miércoles, 2 de agosto de 2017

"AUTOCRÓNICA LITERARIA"

   



                                                                   serán ceniza, mas tendrán sentido:
                                                                   polvo serán, mas polvo enamorado.

                                                                                               ( F. de Quevedo)
                                      



                 
                           
                                           Durante los próximos meses, "Heraldo de Aragón" publicará una serie de artículos (la localidad turolense de Calamocha, de inevitable espacio en mi memoria, la comenzó ayer), dedicados a los municipios de Aragón, que recogen su riqueza patrimonial y artística y buscan la mejor esencia aragonesa en tradiciones, costumbres, huellas de antiguos moradores y, sobre todo, en las historias personales y humanas de sus actuales habitantes. Este loable proyecto viene respaldado por la D.G.A  y se propone trascender el mero análisis sociocultural centrándose en la realidad más viva de este territorio, en un recorrido muy ambicioso de gran atractivo y un futuro que promete frutos imprevisibles y sorprendentes experiencias para los interesados en el desarrollo moderno de la Comunidad. Como referencia imprescindible para este nuevo Aragón, pueblo a pueblo, la figura de Alfonso Zapater resulta fundamental. Los 18 tomos de la obra enciclopédica que editó en 1986 (prologada por Camilo José Cela) son de obligado conocimiento y punto de partida de la renovada crónica aragonesa. Alfonso Zapater comenzó a escribir en "Heraldo de Aragón" una página diaria mezcla de reportaje, entrevista, comentario y opinión, "Zaragoza al día", que resultaba algo distinto en el periodismo de la época, y "Aragón, pueblo a pueblo" se convirtió en un asombroso fresco del panorama regional en el que todos los municipios estaban presentes en plásticas semblanzas compendio de la experiencia del autor a lo largo de muchos años de visitas por todos y cada uno de los pueblos de la geografía aragonesa (731 oficiales y 1350 lugares aragoneses reseñados por él). La renovada serie se nos antoja, así, un merecido regalo para el recuerdo del escritor en el décimo aniversario de su muerte, y de su nacimiento, un día de julio muy cercano al de hoy, en Albalate del Arzobispo, población de Teruel, que seguramente lo habrá evocado de forma especial este año. Alfonso Zapater sentía por las zonas rurales que marcaron su infancia en libertad un intenso afecto. Por eso confesaría que Teruel le "dolía" cuando observaba la falta de progreso producto quizá, en su opinión, no sólo de su aislamiento sino de una falta de espíritu de colectividad o tal vez del excesivo complejo de victimismo de sus gentes, que no supieron en su momento explotar las posibilidades de una rica provincia, a pesar de las grandes individualidades que Teruel ha aportado a lo largo de la historia. Me sorprende conocer que la Diputación Provincial de Teruel no colabore en la actualización de este "Aragón, pueblo a pueblo" redivivo.







                                                     
                                   

               
                        Juan Villalba Sebastián ha elaborado una biobibliografía profunda y amplia sobre Alfonso Zapater que recoge la revista "Turia" en su número 95, que a mí me parece la más completa realizada hasta el momento, teniendo en cuenta, lógicamente, que apenas alude a su obra inédita, bastante extensa, por lo que yo conozco, y más si contemplamos que comenzó a ejercer su vocación a los nueve años versionando antiguas obras teatrales y escribiendo incluso un auto sacramental. Sí menciona su primera novela, Camelia, nunca publicada, con la que iniciaría su labor narrativa, género en el que más a gusto se sentía, porque le daba "la oportunidad de fundir la realidad con la ficción, sin olvidar que todo tipo de narración va acompañada también de poesía y teatro", según declaraba en sus "Memorias". A Alfonso Zapater las novelas que más le interesaban de su producción inicial eran Siembra (Premio "San Jorge" de Novela) y El pueblo que se vendió (Premio Ciudad de Barbastro, 1978, que estuvo a punto de ser llevada al cine si hubiera obtenido las subvenciones adecuadas y fue protagonista de varios programas de televisión), que reflejan perfectamente la realidad social de los pueblos de Aragón. La última recuerda claramente la narrativa de la memoria propia de algunos grandes escritores actuales de ámbito leonés como José María Merino o Luis Mateo Díez, en la manera de describir universos decadentes próximos a su desaparición, con el eco evidente de Juan Rulfo y su Pedro Páramo, o la plasmación de la misma problemática en la forma poética que ya conocemos, en La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Alfonso recibió el Premio Ciudad de Jaca con la novela editada por Planeta, Viajando con Alirio, en la que reconocemos el modelo clásico de la picaresca por esa sucesión de peripecias del protagonista, que ahora podríamos explorar en alguno de los personajes de la galería narrativa landeriana, como el dibujado en Retrato de un hombre inmaduro, por ejemplo, insólitas resonancias que convierten al autor aragonés en pionero de éxitos recientes. Probablemente, el logro novelístico de mayor trascendencia fue El accidente, finalista del premio Nadal, editada por Destino. En la entrevista que "La Vanguardia" le realizó a propósito del reconocimiento de la calidad de esta novela, que llegó a considerarse superior a la ganadora, Alfonso manifiesta su satisfacción por esa final conseguida a falta de ganar el premio, porque también a veces es necesario algún otro factor como la suerte y constata cómo "el arte, para ser tal, necesita perpetuarse". Con Los sublevados volvería a presentarse al mismo premio (segundo finalista), obteniendo de nuevo la aprobación generalizada de crítica y público, en esta ocasión con la recreación casi cinematográfica de la singular epopeya de la sublevación republicana de los capitanes Fermín Galán y Ángel García, en un proceso de reconstrucción novelada de los acontecimientos que tuvieron lugar en Jaca, a través de la visión de una serie de testigos que evocan años después lo sucedido con todo el rigor histórico que los hechos requerían.




         






                                Desde hace unos días, en Zaragoza ha surgido una iniciativa lanzada en una web de la librería "Los portadores de sueños" (www.rutasliterariaszaragoza.com), que permiten conocer los escenarios zaragozanos en que transcurren señaladas obras de reconocidos autores, que trazan distintas rutas literarias a través de las cuales conocer la ciudad con otra mirada y rescatar del olvido lugares ya desaparecidos o transformados. Así, Labordeta, Martínez de Pisón, Ana Alcolea, Sergio del Molino, Félix Romeo, Rodolfo Notivol, Sanz Barajas..., son algunos de los escritores que conforman "Zaragozas" literarias, sin que nos olvidemos, aunque aún no tienen su ruta, de Galdós, Sender o José Martí. Me permito añadir La ciudad infinita de Alfonso Zapater, una novela de crítica social, comprometida pero desdramatizada por el humor, en que la ciudad se convierte en la gran protagonista: calles, bares, ríos, puentes, locales de alterne..., se describen con realismo al que hay que añadir otro nivel de lectura simbólico en el afán de denuncia de la discriminación en la sociedad urbana actual (esta obra quedó entre las tres primeras finalistas para obtener el Premio Nadal). Citaré, por último, otra de las novelas más significativas en la tan amplia trayectoria narrativa de Alfonso, por su valor documental: Tuerto Catachán, una suerte de autobiografía novelada en la que homenajea a su abuelo materno, con el trasfondo de la guerra civil y en la que rememora los terribles recuerdos de aquel momento, bajo el prisma de un niño que vivió odios, venganzas y fusilamientos, que alterna con su visión de adulto en que él mismo es enviado a la cárcel de Carabanchel por injurias al Jefe del Estado, experiencia que le hizo descubrir que la paz de la posguerra era un espejismo, pues todavía existía una guerra soterrada entre vencedores y vencidos que le llevó a conocer de primera mano las cloacas del régimen franquista y que yo creo que le hizo relativizar posteriormente algunos aspectos de la vida que él siempre quiso ver con escepticismo o con un cierto desdén descreído que tal vez proviniera ya del sufrimiento que le produjo vivir el exilio de su padre, gran artista de la jota, como sabemos, en Francia y su encarcelamiento a causa de sus ideas políticas. (Para el resto de la narrativa y de la obra general de Alfonso Zapater puede consultarse a Juan Villalba, mientras que de alguna de sus novelas inéditas hablaré al final).





                          En una de las múltiples conferencias en las que Alfonso Zapater reflexionó sobre sus ideas literarias, su trayectoria creativa y la génesis de algunas de sus obras, "Autocrónica literaria", explica que escribe para que lo lean pero que no le gusta hablar de sí mismo, a no ser para dar testimonio de un quehacer literario en un contexto aragonés en que "la literatura tiene muy poco peso específico en el concierto nacional porque nosotros somos los primeros en volverle la espalda, en lugar de auparla". Siempre se mostró muy crítico en este aspecto, rebelándose contra esa falta de autoestima aragonesa que no entendía y contra la falsedad que observaba en los pseudoescritores, los "elaboradores" con ínfulas de superioridad: "hoy mismo, se nos sirve como novela lo que no lo es. Tenemos novelas cuyos autores no fabulan sino que elucubran, elaboran sobre un tema determinado y dan por bueno su trabajo. Excepcionalmente, rememoran hechos históricos, supliendo así su incapacidad fabuladora, su fantasía de creadores natos". De él afirma que descubrió sus dotes para la fabulación cuando observó que le "bastaba con partir de una simple anécdota para escribir una novela. Por eso arranco siempre de la realidad, en muchos casos, de una simple noticia aparecida en los periódicos". Es lo que ocurrió con El accidente, en que ficción y realidad llegan a confundirse, pero siempre prefiere la creación literaria, fabular, antes que narrar algo que ya ha sucedido. Así lo relata: "El accidente se produjo realmente, en el término de Villanúa (Huesca), cuando cuatro jóvenes regresaban por la noche de una despedida de soltero en Canfranc. El automóvil en el que viajaban cayó al río Aragón y murieron sus cuatro ocupantes. Pero nadie vio el accidente y transcurrieron catorce horas o más cuando descubrieron el automóvil siniestrado. Imaginé lo que pudo ser el drama de aquellos hombres, en el supuesto, más que probable, de que hubieran quedado malheridos, con tantas horas de soledad, sin que nadie acudiera a prestarles auxilio, desangrándose lentamente. No investigué lo más mínimo sobre el caso. Me puse a fabular sin más, y tardé quince días en escribir la novela que estuvo a punto de ganar el premio literario más importante de España de la época, en cuanto a prestigio".




