías, la voz poética más original y brillante de Aragón durante el siglo XX, cumpliría noventa y cinco años el próximo julio si no hubiera fallecido repentinamente con tan sólo 48 años en 1969. Con la publicación de sus Obras Completas en 1972, la ampliación en 1983 a cargo de Clemente Alonso Crespo y, sobre todo, con la reciente edición de Miguel Labordeta. Obra Publicada por los profesores de la Universidad de Zaragoza, Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña, así como de los Epistolarios Inéditos, Miguel Labordeta-Gabriel Celaya, y su correspondencia con Pablo Serrano, rescatados por Jesús Rubio Jiménez, disponemos de una obra que, en su momento, pasó inadvertida para muchos, fundamentalmente en el contexto literario nacional en el que el escritor apenas obtuvo demasiado eco. Se ha tratado así de normalizar a un autor clave en la historia contemporánea de la literatura aragonesa.


                         La poesía de Miguel Labordeta, elaborada calladamente al margen de cenáculos y escuelas, insuficientemente conocida y valorada salvo por algunos estudiosos o entidades como la Institución Fernando el Católico -que le ha dedicado un seminario hace poco-, constituye uno de los logros más singulares, "una de las aventuras más hermosas de nuestra literatura", en palabras de Ricardo Senabre. En 1994, coincidiendo con la efeméride del 25 Aniversario, se celebró en Zaragoza un Congreso-Homenaje a su figura que supuso un paso adelante en el acercamiento a su obra en un acto de justicia poética que completaba la bibliografía existente hasta el momento y la entrañable reividicación que siempre llevó a cabo su hermano José Antonio Labordeta, cantando su grandeza y su soledad, expresando su frustración existencialista y su sátira social, "para todos los hombres universalmente", gritando "las verdades eternas del hombre",

             Dime Miguel: ¿quién eres tú?
             ¿dónde dejaste tu asesinada corona de búfalo?
             ¿por qué a escondidas escribes en los muros
             la sojuzgada potencia de los besos?
             ¿qué anchura de canales han logrado
             tus veinticinco años visitantes?
             ¿adónde has ido?
             ¿qué dioses hermanaron tu conducta de nadie?
             ¿y tus sueños hacia qué lejanos ojos
             han conseguido hondos de fracasadas copas
             donde sorbiste el trance de la culpa?
             ¿has llegado al límite de la luz
             donde el último nombre se dispone a nacer?
                                                                                    ...
             ¿mas qué te queda criatura perpleja
             qué te resta si no es tu cerviz cortical
             seca de ciudades y limo
             propicia a la aventura fracaso
             y al ardiente paso de tus noches
             por el ecuador de los vientres
             transportando el mórbido mensaje de la espiga y de la muerte?
             Miguel ¿quién eres? ¡dime!
             

       





                        En los años de la posguerra -como recuerdan, entre otros José Carlos Mainer y Guillermo Carnero-, la voz de Labordeta pasó desapercibida teniendo en cuenta la forma de edición de sus libros en tiradas mínimas que distribuía generalmente entre sus amigos. Tampoco su colaboración en revistas poéticas, a veces semiclandestinas, de capitales de provincias, realizada con ilusión pero con verdaderas dificultades, supuso un mayor conocimiento de su obra, a lo que habría que añadir la acción de la censura que entorpeció constantemente sus publicaciones. A pesar de ello, mantuvo siempre una inquebrantable fidelidad a sí mismo testimoniando en sus versos y prosas la "autobiografía espiritual de un alma solitaria". En esos años de penuria económica y feroz represión, su poesía se caracterizó por un "ensimismamiento" que le hacía ser destinatario de su propio mensaje, mostrándose solo en medio de la insolidaridad humana. En una sociedad instalada en un aburrimiento intelectual generalizado, Miguel Labordeta intentó estimular un movimiento cultural renovador en torno a las tertulias del antiguo café Niké de Zaragoza, entonces situado en la calle de Requeté Aragonés (hoy Cinco de Marzo), en reuniones miradas con reticencia por la cultura oficialista. Así, algunos de los poemas recitados en la radio por Pedro Dicenta de su artículo Poesía revolucionaria arman un gran revuelo en la sociedad zaragozana. Con los amigos de la peña "Niké" saca adelante varias revistas, pero hasta 1968 no es autorizada, por ejemplo, una de ellas en la que colaboraba Antonio Fernández Molina, Despacho poético Internacional de la OPI.



                                                                                Café Niké. Zaragoza


                           En 1956 se estrena en el Teatro Argensola de Zaragoza Oficina de Horizonte, obra de teatro escrita un año antes, que es recibida con el más absoluto desdén. Se conservan manuscritos previos que tienen sus raíces en su propia niñez (para la adecuada contextualización de la vida y obra de los dos hermanos es muy interesante la visita a la Fundación José Antonio Labordeta). Hacía 17 años que no había publicado obra poética: Miguel Labordeta, profesor, guardaba silencio. Oficina de Horizonte, con escenografía de Agustín Ibarrola, es adaptada para la televisión por el director zaragozano Antonio Artero, que presenta al escritor como el "creador maldito español". Se la considera como una obra poética más que refleja el mismo mensaje humano de sus poemas: la búsqueda del sentido de la vida del hombre perdido en el universo cuya esperanza se cifra en la alegría que, encerrada en una botella "navega y navegará hasta el fin por los mares del mundo"... La obra no tuvo demasiado recorrido, pero marcó un cambio artístico hacia lo más estrictamente estético. El protagonista aparece caracterizado como un hombre inmaduro, con un enorme tormento interior por su exacerbada sensibilidad, en conflicto permanente con la realidad, con una gran inseguridad ( sólo quiero encontrar la ruta de mi vida hacia un no sé dónde), con la sensación casi cernudiana de alguien que quiere estar siempre de viaje y en constante huida, y obsesionado con el deseo de ser el guía de su pueblo hacia la paz y la libertad, hacia el límite de la luz... Se muestra como un revolucionario contradictorio: a veces adopta la vida burguesa y otras, protesta por ese destino ( te escupo, estúpido Miguel Labordeta). En un tremendo final en que tras una ráfaga de metralla cae "el Poeta", el eterno incomprendido manifiesta su espíritu místico y existencial: ...No hay solución a la vista, pero cada hombre debe inventar su propio camino de purificación, reforzando así lo que en 1950 propugnaba para la poesía,

                  "Necesitamos una poesía catártica, depurativa, en que el poeta se dé por entero en holocausto verídico"



                                                                          Fundación José Antonio Labordeta


                     Los recuerdos de infancia (con el caballito de cartón como elemento recurrente) y adolescencia son como jalones en el camino tenaz hacia el conocimiento de sí mismo, de su independencia e individualidad. Algunos críticos han querido ver en esa exaltación del Yo la justificación de su pertenencia a la tierra aragonesa caracterizada genéricamente por aspectos como el pesimismo estoico, el humor sarcástico y satírico y el sentido ético y desengañado de la vida, que lo habrían conducido a un ostracismo voluntario ( rasgos que se reconocerían en Jarnés, Sender, Buñuel, Seral y Casas...), pero yo creo más bien que se trata de una personal cosmovisión poética y de una ironía ( o "socarronería somarda") consustancial a ella, que se acentúa con el paso del tiempo y la evidente evolución de su obra hacia un mayor compromiso social que corre paralelo a una nueva realidad histórica: el paso del subdesarrollo económico a la revolución industrial y la sociedad de consumo. El poeta "pide la palabra" para arremeter contra todos los estamentos sociales sin excepción y satirizar la civilización moderna con imágenes apocalípticas con las que protesta, rechaza y condena una época miserable, para la que quizá pueda haber un después más esperanzado: la poesía debe entrar al servicio del hombre; pero de esto a que la poesía deba ser popular hay un abismo,

                 Dame
                 vida mía única
                 tu imposible verdad.
                 Dame
                 mi soledad
                 tu repleta cosecha de denuncias.
                 Dame
                 muerte mía
                 tu relámpago de abrasado total.
                                                                      ...
                 y tu lindo caballito de cartón de mis sueños de niño
                 destripador,
                                                                      ...
                 dadme en seguro trance
                 vuestro centro inexorable
                 de palpitar dulcísimo;
                                                                     ...
                 A ver si así
                 solo y con todo
                 compongo de mi sed indecible
                 el tremendo suceder de la Totalidad.


