Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia. SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL
A las aladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.
En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. El maestro fue el primero que habló. -Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? -Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio la vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo: -Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo. -El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra. Paracelso dijo con lentitud: -El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta. El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta: -Pero, ¿hay una meta? Paracelso se rió. -Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino. Hubo un silencio, y dijo el otro: -Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino. -¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso. -Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa. -Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera. -Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe. El otro insistió. -Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa. Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella. -Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla? -Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo. -Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba? -No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal. Paracelso se había puesto en pie. -¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso? -Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo. -Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso. -Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo. -¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera? Paracelso lo miró con tristeza. -El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos. -No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad. -Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala. El discípulo dijo con frialdad: -Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo. Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo: -Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa. El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: -Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don? El otro replicó, tembloroso: -Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos. Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro. Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza: -Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será. El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas. Se arrodilló, y le dijo: -He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa. Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie? Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse. Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. J.L. Borges, "La rosa de Paracelso" (La memoria de Shakespeare) Soñar contigo (Toni Zenet)
En el reino celeste amanece en tonos grises... con el tinte de mis versos matizaré sus celajes. El azar eligió hoy el color índigo. Pilar Hernandis, Reflexión al amanecer Con Runas de añoranza, la escritora Pilar Hernandis completa la trilogía de poemarios dedicados a cantar su fervor por la plena existencia del hombre, inaugurada con Silencios de tiempos tejidos, al que siguió Regreso a casa. En la pasada Feria del Libro de Zaragoza, la poeta presentó su último libro, teniendo como marco incomparable el Ayuntamiento de Zaragoza, y fue tal la acogida que el 22 de septiembre la Delegación Territorial de la ONCE, celebró un nuevo acto en que destacados rapsodas de la ciudad recitaron algunos de los más significativos poemas en un auditorio repleto de público que quedó entusiasmado ante la magia creada por la belleza y la música, tanto del recitado como de las melodías al piano que lo acompañaron, a cargo de la pianista Teresa Juste, en asociación perfecta con las referencias musicales desperdigadas a lo largo de ese tránsito hacia una luz definitiva que supone el conjunto de poemas de Runas de añoranza. En el Prólogo -que he tenido el honor y la fortuna de escribir-, ya señalé cómo Pilar ha trascendido sus vivencias vitales para adentrarse en una poesía de corte introspectivo y ético, depurando lo lírico en ese paisaje íntimo que ella misma, mientras camina valiente entre azules, consigue alcanzar con palabras esenciales en el tiempo, como Machado, sí, con la emoción ante una naturaleza que emite su voz desde lo más hondo del alma y se universaliza en la contemplación: con ligereza y levedad, pero con una dimensión arcádica a la que todos aspiramos y nos merecemos. Pilar Hernandis extiende su mirada hacia lo mejor del ser humano abriendo puertas para crear encuentros, construyendo espacios donde entendernos, legitimando así el milagro del arte en una fiesta de afirmación y libertad.
Decía Fernando Pessoa: Yo simplemente siento/con la imaginación, y Rubén Darío hablaba de la música de las palabras. Pilar es una poeta con un marcado componente mental de reflexión, en una línea de pensamiento poético singular que observamos en esas "reflexiones al amanecer", que unifican la trilogía del viaje a lo divino, entendido como marco de la experiencia cercana al misticismo y que se va tejiendo gradualmente, con rincones naturales que favorecen un binomio indisoluble y, quizá, un diálogo con la divinidad. Con ella, el viajero se sume en lo más profundo de la admiración a la vida y en la meditación, hacia el futuro, pero desde el pasado, desde esos misterios ancestrales de la humanidad que sumergen al acompañante en un mundo mítico, en un entorno de ensueño que incitará al aventurero a repetir, en ese cielo donde la tranquilidad parece haber llegado a su límite, un lugar donde definitivamente quedarse. Este es el valor y el sentido de la poesía de Pilar Hernandis (y también de sus cuentos): el valor de lo inmutable, de lo imperecedero, de lo intangible. Las runas son palabras musicales que susurran secretos al oído, rumores de luz, cánticos de héroes -sus nostálgicos héroes-, sabios consejos con mensajes ocultos que ayudan a no morir, poderes para volar, árboles adivinatorios con sonidos que trasminan bajo la tierra o a través del olor, del agua, de colores emblemáticos, "runas" mediadoras cuya magia la poeta invoca en ese trayecto hacia la verdad insondable...
Allí donde las efervescencias del tiempo impregnan los arrecifes del ser, dejan gravadas las esencias de lo que hiciste o dejaste de hacer.
Extraordinaria observadora de la realidad, Pilar Hernandis indaga en la cotidianidad a través de tres elementos que la conducen, junto a los lectores, cómplices en la travesía de fusión con la naturaleza, al goce supremo de la afirmación del ser: el amor, la fe, la poesía. En Runas de añoranza serán las cuatro estaciones del ciclo anual las que encaminen a la autora a un final ilusionante, vertebrándose así el poemario en cuatro fases sucesivas que van sensualizando su pensamiento lírico para expresarlo en imágenes plásticas y etéreas en las que quedamos atrapados para siempre. El "viaje" se inicia por la geografía poética que la inspira (Granada, Cantabria, Carrión de los Condes, el Matarraña, Punta Umbría, Salou y Jávea), como un recorrrido en primavera, de efecto purificador, que enmarca los ecos de la memoria infantil y de los seres queridos identificados con las penumbras que anidan en el corazón (el acróstico "Madre" lo ejemplifica claramente), pero también con el sueño del reencuentro con la paz -su utopía de niña-, mientras el tiempo se remansa ("Primavera en el cielo"). El poema en prosa que a modo de salmo cierra la primera parte, se adentra en las galerías del alma propias del vivir-soñar-despertar, que sobrepasan la historia particular para representar un anhelo global: el amor fraterno.
Con Pilar continuaremos la peregrinación hacia un nuevo destino, en medio del sol abrasador -que ciega pero también ilumina- del verano, advirtiendo la belleza de la vida a pesar todavía del "tono negro" del ánimo, que transita hacia la felicidad que otorga la sabia madurez. Esa primera persona del plural con la que todos "somos uno" ("No permitamos/que nadie interfiera en la voluntad de nuestros bríos"), da paso a la brevedad de los juiciosos haikus donde el agua simboliza la renovación catártica deseada; así, en el poema dedicado a las raíces aragonesas de la autora, el río Ebro. También el legendario árbol se alza con sus ramas para hablar con las estrellas, marcando la eterna disyuntiva entre la realidad y la aspiración. El extenso poema final justifica en una dura crítica social ante la existencia de niños hambrientos la razón para persistir en el empeño del ansiado sueño. Pero el itinerario no es fácil y se debe persistir en el esfuerzo y en la superación. Por tierras riojanas, la vid florece en otoño, a pesar de oscuros presagios -"voces/que/enajenan/el pensamiento"-, que inducen a la melancolía. Figuras amadas (deliciosos los "Requiebros" a las amigas), "la mente poderosa" y el mar, liberador, permitirán recobrar el estímulo con poemas de gran contención emotiva. La contemplación sugeridora del olivo centenario augura buenas perspectivas.
