miércoles, 11 de mayo de 2016

CELA




                                     ¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas teniendo tanto que decir de las mías?

                                                                                     Miguel de Cervantes



                                     La muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino lo vivos.

                                                                                       Camilo José Cela
                                         




                                              El 11 de mayo de 1916 nació en Iria Flavia (Padrón, La Coruña) Camilo José Cela Trulock, otro gigante de la literatura española, clásico universal, que recibió el mayor número de reconocimientos otorgados a un escritor español (entre ellos, el Príncipe de Asturias, el Nobel y el Cervantes). Este Primer Centenario se ha calificado como un "acontecimiento excepcional de interés público" por las instituciones estatales, aunque no parece que los actos conmemorativos estén a la altura de tal merecimiento, tal vez por la coincidencia con la efeméride cervantina. La Fundación Pública Gallega Camilo José Cela, sin embargo, ha preparado numerosas actividades de gran interés acerca de su vida y obra que deberían constituir el punto de partida para el mayor conocimiento de una figura de la envergadura de un Premio Nobel de Literatura, que vio la posteridad como "algo que no puede lograrse más que a cambio de irse dejando, poco a poco, la vida misma prendida en las zarzas del camino", que consideró que debía devolverle a su país lo mucho que este le había dado, y por ello, creó la Fundación que lleva su nombre a la que legó todo lo que había ido guardando a lo largo de su vida, que fue mucho: manuscritos, ediciones y traducciones de sus obras, medallas, nombramientos, colecciones diversas, su hemeroteca, el epistolario (con 72.000 cartas), objetos personales..., porque creía en la función social de la propiedad, en las bibliotecas, en las aulas y en la cultura "ese motor de los pueblos que separa la prosperidad de la miseria". Allí, en ese lugar idílico lleno de paz que atesora tantas joyas artísticas, descansa desde 2002 al pie de un olivo del romántico cementerio, con flores siempre frescas, como quería, el autor que, ya marqués de su tierra, acomodó para siempre el lema de su vida: "El que resiste, gana". O el de su exlibris "Un libro y toda la soledad. Soy de CJC", con dibujo de Picasso.







                      Lo conocí con ocasión de su visita al Instituto de Calamocha (Teruel) en respuesta a mi invitación para dar una charla de literatura a los alumnos- la mejor clase de literatura que pudiera soñarse-, cuando hacía muy poco que le habían concedido el Premio Nobel. No confiaba demasiado en que aceptara por razones obvias, pero dijo "sí", y desde entonces se me rompió el esquema, el de esa fama que le acompañaba de una personalidad controvertida cercana en ocasiones al despotismo y al exabrupto. Cela era un hombre verdaderamente emotivo, aunque tratara de disimularlo muy bien. Había sido un niño mimado en exceso al fallecer dos hermanos y tuvo "una infancia dorada", en la que se mostró siempre travieso; era un hombre que aparecía ante los demás como un lobo feroz pero que encubría su ternura, un hombre de maneras bruscas a veces, impetuoso, que vivió la vocación literaria apasionadamente y al que encantaba provocar y escandalizar con sus declaraciones y actuaciones como ocurrió alguna vez en el Parlamento cuando, como senador por designación real, incurría en actitudes comprometidas...



                 




                   Aquel día no pidió nada y se fue agradecido. Los alumnos quedaron admirados por la lección tan atrayente y divertida. Cela afirmó que su obra estaba más reconocida en el extranjero que en su propio país y que su linchamiento había comenzado el día que le dieron el Nobel. Opinó acerca del mal uso que los políticos y los medios de comunicación hacían del lenguaje, despreciando el diccionario, y les recordó que había sido mal alumno, lo expulsaron de varios colegios y no terminó ninguna carrera: el inglés se lo aprobaron porque su madre era inglesa y el latín porque su padre conocía al profesor..., que el Quijote era una obra redonda, tan perfecta que se le perdonaban los errores y que no había que imponerlo a los niños. Para él, sin embargo, el más grande era Quevedo. Afirmó que no le importaba lo que los críticos dijeran sobre su obra ni las ediciones, porque lo importante era el hecho literario. Y criticó duramente a los políticos por no leer y despreciar la cultura, ¿cómo poder arreglar el mundo así? "Dados los gobernantes en general, donde cualquier mediocre puede llegar a ministro, no se extrañe usted de la fama que tenemos los escritores. El escritor es un ser incómodo y debe estar contra el poder del Estado, sea este cual fuere". Habló mucho de poesía -geometría y ajedrez-, que fue su primer contacto con la literatura aunque se pasó a la prosa pronto porque no le habían tomado en serio, pero la seguía cultivando: "En este país no se pueden hacer bien dos cosas, es un país tan pobre que no permite tener dos ideas...". No consintió que se le preguntara por los autores contemporáneos a los que no quería juzgar, y a quienes se oponían al uso de tacos alegando pureza cultural los catalogó de ñoños, mientras que él sólo repetía los empleados por Quevedo o el Arcipreste de Hita, "palabras de gran prosapia", palabras ya aparecidas en los diccionarios del XVIII... "¿Vendrá otra vez?, !qué encantador!", me decían los alumnos. La localidad se volcó en agasajarle todo lo posible y así, le dedicó una calle que él inauguró satisfecho llevándose una réplica de la placa con su nombre para su colección de calles... Los joteros de Torrijo del Campo con el gran Jesús Benito a la cabeza le cantaron durante toda la jornada jotas con letras alusivas a sus novelas y a su vida que le divirtieron a la vez que emocionaron y que se aprendió de memoria. No se habría ido. Seguro que Joaquín Carbonell, que nos acompañaba, recuerda el día y la comida festiva. Él recogió -como el resto de los medios de comunicación- la estancia de Cela en el Instituto y en Calamocha, zona que había visitado al ir a ver las grullas de Gallocanta. Joaquín le recordó que su obra teatral María Sabina se había representado en Zaragoza, lo que él desconocía, aunque no se olvidaba del sonoro pateo que recibió en Madrid, al que respondió con mucha educación, como es natural. En el Carnegie Hall de Nueva York, por el contrario, consiguió un éxito apoteósico.












                      A su regreso a Guadalajara, donde entonces residía en una preciosa casa aislada en medio de una pradera, me comentaba: "!Qué alumnos tan estupendos!, ¿Te has fijado en esa chica que me ha preguntado qué es la vida...? !Ah, si yo lo supiera...! !Qué ganas tienen de aprender! !Cómo se han portado conmigo! Dales las gracias, no se te olvide". En su casa de "El Espinar" aparecía flamante el escudo de armas de la familia Cela, con un moro decapitado, y rápidamente contaba cómo un antepasado suyo se cruzó con uno que no parecía gallego, lo mató y se llevó sus chilabas... Acostumbraba a tomar el té de la tarde y a escuchar música clásica o tangos, que le entusiasmaban, mientras recordaba que él también los había cantado en "El Viejo Almacén" de Buenos Aires, acompañado a la guitarra por Edmundo Rivero. Desde ese día se forjó una amistad mutua que se mantuvo hasta su fallecimiento. A lo largo de esos años me demostró continuamente su lealtad, afectuosidad y su grandeza espiritual. Aprendí a desterrar el tópico en torno a su imagen: sólo se había colocado la coraza para defenderse de parte del mundo y era perfectamente consciente de que su actitud podría suscitar la antipatía personal, pero su acusado sentido del humor lo impulsaba hacia el deseo de epatar ("es que la gente es muy epatable") como forma de divertimento... Pocos lo conocían íntimamente y era en la intimidad donde se encontraba el hombre con la misma profunda dimensión que el escritor: siempre comentaba que el título que más respetaba era el de amigo, porque pensaba como Gracián que no hay mayor desierto que vivir sin amigos. Así lo escribió en su "Loa a la amistad": Un amigo puede justificar toda una vida. Para Francisco Umbral había algo de "enfant terrible" en esa apariencia de dureza que ocultaba en realidad la esencia de un "gamberro inmisericorde" ("mi secreta vocación es la de gamberro", bromeaba). Lo definía como un singular "profesor de energía", que comunicaba vitalidad, optimismo, ilusión, que nunca estaba decaído ni resentido, por eso "después de estar con él, uno se queda más eufórico. Y siempre va de ida". A lo que se podría añadir su educación inglesa, por la que fue criado en la ausencia de la demostración externa de la emoción, algo que no pudo evitar, sin embargo, cuando recibió el Premio Cervantes, tan largamente esperado, a pesar de que en una de sus boutades lo había desdeñado absolutamente, y después fingiera afirmando que no se deben romper las tradiciones en España pues quedan pocas, y como ya era una tradición que no le otorgaran el premio, no se había alegrado por la concesión.
           








                    Defendió a muerte a los que le guardaron fidelidad y para ellos su comportamiento no podía ser más exquisito, pero se ensañó con los que lo atacaban; nunca perdonó, por ejemplo, a quienes no le votaron para su entrada en la RAE. Claro que recordaba aquella famosa carta dirigida al comisario general de Investigación y Vigilancia de 1938 en la que se ofrecía de delator de los "rojos", y de su trabajo como censor en la Delegación Nacional de Prensa, un puesto que fue vital para la publicación en 1942 de La familia de Pascual Duarte, novela atacada por la Iglesia y prohibida en su segunda edición, "nunca censuré nada, ¿qué iba a censurar yo en un boletín de huérfanos?", así que nunca se arrepintió ni pidió disculpas por ningún hecho del que tuviera que avergonzarse. El libro lo escribió en las peores condiciones, en la cocina del Sindicato Nacional Textil, poniéndole punto final cuando creyó que se moría, enfermo ya, en casa de sus padres (por cierto, Cela rechazó la palabra "tremendismo" para calificar la obra por su connotación peyorativa, le parecía una voz "para uso de sacristanes"). Al único grupo que estuvo adherido antes de la guerra fue a "Paneuropa", porque soñaba con una España unida: encontraba los nacionalismos estúpidos y desfasados. Explicaba Cela cómo se le conminó para que en el primer número de Papeles de Son Armadans (ese foco cultural imprescindible en la historia del arte español, donde todo y todos cabían) se dirigiera un saludo al Jefe del Estado, lo que no cumplió, publicando poemas en catalán y gallego y ninguno en vasco porque no encontró. Era una ventaja editar la revista lejos de Madrid, aunque alguna vez se le abrieran pequeños expedientes sin mayores consecuencias. Prefería no comentar que cuando Franco realizó los últimos fusilamientos, le envió un telegrama pidiéndole la conmutación para siempre de esa pena. Pero sí recordaba como el momento más dramático de su carrera cuando, recién finalizada la novela La familia de Pascual Duarte, deprimido por la enfermedad y sin encontrar quien la editase, se sumió en la angustia y pensó en quitarse la vida. Algo parecido le ocurrió con la prohibición de La colmena, que incluía la desaparición de su nombre de la Asociación de la Prensa por su "falta de profesionalidad", cuando entonces sólo subsistía por las colaboraciones en los medios. En los últimos tiempos de Franco lo readmitieron sin solicitarlo y cuando murió, le mandaron un diploma como "Asociado de Honor". La tenacidad lo impulsó a seguir escribiendo a pesar de todo...






                     Su vinculación con Aragón fue muy estrecha y entrañable a lo largo de su vida, desde que permaneció un tiempo en Gallur como soldado segundo de Artillería en la guerra, donde se hizo la única fotografía de militar que guardaba como oro en paño. Allí se le dedicó un paseo y se descubrió una placa conmemorativa en la casa en la que vivió, en la que le dio generosa hospitalidad la señora Julia, la borjana, "una benemérita mujer, agobiadoramente maternal". "Siempre he sentido cerca todo cuanto se relaciona con Aragón", confesaba, vinculando nuestra tierra a figuras históricas como Fernando el Católico, Miguel Servet, Joaquín Costa, Ramón y Cajal, Luis Buñuel, Goya, y su amigo, el escultor Pablo Serrano. Uno de los personajes de La familia de Pascual Duarte fue un camionero de Casetas, barrio zaragozano donde tiene otra calle con su nombre. Cuando le informé de la existencia de esta calle, que desconocía, me pidió que le consiguiera una copia exacta de la placa "para incluirla entre las que ya conservo en mi Fundación. Ni qué decir tiene que los gastos que pueda producir deben correr a mi cargo". En la provincia de Huesca grabó un anuncio de Campsa y en el jardín aledaño al Parador de Monte Perdido una glorieta se llama "Camilo José Cela". En Fuendetodos visitó la casa natal de Goya, con el que le habría gustado "tener algo en común", al que definió como "uno de los pilares de la pintura mundial desde las pinturas de Altamira". Viajó a Zaragoza en innumerables ocasiones, la mayoría para ver a su gran amigo Alfonso Zapater, asistiendo a todos los actos en los que era requerida su presencia, como cuando visitó la Expo en la que el pabellón de Aragón le pareció uno de los mejores. La gran cabeza en bronce del escultor Pablo Serrano que inicialmente presidía el salón de su casa de Palma de Mallorca se yergue hoy en una plaza de Iria Flavia, próxima a la Fundación. Con "Heraldo de Aragón" la relación fue especialmente intensa hasta el punto de que el diario contó con sus colaboraciones entre 1992 y 1994 y, en su afán coleccionista, solicitó al "Periódico de Aragón" un retrato que le había hecho Postigo que le había entusiasmado. Cuando se le preguntaba por el número de calles que le habían dedicado, calculaba que podría tener unas cincuenta, además de incontables monumentos y múltiples recuerdos a su figura desperdigados por todos los caminos patrios que recorrió. En la Universidad Complutense, por ejemplo, se erigió una escultura con una de sus frases célebres: "Para el éxito sobra el talento. Para la felicidad no basta". No he averiguado aún si en Logroño, donde fue atendido como herido de guerra durante un mes en el hospital instalado en la antigua Escuela Industrial de Artes y Oficios (hoy Esdir, que también sirvió de cárcel para presos políticos), figura alguna placa alusiva al acontecimiento. Sus avatares durante la Guerra Civil quedaron inmortalizados en Mazurca para dos muertos. El alzamiento lo vivió al principio estudiando en Madrid con 20 años y enfermo de tuberculosis. En 1937 escapó a la zona sublevada y se alistó en el ejército franquista. Destinado a Logroño, combatió en el frente de Aragón donde resultó herido de gravedad. Después de recibir el alta, aún enfermo, fue declarado inútil total para el Servicio Militar.








