viernes, 17 de agosto de 2018

Sobre el teatro en la POÉTICA luzanesca





                                                                                   Si un marinero es mar,
                                                                                   rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
                                                                                   no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
                                                                                   quiero sólo ir al mar donde me anegue,
                                                                                   barca sin norte,
                                                                                   cuerpo sin norte,
                                                                                   hundirme en su luz rubia.


                                                                                 Luis Cernuda, "Los marineros son las alas del amor"






                                       El verano resulta uno de los momentos más apropiados para que los que somos incondicionales aficionados al teatro clásico podamos disfrutar de los innumerables festivales que se prodigan por toda España, como los de Mérida, Almagro, Olite, Alcalá de Henares, Olmedo o Alcántara, a los que hay que añadir las obras que pueden seguir admirándose en Madrid y Barcelona durante todo el año, así como la encomiable labor de la Compañía Nacional de Teatro Clásico con sus acertadas programaciones que hay que valorar como se merecen. Asisto con frecuencia al espectáculo que representa mejor que ningún otro la condición humana, con esa mezcla de magia, juego, poesía y rito que suscita emoción porque expresa un conjunto de pensamientos y sentimientos que siguen nutriendo el espíritu, a pesar del excesivo uso en la actualidad de las nuevas tecnologías. El teatro es un arte que transmite creencias, ideas, poder, permitiendo la interpretación personal y social de lo real o imaginado. El teatro aúna la literatura, la música y las artes plásticas para mover al público a que se cuestione lo establecido, para enseñar al ciudadano cómo mejorar y crear una sociedad más sana. A la vez, ayuda a evadirse, a soñar y a vivir: es necesario para el alma. Nunca estará en crisis.





                           Nuestros antepasados más antiguos ya expresaron a través de la interpretación sus historias -verdaderas o imaginadas-, apelando a unos espectadores que pudieran identificarse con ellas, mostrando valores humanos universales: la religión, el amor, la muerte, el perdón, la avaricia, la ambición, el patriotismo..., los valores que nunca pasan de moda. Pretendían provocar la reflexión y la catarsis, investigar la razón de las cosas, explorar los problemas de la vida y encontrar explicaciones válidas para los comportamientos incomprensibles. Con la excelencia en el lenguaje, además, a través del teatro clásico se entendió mejor el mundo: su presente, porque era el mejor medio de información, de relación, y de creación de cultura. El teatro barroco alcanzó la gloria divirtiendo y educando, y se convirtió en la base de cualquier forma de teatro posterior, con autores y obras dignos de imitación, brillantes sin descanso, aunque sus normas fueran modificándose con el paso del tiempo. Así sería hasta la época del realismo español. Pero un poco antes, un ilustrado aragonés, Ignacio de Luzán, nacido en Zaragoza en 1702, revolucionó con su Poética algunos de los rasgos de la literatura precedente, que, por lo que se refiere al teatro, había entrado en cierta decadencia. Luzán merece el reconocimiento a su labor erudita y culturalmente innovadora, que tuvo parcial influencia en obras de trascendencia en su momento como El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín, que ya planteaba entonces la problemática relacionada con cuestiones "de perspectiva de género", tan de actualidad, y eso que Moratín, con sus propias ideas teatrales, opinó sobre la Poética que "no fue estimada del vulgo de los escritores".







                                                                              Salón literario del siglo XVIII




                            Celebrada o no, el mérito de Luzán consistió en pretender otorgar a la literatura un nuevo estilo, lleno de buen gusto, para acercarla a la europea, por mucho que los críticos se empeñen en insistir que nada hubo de original en cuanto a la creación de teorías poéticas nuevas. Realmente, en lo que se refiere a las ideas sobre el teatro, lo que hizo fue aclarar, explicar y sistematizar la poética de Aristóteles, al que añadió los comentarios de preceptistas franceses como Boileau o italianos como Muratori, a los que conocía muy bien por sus estancias en Francia e Italia y los amplios estudios de sus obras. Luzán, en mi opinión, mantuvo una actitud de preceptista crítico -aun manteniendo su fidelidad a un espíritu de escuela, como recuerda F.Lázaro Carreter- que no acepta simplemente una doctrina ya elaborada, sino que se propone exponer de forma metódica, selectiva y adaptada lo que consideraba más adecuado para la España de su época, sin "copiar" en absoluto la Poética de Aristóteles, por su excesivo racionalismo y por el cartesianismo del momento (así ocurre, por ejemplo, con la unidad de tiempo). Aceptar a Aristóteles habría supuesto "perder una regla estricta" (Poética, libro III, cap.XV), y eso no lo podía hacer Luzán que buscaba la perfección en el teatro. Sin duda compuso la poética más completa que existe, presentando ideas que en España estaban en pugna con el espíritu y las tradiciones de la literatura española. Así que convendrá obviar esa especie de tablas y estadísticas que estableció la crítica con las que, dependiendo del número de veces que se aludiera a distintos autores, la Poética era más francesa, o italiana, grecorromana, ecléctica o elaborada "como los franceses".




                            Los historiadores que mencionan otras fuentes modernas son tan inexactos como los demás. Esto se debe, para R. Sebold a que Menéndez Pelayo (que siempre carga por tradición con los errores reales o no de todo lo ocurrido en España), se inventó una a modo de lista ritual de importantes fuentes secundarias que toda una generación de hispanistas repitió con devoción. Lázaro Carreter opina que Luzán creó una poética que escogía lo mejor de la preceptiva italiana renacentista, tal como habían hecho los franceses, pero enfocándola hacia un fin muy concreto, históricamente delimitado: combatir el barroco y ofrecer fórmulas para el futuro de nuestra poesía. Con ese fin quiso erigir unos modelos para ser imitados, según las obras maestras de la Antigüedad y la codificación aristotélica. Pero Luzán estaba solo en medio de una época que moría y otra que nacía. Y operó por su cuenta. Es el único representante de un espíritu, el espíritu clásico, que pudo ser y no fue en España. Parece, pues, que aunque Luzán otorgara  importancia a los tratados franceses e italianos, como observa en el capítulo I del Libro I, la influencia extranjera es secundaria, y no prestó tanta atención a la nacionalidad de sus fuentes porque, en cuanto legislador poético, su primera lealtad era a la tradición occidental y, en el fondo, importa poco cuál de las autoridades modernas sea la más citada, porque un Le Bossu o un Beni son, ante todo, continuadores de Aristóteles y sólo en segundo lugar son francés o italiano.Y las ideas aristotélicas no pueden ser consideradas como elemento extranjero en ningún país que tenga antecedentes grecorromanos.







                                                                       Canal Imperial de Aragón. Zaragoza



                              Además, bajo la influencia de la nueva filosofía inductiva sensualista con su insistencia en la observación, Pope, Feijoo y otros, resucitaron la premisa aristotélica de que las reglas de la poesía eran leyes naturales universales basadas en la observación directa y el análisis de la naturaleza. Las leyes poéticas de Aristóteles, igual que las físicas de Newton se consideraban como eternas por haber derivado de la naturaleza. La postura de observador de la naturaleza "a lo Locke" es la que mantuvo Luzán en su Poética. Por otra parte, en nombre del buen gusto y de la razón, represora de todos los vicios y excesos, se instauran unos modelos que deben ser imitados: Luzán, siguiendo una milenaria tradición retórica, propone las obras maestras de la Antigüedad. Y la fidelidad al espíritu nacional preocupaba mucho a los neoclásicos. Sólo las fuentes clásicas podían predominar en la Poética dados los orígenes y la naturaleza de la disciplina de la poética. Por tanto, un código de principios literarios y estéticos fundamentados en la naturaleza, cuando se aplica debidamente, no puede ir en contra de la libertad. A esta doctrina liberal, universal y natural la llamamos clásica, tan sólo porque las primeras noticias escritas que tenemos del proceso creativo o de las "reglas" (nombre arbitrario que se ha dado a unos principios naturales e instintivos en cuanto seres humanos hacen literatura), se deben a los autores griegos y romanos (a quienes acostumbramos a llamar clásicos), y no por otra razón. Y esto lo sabía Luzán.