Se encuentra donde habitan los signos más dolientes de la tristeza. Su alma se refugia entre la nieve y los alaridos de las palmeras. En un silente páramo huérfano y agrietado: donde las esporas del sentimiento se marchitan entre los pliegues del miedo y la soledad. ("Melancolía")
Tras el frío enero del invierno, se producirá por fin el resurgimiento de un rejuvenecido tiempo en que el alma despierta, ayudada por unos acompañantes artistas que captaron como nadie la ascensión vertical de la esencia de las cosas y los hombres, Gaudí y El Greco, y que guían a la autora hacia ese lugar encantado, próximo al paraíso, "el país del entendimiento". Su entusiasmo se muestra en los "Ovillejos" que rechazan la muerte y se reafirman en el alumbramiento de nuevas vidas. Es el momento definitivo de aspiraciones y afanes generosos: un mundo más justo en el que imperen los valores humanos "un nuevo ciclo/de esperanza y vida, de amor renovado". Pilar -y el mundo con ella-, comprende el sentido de lo inefable, la Verdad absoluta, ese "líquido divino esencial" que emana simbólicamente de una mágica fuente de tres caños, la sustancia de la vida que aporta paz de espíritu, el hechizo que nos produce lo que está más escondido, lo imperecedero, lo que no se toca..., y, por tanto, el tesoro más valioso. Es el aprendizaje de la búsqueda de la recompensa con la grandeza de la perenne inocencia, la inmersión en la mejor historia de amor... Pilar Hernandis personaliza la poesía en su estado más rotundo y categórico, al encarnar los valores más intensos, tanto por lo que se refiere a la integridad de la condición humana, como a los más auténticos en cuanto a la estética de la naturalidad, en esa evolución siempre ascendente de su trayectoria poética, siempre constante en la unidad, que no en uniformidad. Sus poemas radiografían al ser humano en su tendencia a hacer el bien, a ser poseedor de la compasión, es decir, de ser con-pasión, con esa significación que a mí tanto me gusta, de "el que ejercita su camino en paz (path) hacia el otro", creando un universo único en el que prima una ética de la esperanza que nos resulta indispensable actualmenteen un entorno cada vez más deshumanizado. Pilar Hernandis es esencia de poesía, un ser de pureza cuya firmeza de temperamento no atenúa absolutamente su sensibilidad, esa que aporta brillo a sus versosy la convicción de que "nada es imposible". Su lenguaje sugerente de ingeniosa y sutil imaginería aporta una música cromática que incide en la asombrosa variedad compositiva, esa que, en Runas de añoranza, constatamos en los poemas visuales, la diversidad métrica, el simbolismo, en el léxico sobrio y sensitivo a la vez, o en juegos retóricos modélicos:
Titilo por un talismán de talento/para trabajar en el tesoro/del tiempo,
en definitiva, todo lo que conforma y evidencia la voz de una escritora de primera magnitud, marca de la gran poesía actual, cuyo estilo poético equilibra en insinuante armonía la calidad de su altura estética y una mirada lírica sobre la existencia imprescindible en tiempos de crisis: simplemente belleza.
... Que la esencia del amor despliegue sus texturas más puras. Que, cada día, nuestro jardín sea bendecido por el rocío límpido del amanecer.
Que los lirios silvestres luzcan siempre los tonos malvas y las raíces autóctonas de la libertad. ("Texturas de amor")
Pilar Hernandis conversa con los escritores Fran Picón y Mar Blanco en el programa "Con versos en la noche":
Y aun con la luz artificial de tus ciudades o sólo con brillo benéfico de luna, hace ya tiempo que te quiero en la humedad antigua que nos une.
Raúl Wenceslao Fernández Moros, Cábala de la memoria (Premio "Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal", de Poesía)
A Wenceslao, como yo lo llamaba..., in memoriam.
He recibido con enorme satisfacción la noticia de que el Ayuntamiento de Calatayud ha adquirido el legado bibliográfico del inigualable escritor, periodista y Cronista Oficial de la ciudad de Calatayud, Pedro Montón Puerto, tras un acuerdo alcanzado con sus herederos. Es de suponer que la impresionante obra por cantidad y calidad recopilada en su biblioteca -de las mejores de Aragón-, podrá a partir de ahora consultarse, al tiempo que sirva para el estudio y divulgación del autor, en un acto de justicia y reconocimiento que llega cuando va a producirse, el mes próximo, el 25 aniversario de su fallecimiento, a sus jóvenes aún 67 años. El escritor, que desarrolló su labor -iniciada en Madrid- desde 1955 hasta 1992, conservó una amplia colección de prensa de ámbito local y nacional, en las que colaboró permanentemente: una hemeroteca privada imprescindible para el conocimiento de esa época que constituye una fuente histórica de primer orden, y que desde el Archivo municipal se pretende impulsar. El tiempo termina por colocar a cada cual en su sitio, y así va a ser en el caso de este escritor, al que probablemente la preceptiva literaria calificaría como "un raro" por lo insólito de su obra y personalidad un tanto bohemia, romántica y polifacética. Pedro Montón Puerto perteneció a la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, al Centro de Estudios Bilbilitanos y a la Asociación Internationale des Critiques Littéraires. Cultivó todos los géneros literarios, destacando también en su labor investigadora e historiográfica, sobre todo del ámbito que tan bien conocía, su propia tierra. Recibió importantes galardones y premios como el otorgado por la Dirección General de Prensa por su artículo "En España no es papel de plata" (que fue reproducido en todos los diarios españoles), el San Jorge de Periodismo o el Premio Amantes de Teruel de Poesía, por este magnífico soneto:
Mudan los tiempos su perfil en vano, siembra generaciones varia gente, y en un suspiro el rizo adolescente se ciñe nieve de cabello cano. Pero un mismo temblor en nueva mano, y un igual pensamiento en otra frente, vuelve, retorna esplendorosamente, para afirmar el corazón humano. De iluminada sangre, la pastora voz del Amor, transita la cañada siempre de eterna flor recién vestida. Ello fue entre los muertos y es ahora, que no acogen las tumbas desatadas la cadena de Amor que hizo la Vida.
Pedro Montón Puerto me honró con su desinteresada y honesta amistad, fraguada en diarias conversaciones que me mostraban a un hombre cultísimo y de una gran y modesta maestría literaria, que tenían lugar habitualmente en la penumbra del tenebroso, entonces, Casino de Calatayud, espacio en el que yo me adentraba temerosa porque sólo podían entrar los socios y nunca vi a ninguna mujer, al menos, a ciertas horas de la tarde. Pero él siempre me esperaba en uno de los butacones del oscuro salón, con sus algodonosas patillas que casi le ocultaban el rostro, y, tal vez de esa atmósfera surgieran tantas confidencias y reflexiones, que fueron para mí clases magistrales de sabiduría. Conocía las críticas con las que muchos lo denostaban, pero también la admiración que provocaba su vasta cultura y su envidiada biblioteca. Era, además, el acompañante perfecto de mesa y mantel y, sobre todo, de sobremesa, donde se desataba ese ingenio natural y pasión vitalista de la que fue testigo un día el escritor Julio LLamazares, al que, tras su charla a los alumnos del Instituto, invité a comer junto a Pedro y a otros dos grandes bilbilitanos, José Verón Gormaz y Antonio Sánchez Portero. Recuerdo el asombro en el rostro de Llamazares ante los juegos de gracejo inteligente y la agudeza de talento de ese trío de lujo que con el café, copa y puro, se disparaban sin remedio ("De la salud no quiero ocuparme", me escribía cuatro meses antes de su muerte). Así lo recogí, con la foto que pude hacerles a los cuatro, en la entrevista para "Heraldo de Aragón" que realicé a Julio Llamazares:
Una mañana, Julio Llamazares recaló en Calatayud acompañado de su inseparable perro, camino de Ainielle, su paraíso particular, el pueblo oscense protagonista absoluto de La lluvia amarilla. Por allí cerca lo esperaba una mujer y los siguientes días se le presentaban nostálgicos, únicos. Pero no se habría ido de Calatayud: el tiempo -ese tiempo que le angustia tanto por no poderlo parar- le jugaba otra vez una mala pasada, como siempre que se va de una ciudad. Allí compartió mesa y mantel, palabras y sabiduría con los escritores bilbilitanos Pedro Montón Puerto, Antonio Sánchez Portero y José Verón Gormaz, ya amigos hasta lo eterno. Con ellos comprobó lo que ha manifestado en alguna ocasión parafraseando a Pavese, que "la verdadera literatura es provinciana", que se debe escribir desde la tierra en que se ha nacido, desde la tierra que a uno lo sustenta.