                       Al año siguiente de su estancia en Calamocha, lo invité a visitar el Instituto de Calatayud, y nuevamente dijo "sí". Durante todo el curso, los alumnos prepararon con ilusión el recibimiento que se merecía, pero por cuestiones de salud no pudo hacer acto de presencia. Sin embargo, quedó como recuerdo de esa espera una joya que lo emocionó profundamente por provenir "de tan párvula mano", como me dijo, y que hoy se conserva en un lugar preferente de la Fundación de Iria Flavia, según me había prometido y pude comprobar con gran asombro. Casi todo el alumnado del Instituto participó en la copia manuscrita de un ejemplar de La familia de Pascual Duarte, con magníficas ilustraciones alusivas realizadas por los profesores de dibujo, y primorosa encuadernación en piel de las monjas de clausura de Santa Lucía de Zaragoza. En la sala de la Fundación dedicada exclusivamente a todas las ediciones existentes de la novela, sala que lleva su nombre, se puede admirar como una edición de las más destacadas por el propio escritor, que la calificó como "una maravilla", por la que dio las gracias a todos los colaboradores, "actitudes como la vuestra, reconfortan y dan ánimo para seguir al pie del cañón", me escribía...









                       Su adoración por el libro-objeto y por escribir a mano y con pluma -a ser posible una Montblanc gigante que sujetaba con el dedo corazón como abrazándola- encontraron en este singular libro el regalo perfecto. A Cela le gustaba el  "papel de hilo o papel tela" ligeramente granulado donde imprimir su letra precisa, clarísima y firme en manuscritos apenas sin márgenes para poder tener ante la vista lo ya redactado y así corregir o añadir palabras o fragmentos que por medio de líneas que semejaban meandros sinuosos colocaba en el lugar adecuado, de tal forma que sus borradores son susceptibles de contemplación estética  como si se tratara de un dibujo o pintura, con rúbricas estilizadas y elegantes: "las letras son hermosas y legítimas al margen de las palabras que finjan y las ideas que pregonen. Uno quisiera inventar un abecedario bellísimo y de color de flor...". De joven, aseguraba, "tenía la enfermedad de la letra negra sobre el papel blanco y necesitaba leer a toda hora". Cuidadoso del detalle hasta el límite, para las ocasiones especiales empleaba el membrete de la Real Academia o de Iria Flavia y en los sobres aparecía el matasellos de "Cartero Honorario". Son tantas las dedicatorias en libros o fotografías que me brindó que me resulta difícil elegir alguna más curiosa que otra. Quizá la que estampó en un libro que le sorprendió al verlo pues no se esperaba que yo lo tuviera, uno de esos libros inclasificables, originales, indefinibles, que él tenía en mucha estima porque su entusiasmo por la labor filológica y lexicográfica era de tal intensidad que esos libros a modo de diccionarios que suelen ser los más desconocidos del escritor, le producían especial ilusión dedicar: Rol de cornudos. En su "Prooemium" recomienda "No pienses y no serás cornudo". Y la dedicatoria dice: "A Charo Serrano, para que se entretenga en clasificar al vecindario"... Un libro muy divertido, sin duda. Gavilla de fábulas sin amor, con 32 dibujos de Picasso, o la edición ilustrada por Antonio Saura de La familia de Pascual Duarte constituyen algunos ejemplos de la combinación imagen/palabra que tanto fomentó, también en sus revistas "Papeles de Son Armadans" (con la colaboración de un gran técnico de imprenta y grabador catalán, Jaume Pla), y "Extramundi y los papeles de Iria Flavia". "Me acuerdo de una edición de bibliófilo del Viaje a la Alcarria. Yo le dije a Jaume Pla: ¿Qué te parece si pusiésemos todas las capitulares? Haces un grabado... Y nos dimos cuenta de que se repetían muchísimo las letras, y entonces yo le cambié todas las entradas a los capítulos, y no pasó nada porque el texto es el mismo, y si una línea en una página determinada quedaba corta, me decía: Necesitaría dieciocho espacios, o treinta y dos; y yo se los añadía exactamente"... Fue un editor meticuloso en la búsqueda de la perfección de la obra bien hecha y en ese sentido alabó la obra de Max Aub, "escritor químicamente puro, que amaba desde la palabra que se dice hasta el tipo y cuerpo de letra con que se dice",  pero a la vez procuró con la editorial "Alfaguara" incentivar una apertura cultural que acercara las novelas "populares" a cualquier rincón español...








                    Camilo José Cela Trulock ("Camilino Josesiño" como le gustaba, y no "Camipé") presumía de casta bravía y genealogía variopinta en cuyo origen se encontraban piratas, beatos, comerciantes, campesinos y hasta un torero, de diferente ascendencia: inglesa, italiana y gallega. Era un hombre tremendamente familiar. Cuando en 1983 murió uno de sus tíos en el incendio de su casa, declaró: "El fuego derriba las casas y siega las vidas pero no puede matar el recuerdo ni el sentimiento". Su tatarabuelo materno fue gobernador de Parma y se vio obligado a huir de Italia por razones políticas uniéndose en Barcelona a las tropas carlistas. Uno de sus hijos, Camilo Bertorini, se casó con una galesa, a la que Rosalía de Castro dedicó unos versos en memoria del general inglés John Moore, muerto en la batalla de Elviña. Este Camilo I trabajó como gerente del ferrocarril que él mismo construyó entre Santiago y Carril, y levantó su casa cerca de Padrón, donde nació Nina, la abuela de Camilo José Cela. Nina contrajo matrimonio con John Trulock, descendiente de una familia de piratas que más tarde se convirtieron en comerciantes, y trabajó también como gerente del ferrocarril. Tuvieron a Camila Emmanuela que se casó con un funcionario de Aduanas gallego, José Cela. La línea gallega por parte paterna incluía a fray Juan Jacobo Fernández, tío abuelo del padre de Camilo José Cela, que contaba con regocijo la fiesta de celebración de su ascenso a los altares: el beato murió martirizado en Damasco en 1860 y por ello los familiares tenían el privilegio de entrar a la iglesia bajo palio, pero como eran tantos no cabían todos, así que a uno de los tíos se le ocurrió llevar a un perro mastín lobero de aspecto feroz, al que achuchó contra los parientes venidos de fuera menos contra Camilo José Cela y su padre, que huyeron despavoridos. En la obra de Cela no faltan alusiones al tal fray Juan Jacobo: a la parte gallega campesina de los Moranes atribuía la cara de caballo y los dientes separados de todos los Cela.



                  Otro de sus ilustres antepasados fue el mariscal Pedro Pardo de Cela -emparentado con Emilia Pardo Bazán-, partidario de la Beltraneja, que perdió la vida en la lucha con la Reina Católica. En cuanto a su antepasado torero, se trata de Alfonso Cela Vieito "Celita", nacido en Carracedo (Lugo) en 1887, al que siguió en vocación el mismo Cela, que toreó como maletilla por los pueblos recibiendo dos cornadas, experiencia que recogió en El gallego y su cuadrilla. Se retiró de los toros por miedo a que la Guardia Civil lo llevara a la cárcel por negarse a matar a un toro, así que nunca llegó a vestirse de luces. Por mandato de su padre, Cela preparó oposiciones al Cuerpo de Aduanas a las que nunca se presentó. Estudió un poco de todo: medicina, derecho y filosofía, amparado por Pedro Salinas y María Zambrano, y aunque no se licenció, llegó a ser nombrado catedrático de Universidad y recibió el doctorado "honoris causa" por varias universidades. Pedro Salinas le corrigió "con un cariño sin límites y una paciencia absoluta" sus primeros poemas, que perdió en la guerra, algo que siempre lamentaría Cela. Su madre fue una persona decisiva en su vida y en su vocación, se llevaban muy bien y fue su gran aliada: "Por fuera no, porque ella era una mujer bellísima, pero por dentro nos parecemos mucho". En fin, una vida de novela, excesiva, intensa como su obra, a través de la cual hemos ido conociéndole más. Y es que con lo que soñaba Camilo José Cela era con ser escritor...







                       En Páginas escogidas se recogen las ideas de Cela sobre el oficio de escritor, su auténtico ejercicio profesional comprometido consigo mismo y en la búsqueda permanente de la soledad adecuada para encontrar el ámbito de trabajo que le permitiera continuar fiel a su naturaleza creativa y artística. Analiza el papel del escritor en España, su función social, la relación con la crítica literaria y los poderes públicos, su responsabilidad como autor..., en una serie de reflexiones muy actuales que compartirían seguramente la mayor parte de escritores de ahora. En el discurso de entrada en la RAE sobre la faceta literaria del pintor José Gutiérrez Solana (que intentó reivindicar sin conseguirlo, según admitía), expuso las claves de su inclinación desde la infancia hacia el gusto por la escritura por encima de cualquier otra preferencia vital, y su dedicación a ella de forma exclusiva: Cela soñó con ser un escritor profesional e independiente: "Escribir es, para mí, una profesión y una absoluta necesidad. Escribo con mucha dificultad, con mucho esfuerzo y mucho trabajo. Sufro y disfruto escribiendo, porque estoy absolutamente implicado en la literatura. Porque he descubierto que en este oficio, no hay nada que importe más que la creación". Confesaba que durante siglos, la literatura fue la única mercancía totalmente exportable en España, un país ingrato y proclive a ningunear a sus hombres más dotados, y creía que era preferible ser un modesto escritor en español que un novelista de tercera mal traducido del inglés. Ni sus más encarnizados enemigos le discutieron la potencia de su palabra como forma de reafirmación de la propia identidad literaria de una época crucial de la historia española, el malabarismo verbal que caracterizó su dignidad intelectual. Al principio del primer tomo de sus Obras completas consideraba en este memorable párrafo:


                       "Al niño imaginativo que compone poesías, le riñen en el colegio y lo desprecian en su casa; al adolescente con una mínima personalidad que se niega a seguir el rumbo que, irrogándose unos derechos que no le pertenecen, le marca la familia, se le suele llamar perdido o mal hijo y se le cuelga el siniestro y culpador sambenito de ser el causante de todas las desgracias que acaecen en el hogar y de todos los sinsabores que culminan en la desaparición de los padres, muertos -ellos piensan que lógicamente- a disgustos; al joven que hace sus primeras armas en el oficio y que sueña, !con cuánta inútil nobleza!, con ver su nombre en letra de molde, se le conmina, con más odio que amor, a que siga la ruta de sus primos Mengano, Fulano y Zutano, hombres de provecho que han conseguido licenciarse en ciencias naturales u obtener, con toda brillantez, según afirma el diario local, el título de aparejador, el despacho de teniente o la credencial de funcionario público; al hombre que escribe en los periódicos o que publica libros, se le controla por la sociedad. Y cuando aquel niño imaginativo y poeta, aquel adolescente rebelde, aquel joven iluminado, aquel hombre escritor llega a viejo y tiene un sólido y acreditado nombre guardándole las espaldas, se le tolera, al tiempo que soterradamente se le envidia y se le desea la muerte, pero ni se le lee, ni se le reconoce como guía y espejo en que mirarse".



                            En la autobiografía de 1993, Memorias, entendimientos y voluntades, detalla sus vivencias durante la Guerra Civil española, que le inspiraron numerosos episodios en varias obras como San Camilo, 1936, que aborda con desenfado tabúes vigentes en las horas que precedieron al estallido de la guerra. La novela, su obra cumbre para muchos, presenta a un joven de mirada fogosa y triste a la vez, al que vemos en el hormigueo de la ciudad o delante del espejo amargo de la reflexión. El relato es en parte un exorcismo y una invocación, y en esto enseña el camino del escritor hacia su obra más oscura, Oficio de tinieblas 5, con la que decidió aparcar los caminos del iberismo y de los apuntes carpetovetónicos que le resultaban muy fáciles y muy rentables: "En cada novela mía ha habido una pirueta en el vacío..., intento abrir nuevos caminos..., con una gran honestidad". Cela salió de Madrid, que era zona roja, por el pasaporte que le proporcionó Indalecio Prieto, amigo de su padre. Sólo pudo llegar a cabo "habilitado", vamos, que ni cabo era. Y contaba cómo unos milicianos quisieron matarlo en un montecillo pero no le dieron bien. Se alistó a la Legión cuando pasó del bando republicano a las líneas nacionales y, según Giménez Caballero, no lo admitieron en una bandera de la Falange por enfermedad. Cela se detiene en Madrid para relatar que la llamada "zona neutral" se había acordado que no fuera bombardeada, lo que no se cumplió. Recogió notas sobre los cuarteles, los centros militares y en una Orden de la División redactó el guion de una novela sin título que no publicó. Contó la guerra desde una visión personal pero sin errores en los datos porque un capitán de su batería, en el Regimiento 16 Ligero de La Coruña, le dio una copia del diario de operaciones, algo así como el cuaderno de bitácora entre los marinos. "A los que tenemos la edad que yo tengo, que teníamos en el 36 tan sólo veinte años, la guerra nos marcó para siempre. Hay un antes y un después, pero al menos yo procuro desmitificar los hechos de un lado y de otro".