                             Sin embargo, las opiniones de Aristóteles se ponen a prueba normalmente porque Luzán, además de la actitud de observador, tiene otra: la de dudar metódicamente por la influencia cartesiana recibida (a menos que sea posible reducirlas a un concepto tan claro que ya no haya ocasión de ponerlas en duda). Este procedimiento crítico cartesiano lo lleva a cabo con Aristóteles, a veces, no estando de acuerdo con él. Rusell Sebold concluye que lo que existe es un cosmopolitismo de orientación hispánica y el conocimiento de todas las literaturas principales de Europa, junto con los más importantes sistemas filosóficos antiguos y modernos. Es un nuevo clasicismo español que no pudo tener un representante más idóneo que Ignacio de Luzán. En él se muestra un eclecticismo que conjuga la autoridad de los ilustres literatos del pasado con el racionalismo cartesiano y es que simplemente está a caballo entre dos épocas radicalmente diferentes. Partiendo de todo lo dicho, podremos acercarnos a la razón por la que Luzán emplea esas fuentes y no otras y valorar el efecto que la época en que vivió produjo en su obra, así como la influencia que ejerció una nueva Poética en el sistema literario de ese tiempo.







                                                                  Puente de Piedra. Siglo XVIII. Zaragoza




                             Para Luzán, la materia poética no sólo debía de ser didáctica y moralizadora sino también generadora de belleza, es decir, nada menos que provocadora de "suavísimo placer". A ello le ayudó Aristóteles. Tras la relectura y análisis de las dos poéticas, expondré algunos datos y conclusiones. Luzán tituló el libro tercero de la primera edición de su Poética (1737), "De la tragedia y comedia y otras poesías dramáticas". En la edición póstuma de 1789 se añadieron dos capítulos importantes para conocer sus ideas acerca del teatro, pero tal vez estos capítulos se deban a las consideraciones de su hijo Juan Ignacio y del editor Eugenio Llaguno. Realmente, el "tono" de las dos ediciones es considerablemente diferente: de un estilo conciliatorio, transigente y comprensivo hacia la literatura del Siglo de Oro se pasa a otro pedante y de mayor intransigencia, por lo que el verdadero espíritu de la Poética se encontraría en la primera edición, posiblemente. El capítulo I trata "de la poesía dramática española, su principio, progresos y estado actual", en que hace una división: la popular (sin sujección a las reglas de los antiguos) y la erudita (que sigue las reglas de Aristóteles y Horacio). Admite que en España nunca se ha practicado el segundo tipo y ha dominado el primero sin razón y sin arte.




                              Así que el capítulo II tenía que considerar "las reglas que se supone hay para nuestra poesía dramática", con la idea general de que para agradar y dar gusto son necesarias ciertas reglas. Luzán defendía el Arte Nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, porque la mayoría convenían con el sistema aristotélico, aunque presentara además otras renovadas, ya que, como afirma también en el capítulo IV del libro I de 1789, "las reglas que dejó Aristóteles para la poesía dramática son tales y tan conformes y ajustadas a la razón natural, a la prudencia y al buen gusto que sería desvarío querer inventar nuevos preceptos distintos en lo sustancial a aquellos. Estas son las que yo intento explicar en este tratado, con más claridad que hasta aquí han hecho nuestros escritores, a quienes seguiré solamente en lo que me parezca conforme a razón". Le preocupa que la obra de Aristóteles se haya mutilado, cambiado y tergiversado (por ejemplo, apenas nombra a la comedia), aparte de que las traducciones dejaban mucho que desear. Aun cuando en Italia y Francia varios eruditos habían aclarado muchos puntos, él se ve en la necesidad de emprender esta labor en España, pues la escasez de estos trabajos había sido la causa de la corrupción literaria de los últimos años.






                                                                                    Ignacio de Luzán



                           De los tres tipos de imitación que puede hacer el poeta, según Aristóteles: simplemente narrando, transformándose en otra persona y narrando por boca ajena, o escondiendo enteramente su persona e introduciendo otras que hablen, este último modo era el más perfecto y propio solamente de la poesía dramática, que comprendía dos importantísimas especies o formas: tragedia y comedia. Luzán estimaba la tragedia como la forma más elevada y perfecta para instruir y formar una perfecta conciencia de la sociedad. Tuvo su origen en los dithyrambos o himnos en loor de Baco, perfeccionados con el tiempo. De las observaciones sobre lo que mejor efecto causaba, lograba mayores aplausos y era más aprobado por los hombres sabios, se formaron las reglas del teatro. Luzán refiere que la definición de Aristóteles se prestaba a interpretaciones y confusión, pues unos hablaban de "cantar", otros de "bailar" y otros de "recitar", así que hace su traducción personal: la tragedia es "imitación de una acción grave o (como otros quieren) ilustre y buena; entera y de justa grandeza, con verso, armonía y baile (separadamente) y no por medio de la narración, sino de la compasión y el terror, purgue los ánimos de estas y otras pasiones".



                        Para adaptarse a tiempos más modernos, propuso otra definición más clara. La tragedia es una:



-representación dramática: el hecho ha de representarse por medio de interlocutores que hablen y obren de una forma activa y accionada. Parece ser que Luzán recogió este concepto, según Di Filippo, de otros preceptistas, como Robortello, Castelvestro y Cinthio. Que el fin fuera lastimoso es la novedad que se aporta respecto a las tragedias de los siglos XVI y XVII que no lo tenían.
-de una gran mudanza de fortuna, acaecida a reyes, príncipes y personajes de gran calidad y dignidad: tampoco fue realmente Aristóteles el creador de esta idea. En concreto, fue Robortello quien dio a los personajes de la tragedia la determinación de Rey y Héroe.
-cuyas caídas, muertes, desgracias y peligros exciten terror y compasión en los ánimos del auditorio: Luzán intentaba así abarcar todo tipo de tragedias.
-y los curen y purguen de estas y otras pasiones, sirviendo de ejemplo y escarmiento a todos, pero especialmente a los reyes y a las personas de mayor autoridad y poder: lo último que añade Luzán por estar en consonancia con el resto de las características de la tragedia. Aristóteles la dividió en partes esenciales o de calidad (la fábula, las costumbres, sentencia, locución, el reparto y la música), y partes integrales o de cantidad (prólogo, episodio, éxodo y coro).








                                                      Primera edición. 1737. Biblioteca Virtual M. de Cervantes



                                  El aragonés propone dos formas de entender la fábula: la que supone un remedo de la acción y la que propugna Le Bossu, tal vez inspirándose en los preceptistas italianos, que añade la instrucción moral y da lugar a tres clases de fábula, las racionales (contienen hechos de hombres o dioses), las morales (que introducen brutos con costumbres humanas) y las mixtas, mezcla de las anteriores. Las racionales encubrían la ficción con la verosimilitud y a ellas pertenecen la fábula épica y la fábula dramática, dividida en trágica y cómica, que tienen en común el ser un discurso inventado o una ficción de un hecho, con el fin de corregir y purgar las pasiones, especialmente la compasión y el miedo y dar encubierta alguna instrucción moral. Si se extrae de un hecho verdadero o histórico, entonces no será invención del poeta y faltará lo esencial (Aristóteles ya separó la historia de la poesía). Si se utilizan nombres históricos es por hacer más creíble lo que cuentan. El poeta ha de recurrir a la historia y buscar en ella un caso para adaptarlo a la tragedia, una mudanza de fortuna o grave peligro de un rey, y con este argumento encontrar la base de la tragedia con los nombres, episodios y circunstancias ajustados a las reglas del teatro.