(Fotografía de José Verón Gormaz)
La figura de Pedro Montón Puerto prestigiaba (y ahora ya no desde la remembranza sino desde la autoridad de la realidad de su obra recuperada) el paisaje humano y cultural de Calatayud, con su amor profundo por sus tierras y sus gentes que extendía a todo Aragón, tanto como escritores de la talla de Gómez de la Serna, Emilio Carrere y sobre todo, César González Ruano lo hacían con Madrid, por eso ha pasado a engrosar las páginas ilustres de la cultura aragonesa, de esa "hermosa historia de ausencias", en expresión que él mismo acuñó, que tan bien conocemos los aragoneses. Hasta lo reconocemos como personaje literario en una obra de José Verón, La muerte sobre Armantes, como el mismo autor confirmó asegurando que aparece en momentos importantes del relato, por ejemplo, en la explicación a los lectores del significado de la asociación "Los Hermanos del Yermo". Los dos cronistas lo aclararon en las famosas "Crónicas vivas de la ciudad" del diario bilbilitano "La Comarca", con las que, a veces, Pedro Montón, según sus palabras, no se reconocía por la ausencia de la reproducción fideligna y exacta de sus relatos... Javier Barreiro consideraba cómo era necesario el reconocimiento del escritor, al que no le importaba demasiado publicitarse ni se afanaba por medrar con ostentación, sino continuar viviendo en su capacidad para la sensibilidad y la estética sin menosprecio de su gusto por lo popular, sin resentimiento, con distanciamiento respecto a la trascendencia social o no de sus intereses, sin sujetarse a la mediocridad o el convencionalismo, era su dedicación a la cultura una necesidad que emanaba de su sensibilidad y su pasión por la estética. El mercado literario no podía tener sitio para él porque no calculaba sino que dejaba expandirse su corazón y sus necesidades no eran las del reconocimiento sino las de aquel que vive, necesaria pero no vicariamente, en la literatura.
(Fotografía de A.Utrera) En este sentido contestaba a mis preguntas para "Heraldo de Aragón", a propósito de la publicación por la Institucion Fernando el Católico de su último poemario Himno local: "No se puede vivir de la literatura si no estás con las fuentes del poder".
-¿Tu obra poética trasciende la dimensión localista a la que alude el título del último libro?
- Ni la palabra "himno" ni "local" resultan muy atractivas hoy, pero están elegidas intencionalmente como una reacción de rebeldía ante algunos afanes demasiado cosmopolitas de la literatura actual. De ahí, como ha comentado Ildefonso-Manuel Gil, el "atrevimiento" del título y la consideración de este libro por algunos autores como mi testamento poético. Evidentemente, ciertos poemas son como el carnet de identidad de Calatayud (así, el dedicado a la Virgen de la Peña, "Ascua nuestra"), pero en ningún caso se trata de poemas descriptivos. Por otra parte, en literatura están ya todos los temas agotados.
-Tras la renovación formal de poemas anteriores, vuelves a una poesía de corte clásico, con sonetos al más puro estilo gerardiano.
- Aquella poesía experimental hubo que escribirla en su momento, pero para mí no dejaba de ser un ejercicio artificioso. Mi poesía, aunque desgarrada y también difícil a veces, pretende llegar al nivel normal del público. Me identifico más con el clasicismo, sin dejar de lado cauces diferentes. En Himno local, aparece algún poema, como el dedicado a la portada de la iglesia de Santa María "Oratorio de los ángeles músicos", que está en la línea de la solemnidad y musicalidad de Rubén Darío, pero junto a él se encuentra el "Villancico que dicen de Calatayud", por ejemplo, y otros poemas con forma libre al lado de sonetos.
De haber seguido residiendo en Madrid quién sabe si habría llegado a ser un digno premio nacional de poesía, pero las 310 pesetas que ganaba trabajando en un banco y que le hicieron perder veinte kilos, lo convencieron de la necesidad de ser un poeta bilbilitano para siempre. Se jugó la fama a cambio de la admiración y la gloria.
- Llevar cincuenta años escribiendo, ¿imprime carácter?
- No se puede vivir de la literatura si no se está cercano a las fuentes del poder político del momento o se tiene un talento y una personalidad extraordinarios, que a veces no son fáciles de conocer. Yo escribo porque es una forma de singularizarme, de autocomplacencia. Los premios que he recibido a lo largo de la vida me han impulsado a continuar con mi vocación. Y la vida literaria bilbilitana también ha cambiado. Yo siempre he tenido maestros, hoy los jóvenes no los reconocen.
- Estás en posesión del premio San Jorge de Periodismo por unos artículos sobre Aragón.
- Me siento más próximo al artículo periodístico que a la poesía. Como todo aragonés, quizá tenga poca fantasía. Ha habido muy pocos buenos poetas aragoneses, pero sí historiadores, eruditos, periodistas. El rigor, la seriedad, la investigación parecen más adecuados a nuestro temperamento o al menos, por no caer en el tópico, al mío. Creo que mi libro de artículos periodísticos Puertas de Zaragoza es el mejor que he escrito.
- Como cronista, ¿pones el dardo en la palabra?
- Aunque es un cargo honorífico, supone la recompensa a una labor de conocimiento profundo y difusión de Calatayud desde hace muchos años. Procuro ser muy certero en la palabra y a veces renuncio a esta ciudad que me completa tanto, pero que no sabe apreciar mi esfuerzo en ocasiones. A pesar de eso, mi matrimonio con Calatayud es indisoluble, quiero ser su cronista siempre.