                            Se han señalado múltiples influencias estéticas en el mundo poético de Miguel Labordeta, así como el reflejo de tendencias y corrientes artísticas contemporáneas que hoy se cuestionan en muchos casos porque no importan tanto las etiquetas como su personalísima innovación, marcada por la audacia renovadora y el estilo inconfundible de su lenguaje en libertad, que va desde lo más coloquial y cotidiano hasta una lírica del "ex abrupto", las creaciones más arriesgadas, las visiones cósmicas más surrealistas, la plasticidad pictórica (sus libros fueron ilustrados por los grandes pintores y dibujantes Mingote, Viola, Antonio Saura, Natalio Bayo o Santiago Lagunas), o el realismo rehumanizador de aire desgarrado que marca el paso de un tono épico y oratorio inicial al experimentalismo de la poesía visual: me importa un pito que mi poesía pueda ser comprendida por pocos o por muchos o por nadie; escribo lo que puedo, como puedo... Y de ese "puedo" surgen los diferentes vanguardismos, el dominio de la ciencia-ficción y los ecos orientales, hispanoamericanos y franceses que, aunque al poeta le importara un pito, no dejaban ni dejan de conmover y de inquietar...,

                      
                             En lo alto del Faro,
                             viendo ir y venir
                 a las pobres gentes en sus navegaciones de un día.
                             En lo alto del Faro,
                 contemplando el abismo de las criaturas y el vértigo de los astros.
                             En lo alto del Faro,
                 escuchando llegar a los rostros futuros
                 y oyendo en lo hondo de las aguas las voces de los muertos.
                                                                                                                   ...
                     
                             En lo alto del Faro.
                             La voz del poeta.
                             Incansable holocausto. 



                     Una pieza insólita de carácter alegórico prácticamente desconocida de Miguel Labordeta presentaba las mismas claves temáticas del resto de su obra: Exactamente perdido, "Poemoide radiofónico", para la que no pude encontrar referencia cronológica precisa. Se trata de un diálogo en el que un personaje, el "Buzo", encarna la fraternidad universal al tiempo que se alude a la guerra con imágenes bélicas y galácticas, mientras se sigue añorando la infancia soñada (yo también perdí mi caballito de cartón). El poeta insiste en la liberación  personal que predicaba en Poesía revolucionaria, y en el poema "Catarsis del buzo" nunca publicado por el autor, debido, parece ser, a la mala opinión que tenía de él su amigo Carlos Edmundo de Ory,

                             Ahogado.- ¿Ves aquellas masas de hombres combatiendo? Aquellos cascos relucientes son los nuevos guerreros de 1914... Mira sus máquinas mortíferas...
                             Buzo.- ¡Ay... cuánto dolor... cuánta incapacidad de dicha... cuánto luchar en vano... cuánto soñar inútilmente por un camino de soledad que nadie comprende bien...!
                             Hijo.- Pero Padre, ¿qué hora es, que hablas así de una manera tan extraña?
                             Buzo.- ¿Qué hora va a ser, hijo mío? ¿qué hora va a ser, sino la de vivir, la hora de vivir siempre, con amor infinito siempre...? (Muere).

      Labordeta se mantuvo siempre fiel a esa idea tan quevedesca de que la vida es sólo un paréntesis entre los inevitables trances del nacimiento y la muerte y aquí reitera su empeño en la solidaridad ante la guerra, su infinito amor por los hombres y su repudio al inmovilismo político y social de evocación costista. Recuerdo que, en esa misma línea, José Antonio leyó este poema de Miguel en el Congreso de los Diputados con motivo de la comparecencia de Aznar sobre la posición del Gobierno ante el ataque a Irak:


                 Mataos,
                 Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
                 Invadid con vuestro traqueteo los talleres, los navíos, las universidades,
                 las oficinas espectrales donde tanta gente languidece.
                 Triturad toda rosa, hollad al noble pensativo.
                 Preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte...
                 Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas,
                 pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
                 ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.
                 Asesinaos si así lo deseáis,
                 Exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
                 Que jamás asiréis un fusil de bravura.
                 Asesinaos pero vosotros los inquisitoriales azuzadores de la matanza...

                 Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,                                                                                            
                 Al campesino que nos suda la harina y el aceite,
                 Al joven estudiante con su llave de oro,
                 Al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
                 Y al hombre gris que coge los tranvías
                 con su gabán roído a las seis de la tarde.
                 Esperan otra cosa.
                 Los parieron sus madres para vivir con todos
                 Y entre todos aspiran a vivir: tan solo esto.
                 Y de ellos ha de crecer
                 Si surge una raza de hombres y mujeres con puñales de amor
                 inverosímil hacia
                 otras aventuras más hermosas.




           
                    Al final de su vida, toda la obra de Miguel Labordeta parece como un juego de espejos rotos que comienza con el título del primer poema de Sumido 25, "Espejo" y termina con el verso "tarde de juventud ya que nunca recobrada", de su último poema manuscrito. Una vida vivida a contrapelo por un ciudadano que rompe con todos los esquemas, con todos los corsés estereotipados de una provincianísima ciudad como la Zaragoza de aquellos años, donde discurre su quehacer vital y poético, para llegar a proclamar una poesía iconoclasta al margen del estereotipo, una insurrección del hombre aplastado por el signo de los tiempos para la que se presenta en mesiánica tarea de redención, durante una vida que fue consumiéndose en una soledad vencida sólo a veces por su explosivo humor, aunque llegara a gritar:

            LLORO PORQUE SÍ. Lloro porque puedo y porque soy hombre. Lloro por mí y por cualquiera. Por nada y por todo. Por los que van a las oficinas con sus lomos de perro. Por los que van a la guerra. Lloro por Dios, por la raza humana perdida en las estrellas. Lloro por lo que pude ser, por lo que fui, por lo que no seré nunca. Por los que no nacieron aún, por los vivos, por los muertos. Lloro como un mendigo roto. Lloro por todo lo que ocultamos, tremendamente precioso, mientras matamos esta fuga, duda brevísima, en engañar, en ocultarnos, en chuparnos la calavera tras despreciados centavos, hasta que aquel lírico secreto maravilloso se corrompe y se transforma en cáncer apestoso. Lloro por mis enemigos, por las fuertes financieras y las pobrecitas hormigas. Lloro por los que nuna tendrán una mano que les lave la frente con su amor. Lloro por las noches de otoño, cuando un ataúd cruza los caminos. Por los enamorados y por los ebrios de tristeza y por los triunfadores y por los felices. Y mientras muero en el frente, vestido de guerrero romano, tras todo un día cumpliendo bajo el sol, a las nueve de la noche, cuando mi buena madre pone las albóndigas en la cocina del restaurante y mi pobre padre vigila los comedores desiertos, muero, muero y sollozo por todas las muertes, por todas las vidas, porque soy hombre y porque tú nos has abandonado mi tierna Berlingtonia amada. Y sobre todo, lloro, lloro por ti, eterna mía Berlingtonia amada inexistente.

Gime mi corazón. Gime de oro soñador perdido.

                                                                              ("Abisal cáncer", Obra completa, 1983)




                     Miguel Labordeta se adelanta a la aparición de nuevas promociones de poetas con el hallazgo de una nueva estética expresiva única, radical, humana, emocional, revitalizadora, de corte barroco-romántica, en la que el "náufrago que amó las estrellas" propone que la vida nos salva de la muerte y a la vez la muerte nos salva de la vida, que el desgarro vital de la identidad individual ( pero nadie me dice quién fui yo) en un mundo a la deriva se resuelve quizás en el enigma de "la terrible necesidad de infancia que pide ser colmada", como dijo André Breton y se detecta en tantos escritores. Con Miguel Labordeta, Aragón empieza a ocupar un lugar preferente en la poesía del siglo XX, iniciando un magisterio indudable que inaugura una tradición de poesía libre, audaz, regeneradora, inextricablemente pegada a esta tierra. Poesía del ayer, siempre nueva y permanente. Poesía para hoy de un hombre de palabra (como el otro Miguel), profundo espíritu crítico y canto libertario: Miguel Labordeta.

                                     
        
                                                  
                                          
                                           



                                                     El poeta.  Canta José Antonio Labordeta      
                     




                         


                         


                        


                         


                           

                        

miércoles, 3 de febrero de 2016

Regreso al territorio. RAMÓN J. SENDER

                                 
                                    Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas.

                                                                       Miguel de Cervantes (El Quijote)



                                    "Cualquiera que sea mi suerte en el lugar bueno o malo a donde me lleve..., me gusta pensar que siempre seré aquel chico de Huesca un poco tonto y un poco loco de los años veinte".
                                               
                                                                                           Ramón J. Sender


                                   
                                      Tres semanas después de la boda volvieron Paco y su mujer, y el domingo siguiente se celebraron elecciones. Los nuevos concejales eran jóvenes, y con excepción de algunos, según don Valeriano, gente baja... Al saber esto Paco el del Molino, se sintió feliz, y creyó por vez primera que la política valía para algo.