       





                          "Al principio, cuando se emprende la difícil andadura literaria, es lógico sentirse espoleado por la impaciencia de publicar. Ello me llevó al periodismo, donde la inmediatez de ver publicado lo escrito está asegurada a diario, y también al teatro". "Lo que más me cuesta es cazar el argumento y su concepción. Una vez que tengo la novela pensada, el tiempo material de escribirla es lo de menos... Cuando me pongo a escribir, yo mismo me sumerjo en la propia fábula, en el ambiente de la narración y no vivo ni sosiego hasta que veo la obra terminada. Los personajes se me aparecen por la noche, sueño con ellos, no me dejan en paz hasta que cumplen, del principio al fin, la misión que tenían encomendada. Gozo y sufro con ellos y mi única liberación a tan feliz tormento -porque lo considero una felicidad- consiste en terminar la obra cuanto antes". Alfonso opinaba que se leía poco y de ahí las cortas tiradas, excepto para los best sellers o los premios literarios importantes, que consideraba a veces concertados de antemano. Y es que hoy domina el mercado. "Cabe buscar una base firme, sólida, que arranque de la realidad misma y urdir sobre esa base el entramado novelístico como una nueva realidad surgida de la fantasía del autor. Lo extraño, después, será ir descubriendo que la realidad inventada concuerda con acontecimientos que han sucedido así, como uno los ha imaginado. A mí me sucedió con El hombre y el toro, en que el drama de mi novela era el mismo que se había desarrollado en la realidad sin yo saberlo. Y volvió a sucederme con El accidente, hasta el punto de que los familiares de las víctimas acudieron a mí para que les diera la información que no habían podido obtener en el Juzgado "porque yo estaba en el secreto de todo". Una vez más, el poder fabulador me llevó a interpretar la realidad ignorada". En esta Autocrónica denuncia lo que se publica en Aragón, la labor de los críticos locales, la opinión de intelectuales que caen en localismos trasnochados y la existencia de camarillas de ignorantes, "papanatas", dice. No obstante, reconoce que él no mantiene guerras con nadie, aunque se manifiesta dolido con los que piensan en él como periodista antes que como escritor. Aunque no quiere pecar de falsa modestia, expone que su obra literaria figura en libros de texto de literatura para estudiantes, como representante de la novela social junto a Rafael Sánchez Ferlosio o Camilo José Cela, así como que el departamento de folclore de la Universidad de Chicago utiliza su Historia de la jota o que el catálogo internacional estadounidense Ling´s de escritores españoles menciona tres de sus novelas. En cuanto a los recursos formales, la técnica le preocupa tanto o más que el estilo, "la propia temática impone, por lo general, el enfoque que conviene dar a la narración. Cada novela plantea un problema técnico que es preciso resolver antes de ponerse a escribir". También le importan los personajes: "deseo que sean de carne y hueso, no de cartón piedra, personajes capaces de transmitir emociones a los lectores, porque el lector debe convertirse en protagonista también de la obra que lee". En "Autocrónica literaria" recorre igualmente su producción teatral, desde la fundación de compañías en Madrid primero y luego en Aragón, su labor como director, autor y actor y el entusiasmo por la renovación en la dramaturgia del momento que supuso el auge de un género no siempre valorado como se merece. El teatro le daba la oportunidad de hacer llegar al público lo que había escrito de una forma más inmediata, directa y sin interferencias (Alfonso recibió el Premio Nacional de Teatro "Miguel Hernández"). Como es su norma, cita un título significativo, Noche de pesadilla, del que "no sé dónde guardo el original". Los que lo conocimos en profundidad recordaremos cómo relataba sus estrechas relaciones con actores y actrices de cine, cantantes, artistas..., y yo intuyo que Alfonso valía más por lo que callaba que por lo que contaba... Finaliza la Autocrónica no renunciando a las raíces aragonesas intentando ser uno mismo para conseguir la originalidad.




                    Mi condición aragonesa no ha de servir, sin embargo, para encerrarme en los límites de nuestra tierra. La literatura, como todas las formas de cultura, carece de fronteras y hay que aspirar a crear una obra universalista, que pueda ser comprendida y sentida, por las gentes de cualquier país. No estoy en contra de la literatura costumbrista, pero la considero como simple entretenimirnto para andar por casa. La ambición de un escritor vocacional vuela más alto, se remonta a los espacios infinitos en busca de la libertad total.


                
                                En "Escritores periodistas y periodistas escritores" insiste en aspectos tratados en la Autocrónica con especial hincapié en la interrelación entre la narrativa y el periodismo, resaltando la gran diferencia entre el tratamiento de un tema con objetividad e imparcialidad y la creación de mundos producto de la imaginación o de la recreación de hechos reales a los que se añade la fabulación, sin que deba confundirse al erudito o "trabajador de la cultura" con el creador. De los primeros sobran y los segundos escasean. "Sé que hay escritores periodistas y periodistas escritores, y resulta harto difícil establecer el orden en que se produjo esa simbiosis. De igual manera, hay periodistas que no son escritores y al revés, por más que los primeros redacten correctamente o los escritores conozcan el mundo de la información. Yo sostengo que escribir es una vocación, aunque para su desarrollo exija, después, alcanzar unas cotas de formación muy elevadas. Se nace y se hace. No faltará quien argumente que el periodista también es escritor, puesto que vive del oficio de escribir. Naturalmente, su herramienta diaria es la palabra, pero el periodista puede formarse en la Universidad, su finalidad es profesional, algo que nunca podrá suceder con el escritor y menos aún con el poeta. En todas las épocas, el periodismo fue escuela de grandes escritores: Blasco Ibáñez, Baroja, Azorín, Delibes, Cela, Umbral, Hemingway y sus compañeros de la "generación perdida"... El periodismo enseña, proporciona una gimnasia mental tan importante como necesaria, que permite encarar con mayor facilidad cualquier empeño de mayor envergadura de cara a la creación literaria. Yo nunca agradeceré bastante al periodismo la deuda contraída con él, y si mi vocación primera fue la de escritor, tampoco renuncio ahora a la de periodista, pues gracias a esta actividad he podido saber más profundamente de mi tierra y de mi gente y llegar al análisis de muchos acontecimientos que por haberse quedado grabados en la hondura del alma, me han servido para dar vida a un libro".




           
                           Como en la "Autocrónica literaria", arremete contra la crítica especializada en literatura por su arbitrariedad y falta de coherencia, entre otras razones, aunque no sea así siempre en todos los casos, de tal forma que en lugar de orientar al lector convenientemente, hacen pasar por geniales muchas obras mediocres, sin fomentar la afición por la lectura, así como contra la existencia de determinados premios que no son concedidos con criterios de calidad ni deben constituir la meta de un escritor, aunque Alfonso Zapater no pretendía generalizar mostrándose él mismo como integrante de jurados que otorgaban premios importantes en múltiples ocasiones y reconocía que, a veces, su obtención era la única forma de conseguir la publicación de una obra. En este mismo texto sobre periodismo, el escritor también reflexionaba sobre los géneros que había abordado a lo largo del tiempo, algunos propuestos como un reto en su labor creativa (la historia, el ensayo, el teatro, la miscelánea enciclopédica, los libros de viajes, la biografía, la poesía, siempre...), pero esencialmente, ese en el que se encontraba más a gusto, la novela. El periodismo le sirvió de punto de arranque para hacer posibles esos empeños literarios: Cuando se está en contacto diario con la realidad, cerca siempre de la condición humana, los temas surgen solos y es más fácil encararlos y desarrollarlos, pues basta con reposar el ejercicio diario de la profesión y dejar que la palabra remonte más altos vuelos. Yo siempre he mantenido que un buen reportaje equivale al capítulo de una novela; la diferencia estriba en que la novela debe tener más vida interior. Pero también insistía en el tremendo poder de la fabulación y las enormes posibilidades de la imaginación creadora, capaz de crear mundos y personajes tan reales o más que los de la vida (eso que comprobó con alguna de sus novelas). Una noticia o una anécdota son capaces de levantar el complejo edificio de una novela, pero no le interesaba la biografía como material de primera mano para novelar: "¿Cuántos van diciendo por ahí que su vida es una novela?" (o lo que es lo mismo "confieso que he vivido", como si la vida de cualquiera no mereciera ser contada), porque era un recurso que revela escasa imaginación creadora, aunque el trabajo fuera lícito como recreación literaria. Periodista y escritor: no se contradicen ambos conceptos sino que se complementan. El estilo periodístico es directo y tiende a simplificar, práctica ventajosa para el escritor que sabrá escribir las historias con el mejor lenguaje, con la estructura y la técnica que exija el tema de cada novela para evitar que sean todas iguales. Para ello, el escritor cuenta con el tiempo que desee para cuidar el lenguaje, a diferencia del periodista que se debe muchas veces a la urgencia de la noticia, a un trabajo informativo diario, sin poder madurar las ideas y adornar los conceptos, teniendo que escribir no de lo que quiere o le gusta sino de lo que imponen las circunstancias de cada momento, generalmente, aunque de lo que se trate es de escribir lo mejor posible, pero Alfonso tampoco creía que la inspiración fuera lo fundamental en la creación literaria, sino que en sus tres cuartas partes eran el trabajo, poseer ideas y dominar la lengua la base de la esencia narrativa de calidad.