Concluía mi entrevista con un "Siempre lo será, este "Poeta de aquí", como titula ese gran soneto de Himno local, el poeta que quería dejar bilbilitana huella, pero también una poesía de lo absoluto. Con la afectuosidad que lo caracterizaba, Pedro Montón Puerto me escribió poco después: "El tiempo que duró la entrevista es uno de los ratos más felices que recuerdo en los últimos años" y, a propósito de uno de los artículos que me envió del que recojo palabras esenciales que cito a continuación, en otra carta del amplio epistolario personal tan esclarecedor para profundizar en el conocimiento de su pensamiento, revelaba con su espíritu cariñoso de siempre: "El mundo está lleno de imprevistos. Uno, mayor, mi encuentro contigo. Otro, secundario, que un artículo que te envié por encontrarlo repetido entre las páginas de un libro, pueda alcanzar tan buena fortuna". Y en ese artículo, "El tiempo y la pluma", confesaba:
Opino que el ideal máximo de un escritor es la intemporalidad -que sólo la da el alma-, aunque dedique su obra íntegra a hacer el retrato de sus vecinos del segundo.
Pues bien, el tiempo no pasa para clásicos eternos como Pedro Montón Puerto, ahora más cerca con toda su obra a nuestra disposición en homenaje a él y en beneficio de la cultura aragonesa y de nuestras señas de identidad. Tras 25 años, otro gran poeta bilbilitano, Wenceslao (Raúl Wenceslao Fernández Moros) forma ya parte también de esa hermosa historia de ausencias...
Corazón, una pulga me come. ¡Ay!, matámela si sois hombre. Las sábanas sacudí,
y no la pude hallar;
hacia aquí, amigo, ha de estar,
llegá la vela hacia aquí.
Ella está dentro de mí,
sino que yo no la veo,
y picóme en el deseo,
y el deseo despertóme. ¡Ay!, matámela si sois hombre.
...
Pedro de Medina, s. XVI (atribuida)
A lo largo de la Historia de la Literatura Española, hemos comprobado la frecuente aparición de personajes marginales de todo tipo, que se han caracterizado, entre otros elementos, por el lenguaje utilizado. Así, se reconoce, sobre todo entre los siglos XV y XVII, el universo de los fanfarrones, bravucones, delincuentes, prostitutas, pícaros, medianeras, mendigos, etc, que protagonizan el género celestinesco, los pliegos de cordel, la picaresca o el teatro del siglo XVI. Todo ello refleja la realidad histórico-social española de esa época, que se reelabora en la literatura creando los arquetipos correspondientes. La España de ese momento estaba más desinhibida de lo que hoy podamos pensar hasta el punto de que ni siquiera a la Inquisición le importaban esos temas, siempre que no afectaran al dogma. La mojigatería no aparecerá hasta el siglo XVIII. Por otra parte, este lenguaje se relaciona con las teorías poéticas clásicas, bien a través de la poesía petrarquista seria y moralizadora por medio del tópico claridad/oscuridad y el culto al cuerpo, unido a la vanitas, o en su desmitificación de la poesía erótico-burlesca, como la que escribe Diego Hurtado de Mendoza, que parodia el género del himno mezclando un estilo elevado con temas bajos y humildes, obscenos e intrascendentes, equívocos y dobles sentidos, y el objetivo de compartir con el lector la broma, la facetia, y, en definitiva, la festivitas: la sorpresa escandalosa, por eso el léxico se orientará en imágenes indirectas hacia ese fin: el sexo femenino es sima, gruta, vasija, bolsa, alhaja, calderilla..., y el masculino se relaciona con términos referidos a la comida o a la actividad médica: zanahoria, navaja, sangría...
Jacque le Goff distingue una tipología de la marginalidad hasta el siglo XV cuyos individuos siguen apareciendo en la literatura posterior, con términos como libertino, pillo, tunante, rufián, belitre, bellaco, truhán, ribaldo y sus correspondientes femeninos (además del abundante puta), que designarían a los excluidos de la sociedad española o francesa, como los criminales (ladrones y bandidos), vagabundos, extranjeros, prostitutas, herejes y suicidas. También las personas venidas a menos (los caballeros pobres), locos, mendigos y usureros, marginados que podríamos denominar reales para diferenciarlos de los imaginarios o seres propios de las maravillas geográficas, monstruos (que algunos creyeron extraterrestres medievales) y el hombre salvaje. Otro tipo lo constituirían los que ejercían oficios "deshonestos", los despreciados, donde tenían cabida curiosamente los carniceros y tintoreros junto a los mercenarios, además de los enfermos, impedidos, tullidos, pobres, bastardos y nada menos que las mujeres, los niños y los viejos. Asegura Le Goff que la sociedad los mantiene a distancia, pero "fija esa distancia de manera tal que los marginados estén al alcance. La sociedad necesita de esos parias apartados, porque, si bien son peligrosos, son visibles, y en virtud de los cuidados que les prodiga se asegura tranquilidad de conciencia, y proyecta y fija en ellos mágicamente todos los males que aleja de sí". Los personajes se discriminan en la literatura por razones de economía, enfermedad, etnia o religión (con el tópico folclórico del fraile rijoso, por ejemplo), entre otros motivos. La mendicidad y la prostitución provienen de la época medieval, pero más adelante gusta mucho el tema de la milicia, más novedoso (el soldado fanfarrón), y la mayoría se relacionan con la hechicería, el alcoholismo, la magia, los juegos (sobre todo de naipes), la mercadería, la cosmética... Los estamentos gubernamentales ejercían frecuentemente una censura relativa y se limitaban a disponer que no se mendigara fuera de la localidad de origen o a que se pidiera autorización para mendigar; en realidad, el ocio de los nobles era ostensible y muchos conventos se fueron convirtiendo en burdeles. En la Carajicomedia, parodia de El laberinto de fortuna, se realizaba un viaje alegórico recorriendo los prostíbulos más conocidos de España (como la famosísima por entonces mancebía de Valencia). Aunque se desmantelaron los burdeles por su descontrol, la prostitución no desapareció desviándose a los mesones o "ermitas" con rameras (de "rama" donde se colocaban las viandas cuando había...). Las coplas burlescas y los chistes acerca de la virginidad y enfermedades como la sífilis (sobre los cofrades del greñimón o sifilíticos) se prodigaron por doquier y propugnaban, por ejemplo, que las doncellas ¡no tomaran sal!, o muy poca, por si acaso... Ya en el siglo XVII la expresión literaria de estos temas se tratará con voluntad estética (el "preciosismo" francés) y con progresivo aumento de la misoginia... Isabel II prohibió, finalmente, que las prostitutas fueran mal vestidas y las ilegales debieron cubrirse con un manto, "las tapadas".
Miniatura anónima del siglo XIV (El engaño del vino)
Es lógico, pues, deducir que el mundo de la lujuria sea uno de los más productivos en cuanto a la creación o recreación de un lenguaje que unas veces, simplemente evidencia lo real y otras, se aprovecha de una gran cantidad de recursos connotativos. Alexandrian nos muestra ejemplos en diversas manifestaciones de la literatura europea y explica cómo esta idea se representó con complacencia en las artes y las letras ya en los siglos medievales, lo que revela la hipocresía de monjes y devotos que, predicando contra la lujuria, cedían a ella cuando lo permitía la ocasión. Las costumbres disolutas del clero, probadas por documentos oficiales, justificaban bromas y chascarrillos. Con el pretexto de denunciarlos, se permitieron licencias extremas en las trovas y, más adelante, en las farsas amorosas y la poesía obscena. Bocaccio, Poggio (en las Facecias), Aretino, Rabelais, Ronsard, son, entre otros, escritores que, mezclando lo popular y lo culto, reflejaron en sus obras una versión del amor que hasta llega a veces a presentarse como un juego donde se puede ganar más o menos:
Si la besáis, contad quince,
si tocáis los pezones, contad treinta,
si cogéis el vellón,
cuarenta y cinco hicisteis,
mas si os metéis en la hendidura,
a lo cual las mujeres acostumbran
-oíd lo que yo os canto-,
¡ganáis el juego entero!