                         La fábula debia de ser entera (con principio, medio y fin), por ejemplo, El desdén con el desdén de Agustín Moreto, con un fin "tanto más agradable cuanto más largo", o sea, "cuando las cosas hayan hecho pasaje de la felicidad a la infelicidad o al contrario". Como sobre el principio nada dice Aristóteles, Luzán sigue a Benio adoptando una postura muy lógica: se pondrá por principio aquella parte del hecho desde la cual hasta el fin no pueda verosímilmente pasar más tiempo del que requiere la fábula. Además, sería de justa y perfecta grandeza, como corresponde a toda hermosura, siempre proporcionada a la vista, como un cuerpo perfecto... Maravillosa y verosímil, aunque combinar ambos aspectos resulte difícil. Será verosímil todo lo que es creíble, conforme a nuestras opiniones. Mientras que el historiador refiere los hechos como han sucedido y así no excede los límites de lo ordinario y común, al contrario, el poeta busca siempre lo extraordinario, lo nuevo, lo maravilloso, y para ello es mejor la verosimilitud poética que la verdad histórica. Entonces, ¿el argumento de la tragedia debe tomarse de la historia o puede fingirse? Luzán admite las dos posturas porque el deleite proviene no de la ficción o verdad del argumento, sino de la buena constitución de la fábula. Aún así, siguiendo a Benio y Muratori, prefiere el argumento verdadero por ser más creíble y provechoso para los que lo conocen. Sin embargo, en la fábula cómica no cabe esta cuestión, pues la comedia no será ni mejor ni peor por el hecho de que el argumento sea verdadero o fingido, ya que las acciones de los particulares y el pueblo se olvidan y el auditorio siempre estará ignorante de los hechos aunque sean verdaderos.









                                                                      Edición de 1789. Biblioteca Nacional




                                Algunas de las aportaciones de Luzán sobre los caracteres de la fábula dramática provienen de su particular visión de la famosa regla de las tres unidades (acción, tiempo y lugar). Para él fue como un dogma inviolable en principio. "La fábula es una", porque la imitación es una y de una sola cosa. Pero en cuanto a la unidad de tiempo discrepa de Aristóteles, que había impuesto que "la tragedia debe procurar encerrarse cuanto le sea posible en un giro de sol o, al menos, exceder poco esos límites". Pero el criterio seguido por Luzán está en relación con la distinción entre tiempo real y tiempo estético, de ahí que la duración de la representación y de la acción han de estar en perfecta correspondencia. La razón es, como siempre, el principio de imitación por el que el tiempo de la representación ha de imitar al tiempo de la fábula. Si la representación dura 3 o 4 horas, el tiempo del hecho representado no deberá pasar de esa medida. Entiende que Aristóteles ha sido mal interpretado para defender y justificar su postura, un tanto extremada, yo creo. Incluso llega a manifestar que como la Poética de Aristóteles está incompleta, es posible que, en lo que falta, aclarara algo más respecto al tiempo, y hasta pretende explicar que "un giro de sol" podría implicar una parte del giro solar, con lo que el tiempo se reduciría a 3 o 4 horas, que es lo que él predica. Como vemos, en este caso, interpreta a Aristóteles según le conviene para acomodarlo a lo que él piensa. ¿Excesiva meticulosidad por influencia cartesiana? ¿Demasiada intransigencia? ¿O ideas propias modernas? Aceptará, como Corneille, que no se mencione el tiempo en la obra y extenderla una o dos horas más e incluso tolerará que un poeta dé a su fábula 12 o 24 horas, aunque esa unidad de tiempo no sea como debería de ser... Lo mismo ocurre con la unidad de lugar. Aunque Aristóteles no da normas al respecto, Luzán entiende que la razón, la verosimilitud y la buena imitación implican que el lugar sea siempre uno, estable y fijo desde el principio del drama hasta el fin. Demasiada teoría que rompería después en su propia obra, como en La virtud coronada, de la que comenta su hijo que "no observó las reglas del arte con aquella exactitud que se debía esperar de quien las había enseñado y defendido con tanta inteligencia y constancia". Y es que de la teoría a la práctica hay un buen trecho, como ocurre en la propia vida...







                                                 Ilustración para La familia de Pascual Duarte (IES P. de Rivera)
                                                                                Calatayud (Zaragoza)



                               Aristóteles divide la fábula en simple (en la que sucede mudanza de fortuna de la felicidad a la miseria sin peripecia ni agnición o anagnórisis, o sea, la conversión de persona desconocida en conocida, que remata en amistad o enemistad entre los que se ven destinados a dicha o desdicha) y complicada o implexa (en el caso contrario), pero su doctrina no parece clara en este aspecto, pues a veces defiende la primera y otras, la segunda, por ser más enredada y por tanto, maravillosa y más deleitosa y apta para mover los afectos del auditorio. Cuando prefiere la simple, Luzán interpretaba que debía tener una sola mudanza de fortuna y no dos, así que en el fondo no se estaba contradiciendo. Había dos tipos de mudanzas de fortuna: del estado feliz al infeliz y al revés, y los hombres a quienes podían acontecerles eran los mejores en fortuna, poder, riquezas y fama, y los peores, gente vulgar y hombres particulares. Además, por sus costumbres se encontraban los buenos y virtuosos, los malos y viciosos, y los indiferentes. Así resultaban seis clases de fábulas de las que Aristóteles sólo aprobó una: aquella en que los indiferentes bajan de la felicidad a la miseria, si no fraguaban su desgracia por algún delito enorme, sino por ignorancia, yerro o falta pequeña. Según los vínculos de amistad y parentesco, los hombres eran amigos, enemigos y neutrales o indiferentes. Las acciones trágicas entre amigos y parientes creaban más terror y compasión en el público, siempre que el amigo reconociera a otro amigo antes de matarlo, puesto que en otros casos, la tragedia no sería tal o no provocaría demasiado impacto. Como todos estos conceptos no le parecieron claros a Luzán, remitió a Corneille, que opinaba que el vínculo de amistad o parentesco no era absolutamente necesario. Tal vez Luzán seguía manteniendo la duda cartesiana, como en la unidad de tiempo. En cualquier caso, su revisión de las ideas aristotélicas es crítica y discrepante.





                                La fábula constaba de episodios, enredo y solución. Aristóteles no define el término de "episodio", así que Luzán lo dedujo en el sentido de constituir el modo de acción de la fábula, siendo más largos en la epopeya. Los episodios, siguiendo la teoría general que hemos visto, debían de ser propios, verosímiles, creíbles y estar unidos entre sí, porque si no, se trataría de una fábula episódica, de malísimo gusto, y hechas por capricho. El enredo y la solución serían la consecuencia natural y verosímil de la misma fábula y sólo se producían en la tragedia de éxito feliz o en las comedias. Para Luzán, los cómicos españoles, sobre todo Calderón de la Barca, se habían desempeñado con bastante acierto en el enredo y la solución de sus comedias. Otra parte de la fábula era la pasión. Luzán dice que se ha debido de perder el lugar de la Poética en el que se hablaría de ella, pues sólo aparece en la definición de tragedia: se han de purgar las pasiones por medio de la compasión y el terror. Se lamenta de que en España no se haya cultivado la buena tragedia, que podría haber sido muy útil para moderar las pasiones y el deseo del público oyente, logrando con el teatro una deleitosa escuela de moral. La pasión es una pena nociva y dolorosa, como las muertes a la vista, las angustias mortales, las heridas y cosas semejantes. Luzán creía que era necesario presentar la muerte en escena, siempre que no fuera bárbara, cruel ni demasiado horrible para no resultar increíble. Pero Aristóteles sí define la pasión en su Retórica, es aquello por lo que los hombres cambian y difieren para juzgar y a las cuales sigue pena y placer, tales son la ira, compasión, temor y las demás semejantes y sus contrarias: "todas las cosas graves entre las penosas y dolorosas son dignas de compasión y las que sean mortales, y todos los males causados por la fortuna que sean grandes. Son males dolorosos y graves las muertes y ultrajes corporales, los malos tratos, vejez, enfermedades y falta de alimentos; son males causados por la fortuna la ausencia y escasez de amigos, la fealdad, debilidad, mutilación y el que de donde procede que resulte un bien resulte un mal". Luzán pensó que con estas palabras se aclaraban las confusas interpretaciones de los comentaristas que dudaban de cuáles debían ser las pasiones purgadas por la tragedia y por qué razón.