                                                     





                            Desperdigada por diferentes lugares, la obra inédita de Alfonso Zapater merecería una adecuada recopilación y su análisis y estudio detenido. Yo destacaría tres novelas de épocas diferentes de las que ignoro los motivos por los que no fueron publicadas, aunque, dada la magnitud del conjunto de títulos, tal vez la razón solo se debiera a la ausencia de tiempo material para hacerlo, teniendo en cuenta la monumentalidad de lo publicado así como la amplia cantidad de originales que han quedado por salir a la luz y su dispersión. O quizá fueran otras las causas... En cualquier caso, él mismo determinó que los planteamientos de su obra no publicada eran los mismos que los que ya se conocían. Presentó la novela La mecha al concurso "Blasco Ibáñez" de Valencia, en el que quedó finalista. Aparece fechada en 1984, año de la finalización de su escritura. Curiosamente, fue comenzada nueve años antes, algo extraño en él cuando la elaboración de una novela no solía abarcar más allá de algunos pocos meses o incluso días en alguna ocasión. Ambientada en tierras venezolanas, finaliza con un "Vocabulario sobre los americanismos y venezolanismos contenidos en La mecha que pueden ser de difícil interpretación". Recordemos que Alfonso Zapater había escrito en 1971, Venezuela, paso a paso, un libro de crónicas viajeras tras su estancia en el país. Y que su amigo Camilo José Cela había publicado en 1955, La catira, por encargo del gobierno venezolano a mayor gloria del coronel Marcos Pérez Jiménez, y que formaba parte de un ambicioso proyecto de varias novelas sobre el país. Como no gustó esta primera novela -aunque en España recibió el Premio de la Crítica-, sobre todo por la no conveniencia del lenguaje autóctono utilizado según los expertos venezolanos, el proyecto terminó con esta primera novela. También se recoge en ella al final un glosario de términos venezolanos, que es de suponer sirviera de ejemplo para la obra de Alfonso Zapater. La mecha -subtitulada "Muerte para un dictador"-, como gran parte de sus obras, contiene la denuncia de las condiciones de vida del mundo rural y sus miserias, supersticiones e ignorancias, y la lucha por la supervivencia, la conquista de la libertad y de los derechos humanos democráticos, por medio de la subversión del pueblo frente a la dictadura del poder. Es una de las novelas más complejas del escritor, con numerosos personajes del mundo indígena que representan a una sociedad primitiva y oprimida. Alfonso Zapater realiza una crítica valiente describiendo el deseo de los más desfavorecidos por liberarse de un caciquismo injusto. Con un estilo y lenguaje innovadores, La mecha es una novela muy diferente a las publicadas por el autor, una novela, por cierto, de gran actualidad, aunque se sitúe en otra época también vergonzante y triste para Venezuela.






                 


             
                         No es posible datar la novela Derecho a huelga con exactitud, pues el autor no consignó la fecha al final de la obra, como lo hacía habitualmente. Por lo que conozco, barajó otros títulos similares para quedarse con el definitivo, eran: "La huelga" y "La huelga de Emilio, el Cojo" que alude a uno de los protagonistas. Presenta una galería de personajes de baja extracción social, muy del gusto del novelista, que podemos también observar en La ciudad infinita, por ejemplo, que reflejan el conflictivo e insolidario mundo laboral de los obreros desamparados ante la ausencia del pago de sus salarios por parte de la empresa a la que pertenecen. Son seres angustiados, sometidos, tiranizados y de alguna manera utilizados por un sistema económico en crisis. El ambiente, en esta ocasión, es urbano, aunque la abstracción espacio-temporal no permita más que elucubrar que tal vez esos personajes denominados por unos degradantes apodos ("el Caraguardia", el Roña", "el Miraclaro"...), trabajen en una fábrica del extrarradio de Zaragoza (hay que cruzar un puente sobre el río para llegar al polígono industrial), hombres desheredados y cautivos de "las castas", según leemos, para los que el escritor pide dignidad. No es difícil adivinar el contexto histórico puesto que el salario de los obreros se fija en pesetas y la fábrica es de metalúrgica. Alfonso Zapater reclama, como tantas veces, justicia social y critica una legislación anacrónica que castiga las manifestaciones y huelgas del trabajador y reivindica en su nombre la necesidad de convenios adecuados y la mejora en las condiciones de vida de los que dependen de un salario mínimo que a veces ni se cobra. A pesar del clima asfixiante que envuelve este universo abusivo, improcedente y despótico, en que la muerte es el último eslabón de la cadena, el constante diálogo fluido, el dinamismo que otorgan las expresiones breves y la rapidez del ritmo secuencial consiguen compensar el desarrollo opresivo del tema y la intencionalidad del desenlace. Como en el caso de la novela a la que antes me referí, Derecho a huelga responde al interés de universalización por parte del autor de un asunto que trasciende espacios e ideologías y traspasa la historia...
                    




                       La novela Otoño rosa, escrita el 1991, se conserva en un documento manuscrito de letra no muy legible, de trazo suelto, y con abundantes correcciones. El título, metafórico, responde a un estado anímico del escritor especialmente esperanzado tanto por lo que se refiere a sus experiencias vitales como a lo que se narra en la obra, y así lo manifiesta desde la cita inicial: "Hay jóvenes que nacen viejos, y viejos que mueren jóvenes". Alfonso Zapater cuenta los acontecimientos que suceden en un pequeño pueblo habitado por 27 personas ya en edad otoñal, en trance de desaparición. Pero, además, traza un mosaico de historias de vidas llenas de recuerdos, soledades, sueños, renuncias e ilusiones frustradas. El pueblo es un lugar idílico y placentero, pero la emigración lo ha alejado del progreso y es necesario revitalizarlo de alguna manera para salvarlo y que pueda llegar a ser lo que fue, para lo que intentan recuperar las tradiciones y costumbres festivas, y convertirlo así en un reclamo turístico en una especie de "alabanza de aldea" con un punto de nostalgia. Una serie de hechos truculentos que alteran la cotidianeidad, no impedirán, sin embargo, que al final se produzca un episodio inesperado que logra conseguir el objetivo no sólo de sacar al pueblo de su ostracismo sino de aportarle nueva vida: el nacimiento de un niño, que asegura el futuro de lo que nunca debería perderse, uno de los temas ante los que el escritor era más sensible y al que dedicó gran parte de su obra. En la novela tienen cabida pensamientos, reflexiones y evocaciones del pasado, en una mezcla equilibrada con el relato de la interconexión de las vidas de los 27 personajes, lo que consigue con una técnica depurada y variada que va acentúando gradualmente la tensión narrativa y que se sirve de la alternancia en los puntos de vista utilizados, los saltos en el tiempo, o la utilización de recursos estilísticos de géneros narrativos clásicos, como el folletinesco o el de la novela policíaca,  así como  de la imagen cinematográfica. Una novela moderna.      




                       Afirma Juan Villalba, muy acertadamente, que Alfonso Zapater era un escritor de raza, de esos "eficaces en su trabajo y caóticos en sus biografías, capaces de escribir sobre cualquier cosa en cualquier momento y de cultivar todos los géneros sin distinción, acostumbrados a la ácida magia de volver a casa, como diría otro maestro de la profesión, José Luis Alvite, "con las llaves de otra puerta y pillar dormido al reloj despertador". Alfonso Zapater, al que escuché definirse como un hombre temperamental y apasionado, sentimental y lunático, a veces supersticioso, pero al que le gustaba ir de frente y por derecho, continuaba siendo ese mágico aprendiz de todo, que se recuperaba de su vejez infantil en el otoño de su vida. Ya no existe ese escritor de raza. No existe él pero tampoco ningún otro. Su crónica literaria y vital tiene nombre: elegancia. La elegancia en el decir. Porque él lo era.