               Y en Mazurca para dos muertos narra cómo un leonés falangista mató a un tío suyo y al acabar la guerra "se lo cargaron" echándole dos mastines loberos (que, como se ve, han dado mucho juego en la vida de los Cela, sea fabulación o realidad, porque hablando con Cela siempre quedaba la duda), y después de robar el cadáver, se lo dieron a los cerdos... Tras la guerra, resguardado en un remoto confín de Galicia, no tenía nada para leer y sólo encontró un prospecto de medicina que se leía una y otra vez, sentado en una piedra, hasta que llegó a aprendérselo de memoria... Así que con el tiempo, Cela se consideraba "intelectualmente, de izquierdas; políticamente, de centro y liberal; y socialmente, de derechas". Le gustaba el socialismo de Besteiro, de Machado, pero ya en su momento le apenaban la decadencia de los partidos y la corrupción. Monárquico en la clandestinidad, según Óscar Bernat, participó en la revista "El barrendero" con un artículo en defensa de don Juan , "Cara a cara y sin careta", y también intervino en reuniones conspirativas en el sur de Francia con exiliados y antifranquistas. De los políticos esperaba paz, trabajo y seguridad y se lamentaba de no tener ni seguridad social ni pensión. Tampoco entendía a los coleccionistas de dinero como Mario Conde, cuya causa encontraba en el enviciamiento originado por el exceso de poder. En fin, ya en 1996 declaraba que en España nadie estaba en su sitio: los periodistas se dedicaban a investigar la corrupción, los diputados no ejercían el control adecuado y los jueces "politiquean", un fenómeno histórico puramente español: en tiempos de Franco, los gobernadores civiles eran militares, "¡de locos!"...








                Camilo José Cela, polifácetico creador, trabajador frenético, fue un excelente periodista, oficio que sentía como propio. En 1993 trazó los "Doce mandamientos del periodista" basados fundamentalmente en el uso de la verdad como objetivo básico, recibiendo el premio "Mariano de Cavia" por el artículo "Soliloquio del joven artista". Al fin y al cabo, según Cela, periodismo y literatura comparten la palabra como instrumento, aunque el periodismo se encuentra mediatizado por la rapidez del tiempo pero cuenta con  la ventaja del inmediato contacto con el lector. El periodista debe denunciar las anomalías que puedan darse en la sociedad, mientras que al escritor le correspondería indagar en el origen de esas disfunciones y debería conformarse con una página genial, aunque le molestaba que grandes escritores como César González-Ruano se vieran perjudicados por utilizar el soporte periodístico prácticamente de forma exclusiva, lo que limitaba su expansión literaria.  En el artículo premiado, Cela insistía en la independencia, en la necesidad de soñar igual que cuando se era niño, en la ausencia de renuncia, en la fantasía que nos nutre y nos da valor "para morir a solas". O sea, recordando a su abuela y el lema de los Trulock "Ne iudices, ne murmures, ne timeas": nunca juzges ni murmures ni tengas miedo, algo que él procuraba llevar a cabo en su vida, de la misma forma que nunca había permitido "limar las asperezas del carácter".


                   Cela no creía en la separación radical entre los diferentes géneros de la escritura, sólo la palabra le proporcionaba el ajuste con la realidad necesario, se sentía libre escribiendo a su aire y eso tampoco favoreció que fuera tolerado por un sector de los colegas que lo consideraban incómodo, aunque fuera sobrellevado, excepto por el famoso grupo de los "ciento cincuenta novelistas" denominados por Francisco Umbral los "angloaburridos", de los que previamente Cela había afirmado no estar interesado en conocer. Tras la concesión del Premio Cervantes, Julio Llamazares confesaba su distancia radical ética y estética con Cela, separándose así no sólo de él sino de la generación del medio siglo que ya no importaba. En realidad, se trataba de la reactualización de la querella clásica antiguos/modernos de otros tiempos. Los nuevos escritores opinaban que su lengua literaria era obra del pasado, pero no es menos cierto que recreó un país que por desgracia fue cierto y que el lenguaje escatológico -por el que ha sido tan denostado- parece un juego inocente comparado con la falta de inhibición de los que tanto le criticaban. No comparto la afirmación de que su orgullo le impidiera hacerse querer o admirar por los jóvenes, idea que sólo puede provenir de quien no lo conoció. Lo que sí que hubo es una indiferencia mutua en cuanto a los gustos literarios respectivos.






                           El Premio Nobel renovó las letras españolas del siglo XX tendiendo el primer puente con la modernidad con su enorme despliegue de recursos novelísticos. Echo de menos una tesis global integradora que suponga una valoración generalizadora de toda su obra, aun reconociendo las dificultades que ello impilca. "De mí se harán tesis dentro de cien años pero de un ministro no se acuerda nadie a los quince meses", opinaba recordando cómo la censura había intervenido también en La colmena (en la que para él no había mensaje sino el reflejo de un momento histórico concreto) y en Viaje a La Alcarria, que bajo el título de Las botas de siete leguas había comenzado a aparecer en serie en "El Español", hasta que viendo que le tachaban lo que les parecía a los censores, dejó de publicarla en ese medio. Y eso que tanto el jefe de la censura Juan Aparicio como Dionisio Ridruejo eran más condescendientes. Para la cuarta edición de La familia de Pascual Duarte, en 1945, Cela debió recurrir a Gregorio Marañón para que le firmase el prólogo, pues Baroja rechazó el encargo, "Si lo que quiere es ir a la cárcel vaya usted solo". No fueron nada fáciles sus comienzos, no, y en una carta a un amigo le confesaba: A veces desespero y pienso entonces que mi novela no merece los honores de la edición; paso entonces por momentos amargos en que la desazón me invade y el más cruel de los desalientos... se apodera de mí. También le eliminaron un capítulo de Mrs Caldwell habla con su hijo. En la Fundación se guardan las cartas que la censura escribió sobre el Pascual Duarte, como una de Pedro Rocamora al Director General de Prensa en la que le dice:


             "Camilo José Cela me parece un hombre anormal. Tengo la satisfacción de haberle suspendido en Derecho Civil", y, un poco más adelante, confiesa que tras leer la novela "me sentí enfermo y con un malestar físico inexplicable".









                         Fue un maestro de la retórica, tal como la define el Diccionario, arte del bien decir, de embellecer la expresión de los conceptos, de dar al lenguaje, escrito o hablado, eficacia bastante para deleitar, persuadir y conmover. Escribió con las palabras "contra las palabras", buscando con sus artificios la verdad, así que su arte es esencialmente lingúístico: "El español no es sólo nuestra lengua sino también nuestro orgullo", proclamó. Si el gran protagonista de su obra es el lenguaje, no es menos cierto que la novela debía "coger la vida y estrujarla contra nuestro corazón". Dominaba todo tipo de jergas y argots, como en Cristus versus Arizona, en que retrata el lenguaje del sur estadounidense, combinando el castellano de los primeros conquistadores españoles con el indio de los papagos y la parla de los colonizadores yanquis. Al estudio de estos lenguajes así como al de los estilos de muchos escritores dedicó demasiado tiempo en el que se dispersó con mucha frecuencia, y eso es algo que tampoco se le ha reconocido, según Antonio Fernández Molina. Una visión muy particular de la obra de su padre, corresponde a Camilo José Cela Conde, que acuñó el término "nomadismo" para describir los lugares diferentes de creación de cada novela, el que exigía cada una, tal como él pudo observarlo durante un tiempo. Cela no acudía a fuentes literarias sino que se nutría del objeto inspirador de la época: un anuncio, un envoltorio, un prospecto, una cajetilla de cigarrillos..., excepto en Oficio de tinieblas 5 -su novela más difícil- para cuya escritura se encerró entre unos biombos de tela negra a modo de ataúd y de ahí no salió hasta que terminó. Era un hombre de ritos y los mantuvo hasta el final para el acto de creación; pretendía así "probar" la palabra, sus posibilidades, protegerla y cuidarla en su uso... En eso fue único.



                          Casi todos coinciden en afirmar que los libros de viajes ofrecen una autenticidad que les confiere al personaje del vagabundo, peregrino o viajero unas marcas peculiares que resultan de lo más atractivo y cautivador para el lector. Para Francisco Umbral el vagabundo, de estirpe cervantina, tiene mucho más de humanidad, poesía y realidad que los múltiples personajes logrados por Cela: es un roussoniano con boina que cree en el hombre natural y solitario del campo y de los pueblos, como un Quijote de alpargata, que no hay que confundir con el autor Cela, según su opinión. Lo que es evidente es que Cela en estos libros no se conforma con la visión oficial de los lugares sino que se aventura en geografías físicas y humanas reinventando el espacio con palabras nuevas que funden las fronteras reales y literarias: viaje, palabra e imaginación. Cela inauguró un modo de viajar y ver (con el modelo en su memoria de Josep Pla), un estilo definido y definitivo del libro de viajes. Insaciable e incansable en conocer, inventa y escarba en lugares, gentes y sucesos, aportando una óptica insólita, una amalgama totalizadora de lo que somos y no vemos. Como su vida, que fue un viaje largo, profundo, un "viaje sentimental" al centro de sí mismo, de su escritura y su literatura, estos libros resultan un antídoto contra el olvido y memoria de las cosas. Viajar, para suscitar con la palabra las emociones vividas con anterioridad por el lector, con un estilo narrativo que hoy encomian los cultivadores de más éxito del género. A Juan Marsé le gustaba Viaje a la Alcarria, pero en el fallecimiento de Cela denostó duramente al escritor. Viaje a la Alcarria es una metáfora de la vida, un texto sensitivo de gran penetración psicológica pleno de exhibición de colores, olores y sonidos, que atrae y roza la piel del lector, en el que Cela utilizó un lenguaje preciosista pero sin florilegios sentimentales, un tratado de sociología, paisajismo y ecología a la vez, un viaje que realizó, como todos los suyos, "con una mochila al hombro y una paz infinita en el corazón".








                      La actividad filológica de Camilo José Cela como recopilador sistemático de materiales folclóricos, lexicográficos y enciclopédicos merecería por sí misma todos los reconocimientos posibles. Esa pasión por los repertorios de palabras, "ejercicios de erudipausia", como los denominaba, le acompañó desde la publicación del primer artículo más o menos sistemático que escribió poniendo en práctica su afición: "El coleccionista de apodos", en 1947. Estos ejercicios de taxonomía lingüística se generaron en su mayoría en lo que bautizó como "Department of Philology" de la "University of La Bonanova", según rezaba una placa en la puerta de su despacho de Palma de Mallorca. El primer proyecto fue el Diccionario secreto, al que siguió la Enciclopedia del erotismo, el Diccionario del erotismo y el Diccionario geográfico popular de España, así como otros bocetos de obras similares, algunos de los cuales no llegaron a cuajar en ese tiempo por problemas de financiación, aunque Cela siguió escribiendo prólogos, notas, artículos, vocabularios, referidos a cuestiones filológicas, incluyendo las enmiendas lingüísticas a la Constitución como senador durante el periodo constituyente. Se enorgullecía especialmente del cambio efectuado en la palabra "hembra" que fue sustituida por "mujer", así como de su lucha por introducir expresiones de origen popular en la lengua española cuando fue miembro de la RAE. También en ese "Department" se editaron clásicos modernizados.





                        A partir de los años sesenta, con la influencia del "boom" sudamericano, Cela abandonó el realismo e inventó una prosa experimental, más arriesgada y vanguardista que dividió a críticos y lectores, pero lo que no faltó nunca en sus obras, sobre todo en las novelas iniciales, es el humor -que cada cual ve de un color diferente-. Le sirvió para atenuar algunos de los crudos momentos que enmarcaban a los personajes, y que es considerado en parte como una influencia de su tierra de origen, tal como aparece en otros autores gallegos con los que coincide en una visión burlesca o grotesca de la vida, a veces de corte esperpéntico valleinclanesco. Un humor irónico, cruel, deformador, expresionista, con el que Cela extremaba la caricatura y que ha sido tradicionalmente frecuente en el campesinado gallego como actitud defensiva frente a una cultura extraña que enfocaba con actitud recelosa. Así lo reconoció el escritor, cuya socarronería personal era uno de los rasgos más significativos de su peculiar carácter, de ahí que a lo largo de su amplia existencia formara parte de agrupaciones tan singulares como  la de "Los sátrapas de la Patafísica"... El sarcasmo puso en evidencia una crítica social que de otro modo no habría encontrado la complicidad adecuada en una sociedad muy conservadora que sólo comenzaba a transformarse. También se fijó Cela en la literatura española del pasado, sobre todo la barroca, en los abundantes ejemplos de humor implacable y atroz con los que reforzar la mirada satírica sobre la condición en tantas ocasiones, miserable, del ser humano. Así lo reflejó igualmente en los "Apuntes carpetovetónicos", con un humor impregnado de lirismo que caracterizó a algunos cuentos y conjuntos de artículos, hoy ignorados, como "Esas nubes que pasan" y "Once cuentos de fútbol", donde se encuentra la capacidad fabuladora y el germen de su narrativa lírica que se desarrollan en novelas más extensas como Madera de boj, para Cela, " la mejor novela que he escrito, con diferencia", un relato mágico que recuerda a las obras de navegación del siglo XIX, verdadero testamento literario.