                                                                            Réquiem por un campesino español



                          Un 3 de febrero de 1901 - hoy se cumplen, pues, ciento quince años-, nacía en Chalamera (Huesca), Ramón José Sender Garcés, el mayor escritor aragonés del siglo XX y uno de los primeros narradores españoles de referencia indispensable cuando se trata de la vinculación de lo español al pensamiento más globalizador. La mayor parte de su vida vivió muy lejos de su tierra natal , aunque sin perder contacto sentimental con ella: sabía que la verdera patria del hombre -el lugar de un hombre- es su infancia y la suya había sido sucesivamente Chalamera, Alcolea de Cinca, Tauste, Caspe, Alcañiz, Zaragoza, Huesca, la sierra de Guara o Monte Odina, y por eso los hizo perdurar bellamente en su memoria -a veces como enclaves mágicos-: de ahí el localismo trascendido de su amplísima y variada obra en géneros, temas, estructuras y estilos, muy propicia para la traducción a otras lenguas (es uno de los novelistas más traducidos junto a Cela y Delibes después de Cervantes). Sender guardó con amor el recuerdo físico y moral de su tierra aragonesa pero se sintió libre y del mundo, por eso es un clásico de la literatura universal de todos los tiempos y fue propuesto para el premio Nobel, tras alcanzar el Premio Nacional de Literatura (en 1935, por Mister Witt en el cantón). Los estudiosos más señalados de su figura, con José-Carlos Mainer a la cabeza, reivindicaron convenientemente su exclusividad poniendo en valor y reconocimiento uno de los grandes nombres del patrimonio aragonés con ocasión de su centenario. Continúan la labor en esta línea la Universidad de Zaragoza, que ha editado recientemente su obra de teatro completa, así como el Centro de Estudios Senderianos del I.E.A. oscense. Y la editorial "Libros del Asteroide" acaba de presentar Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas, que recupera el reportaje que en 1934 realizó Sender sobre la represión en Casas Viejas (Cádiz), un relato que alimentó la leyenda negra contra Manuel Azaña y contribuyó a su dimisión al frente del Gobierno tras la muerte de 25 campesinos anarquistas, un texto fundamental del periodismo español del siglo XX. Asímismo, el escritor Javier Barreiro ha descubierto la primera publicación a nivel nacional Cocoliche y Tragavientos, firmada por "Sendercito", ficción cómica infantil formada por seis cuadernos aparecida en la revista "Charlot". Se trata de una especie de "guion de una novela gráfica" en tiras cómicas que escribiría con 16 o 17 años, seguramente en unas Navidades pasadas en Caspe, en la que destaca más precisamente el texto que las ilustraciones, realizadas por un dibujante de la revista. Javier Barreiro encontró este trabajo recientemente en una librería de Barcelona, de cuyo hallazgo y análisis da cuenta convenientemente en la revista "Turia".


                        En los tiempos convulsos actuales, y a pesar de que el contexto histórico difiere por fortuna del vivido por Sender, su compromiso vital ejemplificador, su integridad, y la coherencia con el desarrollo ideológico que mantuvo desde niño, merecen de nuevo la evocación: vivió las luchas sociales de su época padeciendo un largo exilio de 43 años hasta su muerte en Estados Unidos donde sobrevivió sintiéndose un perseguido político y con el permanente recuerdo de su primera mujer, su hermano y otro ilustre oscense, su amigo Ramón Acín, fusilados vilmente, porque la de Sender es una historia individual y una historia colectiva. En las Conversaciones con Marcelino C. Peñuelas reflexionaba:

                               Me doy cuenta de aquello de los griegos cuando condenaban a un hombre al exilio y le daban a elegir entre el exilio y la muerte. Cuando yo leí eso a los treinta años pensaba: ¿cómo es posible? Con lo interesante que es el mundo, correr por él y verlo... Pero después, al llegar a mi edad y haber estado en la mayor parte del mundo que podemos considerar interesante, se da uno cuenta de que tenían razón.

                        Ramón J. Sender ofreció el testimonio del hombre ante la injusticia social y política -que conocía personalmente por haber pasado por la cárcel, la guerra, un campo de concentración, la utilización partidista de unos y otros, y hasta la "caza de brujas" americana (que le obligó a firmar un manifiesto anticomunista declarándose apolítico para preservar su supervivencia)-, en las novelas, prensa de todo color y en su pintura, como un claro exponente de la rehumanización del arte que modernizó las concepciones artísticas del momento. La guerra civil española acabó con la ilusión de cambio y renovación de la sociedad produciendo un exilio masivo que supuso una fractura total en la evolución de la cultura española, que se vio privada de importantes nombres. En la literatura, la ausencia de escritores como Juan Ramón Jiménez, Salinas, Guillén, Cernuda, Ayala, Aub, María Zambrano, Larrea, Alberti..., la férrea censura y el control ideológico gubernamental explican que, salvo excepciones (Dámaso Alonso, Aleixandre, Cela, Buero o Torrente), lo mejor se publicó fuera de España. Así ocurrió en el caso de Sender. 

                       Alcolea y Tauste fueron testigos de la infancia de Sender. Los dos pueblos conforman en parte el escenario de Crónica del alba (una bildungsroman o novela de aprendizaje del protagonista José Garcés -el propio nombre de Sender), aunque el tratamiento literario conduce a una superposición de ambos, creándose así lo que denominó el territorio: espacio mítico del mundo novelesco relacionado con su pasado, un "espacio novelístico" imaginario de alguna manera. Con él recupera el mundo idílico de sus primeros años infantiles y de la adolescencia, un mundo generado desde el exilio en el que parece buscar un enraizamiento deliberado en su tierra natal, es el "realismo mágico" de Sender. Se trata de unos recuerdos sin pretensiones de exactitud, evocadores de paisajes, anécdotas y personajes, que, en sus últimos años se detallan en una serie de libros de memorias. Los materiales de su experiencia vital se organizan de una manera instintiva según posean una utilidad literaria: la memoria retiene lo que merece la pena ser recordado, y esto le facilita la reutilización y trasvase de una obra a otra de los componentes tanto autobiográficos como imaginativos que acomoda y reorganiza según va madurando su obra: este es el "imaginario" senderiano, subrayado por los aragonesismos léxicos o semánticos. La geografía aragonesa en las novelas de Sender no siempre es realista, sino que responde, pues, a una síntesis poética, ejemplo de la capacidad mi(s)tificadora del escritor:

                "Para mí no existe la nación, sino el territorio y el mío es Aragón y a él me atengo".


                  "La aldea estaba cerca de la raya de Lérida, y los campesinos usaban a veces palabras catalanas": se ha aceptado esta afirmación, por tanto, pensando en Alcolea, lo que parecía confirmarse por elementos topográficos -saso, pardinas, ontina- propios de la tierra llana y algún dialectalismo característico. Sin embargo, esta localización entra en conflicto con la cronología (la reflexión en este caso va referida a Réquiem por un campesino español). La incongruencia se explica desde el universo narrativo del autor, en el que elementos paisajísticos, lingüísticos y culturales forman esa geografía inventada, en la que se integran los lugares más significativos de su primera juventud, territorio que adquiere su máximo desarrollo en la obra del exilio relacionada con su pasado, procedimiento que ya apuntaba en su primera novela Imán y que nos invita a recordar a Valle-Inclán y su Galicia mítica, la Comala de Juan Rulfo, Macondo de García Márquez o Yoknapatawpha de Faulkner. Así contesta a la pregunta de Francisco Carrasquer acerca de qué ciudad escenifica el Réquiem: "Es una aldea imaginaria hecha con memorias líricas y dramáticas de Alcolea, Chalamera y Tauste y de tantos otros lugares donde viví (siempre en Aragón)". No cabe plantearse por tanto una identificación exacta del lugar. Por otra parte, Antón Castro aclara que Crónica del alba tiene el mérito de convertir Zaragoza en una ciudad literaria de primer nivel, algo que harían años después con gran fortuna José María Conget, Cees Noteboom, Félix Romeo, Alfonso Zapater, Félix Teira... Tal vez arrojen luz a esta actitud de Sender sus propias palabras:

                      A mi mujer la mataron los fascistas y luego resultó que los comunistas estalinistas querían matarme a mí, en Francia. Yo necesitaba vivir para mis hijos. Y los tres nos salvamos, de milagro. Hasta hoy. Uno ha vivido desde entonces en la frontera. No la frontera geográfica sino la otra, la que separa la vida de la muerte. Al borde del abismo.... Al borde del precipicio vivo todavía, ahora,... con mis niños... Y aquí estamos los tres. Yo soñando con el pasado y ellos con el futuro. En una frontera sin aduanas ni policías... En la frontera que todos cruzamos cada día.