                                 

             
             * Fotografía de Alfonso Zapater, cortesía de "El País"




                                                                                      Something stupid

                               

                           
                           


                               
                                               


                                               

martes, 30 de mayo de 2017

ALFONSO ZAPATER








                              Comentaba hace unos días con nuestra simpar Corita Viamonte cómo se pasa la vida, qué rápidamente han transcurrido estos diez años sin el aragonés contemporáneo más querido por los amantes de esta tierra, y que tal vez eso haya ocurrido porque la memoria no olvida, ni la colectiva ni la individual... La biografía de Alfonso Zapater -ese hombre de blanca melena al cierzo y manos que el Greco habría querido pintar, unas manos que hablaban por sí solas aún sin escribir-, ha sido glosada convenientemente por sus colegas de "Heraldo de Aragón" para homenajear su figura profesional y personal. Camilo José Cela, que compartió con él tardes de tertulias literarias en el madrileño café "Varela", lo calificó para siempre como el amigo más auténtico, el "genuino". Ese inagotable narrador de la vida, el sempiterno fabulador de fantasías sin fin, el defensor de las causas justas y el brillante estandarte de nuestras mejores señas de identidad aragonesas, nos dejó un poco desprotegidos hace hoy diez años. Sólo un poco desprotegidos, porque como ocurre con los perfiles grandiosos que no desaparecen nunca, nos queda su voz y su palabra, esa potente prosa, el verso delicado y encantado de sus comienzos, el solemne de la madurez o los que todavía siguen sin conocerse completamente de su obra inédita ("En mi obra inédita insisto en los mismos planteamientos que están presentes siempre", afirmaba en su "Autocrónica literaria").

         


                 
                                     




                              Por razones diversas, Alfonso Zapater no publicó varias novelas, pero sus poemas desconocidos son innumerables: "No he dejado la poesía. Recurro a ella casi a diario, es un desahogo muy conveniente para el espíritu. Como todos -o casi todos-, yo empecé por la poesía y confieso que durante muchos años sólo soñé con ser poeta. Publiqué en Madrid mis primeros cuatro libros de poemas, entre los años 1952-1955; la impaciencia por publicar es muy grande a los veinte años de edad, un quehacer y sarampión literario que me asaltó con las armas propias del caso: la poesía, y llega a convertirse en una enfermedad crónica asentada en una vocación firme, lo que sucede en raras ocasiones, pues en la mayoría de los casos desaparece sin dejar más rastro que unos malos versos como testimonio de la adolescencia y quién sabe si coincidiendo, también, con el despertar al primer amor". Probablemente pertenezca a esa época un opúsculo titulado Buscando el cante, originalísimo, que recoge letras para diferentes "palos" de flamenco, algunos de los cuales son tan antiguos que me ha resultado prácticamente imposible encontrar y reconocer en las manifestaciones folclóricas andaluzas actuales, y sólo los expertos en el flamenco antiguo son capaces de evocar. Así, junto a los tientos, saetas, verdiales, alegrías, tarantas, bulerías, martinetes, seguiriyas, fandangos, soleares, malagueñas y zambras, se entremezclan los polos, las cañas, la media granaína, las milongas y tangos andaluces, el tanguillo... Eran tiempos de torería y gusto por composiciones poéticas diferentes, más cercanas a su vocación taurina y admiración por los toreros cultos con los que se identificaba. Elegiré algunos poemas breves y que el lector ponga guitarra y palmas:



                     
                                                  Malagueñas


                                        Siento y no sé lo que siento
                                      por sentir lo que no debo
                                     siento y no sé lo que siento.
                                     Es un sentimiento nuevo
                                     que me hace sentir por dentro
                                     lo que por dentro no llevo.
                                                                                 ...


                                                 Fandangos

                                                                                ...

                                        El vino no lo remedia
                                      este dolor que me mata
                                      el vino no lo remedia.
                                      Es dolor de noche clara
                                      y de mujer traicionera.
                                      pero no puedo olvidarla.



                                           Media Granaína


                                     Seis cuerdas de mi guitarra,
                                   seis coplas yo necesito,
                                   seis flechas firmes que vayan
                                   en busca de seis suspiros.

                                                                               ...
                   
                     
                                                Alegrías


                                        Si estaría el marino 
                                      ciego de rabia,
                                      que se fue a las marismas
                                      y no vio el agua.

                                        Y yo presumo
                                      que el amor de un marino
                                      es como el humo.
                                                              ...
                                        No me lo digas,
                                       que no hace falta:
                                       aquel marino
                                       se ahogó de rabia.



                                              Tientos


                                  Corazón partido en dos.
                                No me preguntes por dónde
                                cuándo ni quién lo partió.
                                No me preguntes por dónde
                                vamos perdidos tú y yo.

                                  Busqué una luz y al mirarla
                                quedé ciego para siempre;
                                nunca pensé que una luz
                                pudiera causar la muerte.

                                  La noche es mi compañera,
                                mira si es negro mi sino.
                                Mas si mil años viviera
                                mil volvería al camino
                                cegando porque te viera.

                                                                         ...




                    




                            En 1991 escribió: "Mi último libro serio, de poemas, fue Hombre de tierra, que ganó el Premio "San Jorge" de Poesía. Posteriormente escribí otro poemario en sintonía con el pueblo aragonés, que fue escenificado por el grupo de teatro independiente "La Taguara". Eran momentos en los que convenía hablar claro y devolverle la poesía al propio pueblo del que procede, porque los poetas se olvidan -o nos olvidamos- con frecuencia de él y escribimos tan sólo para los demás poetas. Aquel poemario puesto en pie sobre los escenarios alcanzó centenares de representaciones. Se tituló Aragón para todos. Con ese título fue publicado y se vendieron más de diez mil ejemplares, algo insólito tratándose de poesía. Sin embargo, ¿quién lo recuerda ya? Aquí somos muy olvidadizos. Yo vivo preocupado por los diarios aconteceres, por el mundo que me rodea, por el ser humano fundamentalmente, porque pienso que es totalmente injusto nacer para morir y que uno está obligado por eso mismo, a dejar profunda huella de su paso por la tierra. Ignoro si mis obras entran o no dentro de eso que denominan la novela social, o la poesía, que también recibe ese bautismo". Más tarde aparecería Afirmación del ser, con el trasfondo del pensamiento de Joaquín Costa, su mentor ideológico y mejor ejemplo de hombre comprometido, al que dedicó varias obras. Alfonso Zapater consideraba que tanto el escritor como el periodista se deben a su tiempo, con el que están obligados, y a ellos les corresponde, por una parte, cumplir un servicio a la sociedad y por otra, realizar la labor creadora que es, en cierto modo, la razón de su vida. "Su ser y su esencia".











                                                        Juan Domínguez Lasierra, Clara Sánchez, Julio Llamazares





                             Recordaba Alfonso Zapater al magnífico escritor y periodista César González Ruano y cómo quiso escribir en vida su epitafio, que para Alfonso encerraba una gran verdad pero que no deseaba para él: "Vino, venció, fue vencido/ en lo que quiso vencer,/ y se dejó en el tintero/ todo lo que quiso hacer/ por hacer lo que quisieron/.Y se fue". Más bien prefería dejar constancia de su fidelidad a la tierra y su testimonio de libertad en el más amplio sentido de la palabra. En un poema que él mismo definió como "inédito, como tantos" -que aparece como colofón a su conferencia "Escritores periodistas y periodistas escritores"-, y que reproduzo parcialmente, afirma:




                                    Nací cuando la espiga sólo es oro
                                   y se abate quebrada sobre el campo;
                                   con mi pan y mis sueños bajo el brazo
                                   irrumpí en el camino de este mundo.

                                    Me equivoqué de rumbo muchas veces,
                                   y en el hoy me equivoco como antaño;
                                   pero sigo adelante por los campos
                                   persiguiendo la luz del horizonte.

                                     A pie firme soporto vendavales
                                    -estoy hecho de sol, de lluvia y viento-
                                    y me siento cual roble del camino
                                    con profundas raíces andadoras.

                                     He sufrido amistades desleales,
                                    zancadillas con trampa de palabras,
                                    y yo doy mi amistad de todas formas
                                    indiferente a la traición que pasa.
                                                                                              ...
                           
                                     La injusticia me encrespa y me subleva,
                                    maniatado me siento, una mordaza
                                    con frecuencia me ahoga los sonidos:
                                    libre en la idea y preso en la palabra.
                                                                                            ...




                           La huella de Alfonso Zapater sigue viva, no sólo a través de su obra colosal sino en la representación exacta y verdadera de la naturaleza de lo aragonés, él, que vivía cada día como si fuera el primero anhelando lo inalcanzable, el eterno artista con alma de poeta...



 

domingo, 21 de mayo de 2017

"BOROÑA" nostálgica asturiana






                       Quien quiera conocer en profundidad la psicología, la mente y el alma humanas, puede darse una vuelta por la narrativa española y europea del siglo XIX. Tal vez encuentre lo que algunos libros de los denominados actualmente "de autoayuda" no alcanzan a analizar y transmitir más allá del discurso tópico con fines comerciales. Hace unos días, se conmemoraba el 165 aniversario de Lepoldo Alas "Clarín", que aunque nació en Zamora un 25 de abril de 1852, vinculó su vida a tierras asturianas, sobre todo, a Oviedo, ciudad magistralmente retratada en La Regenta para la eternidad. No quiero olvidarme de su paso por Zaragoza, como catedrático de la Universidad, durante el curso de 1882-1883, plaza otorgada por el primer gobierno liberal de Sagasta, ya que no le había sido concedida la de Salamanca como profesor de Economía Política y Estadística, a pesar de haber ganado las oposiciones. Tras su estancia en Zaragoza, fue destinado a Oviedo, donde residió hasta su muerte en 1901, trabajando como catedrático de Derecho Romano y más tarde, de Derecho Natural. Aunque falleció con 49 años, tuvo tiempo de ser testigo de la revolución liberal de 1868, la restauración de 1875 y el desastre de 1898, acontecimientos que marcaron su espíritu crítico reformador, aunque siempre fue fiel a ciertas tradiciones populares. Educado en el krausismo, podríamos definir su pensamiento como la permanente búsqueda de la autenticidad, la preocupación por la ética y los valores morales y la crítica al catolicismo español, siguiendo esa constante inquietud espiritual y religiosa que lo caracterizaba. Defensor de unos ideales de justicia y verdad que no se correspondían con la realidad del mundo, desde su retiro provinciano cumplió su vocación de moralista en la crítica, el cuento y la novela.