                         Se ha discutido su ideología, se le ha negado capacidad para construir edificios narrativos de envergadura, se ha dicho que sólo tiene tres o cuatro ideas que reitera constantemente..., pero nadie se ha atrevido a negar su calidad de prosista eminente. Cela tiene una voz propia porque una página suya se distingue de inmediato de la de cualquier otro escritor, aunque pueda atraer más o menos: "Es lo primero que hay que tener, una voz propia. Si no la tienes, entonces cambia de oficio". En él siempre hubo una voluntad de tentar nuevos caminos tanto en la estructura como en el estilo porque le horrorizaba el encasillamiento; cambiaba de registro según le convenía o se lo pedía el propio texto, en un proceso de barroquización de la prosa que en principio fue más sencilla: nunca repitió los tratamientos formales, creando libros distintos en su concepción pero unidos por una conciencia de estilo. Al mismo tiempo, se desdoblaba en los sucesivos personajes que iba necesitando. Explicó su método de escritura, cómo era "una novela por dentro": tomaba muchas notas, las ordenaba sin hacer esquemas y dejaba que los personajes cobraran autonomía propia. Este Cela camaleónico ha sido calificado como un "titiritero de la lengua": su concepción del lenguaje es esencialmente poética, con una cadencia musical y un ritmo en la frase que consiguen que si el texto se lee en voz alta parezca música, sobre todo en sus relatos galaicos: el prosista estaba impregnado del poeta desde la niñez, contribuyendo a conformar un mundo misterioso, esotérico, dulce y soñador, con un fondo de ternura piadosa, a pesar de la crueldad manifiesta, como en Mazurca para dos muertos, cuyo antecedente se ha visto en Divinas palabras de Valle-Inclán: "No se es impunemente de un sitio determinado. El ser gallego y el hablar gallego es una gran ventaja para poder escribir después en castellano, puesto que el gallego, según me comentaba Menéndez Pidal, es una especie de para-castellano antiguo, esto es, hay formas vivas en gallego que han desaparecido ya en castellano".










                        En el terreno de la creación teatral, Cela se afanó en romper con los moldes teatrales al uso creando nuevas formas expresivas que no fueron entendidas por el público. María Sabina se representó como ópera con bronca en el teatro y división de opiniones en la crítica. Escribió en 1968 El carro de heno o el inventor de la guillotina, en homenaje al universo pictórico de El Bosco, que fue relacionada con el teatro de la crueldad de Antonin Artaud, con el surrealismo y el esperpento, y tuvo su prolongación en 1999: Homenaje al Bosco II; la extracción de la piedra de la locura o la invención del garrote. La obra la encargó Ruiz Gallardón para conmemorar el centenario del 98, pero el proyecto quedó parado por el excesivo coste de la producción y la dificultad de crear una tramoya escenotécnica desmesurada, así que a Cela se le pagó parcialmente y la Comunidad de Madrid retuvo los derechos de la obra. En 1974 hizo la versión de uno de los textos claves de Bertold Brecht, La resistible ascensión de Arturo Ui, que cuenta cómo el ascenso de Hitler al poder pudo haber sido frenado. De nuevo, las embestidas del fascismo celtibérico y residual, y pese a todo emergente, se estrellaron en Cela, el adaptador. Los Guerrilleros de Cristo Rey reventaron la función, asaltaron el teatro Lara y la obra tuvo que ser suspendida. Cela confesó que lo de escribir teatro fue como "la necesidad de perder la virginidad, que la daba por perdida gustosamente" y que ahí quedaba todo, ni quería que nadie interviniera en el texto una vez escrito. Con éxito adaptó La Celestina. Su teatro puede ser leído con un poco de imaginación, por muchos elementos oníricos o simbólicos que lo componen. De la misma forma que la poesía, enriqueció su prosa convirtiendo la trama argumental en un gran teatro del mundo.





                                          Sala de Pascual Duarte. Fundación Pública Gallega Camilo José Cela




                         En cuanto a su relación con el cine obtuvo éxitos significativos y momentos para olvidar. Cela fue actor, escribió guiones, subtituló cintas y adaptó series para la televisión. La versión en 1982 de La Colmena recibió el Oso de Oro en Berlín, bajo la dirección de Mario Camus, en la que hizo un cameo el mismo Cela, como "inventor de palabras". También fue soberbia la adaptación de La familia de Pascual Duarte en 1975, dirigida por Ricardo Franco. El protagonista, José Luis Gómez, fue galardonado con el Premio de Interpretación en Cannes. Antes hubo intentos frustrados por la censura de llevarla al cine, uno a cargo de Fernán Gómez, que escribió el guion con Jesús Fernández Santos, un guion prohibido siendo ministro Manuel Fraga. Ricardo Franco introdujo modificaciones en la historia, acrecentando la dureza y el significado sociopolítico de la historia, así que Cela no se sintió cómodo con la versión. Pero mucho antes, en 1949, Cela fue protagonista de "El sótano", de Jaime de Mayora, siendo él mismo el autor de los diálogos. La película, de corte experimental, fue un fracaso, provocando protestas y hasta un conato de incendio en las salas en que se exhibió. Ha pasado a la historia del cine por una secuencia en que la cámara sigue con todo detalle el vuelo de una mosca... Un año antes, Cela había intervenido de forma episódica en Hoy no pasamos lista, de Raúl Alfonso.



                   Pero su primer trabajo fue en 1946, en Consultaré a Mister Brown, de Pío Ballesteros, basada en la novela El socio de Genaro Prieto. En la tercera película de Ballesteros, Facultad de Letras, de 1950, protagonizada por Fernán Gómez, volvió a aparecer brevísimamente. Siendo director Fernán Gómez con Luis María Delgado, Cela interpretó Manicomio, adaptación de una obra de Gómez de la Serna y otros autores, en que representa al Loco Asno, en compañía de Alfredo Marqueríe y otros contertulios del café Gijón. En 1952 escribió el guion de una película de cinco sketches, El cerco del diablo, en que colaboró como guionista Torrente Ballester. En 1971 actuó en un corto documental desconocido sobre el turismo balear, Impromptu Balear. De algunas de estas intervenciones, el escritor prefirió no acordarse, tal vez por el escaso éxito de público o por estar asociadas a creadores más o menos relacionados con círculos del franquismo. En 1991 TVE produjo la serie El Quijote, dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, basada en guiones de Cela, aunque el director confesó que los había rehecho porque no le habían gustado. En 1976 TVE adaptó Viaje a la Alcarria y en 1979 Tito Fernández dirigió una película basada en una novela homónima de Cela, La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona, en la que el escritor se interpreta a sí mismo. Cela tuvo otros dos peculiares trabajos relacionados con el cine. En su época de funcionario, fue jefe de negociado de cine-clubs en la Secretaría de Cultura Popular. Y en 1974, fue el traductor y adaptador del subtitulaje en castellano de Lenny, película de Bob Fosse, protagonizada por Dustin Hoffman. Por último, una curiosidad prácticamente perdida de 1998, Full Cast and Crew for Spanish Fly, en la que intervino con Fernando Trueba.






                                                                       Camilo José Cela con Hemingway



                       Toda la crítica especializada en la obra de Camilo José Cela coincide en afirmar la trascendencia de la poesía como generadora o "matriz", según José Ángel Valente, de su prosa. En 1996 se publica su Poesía completa, que actualiza la Poética de 1962, una poesía que casi siempre apareció dispersa en diferentes soportes:


                      Mi padre quería, cosa bastante razonable, que yo estudiase algo que me permitiera amarrar un sueldo fijo que me diera de comer, pero a mí lo que me gustaba era leer todo lo que caía en mis manos y escribir versos.
                     -¿Pero tú te das cuenta, insensato, de que si sigues por ese camino acabarás heredando los trajes de los demás, criando caspa, fumando de prestado y dando sablazos de a peseta por los cafés?.


                     Así que no siguió por ese camino, al menos en la publicación de libros de poesía, y en el primero, Pisando la dudosa luz del día (un verso de Góngora), se mostró el inicio del camino en la búsqueda de una vocación, la de escritor, que decidió recorrería a través de la prosa, a veces poética, de la mayor parte de sus novelas. En esos poemas caben los ecos de Valle-Inclán, la influencia de Pablo Neruda, el homenaje a su lengua natal, la ironía o el surrealismo. Se trataba de una gimnasia mental como punto de cocción del habla, de la lengua y del ser. Camilo José Cela es un poeta auténtico y verdadero: "Yo nací haciendo poesía. Antes de saber casar las letras ya le dictaba versos a la señorita que me cuidaba". En Viaje a la Alcarria, cabría descomponer la prosa en unidades métricas y rimas interiores..., pero Oficio de tinieblas 5 es su mayor monumento poético, mientras que en Mrs Caldwell habla con su hijo cada breve capítulo es un auténtico poema en prosa... Le empujó a ser narrador Federico Muelas al pedirle un cuento para una revista. Cela le objetaba que él era un poeta y sólo sabía escribir versos. Muelas le hizo ver que podía escribir un cuento simplemente con narrar alguna de las interesantes anécdotas contadas por él en la tertulia del café. En los primeros meses de la Guerra civil, su novia fue destrozada en la calle por un obús; se cuenta que guardó un ojo y luego lo tiró al fogón de la cocina. A ella le dedicó el poema "Toisha V", con el tema de la muerte que le obsesionaba desde su nacimiento, colocando al amor como barrera contra esa muerte y la omnipotencia de la palabra como su triunfo final:


               ...
                        En este instante en que un dolor inmenso
                        Es incapaz de hacerme mover un solo dedo,

                        Yo te prometo, oh dulce esposa mía asesinada,
                        Oh madrecita sin haber parido, oh muerta,

                        Colgar tu atroz recuerdo cada noche de un pelo,
                        y que desiertos de tinieblas moradas

                        O amargas noches de insomnio y sobresalto
                        Sean incapaces de ahogarme como a un niño.


 
                     Víctor García de la Concha advertía que si Cervantes "condiciona la capacidad de ver a una previa educación de lecturas, Camilo José Cela ha señalado las que lleva de preferencia en su morral: el propio Cervantes, Quevedo, Baroja, Valle-Inclán... Pero en su excelente biblioteca quedan muchos otros autores releídos y anotados en miles de horas de oficio gustoso, coeducador, con la calle, de su sensibilidad", todo para "tirar de la vida", como diría el escritor, profundizando en la lengua hacia la esencia última, verdadera y objetiva del hombre: busca palabras creadoras que devuelvan al pueblo la realidad viva del arte, la "libertad de la palabra", según señaló Knut Ahnlund, en su discurso de entrega del Premio Nobel de Literatura. Cela ha sido una institución de la cultura española aunque no hubiera recibido ese premio, porque la obra, es, al final, lo que pervive de un creador, y esta ha constituido un punto de referencia central en la crónica de una determinada época de la historia española abriendo caminos y magias, mundos y secretos, y, como ocurre con los clásicos, lo seguirá siendo. Manuel Vázquez Montalbán observaba algo parecido: "Mientras que las incorrecciones o exageraciones que haya cometido como persona afortunadamente no tendrán ningún valor, su literatura permanecerá...". A su fallecimiento el 17 de enero de 2002, los medios de comunicación resaltaron "Muere Cela, un gigante de la literatura", "Desaparece un mago de la palabra", "No fue sólo un mito sino una mitología", en palabras de Fernando Arrabal. Hasta el cura que ofició el sepelio exclamó en la iglesia de origen románico de Iria Flavia: "Sus palabras durarán más que estas piedras"... Francisco Rico compuso este Epitafio "ex abrupto" para C.J.C.:



                        De mal genio vaporoso,
                        con un pronto genital,
                        fuiste, sin falla, genial
                        y, mil veces, generoso.
                       Puedes marcharte orgulloso
                       de haber ahormado a tu hechura
                       la literatura pura
                       con las mugres de posguerra.
                       Leve te sea la tierra, 
                       piadosa la sepultura.