                    El clima político que se vivía en España durante el exilio de Sender no era especialmente propicio para su retorno ni puntual ni definitivo. Además, impuso como condición para volver la edición no censurada de sus obras. En 1965, la editorial Destino publicaba  El bandido adolescente, sucediéndose diferentes títulos importantes como Crónica del alba mientras se aprovechaba la "apertura" cultural instada por el entonces ministro de Información, Fraga Iribarne; no obstante, sus obras más conflictivas como Réquiem, El lugar de un hombre o Imán seguían censuradas. En 1963 se jubila como profesor aunque sigue impartiendo cursos extraordinarios en distintas universidades americanas. En 1967 se le concede el Premio de Novela Ciudad de Barcelona por Crónica y en 1969 -año de una amnistía política- obtiene el Planeta por una obra de escasa trascendencia literaria, En la vida de Ignacio Morel. En 1975, la censura libera definitivamente su obra y en 1980 solicita la nacionalidad española renunciando a la estadounidense. Fallece en San Diego (California) dos años después. Sus cenizas, según sus deseos, serán aventadas en el Pacífico.


                  En la primavera de 1974, tras treinta y cinco años de exilio, Sender regresa a España en un primer viaje que levantó una fuerte polémica. Lo hace a Barcelona acompañado en calidad de secretaria, enfermera y amiga, por Luz Watts, su antigua alumna. Volvía de París, donde había asistido al rodaje de la versión de su novela El rey y la reina. Sabía que iba a sobrevolar los Pirineos y quería adivinar los primeros valles aragoneses. Entonces entonó una jota por lo bajo mientras lloraba de la emoción. Fue a recogerlo el escritor José Luis Castillo Puche, que le acompañó durante su estancia de veintiún días según un programa organizado por la Fundación Mediterránea que corría con todos sus gastos. Tantos deseos tenía Sender de venir a España que no se ocupó de averiguar que estaba en manos de una empresa del Opus Dei; de haberlo sabido, quién sabe la reacción que habría tenido... Aunque siempre se mostró pacífico manifestando que no estaba contra nadie ni quería resucitar fantasmas del pasado. Tan sólo deseaba ver su tierra, pisarla, confundirse con ella y hablar con los suyos.


                   Los periodistas buscaban declaraciones comprometidas pero no lo consiguieron. Incluso Sender llegó a afirmar que renegaba de alguno de sus libros anteriores como Siete domingos rojos, pero seguramente se trataba más de una táctica defensiva que de una convicción, o de miedo ante la presencia en su hotel de personal de seguridad, que a quien realmente vigilaba era al entonces ministro de Hacienda, Antonio Barrera de Irimo. Llevaba fama de intemperante y cascarrabias, pero a mí me pareció más bien que su mal genio respondía a una coraza con que defender la ternura de su corazón, su sensibilidad y el exceso de emociones, y también a su condición de asmático, que le hacía contener su respiración agitada. Además, poseía un sentido del humor finísimo, el mismo con el que dotó de comicidad a muchas de sus obras. José-Carlos Mainer lo definía como el hombre de los "prontos" (o de los "barruntos", como el Sabino de "El lugar de un hombre"), pero fue también el hombre que se vio desposeído de todo: territorio, afectos, idioma. Apenas le quedó otra cosa que el recuerdo de la infancia y la nostalgia de los héroes solitarios, los que dibujó José Luis Cano en el certero SENDER y sus criaturas. En cualquier caso, no le faltaban motivos para ser así tras una penosa vida de lucha y trabajo que no le había dado más compensaciones -aun siendo un escritor prestigioso y reconocido- que las de seguir igual para subsistir en un humilde apartamento de San Diego en el que debía arreglárselas él solo pues su amiga Luz Campana no podía atenderlo demasiado, ya que residía en Los Ángeles con su esposo, el prestigioso abogado Mr. Watts. Camilo José Cela lo visitó allí y después comentó no sin cierta malicia: "Entré al servicio a lavarme y preferí secarme con el faldón de mi camisa". Aquella visita motivó a Cela a invitarlo a su casa de Palma de Mallorca, donde Sender le sugirió -con poco tacto- lo bien que vivían los escritores fieles a Franco. Así que no es extraño que en determinados casos y con según qué personas, su temperamento se sublevara fácilmente. La Fundación Mediterránea quiso celebrar el acontecimiento de Sender en España organizando una conferencia sobre sus recuerdos, en la que fue anunciado como "futuro premio Nobel". Cuando lo escuchaban expectantes, empezó a disertar sobre la Atlántida, yendo del mito a la realidad, de la leyenda a la historia, con abundancia de datos y bibliografía, mientras el público no daba crédito. En Barcelona pasó tres días con su familia, dedicándose a satisfacer su curiosidad por la situación española, sin que llegase a pronunciarse ni una vez sobre el tema ni a favor ni en contra (se traía la lección muy bien aprendida para no comprometerse en sentido alguno).


                        Por fin, se dirigió a Zaragoza. Al llegar a Fraga, su mirada se perdió en la ribera del Cinca hasta que se detuvo en un punto fijo: "!Allí está Chalamera!, y aquello que está en lo alto son las Ripas de Alcolea!", exclamó emocionado. Sobre las Ripas estaba El lugar de un hombre, el mismo desde el que Pedro Saputo predicara sus proezas, que no cumplió, según la descripción de Braulio Foz. Sin embargo, Sender no pudo visitar esos lugares en esta ocasión. En Bujaraloz fue homenajeado por Luis Horno Liria (crítico literario de "Heraldo de Aragón), Santiago Lorén (premio Planeta) y Eduardo Fuembuena, creador del premio de periodismo "Ramón J. Sender" en el periódico "Aragón Exprés". En Zaragoza impartió conferencias y asistió a múltiples visitas a instituciones y a homenajes multitudinarios. No entró en política, lo que originó el reproche de algunos intelectuales aragoneses que criticaron el hecho mientras que a él lo único que le importaba era sentirse feliz en su tierra. Enrique Lascaso, sabedor de la otra faceta artística de Sender, la pintura, le obsequió con un dibujo de Alcolea de Cinca, en el que de pronto, observó que una reja había cambiado: hasta ese punto llegaban sus recuerdos del pueblo de sus mayores y suyo también, aunque naciera accidentalmente en Chalamera, donde su madre ejercía de maestra.

                       En el trayecto a Huesca, mostró el deseo de visitar un pueblo de colonización para conocer de cerca cómo se había llevado a cabo la transformación de la tierra, y se detuvo en Ontinar de Salz, primer núcleo urbano que se creó en el antiguo desierto de la Violada. En Huesca prefirió ver la calle y el edificio donde residió su familia antes de acudir a la conferencia prevista, a la que llegó muy tarde ("!Que esperen!"), deteniéndose en la evocación de las habitaciones a las que correspondía cada ventana o balcón. Ya en la charla, miró al público y de inmediato se levantó: "!Vámonos, aquí no hablo! No puedo hacerlo estando aquí presente el asesino de mi hermano, lo he visto entre el público". Resultó que el hombre señalado era a su vez hermano del que había participado en el fusilamiento de Manuel Sender Garcés, aunque él nada había tenido que ver con aquel desdichado y trágico suceso. Particularmente grato fue el encuentro con un antiguo redactor de "La Tierra", periódico de la Asociación de Labradores y Ganaderos del Alto Aragón, que tuvo como director a José Sender, padre de Ramón, del que sería más tarde redactor jefe. Sólo ahí habló de política, pero para rendir tributo al recuerdo como algo pasado, impregnado de nostalgia. Carmen Sender se llevó a su hermano a Altea (Alicante), y Ramón Sender llegó a confesar que cuando arreglara sus cosas pendientes en América -en 1946 se había hecho ciudadano de Estados Unidos, después de su dilatada época mejicana- regresaría definitivamente a España y que se quedaría quizás a vivir en la costa alicantina, un bello sueño... Tras pasar por Madrid, se fue lleno de promesas y buenos deseos y con el asma mejorada...


                        Más tarde, en el prólogo al libro de Alfonso Zapater, Aragón, ruta de la sed, relataría:


                                  Yo recuerdo haber escrito una narración recientemente autorizada en España -Réquiem por un campesino español-, recuerdos de mi infancia, cuando ayudaba al cura de mi pueblo a llevar la extremaución a un agonizante que vivía en una cueva. Era invierno y no había fuego -sólo unas piedras en el suelo sobre cenizas frías- ni agua. Ni aire apenas. En cuanto a tierra, la única que iba a tener aquel pobre jornalero agonizante era la de la sepultura (que ni siquiera sería suya, sino una "fosa común"). Yo creía que todo eso había desaparecido en los últimos cuarenta años. En la era en la cual el hombre viaja a la luna y es capaz de colonizarla (aunque no hay en ella ni agua ni aire), los seres humanos tienen que comprar en mi tierra natal el agua para beber, a pesar de tener a veces el río a doce kilómetros de distancia. Uno no acaba de comprender. ¿Es que el capitalismo español es incapaz de construir canales y acequias, o conductos de doce o quince kilómetros, mientras en otros países (California, por ejemplo) se hacen de tres mil kilómetros, sin alarde alguno y como la cosa más natural? Ya sabemos que en España los ingenieros pueden hacerlo también, pero ¿por qué no lo hacen?: "No es rentable". ¿Pero hay renta mejor para todos que una conciencia tranquila y un poco de contento en el corazón viendo también como gozan de ello nuestros amigos y vecinos? Ni siquiera los cafres sufren esas miserias, porque hace tiempo que en Suráfrica las han resuelto.