                 





                    A pesar de que Leopoldo García-Alas y Ureña cursó el bachillerato en Oviedo, realizó los estudios superiores en Madrid, y fue allí donde empezó a ejercer como periodista, actividad en la que pronto empezó a ser conocido. El director del periódico "El Solfeo" le propuso tomar como apodo el nombre de un instrumento musical y él eligió el de "Clarín", y así, el primer día que lo utilizaba, escribió:

                      Voy a inaugurar en verso
                      mis revistas de Madrid,
                      con un moderno romance
                      que tenga su retintín;
                      y voy a decir a ustedes
                      lo que les quiero decir,
                      mediante Dios y mediante
                      el gobernador civil.


               Fue el comienzo de sus duras críticas llenas de ironía contra la clase política de la Restauración. A la manera de Larra, su maestro, utilizó otros seudónimos en diferentes soportes escritos ( LA, Zoilito, Zoilo, Clarinete), y otro escritor de significativo apodo "Azorín", destacó su relevancia en cuanto a la claridad de su pensamiento. Las críticas literarias le procuraron no pocas antipatías y polémicas y enfrentamientos con escritores contemporáneos, sobre todo, a partir de la publicación de La Regenta, pero como ya manifestó Gonzalo Sobejano, su intención era alentar a los mejores y "propagar el conocimiento de la mejor literatura". Los artículos periodísticos se recogieron posteriormente en volúmenes de conjunto, pero si exceptuamos las novelas largas que escribió, podríamos decir que el periodismo fue su principal modo de producción escrita, pues en la época, el periódico era la forma más representativa y de mayor fortuna para la difusión literaria, en concreto, para géneros breves como el cuento, en cuyos contenidos y estructura se observa su influencia. Como señala la profesora de la Universidad de Zaragoza, Ángeles Ezama Gil, la prensa contribuyó a que el cuento se fusionara con otras formas literarias con las que llegó a confundirse. Por tanto, el relato breve es, en Clarín, anterior a la novela (aunque existan semejanzas inevitables), y en principio fueron escritos de forma rápida, sin haber sido corregidos y revisados con detenimiento, al estar supeditados a la publicación periodística, importante fuente de ingresos para el autor, no lo olvidemos. La figura literaria de Clarín ha sido contemplada por la crítica con una atención que se ha ido acrecentando con el transcurso del tiempo, a pesar de su desigual calidad artística y, aunque centrada inicialmente en la creación novelística, se ha incrementado el interés por la obra cuentística, por ser la que mejor representa el proceso de novelización en la literatura del siglo XIX. Gonzalo Sobejano lo ha considerado "el modelador" de la novela-corta española de tipo moderno y por eso con el "cuento novelístico" realizó su mejor labor literaria de influencia posterior (Baroja, Francisco Ayala, Max Aub, Delibes, Ignacio Aldecoa, Fernández Santos, Martín Gaite...).



                   





                     Entre el modelo naturalista del cuento de Clarín y el cuento tradicional hay una gran distancia, no sólo formal sino también temática. El cuento tradicional está ligado a sociedades de escaso desarrollo que muestran una imagen simplificada de la realidad, el escenario que representan está muy poco elaborado y lo exótico o lo mágico aparecen con frecuencia y los personajes se estereotipan según una tradición. Aunque el cuento moderno respeta los términos de condensación, síntesis y brevedad, los personajes se moldean sobre la concepción particular de cada autor. Si nos fijamos en uno de los cuentos más conocidos de Clarín, El rey Baltasar, la figura del "cesante" no es un figurón formado en la tradición literaria sino que refleja la realidad de su tiempo, un hecho documental de la España decimonónica, ejemplo del influjo de la actualidad que plasma la prensa, en este caso. Las técnicas del relato oral se sustituyen, igualmente, por recursos de la escritura como la tipografía o la posibilidad de aparecer junto a ilustraciones. En el caso de las novelas cortas, si bien en un principio no está muy clara la distinción con el cuento, más adelante el escritor asume una clara conciencia de género, llegando a denominar "nouvelle" a Doña Berta, y en carta de 1891 a Manuel Fernández Lasanta comunica: "Deseo que en la portada se lea Doña Berta con letras mayores y después con otras menor Cuervo y Superchería, y nada de decir allí que son novelas cortas; el público dirá lo que son".



                   

                                                                                               Oviedo
                                     


                  El rey Baltasar es un cuento clasificado como de tipo moral y en él se describe la conducta y el comportamiento de un personaje con sus acciones, es decir, la preocupación de Clarín es la de reflejar "el hombre interior", con sus pensamientos, sentimientos y voluntad, aunque se muestre, además, su mundo exterior, a la manera de un "cuadro costumbrista". El tema dominante es el del amor paterno: el protagonista es un funcionario irreprochable que al fin cede ante un chantaje por comprarle un juguete para reyes a su hijo; es descubierto y despedido de inmediato. Pero a la vez se critica el orden social, la cesantía, un problema muy común de la época que muchos españoles sufrían... Y el estado de cosas: la situación que se nos presenta de la "cosa pública" muestra un gran estancamiento en el orden político y administrativo del momento, que lleva a sentir una cierta ironía cruel al ver el desenlace del relato: el único funcionario válido y honrado es el primero en ser despedido al cometer un error debido a la "Justicia de Enero". En palabras de Clarín sobre la cuestión:


                  En España hemos llegado a la anestesia en punto a vanidades cortesanas y otras por el estilo; cualquier hombre de algún mérito positivo, que ha conseguido, por sus fuerzas y sin aparato de cancillería ni cosa semejante, un puesto de honor en la opinión pública, está curado de la manía de los olores y oropeles políticos y otros de su especie. Tanto imbécil ha sido cuanto hay que ser, que ahora aquí las grandezas humanas sólo pueden desearse si llevan anexos buen sueldo y derechos.



               "Baltasar Miajas" (fijémonos en la simbología del nombre y apellido) evoluciona a lo largo del relato, no en cuanto a su moral y a su naturaleza física, sino que su cambio de actitud es provocado por las circunstancias concretas de su entorno. El personaje posee un perfil ideológico fijo y un código ético muy estricto, pero lo transgrede porque los acontecimientos y el amor hacia su hijo lo conducen a esa necesidad, lo que le ocasiona esa transformación de oficinista en cesante. El autor, en un claro signo de modernidad, se identifica con él con el fin de atraer al lector y hacerle partícipe de sus valores. Para ello exagera y ridiculiza de forma caricaturesca al protagonista, siempre desde un tono comprensivo, por ese estricto sentido del honor y la visión simplista del mundo que le rodea. Resulta satírico que Baltasar se convierta en el propio "rey" para conseguir que su hijo tenga el regalo que desea, pues a partir de ese momento, pasa a la cesantía, perdiendo los ingresos y el modo de subsistencia de la familia, y el escritor consigue este efecto con los recursos lingüísticos cultos o conversacionales, que a veces manipula para lograr el objetivo, como la incorporación a su escritura de marcas que derivan de otros discursos literarios previos (la denominada intertextualidad), por ejemplo, la referencia a Víctor Hugo "pintando el tormento de un sapo", o a la mitología griega, en las alusiones a "Andrómaca", esposa de Héctor, o a "Argos", príncipe argivo que, según la Fábula, tenía cien ojos de los que no cerraba jamás sino cincuenta, pasando su nombre a la lengua como símbolo de vigilancia... El humor, en nuestro cuento, es compasivo y refinado, tal vez con esa mezcla de idealismo y naturalismo, que es una suerte de "correctivo al exceso de idealismo que el español lleva en el alma", pero también ese que consiste en buscar "la grandeza de lo pequeño". La actitud del narrador ante el relato lo conduce a tratar la materia narrativa de modo lírico, situándose en una estrecha proximidad empática con respecto a los personajes, creando una prosa poética que Clarín siempre reconoció. El estilo, sencillo, natural, huye de la afectación y del retoricismo decimonónico, aunque no siempre se haya querido reconocer en Clarín esa preocupación. El cuento representa pues, un ejemplo de caracterización psicológica como forma de exposición del pensamiento y la actitud de un personaje, dirigido a un lector al que el narrador pretende suscitar una reflexión o su propio juicio moral.