                                                 Ilustración para La familia de Pascual Duarte (IES P. de Rivera)
                                                                                   Calatayud (Zaragoza)




                                  Las costumbres se explicaron como el carácter propio de cada persona, manifestadas por las palabras y las obras. Deberían poseer bondad, conveniencia, semejanza e igualdad. En el caso de la bondad, Luzán prefiere la opinión de Le Bossu, hacer que cada uno obre como requiere el carácter que le atribuye el poeta. La conveniencia y decoro se referían a la edad, sexo, nación, empleo y dignidad. También la Retórica arroja luz sobre los caracteres, dividiéndolos según la edad y la fortuna. En cuanto a la edad, el joven podía ser concupiscente, compasivo, burlón..., el viejo, todo lo contrario, y el hombre maduro, un poco de todo, pero de forma moderada y adecuada. El cuerpo estaba en la flor de la vida entre los 30 y 35 años y el alma alrededor de los 49 (¡qué prodigio de exactitud!). Y la fortuna podía proporcionar nobleza creando ambiciosos, la riqueza generaba insolentes, orgullosos, fastuosos y caprichosos, el poder, diligentes, dignos, honrados, y la buena suerte, piadosos. la semejanza se aplicaba a la fábula histórica, con personas conocidas por su fama o historia y las costumbres correspondientes. Por la igualdad, se debía sostener en todo el drama el mismo carácter del principio, aunque el cambio de pensamiento lógico no mermaba la psicología del personaje. Para Luzán, las costumbres fueron descuidadas por los cómicos españoles (Lope, Moreto, Calderón). Sus obras no estaban compuestas según las reglas de la perfecta poesía y por tanto, no enmendaban vicios ni defectos, por lo que les aconsejaba atender especialmente a este aspecto para no provocar daño al público sino provecho.





                                La sentencia o dictamen es el saber decir lo que hay y cuadra al asunto, y la locución o dicción, la expresión del pensamiento por medio de las palabras, igual en verso que en prosa. Las sentencias manifiestan las costumbres de cada uno, así que los pensamientos y modo de decirlos han de responder a esas costumbres y ser apropiados a la persona. Las sentencias se deben adornar con el estilo, que ha de ser claro y no bajo. Si la tragedia admite sólo personas ilustres o grandes, su estilo será alto, grave y sentencioso. La Retórica amplía estas características: el estilo se adecúa a la edad y al hábito de vida, y por tanto, al carácter, por eso no hablará igual el rústico que el educado, el estilo será patético si cuando hay ultraje se habla enojado; si ha habido cosas impías y torpes se habla con indignación y reticencia, etc. Ningún autor aprobó las tragedias en prosa, aunque la comedia podía escribirse indistintamente en prosa o verso por el principio de imitación. Pero en la edición de 1789 estableció como principio fijo que las tragedias y las comedias se deben escribir en verso, aunque una comedia en prosa bien escrita y bien representada haría el mismo efecto que el verso (recuérdese El sí de las niñas).





                            En cuanto al aparato teatral y la música, Luzán remite a González de Salas. No le interesa lo antiguo y reclama una tramoya complicada dividiendo el escenario en partes. No deben hablar en escena más de tres personas y estima que más de 8 o 10 personajes causarían confusión (por eso critica a Lope). La música no le parece necesaria, ya que no se usa el coro de los antiguos que se sustituye por el entremés y el sainete. Aunque la música mueve los afectos nunca puede igualar la fuerza de una buena representación. Las partes de cantidad de la tragedia Luzán las consideró de poca importancia para su época. En principio, no había coro, así que el prólogo, el episodio o intermedio y el éxodo o salida no parece que tuvieran sentido. Se trata de acomodar esa división al número de actos de la obra, según hubiera 3 o 5.





                              Casi todas las reglas dadas para la tragedia, servían para la comedia, según Luzán, al que no le importaba su origen pues era oscuro e incierto. Se suponía que la comedia comenzó con los cantos yámbicos que censuraban los vicios ajenos. Poco a poco la comedia fue mejorando de sus "desregladas licencias". Lo que hizo fue compararla con la tragedia observando sus parecidos y diferencias: las dos eran una representación dramática en las que el poeta se escondía enteramente introduciendo a otras personas, pero siempre con distinto fin, calidad, asunto y personajes. La tragedia reflejaba un hecho ilustre y grande de todo un estado o reino y la comedia un hecho particular que apenas se extendía más allá de un barrio. La tragedia representa las fortunas y caídas de personajes ilustres, reyes, héroes; la comedia, introduce sólo damas, caballeros particulares, lacayos y criados. La tragedia tenía un éxito infeliz, la comedia, feliz y regocijado. La tragedia mueve violentos afectos de terror y compasión para escarmiento del auditorio y moderación de sus pasiones, la comedia muestra los vicios y defectos comunes expuestos a la risa del pueblo para ejemplo y estímulo de los oyentes. La tragedia debía tener fábula simple o de una sola mudanza, la comedia, doble. La tragedia utilizaba un estilo alto y con figuras retóricas, la comedia un estilo llano, puro, natural y fácil, aunque compartían las mismas seis partes de calidad. Contra la opinión de los que creían que la comedia exigía poco trabajo, Luzán comentaba que se engañaban muchísimo y aconsejaba realizar un resumen o bosquejo previo a la representación con el fin de evitar lo inverosímil. Pretendía demostrar que no eran suficientes el ingenio y la naturaleza sin estudio y arte: las reglas eran indispensables para evitar errores que serían fáciles de detectar conociéndolas. En cuanto a la tragicomedia, basta esta sola frase de Luzán: la tragicomedia es un nuevo monstruo no conocido de los antiguos, y es que, recordaremos todos que


                                                        el sueño de la razón produce monstruos.


                 




                                                                              I say a little prayer for you
       


                   
                   


                   


               


                         


                   


                   


       

lunes, 16 de julio de 2018

EL PERCHEL







                                         El día de la Virgen del Carmen es el santo de mi madre, el nombre más bonito que puede llevar una mujer, y uno de los distintivos más característicos de las gentes del mar, de los malagueños, y más en concreto, de ese barrio que contiene tanta poesía: El Perchel (o Percheles). Nunca me canso de recorrer uno de los barrios con más encanto y tradición de Málaga, ese ejemplo único de asentamiento hispanoárabe, que creció fuera de la muralla por su industria de secado del pescado que se colocaba en perchas, de ahí un apelativo tan auténtico, suave y delicado, que hasta suena a Málaga, la metáfora de una esperanza quimérica... En días como los actuales en que el ventoso e imposible terral arrasa con fuerza y pone el mar a temblar, veo a los percheleros felices, a su albedrío, sin sentido del tiempo, en tal compromiso con su libertad que raya en una obstinación casi simpática, transitando entremezclados con otras gentes en medio de un laberinto donde se cruzan todos los caminos del mundo. Los percheleros de raza se muestran orgullosos de que hasta el día de hoy se haya mantenido arraigado ese sentimiento de pertenencia al lugar en que nacieron, y es que crecer al margen de la ciudad ha generado un intenso sentido de la propiedad entre los vecinos, que ha convertido al barrio en referencia a lo largo de los siglos. También la industria de salazones marcó su carácter de espacio extramuros, ya que los malos olores que producía lo situó fronterizo al resto de Málaga para no sufrir las desagradables consecuencias de tales aromas...









                       El Quijote -el libro que contiene toda la vida-, no podía dejar de señalar en algunos de sus fragmentos las tierras malagueñas. Cervantes había viajado por el Reino nazarí de Granada y entonces conoció la fama de los vinos dulces de la comarca de la Axarquía, a los que alude en el capítulo VIII de la primera parte, cuando habla de que Sancho "empinaba la nota con tanto gusto", y Vélez-Málaga es citada por tres veces en la obra. El Perchel aparece mencionado en el famosísimo capítulo tercero "La vela de las armas", donde se cuenta la graciosa manera que tuvo Don Quijote en armarse caballero:


                        El ventero..., por tener que reír aquella noche, determinó seguirle el humor; así le dijo... que él ansimesmo, en los años de su mocedad se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga..., y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas, y engañando a muchos pupilos, y finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España.