                      Sender se refería al increíble destino de los Monegros del Alto Aragón, que él esperaba ver resecos y agonizantes, y sin embargo se le mostraban tamizados de verde un mes de junio de casi cuarenta años después, pero no porque los riegos los hubieran redimido por completo, sino por los efectos de la lluvia oportuna caída sobre los sembrados, con los trigos lozanos y las cebadas, más adelantadas, empezando a dorar ya para la siega.






                     Fallecido Franco, Sender regresó a España en 1976 aceptando la invitación de Camilo José Cela para pasar unos días en su finca "La Bonanova". No terminó bien la relación de los dos escritores. Cuando volvió a Zaragoza, Sender apareció con un pie escayolado. "Un mal paso", dijo sonriendo. Luego confesó su discusión con Cela, su diferencia de ideas y opiniones, "es un escritor de régimen". El propio Cela, por su parte, dio su versión: "es un desconfiado, hasta el whisky se ha traído metido en la maleta porque no quiere beber del nuestro, pues dice que está falsificado. Ya he tenido que aguantarlo bastante con sus manías de viejo verde, persiguiendo a mi mujer e intentando meterle mano...". Tras una buena comida, Sender se puso insolente, y comentó las ventajas de haber vivido de colaboracionista con Franco, a diferencia de otros como él que habían sufrido las consecuencias del exilio por no haber querido doblegarse al dictador. Cela se defendió criticando la política y la falsa moral de Estados Unidos, con los que Sender se avenía tan bien, ya que incluso justificaba hechos tan lamentables como haber arrojado la bomba atómica. Se cruzaron los insultos, cada vez más duros y elevados. Sender llegó a tirar del mantel de la mesa cayendo la vajilla al suelo, hasta que Cela no pudo contenerse y le echó las manos al cuello: "aquel día me di cuenta de que podía haberlo matado". Sender se fue a recoger sus cosas para irse, y entonces resbaló y cayó por las escaleras fracturándose el tobillo.

                   Se equivocó Cela invitando a Sender, sin duda movido por la notoriedad que en ese tiempo rodeaba al escritor aragonés, por el afán de apuntarse un tanto. Y también Sender aceptando la invitación del más relevante escritor del momento. Eran caracteres opuestos; nada les unía excepto su vocación literaria y su condición de artistas. Por lo demás, es posible que Cela exagerara en lo referente al acoso a su mujer, Rosario Conde, una mujer ya entrada en años y enferma. Aunque según los testimonios de los que pasaron bastante tiempo con él, coinciden en manifestar que a Sender le apasionaban las mujeres, casi todas o todas... En San Diego alternaba con grupos de jóvenes con los que se iba de bares y discotecas, siempre rodeado de mujeres, a las que se le iban las manos instintivamente más de la cuenta, pellizcándolas y haciéndose luego el desentendido para que las culpas se las llevara quizá el amigo de turno más cercano. Era su forma pícara de divertirse. Antón Castro lo califica como "un solitario cazador de corazones, un volcán de deseo, pero carecía de talento y capacidad para retener a las mujeres a su lado". En cambio, fue capaz de crear grandes personajes femeninos, como Valentina o su amiga Milagros Guerrero, que aparece en Crónica y que "le desordenó las emociones". Se casó tres veces, mantuvo otras relaciones y aún de anciano seguía estremecido por la belleza de las muchachas jóvenes, de las chicas de instituto...Tuvo siempre vocación de seductor, fue enamoradizo y obtuvo sus éxitos. En palabras de Antón, "era un fauno irreductible".

                    En noviembre de 1976, Sender expuso su pintura en la galería Multitud de la calle Claudio Coello de Madrid, asistiendo a la muestra antes de la clausura. Quizás sea la de pintor su faceta menos conocida. Así justificaba su vocación pictórica: "Yo hace algunos años que pinto para mí mismo, porque encuentro en la pintura elementos de expresión que completan los de mi novela, la poesía, el teatro o el ensayo. Se trata de crear formas de armonía estable con cada una de las cuales establecemos un fortín de defensa contra el vacío agresor. ¿Es perfecto ese fortín? Es eficaz y nos basta. La perfección no existe en este mundo. Nada hay en él perfecto sino la muerte interior  que suele anteceder a la otra y a ella nos empuja la agresión de ese vacío. Como me asomo a la vejez, tengo necesidad de más diques. Yo no pensaba exponer estas pinturas, pero no caben en mi casa y quiero seguir pintando. Si no las compran, me cambiaré de casa, buscando otra que tenga muros más anchos y libres y seguiré peleando contra el vacío invasor como he peleado con mis libros y con otras formas de reacción".



                                                                                  Pintura de Ramón J. Sender
                               

                   Se trata de una pintura entre lírica y surrealista, aunque hubo una primera etapa en la que rindió culto al cubismo; importan el símbolo y la intención por encima de todo en su variada temática. Para él, la pintura era una actividad más vital que la vida misma, dotada de esencialidad. En esta exposición, figuraban también cuadros de Alberti, García Lorca, Galdós, Moreno Villa y Cela. "Hay colegas a los que admiro -confesaba-, como Buero Vallejo o Alberti. Tengo la impresión de que si aprendo en una academia, lo que hoy es una broma divertida se convertiría en un oficio con sus leyes, reglamentos y normas profesionales, es decir, en una disciplina. Me gusta pintar y ver que de pronto aparece "una promesa misteriosa" que puede alcanzar alguna clase de calidad lírica. Me gusta tanto como la buena música, pero no sé por qué me he resistido siempre a aprender a pintar. Creo que si supiera no me divertiría tanto cuando pinto y hago pequeños o grandes descubrimientos por mí mismo. Como es natural, mi pintura es una prolongación de mis novelas y de mis versos".

                   Pintaba sus amuletos, como conjuro para liberarse de la muerte. Consistían en curiosos objetos como una tabla de embalaje, un trozo de mueble, una cerámica rota, una llave... que quizá habían tenido que ver con su vida. También "efemérides de calaveras", retratos con gatos, gaviotas y otros animales, y autorretratos con ardillas y cuervos. Siempre le había gustado un retrato que le pintó Picasso y nunca había conseguido que le regalara: un día le dio "el pronto" y lo copió con firma y todo. Su afición a la pintura le sobrevino en Nueva York cuando compró una casa que poseía varios cuadros naturalistas del pintor alemán Von Hassler. "El dueño de la casa me dijo, para animarme a comprar, que los dejaría allí y que su autor era un verdadero genio. Cuando le pregunté cómo lo sabía, respondió contundente: Porque siempre está borracho. Me sorprendió descubrir que aquellas telas hubieran producido también cierta embriaguez en un hombre sencillo y práctico como el comerciante que me vendió la casa, por lo que se convirtieron bajo mis pinceles en amuletos eficaces".




                                                                                 Pintura de Ramón J. Sender


                  En Zaragoza, expuso en la galería Berdusán con una muestra a la que no pudo asistir, pero sí volvió ese mismo año, 1976, tras su estancia en Palma de Mallorca y posterior visita a Madrid. En esta ocasión pudo acercarse a la ribera del Cinca, pisar la tierra amada y regresar a su territorio, asistiendo al homenaje de Chalamera, en unas jornadas apoteósicas muy distintas a las vividas por esta población cuando se apuntaba el proyecto de crear una central nuclear y se cantaba de forma reivindicativa: "En Chalamera, con Chalamera, venimos a cantar; en Chalamera, con Chalamera, !no queremos central!". Y siempre en su pensamiento el permanente recuerdo de Alcolea: "En toda mi obra literaria está presente Alcolea y toda la ribera del Cinca, aunque nada de ello se manifieste para el lector ignorante". También en ese momento nos habló del premio "Planeta", que había ganado con la novela La otra vida de Ignacio Morel, que él mismo consideraba mediocre. La editorial le ofreció el premio en San Diego cuando apenas había oído hablar de él. Debía de presentar un original inédito para el caso y aunque se mostró agradecido, alegó que no disponía entonces de ninguno. Ante la insistencia, y proponiéndole que escribiera lo que quisiera con la promesa de una edición de doscientos mil ejemplares, le hizo tanta ilusión la posibilidad de tener tantos lectores en España que recordó un ejemplar original olvidado en un cajón, que no le gustaba mucho. Según Sender, lo entregó a la editorial para que lo dejaran en paz. De esa forma, servido a domicilio, conquistó Ramón J. Sender el premio "Planeta" de novela, del que no se sentía orgulloso, aunque lamentaba no haber valorado suficientemente, un poco por ignorancia y otro tanto por la prisa que le impusieron, la importancia de tal reconocimiento en el mundo literario español, al margen tantas veces de la propia calidad de la obra.