         






                         En el periódico "El Liberal" apareció Boroña, recogido en 1896 en el volumen Cuentos morales. En una carta dirigida a Sinesio Delgado de 1985 le dice que está recopilando cuentos pero este no lo encuentra, así que a través de su correspondencia conocemos cómo fue el proceso de selección y la datación de los relatos. Algunos se agrupan para que no estén aislados y sólo publicados en prensa (con lo que los inconvenientes de la divulgación periodística en cuanto a erratas, etc. se subsanan en la edición libresca), y otros tienen cierta homogeneidad, sobre todo en cuanto al concepto de "moral", que, como hemos visto, adquiere en Clarín un sentido más amplio que el de la simple oposición bien/mal, abarcando una concepción introspectiva del hombre. Muchos relatos tienen en común lo autobiográfico y la añoranza de Asturias (quien lo probó, lo sabe...), que se vive como una pérdida del paraíso. En la transcripción al libro, se mantiene el uso de la letra cursiva, de origen periodístico, que se convertirá en un rasgo de su estilo personal así como los signos de puntuación originales, ya que la prosa decimonónica es una prosa de cualidades rítmicas que derivan del influjo de la oratoria y funcionan como pausas de lectura y unidades de entonación. En Boroña, un indiano que ha hecho fortuna regresa a su tierra natal (Prendes, en Asturias), gravemente enfermo, para morir en compañía de su familia y sus recuerdos infantiles. Pero sólo encontrará la codicia y la avaricia de sus familiares, que desean su rápido fallecimiento para quedarse con toda la fortuna que no ha podido conseguir el cuñado, otro indiano fracasado, el típico oportunista que quiere comer de balde, un personaje sin escrúpulos.



                   Boroña apenas presenta acción y los personajes son escasos. Lo que importan son las pasiones. Y para mostrarlas, Clarín centra la narración en el espacio, un lugar geográfico real muy bien conocido por él, y en un elemento de la feliz infancia del protagonista que adquiere un papel simbólico: el pan, la boroña (en castellano "borona", torta, migajas...), que le sirven al autor para ejercer su crítica de un mundo que parece ideal y nostálgico pero en donde se esconden las pasiones más miserables. Se descubre un lugar y un tiempo en los que no se apuesta por la ética ni los valores morales sino sólo por el interés, el poder y el dinero, pero no por la solidaridad. Observemos a un escritor inconformista, comprometido moralmente, que opone un ambiente lírico y poético a la conducta "contaminada", y que, en definitiva, refleja la indisolubilidad entre el arte y la moral y echa en falta una convivencia fecunda entre los españoles de su época. El protagonista debe marcharse de su casa siendo niño por el hambre y la "codicia aldeana": o emigraba o debía elegir el sacerdocio para el que no tenía vocación. Con el tiempo se da cuenta de la inutilidad del dinero que no puede suplir la melancolía por la patria abandonada ni la ausencia de la madre. Piensa que el "aire natal" y la boroña de su tierra, le devolverán la salud, la alegría, la esperanza... El desencanto que sufre al encontrar el hogar familiar "frío" se ve intensificado por la crueldad con que Clarín describe a los parientes que son unos "salvajes" y en el clímax final, en que el indiano, agonizante, pide a la madre boroña, mientras sus familiares entran a saco en los baúles y hablan en voz baja para "no resucitar al muerto".



                 





                     Todo el relato desprende un cierto aroma autobiográfico, desde la personalidad de Pepe Francisca hasta la plasmación de la propia ideología del autor. Era un hombre "enclenque" con "hondas complicaciones de un alma a quien faltaba vocabulario sentimental y sobraba riqueza de afectos", con "visiones" y "ensueños" y al que "le fatigaban las ideas abstractas, sin representación visible, plástica", con una gran fijación materna a pesar de ser un adulto, con dificultades para expresar lo más íntimo de la vida del espíritu: "su cerebro tendía a simbolizar todos los anhelos de su alma", y, además, "enfermizo". Como sabemos, la novela europea de la época se caracterizó por las referencias constantes a la enfermedad, sobre todo mental, que comenzaba a ser considerada desde un punto de vista científico, para cuya descripción con detalle minucioso, los autores se documentaron exhaustivamente experimentando los efectos en ellos mismos para dar la mayor impresión de realismo. Clarín padeció trastornos semejantes a los que refleja en su narrativa. El antagonista, por su parte, pertenece a un grupo social conservador y cerrado, exponente de los valores del pasado, con un nivel de alfabetización escaso y una limitada concepción del mundo. Es avaricioso, mal trabajador y egoísta, un "medio señorito", un individuo primario, instintivo, sin carácter moral, que niega la realidad de los demás y carece de simpatía, piedad y caridad hacia la gente (reconocemos en esta caracterización el pensamiento filosófico de Schopenhauer), "un indiano frustrado, de los que van y vuelven al poco sin dinero, medio aldeanos y medio señoritos, y que tardan poco en sumirse de nuevo en la servidumbre natural del terruño y en tomar la pátina del trabajo que suda sobre la gleba".




                    Así que el paraíso anhelado se convierte en un infierno, en un "martirio moral", en un sentimiento trágico de la vida que parece corresponderse con la crisis de fe que Clarín padece por esos años, tras la que llega a un catolicismo renovado a través de un conocimiento intuitivo y no racional. En este cuento critica el triunfo de una nueva clase social, la poderosa burguesía ultramarina de negocios que ya no se fundamenta en la posesión de la tierra, sino en la del dinero. En Boroña se observa que ese afán por el dinero invade el mundo rural y aldeano, reflejado en la casería, parte del entramado caciquil característico de la España de la Restauración. El escritor lamenta la desaparición del ideal pastoril (Pepe Francisca guardaba vacas de pequeño), que implicaba un menosprecio de corte y alabanza de aldea, tal vez asumiendo influencias literarias del Ramayana, las odas de Horacio y alguna novela de Pereda. Las "memorias dulcísimas" remiten al garcilasiano !Oh dulces prendas por mi mal halladas! como una constante clave temática recurrente en el relato. Clarín censuraba la anacrónica nobleza de viejo cuño que ya no tenía vigencia en un nuevo mundo dominado por el progreso material de una diferente clase social (el tranvía, la prensa, los bancos), así que siempre osciló entre la tradición y la renovación, pero deseaba una transformación profunda del hombre en el plano intelectual y para él, el sentimiento debía de ser el camino correcto como vía de conocimiento y acceso a la realidad. En Boroña, los personajes apenas dialogan, no se comunican a través del lenguaje verbal, dominados por el silencio: para el escritor, el hombre está solo en el mundo y no puede tampoco expresar lo inefable y los conflictos interiores, porque si lo hace esa transmisión íntima es parcial, incompleta  o parece falsa. Sin embargo, el narrador describe los rasgos del hombre interior a través de términos relacionados con el pensamiento, el sentimiento, el deseo y la emoción, con expresiones propias de la lengua hablada ("el hígado hecho trizas"), cultismos ("bienquisto"), dialectalismos asturianos de sabor local ("llosa"), la metaforización con enorme poder de evocación visual ("vega mullida") y el lirismo estilizador que aporta un mundo de percepciones indudablemente moderno de gran riqueza plástica y cromatismo -de influencia modernista y simbólica. Yo destacaría en esta línea, la repetición obsesiva del color amarillo, el amarillo del pan (asociado a las correspondientes sensaciones físicas: ver el pan, oler el pan, tocar el pan, saborear el pan...), el amarillo de la ictericia, el amarillo del oro...

         



                                                                                              Prendes


                   Tanto en un ambiente urbano (El rey Baltasar) como en el rural (Boroña), Clarín comprende y nos transmite que la lucha entre la realidad y el deseo y la fantasía, se oponen sin remedio, que el dinero y lo material no tienen valor ante la enfermedad y la muerte, que probablemente el cariño íntimo (la boroña) constituya el valor humano básico preferente ante la estupidez humana de sociedades en crisis, y que alcanzar esta idea requiere una mente abierta a la sensibilidad y a la inteligencia y, por tanto, a la emoción compartida. Es la forma de "conocerse a uno mismo", transmitida a través de la creación artística como modo eficaz de generar literatura crítica aderezada con humor o belleza. La petición reiterada de "boroña" ("!Madre, torta!") por parte del protagonista articula esta narración de tal forma que le aporta una dimensión más significativa y profunda:


                         La cosa amarilla que tanto deseaba, con que soñaba en Puebla, en París, en Vichy, en todas partes, oyendo a la Patti en Covent Garden, paseándose en Nueva-York por el Broadway, la cosa amarilla que anhelaba saborear era... un pedazo de torta caliente de maíz, un poco de boroña, el pan de su infancia, el que su madre le migaba en la leche y que él saboreaba entre besos.



                  A pesar de la brevedad de este cuento, la intensidad y la tensión que también le conceden una modernidad indefinida, además de la temática, se consiguen por medio de la gradación ascendente en cuanto a la enfermedad que desemboca en un desenlace con la muerte final del indiano, y descendente en cuanto al desencanto progresivo que va sintiendo, desde la alegría inicial por el reencuentro con la tierra de la niñez, al conocimiento de los intereses reales de su familia. El contraste entre el paisaje idílico y la muerte junto a otras recurrencias (la madre, el recuerdo, el dinero, la boroña), y simetrías (los olores infantiles, la fiebre del principio y final ...), regulan el relato, junto a la oposición entre el deseo de probar la boroña y las náuseas que le produce a punto de morir, o la sensación -de gran efecto cinematográfico- de movimiento inicial (el viaje en coche) frente a la muerte en la cama, y la de la tarde calurosa mitigada por "una dulce brisa", que se transforma en delirio al amanecer del último día. El tiempo apenas aparece marcado para resaltar la vivencia del tiempo interior: el indiano vuelve constantemente atrás en el recuerdo y la nostalgia, añoranza que queda interrumpida siempre por el regreso a la realidad tras el pensamiento. Así, cuando parado en medio de la carretera, al llegar a su tierra, mira a su alrededor... Y recuerda...