Para Alexandrian, otro tema erótico, el de "la pulga" nació en 1579 en el salón de Madeleine des Roches y su hija Catherine, con ocasión de los Grands Jours de Poitiers, donde se reunían los magistrados. Ya conocemos lo que ha dado de sí ese tema entre nosotros. El citado Diego Hurtado de Mendoza compuso unas coplas "A la pulga", que también se han atribuido a Gutierre de Cetina, de las que extraigo algunas a modo de ilustración:
¡Oh pulga esquiva, fiera y porfiada,
enemiga de damas delicadas,
tú que puedes saltar cuando te agrada...
Dime, falsa, cruel, llena de engaño:
¿cómo osas tú llegar a aquel hermoso
cuerpo de mi señora a hacer daño?
Mientra el sueño le da dulce reposo,
presuntuosa, tú le estás mordiendo
o vas por do pensallo apenas oso.
¡Qué libremente estás gozando y viendo
aquellos bellos miembros delicados!
Y por do nadie fue, vas discurriendo.
La cuitada se tuerce a tus bocados,
mas tú que vas sin calzas y sin bragas
entras do no entraran los más osados...
Parezca mal a aquel que pareciere,
yo querría pulga ser, pero con esto:
que me torne a mi ser cuando quisiere...
Siendo pulga, volando me metiera
debajo de la ropa y, como un fiero
león, toda a bocados la comiera...
Entrárale en la oreja lo primero,
hiciérale rabiar y por nonada
entrara en parte do en pensarlo muero...
Lo interesante es resaltar que un fenómeno lingüístico como es el eufemismo se refiere a lo que el poder político, social o religioso de un tiempo histórico determinado, excluye por inconveniente o interesado, aunque no siempre haya sido así. En la literatura, se observan términos de gran crudeza que, eufemísticamente, se han utilizado como una manifestación de ingenio, incluso como juego literario y no por interdicción o tabú. Hay que tener en cuenta también las fluctuaciones de toda lengua viva. En los siglos XVI y XVII existen vocablos extraídos de fuentes jurídicas, testamentos, procesos, etc, desconocidos si se ignoraba el contexto y no recogidos en otra documentación ni en diccionarios, cuyos significados no se sabían, como bujarrón (homosexual), de tal forma que sólo cuando los plasmaron los escribanos a preguntas del fiscal en procesos inquisitoriales o notariales eran explicados en los mismos actos y así aprendidos. El eufemismo depende de la cultura y de las modas y por eso es inestable. Se construyen con procedimientos retóricos referidos al ámbito de lo marginal, en este caso, y utilizan alegóricamente campos semánticos (el mar, los tejidos, los colores, defectos físicos, la cocina...), o alusiones que aportan dobles lecturas o ambigüedades que dependen de la intención y la voluntad del autor, o de un colectivo creador anónimo. El lenguaje de lo marginal posee una gran riqueza expresiva: neologismos, perífrasis, onomástica del santoral, el sayagüés, la antífrasis, el lenguaje de germanía, la intertextualidad, las superposiciones de estratos en el léxico... Francisco Rico, Ricardo Senabre y Víctor García de la Concha, entre otros, han estudiado los rasgos lingüísticos de la marginación. Este último, a propósito del Lazarillo de Tormes señala cómo los eufemismos provocan la ironía, y los diferentes "juegos lingüísticos" dan lugar al famoso "perspectivismo" que caracteriza a esta obra. Los continuos ejemplos de paradojas, personificaciones, hipérboles, alegorías, cosificaciones, antinomias y "la catarata de palabras mendaces que brotan de la boca de los coprotagonistas" le hace concluir que todo gravita sobre la palabra. Miguel Casas analiza el tabú, el eufemismo y el disfemismo, y alude a la obra de J.L. Alonso sobre el léxico del marginalismo donde observa como componente básico de este sector del vocabulario, el lenguaje de las prostitutas, recogiendo hasta 300 designaciones de ese término (ya Quevedo aportó 9 denominaciones en una sola página en la Premática contra las cotorreras).
Sobre estos aspectos del lenguaje marginal en la literatura clásica española, y más en concreto, en la novela picaresca, propongo los dos ejemplos que siguen, ilustrativos de rasgos significativos. La Segunda Parte del Lazarillo, anónima, apareció en Amberes en 1555, sin autor, tras el gran éxito obtenido por El Lazarillo de Tormes, tal vez por el prometedor negocio librero que se suponía. Lázaro se transforma en atún (en el Bestiario medieval no hay ninguna referencia simbólica a dicho pez) y cuenta sus aventuras en el fondo del mar Mediterráneo, entre atunes (no es de extrañar la cantidad de términos náuticos que se utilizan). Aunque la primera frase enlaza con la última del Lazarillo, resultan obras muy distintas y, aunque de menor calidad literaria que la continuación de Juan de Luna, no por ello deja de ser interesante, sobre todo por lo que se refiere al primer capítulo, del que llegó a pensarse que había sido escrito por el mismo autor del Lazarillo, y que el propio Luna utilizó para su obra. Sobre la transformación en atún, el editor P.M. Piñero se pregunta si el inquisidor Valdés lo censuró (junto al Lazarillo, ya que ambas obras siempre se publicaban juntas) porque, para algunos judíos españoles el Mesías esperado iba a venir a España en forma de pez, río Guadalquivir arriba, para eludir la vigilancia de la Inquisición. Juan de Luna se aprovechó de temas, argumento y motivos de esta Segunda Parte, aunque fuera su más severo crítico y, como los gustos del público en 1620 no son los mismos que los de los humanistas anteriores, la novela quedó arrinconada. El capítulo I sigue el motivo folclórico del vino que sustenta tanto a la original como a su continuación, pero el resto del libro se sitúa dentro de la literatura de transformaciones, de ascendencia clásica, por lo que algunos críticos han preferido considerarlo como una fábula imaginativa al estilo de las de Luciano de Samósata más que una novela picaresca propiamente dicha. Pero retrata el mundo de la marginación con su vida vulgar y cotidiana, criticando a los hipócritas de esa sociedad, utilizando un estilo fluido, conversacional, rico en dichos y refranes populares y de un ácido humor. Se trata de una obra escrita a vuela pluma, apremiado el autor por la necesidad de terminarla para sacarla al mercado con el Lazarillo original. Pero encontramos, además, la influencia popular de la leyenda folclórica del monstruoso hombre-pez, que hasta llega a aparecer en el Quijote (el peje Nicolás o Nicolao), o la historia bíblica de Jonás, de todos conocida. No debe olvidarse la parodia caballeresca de la batalla Lázaro-atún/Lázaro-hombre, o el influjo cortesano, cuando el protagonista entra en la corte, una vez liberado del mar, donde el rey reconoce sus méritos nombrándolo privado y mayordomo. Lázaro se siente obligado a reparar las injusticias que encuentra, lo que le sirve al autor para criticar a la sociedad en todos sus niveles: clerical (de influencia erasmista), los comportamientos humanos, vanidosos e insensatos y la desaprobación de la vida universitaria. Lázaro sufrió un largo aprendizaje en el mundo infernal de los atunes y allí encontró la sabiduría. Vuelto a la tierra, adquiere su naturaleza y figura originales, pero viene hecho otro hombre, en este caso la metamorfosis es espiritual (recordemos el final del Lazarillo). La Segunda Parte toma del original no sólo personajes, situaciones, recuerdos, experiencias, su mismo espíritu, sino también la configuración narrativa como un relato autobiográfico en forma epistolar y por supuesto, como veremos, el lenguaje. Los dos primeros y los dos últimos capítulos mantienen dignamente el modo narrativo del Lazarillo, aunque el centro de la historia continúe más bien con el molde de la novela heroica.