                           Se cumplen cuarenta años de su último regreso. Y me resulta especialmente estimulante comprobar que las palabras de un escritor de esta tierra y del mundo -el lugar senderiano de un solitario-, siguen más vivas que nunca y pueden ilustrar algunas de las grandes elecciones que han hecho de la gran literatura del siglo XX un testimonio inolvidable, por ejemplo, la denuncia de la guerra, la grandeza consoladora de la memoria personal, la afirmación del valor supremo de la vida humana, la estremecedora idea de que todos podemos ser perseguidos sin motivo, el análisis de la libertad individual o la percepción de que una novela histórica es siempre una metáfora del tiempo presente:




                                 " YO CREO QUE MIS LIBROS TIENEN, SÍ, ALGÚN ACENTO  REVOLUCIONARIO GRACIAS AL CUAL SUPONGO QUE CRECERÁN EN EL FUTURO.  HABRÁ PRONTO, QUIZÁ DENTRO DE CUARENTA U OCHENTA AÑOS, UNA EUROPA  ORGANIZADA SOBRE BASES DE SOCIALIZACIÓN. Y EN ESE SENTIDO MIS  MODESTOS LIBROS FORMARÁN PARTE QUIZÁ DE LOS CLÁSICOS DE ENTONCES".
  

                                                                                                                            (1969) 












                             
                 

                 

                 

                               



                     

                 

                 

                 

                                                                                             






                   




sábado, 16 de enero de 2016

MUJER Y TOROS

                           



                                                  Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia.

                                                                                 SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL




                            Bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre los dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde.

                                                                  Miguel de Cervantes (El Quijote)



                                "Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad. !Cuando las cosas llegan a los centros, ya no hay quien las arranque!"

                                                                 Bodas de sangre, F. García Lorca


                                "Mi memoria taurina es mi padre. Él me hizo aficionada a los toros y aprendí que un buen aficionado siempre ve algo, un detalle, un momento, aunque la corrida sea aburrida..
."

                                                                                  Almudena Grandes

                         




                                         Suele desconocerse el impacto económico de las actividades relacionadas con la tauromaquia en el PIB español. A pesar de que el Estado reconoce en los toros "un Patrimonio digno de protección en el territorio nacional", son escasas, por no decir, inapreciables, las ayudas concedidas, mientras que, por el contrario, el beneficio producido es tal que supera con creces a los ingresos que generan otros campos vinculados a la cultura, si exceptuamos el deporte. Los últimos estudios realizados tanto por la ANOET, la Universidad de Extremadura, o el propio lobby antitaurino como es el caso de ERC, así lo confirman. El Producto Interior Bravo o taurino duplica el valor de la producción de la industria española del tabaco y triplica el de la fabricación de ordenadores y equipos periféricos. La Administración grava al sector taurino a través de impuestos, tasas y cotizaciones sociales, lo que no hace con otras industrias culturales, mientras que obtiene tres veces más de recaudación que con el conjunto de las artes escénicas, por ejemplo, como consecuencia de la creación en el ámbito taurino de miles de puestos de trabajo directos e indirectos en amplios sectores de la economía española.


                     En tal complejo escenario y en el contexto tradicionalmente masculino - y demasiadas veces, machista- del universo del toro, la mujer ha formado y forma parte desde hace cientos de años de la realización de múltiples funciones en el marco taurino -con más protagonismo del que se le reconoce-, en ocasiones superando todo tipo de obstáculos en el camino, sobre todo cuando ha desempeñado la labor de torera (la RAE define el término como "persona que por profesión ejerce el arte del toreo"). Pero ahí están también las mujeres empresarias, ganaderas, periodistas, fotógrafas, veterinarias, modistas o sastras, profesoras de escuelas taurinas, historiadoras, poetas y novelistas (por citar algunos de los campos en los que contribuyen a hacer historia de la tauromaquia). Se pueden recordar importantes escritoras como Elena Quiroga, María José Barrera, Noelia Jiménez, Lea Kauffman y Fanny Rubio, que han reflejado este mundo junto a José Luis Sampedro, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Javier Aguirre, Ricardo Vázquez-Prada, Carlos Reyles, Fernando Quiñones, Guillermo Pilía o Henri de Montherland, que novelaron las peripecias taurinas en relatos de amplia extensión (pues los cuentos escasean, aunque sí se han escrito también romances en verso). En 2011 se llevó a cabo una exposición en Madrid "Una mirada femenina en el toreo", que homenajeó a las mujeres de vocación taurina que expresaron su sentimiento en distintas facetas. La escritora Muriel Feiner hizo lo propio en su obra La mujer en el mundo del toro, recibiendo la Medalla al Mérito Taurino de la Real Federación Taurina de España. Actualmente, distintas profesoras universitarias han realizado sus tesis doctorales y publicado libros de análisis e investigación sobre un tema que les apasiona, como Cristina Padín, Marilén Barceló y Olga Pérez.


                      En cuanto al toreo, desde siempre la mujer ha adquirido un papel relevante como espectadora y aficionada, pero como lidiadora tuvo que librar batallas con gobiernos y regímenes de distintos colores que atribuían al sexo masculino la exclusividad del toreo. Existía - y existe- además, el prejuicio de que la fuerza física del hombre era el elemento principal e imprescindible para la lidia de un toro, sin reconocer como fundamentales otros aspectos como los conocimientos técnicos, habilidad, destreza, dominio, decisión, valor e inteligencia, cualidades que han caracterizado a casi todas las mujeres entregadas a su afición y sensibilidad por el arte en una de sus manifestaciones estéticas esenciales y más emocionantes. Así, Ramón Pérez de Ayala ya escribía: "Un torero puede ser muy valiente y muy habilidoso y, sin embargo, no gustar, divertir ni emocionar, porque le falta algo: sabor, gracia, qué sé yo, un "quid divinum" que hace que las corridas de toros, además de ser tan repugnantes, bárbaras y estúpidas, sean tan bellas".


             Los antiguos ritos religiosos mediterráneos fueron trasplantados a la Península Ibérica (denominada más tarde metonímicamente la "Piel de toro"), dando lugar en su desarrollo histórico a las actuales corridas de toros. Se sabe que durante la Reconquista constituían el entretenimiento de la realeza, por lo que se calcula que los toros ya estaban incorporados a nuestras costumbres hacia los siglos IX y X. Quizás el documento más antiguo que así lo atestigua sea un cronicón de don Pelayo, obispo de Oviedo en el siglo XI, recogido en la Historia de Ávila del Padre Araiz, que dice:

                     
             E lo tal fecho, el señor Conde y la señora infanta, e Urraca Flores con Sancho Destrada e demás viajaron a la morada de Sancho Destrada, onde yacía el talamo e las tablas para yantar; detollidas las tablas, montaron en sus rozinos e viajaron al coso onde se había de festejar con lidias e torneos e lidiar toros... E Gometiza Sancha, fija de Martín Muñoz, iba e zaga, bien arreada y acompañada de la mujer de Fortún Blázquez e de Sancho Destrada, e montaron en un tablado, e los hombres montaron en otro, e se lidiaron ocho toros.


          Como se verá, ya entonces las mujeres eran espectadoras de excepción en festejos taurinos de origen caballeresco. La lidia a pie llegaría varios siglos después. Más que torear, se alanceaban toros. Lo recuerda Nicolás F. de Moratín: "Es opinión común a nuestra historia que el famoso Cid Campeador fue el primero que alanceó toros a caballo". El caballeresco ejercicio fue despertando tanta afición que el rey Alfonso de Castilla y León mandó escribir a Gonzalo de Argote y Molina la curiosa obra Discurso sobre el libro de la montería, en la que se dedica un capítulo a las "monterías de toros en el coso", uniendo así lo taurino a lo cinegético: "el correr y montear toros en coso es costumbre en España de tiempo antiquísimo, y hay algunas instituciones anuales, por voto de ciudades, de fiestas ofrecidas por victorias habidas contra infieles en días señalados. Es la más apacible fiesta que en España se usa". El citado Moratín recordaba que "durante el reinado de Felipe II se sabe que una señora de casa de Guzmán casó con un caballero de Jerez, llamado por excelencia "El Toreador". Don Francisco de Pizarro, conquistador de Perú, fue un rejoneador valiente. Felipe III  renovó y perfeccionó la plaza de Madrid en 1619, y también el rey Felipe IV fue muy inclinado a estas bizarrías". El aludido coso madrileño no es otro que la plaza Mayor, en la que cabían sesenta mil personas. Las crónicas de la época resaltan la presencia de mujeres en los espectáculos taurinos que en tantas ocasiones suponían un estímulo y acicate para los caballeros rejoneadores, dispuestos a desafiar el riesgo para ganarse la admiración de sus damas. Tal fue su expansión que hubo necesidad de una reglamentación a través de una "Reglas de torear" adecuadas para ese "ejercicio". La costumbre de alancear toros pasó de España a Italia y cuentan que hasta el mismo César Borgia la cultivó. Estos espectáculos inician su decadencia con el advenimiento de los Borbones, por lo que, en los albores del siglo XVIII, quedaron en manos del pueblo liso y llano. No obstante, Fernando VII funda el Real Colegio de Tauromaquia en Sevilla, posible antecedente de las Escuelas Taurinas actuales, en una decisión polémica, puesto que, por motivos políticos, se habían suspendido las actividades docentes en la Universidad.