                    Nosotros recordamos a Leopoldo Alas, Clarín, como uno de los mejores escritores realistas del siglo XIX, que soñó con tiempos mejores y con el progreso de la sociedad en la que vivió, lo recordamos como un claro periodista conocedor permanente de la actualidad y agudo articulista, muy poco alabado en general por sus dardos afilados hacia todo y todos, lo recordamos como un narrador profundo deseoso de innovar la forma del relato, con mayor o menor acierto en el intento, y lo seguimos leyendo actualmente por todo ello y por comprobar su especial capacidad psicológica para comprender, analizar y trasladar al lector los diferentes rasgos de carácter, comportamiento y actitudes humanas con objetividad en ocasiones, y otras, identificándose con los personajes que crea o re-crea, promoviendo en el lector la meditación, el razonamiento, la exhortación al pensamiento sobre la propia conciencia y los misterios de la mente y del alma, para poder actuar en consecuencia... Siempre será necesaria la lectura de Madame Bovary, pero en La Regenta se encuentra, en mi opinión, la mejor descripción de la psicología femenina que podamos admirar en la literatura, entre tantos buenos personajes femeninos literarios universales. Seguramente, hoy, además de buen escritor, Clarín habría sido... ¡un buen psicólogo!




                                   
                                                                                     Amar pelos dois  

             
                     

                                           
                                 

                       
             


               


           


              


                         


             


                  
             
               
                       

lunes, 24 de abril de 2017

Un sueño de cristal en Málaga







                        Si el caminante, persiguiendo el sueño imposible de conseguir la inalcanzable estrella -por poco posible que sea, por muy lejos que esté-, recala en el castizo, popular y antiguo barrio poderoso malagueño de San Felipe Neri (primitivo barrio de Fuentanalla o Barrio Alto), encontrará brillos impensables, formas, líneas y colores que proceden de espacios singulares como el de la iglesia del mismo nombre, que especialmente en los días santos huele a algo más que a incienso, huele a pureza y consuelo, a raso, terciopelo y damasco, a sangre y cera que quema, a lágrimas de cristal..., porque en ella tiene su sede canónica la hermandad probablemente más antigua de Málaga, con más de cinco siglos de existencia, la Pontificia, Real, Muy Ilustre y Venerable Archicofradía del Santísimo Cristo de la Sangre, María Santísima de Consolación y Lágrimas, y del Santo Sudario. Su Hermano Mayor me ha ayudado a conocer en profundidad la intrahistoria de la Semana Santa malagueña, su vida desde dentro, con la sencillez que enciende el alma. Pronto dejará el cargo que asumirá una de las pocas mujeres Hermanas Mayores de las más de cuarenta cofradías existentes en la actualidad, Laura Berrocal. Ella será la cuarta mujer en tomar las riendas de un mundo más complejo de lo que puede parecer, lleno de dulzura, de diversas devociones y de rico patrimonio, de silencios, susurros y realce único de trompeta...








                        El entorno de San Felipe Neri pertenece a los primeros arrabales de la medina de Málaga, tal vez amurallado, en el que se guardaba ganado y se situaba una judería. Con el tiempo fue sufriendo un deterioro que debe repararse y en el empeño se encuentran muchos particulares que no obtienen el apoyo que sería conveniente, aunque algunos edificios cuentan con protección arquitectónica municipal, como el Instituto Gaona, oficialmente Vicente Espinel, que fue el primer instituto de enseñanzas medias de Málaga, de 1846, y único hasta 1928, cuando se abrió otro en Antequera. Contaba con un museo de historia natural, un jardín botánico, una estación meteorológica y una biblioteca provincial. Se construyó en 1758 y en él han estudiado los alumnos más ilustres que ha podido conocer Málaga: Vicente Aleixandre, Pablo Picasso, Ortega y Gasset, Victoria Kent, Severo Ochoa..., entre otros grandes de la cultura. Ubicado en lo que fue en su día la Casa de Expósitos creada por el gremio de carpinteros en el siglo XVI, el Centro Cultural Provincial aloja a los estudiosos de la generación del 27, así como un archivo histórico, bibliotecas y salas de exposiciones. La iglesia de La Santa Cruz y San Felipe Neri fue mandada construir en el siglo XVIII por un noble malagueño, el conde de Buenavista, ampliándose con sucesivas reformas en épocas posteriores, y dio nombre a un barrio de artesanos, uno de los sectores con más solera dentro de la economía malagueña con su gran variedad de oficios, que hoy combinan formas de trabajar tradicionales con técnicas modernas. En este barrio se realizaba una de las más importantes cerámicas de la Edad Media, la de reflejo dorado, con denominación de origen Malaka, calificada en la época como cerámica de sultanes por su gran calidad técnica y belleza. El esfuerzo por mantener esta actividad ofrece un esperanzador resurgimiento de esta labor, aunque sigue siendo bastante desconocida, ya que buena parte de la producción artesanal no entra en los circuitos comerciales y se limita al trabajo individual y aislado practicado como entretenimiento, producción de objetos de regalo o abastecimiento personal.


     
                   Por estas pintorescas calles paseaba un día un enamorado del resplandor y el destello, del más delicado y nimio detalle que dibujara sueños de cristal. Buscaba ese lugar mágico que no había encontrado por toda España para guardar su tesoro, el de la belleza de la fragilidad. Entonces, en la calle Cabello, escuchó el toque de unas campanas que llamaban al ángelus y supo que allí estaba el sitio. Gonzalo Fernández-Prieto rehabilitó un hermoso edificio del siglo XVIII (conocido anteriormente como la Posada de San Felipe Neri) y creó en 2009 el Museo de Vidrio y Cristal de Málaga, calificado por la Junta de Andalucía como "Colección Museográfica de artes decorativas", que, entre tanto museo de renombre y postín como adorna actualmente la ciudad, brilla con luz propia sin apenas difusión pública y menos aún, sin apoyo institucional y social. Se trata de un museo que apenas aparece en las guías promocionales turísticas y que es conocido más bien por el boca a boca y sobre todo, por los visitantes extranjeros que saben que allí se respira un mundo diferente con el encanto de lo no masificado, situado en un entorno por el que hay que perderse para hallarlo. Afortunadamente, el propietario de tanta exquisitez, elegancia y delicadeza ha querido compartir con quien lo desee una colección que se esfuerza en mantener sin ayudas económicas, en una labor callada a lo largo de los años que pone en valor su pasión de vida y afán coleccionista, exhibiendo objetos de artesanía en cristal y vidrio de todas las épocas, estilos y culturas ("artes menores", dicen), y  también para reavivar en lo posible el loable gusto por ese oficio casi desaparecido. El palacete -donde se desarrollan frecuentemente talleres, cursillos, conciertos nocturnos, exposiciones y conferencias- con los que el director desea fomentar la cultura lo más posible, merece más de una visita, entre otras razones, por si se tiene la suerte de que sea el propio habitante de la casa quien explique cada sutil detalle...Y si no, la peculiar guía, que conoce todos los secretos, nos ilustrará con original sabiduría y empeño nuestro paseo por los distinguidos habitáculos y vitrinas expositoras... He visitado prácticamente toda la oferta museística actual de Málaga y, sin dudarlo, recomiendo este íntimo, escondido y cálido espacio, que apuesta por lo minúsculo en fino cristal (y si el tiempo es navideño, el belén de LLadró resulta de imprescindible contemplación). No se debería desaprovechar la generosidad de quienes, con alma de artistas, crean lugares únicos para alimento de los espíritus ansiosos de bellezas singulares, y, así, que no ocurra lo que parece que está a punto de suceder con el extraordinario Centro de Arte de la Tauromaquia.







                    Para Gonzalo Fernández-Prieto, madrileño, un enfermo de la belleza, "mi gran sueño es conseguir que este barrio vuelva a ser lo que fue: un barrio artesanal. El mejor modo de crear industria es unir al artesano con el artista. No se puede competir con los países del tercer mundo en un producto más barato, hay que producir un producto más bello, que es lo que se llama arte decorativo". A pesar de haber vivido muchos años en Londres y París, se siente enamorado de Málaga, y dedica todo su tiempo a sacar el proyecto del museo hacia delante. Es historiador, (realizó sus estudios en la Universidad de Cambridge), pero no quiso dedicarse a enseñar porque considera que la enseñanza es un enorme sacrificio y él no tiene el valor necesario para realizarlo, pero sí desea mostrar cosas hermosas al público. Le gustaría crear industria para que su proyecto viera cumplido el objetivo final. Su afición por el cristal empezó siendo un niño, porque le llamaba la atención que algo tan simple como la arena y la sosa pudieran crear objetos a la vez bellos y frágiles. Su tutor lo inició en el mundo del coleccionismo con afán investigador y esta orientación incentivó su ansia por aprender acerca del cristal, casi un vicio que le ha hecho capaz de ir a cualquier lugar del mundo buscando una nueva pieza para su colección. Efectivamente, Gonzalo Fernández-Prieto se ha convertido en un gran erudito de las artes decorativas en general. Está muy orgulloso de dos vinajeras catalanas del siglo XVI y para ver unas iguales hay que visitar el Metropolitan de Nueva York. Él pasó mucho tiempo ahorrando para poderlas conseguir. O también de un vaso de cristal de Viena, tallado y esmaltado con la técnica de los miniaturistas por Anton Kothgasser con motivo de la Catedral de San Esteban de Viena (hacia 1820-1825). No obstante, se desvela remiso a cuantificar la inversión realizada tanto en la rehabilitación de la casa como en el valor de la colección del museo, íntegramente certificada, pieza a pieza, por Christie´s, Sotheby´s y Bonhams. No le preocupa estar situado entre los mejores museos españoles sino que busca ir más allá, le importa llegar a los más jóvenes e intentar que se interesen en este tema y su futuro.