         
                          Aunque no me he detenido en el asunto de los plagios en su obra ni tampoco en la figura de José Manuel Caballero Bonald y su relación con Camilo José Cela, aspectos que ya han sido tratados suficientemente por los analistas más sobresalientes, quiero significar el papel de las dos grandes mujeres de su vida que encarnaron el gran apoyo para que el escritor llegara a ser quien fue: la primera lo acompañó en su juventud y madurez literaria, "yo sin Charo no puedo, mi grito de guerra es Charo"; la segunda, Marina Castaño, le rejuveneció el corazón y fue el yunque en que se forjó su camino definitivo hacia la gloria... Camilo José Cela, el escritor total con sus luces y sus sombras, el que llevaba la literatura en vena, el del alma en permanente derroche, ha representado siempre para mí no sólo la gran literatura, la que ha unido la sabiduría natural y popular con la libresca, sino también el animador y dinamizador cultural necesario en el relato de la crónica testimonial de un país para que el mundo siga su curso...

                           


                                              Uno busca lleno de esperanzas
                                              el camino que los sueños
                                              prometieron a sus ansias.
                                              Sabe que la lucha es cruel y es mucha,
                                              pero lucha y se desangra
                                              por la fe que lo empecina.
                                              Uno va arrastrándose entre espinas,
                                              y en su afán de dar su amor
                                              sufre y se destroza, hasta entender
                                              que uno se ha quedao sin corazón...        









           
               
        

           
           

                 



             

                                                      

viernes, 22 de abril de 2016

HOY ES EL DÍA...





                                       Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros... la color viva, antes blanca que morena...; éste digo que es el rostro del autor de "La Galatea" y de "Don Quijote de la Mancha"... Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabauzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros...

                                                        Miguel de Cervantes (Prólogo a las Novelas ejemplares)



            
                           ... En el que falleció realmente Miguel de Cervantes, un 22 de abril de 1616, hace cuatrocientos años, y no el 23 como suele señalarse para hacerlo coincidir con la fecha de la muerte de Shakespeare (con la salvedad de que en Inglaterra regía aún el antiguo calendario juliano y no el gregoriano, con lo que su fecha no sería el 23 sino el 3 de mayo): los dos más grandes escritores de la Historia, el inventor de la novela contemporánea (con el antecedente en germen del Lazarillo), y el creador del mejor teatro, hermanados en el fallecimiento... El único escritor que murió el 23 de abril de 1616 es el "Inca Garcilaso de la Vega" (Gómez Suárez de Figueroa), padre de las letras de América. En 1930 al escritor Vicente Clavel Andrés se le ocurre establecer esa fecha como Día Mundial del Libro, con el fin de fomentar la lectura y la protección de la propiedad intelectual y la UNESCO decide en 1995 aprobar el 23 de abril como "Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor".




               El día 23, el cadáver de Cervantes, con hábito franciscano y a cara descubierta, fue trasladado al convento de las Trinitarias en la actual calle de Lope de Vega. Por esas cosas de la vida, este murió en una calle que llevaría el nombre de Cervantes: así quedaron ligados en la muerte los que tan distanciados habían estado en la vida. En marzo de 1616, Cervantes concluyó el Persiles convencido de que sería su obra de más éxito. El 26 de ese mes escribió al arzobispo de Toledo con la sensación de estar tan enfermo que no podría recuperarse (parece que padecía de diabetes y no de hidropesía), así que el 2 de abril decidió profesar los votos de terciario de San Francisco, ahorrándose de ese modo los gastos del entierro. El 18 recibió la extremaunción pero al día siguiente pudo escribir al conde de Lemos la dedicatoria del Persiles, que se publicó póstumamente. En ella decía que si se curaba por un milagro escribiría la continuación de La Galatea, las Semanas del jardín, y El famoso Bernardo, obra a la que nunca se refirió y que tal vez habría constituido una novela histórica sobre Bernardo del Carpio. Antes, también había hablado de una posible comedia, El engaño a los ojos. También en el Persiles se despide del lector: "Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida". Y en la dedicatoria al conde de Lemos, le dirige los famosos versos: Puesto ya el pie en el estribo/ Con las ansias de la muerte,/ Gran Señor, ésta te escribo. El día 23 se consigna en la parroquia de San Sebastián la muerte de Cervantes, fecha del entierro, como era costumbre en la época.




                Parece que Cervantes se autorretrató en la figura del caballero Diego de Miranda en el Quijote y lo hace también en el Persiles bajo la forma de autor en busca de editor, como compilador de aforismos, refranes y apotegmas. Es "un hombre curioso" que afirma que si "algunos años me he dado al ejercicio de la guerra", algunos otros "y los más maduros, en el de las letras", y en ambos le ha ido bien, "en los de la guerra he alcanzado algún buen nombre y, por los de las letras, he sido algún tanto estimado". En cuanto a sus retratos en la pintura, puede decirse que la duda sobre su figura se cierne en todos ellos por unas razones u otras. Se basan en la descripción de las Novelas Ejemplares y suelen reflejar la típica representación del caballero de las letras de la época. No hay un retrato auténtico hecho en vida de Cervantes, así como los hay de Lope de Vega, Góngora o Quevedo. Sus editores no debieron gastar nada en ello. Sí han atribuído distintos grabados a diferentes pintores creyendo que realmente habían dibujado a Cervantes, incluido Velázquez, que, puesto que no se conocieron y el pintor debía tener 17 años no parece que sea auténtico. Lo mismo ha ocurrido con los demás retratos a lo largo de los siglos. El único pintor al que Cervantes se refiere como autor de un retrato suyo es Juan de Jáuregui de 1600, que fue donado a la RAE en 1911 por José Albiol, pero no tuvo demasiada credibilidad. Otro retrato atribuido al mismo pintor de la colección marqués de Casa Torres, se conserva hoy en la RAE, aunque no se tenga la absoluta certeza de que el retratado sea nuestro autor. Queda recordar el famoso cuadro del pintor El Greco, El caballero de la mano en el pecho, cuya figura algunos dicen que es la de Cervantes, como que también lo es uno de los personajes de El entierro del conde Orgaz del mismo pintor, al que conocería durante su estancia en Toledo, pero las teorías se quedan en hipótesis que sirven para seguir fomentando las investigaciones.


                 En 1616, la capital del reino entonces, Madrid, desconoció que había muerto su vecino más ilustre y el pobre entierro de Cervantes no turbó la febril actividad de la corte. Ni siquiera sus colegas notaron la ausencia. Sólo Francisco de Urbina y Luis Francisco Calderón, ambos de mediano ingenio, cantaron sus alabanzas y pusieron humildes flores sobre su tumba. Ni Quevedo se ocupó de su muerte, y el gran Lope de Vega debió de sentirse más tranquilo y más dueño de los teatros y de la vida literaria de la capital. Las cuatro ciudades más significativas, Alcalá de Henares, en la que nació; Madrid, en la que murió, y Valladolid y Sevilla, en las que vivió y escribió, lo silenciaron tanto en vida como a su pérdida. Es tal la presencia sobre todo de Sevilla en la vida y obra de Cervantes, que muchos de sus contemporáneos y estudiosos posteriores le creyeron nacido allí y no fue así, pero la visitó en varias ocasiones. Se conocía el laberinto de calles sevillanas como la palma de su mano, y por eso traza en su obra las figuras y los escenarios de la ciudad con pleno realismo, consciente de la riqueza literaria que encerraban (así, el famoso Patio de Monipodio en Rinconete y Cortadillo). Marginado por la buena sociedad sevillana, su vida agitada no debió permitirle frecuentar con asiduidad los medios literarios. Llamó mucho su atención el famoso "Arenal", reunión de pícaros y gentes del hampa, y el "Compás", la entrada a la mancebía sevillana, la puerta de la "casa llana", teatro de ruidosas escenas que debió presenciar. Cervantes lo volvió a recordar en su Viaje al Parnaso. Y por conocer, llegó hasta a pasar en su célebre Cárcel Real unos meses en 1597, a causa de la quiebra y desaparición del banquero Simón Freire, al que había hecho depositario de los cuantiosos cobros de los impuestos que realizaba como recaudador. A ella debió referirse en el prólogo del Quijote, cuando afirma que la obra fue engendrada en una cárcel -para ser traducida después a casi todos los idiomas del mundo, algunos tan singulares como el tibetano, el manchú, el afrikaans, además de los "patois", el swahili, el volapuk, el esperanto o al abecedario númerico en edición criptonumerográfica, como pueden apreciarse en su casa de Alcalá-, aunque en Argamasilla de Alba prefieren pensar que Cervantes empezó a sentir el Quijote en la cueva de Medrano, donde dicen que estuvo preso. Toda su obra desprende un aroma sevillano, igual que la de Velázquez. Por todo ello, fue la ciudad decisiva en su vida de escritor, cuyo recuerdo evoca una lápida en la calle de Sierpes.


                Hoy rememoramos la figura de un escritor que durante siglos ha logrado conmover al mundo por su compromiso con su tiempo y su valor literario e incluso, filosófico, sin caer en el lugar común de pensar que su única obra trascendental sea el Quijote, -pues además de extraordinario novelista fue un excelente dramaturgo (aunque él se consideró frustrado en este género ante la magnitud de Lope de Vega), y buen poeta-, que recorrió los penosos caminos de su vida en busca de una quimera que sólo encontraría en la literatura, y supo sobreponerse a todas las locuras para dejarnos una herencia literaria sin parangón. Cervantes es en la literatura universal un autor fundacional, uno de esos genios límite que representa la ejemplaridad del clásico: con el Quijote, novela de novelas, expresó los requisitos eternos del género, intuyendo lo que la novela podía llegar a ser, aunque muriera sin ser consciente de la importancia de su descubrimiento, y acuñó una de las más hermosas parábolas de infinita sabiduría sobre la condición humana: la dicotomía entre lo que podemos ser y lo que queremos ser, originando al mismo tiempo una fuente inagotable de belleza y complejidad para la lengua española. De misteriosa vida, apenas valorado en su tiempo, su mérito estuvo en sobrepasar sus propios desengaños y fracasos ofreciendo unos personajes que nunca se desengañaron ni conocieron mayor gloria que la locura o la penuria, vidas que pudieron ser y no fueron, tantas como sueños... El Quijote es la novela de un soñador, moderno, contracultural, que cuestiona constantemente la estructura de valores de entonces en todas sus expresiones, desde la sonrisa siempre.


                  Francisco Ayala describe a Cervantes como un hombre de cultura media, abierto de ideas, conformado por un espíritu erasmista que mantuvo en secreto, que aceptaba el sistema porque pertenecía a él pero lo criticaba con reticencia "diciendo sin decir", liberal, que utilizó la novela para reinterpretar la realidad y su problemática con distancia y un cierto descreimiento. El Quijote aparece en un momento de tensión histórica en que España ya no puede vivir el modelo caballeresco medieval que alentaba los libros de caballerías ni se decide a asumir el burgués que traía consigo la racionalidad científica. Cervantes presenta entonces los conflictos humanos, los errores de la conducta, desde múltiples puntos de vista, para que sea el lector quien juzgue. Y lo hace con un conjunto de técnicas narrativas de gran impacto visual que se han presentado como contemporáneas pero que estaban todas dentro del Quijote y que si hoy pueden ser puro adorno, en él son funcionales, mostrándose siempre evasivo y ambiguo, porque ha llegado a entender lo máximo del mundo con todos sus matices, de ahí su duradero encanto...



               Entre 1575 y 1580, Cervantes permaneció como prisionero en la ciudad de Argel (tras su participación en la batalla de Lepanto con la consecuencia de su invalidez): cinco años que marcaron -entre los 28 y 33 de su vida- hondamente su obra literaria futura. Berbería es el nombre en el siglo XVI del actual Magreb, pero para los españoles era simplemente el reino de Argel, donde Cervantes estuvo cautivo cinco años de su vida.  La ciudad era una verdadera Babilonia, en donde un hombre podía pasar de esclavo a gobernar un navío o todo un territorio. Eran los tiempos de los hermanos Barbarroja, que habían conseguido crear todo un imperio, avanzadilla occidental del temido imperio otomano, y del turbio y turbulento mundo de los servicios secretos de Felipe II en esas tierras. Cervantes lo reflejó en sus comedias y entremeses y en el capítulo del Quijote del cautivo y la princesa mora Zoraida, un relato que encarna la fascinación exótica que, en época de Cervantes, ejercían los serrallos de Las mil y una noches. La Historia del Cautivo narra hechos similares a los relatados en la "Vida del soldado aragonés" del personaje Ginés de Pasamonte -o Gerónimo de Pasamonte, aragonés de Ibdes, combatiente en la batalla de Lepanto junto a Cervantes, que podría haber sido el autor del Quijote apócrifo firmado por Alonso Fernández de Avellaneda-.