                   En las traducciones al inglés, El Perchel aparece como Fish Market en unas ediciones o Curing-grounds of Malaga en otras, o sea, Pescadería o Secaderos de Pescado de Málaga. El barrio también fue cantado por poetas. Así que los percheleros, como a veces nos pasa a todos, fueron durante mucho tiempo "los otros", los del lado allá del río Guadalmedina, los que vivían al día, los libertarios, los díscolos. Aprender a ser perchelero lo era a costa de la propia persona, hecha a todas las vicisitudes y carestías, y defender esa peculiaridad ciudadana por su origen acarreaba enormes dificultades para integrarse en la población intramuros. Por eso forjaron un carácter demasiadas veces a la defensiva. Cervantes muestra una tipología más cercana a la picaresca y a la escuela de vida de la calle. De la idiosincrasia del perchelero algo queda, sin duda, y si no, hablen ustedes con algún vecino de los de toda la vida, y aprenderán su esencia, su historia, su vida. Y si no, relean la que a Cervantes le parecía la mejor de sus novelas, Los trabajos de Persiles y Segismunda, por cierto, entretenidísima, llena de naufragios, bandidos, piratas y hasta de icebergs, y por allí desfila un personaje cautivo de los moros con un compañero que dice: "Nos cautivamos juntos porque yo cautivé en Alicante en un navío de lanas que pasaba a Génova: mi compañero en los Percheles de Málaga, donde era pescador",... ¡piratas por Málaga!.







                        Los percheleros han tenido la suerte de ser los que han vivido más cerca del mar, y eso también ha conformado una personalidad única y diferente, siendo como es la malagueña la más genuina entre las andaluzas, por lo que he podido experimentar. El mar, no cabe duda, imprime carácter y unas costumbres y tradiciones muy particulares. A los percheleros les ha gustado disfrutar de la vida siempre que esta, claro es, se lo ha permitido. Cómo explicar de otra forma el nacimiento de la figura del chulo de barrio, el "guapo", una especie de amo o jefe de la calle que mandaba sobre todos. Cuando se ordenó el derribo de las murallas árabes de la zona sur, por donde discurriría la Alameda Principal, malagueños y percheleros se veían como extraños. Tardó en producirse el acercamiento. La aparición de la nueva burguesía ciudadana y las reivindicaciones obreras populares propiciaron esa comunicación y avenencia. Todos querían pasarlo bien en las fiestas (profanas y religiosas) del Perchel y a la vez vigilar movimientos peligrosos de los corralones del barrio, el único precisamente que no había nacido a partir de la construcción de una iglesia o convento (como La Victoria, Capuchinos o la Trinidad), porque estos monumentos e instituciones aparecieron más adelante, como el convento de San Andrés, que sirvió de prisión al general Torrijos y sus hombres antes de ser fusilados en las playas de El Bulto, o, cómo no, la iglesia y convento de El Carmen, entre otros muchos destacables.






                                                                   Pintura malagueña. José Moreno Carbonero



                          El periodista Julián Sesmero ha realizado una exhaustiva recreación histórica con un estudio profundo y detallado de este barrio (junto a otros de la ciudad), destacando su origen antiquísimo, heredero de la industria de salazones de la Málaga fenicia, que se situaba en lo alto de la Alcazaba. Parece ser que esta condición de barrio se remontaría a la presencia romana en la ciudad, lo que documentan los hallazgos arqueológicos que avalan esta teoría, aunque la dominación hispanoárabe fomentó el desarrollo urbano e industrial perchelero. Siempre, por supuesto, a las afueras, porque los árabes, tan exquisitos, "no querían esas pestilencias tan cerca", así que El Perchel quedó relegado durante ocho siglos al otro lado del río Guadalmedina. Aunque se dice que el barrio poco tiene que ver con el que fue, todavía hoy podemos encontrarnos con algunas casas tradicionales y sus antiguas calles y, aunque se echen de menos rumores musicales, alborotos y algarabías, bullicio y ruidos varios, no faltan las veladillas, los sones procesionales, bulla en el mercado al que todos vamos y jaleo alegre en esos lugares recónditos donde todos comemos un potaje perchelero y bebemos mientras se huele el mar...






                                                                                 Pepita Durán (bailarina)


                   En El Perchel han nacido personajes de mucho lustre e imperecedero recuerdo que trascendieron fronteras por su talento en diferentes ámbitos o profesiones, desde el obispo Armengual de la Mota hasta el pintor Moreno Carbonero, pasando por artistas como Pepita Durán o La Repompa. Pero la lista es amplísima: Francisco Hidalgo, Pepe Vargas, El Piyayo, Matías Lara, Paco Madrid, Pepe Mena, Juan Vargas, etc. Uno de los símbolos percheleros fue la Estación de Andaluces, que nació gracias a que varias familias como Heredia, Larios y Loring la fundaron para establecer la línea Córdoba-Málaga y le aportó a la zona una gran actividad comercial. Calles como Cuarteles (llamada así por el antiguo cuartel de los gurripatos de aviación), Ancha del Carmen, Callejones del Perchel..., mantienen el latido cotidiano de toda una ciudad. Lo mismo las casas de vecinos o corralones, aunque de ambos quedan pocos ejemplos. Por allí flotan Vírgenes al paso y levitan Cristos, alguno muy chiquito, emerge la historia, se mece la emoción y se confirma la certeza de que las murallas están para abrirse desde el monte hasta la playa, al corazón del amigo.


                                                     
                                                                                    Aznavour. She. Toi


                                 
 
                               

                   

martes, 5 de junio de 2018

"RONDEÑA..."




                                                        "Mas con la lengua muerta y fría en la boca
                                                          pienso mover la voz a ti debida..."

                                                                                                    (Garcilaso de la Vega)


                                                                                                         ... ¡no es no!





                             
                                              Si no estoy junto al mar, dos de mis lugares andaluces preferidos para vivir intensamente son Córdoba y Ronda, esos espacios de resonancias abisales eternas que no temen a la belleza, donde estremece la hondura a la que aspiran los sueños, y a los que Federico García Lorca dedicó versos sutiles de rotunda sensibilidad. El diario malagueño "El Sur" se ha hecho eco del hallazgo por parte de Antonio Garrido Domínguez del poema que, con el título de "Canción del bandido", apareció en el periódico de Ronda "La Razón" en 1935, dedicado a esta localidad y firmado por García Lorca. Este poema nunca fue recogido en ninguna antología del escritor ni volvió a ser publicado en soporte alguno, por lo que se considera inédito. Qué mejor revelación que la de la "Canción del bandido" para celebrar el 120 aniversario del nacimiento de García Lorca, la conmemoración en Granada de su año y la petición del Premio Nobel a título póstumo a su figura. Dos documentales recientes abordan igualmente sus viajes a Nueva York, Buenos Aires y Montevideo.




                            La similitud de esta "rondeña" con la célebre "Canción del jinete" de la obra recopilatoria Canciones, que en esta ocasión interpela a Córdoba, es prácticamente absoluta. Si nos fijamos, el poeta apenas sustituye el nombre de la ciudad, la singularidad del héroe que intuye su muerte antes de llegar al refugio deseado, y ese femenino inicial y final que en el poema dedicado a Ronda suena a música y en el modificado personifica a una ciudad puro aroma.









                                

   
                                 Rondeña,
                                 lejana y sola.
                                 Jaca negra, luna grande,
                                 y aceitunas en mi alforja.
                                 Aunque sepa los caminos
                                 yo nunca llegaré a Ronda.

                                 Por el llano, por el viento,
                                 jaca negra, luna roja.
                                 La muerte me está mirando
                                 desde los tajos de Ronda.