       


                    La Colección se encuentra situada en una casona del siglo XVIII, cuidadosamente restaurada, en la que el actual propietario ha conseguido la atmósfera doméstica adecuada a los objetos resguardados para que se sitúen en el verdadero contexto en que vivieron los primeros moradores, como si fuera una narración de la Historia a través del cristal. Esta edificación se articula alrededor de un patio con columnas y galerías alrededor. Su rehabilitación se realizó buscando que todas las estancias dispusieran de luz natural, para provocar el cautivador destello... Unas bellas escaleras de azulejos conducen a la primera planta de estilo morisco con arquerías y galerías abovedadas. Esta construcción se salvó del derribo y del estado de ruina, y representa la típica casa malagueña de la clase media del siglo XVIII, erigida por la familia Cassini, que provenía de Génova. El solar lo compraron a los padres filipenses, que en ese momento construían la iglesia cercana, con la condición de que se ayudara en esa labor. Se trata de una casa que, como otras malagueñas de la época, tiene pinturas en la fachada, con motivos únicos en la ciudad, realizados a la manera en que se representan los continentes durante el barroco en Italia. A nivel museográfico, el propietario actual ha utilizado cada una de las estancias de la casa para contextualizar las piezas de la colección. Así, el público puede descubrir, utilizando como hilo conductor las piezas de vidrio y cristal, cómo eran los gustos de las sociedades pasadas, con habitaciones amuebladas según las modas de los siglos XVI hasta el XX, -así como tradiciones como la Cruz de Mayo o la presencia del magnífico piano de 1856, que ameniza los íntimos conciertos, y otros valiosos materiales como una cómoda francesa de marquetería, una butaca flamenca, lámparas de araña de La Granja...-, con lo que se aprecia a la perfección la evolución tecnológica del hombre y cómo el desarrollo ha estado influenciado por las modas y necesidades de cada momento y lugar. El complejo museístico debería generar no sólo conocimiento sino un foco de atracción de artistas artesanos, sobre todo los que viven en Inglaterra, para que enseñaran las técnicas a los malagueños o interesados en fomentar una industria que ya existió y que podría reavivarse. Un ejemplo podríamos verlo en la restauración de una de las vidrieras de la colección, de estilo prerrafaelista, realizada por Clayton and Bell, de la iglesia católica de Londres, llamada All Saints, titulada La Parábola del Buen Samaritano, restaurada por el maestro artesano Alberto Gascón.








                          La exposición muestra más de 3.000 piezas de cristal, acompañada por una importante representación de obra pictórica, objetos de decoración, mobiliario y decorados que corresponden fielmente a cada periodo histórico al que representan. Es un museo que quiere ser una entidad viva que sirva como núcleo de referencia y estudio para que aquellos artesanos modernos que estén atraídos por el apendizaje de una creación sin igual, encuentren aquí la realización de su deseo, observando ejemplos como la copa de Lieja, Façon Venise, del siglo XVII o el Jarrón de cristal Martín Pescador, de Émile Gallé, de 1900. Pero si impresionan las enormes vidrieras, no lo hacen menos las piezas conservadas desde el siglo VI a.C., del antiguo Egipto, vidrio fenicio, romano y medieval, los cristales bizantinos y persas de los siglos XI y XII, y las que provienen de donaciones de particulares que actualizan y renuevan constantemente la colección que se va ampliando sin cesar. Vidrios catalanes, venecianos y bohemios junto a retratos de Adrian Hanneman o John Riley se encuentran en las salas de los siglos XVI y XVII. Acompañados de pinturas de Mercier, Vanderbank o Wright of Derby, la sala del siglo XVIII contiene vidrio realizado en La Granja, durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, la mejor fábrica que existió en su época, que fracasó en cuanto a exportaciones, puesto que para su embarque había que transportar las valiosas mercancías hasta el puerto de Cádiz, lo que no ocurrió en Inglaterra, que instaló sus fábricas cerca del puerto haciéndose con el mercado del vidrio y del cristal. La pintura "Retrato de dama" de la Marquesa de Astorga, realizado por Cortellini en 1860, y la colección de camafeos de cristal inglés representa el ámbito del XIX, mientras que piezas de Gallé, Lalique, Whitefriars y otros vidrieros de la escuela pop, así como jarrones, botellas y vasos de vidrio dorado, ocupan la estancia del siglo XX.









                          El museo se ha ido integrando en la vida cultural de Málaga, participando en eventos como la "Noche en Blanco" o con la colaboración en su Semana Santa, precisamente con motivo de la salida de los tronos de la iglesia de San Felipe Neri, proporcionando sus balcones para la interpretación de arias nocturnas que producen momentos verdaderamente únicos y emocionantes. Los talleres educativos organizados procuran adquirir un carácter lúdico para que a los jóvenes que se acerquen a las artes decorativas y a sus técnicas les resulten más atractivos, con su inclusión en programas como el de "La noche se mueve" que enseñan a realizar una vidriera, por ejemplo, impartidos por el maestro Alberto Gascón. A través de Facebook  también se puede realizar una aproximación a este conocimiento como si se tratara de una revista especializada en arte. El sueño de Fernández-Prieto permanece vivo. Le gustaría recuperar esta zona malagueña, hoy bastante deteriorada en general, dándole el carácter artesanal que tuvo en sus principios, cuando los hornos nazaríes de la calle Chinchilla (según atestiguan los restos arqueológicos allí aparecidos), funcionarían a pleno rendimiento, y crear en sus solares talleres para contemplar directamente el trabajo de los artesanos, además de una escuela de vidrio soplado, generando así oficio e industria. Algunos de los proyectos de este enamorado del cristal van poco a poco cumpliéndose de alguna manera, a pesar de la ausencia no sólo de prestaciones económicas públicas, sino de la divulgación adecuada que consiga impulsar todavía más un museo que enriquece a Málaga. El espacio ha acogido exposiciones únicas de carácter internacional, como la dedicada al diseño artístico en vidrio finlandés, El resplandor de la aurora boreal, propiedad de otro coleccionista incurable, el profesor Hannu Vuori, en la que destacaba la pieza "Orquídea", calificada por una revista americana especializada como el objeto más hermoso del mundo. O la de las cerámicas y porcelanas chinas pintadas con tinta, del chino Pan Lusheng, cuya obra se expuso además junto a la de Picasso en el Museo Picasso de esta ciudad.


                  Recibo con alegría la noticia de que se va a iniciar el estudio arqueológico en el solar adjunto al museo, tras superar los trámites burocráticos, como primer paso para la ampliación del espacio expositivo con biblioteca añadida. Los vitriales que ahora no se pueden exhibir por su gran tamaño podrán hacerlo, y además se dedicará una sala para el arte de la orfebrería y la joyería con cristales naturales. El museo confía en encontrar un horno alfarero o cualquier resto arqueológico que explique el pasado industrial del barrio de La Funtanalla, para enfocar el nuevo espacio en función de los hallazgos descubiertos.


                 
                    En mayo de 2018, "El Sur" se hacía eco de la ampliación del museo, según el proyecto del arquitecto Ignacio Dorao, con la intención de salvar el horno alfarero del siglo XVII de la familia Chinchilla, crear un espacio para disfrutar de las hermosas vistas a la iglesia de San Felipe y preservar el espíritu y la historia del barrio. Siguiendo el estudio del historiador Víctor Heredia, por el que se sabe que en este terreno estuvo ubicado el corral de la casa de los Cassini (formando parte del cuerpo principal del museo desde el siglo XVIII), se ha decidido levantar una construcción moderna que recuerde su pasado como patio de servicio. Así pues, en ese recinto aparentemente tradicional, entre los muros exteriores, porches y jardines, se instalará algo completamente novedoso: una magnífica colección de más de 500 piezas de Studio Glass, que incluye nombres tan prestigiosos como Chihuly, Layton, Constantini, Hashimoto y los más grandes creadores internacionales del arte del vidrio en los siglos XX y XXI.







                                                                                     Vasija.  Pan Lusheng



                  Gonzalo Fernández-Prieto se encuentra en el camino de conseguir su estrella de cristal, en el del esfuerzo que otorga la gloria del intento, en el de construir la solidez de lo eterno... Y está logrando que los que disfrutamos de su obra reforcemos la creencia de que la estética ideal la conforma una sinfonía de geometrías, transparencias y resplandores poéticos que aporta una connotación más amplia, una dimensión más válida y absoluta capaz de romper fronteras superficiales para acceder a esa huella cultural universal, de comunicación más lúcida y profunda, tal vez como les ocurre al vidrio y al cristal cuando se derriten y diluyen junto al fuego para moldearse en algo nuevo...



           * Fotografías propiedad Colección Museográfica del Museo de Vidrio y Cristal de Málaga.




                                  "Tengo que hacerme un rosario con tus dientes de marfil..." (Varios artistas)