                 Este relato autobiográfico dejó perplejos a sus analistas por la curiosa amalgama de partes históricas y partes novelescas que no llegan a fundirse armoniosamente, aunque, lejos de considerar la heterogeneidad del relato como un defecto, la variedad de estilos y géneros narrativos diferentes (cuento popular, relato histórico, novela de aventuras, leyenda piadosa, autobiografía) podrían interpretarse como indicios de un arte experimental y audaz, propio de un escritor conocedor de la cantidad de discursos que constituyen el mundo moderno, lo que le aporta vigencia a Cervantes. Esa fragmentación de la literatura corresponde a la fragmentación del mundo real que no tiene ni principio ni fin predeterminados. Si en la primera parte, que culmina con la victoria de Lepanto y termina con la evocación de la heroica defensa de Túnez, todo es valentía y noble idealismo, en la segunda (la de Zoraida), se refleja un mundo en el que el único valor efectivo es el dinero, lo que divide el tiempo del relato atendiendo a una diferente escala de valores que suponen los nuevos tiempos. Uno de los dos renegados, Hazán Bajá, revela que "llegó a ser muy rico" dedicándose al comercio de esclavos: sólo su extrema crueldad se ve compensada en parte por la simpatía que demostró hacia un "soldado español llamado un tal Saavedra". También Zoraida puede ser interpretada en clave de ironía: su único deseo es pasar a tierras cristianas, su amor no es real y su belleza es relativa. La colaboración entre la mora y el renegado en la fuga constituye la gran novedad de la Historia del Cautivo frente al tratamiento tradicional que Cervantes manejó en Los baños de Argel. Lo que aparece ahora es una síntesis del idealismo antiguo y una pervertida modernidad en la que, a pesar de todo, ningún personaje resulta totalmente malo...


                                                         
                    A pesar del dolor de toda ausencia de libertad, Cervantes debe a la cultura musulmana una parte de su tolerante sabiduría. En el acta de liberación como cautivo de los berberiscos en Argel, rescatado por sus hermanos se dice: "El 10 de septiembre de 1500 se rescató a Miguel de Cervantes, natural de Alcalá, de edad de 31 años, hijo de don Rodrigo Cervantes y doña Leonor de Cortinas, vecino de la villa de Madrid, mediano de cuerpo, bien barbado, estropeado del brazo y mano izquierda". Según la partida bautismal de Alcalá, Cervantes contaría 24 años en plena batalla de Lepanto. En tiempos actuales de regresos forzados y agresiones xenófobas vale la pena reflexionar en este Cervantes emergido del cautiverio que ayuda a desentrañar la producción literaria cervantina de mestizaje. En El trato de Argel describe paisajes y entornos con bastante exactitud por lo que esta obra de teatro de corte clásico pero innovadora en muchos aspectos, adquiere una singular importancia por su alcance histórico, autobiográfico y documental. La gran sultana recoge el mismo tema -los cautivos de los turcos- y, aunque evoca a Los baños de Argel, los personajes no se convierten en mártires a pesar de estar a punto de perder la vida. Cinco años después de su cautiverio, Cervantes con 38 años se instala en Madrid a probar fortuna con las letras: se le conoce como poeta y quizá se han representado algunas comedias suyas que hoy no conservamos. Entonces, 1585, publica su primera novela, La Galatea, que llama égloga. Tras la primera parte del Quijote en 1605, se editan las Novelas ejemplares (1613) que él mismo tuvo por algo genuino y novedoso: "Son mías propias, no imitadas ni hurtadas", convencido de que esta particularidad le iba a permitir proclamarse "el primero que ha novelado en lengua castellana". Ya fallecido, en 1617, aparece Los trabajos de Persiles y Segismunda. Historia septentrional, la suma de todos los puntos de vista posibles en su tiempo sobre la novela, tal como se ha calificado.

                                         
                                                             
                  El complejo mundo vital y literario de Cervantes ilustra a la perfección los avatares de la sociedad en la que se desenvolvió. Por su condición de "cristiano nuevo" parecía siempre contemplar a España desde su periferia o, más propiamente, desde sus arrabales. Su actitud ante la realidad reinante debe observarse a la luz de la permanente vigilancia de la Contrarreforma que le obligó a asumir una técnica de hábil disimulo velando sus más secretos pensamientos para despistar a los sabuesos inquisitoriales, topando con la rigurosa y exigente censura que, por ejemplo, eliminó del Quijote en su edición de Valencia y a partir de ella, en todas las de los siglos XVII y XVIII, la famosa frase que la duquesa dice a Sancho "advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada", que había que entender en un contexto humorístico al ver la duquesa que Sancho no quería azotarse. Con su fina ironía puso en solfa la hipocresía, mediocridad y la pobreza existencial de la sociedad española del momento, proponiendo a un don Quijote que representaba lo amable, lo gallardo, lo generoso y lo más puro, pero también la lucha de una España que se movía en tiempos fronterizos y cambiantes. Teniendo en cuenta, por otra parte, el erotismo soterrado que -como se ha estudiado- se desprende de la actitud de muchos personajes en casi toda la obra mostrándose esclavos del deseo, es admirable el atrevimiento de Cervantes, ya que, por mucho menos, había quien daba con sus huesos ante el tribunal de la Inquisición. Pero estamos ante una parodia de las novelas de caballerías y era inevitable que mostrara uno de los aspectos más característicos de las aventuras de los caballeros andantes.


                                                       
                      Don Quijote es, además, un amoroso idealista pero también esconde un lado pasional que lo atormenta. Es una novela con fragmentos tan libertinos que, en una época donde se llegaba a asesinar en nombre del honor, resulta sorprendente. Cervantes da un paso más en el terreno de la provocación usando como recurso cómico un tema que encendía la fantasía de sus contemporáneos: el travestismo. No en vano las mujeres se disfrazaban de hombres en el teatro del momento, algo que gustaba tanto que el abuso de este procedimiento originó que la Iglesia aprobara reglamentos para impedirlo... Nacido cerca de la Universidad de Alcalá, fue con todos los honores un "ingenio lego", según Francisco Márquez Villanueva, y los estudios tardíos que se le han supuesto, a su vuelta de Argel, no se han confirmado. Pero siempre tuvo mucho interés en la experiencia humana y literaria de la vida estudiantil: así, aparecen en la segunda parte, el bachiller Sansón Carrasco, el "primo" que prepara un libro de conocimientos inútiles y el joven poeta don Lorenzo, hijo del caballero del Verde Gabán, tipos eternos del bellaco estudiante, el pedantón y el verdadero amante de las Letras. En El coloquio de los perros hizo una gozosa pintura de la vida estudiantil, así como en La señora Cornelia y en La tía fingida, obra que se le atribuye, cuya inmoralidad ha sido muy exagerada por la crítica decimonónica que se escandalizó ante ciertas libertades de lenguaje de lo más corriente en la época. Salamanca era reconocida como capital de la vida regalada en Castilla, en la que la vida del estudiante era una mezcla de piedad y lujuria generalmente. Cervantes conocería las asociaciones o "nationes" que agrupaban a los estudiantes según su procedencia, y les sacó partido literario continuando un material heredado de carácter tópico, ceñido a la vida ruidosa y al erotismo que ya se había configurado con los goliardos, la comedia elegíaca y humanística y el chispazo celestinesco. Lo que pretendió fue infundir vida novelística a las anquilosadas tradiciones de la universidad medieval y eso requería a alguien curtido en el oficio, porque ese objetivo no era asequible a aficionados ni principiantes...

                       Sigmund Freud aseguraba en sus primeros comentarios sobre el Quijote que su lectura no era idónea para "jovencitas" porque muchos pasajes eran "bastos y nauseabundos". Sin embargo, en su juicio más maduro sobre la creación de Cervantes creyó que el personaje del Quijote proporcionaba "con su seriedad un placer que podría llamarse humorístico", pero una vez que el autor dotó a esta ridícula figura de la más profunda sabiduría y de los más nobles propósitos, y le convirtió en el representante simbólico de un idealismo que cree en la realización de sus metas, que se toma en serio su deber y que toma lo prometido al pie de la letra, esta figura dejó de tener un efecto cómico. Freud llegó a considerar a Cervantes el precursor de la psicología científica. De hecho, se dice que el Coloquio de los perros por su estructura en forma de diálogo interpersonal mantiene evidentes semejanzas con una sesión entre analista y paciente.

                                                     
                   Heraldo de Aragón publicaba un artículo de Santiago Ramón y Cajal en 1905, que he podido localizar, especialmente iluminador y sugestivo, titulado "Psicología del Quijote" con el que intentaba comprender la complejidad de los rasgos psicológicos y morales del hidalgo manchego y que achacaba a su "anormalidad mental". Se preguntaba también por qué Cervantes no había creado un héroe cuerdo, por qué "los altos idealismos de la ciencia, de la filosofía y de la política, los grandes heroísmos y las magnas empresas humanitarias", desgraciadamente sólo podían ser obra de la "insania" del personaje y por tanto, de la "complicada mente de Miguel". Y analizando su vida encontraba la justificación al comportamiento singular de don Quijote como consecuencia de tanto dolor, tanta penuria y tanto desengaño como tuvo que soportar a lo largo de su azarosa y amarga existencia, unido todo ello, naturalmente, al "privilegiado cerebro" que poseía. Cervantes se pasó la vida soñando: la gloria como soldado y como poeta, la prosperidad económica como funcionario, el amor perdurable... Pero "al doblar la cumbre de la vida se vio olvidado, solitario, pobre, cautivo y deshonrado". Ramón y Cajal recuerda su paso por la cárcel de Sevilla afirmando que lo que sintiera en ella seguramente le deformó el carácter y la voluntad, como suele ocurrir ante "los grandes desencantos", señalando que la figura del protagonista está tan soberana, tan amorosamente sentida y dibujada, que por fuerza el autor debió tener algo y aun mucho de Quijote (las nuevas teorías, como la del académico y crítico estadounidense William Eggington, ven hoy la novela como pura ficción -puesto que Cervantes inventó "la ficción"-, como un precedente de las actuales "expectativas de la experiencia ficticia"). Para Ramón y Cajal, Cervantes "se miró muchas veces al espejo" y entiende que la resignación final habría cambiado de enfoque si su vida hubiera sido serena, sin pesadumbres y miserias, aunque entonces la obra no habría llegado a ser imperecedera y don Quijote, universal y eterno, compendio de la vida humana. Concluye, como el gran experto que fue en su especialidad médica, que el dolor es un "gran despertador de almas e instigador de energías" y que "las perezosas células cerebrales sólo encienden su luz bajo el látigo de las emociones penosas". Por eso quizá necesitara para encontrar el tono de la inspiración sublime, además de su tormento vital, la visión del "espectáculo desolador de la miseria".


                   A finales de 1614, preparando la segunda parte del Quijote y la edición de las Ocho comedias y ocho entremeses, Cervantes publicó una obra en verso en el espíritu de la tradición satírica: Viaje del Parnaso. Aunque ya era conocido por esos años, no había podido conseguir reconocimiento para su poesía, "la gracia que no quiso darme el cielo". Quería reseñar a los poetas del momento quedando bien con sus colegas, como 38 años antes con el Canto a Calíope, pero entre una obra y otra ha transcurrido gran parte de su vida y todas las desilusiones, toda la reticencia de la que era capaz, quedaron reflejadas en el famoso viaje. "Desde mi más tierna infancia amé el arte dulce de la agradable poesía", escribía ya en el último recodo del camino, pero todavía hoy sigue sin estar suficientemente estudiada y valorada, probablemente por su singularidad: culta, solemne a menudo, casi siempre integrada en otras composiciones teatrales o narrativas y a veces, atribuida a él sin seguridad de que la hubiera escrito. Resulta muy recomendable la edición de la poesía selecta, de José Manuel Caballero Bonald.


                 ¿Hay un futuro para Cervantes? Rotundamente: sí, siempre que no se abandonen las Humanidades en la enseñanza en ese afán de vender tanto cientifismo y pseudomodernidad tecnológica, que están despreciando los estudios de las lenguas clásicas, los conocimientos filosóficos, históricos y artísticos siguiendo un modelo de vida exclusivamente pragmática y de utilidad inmediata, y se reconduzca la educación global de los españoles poniendo de la manera adecuada al alcance de los jóvenes el pensamiento de nuestros clásicos, a la manera de la fórmula británica de desempolvar los ancestros y ver qué provecho actual pueden tener. Si el clima general cambia, es posible soñarlo. Para saber si Cervantes es algo más que un fetiche trasnochado hay que conocerlo. Y eso supone no sólo leerlo sino comprender su contexto. Si ya se conoce la ruta de Don Quijote por La Mancha, las mejoras realizadas en los últimos años pueden aportar otra mirada en una nueva visita. Si se desconoce la ruta por Aragón, no se la pierdan, y si la recorren completa, como la que nos han mostrado recientemente Julio LLamazares y el fotógrafo Manuel Navia, seguro que repiten.Y de paso, disfrutan de la gastronomía del trayecto tal como la leemos en el Quijote. Cervantes y la lengua española son marca "España". Lo que me acerca a Cervantes desde que entró en mi vida es esa mezcla de lo complejo y lo sencillo que caracterizó su vida y su obra llenas de claroscuros, en las que, de pronto, la emoción de la victoria se une a la riqueza del sueño y de la idea, o se construyen la dignidad y la verdad de lo oculto y del suspense, o cuando la escritura que expresa una ética de la inteligencia se desencadena en libertad y belleza desatadas... Desprende mucha ternura la afirmación de don Quijote: "A pesar del sufrimiento, yo resisto".


                Para una visión diferente de la biografía de Cervantes desde un punto de vista muy original puede consultarse la reciente obra de Jordi Gracia, La conquista de la ironía. También resulta enriquecedor escuchar en voces actuales el texto del Quijote: en la web de "Literatura sonora" se ha llevado a cabo una encomiable labor rescatando la lectura en voz alta de la novela. En cuanto a la relación de Cervantes con aspectos científicos -que también existe-, se ha estudiado el vínculo del escritor con sus contemporáneos Galileo y Kepler y la revolución astronómica de la época (se puede encontrar en la página de "Space Apps Zaragoza"). Dijo Gerardo Diego, uno de los "Premios Cervantes", al recibirlo: El año de Cervantes no existe, porque a partir de 1605 todos los años son suyos... Desde 1547, el arte, el tiempo, la vida, son suyos... 