             En la Cartilla de torear de Nicolás Rodrigo Novelli, publicada en 1726, ya se describen algunas suertes del toreo de a pie, y por los datos aportados, podemos deducir que este había nacido en Aragón en el siglo XIV: Carlos II de Navarra contrató a dos toreros de Zaragoza, uno cristiano y otro moro, para lidiar en Pamplona en 1387, mientras que, posteriormente, Carlos III llevó a Olite a tres lidiadores aragoneses. Más adelante, en las fiestas de Reus, se lidiaron quince toros a cargo de dos cuadrillas, una de seis toreros de Aragón y otra, de tres valencianos. Fue una mujer, María Martín, la que recogió aquel singular acontecimiento en el libro Relación de los sagrados alborozos en que prorrumpió la siempre insigne villa de Reus los días 25, 26 y 27 de septiembre de 1733, que demuestra cómo estaba calando en el pueblo el toreo, y es de resaltar el hecho de que, ya en aquella época, fuera una mujer la que se decidiera a escribir de unos espectáculos taurinos calificándolos nada menos que de "sagrados alborozos".

             El toreo fue evolucionando con sucesivas innovaciones en todos los aspectos, incluída la indumentaria. El vestido de luces nació inspirado en los trajes de la plebe, majos y chisperos, de fines del siglo XVIII, trocando la pasamanería y el azabache del vestido popular por bordados en oro y plata y profusión de pedrería. Y es que los toreros de a pie llevaban calzón y justillo de ante, correón ceñido y mangas atacadas de tercipelo negro para resistir las cornadas. Hasta que el diestro Cándido consideró que era un traje "poco galán" -refiere Estébanez Calderón-, introduciendo el vestido de seda y el boato de los caireles y argentería. Permaneció la coleta, eso sí, mechón de pelos que los toreros se dejaban crecer para tejerlo en los días de fiesta y añadirle una moña, hasta que llegó Juan Belmonte y acabó con esa tradición, cortándose la coleta y transigiendo únicamente con el añadido. La mujer tardó en vestirse de esta forma, porque inicialmente toreó con falda y alguna hubo que hasta se disfrazó para que le permitieran lidiar. ¿Hasta qué punto influirían las tradicionales sastras taurinas en las renovaciones progresivas de los vestidos de torear?, pues el caso es que siempre hubo más sastras de toreros que sastres, y tal vez influyeran sus gustos por los cambios en las modas y su reflejo en casi siempre modelos masculinos...


                 Por lo general, las mujeres que reinaron a lo largo de la historia de España fueron aficionadas y defensoras de los toros, si excluímos a Isabel la Católica que, desde Aragón, escribió a su confesor fray Hernando de Talavera: "allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, y no digo prohibirlos, porque esto no es para mí a solas". Gonzalo Fernández de Oviedo refiere cómo algunos cortesanos, para aplacar el disgusto de la reina, sugirieron que envainaran las astas de los toros en otras más grandes para que, vueltas las puntas hacia dentro, se templaran los golpes, en lo que ha sido visto como un antecedente del toro embolado. Sin embargo, la reina Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, tras hacer su entrada en Madrid procedente de Nápoles y asistir al agasajo taurino de rigor, manifestó "una gran satisfacción", "porque aunque los extranjeros, que no han logrado verla, juzgan cosa bárbara, la reina sentenció de muy diverso modo, conforme a la vivacidad de sus potencias, que no era sino diversión donde brilla el valor y la destreza", según señaló fray Enrique Flórez en Memorias de las reinas católicas de Castilla y León.

                Es sorprendente comprobar las justificaciones que en épocas pasadas se emitían como alegato en contra de los toros. En el periódico más importante del siglo XVIII, El Pensador, se podía leer que las incidencias que se producían en las plazas de toros " se reducen a la promiscuidad con que ambos sexos se acomodan en la plaza, a las apreturas y contactos sospechosos y a ciertas vislumbres y parciales descubrimientos que se ofrecen, según las mujeres suben en busca de sus asientos", donde sobra todo comentario. Más recientemente, el escritor Ernest Hemingway en Tarde de toros, achacaba la afición taurina de las mujeres a que "siempre van detrás de los toreros, unas veces por ellos mismos y otras por su dinero, y la mayoría de ellas por las dos cosas", afirmando "más cornadas dan las mujeres". Al hilo de este planteamiento, el torero Luis Miguel Dominguín confesó que casi todas las cicatrices de su cuerpo tenían nombre de mujer. ¿Quiere ello decir que un torero se arriesgaba más por agradar al público femenino? ¿O que el recuerdo de una mujer determinada como pensamiento fijo podía hacer que se distrajera en la plaza y quedara así a merced del toro? ¿O que una relación sentimental le haría perder facultades?...

                 Ramón Pérez de Ayala aclaró:

                            Por encima del valor y de la habilidad, que son cualidades comprobables por evidentes, están las cualidades estéticas, lo que en la jerga taurina se denomina estilo. La esencia del valor no está en el acto que se ejecuta, sino en el móvil que lo ha determinado. Es un acto de valor el que se ajusta a un concepto. Ser valeroso consiste en medir la vida por conceptos, que no en alardes seminales.

                 Es decir, que para ponerse delante de un toro no es preciso "tenerlos bien puestos". No es preciso...¡ni tenerlos!...

                 La primera referencia sobre una mujer torera procede de un escrito al Consejo de Castilla de 1654 y la imagen de una alanceadora aparece decorando un plato de cerámica de Talavera de la Reina. El toreo pie a tierra se desarrolló de manera menos relevante que el de a caballo en su vertiente femenina, quién sabe si por la prohibición tajante en sucesivas épocas, que impedía a la mujer bajar al ruedo como lidiadora. ¿Fue también Aragón la pionera del toreo femenino de a pie? La primera picadora de toros que se cita en la historia la inmortalizó Goya en la plaza de Zaragoza en uno de sus grabados: Nicolasa Escamilla "La Pajuelera"( Mariano Cifuentes recuerda que no toreó en esta plaza aunque Goya quiso que así constara en el lema de su Tauromaquia: "Valor varonil de la célebre Pajuelera en la Plaza de Zaragoza").


            En el siglo XVIII aparecen las "señoritas toreras", profesionales aprobadas en el reinado de José I Bonaparte. La crítica especializada volcó sus elogios en estas toreras que recorrieron en triunfo muchas plazas españolas y americanas. En 1778, José Daza menciona mujeres de procedencia y oficios varios presentes en el mundo del toro, por ejemplo, una que pasó la tarde toreando becerros con el hábito antes de meterse a monja. En 1774, Francisca García fue a Pamplona para actuar como rejoneadora y debió cursar una instancia al Ayuntamiento: "que por particular espíritu torea a caballo con rejoncillo y ha logrado muchos aplausos en los diez últimos años en Cádiz, Valencia, Murcia, Granada y otras capitales". Se le negó el permiso por no parecer decoroso. Y lo mismo al año siguiente. En esta época vestían de forma muy variopinta: de sultana, turca, aldeana, valenciana... Los escritores taurinos sentían una gran animosidad contra las señoritas toreras, que según ellos representaban una parodia del toreo y degeneraban los gustos del público.


                    Pero cuando el toreo femenino adquirió gran popularidad fue en el siglo XIX con las mojigangas, novilladas festivas de carácter carnavalesco. Se contrataban en cuadrillas, como la de "Las Noyas", en su mayoría catalanas. Se observan en grabados de la época como los de Gustavo Doré. Dolores Sánchez "La Fragosa" deja de torear con la faldilla corta y viste el traje de hombre con el que el toro se enganchaba menos. Llevaba cuadrilla de hombres. La que más fama alcalzó fue Martina García que tuvo que conseguir avales para hacer su primer paseíllo; a partir de entonces comenzó a circular como los toreros de cartel y su triunfo se extendió a las plazas más importantes de España. Los cronistas señalan que carecía de arte, pero suplía este defecto con extraordinario valor y permaneció en activo hasta los 64 años, hecho verdaderamente insólito, sólo superado por Pedro Romero. Otras lidiadoras de esta época fueron las oscenses Rosa Inard -que banderilleaba metida en un cesto- y Dolores Salinas "La Aragonesa".