La Segunda Parte de la vida de Lazarillo de Tormes vio la luz en París en 1620 en un mismo volumen con el texto de 1554, escrita por Juan de Luna. Parece que quería corregir la edición siguiente para "escardar una infinidad de malos vocablos, peores congruidades y malísimas frases que en él había", según afirma en la "Advertencia al lector" inicial. En 1652 sale una segunda edición con pie de imprenta en Zaragoza, aunque se cree que realmente se editó en París y lo que se pretendía era una difusión más amplia en España. En 1835, un año después de ser abolida la Inquisición, aparece ya en España. Juan de Luna es un personaje muy peculiar, hasta hace poco reconocido como aragonés (de hecho en su obra aparecen algunos aragonesismos, como veremos), pero actualmente identificado con un fraile toledano, descendiente de judíos conversos que huye primero a Francia y luego a Inglaterra, donde fallece, convirtiéndose al protestantismo y dedicándose a la enseñanza del español. Juan de Luna recoge para su novela elementos tanto del Lazarillo original como de la Segunda parte anónima (el capítulo I, por ejemplo), pero resulta una obra muy diversa, y en cualquier caso, la mejor de las continuaciones de la de 1554. En la obra de Luna se produce el proceso degradativo de los personajes, se intensifica la misoginia, el anticlericalismo y la crítica a la Inquisición, y se persigue una mayor verosimilitud frente al relato atunesco anterior: son tiempos distintos y la picaresca es distinta, también. La novela de Luna arranca de la continuación de la Segunda Parte anónima pero luego se acerca más al Guzmán de Alfarache o a Quevedo. El Lázaro de Luna es el mismo en el primer capítulo y en el último, mantiene inalterable su personalidad y su condición de hombre al que la fortuna ha abandonado. Los comportamientos malvados, crueles y lascivos (sobre todo en las mujeres), alcanzan niveles sólo comparables a la novelística francesa de entonces (y a muchas plasmaciones artísticas modernas por su truculencia y disparate). El mundo de la germanía es refugio de monjas y curas, las grotescas bufonadas de burdel provocan la carcajada fácil y el personaje más cínico es un ermitaño. Todo tiene un aire al protestantismo que profesaba el autor. Este Lázaro vive en un mundo injusto, cruel y violento, y el testimonio de esta maldad provoca la risotada brutal del pueblo. Lázaro sólo recibe y ve palizas, es exhibido como monstruo marino dentro de una cuba ante la indiferencia de todos y casi llega a ser castrado por unas mujeres, en una escena cercana al sadomasoquismo en que se le amenaza con cortarle el "dominguillo". Juan de Luna fue hijo de su tiempo, para bien y para mal, porque, ante todo, se trata de una obra bien escrita que va más allá del plano del humor. Para desenmascarar la realidad insoportable de la España del XVII, Luna recorre las formas de un amplio campo satírico: desde la parodia hasta la ironía verbal. Así, según Bataillon, esta novela significa "el paraíso perdido, la desaparición del tiempo feliz en que Lázaro mendigaba, camino de la capital, sin preocupaciones de mujer ni de hijos...". El lenguaje también será hijo de su tiempo. ¿Y cómo es el lenguaje de estos Lázaros y sus mundos marginales?
Subrayan los expertos que el primer capítulo de la Segunda Parte anónima podría ser de la misma mano que todo el libro de 1554, de ahí que los editores publicaran este primer capítulo de la continuación como el último del Lazarillo primitivo. La temática y el vocabulario son similares (para el análisis del léxico, utilizo los diccionarios de Corominas, Correas y Covarrubias, entre otros, y la edición de Piñero para el texto). Todo lo relacionado con un elemento tan importante en la vida de Lázaro, como es el vino reaparece, como en "galleta" (vaso para traer vino), término que curiosamente se emplea en la actualidad en Argentina como envase o vasija para tomar mate. O en la alusión a la fama bien merecida de bebedores empedernidos y de gente airada que tenían los alemanes en la época, por eso eran unos "fantástigos" (fantásticos), sinónimo de presuntuosos, y "sin escrúpulo ni asco de entrarse en cualquier bodegón, la gorra quitada si el vino lo merece", en que el eufemismo perifrástico es evidente. El mundo de las oraciones milagreras, que Lázaro aprendió con el ciego, que tan criticadas son por los escritores de la picaresca por su anticlericalismo de corte erasmista, está presente: "recé la del Conde, la de la Emparedada, el Justo Juez y otras muchas...". Estas oraciones, de corte celestinesco, estaban prohibidas y aparecían en el Índice de Valdés (obsérvese la elipsis y la metonimia y en el caso de la del Justo Juez, su pertenencia a uno de los rituales de la germanía). Vulgarismos, refranes y expresiones trasladadas, frecuentes, suelen provenir de la medicina, como en "encarecer la cura" (o sea, sanar para aumentar la paga por lo mucho que les han costado los estudios), en referencia a "los que ponderan el mucho trabajo que han tenido en dar buen fin a algún negocio ajeno". Sabemos que Lázaro se transforma en atún. Aristóteles y Estrabón lo describían con una espada en la frente, de ahí la siguiente traslación de significado "tomé en la boca la que otras veces en la mano tomaba" (en claro ejemplo de zeugma) o la extraña formación con sufijo "espadañada", que en el texto significa "golpe abundante y copioso de algún licor, arrojado con fuerza por la boca". Se alude a la "crueldad de estos animales", o sea, de los atunes. Covarrubias, comentando el vocablo "atún", dice que son impetuosos y se matan por las coleadas que dan tan fuertes, que no se espantan con la voz ni con el sonido ni con herirlos, sino con el estruendo que hacen las naos quebrando las aguas. Ya que son tan abundantes los términos con que se designan en la picaresca a las prostitutas (públicas o "invisibles"), resulta cómica la expresión, justificada por el contexto, en la que Lázaro las denomina "atunas del mundo"... En este sentido, los peces que lo rodean (agujas, pulpos) más que aludir alegóricamente a la religión, como algún crítico ha querido ver, podría tener connotaciones eróticas o en todo caso, más bien guerreras, pues Lázaro desea luchar para salir del mar.Tampoco faltan los insultos en forma de animalización; así, "cegoñino" (el pollo de la cigüeña) para increpar con sentido despectivo a un verdugo. O por el contrario, la palabra compuesta "paniaguado" (el allegado de una casa o amigo), porque antiguamente era pan y agua la ración de los allegados a una casa.