             

               

viernes, 8 de abril de 2016

Desembarazarse de Crisantemo





                                                                    que no está en la elegancia
                                                                    y modo de decir el fundamento
                                                                    y principal sustancia
                                                                   del verdadero cuento
                                                                   que en la pura verdad tiene su asiento.


                                                                          Miguel de Cervantes (La Galatea)



     Then beauteous niggard, why dost thou abuse    (Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
     The bounteous largess given thee to give?           de lo que se te dio para que dieras?
     Profitless usurer, why dost thou use                     Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
     So great a sum of sums, yet canst not live?         suma tan grande, si vivir no logras?

     For, having traffic with thiself alone,                       Al comerciar así sólo contigo,
     Thou of thyself thy sweet self dost deceive.          defraudas de ti mismo a lo más dulce.
     Then how when nature calls thee to be gone?       Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
     What acceptable audit canst thou leave?              podrás dejar que sea tolerable?)


          William Shakespeare (Sonetos)                           M. Mújica Láinez (Traducción)



                                                     
                                    El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera.

                                                                                            Alexandre Pope




                                 El ovetense Gonzalo Suárez recibió el Premio Goya al mejor director de cine por su inquietante película "Remando al viento", y por el conjunto de su filmografía le fue otorgado el Premio Nacional de Cinematografía en 1991. Recordamos "Oviedo Express", "Epílogo", "El portero", "La Regenta", "Los pazos de Ulloa" (serie para televisión)..., pero la dimensión artística y creativa de Gonzalo Suárez engloba facetas menos conocidas: actor, director de teatro, guionista, adaptador de novelas (insuperable "La colmena", que dirigió Mario Camus), y sobre todo, la de escritor. En su obra no hay distancia entre creación y representación, porque el cine y la literatura no sólo se han ido alternando a lo largo de una trayectoria ya muy extensa sino que se han fusionado en ocasiones, incluso adaptando sus propias narraciones al cine y mostrando en películas y libros los mismos temas, obsesiones y una estética híbrida absolutamente sugestiva y original. Su vocación real, ha declarado, es escribir (en 2015 publicó su última novela, Con el cielo a cuestas). Y como lectores o espectadores, siempre tendremos asegurada la risa. Porque Gonzalo Suárez ha utilizado constantemente la imaginación como un modo de enfrentarse al mundo, como una forma de evadirse de una realidad demasiado aburrida y decepcionante, como una manera de "romper lo cotidiano", en palabras de Cortázar. Innovador y surrealista, muestra una enorme capacidad de sorpresa, la constante dialéctica entre realidad y ficción, la complicidad del público y un humor arrasador, cercano al absurdo, herencia, según confiesa, de escritores como Chandler, o de una tradición española que entroncaría con la primera línea vanguardista española: Mihura y "La codorniz", Jardiel Poncela, o cineastas como Buñuel y Berlanga.


                 Su obra literaria se reedita con frecuencia. Quizá los mejores libros se encuentren en el comienzo de su producción, cuando el relato corto se acomodaba perfectamente al deseo de libertad formal adecuado a narraciones breves de final abierto en la línea de las de serie negra de Dashiell Hammet, que más tarde adquirieron mayor complejidad estructural. En el volumen antológico La Literatura, se incluyó uno de sus libros de relatos iniciales, Trece veces trece -al que pertenece el "cuento" moderno Desembarazarse de Crisantemo-, que lleva esta cita inicial:

             "Si yo paseo por un bosque y veo dos árboles, mi deber sería decir que lo que veo son dos árboles. Usted ve, en efecto, dos árboles. Pero yo veo el hueco que hay entre los dos árboles, y paso". 

                    Los analistas actuales del cuento contemporáneo señalan que el relato breve de ficción recoge elementos del cuento folclórico tradicional y por tanto, de la oralidad, a los que se añaden nuevos rasgos renovadores. Augusto Monterroso afirma: "la única regla para escribir un cuento es que no hay reglas". Y el profesor de la Universidad de Zaragoza, Luis Beltrán Almería, según los planteamientos de Mijaíl Bajtin, señala que "el cuento literario conserva deformada su naturaleza folclórica". Además del didactismo, la atemporalidad, la agudeza, los personajes arquetípicos, el afán generalizador y el deseo de distraer, José Mª Merino especifica que en el cuento "debe producirse la mayor intensidad en la menor extensión posible", y que, efectivamente, en los autores españoles de cuentos de los últimos cien años el gusto por lo fantástico y lo humorístico es lo más relevante, puesto que las influencias más notables recibidas son las de los grandes rusos, la de Hemingway y otros escritores de "the lost generation" y la de Kafka, a través de Borges, Cortázar y Calvino: un humor que podría relacionarse con una "estética patética", la pertenencia del cuento a los géneros "serio-cómicos" o con el "fabliau" narrativo, o sea, una simbiosis de tradición y escritura e historia que da lugar al carácter proteico del cuento literario y que en definitiva, lo que pretende es criticar y ridiculizar la sociedad del momento a través de una sátira mordaz y burlesca, divertida pero un tanto cruel, como se aprecia en Desembarazarse de Crisantemo.





                   A esa combinación de rasgos temáticos y formales, añade Gonzalo Suárez en este cuento otros recursos técnicos compositivos que articulan el relato, como los que provienen de la parodia carnavalesca, de la animalización de la fábula, de la atmósfera caricaturesca y la bufonada engañosa, del mundo de las maravillas y las metamorfosis cercano al universo mágico de la ciencia-ficción y, sobre todo, del carácter que lo envuelve desde el principio: el misterio y el suspense, que sólo se resolverán en la sorpresa final de un desenlace inesperado (¡o no!...), una especie de pirueta última ingeniosa, el "golpe" definitivo...( el "knockout" de Cortázar), que recuerda inevitablemente a Hitchcock por ejemplo, en la adaptación de un episodio de los Relatos de lo inesperado de Roald Dahl. Por la vía de una estética de la mascarada clásica y moderna Gonzalo Suárez mostrará, en definitiva, la ética de la verdad.


                   El turbador título anticipa un desarrollo alarmante: Desembarazarse, ¿quién, por qué, para qué, cómo librarse de lo que genera un enorme peso o estorba? Crisantemo: el personaje que aparece abruptamente desde el principio se apellida así. "Crisantemo" es el nombre de una flor, pero no es una flor cualquiera sino una muy peculiar: una flor amarilla (del griego chrysos, oro, y anthemos, flor), considerada a veces como "una mala hierba" de la que se extraen polvos insecticidas. Tradicionalmente, en la cultura occidental es la flor que se lleva a las tumbas de los cementerios, y en las costumbres orientales se utiliza para celebrar "los hechos memorables" que implican sabiduría. En el lenguaje de las flores, simboliza la eternidad y la inmortalidad. Para su correcto desarrollo el crisantemo necesita la luz y una temperatura cálida. Aunque puede crecer en diferentes colores, en el más genuino, el amarillo, representa el estímulo de la memoria pues refleja el color del sol que surge de las tinieblas como mensajero de la luz y vuelve a desaparecer en la tenebrosidad, es el color de la intuición que ilumina las tendencias de los acontecimientos. Se asocia como superstición a la muerte. Crisantemo (amarillo) aplicado a nombre de varón implica rechazo y desdén. Por su naturaleza, las flores simbolizan la fugacidad de las cosas: los griegos y romanos cubrían con ellas a los muertos y las esparcían sobre los sepulcros y para los egipcios recordaban la realidad de la muerte y el bienestar de una nueva vida. Son una imagen arquetípica del alma. En fin, la flor de oro, en la mística china, es el símbolo legendario del imposible.


                   Con tales antecedentes, el título podría aclararse pero lo que realmente se acrecienta es la intriga. Crisantemo se ha presentado de repente ante un librero para requerirle la razón del envío a su padre -recientemente fallecido- de un lote de libros que ha debido abonar él. Dos, pues, son los personajes que protagonizan el hecho narrativo: un librero, sin nombre, que adopta la función de narrador, del que se deduce que es mayor ya que lleva "años de trabajo" ahorrando, según dice, frente a "un joven", de apellido simbólico, que ha realizado un "viaje a la ciudad" para hablar con él, que no se sabe de dónde viene pero sí que su padre no le había dejado "ni un céntimo", y que "sonreía" a pesar de llevar "el traje de luto", lo que resulta muy patético para caracterizar a un hijo. Dos personajes opuestos que entran en conflicto desde el principio a través del diálogo, basado en preguntas y respuestas rápidas, breves, inquisitivas por parte de Crisantemo, casi como ráfagas policiales. El relato remite a un comienzo tradicional, "hacía", y a un contexto espacio-temporal no absolutamente precisado pero intuido: un mundo urbano contemporáneo. Se sabe, también, que el librero hacía tres meses que había comenzado ese negocio: la venta de libros. La referencia al padre muerto es constante, como si se tratara de un fantasma que pulula a lo largo del cuento (el mundo de los muertos adquiere una enorme importancia en cualquier narración folclórica), con el que ya tenemos el número mágico, el tres, que se reiterará varias veces a lo largo de la narración, otorgándole cohesión y unidad, junto a otros elementos recurrentes.


              El número tres es considerado como el de la armonía en los contrarios, síntesis espiritual base de la perfección. Crisantemo siente curiosidad -y con él, el lector- por saber qué motivos ha tenido su padre para comprar una serie de libros antes de morir, lo que le revelaba "un aspecto inédito" de su carácter...porque "no acostumbraba a leer", según le responde al librero. Los libros son tres, entre ellos un manual de gimnasia sueca. En la conversación, Crisantemo interroga al librero acerca de si recuerda a su padre cuando se presentó a efectuar el encargo, que tal vez hiciera en su última estancia en la ciudad. Al describírselo, el librero afirma recordarlo, pero Crisantemo confiesa que no fue a la ciudad. A estas alturas, el lector está confundido e intrigado (quizá ya menos el librero) y todavía más cuando añade estas enigmáticas palabras:

          - Tiene usted un negocio bien organizado y muy próspero. Nunca hubiera sospechado hasta qué punto podía resultar lucrativo vender libros en este país. Compartía la idea, bastante generalizada, de que aquí nadie lee.


            Para el librero, la clave del éxito radica en "localizar a los clientes". Crisantemo sabe que "usted ha descubierto una clientela segura. Esta es la razón por la que he decidido ser su socio", pero sólo para "compartir beneficios". Ante su negativa, Crisantemo deberá insistir y desenmascarar definitivamente al impostor de una forma sorprendente e irónica, que deja bien a las claras la catadura moral de un nuevo pícaro. Y lo hace de forma gradual, sin dar opción a las evasivas del librero que, acorralado, acaba sucumbiendo al descubrimiento:


                      1.  Su padre estaba paralítico desde hacía cinco años, así que el manual de gimnasia le había producido "hilaridad".
                      2. "Además de paralítico, papá era ciego"
                      3. "El nombre y dirección de mi padre constaban en la esquela que publicaron los periódicos".



                     El diálogo continúa:

              - El negocio ha sido concebido muy inteligentemente, y podemos pensar en nuestro porvenir. La gente no ha adquirido la costumbre de leer, pero no pierde la costumbre de morirse. Evidentemente, los muertos son unos clientes seguros y poco exigentes. Y las familias de los difuntos suelen estar atareadas y preocupadas.
              - Siempre pagan, y se quedan con el paquete.

       
                   Y finaliza con la invitación a visitar el almacén, situado en el sótano, donde se guardan los libros, comprados "al peso". Con él termina el planteamiento de la historia y la caracterización de los personajes, aunque esperan sorpresas todavía: un librero se ha visto obligado a acoger como socio de su negocio a Crisantemo, al ser descubierto por éste en el fraude de vender libros a los ya fallecidos -en este caso, al padre de Crisantemo-, con el fin de lucrarse a costa de los familiares. ¿Podríamos considerar esta propuesta como imaginativa y ficcional a la manera clásica de una patraña? A partir de aquí, se ha planteado un problema que necesita una solución y para lograrla, el autor introducirá los componentes fantásticos necesarios para el desarrollo del relato hasta llegar a un final previsto o imprevisto, según le parezca al lector. Los personajes se reconocen  en una caracterización emotivo-valorativa como astutos: los dos engañan, fingen, disimulan y silencian, carecen de integridad y honradez; probablemente, el librero muestra más ingenuidad, pues cae en su propia trampa y Crisantemo resulta un ser abyecto, que contiene "las carcajadas" simulando "que sollozaba" en una de las misas celebradas por la memoria de su padre mientras recordaba el manual de gimnasia sueca. La epifanía se resuelve rápidamente con el descenso al sótano de la sabiduría.


               Acabado el diálogo y sin solución de continuidad, una elipsis temporal (que correspondería a un fundido en negro en una versión cinematográfica) interrumpe bruscamente el relato que intensificará la tensión con el desarrollo de la idea germen del título. En el lugar adecuado va a encontrar el librero -una vez descubierto en su mentira- el objeto mágico que le ayudará a intentar liberarse de quien le ha chantajeado queriendo sólo beneficios, pero sin trabajar. Es una nueva aparición que continúa manteniendo la expectación del lector: en el almacén aparece el libro Magia africana para influir sobre los acontecimientos, las personas y las cosas.