                                 !Ay, qué camino tan largo!
                                 !Ay, mi jaca valerosa!
                                 !Ay, que la muerte me espera
                                 antes de llegar a Ronda!

                                 Rondeña,
                                 lejana y sola.




                            ¿Por qué realizaría García Lorca esos cambios? Las composiciones son idénticas en su parte descriptiva, excepto en el lógico cambio de "tajos" por "torres" como elementos identificadores de las dos ciudades que al mismo tiempo las diferencian significativamente, de tal forma que en el primer caso, tal vez una atmósfera como la que caracteriza a Ronda por su geografía correspondería más adecuadamente a las correrías de un bandolero o "bandido" que se dirige a un lugar pequeño y aislado o quién sabe, a la búsqueda de una mujer que aún no se vislumbra (esa polisémica rondeña), mientras que la silueta de las edificaciones elevadas cordobesas, lo más visible de una ciudad distante y en soledad, se ajustaría al jinete anónimo que también presiente la muerte. La variación en el estribillo ratificaría la renovación de sentido. El profesor Garrido atribuye una mayor antigüedad al poema de Ronda y, de ese modo, habría servido de punto de partida para la creación o "arreglo" posterior, es decir, para la recreación del que se haría famoso, otorgando el protagonismo a la ciudad de la mezquita. La mayor celebridad de la ciudad de los califas, en un momento puntual, pudo sugerirle a García Lorca un traslado de escenario, que ha resultado con el tiempo uno de los grandes éxitos de su cancionero andaluz, aunque quizá esa lejanía tenga más sentido aplicada a Ronda y sus tierras, atávicamente relegadas a un olvido cada vez menor, frente a la mejor situada y poblada Córdoba. Así, el personaje más expuesto a un fatal encuentro con su muerte, el bandido, cabalgaría por abruptos y tenebrosos terrenos perseguido por la justicia, mientras que un jinete cualquiera podría hacerlo por los más concurridos caminos que condujeran a Córdoba, aunque siempre con la sospecha de un final cercano...







                                                                                              Ronda



                              Córdoba.
                              Lejana y sola.

                              Jaca negra, luna grande,
                              y aceitunas en mi alforja.
                              Aunque sepa los caminos
                              yo nunca llegaré a Córdoba.

                              Por el llano, por el viento,
                              jaca negra, luna roja.
                              La muerte me está mirando
                              desde las torres de Córdoba.

                              !Ay qué camino tan largo!
                              !Ay mi jaca valerosa!
                              !Ay que la muerte me espera,
                              antes de llegar a Córdoba!

                              Córdoba.
                              Lejana y sola.

     






                                                                                             Córdoba

                             


                               En cualquier caso, ahí queda para la historia literaria de los serranos suelos la musicalidad y el sentimiento -estrictamente lorquianos- de unos versos escuetos plenos de emotividad, de elipsis expresivas, de métrica coplera popular y perfecta arquitectura, y que, además, me invitan a recordar la intensa amistad que García Lorca mantuvo con el profesor y político socialista rondeño Fernando de los Ríos, quien le dio clase en Granada. La misma canción en su doble vertiente muestra a un poeta que sabe mirar y capturar lo esencial de un estado de ánimo, atrapando una atmósfera en imágenes que la humanizan. Así se revela la fuerza y a la vez una personal delicadeza ante un momento de espanto que induce al lector a vivir, a sentir, como si estuviera en el cuadro, la experiencia del crucial instante detenido entre soledades rondeñas y cordobesas. Y también el nuevo descubrimiento poético nos ayuda a seguir complementando la historia literaria de Federico García Lorca, en continua e incesante ampliación, una composición que insertaba en la página 4 de su número 277 de 8 de julio de 1935 el periódico local rondeño "La Razón", un inédito perdido, que no aparece en ninguna de las antologías dedicadas a recopilar en su integridad la obra del granadino.
           


                                                                              Ojalá que te vaya bonito







           

viernes, 13 de abril de 2018

FERNANDO MUSCAT, una estrella de Tobed en el baloncesto nacional







                                   De localidades impensables surgen, a veces, destellos brillantes únicos que iluminan el mejor esfuerzo, el más elegante estilo, la más certera canasta que puede hacer triunfar a todo un país. Fernando Muscat (el número 9 en la foto), que alcanzó el mayor éxito que un deportista puede soñar cuando empieza desde niño a darle a un balón, nació en 1911 en Tobed, el pueblo de mi padre, un enclave único en la provincia de Zaragoza, que aúna naturaleza y arte enriqueciendo de forma incomparable el patrimonio cultural aragonés. Fernando Muscat comienza la lista de los dieciséis jugadores de baloncesto aragoneses que han formado parte de la selección española a lo largo de su historia, una lista que continuaría con Emilio Galve, J.M. Pérez Loriente, José Luis Martínez, Alfonso Martínez, Lorenzo Alocén, Javier Sanjuán, Julio Descartín, Jorge Guillén, J.A. San Epifanio "Epi", Fernando y Pepe Arcega, Paco Zapata, Alberto y Lucio Angulo, el más reciente, que debutó el pasado febrero, Rodrigo San Miguel (y desde 2019, Carlos Alocén).  A esta lista de ilustres deportistas aragoneses, yo añadiría -en calidad de entrenador incomparable aunque también comenzara su trayectoria como jugador-, a nuestro inolvidable José Luis Abós, al que se le sigue negando la justicia debida en su tierra, siempre vinculada a este deporte.




                         Muscat fue un adelantado a su tiempo, un precursor que, aún antes de que existiera la selección española de baloncesto, fue capitán del equipo de Cataluña. Cuando era todavía un niño, debió trasladarse a Barcelona por motivos familiares y aunque le gustaba practicar además otros deportes, era el momento del baloncesto, al que se dedicó plenamente con enorme talento y continuado esfuerzo. El baloncesto daba sus primeros pasos en España, gracias a la labor que en el colegio de las Escuelas Pías de Barcelona ejerció el padre Eusebio Millán, que había conocido este deporte durante su estancia en Cuba. La carrera del tobedano permaneció ligada al primer club de baloncesto que se fundó en España, el Laietà Basket Club. Considerado uno de los mejores jugadores nacionales, fue convocado para jugar el primer partido de la historia de la selección española. Nos situamos en el año 1935, tiempos difíciles, y la empresa en la que trabajaba,Telefónica, no le concedió el permiso necesario para desplazarse a Madrid, porque ya había solicitado las vacaciones para jugar el Europeo si España se clasificaba, así que se vio obligado a debutar más adelante, eso sí, para conseguir una histórica medalla de plata en ese campeonato europeo (la primera medalla de España en competición oficial). Su carrera internacional, como la de sus compañeros, se vería frenada bruscamente con el estallido de la Guerra Civil. Aunque estaba convocado para los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, España debió retirarse de la competición deportiva. Jorge Albericio y Sergio Ruiz han buceado recientemente en estos comienzos de la historia del baloncesto nacional, rescatando figuras que tanto hicieron por este deporte y difundiendo sus investigaciones a través de distintos medios digitales con proyectos atractivos y muy ambiciosos sobre el origen del baloncesto en Zaragoza y en España, a partir del estudio de Muscat y la localidad de su nacimiento,Tobed. Estos periodistas intentan conseguir un mayor reconocimiento para los auténticos héroes legendarios del baloncesto español.