                    Como consecuencia de su profesionalización, surge una oposición social al toreo femenino, que se ridiculiza y denigra. Algunos toreros se niegan a torear con mujeres o en plazas donde hayan toreado mujeres; así, Rafael Guerra "Guerrita" con "La Guerrita", hasta que llega la definitiva prohibición de Juan de la Cierva, ministro de Antonio Maura. Pese a ello, algunas continúan toreando, como "La Reverte", que fue tachada de "marimacho", y debió cambiarse el nombre por el de Agustín Rodríguez. Interpuso recurso contra la Real Orden y entonces se descubrió que no era un hombre, hasta que abandonó el toreo, cansada de presiones. También "La Atarfeña", que quiso mantener la memoria de su marido torero y cuando fue obligada por las fuerzas del orden a torear un novillo imposible, lo dejó para ser actriz en Hollywood...



                  La prohibición se levantó años más tarde pero por poco tiempo, si bien cada una de esas oportunidades sirvió para alumbrar nuevas toreras, con mayor o menor fortuna. Con la Segunda República, se produce un avance social en el reconocimiento de los derechos de la mujer, y en 1934 se autoriza de nuevo el toreo a pie femenino. Reaparece "La Reverte" con 60 años, y fracasa. En 1933, Juanita Cruz comparte cartel con Manuel Rodríguez "Manolete" y se convierte en un ídolo de masas, tanto en España como en Sudamérica, a donde emigra con la Guerra Civil. Juanita Cruz medía 1,56 cm y pesaba 43 kilos. Sus comienzos fueron casi clandestinos, aprovechando la vista gorda de los gobernadores, hasta que el ministro de la Gobernación exigió cumplir el Reglamento. Cuando se cambió al ministro, empezó a torear con gran éxito siendo la primera mujer que tomó la alternativa. Invito al aficionado -y también al que no lo es- a visitar su preciosa tumba en La Almudena de Madrid, un mausoleo del escultor Luis Sanguino con ella a tamaño natural brindando al cielo y la inscripción:

                   A pesar del daño que me hicieron en mi patria los responsables de la mediocridad del toreo de 1940 a 1950... !Brindo por España!




               Con la caída de la República, el toreo a pie de la mujer desapareció, aunque la prohibición legal se produjo en 1961. En cambio, renace el rejoneo femenino, en el que la figura más destacada fue Conchita Cintrón, a la que pronto le salieron imitadoras como Amina Asís, último y trágico amor de Juan Belmonte. En España sólo pudo actuar como rejoneadora aunque toreaba también a pie, y así lo hizo en su retirada con Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez, los tres artistas del más puro toreo. Triunfó en América, Francia y Portugal. Es cierto que algunas toreras de la época, procedentes de la farándula, brillaron más por su aspecto que por su seriedad. Otras, lucharon para levantar la prohibición del toreo a pie, como la torera Ángela, que inició un largo proceso hasta conseguirlo en 1974. Mientras, se toreaba a caballo en España y a pie en Francia. Además, encontraban grandes dificultades para alternar con sus colegas masculinos, hasta que se veían obligadas a dejar su vocación, cualidades y conocimientos para dedicarse a otros menesteres. A Maribel Atiénzar  le propusieron renunciar a la alternativa y torear sólo novilladas, así que se fue a París a estudiar Bellas Artes para ser con el tiempo una gran pintora y escultora. O Alicia Tomás, que había sido actriz, volvió a los escenarios al no poder superar los obstáculos que encontró como novillera.


                   Las Escuelas de Tauromaquia cambiaron algo el panorama con la aparición de nuevos nombres de toreros y toreras, desligados de las más tradicionales familias taurinas, aunque de forma insuficiente. Cristina Sánchez fue la primera mujer que salió a hombros en la plaza de Las Ventas, pero debió también soportar los desplantes, faltas de respeto y envidias de sus compañeros, que se negaban a compartir cartel con ella, alguno de los cuales llegó a manifestar "las mujeres, a la cocina". Tampoco encontró apoyo en el público, excesivamente conservador, ni en los organizadores que la ningunearon boicoteando su aparición muchas tardes de toros. Yolanda Carvajal se dedicó al atletismo siendo campeona de maratón, por las mismas razones, y a muchas otras les ocurrió algo parecido, como a Mari Paz Vega, que en 1994 salió a hombros por la Puerta Grande y por primera vez en Zaragoza, una plaza de primera categoría, aunque ella siempre declaraba: "Por el hecho de ser mujer lo tengo igual de difícil que mis compañeros, ni más ni menos, una cosa está clara: si no vales para el toreo, no vales, seas hombre o mujer"... La mejor torera de la historia de los últimos años, para algunos, es la mejicana Hilda Tenorio, también banderillera, que fue la primera mujer en tomar la alternativa y salir a hombros en la plaza más grande del mundo, la de Méjico, pero al final se encontró también con grandes problemas para seguir adelante. Aragón -que lleva en su ADN la virtud de la creación artística- ha tenido su presencia en este periodo con la gallurana Carmela, entre otras.


                       El arte taurino femenino ha sido recogido en la pintura, escultura y la literatura, pero es Picasso quien refleja la figura de la mujer torera de una forma más original y profunda, con el conjunto de catorce piezas de óleos, dibujos y grabados que mantuvo sin dar a conocer al público en su privacidad, culminado en La Minotauromaquia e iniciado en 1933 con el óleo "La Corrida: la muerte de la mujer torero" y que hay que analizar en función del contexto y la vida de Picasso. En estas obras, el toro, la mujer torero y el caballo son elementos simbólicos que representan al propio pintor, a su entonces amante Maríe Thérèse Walter y a su mujer Olga Koklova y los conflictos que tenía con ella. Por ese tiempo, Picasso y su amante mantenían una relación secreta y clandestina ya que ella era menor de edad (conocemos ahora el futuro de ese romance) y sentía como una pesada carga esa especie de trío amoroso del que entonces no podía salir, lo que plasma en imágenes taurinas sin que impliquen una alusión directa  a una corrida de toros, sino que se propuso contar su vida personal, una autobiografía pintada a través de su particular tauromaquia y mitología. De ahí que el toro aparezca antropomorfo -sereno y mirando con gran ternura a la mujer torero-, convertido en minotauro; la torera, desnuda, y el caballo encima de los dos como un peso inmenso que el toro se ve obligado a llevar sobre su lomo, pero sin representar contenido sexual -como anteriormente en Picasso-, ni morir entre las astas del toro, como en las corridas de toros. El tema artístico de la mujer torero entronca con distintos motivos de la mitología como el rapto de Europa y la iconografía de Goya con "El caballo raptor". Pero Picasso quiere expresar una situación que le preocupaba haciéndola visible y oculta a la vez: por eso lo enmascara bajo el tema de una corrida de toros que le parecía el más adecuado y tanto se acercaba a su pasión por lo taurino. El juego de los tres elementos le sirve para establecer una concepción estética diferente. En la última imagen de la mujer torero de 1935, aparece embarazada. Por cierto, este grabado se ha considerado el más importante de la historia de Picasso y en 2010 se subastó en un millón y medio de euros, récord mundial obtenido por un grabado en una subasta.


                     En el siglo XXI, la conquista de los derechos de la mujer ha evolucionado hacia la consecución de la plena igualdad con el hombre, aunque no sea así totalmente en todos los casos y ámbitos sociales, laborales y productivos. Se trata de conseguir que no haya diferencia de oportunidades por cuestión de sexo, y ser capaces de ver a todas las personas valoradas por su aptitud y su actitud. Si se quiere modernidad, la tauromaquia debe verse libre de recelos de todo tipo y no puede quedarse al margen de esa evolución, debe abrir las puertas a las mujeres que deseen libremente una participación activa en cualquiera de sus campos, y que el aficionado se acostumbre a ver a unas mujeres inconformistas y creadoras, vestidas de luces, si es el caso de sus méritos (las que en épocas pasadas habrían sido las "heroínas" de los grabados de Zuloaga o Benlliure). La historia de la tauromaquia - en la que épica, lírica y drama se abrazan- es como todas las historias importantes, una historia inacabada, poliédrica. El escritor Luis Landero refería hace poco que la tauromaquia "es belleza y horror, donde el torero crea una obra de arte ante un animal indómito. Inspira el mismo miedo y admiración profunda que lo más misterioso de la vida...". Puede que la presencia de la mujer posibilite y asegure la continuidad y el desarrollo de una sensibilidad cuyo sentido es -como suele decirse- "la verdad con amor". Para el aficionado: de arcoíris y oro puro...


                                 
                                                             Tania Libertad canta a Mario Benedetti
                                               
                                                                          ("La vida, ese paréntesis")