            Desde que Crisantemo se había convertido en mi socio, busqué sin cesar la manera de desembarazarme de él. Descarté el asesinato por ética profesional y, sin embargo, comprendía que sólo la muerte podría librarme de mi colaborador, ya que nos unían lazos más indestructibles que los del matrimonio...Cada vez se volvía más insoportable y exigente... y él se limitaba a leer las esquelas del periódico que yo le llevaba cada mañana a la cama, con el desayuno.


              En el mundo de valores del librero, sólo la muerte puede hacer desaparecer el conflicto, lo que evidencia una mentalidad primitiva y arcaica de la que se burla con un sarcasmo implacable el autor, que también satiriza la actitud pasiva y dominante de Crisantemo, que, en una vengativa inversión de papeles, se ha convertido en el amo y señor que no era, en clara parodia de ascenso social. En la descripción de la cotidianeidad de los personajes y la sobrevenida presencia de la inverosimilitud de la fantasía se observa una combinación de lo natural cotidiano más la espera de lo milagroso y maravilloso, como consecuencia de que en la modernidad el canon del cuento ha sido difuminado por un nuevo género, la novela. La muerte simboliza, en el caso del librero, la suprema liberación, el final de lo negativo: el sacrificio de Crisantemo (al fin y al cabo él siempre se había aprovechado de los muertos...). Cuando Crisantemo duerme, él desciende al submundo del sótano (los subterráneos -cavernas, pasadizos, el laberinto tenebroso, el interior de la tierra... encarnan la incomunicación, la visceralidad, la posibilidad de la búsqueda de la luz), para leer a hurtadillas y maquinar de forma maquiavélica cómo zafarse del intruso.


                 El librero se detiene en el capítulo "Cómo perjudicar a las personas a quienes no se quiere bien", pero los venenos hechos con plantas exóticas que aprende no le sirven porque a Crisantemo "no le gustaba la verdura" (a pesar de todo, el autor ha dotado a este personaje de un punto de inocencia que justifica de alguna manera el final todavía en suspense). Prefiere los procedimientos para "transformar a los amigos y esposas infieles en animales salvajes o domésticos":

                 Cada persona tiene propensión, desde su nacimiento, a convertirse en un animal diferente. Es conveniente, antes de iniciar los sortilegios, concretar la clase de animal adecuada en cada caso.

             Este es el descubrimiento que le da la clave de la resolución del enigma: la metamorfosis, la transformación en el animal que le corresponda a Crisantemo. Descartada la idea de la muerte y convencido de que el negocio va a peor pues Crisantemo no colabora, piensa en convertirlo en animal, porque eso parece ser para el librero. Para saber en cuál, lo observa y anota sus palabras.Y le escucha nombrar a tres animales en frases absurdas: lobo, mariposa y asno. Como no le convencen, deduce que el adecuado es una jirafa porque lo había visto estirar mucho el cuello en tres ocasiones: cuando se hacía el nudo de la corbata, cuando se disponía a estornudar y cuando bostezaba. Y además le había dicho: "Los seres humanos estamos ante una tapia, y no conseguimos ver lo que hay detrás". Este es el punto de mayor concentración de intensidad y tensión en la narración, el lector se pregunta ¿qué pasará?, el misterio avanza y juega a imaginarse cómo se descifrará el embrollo.


              Comienza, pues, el proceso, que no estará exento de enormes dificultades (las "pruebas" del cuento folclórico, en el que "todo se puede transformar en todo porque nada es realmente nada"). La jirafa es un animal totémico, mágico, dotado de una gran capacidad de ir más allá de su ámbito, con una visión de gran alcance y percepción. Los tres cuernos le aportan fuerza y poder, le ayudan a abrirse camino, y le añaden una mayor aptitud para la estrategia. El enorme cuello le hace extenderse y conectarse fácilmente con el medio. Alegóricamente, los elegidos por este tótem son visionarios, con mentalidad proyectada al futuro, capaces de influir en los acontecimientos, son intuitivos, detectan lo que otros están pensando, consiguen los logros propuestos y animan a cumplir desafíos (en negocios, empresas...). Las jirafas son de color amarillo con estampado laberíntico para mimetizarse convenientemente con el entorno y ayudarse de su táctica de supervivencia con más eficacia... (Gonzalo Suárez, en claro guiño buñuelesco, hace pasear a una jirafa por un exquisito salón en "Remando al viento"). Los orígenes de la "animalización" hay que encontrarlos en el cuento medieval de raíz oriental. Muchos proceden de las parábolas predicadas por los monjes budistas, "jatakas", reencarnaciones de Buda en diversos animales. Son los primeros cuentos que pasan a la escritura. La colección arquetípica es el Panchatantra, de donde nacen Calila e Dimna y el Sendebar. También hay que tener en cuenta la tradición de los bestiarios medievales con todas las derivaciones artísticas posteriores, sobre todo en la literatura (Borges, Tomeo...). Gonzalo Suárez relataba en una entrevista que a él le habría gustado ser una mosca, por la perfección de su vuelo y porque se lo pueden comer todo...


                El ritual se inaugura con una especie de brebaje confeccionado con ingredientes dispares, entre ellos "cincuenta y tres gotas de vitamina A y agua abundante de la piscina municipal", lo que le provoca una ictericia que... ¿de qué color va a cubrir entero a Crisantemo? !Amarillo, claro! En ese gusto por contar que supone la amplificatio, el librero continúa realizándole "pases magnéticos" que cree han podido tener efecto cuando imagina verle un cuerno en la frente, que no es otra cosa que un chichón producto de un golpe, así que por tercera vez lo intentará acudiendo a la autosugestión psicológica: debe hacerle creer que se está convirtiendo en una jirafa. En ese clímax de horrores gradual que suponen todos estos pasos, recurre al disfraz, por lo que le regala una corbata !amarilla! con lunares negros, consigue que lleve calcetines amarillos y con un traje negro ya tenía "el aspecto de una jirafa". Al mismo tiempo, con el pretexto de comprarle una camisa, le va midiendo el cuello, comprobando que aumenta en tres milímetros en dos semanas, así que calcula que en tres o cuatro años el proceso de transformación habrá terminado.

             Lo importante, ya lo decía el libro, era no desistir en el empeño y aplicarse con paciencia y meticulosidad

              Ante esta actitud, Crisantemo respondía de una forma muy sospechosa para el lector. Dejaba proceder al librero disimulando mientras le repetía: "Tenemos una profesión privilegiada y trascendente.Vender libros a los muertos es una ocupación que enaltece", pero su socio estaba convencido de que "a pesar de ser un hombre listo, distaba mucho de imaginar mis propósitos". Cuando está en la creencia de que conseguir el objetivo va a resultar un proceso lento, se produce un corte repentino en la narración, una distensión conducente a un rápido y breve final, un cambio brusco, en palabras del librero "una brutal revelación". Dice el autor por boca del personaje introduciendo así al lector en el relato: "me sorprendió tanto como pueda sorprenderles a ustedes". Es un final con fuga: en el amanecer, con la luz de la aurora, Crisantemo desaparece. El librero, "despierta" de la oscuridad del sótano, de una forma tan despiadada que suscita la compasión del lector, de alguna forma cómplice, ante un burlador burlado.

           Sobre la cama vacía aparece una nota o carta, a modo de nuevo recurso estilístico muy utilizado en la tradición literaria (como en Chéjov), en la que Crisantemo, dirigiéndose al librero como "colega" le cuenta que, probablemente a causa del "exceso de trabajo", se está convirtiendo en una jirafa y que huye a un zoológico por temor al ridículo y a dar explicaciones de su embarazosa transformación. Le agradece que se haya ocupado de su porvenir más de lo que lo habría hecho su papá. Pero no será hasta el último párrafo cuando se descubran todas las claves del cuento. Gonzalo Suárez "juega" con el lector hasta el final absoluto, momento en que el perfil del librero queda definitivamente caracterizado. En sus palabras, nos damos cuenta de su miseria moral por una parte, pero también de la estafa del que ha sido más listo: el librero no se lamenta de la huida pero le sorprende para qué querría Crisantemo, convertido en jirafa,

           la cajita donde yo guardaba mis ahorros, fruto de años de trabajo, empaquetando y vendiendo libros, con el noble designio de elevar el nivel cultural de todos los muertos de este país.



               Aunque podríamos entender que el final es definitivo, el cuento, no, no se ha acabado, cada cual puede cerrarlo según su imaginación. El "juego de inmorales" no tiene límites. Aunque el relato aparece como un cuento "novelizado" o "novelístico", se desprende una cierta estética carnavalesca, producto del canon de la sátira menipea antigua que ridiculizaba las actitudes de los cínicos y denunciaba los vicios y defectos de la sociedad. También Cervantes creó un pícaro, Pedro de Urdemalas, ingenioso, que simulaba simpleza para embaucar a los ambiciosos y obtener éxito en su supervivencia e intento de cambio social. Las historias de burladores se tejen con mentiras y verdades: descubrir en ellas el componente realista o fantasioso es tarea del lector. Los personajes engañan y son falsos: se mienten unos a otros sin importarles más que su propio beneficio, son hipócritas y deshonestos. El objetivo es denunciar la inconveniencia de estas acciones no éticas que corrompen a la sociedad y por las que deberían recibir lo que se merecen, su justo castigo.


                A Gonzalo Suárez  los seres humanos siempre le han asqueado, según ha declarado, por su pequeñez, porque tenemos una tapia delante y no conseguimos ver lo que hay detrás, porque no existen las verdades objetivas concretas... ¿Cómo seguirían comportándose Crisantemo y el librero en el futuro? Lo que este cuento refleja es el mundo de valores propio de la época del autor, de la cultura en que ha surgido, del tiempo español en que ha sido escrito. Gonzalo Suárez indaga con ironía en el lado oscuro de la vida y en las frágiles fronteras entre el bien y el mal, añorando un imposible paraíso mientras critica la evasión de la norma y la decencia. El individualismo de los tiempos actuales tiene un alto precio: la soledad. Crisantemo y el librero, a pesar de su "complicidad" inicial son dos personajes en soledad. Los espacios en que se desarrolla el hecho narrativo resultan asfixiantes en ese sentido.



                Este mundo de valores presenta una defensa de los derechos humanos, de la dignidad personal, de la cultura y el trabajo, y una condena de la falta de honradez, la insolidaridad (que tanto criticó Chéjov) y de un nuevo valor material, el dinero generador de diferencias sociales. Pero también, un ciclo repetido del tiempo como reflejo del mundo primitivo: los muertos "sirven", la muerte está siempre presente en ese "eterno retorno" típico de Cortázar (porque las historias se repiten, lo mismo que la vida), así que seguramente se volverá a engañar para "enaltecer" el producto con cualquier método utilizado para ello. Parece que no se puede escapar al destino, fatum pesimista por parte del autor, por lo que al librero seguramente le volverá a pasar lo mismo porque es un personaje "crédulo", al estilo antiguo y su vida consistirá en un perpetuo "desembarazarse" de timadores como él y chantajistas como su socio. El cuento Desembarazarse de Crisantemo aparece configurado por la mezcla de ficción y realidad (un "realismo mágico" muy cinematográfico), la unión de lo maravilloso y fantástico con lo cotidiano, y la hibridación entre lo tradicional y lo moderno. A lo mejor, lo que el escritor pretende insinuar es que los avances tecnológicos, científicos y económicos de nuestra sociedad la mejoran de alguna manera, pero para conseguir un bienestar definitivo es necesario potenciar la sensibilidad social, el desarrollo espiritual y el progreso moral, o sea, que desaparezca la estupidez humana. O tal vez, usted haya deducido otras conclusiones...


                 Algunos de los componentes de los cuentos tradicionales dejan paso a nuevas técnicas para intentar "desrealizar la realidad", unas veces de forma impresionista, tan del gusto de Gonzalo Suárez, como ocurre con los irónicos diminutivos "cajita" -de ahorros- o "pobrecito" -el padre-, o bien expresionista, en las hipérboles deformadoras siempre en contraste con los claroscuros que potencian la intriga (esos puntos suspensivos misteriosos...), y en la forma más breve posible: es un arte miniaturista que correspondería a una fuga musical, a un vodevil teatral, a la cloisonné, a la presencia de un enano en un circo..., pero siempre con el tratamiento libre y personalizado de cada artista en su obra. El cuento está determinado por algo que está fuera de él, el escritor, con su carga de valores humanos, pero también literarios...

                    Julio Cortázar afirmó:


                     " Todo cuento está predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador ".


                    Y Edgar Allan Poe:


                     "El cuento breve permite al autor desarrollar plenamente su propósito, sea cual fuere, de lo que se ve privada la novela ordinaria que, dada su longitud, no puede ser leída de una sola vez careciendo de la inmensa fuerza que se deriva de la totalidad".


                  He aquí un magistral ejemplo, Desembarazarse de Crisantemo, de Gonzalo Suárez.





                                                   
                                                                    Japón, la tierra de los crisantemos
                   


             

           


       
             
           

                   


                 


                   
                   

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