                          Fernando Muscat jugaba de pívot -lo que entonces llamaban "centro" en esos equipos de siete jugadores-, medía 1,75 cm., altura no muy elevada para estos tiempos pero sí para la época, y siempre destacó por su gran fortaleza física (¿sería por la famosa agua de Tobed?), que cultivaba en entrenamientos incesantes que comenzaban a las seis de la mañana, sin agua caliente en las duchas, antes de ir al trabajo, y en los diferentes deportes que practicaba con estupendos resultados. Estos jugadores no sólo no ganaban dinero sino que, como socios del club o equipo al que pertenecían, debían pagar mensualmente. Y les ocurrían anécdotas como la que contaba siempre Fernando, que tuvo que huir de un hincha del equipo rival del Laietà, el Patrie, que le perseguía con un hacha, cuando vencieron en un partido. Pero no sólo ejerció de jugador, sino que también fue árbitro y entrenador.Y es que el baloncesto lo atraparía para siempre desde que el soriano Eusebio Millán, misionero escolapio, lo dio a conocer tras aprenderlo en Cárdenas, lugar caribeño donde se jugaba ese nuevo deporte americano: el basquet-ball. En 1921 lo introdujo en Barcelona, lo que se considera oficialmente como el inicio del baloncesto en España, aunque parece que desde hacía diez años se jugaba a los tiros a canasta. Y no le fue fácil al misionero inculcar a sus alumnos la atracción por lo nuevo, porque los chicos querían seguir dando patadas a un balón. Pero la creación del Laietà cambió el panorama y el nuevo deporte se fue expandiendo por toda España, así que Eusebio Millán Alonso es considerado por todos "el padre" del baloncesto español. Muscat había pasado su infancia jugando en medio de un entorno rural, el de su pueblo, Tobed, donde fue a la escuela y seguramente soñaría con su futuro contemplando cualquier noche de verano el inigualable cielo estrellado... Siempre volvió. Su lejanía física no marchitó su sentimiento aragonés ni ese carácter auténtico de su tierra del que hizo gala y presumió a lo largo de su vida.





                 

                               José Luis López Zubero, eminente oftalmólogo y primer jugador formado en Zaragoza que fue citado para la selección española, evocaría hace unos años la importancia de esta época y de aquellos jugadores pioneros para la génesis y la formación de la historia del baloncesto español. A López Zubero el baloncesto también le robó el corazón cuando lo descubrió con 14 años en el club Helios, mientras estudiaba en el antiguo Instituto Goya, en la Magdalena, aquí, al lado. En una revista francesa, Busnel, aprendía con sus amigos técnicas baloncestísticas, y en entrevista concedida a Heraldo de Aragón declaraba: "Los desplazamientos eran largos, caros y difíciles. Las condiciones del país eran terribles. Por ejemplo, para jugar en Huesca había que pedir permiso a la Policía para podernos desplazar". Y relata cómo los genuinos precursores de la canasta fueron la fuente de su vocación, y cómo en 1955, cuando se fue a Estados Unidos todavía no había en Zaragoza ningún lugar apropiado para jugar al baloncesto. Los catalanes que iban a Zaragoza a hacer el servicio militar enseñaron a jugar a los locales. Una lesión impidió a López Zubero fichar por el Barcelona y jugar en la selección española que ya lo había convocado. A cambio, esta circunstancia propició que estudiara Oftalmología: Como dicen los americanos, "cuando la vida te da un limón, haz limonada". Así que esta fue la estrella que alcanzó, aunque no pudo conseguir las metas de Muscat, que aun después de la guerra civil, volvería a jugar al más alto nivel, ocupando las portadas de la prensa de la posguerra y siendo el ídolo de genios posteriores como Eduardo Kucharsky. Muscat fue uno de esos 200 locos de otra pasta que dedicaron al baloncesto un esfuerzo y una pasión hoy inimaginables, una especie de superhombres cuyas hazañas merecen ser propagadas y admiradas.





                                                Alfarje. Iglesia gótico-mudéjar de Santa María, Tobed (Zaragoza)
                                                                                           (s.XIV)



                         Y en este empeño se encuentran nuestros investigadores. López Zubero insistía en la necesidad de que debía de tenerse siempre presentes a estas leyendas para disfrutar con más intensidad de la bonanza del baloncesto actual, de una época que puede considerarse la edad de oro del baloncesto nacional que se ha visto reflejada en el panorama internacional con grandes éxitos y triunfos, en los que siguen teniendo un papel relevante los jugadores que han conseguido competir con estrellas de otros mundos, y al que, sin duda, han contribuido nombres que, sin privilegios, con un gran mérito y abnegación, popularizaron este deporte, por lo que no deben caer en el olvido. Aquellos hombres vivieron otra España, afortunadamente, transformada. Hay que celebrar iniciativas como las de Jorge Albericio y Sergio Ruiz y apoyar una labor de justicia y reparación de los que abrieron caminos como Fernando Muscat, que, aun habiendo combatido en el frente republicano durante dos años en la guerra, mantuvo su ilusión intacta para continuar trabajando, entrenando y dejando una impronta perenne en el baloncesto y en el deporte español. En su momento llegó a convertirse en una figura pública de primer orden y no fue menor el mérito logrado en su vida profesional, pues comenzó a trabajar de mozo y terminó como alto directivo. Además, como nos recuerdan los periodistas, destacaba su porte de galán de cine con un físico arrollador que reflejaban las fotografías de las revistas de entonces. Fue proclamado el mejor jugador de la época, esa en la que no existían las zapatillas de marca y sólo se respiraba fútbol por todo el país, en que las pistas eran de arena y piedras, las canastas se encargaban al herrero y el balón de cuero basto raspaba si rozaba la piel. Una época de épica y gloria en que algún portento como Fernando Muscat miraba alguna estrella de niño en Tobed soñando tal vez en vestir la historia del deporte con estrellas.



                                                                                      Pasión y París



             


                 


                 


                   

jueves, 8 de marzo de 2018

LA ROSA SECRETA




                                                                                                             A Forges
                                                                                                             A Gabriel







                                                               El corazón de la primavera




                          Un hombre muy viejo, con un rostro casi tan descarnado como la pata de un pájaro, estaba sentado meditabundo en la rocosa orilla del islote llano y cubierto de avellanos que ocupa la mayor parte del lago Gill. Un muchacho de diecisiete años, de rostro bermejo, estaba sentado a su lado, observando cómo las gollondrinas se lanzaban sobre las tranquilas aguas a la caza de moscas. El anciano iba vestido de raído terciopelo azul y el muchacho llevaba una pelliza de lana y un rosario colgaba de su cuello. A sus espaldas, y medio oculto por los árboles, había un pequeño monasterio. Mucho tiempo atrás había sido incendiado por hombres sacrílegos del partido de la Reina, pero el muchacho había construido una nueva techumbre con juncos para que el anciano dispusiera de un refugio en sus últimos días. Sin embargo, no había hundido la pala en el jardín circundante, y los lirios y las rosas de los monjes habían ido creciendo hasta tropezar y mezclarse, en confusa exuberancia, con el círculo de helechos que se iba estrechando a su alrededor. Más allá de los lirios y de las rosas los helechos eran tan corpulentos que un niño que caminara entre ellos, aun andando de puntillas, desaparecería de la vista; y más allá de los helechos se alzaban multitud de avellanos y de robles pequeños.



         





                          "Amo", dijo el muchacho, "todo este largo ayuno y tanto afán por hacer señas después del amanecer a los seres que habitan en las aguas y entre los avellanos y los robles, es excesivo para vuestras fuerzas. Descansad un poco de todos estos afanes, pues vuestra mano hoy parece más pesada sobre mi hombro y vuestros pies menos firmes de lo que me han parecido otras veces. La gente dijo que sois más viejo que las águilas, y sin embargo no os procuráis el reposo que corresponde a la vejez". Hablaba con pasión, como poniendo el corazón en sus palabras, y el anciano le respondió lenta y sentenciosamente, como con el corazón ausente en días y acontecimientos lejanos.


                      "Te diré por qué no me ha sido posible descansar", contestó. "Justo es que lo sepas, pues me has servido fielmente estos cinco años, con afecto incluso, ahuyentando de ese modo el maleficio de la soledad que se abate siempre sobre los sabios. Y, por tanto, ahora que el fin de mis esfuerzos y el triunfo de mis esperanzas están ya al alcance de la mano, es preciso que conozcas las razones".


                         "Amo, no creáis que quiero interrogaros. Mi vida consiste en mantener el fuego encendido, y la paja del tejado bien prieta para que no entre la lluvia, y firme para que cuando sople el viento no la esparza entre los árboles; y en bajar los pesados volúmenes de los anaqueles, y en poseer un corazón reverente y poco curioso. Dios, en Su abundancia, ha dotado de una sabiduría diferente a todo cuanto existe, y la mía estriba en hacer todas estas cosas".