Velázquez (El triunfo de Baco o Los borrachos)
Uno de los objetivos de la novela picaresca es la crítica social, como conocemos. A ella se remite la importante expresión para conseguir honra, "poner don" y era corriente la burla contra quienes se anteponían el don sin derecho a ello: "que cualquiera de sus súbditos que se pussiese don sin venirle por línea derecha, pagasse un tanto a su alteza" (lo mismo aparecerá en la obra de Luna, criticando en ese caso a las mujeres que lo hacen), una utilización y sentido diferentes al uso actual en que don como sustantivo tiene otra significación o se restringe a la anteposición lexicalizada ante nombre propio en fórmula de tratamiento o cortesía. Un eufemismo que alude al hambre, centro de la vida de estos personajes, que nos permite conocer las malas comidas de estudiantes y colegiales es "una comida... a uso de colegio", tema que se convirtió en tópico de la literatura de los Siglos de Oro: "cenamos, no quiero decir qué, porque fue cena de licencia aquella...", que por el contexto da a entender una cena estudiantil más bien escasa, según los pronombres utilizados, frente a las "cenas de licencia" que daban los licenciados a sus profesores el día del examen de licenciatura, algo más copiosa. El recurso a la metonimia es frecuente: "enlodara" (deshonrara), cambia el significado por su aplicación a lo no material, como la limpieza del linaje en este caso (manchar o deslustrar algo). Un diminutivo irónico se trasluce en "el corazón tenía tamañito". Dice Covarrubias de "tamaño": lo mismo que en latín tantus quasi tam magnus, señalando en alguna cosa su magnitud por comparación, mientras que el Diccionario de Autoridades añade "por antítesis, se suele usar por lo mismo que chico o pequeño", por lo que en el texto, siendo redundante, evoca una burla soterrada, dado el contexto en que aparece.
Además de los vocablos propios de la época referidos al dinero, los juegos de mesa o los relacionados con la justicia, que ya habían aparecido en el Lazarillo, los refranes son innumerables y siempre con matices muy significativos. "A do hay malos alguna vez se halla algún bueno", registrado por Correas con variantes. Aquí, la repetición del indefinido remarca el desengaño. La referencia al "bueno" nos recuerda, efectivamente, al Lázaro primigenio en ese ser como los demás para alcanzar la supervivencia; en realidad, se trata de un eufemismo lexicalizado con sentido peyorativo, por antífrasis, como "amigo" o "santo". "De tales romerías, tales veneras": como ocurre con el caso del camino, paso, puerto, etc., la romería tiene un valor simbólico y de poseer sentido religioso pasó a sugerir connotaciones sexuales. En Correas es "insignias". En Covarrubias, "es la concha de cierto pescado que por estar rayado con unas líneas, a modo de venas, se dijo así. Todos los peregrinos las traen por insignias en los sombreros...". Y un proverbio dice: "De tales romerías, se sacan tales veneras, cuando de las ramerías y conversaciones de ruines mujeres se hinchen los hombres de buvas". J.L. Alonso, investigador de este tipo de léxico concluye: "Veneras", deformación por "venéreas", enfermedades venéreas, aludiendo a la vez a las veneras de los peregrinos que son sus símbolos como los del buboso son los granos e hinchazones que acompañan la enfermedad. Por supuesto, el lenguaje de germanía queda constatado a través de numerosas palabras como "jábega", que propiamente significa una red grande o conjunto de redes que se usan para pescar, pero que como demuestran Alonso y Rico, en germanía puede aludir a una "Junta de pícaros y rufianes", el lugar donde se reunían sobre todo en las ciudades marítimas, con lo que la relación entre el lenguaje utilizado, el contexto en que aparece y la temática de esta novela queda así justificada en acertada composición. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en el fragmento "Quedó obligado a dalle cada un año largas parias, entre las cuales daban cien sollas vírgenes, y cien sollos, los cuales, por ser de preciado sabor, el rey comía, y las sollas tenía para su passatiempo". Parece ser que la expresión se refiere al vergonzoso tributo que los príncipes cristianos entregaban a los moros cada año: cien doncellas. Este tributo, de aires legendarios, pasó a las crónicas y a la historiografía medievales, cuyos textos se editaron en los Siglos de Oro. Sobre el sollo dice Covarrubias "pescado conocido y de mucho precio. Péscase en el río Guadiana, cerca de la entrada del mar. Es su carne agradable y asada casi parece carnero, pero sólo alcanzan a comerla los príncipes y poderosos": atención a la ironía crítica de la transformación de la palabra al femenino...
Por lo que se refiere a la Segunda Parte de Juan de Luna, las concomitancias léxicas con la obra anterior y el género picaresco en general, son evidentes, aunque al desaparecer la alegoría atunesca y encontrarnos ya en un contexto barroco, reaparecen, y con mayor abundancia que en otros textos, los términos referidos a los personajes rufianescos, mujeres de mala vida, bebedores, cornudos, etc. También, aragonesismos como "tarugo", lo que dio pie (posiblemente además, por el linaje de los Luna), a creer que el autor fuera aragonés. En la novela, la frase "a la fama de las tres mozuelas acudieron como mosquitos al tarugo", se utilizaría la metonimia por "como mosquitos al vino". Buesa, Alvar y Llorente definen el término como "cabrilla", "pie para sostener los toneles" y lo registran en Zaragoza, Huesca, Teruel y La Rioja. Después, esta palabra se sigue utilizando en sentido metáforico, como sabemos los aragoneses... En el comienzo de la obra, Lázaro ha tenido una hija, pero según él, ha podido ser "injerta a cañutillo", expresión hiperbólica y metafórica que da a entender lo dudoso de su paternidad y que implica el engaño de la vida. La degradación de los personajes, al modo quevediano, comienza a mostrarse desde el principio: en la posada, Lázaro se encuentra a un "semihombre, que más parecía cabrón según las vedijas e hilachas de sus vestidos". También son "figurillas" o "madagañas" (fantasma, espantajo o espantapájaros, palabra muy usada sobre todo en Aragón), sin que falte el lenguaje escatólogico apropiado para ellos: "le dio tal risa, que las cinchas traseras se aflojaron e hizo flux", que, literalmente, es acabarse una cosa pero en el texto, lo que imaginamos...
Las mujeres de vida disoluta que recorren toda la obra, reciben distintos nombres siempre en sentido despreciativo para cosificarlas o animalizarlas, "piltrafa", "mula del diablo", "cantoneras" (por colocarse en las esquinas o cantones de las calles), "varrionda" (se aplica al puerco cuando está en celo), "moza de buen fregado" (la deshonesta que se refriega con todos) o "moza de jarro" (bebedora). La expresión peyorativa hacia la mujer de Lázaro se consideraba chiste: "antes había sido mosquito que pez, y buey que pescado". La tozudez femenina fue muy reproducida desde un punto de vista humorístico:
Creí sin duda que, viéndome tan bien vestido, se arrepentiría y recibiría con los brazos abiertos, mas tijeras eran y tijeras fueron. Y se cuenta que una mujer muy porfiada quiso llamarlas tixeretas, el marido, entrando en cólera, la echó por el puente a un río y ella iba diciendo: tixeretas han de ser, y cuando ya no pudo hablar sacó el brazo y extendiendo los dos dedos de la mano, le daba a entender que habían de ser tixeretas.