                       "Tienes miedo", interrumpió el anciano, y sus ojos brillaron un momento de ira.


                       "A veces, de noche", prosiguió el muchacho, "cuando estáis leyendo, con el cayado de madera de serbal en vuestra mano, me asomo a la puerta y unas veces veo a un hombre gris y gigantesco llevando unos cerdos por entre los avellanos, y otras una multitud de pequeños seres con gorros rojos que salen del lago arreando unas blancas vaquillas. Esos seres menudos no me dan tanto miedo como el hombre gris; pues, cuando se aproximan a la casa, ordeñan las vacas, beben su espumosa leche y empiezan a bailar; y sé que hay bondad en el corazón que ama la danza; pero precisamente por eso les temo. Y también me dan miedo esas damas altas y de blancos brazos que surgen de los aires y se mueven lentamente de acá para allá, poniéndose ellas mismas coronas de rosas o de lirios y agitando a su paso sus cabellos dotados de vida, que, según he oído decir a los seres pequeños, se mueven al compás de sus pensamientos, tan pronto soltándose al viento como adhiriéndose firmemente a sus cabezas. Sus rostros son dulces y hermosos, pero los Shide me dan miedo, como me dan miedo las artes que los atraen a nuestro lado".



                     "¿Por qué", preguntó el anciano, "temes a los antiguos dioses, a los que hacían que las lanzas de los padres de tus padres fueran resistentes en la batalla, y a esos pequeños seres que salían de noche de las profundidades de los lagos y cantaban con los grillos junto a sus hogares? En nuestro día fatal ellos seguirán velando por la hermosura de la tierra. Pero he de decirte el porqué de mi ayuno y de mis afanes, cuando a otros les vence el sueño de la vejez, pues sin tu ayuda, una vez más, habría ayunado y me habría esforzado en vano. Cuando me hagas una última cosa, podrás irte a levantar tu casa, a arar tus campos, a tomar a alguna joven por esposa y a olvidar a los antiguos dioses, porque cuando me vaya dejaré tras de mí en este pequeño refugio dinero para que la cumbrera de tu cabaña sea sólida y para que tengas bodega y despensa siempre llenas. Yo he buscado a lo largo de toda mi vida el secreto de la vida. No fui feliz en mi juventud, pues sabía que tendría que pasar; ni tampoco cuando ya fui un hombre, pues sabía que se acercaba la vejez; y, así pues, me consagré, en mi juventud, en mi madurez y en mi ancianidad a la búsqueda del Gran Secreto. Anhelaba una vida cuya longevidad se contara por siglos, despreciaba una vida de sólo ochenta inviernos. Quería ser -no, !lo seré!- como los antiguos dioses de la tierra. Cuando era joven leí en cierto manuscrito hebreo que encontré en un monasterio español, que, después de que el Sol entre en Capricornio y antes de rebasar el León, hay un momento que tiembla con la Canción de los Poderes Inmortales, y que todo aquel que encontrara ese momento y escuchara la Canción se volvería como los mismos Poderes Inmortales; regresé a Irlanda y pregunté a los duendes y a los que curan a las vacas, si sabían cuándo llegaría ese momento; pero aunque todos habían oído hablar de él, ninguno fue capaz de encontrarlo en el reloj de arena. Me consagré, pues, a la magia, consumiendo mi vida en el ayuno y el trabajo para que los dioses y los Duendes me fueran propicios; y ahora, por fin, uno de los Duendes me ha dicho que ese momento está a punto de llegar. Uno, que llevaba un gorro rojo y cuyos labios estaban blancos con la espuma de la leche nueva, me lo susurró al oído. Mañana, poco antes de expirar la primera hora después del alba, hallaré ese momento, y entonces partiré hacia un país del sur y me construiré un palacio de mármol blanco rodeado de naranjos, y reuniré a los valientes y a los bellos en torno mío, y entraré en el reino eterno de mi juventud. Pero, para que pueda oír toda la Canción, el hombrecillo con la espuma de la leche nueva en los labios me dijo que tienes que traer gran cantidad de ramas verdes y amontonarlas junto a la puerta y bajo la ventana de mi aposento; y tienes que cubrir el suelo con juncos verdes y tiernos, y cubrir la mesa y los juncos con las rosas y los lirios de los monjes. Todo esto has de hacerlo esta noche, y por la mañana, al término de la hora primera después del alba, vendrás a verme".


                         "¿Serás joven entonces?", preguntó el muchacho.


                         "Seré entonces tan joven como tú, pero ahora todavía soy viejo y estoy cansado, y tienes que ayudarme a llegar hasta mi silla y junto a mis libros".


                            Tras dejar al brujo en su habitación y encender la lámpara que, por algún designio, desprendió un dulce olor como de flores extrañas, el muchacho se internó en el bosque y empezó a cortar ramas verdes de los avellanos, y grandes manojos de juncos de la orilla occidental de la isla, donde las pequeñas rocas dejan paso a suaves pendientes de arena y arcilla. Anocheció antes de que hubiera cortado cuanto necesitaba para su propósito y casi era ya medianoche antes de que hubiera transportado el último haz a su sitio, y vuelto a por las rosas y los lirios. Era una de esas noches cálidas y hermosas en las que todo parece tallado en piedras preciosas. Al sur, a lo lejos, el Bosque de Sleuth parecía como esculpido en berilo verde y las aguas en las que espejeaba brillaban como un ópalo pálido. Las rosas que iba cortando eran como rubíes resplandecientes y los lirios poseían ese lustre mate de las perlas. Todo había cobrado el aspecto de lo imperecedero, todo excepto una luciérnaga cuya tenue luz seguía brillando impasible entre las sombras, moviéndose lentamente de aquí para allá, lo único que parecía con vida, la única cosa que se antojaba perecedera como las esperanzas de los mortales. El muchacho reunió un gran ramo de rosas y de lirios y, con la luciérnaga engarzada entre la perla y el rubí, lo llevó a la habitación, donde el anciano estaba sentado medio amodorrado. Dispuso los haces, uno tras otro, por el suelo y sobre la mesa y luego, tras cerrar suavemente la puerta, se precipitó a su lecho de juncos, a soñar en una madurez apacible, con una esposa deseable y risas infantiles. Al alba se levantó y bajó a la orilla del lago, llevando consigo el reloj de arena. Puso un poco de pan y de vino en la barca para que a su amo no le faltaran provisiones al partir para su viaje, y se sentó a esperar a que transcurriera la primera hora después del alba. Poco a poco los pájaros empezaron a cantar y cuando estaban cayendo los últimos granos de arena, de pronto, todo pareció desbordarse con su música. Era el momento más hermoso y lleno de vida del año; en él se podía oír el latir de la primavera. Se levantó y fue a ver a su amo. Las verdes ramas tupían la puerta y tuvo que abrirse paso a través de ellas. Cuando entró en la habitación, el sol describía parpadeantes círculos de luz sobre el suelo, los muros y la mesa, y todo estaba sumido en suaves sombras verdes. Pero el anciano permanecía sentado apretando entre sus brazos un gran ramo de rosas y de lirios, y con la cabeza hundida en el pecho. Sobre la mesa, a su izquierda, había un talego de cuero lleno de piezas de oro y plata, como preparado para algún viaje, y a su derecha un largo bastón. El muchacho le tocó, pero no se movió. Le alzó las manos, pero estaban completamente frías y volvieron a caer pesadamente.


                          "!Más le hubiera valido", exclamó el muchacho, "rezar sus oraciones y besar el rosario!". Miró el raído terciopelo azul y vio que estaba cubierto de polen de las flores, y mientras lo miraba, un zorzal, que se había posado sobre las ramas apiladas contra la ventana, empezó a cantar.




   
                                                                          La rosa secreta. William Butler Yeats

                                                                        (Traducción de Alejandro García Reyes)





                                                                              Tu nombre me lo callo