Lázaro llega a sentirse muy acosado por sus problemas, tanto que se dirige a la fortuna comparándola con diversos animales a cual más cruel (según nos ilustra el Bestiario medieval): la sirena, el basilisco, la víbora o la leona parida (de hembras se trata, naturalmente). Como la comida es la obsesión, las referencias de todo tipo son constantes. Aparecen con frecuencia expresiones latinas de carácter popular, que proceden de cuentos tradicionales, como "gaudeamos" con el sentido de banquete. Era corriente el dicho: "Al comer, gaudeamus, y al pagar, ad te suspiramus". Así también en: "Acabada esta comedia, vino la comida; las señoras comieron los quiries, y los galanes bebieron el Ite missa est (donde los determinantes sustantivan los términos latinos). "Beber los quiries" significa beber tres veces; aquí se aplica a las damas que comieron mucho. Los galanes bebieron el "Ite missa est", que da a entender que no dejaron nada (Luna ha invertido las frases). En cuanto al vino, un término metonímico y animalizador podemos verlo en "mosquito", por bebedor. Se decía que los mosquitos se criaban en el vino y se aficionaban a él, y por eso a las personas amigas del vino se les llamaba así, por el amor que unos y otros le tenían. Los "pasteles de a cuatro" son sobradamente conocidos por su aparición en el Buscón y la explicación que da Ynduráin acerca de su composición (se la ahorro al lector por desagradable y macabra), así como en las Aventuras del Bachiller Trapaza de Alonso de Castillo Solórzano. Eran "refugio de los que no pueden hacer olla y socorre muchas necesidades", según Covarrubias. "Muera Marta y muera harta" (dicho que también aparece en la Segunda Parte anónima), incide en el exceso con que bebe Lázaro "para hacer provisión hasta el día del juicio". Correas explica que "es tan grande la sed de algunos enfermos, que a tercio de satisfacer la sed no reparan en el daño que les pueden hacer y con encarecimiento piden de beber". En el capítulo I del anónimo se recordaba la aficción de los tudescos por la bebida; pues bien, esa misma crítica reaparece ahora, "bebimos como tudescos", que se justifica por ser de tierra fría y criarse con vino (recuérdese la "crianza" de Lazarillo).
Murillo (Niño espulgándose)
No podían faltar las enfermedades de la época de carácter sexual o relacionadas con lo escatológico: "camarillas" (disentería, eufemismo en diminutivo de cámaras, flujo del vientre; también cámara, retrete, letrina). El vocabulario de la marina se utilizó muy a menudo eufemísticamente para metaforizar significados relativos al sexo: "anzuelo", por sexo. Las referencias a los sastres, considerados mentirosos y ladrones, y una profesión muy desprestigiada por robar telas (idea de origen judío-converso), se vinculan a la prostitución: "mintiendo más que sastre en víspera de pascua". Los cornudos son denominados, como siempre en la picaresca, con una gran riqueza retórica. Por ejemplo, una alusión a los cuernos aparece como "madera tinderil" (o "tinteril", pues tinderil no aparece en los diccionarios). La metonimia es clara. Parece que los tinteros se hacían de cuerno y el término era corriente en los Siglos de Oro. Los cornudos podían ser tristes, sufridos, pacíficos o pacientes, entre otras características: "con Pierres, el gabacho, que será tan paciente como mi compadre Lázaro" (a propósito, notemos el apodo despectivo que los españoles dan a los franceses, procedente del fronterizo río Gaba), porque se ejercitaban en los ministerios más bajos y humildes. El nombre de Pierres tampoco estaba bien considerado. El lenguaje de la prostitución sorprende por su variedad: "a cabo de rato llegamos a una casa que en el postiguillo, patio y mujercillas que allí bailaban, conocí ser del partido". Para Alonso "del partido" significa de la prostitución, del mal vivir, y en cuanto a los diminutivos, desde el Lazarillo fueron utilizados con una expresividad de múltiples efectos emotivos. La interrelación religión/sexo no podía faltar: "El primero que me dio canilla fue el padre rector de Sevilla, el cual lo hizo con tanta devoción, que desde aquel día les soy muy devota", irónica connotación sexual de innegable humor crítico aumentado por el uso de "canilla" (espita que se pone a la tinaja o cuba en la parte inferior para sacar el vino). Los prostíbulos suelen denominarse de diversas formas, como "botica", término de la medicina a la que tanto se recurría ingeniosamente. Aquí aparecen "casa llana" o "casa de poco trigo" para prostíbulo. Y, cómo no, las pulgas pululaban por todas partes, con voluntad burlesca y paródica del petrarquismo: "así me tomen las pulgas en la cama" (o en su vertiente de musaraña, "que tales sean las musarañas de mi cama"), tema de origen clásico, como ya dije, que no ha dejado de escribirse en la literatura de todos los tiempos, como se ve en "La caza de las pulgas", conjunto de octavas de Juan Yáñez de Monroy, como estas:
Como Filis estaba sin defensa,
más que el cambray a quien también desvía,
hacer pueden las pulgas tanta ofensa
que todo el cuerpo pulgas le cubría;
despiértala el dolor y en nada piensa,
sólo en matar quien tanto la ofendía,
y por quitar los enemigos fieros
la camisa rasgó y se quedó en cueros. ...
Desesperada, con rigor insano,
de la cama las sábanas retira,
sacúdelas y en ellas el tirano,
motivo atroz de su rabiosa ira,
ya con el breve pie, ya con la mano,
y aun con los dientes su rigor conspira,
torciendo con sus dedos singulares
lo que felice coge en los pulgares. ...
Refranes y frases hechas son muy del gusto de la época y permiten comprender un mundo oscuro del que todos querían salir: "hacerse de los godos", en el texto, "tiraron con tanta fuerza que su barco se iba a lo hondo; conociendo el peligro la cortaron y con ella las esperanzas a Lázaro de hacerse de los godos", que significa hacerse noble y rico, porque, según comenta Covarrubias, "los que traían origen de los godos eran muy estimados". Los españoles andan con gravedad, se dicen salidos de la poderosa nación de los godos y se llaman entre ellos hijos de los godos, hidalgos gentilhombres (documenta Francisco Rico en su edición del Guzmán). Lázaro, el pobre, ya no tan ingenuo, como todos los españoles, quería medrar. Hacerse de los godos o arrimarse a los buenos, que tanto monta simbólicamente. En un ejemplo claro del empleo disémico y antifrástico del término, se usa "bueno" con el significado contrario (como en la referencia al "buen mesonero"), y así Covarrubias aclara: "Hasta lo malo en lo consumado de su maldad admite (aunque impropiamente), este epíteto. Esta palabra, buen hombre, algunas veces vale tanto como cornudo, y buena mujer, puta" (y si eran cojas, mejor aún...).
Decía Víctor García de la Concha que "todo gravita sobre la palabra". La palabra eufemística, ingeniosa, que en su juego muestra un mundo aparentemente divertido, que oculta la realidad del desencanto, la desesperanza de los marginados, que a veces entretiene con sus dobles sentidos, que genera belleza o desagrado como la tragicomedia de momentos de apariencia, la palabra renovada y rica de una época de esplendor artístico, la palabra que critica, a veces engaña o hace reír tal como la vida misma, una palabra hija de su tiempo...